19 agosto 2015

¡Arriba el telón! 13 críticas teatrales (y van 23)

Tras mis 10 primeras críticas publicadas en la web teatral enplatea.com, os traigo el segundo recopilatorio. Esta entrega, más veraniega, incluye todos los espectáculos que he visto en el Festival Grec 2015 de Barcelona, entre los que he tenido algunas muy gratas sorpresas. Curiosamente, la dicotomía entre la verdad y la mentira ha sido el tema más presente en las obras que hemos visitado, esencial al menos para 6 de las 13 que aquí se reseñan...

¡Arriba el telón!

11. "Mentir para progresar: Entremeses de Cervantes" (2 de junio)
12. Aeternum: "Zapateado épico, circo y kung-fu: vuelven los Vivancos" (4 de junio)
13. "Operació Moldàvia: último aviso para unos artistas de la mentira" (8 de junio)
14. "El crim de la Germana Bel, una comedia negra sobre el maltrato" (16 de junio)
15. Microteatre Barcelona: "La intensidad de las distancias cortas" (3 de julio)
16. GREC - "El musical participatiu renueva su programa" (12 de julio)
17. GREC - Digue'm la veritat: "¿La verdad? Eòlia cree que usted sí puede soportar la verdad" (16 de julio)
18. GREC - "Nit de musicals II: los novatos contraatacan" (22 de julio)
19. GREC - "Amor i Shakespeare: programa doble con grandes actores" (24 de julio)
20. GREC - "¿Quién teme a Marat/Sade?" (27 de julio)
21. GREC - Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano: "El juicio de Sócrates: teatro clásico actual" (30 de julio)
22. GREC - Els mots i la cosa: "La riqueza del sexo, por correspondencia" (4 de agosto)
23. GREC - La imaginación del futuro: "La caída de Allende, en prime time" (10 de agosto)

Críticas 2015: 1 a 10 | 11 a 23 | 24 a 30 | 31 a 42
Críticas 2016: 43 a 52 | 53 a 62

18 agosto 2015

Firma invitada - MdT: El extraño caso de Gil Pérez

Me llamo Gil Pérez. Y mi historia es imposible.
Brujería, la llamaron en mi época. Leyenda, siglos después.
Sí, sé lo que se contará sobre mí en el futuro; porque lo he visto. He visitado otros tiempos...

Por Lobo Gris, Luis Podadera y Mari Nieves Gálvez
Basado en una antigua leyenda urbana del Siglo de Oro 
 
   (Ciudad de México, Octubre de 1593)
   -¿Dónde estoy? ¿Por dónde se regresa al palacio del Gobernador?
   -¿El Gobernador? Querréis decir el virrey… ¿y qué extraño uniforme es ése?
   -¡Basta de chanzas! El Gobernador español en Manila, claro está…
   -¡Esto es México! ¿Estáis bebido?
   -Imposible: hace demasiadas horas ya que hemos aprehendido a este alborotador -intervino el capitán de la guarnición-. Aquí sucede algo más; algo que está más allá de nuestro entendimiento. Es hora de llamar al Santo Oficio.
   -¿La… la Inquisición…?

   Casi me volví loco en aquel instante. El posterior tiempo de prisión perturbó mi mente, pero mi fe apaciguó mi entendimiento; y cuando fui liberado y devuelto a mi guarnición en Manila, intenté retomar mi vida.
   En aquel entonces no podía sospechar que tres meses después de mi regreso.....
   No sé si continuar mi relato. Me abruman las dudas. Porque ahora vivo en el anonimato, y tal vez prefiero seguir así...

   (Manila, 24 de Octubre 1593)
   Pero una cosa sí puedo decir: todo comenzó con la muerte del gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, que Nuestro Señor tenga en su Gloria. Cuando su hombre de confianza se marchó a organizar las exequias y me dejó al cargo como centinela, a fe mía que yo jamás habría imaginado una locura como aquélla.

   Nuestro poderoso señor había fallecido en una incursión contra los feroces piratas wo-kou, que tantas veces habían desafiado al Gobierno español: aquellos crueles bandidos incluso intentaban llegar más allá del simple pillaje y conquistar las islas para sí. Siempre habíamos sospechado que, en realidad, fue aquélla (y no otra) la razón de que los rebeldes nativos tagalos rindieran pleitesía a la Corona española: nos estaban utilizando. Para protegerse de aquellos sanguinarios piratas chinos y japoneses.

   Y vive Dios, la Corona española estaba cumpliendo fielmente su acuerdo. En los Combates de Cagayán los Tercios de Mar, capitaneados por el noble Don Juan Pablo de Carrión, habían dado una buena lección a los wo-kou de Tay Fusa once años antes. Nuestros religiosos fundaban precarias escuelas y hospitales; nuestros ejércitos admitían y formaban a valientes tagalos leales en nuestras filas. Las Islas Filipinas eran una tierra extraña, muy extraña; pero algunos, con los años, las habíamos llegado a considerar nuestro hogar, y como tal lo defendíamos. Así habían dado su vida muchos de mis compañeros; y así la dio también nuestro bravo señor.

   La noche de su muerte recibí una orden insólita: montar guardia en secreto, incluso para mis propios compañeros. Nadie debería saber que en el despacho más importante de la fortaleza había un centinela más de lo habitual. Para los demás, yo no existiría.
   Sólo ahora, sabiendo lo que sé, veo que era obvio: si nuestro noble gobernador guardó el secreto en vida, forzosamente habrían de intentar sus enemigos desentrañar el misterio en la ocasión de su muerte.

   Así fue como un desconocido, embozado, entró en las habitaciones mezclado entre la servidumbre, con la secreta intención de robar una llave del escritorio de mi señor. No contaba con mi presencia, oculto entre las sombras.
   Para evitar su huida, me adelanté hacia la única salida de las habitaciones, sin ser visto... pero, para mi asombro, el felón no intentó salir por donde había venido. Al contrario, con la llave abrió una puerta que no era una puerta, de lo que parecía un simple armario. Le seguí, seguro de mi triunfo... Y ésa fue mi perdición.

   Embestí con el hombro, impidiendo que cerrara el armario -de ésta no se libraba el malhechor-, pero pobre de mí, desconocedor de que aquel hijo de Satán había embrujado la puerta. Sorprendido me hallaba en otro lugar; y a otra hora, pues el sol me cegó...

   (Ciudad de México, 25 de Octubre de 1593)
   Un instante antes estaba en las islas Filipinas, asegurando una fortaleza española contra rebeldes y wo-kou; al siguiente, me hallaba en una ciudad junto a una laguna, en las Américas. ¿Qué brujería era aquélla?
   Nunca lo supe, pues el desconocido me atacó para proteger su secreto robado: esquivé su acero por muy poco. El malandrín aprovechó para zafarse de mí y tratar de escurrirse nuevamente por la puerta, pero mi arcabuz le dio su merecido.
   Sin embargo, a cambio de proteger mi vida y el secreto de mi señor, pagué un alto precio: pues el bellaco, con su último estertor, arrojó la llave a las aguas de la laguna, dejándome atrapado en aquella tierra extraña.
   Sólo quedaba una cosa que yo pudiera hacer: ya que mi regreso era imposible, evitaría al menos que otros sufrieran mi mismo destino. Mis armas no sólo dieron buena cuenta del enemigo, sino también de la embrujada puerta. Dios sabe bien que sólo el fuego podía purificar hechizos, encantamientos y brujerías… así pues, aquí me quedé, contemplando las llamas, varado en lo desconocido.

   (Mazmorras de la Inquisición, Enero de 1594)
   -Hay quien dice que los señores inquisidores no estuvieron nada bien en el desempeño de su delicado oficio…
   -Vive Dios que es extraño: sólo echaron al soldado en un calabozo, mas no le dieron ningún tormento. ¿Por qué?
   -Órdenes de la Corona. Acaba de entrar a visitarle un enviado del Virrey: dice llamarse Fray Ernesto…

   Yo llevaba semanas escuchando resignadamente conversaciones parecidas de labios de mis carceleros, y temiéndome lo peor. Sin embargo, todo terminó cuando entró en mi celda un hombre enjuto, vestido con sencillas ropas de fraile, pero imbuido de un sorprendente aire de autoridad.
A fe mía, nunca habría imaginado cuáles serían sus palabras:

   -Maese Gil Pérez, ¿os interesaría trabajar para un despacho secreto de la Corona?


(Continuará en: Un Acto de Venganza)