28 febrero 2016

Oscars 2016: previsión a boleo

No exactamente. Pero sí es cierto que este año he visto menos de las películas nominadas que otros años. Sin embargo, ¿cuándo ha sido obstáculo eso para lanzar opiniones al viento? 

Mejor Película: Mad Max: Fury Road.
Mejor Película Animada: La Oveja Shaun - La Película.
Mejor Película de Habla No Inglesa: Son of Saul (Hungría).
Director: George Miller..
Actor Principal: Leonardo DiCaprio por The Revenant (por cansino, más que nada)
Actor Secundario: Sylvester Stallone por Creed.
Actriz Principal: Saoirse Ronan por Brooklyn.
Actriz Secundaria: Rachel McAdams por Spotlight.

Guión Adaptado: The Martian.
Guión Original: Del Revés.

Vestuario: Cenicienta.
Dirección de Arte: The Martian.
Maquillaje y Peluquería: Mad Max: Fury Road.
Cinematografía: Mad Max: Fury Road.
Montaje: Mad Max: Fury Road.
Efectos Visuales: Star Wars: El despertar de la Fuerza. Pero si a Marvel le tienen manía, quizás a Lucasfilm...

Mezcla de Sonido: El puente de los espías.
Edición de Sonido: Star Wars: El despertar de la Fuerza.
BSO: Los odiosos 8 (Ennio Morricone). Aunque Williams es Williams...
Canción: "Manta Ray" de Racing Extinction.

Corto animado: Sanjay's Super Team. Ommmm.....
Corto de imagen real: Stutterer.

Documental corto: Last Day of Freedom. Hace mucho que no los acierto...
Documental largo: Amy. Más que nada porque éste se estrenó aquí.


Como acabe acertando más que otros años mejor documentados, sí que será para darse de cabezazos contra la pared del Dorothy Chandler Pavillion Dolby Theatre...

26 febrero 2016

El Ministerio del Tiempo 10 - "El tiempo en sus manos" [spoilers]

Esta semana la crónica sobre el último episodio de El Ministerio del Tiempo será distinta: porque no la haré sólo y porque no la haré escrita. Esta semana me uno a Doc Pastor en su canal de YouTube para hablar de este capítulo, del anterior y de muchas otras ministeriadas...



Make Mine Ministerio!

25 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (IV)


Barcelona, 31 de mayo de 1956
   A Enrique Gaspar y Rimbau le fascinaba cómo había cambiado Barcelona en 70 años. Siguiendo el plan de Ildefonso Cerdá que ya estaba en marcha en su tiempo (1885), la ciudad se había expandido en todas direcciones, abandonado la constricción de las murallas, hasta unirse con las poblaciones que tenía a su alrededor: las villas de Sants, Les Corts, San Gervasio o San Martín ahora estaban integradas (con mayor o menor fortuna) en la capital. Ciertamente, ahora los bloques tenían ahora un aire más homogéneo, pero a la vez habían proliferado los edificios singulares en el Ensanche, pagados con el dinero de los indianos y otros avispados inversores. Había coches por todas partes, tendido eléctrico y telefónico en todas las casas. En el puerto habían erigido una estatua en homenaje a Cristóbal Colón sobre una alta columna por cuyo interior se podía ascender gracias a un ingenioso mecanismo; descubrió que no debería esperar demasiado en su tiempo de origen,  apenas un par de años, para ver cómo la construían. Y lo que en su tiempo era un proyecto de basílica que había empezado a levantar Francisco de Paula y que luego había pasado a manos del joven arquitecto Antonio Gaudí, seguía en construcción, y ahora tenía un aspecto entre fantasmagórico, cavernoso y colosal . 
   Pero sobre todo, la gente tenía más prisa.
   - Hubo una guerra en los años 30 de este siglo -le había explicado Amelia-, una guerra civil. Hubo muertos, miedo, pero sobre todo mucha hambre y miseria. Aún ahora todos se están recuperando; intentan que no se les note.
   - Intentan mantener su dignidad -opinó Alonso-. Guerras ha habido siempre.
   - Eso en España nunca nos ha faltado -coincidió don Enrique.
   - Pero lo justo -siguió Entrerríos- es hacerla contra otros países, y que se maten los soldados, que para eso estamos. Hacer la guerra contra tu propio país y cañonear a tus propios ciudadanos... -se notaba que el bravo veterano de los Tercios tenía un conflicto interno. Quería, en el fondo, tener un dibujo más claro de quienes éramos "nosotros" y quienes "ellos", pero aquella guerra entre españoles le superaba, y le entristecía.
   De lo que no había duda, y en cierta manera se veía por todas partes si se sabía mirar, es que había habido vencedores y vencidos. A alguno le habría tocado por tomar partido por un bando u otro, a alguno por la familia en la que había nacido o incluso por la envidia de sus vecinos. Hombres y mujeres que vivían en casas grandes y hermosas, y otros que se hacinaban en minúsculas viviendas apartadas en las calles más estrechas y sombrías; "como siempre, en el fondo", pensaba Don Enrique, "pero más".

   Buscaban a un asesino del que no sabían nada, pero habían empezado a conocer un poco a sus víctimas; no podían evitar sus muertes, pero sí intentar adivinar algo de los motivos del homicida y prepararse mejor para su captura. Habían subido al 37, el tranvía que conducía Ramón Olide desde la Plaza Urquinaona hacia Horta, y visitado la biblioteca en la que trabajaba Jaime Serra.
   Olide era un tipo ancho de espaldas y bajo de estatura, de cabello escaso, bigotito típico entre los hombres de esta época y siempre sudoroso. Andaba pendiente de hablar de fútbol con cualquiera que quisiera darle conversación: alineaciones, jugadas, traiciones arbitrales, futuros encuentros, pasados encuentros, incluso la conveniencia de unas butacas del Campo de Les Corts frente a otras.
   - ¿Fútbol? -preguntó una de las veces don Enrique.
   - 22 hombres persiguiendo una pelota -explico Alonso encogiéndose de hombros-. Yo tampoco entiendo por qué les apasiona.
   El tranvía de Ramon Olide iba atestado, pero Entrerríos permanecía alerta en busca de sospechosos: quizás el asesino había seguido a sus víctimas durante días, igual que ellos, para conocer sus costumbres y sus horarios. Podía ser cualquiera de los que les rodeaban. En consecuencia, Alonso iba con el ceño fruncido y sospechaba de casi todo el mundo.
   Serra, por su parte, era un joven atildado, sólo un poco mayor que Amelia, que servía en la Biblioteca del Ateneo Barcelonés. Había hecho buenas migas con Folch, que lo había convencido por accidente de que ella también era bibliotecaria. Le apasionaba la literatura iberoamericana, particularmente la poesía popular mexicana, y estuvieron un buen rato conversando en voz baja sobre ella, alabando sus virtudes y recomendándole títulos.
   - Me maravilla cómo puedes encontrar un libro entre tantos, sólo con esos números y letras sueltos -le dijo luego Alonso.
   Ella respondió con una leve sonrisa, pero tampoco acababa de entender porqué se le daba tan bien el sistema de organización bibliotecario, un sistema que no existía aún en su época y que no había estudiado nunca en el Ministerio...
   ¿Qué tenían en común ambas futuras víctimas?
   - Aparentemente nada en absoluto -concluyó don Enrique mientras merendaban en una terraza de la Plaza Cataluña: sí, el palacio en el que se encontraba el Ateneo distaba apenas dos minutos de la plaza donde tenía su origen el 37, pero Olide vivía en Sants y Serra en el Clot, se llevaban unos 20 años y sus rutinas diarias no parecían tener puntos de contacto. 
   - ¡El fútbol! -aventuró Alonso.
   - Parece que a Jaime no le atrae, desde luego no tanto como a Ramón. Dice que ni siquiera ha pisado nunca el campo del "Barça", y aquí eso parece que quiere decir que el fútbol no te interesa nada de nada.
   - Quizás ese asesino los escogió al azar -dijo don Enrique mientras simulaba atarse los cordones de un zapato.
   - Puede ser -replicó Amelia, retocando con supuesta coquetería el pequeño sombrero con el que le habían rematado el peinado-. Pero incluso así, ¿por qué vino aquí desde Gandesa? ¿Y qué une a estas dos víctimas con la primera? 
   Todavía menos. Esa era la única respuesta que les pasaba por la cabeza en aquellos momentos.
   - Quizás hoy lo sabremos -incidió Alonso, con un susurro casi patibulario y sin dejar de lanzar miradas a su alrededor-. Esta noche matarán a Ramón Olide.
  - Y ése es otro detalle. ¿Dónde morirá?

   Según la documentación del Ministerio, el cadáver de Ramón Olide había sido encontrado en la mañana del 1 de junio de 1956, flotando en el Puerto de Barcelona. No mostraba signos de violencia, y era probable que hubiese muerto ahogado. Pero el Ministerio sabía que podían haberse ocultado datos y que Ramón Olide no debía haber muerto según la cronología oficial, por lo tanto alguna cadena de acontecimientos inesperada (e intrusiva) debía haberle llevado hasta allí.  
   Empezaron a seguir a Olide desde que acabó su turno como conductor del 37. Se fue a casa, y salió vestido con un traje que podía considerarse ligeramente elegante, e incluso se perfumó, con una colonia chillona y barata.
   - Quizás va a ver a la mujer a la que corteja -opinaba Alonso.
   Para su sorpresa, cogió otro tranvía que le llevó de vuelta al centro de la ciudad. Una vez en la Plaza Cataluña, ya de noche, empezó a bajar en dirección al puerto por la Rambla.
   - Pues de momento -declaró Rimbau-, creo que el caballero va directo a su cita con el destino, y por su propio pie. 
   Pero a medio camino del puerto, el conductor del tranvía cruzó hacia la derecha y empezó a adentrarse por unas calles poco recomendables, donde se mezclaban el olor a humanidad, comida, alcohol y, sobre todo, orina.
   - Deberíais volver a la pensión -dijo Alonso a Amelia.
   - Hemos estado en sitios peores -lo tranquilizó esta. Pero la verdad es que, a medida que iban siguiendo el camino que les marcaba Olide, el entorno se iba volviendo más canalla. Las tabernas reemplazaban a los bares, los hombres (de nacionalidades diversas) vestían con mucha menos etiqueta, y mujeres que trataban de borrar el paso de los años a base de quilos de pintura, oteaban desde ventanas o desde las mismas puertas, dedicando saludos libidinosos a Alonso y a don Enrique, y miradas de odio asesino a Amelia.
   Precisamente en una de esas casas de mala nota se metió Olide.
   - Corrijo, debería acompañaros de vuelta a la pensión -insistió Alonso.
   Amelia no lo tenía ahora ya tan claro, pero ella también insistió:
   - Mi lugar está aquí. Tenemos una misión.
   - No se trata de eso -atajó don Enrique, mirando furtivamente a Entrerríos-. Este sitio no es demasiado recomendable.
   - Ninguno de éstos lo es.
   - Con todos mis respetos, Amelia -carraspeó Alonso, para continuar en voz baja-. Puedo no estar precisamente en mi entorno. Pero aunque hayan pasado siglos, sé reconocer un lupanar cuando lo veo. Poneos como queráis, pero no os van a dejar entrar, y yo no os voy a dejar aquí sola.
   Amelia se sonrojó. Don Enric salió en su apoyo señalando con su bastón en la dirección por la que habían venido.
   - Vayamos hasta el Liceo, tengo curiosidad por saber qué óperas están en cartel -y añadió-. Así no andaremos demasiado lejos si Alonso necesita ayuda.
   La líder de la patrulla necesitó unos segundos para pensárselo. No la intimidaba el lugar, pero era cierto que no la dejarían entrar en un prostíbulo sin una muy buena razón, o incluso con ella. Y probablemente el asesino estaba dentro o a punto de llegar: dejar a Alonso solo, por absoluta que fuera su confianza en sus capacidades, la angustiaba.
   - Está bien -admitió Amelia, notando que demasiadas miradas de la sombría calle se empezaban a plantar en ellos-. Ten cuidado -fue cuanto dijo-, y si pasa cualquier cosa recuerda que no tenemos que salvarlo, sólo identificar al autor.
   - Lo sé -respondió Alonso entrechocando los talones-, cuidaos los dos.
   Y sin más, llamó a la puerta. Se abrió silenciosamente y Entrerríos se introdujo en aquel antro lleno de humo donde los hombres alquilaban caricias a peso.
   Y donde le aguardaba la locura.
(CONTINUARÁ)
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18 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (III)

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Madrid, 19 de Diciembre de 2015
   El subsecretario Salvador Martí releyó por segunda vez el informe de Amelia, levantó lentamente la vista y miró a la Patrulla a los ojos, uno por uno.
   - "Ïa, ïa, Yogsotot" -repitió, remarcando muy bien cada extraña sílaba-. ¿Esto que es, finlandés?
   - Es lo que dijo la mujer, y lo que oímos todos la noche anterior -el recuerdo les helaba aún la sangre a todos.
   - No es finlandés -tomó entonces la palabra Ernesto-. De hecho, en realidad es imposible.
   - Explíquese -le invitó Salvador.
   - La última palabra probablemente fuera "Yog-Sothoth", aunque las pronunciaciones varían. Es el nombre de un oscuro y terrible dios presuntamente conectado con todo el espacio y el tiempo.
   Salvador apoyó la patilla de las gafas en el mentón, pensativo:
   - ¿De qué religión? -preguntó extrañado el subsecretario, ya que nunca había oído ese nombre. Creía tener controlados la mayoría mitos relacionados con el tiempo-. ¿La hindú? ¿La mesopotámica? No me diga que volvemos a tenerla liada con la Torre de Babel...
   - De ninguna. Por eso precisamente es imposible -Ernesto puso sobre la mesa un pequeño dossier que contenía media docena de folios plastificados hacia el que todos se inclinaron. En la foto que encabezaba el primero de ellos se veía la fotografía en blanco y negro de un hombre de rostro alargado, de labios delgados y fruncidos, el pelo corto, la nariz y las orejas tal vez demasiado grandes. A Don Enric le pareció que se le notaba algo asustado, y que aunque debía contar 40 años, tenía un aire a niño mimado que no ha salido demasiado de casa; Amelia, sin embargo, creyó adivinar en su fisonomía los rasgos de un alma gemela en la pasión por los libros. Las incipientes bolsas bajo los ojos, el aire de estar a punto de decir algo pero no saber si la audiencia es la adecuada...


   - Yog-Sothoth -continuó Ernesto- fue concebido en 1927 para la novela de terror El caso de Charles Dexter Ward. Es una de las creaciones de este hombre, Howard Phillips Lovecraft, estadounidense, nacido en Providence, en el estado de Rhode Island, el 20 de agosto de 1890; murió en la misma ciudad 47 años después.
   - Lovecraft. Ese nombre aparece en la documentación que nos dieron para preparar la misión -recordó entonces Amelia.
   - Fue una de las grandes inspiraciones en la carrera como escritor de Juan Perucho -como el Ministerio sabía que Perucho era juez donde se produjo el primer asesinato, habían incluido una breve biografía del personaje.
   - Entonces todo está claro -intervino Don Enrique Gaspar-. El muerto habría leído esa novela.
   Salvador captó inmediatamente por la expresión de Ernesto que no iba a ser tan fácil:
   - Como he dicho -recalcó-, es imposible. Este Francisco Alvarado ha muerto en enero de 1956, ¿verdad? La obra de Lovecraft no llegó a nuestro país hasta más tarde -repasó la información del dossier-: De hecho, en junio de 1956, el propio Perucho viajó a París, descubrió una traducción francesa de sus relatos, y de vuelta a España introdujo al autor en el país.
   - Para investigar los otros dos asesinatos viajarán precisamente hasta mayo del 56, justo antes de que Perucho se vaya a Francia.
   - ¿Y no es posible que Alvarado leyera el libro en americano? -aventuró entonces Alonso, que había estado siguiendo la conversación en silencio.
   - Por lo que sabemos y lo que nos han dicho era un labrador sin estudios -Ernesto se encogió de hombros-. Dudo que leyera mucho en toda su vida, y menos en inglés.
   - Todo esto es muy extraño: no vimos entrar ni salir a nadie... -empezó a recapitular Amelia.
   - Yo he comprobado todas las puertas de la casa -continuó Entrerríos- incluyendo armarios, arcones y alacenas. No hay ninguna puerta del tiempo.
   - Pero alguien tuvo que entrar, enfrentarse con Alvarado, matarlo y salir -dijo Don Enrique Gaspar-. O quizás se escondió en la masía y no se fue hasta varias horas después, cuando ya nos habíamos ido...
   - Puede ser -concedió Amelia-. Pero es todo: ¿por qué mataron a Alvarado, si era un pobre hombre? Alguien se ha tomado la molestia de cambiar la Historia para que eso ocurra. ¿Y muere nombrando a un "dios" relacionado con el tiempo? ¿Un "dios" de una historia que no llegará a España hasta varios meses después? ¿En la misma población donde es juez el hombre que la traerá, precisamente?
   - Son demasiadas casualidades -coincidió Salvador-, y todas apuntan a los viajes en el tiempo. ¿Sabemos algo ya de la sustancia que encontró el juez en los labios del muerto? Hizo usted muy bien en hacerse con ella, Alonso.
   El aludido saludó con la cabeza, satisfecho por el reconocimiento:
   - Todavía no -respondió Ernesto-. Eso sólo es rápido en la televisión: Toxicología dice que puede tardar hasta una semana en analizar la sustancia.
   - Quiero los resultados para ayer, y ya sabe que en este Ministerio eso es posible. En fin... Ustedes prepárense, tienen que seguir con la misión en Barcelona. No impidan las muertes de las otras dos víctimas, pero estén muy alerta. Debemos descubrir quién y por qué los está matando, y qué relación tienen con esos viajes en el tiempo las obras de Lovecraft y Perucho...

   - ¡Animo! -les dijo Angustias cuando salieron del despacho-. Os volvéis a 1956, pero un poquito después. Y si lo acabáis pronto, aún estaréis de vuelta a tiempo para Navidad.
   Amelia sonrió débilmente:
   - Navidad aquí, otoño en casa de mis padres... A saber qué mes será en el Madrid de los Austrias o en la época de Rimbau.
   Angustias habló en voz más baja, asegurándose de que nadie espiaba la conversación:
   - ¿Sigues preocupada por Julián, hija?
   - No puedo sacármelo de la cabeza, que quizás debería haber sido más fuerte, actuar más como la persona a cargo de la Patrulla e impedirle que hiciera aquella locura...
   - Pero también eres su amiga.
   - Y mira lo que conseguí con eso. No pensé correctamente y dejé que se me nublara el juicio.
   La secretaria hizo un gesto que denotaba lo inevitable que le parecía aquello:
   - Por los amigos se hacen esas cosas.
   - A los amigos hay que cuidarlos, aunque no sea lo que quieren. Y a la Patrulla también. No puedo dejar que vuelva a ocurrir algo así.
   - Suerte con eso -y añadió, cuando ya se iban-. ¡Y traeme el Lecturas si puedes, que Grace Kelly se acababa de casar con Rainiero!

Barcelona, 21 de Abril de 1956
   El asesino ocultó la entrada a la tosca guarida que había dispuesto en la montaña de Montjuic y miró entre los matorrales las luces del atardecer. Aquello era sólo era un recurso práctico: necesitaba un lugar en el que pasar las horas diurnas: incluso de haberse hecho con ropajes como los que aquí llevaban habría llamado demasiado la atención entre las gentes locales. Era mejor para él moverse al amparo de la oscuridad para bajar al puerto y hablar con quienes podían darle la información que necesitaba.
   Tenía los nombres de las dos últimas víctimas y estaba estrechando el círculo.
   "Tal vez esta noche", se dijo. "Tal vez la serpiente de fuego volverá a morder...".

(CONTINUARÁ...)

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16 febrero 2016

El Ministerio del Tiempo 9 - "Tiempo de Leyenda" (con spoilers)


Con el póster diseñado para el capítulo por Sergio Iniesta (fanmade pero, como otros, pronto disponible en la tienda de RTVE), abrimos ya oficialmente la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo. Había muchas ganas de ver "Tiempo de Leyenda", alias "el episodio del Cid", del que se empezó a hablar casi en el momento que se confirmó que existiría esta segunda tanda de episodios, máxime tras el pre-estreno del mismo en un cine de Madrid la semana pasada 

"Tiempo de Leyenda", coescrito por Javier Olivares y Diana Rojo y dirigido por Marc Vigil, es un título que se refleja en el episodio que le precede, "La Leyenda del Tiempo", y no es algo accidental ni meramente estético. Una buena parte de la trama circula alrededor de las consecuencias de lo que ocurrió en el final de temporada: la caída en desgracia de Julián e Irene, la dinámica dentro de la Patrulla, las crisis del Ministerio. No se trata sencillamente de seguir adelante, sino de tomar lo que ha ocurrido como una plataforma, como un punto de partida para que tanto las historias de los personajes como sus personalidades puedan evolucionar de manera fiel e interesante. Amelia está más segura como líder de la Patrulla, Alonso ya acepta su mando pero sigue siendo fiel a sus principios, Julián sale del callejón al que había llegado y toma un nuevo rumbo.

Pero además, cómo aquel, éste capítulo habla de un agente del Ministerio que viaja al pasado para tratar de hacer algo en principio prohibido: corregir la muerte de alguien. Nada menos que El Cid Campeador. Rogelio Buendía (Sergio Peris-Mencheta), agente del Ministerio de 1960, provoca accidentalmente la muerte del legendario héroe castellano en 1079, 20 años antes de lo que le toca, y decide con la connivencia de su jefe (estupenda la fugaz aparición de Carles Flavià como subsecretario de la época franquista), no decir nada a nadie y suplantarlo a partir de ese momento. El Ministerio de 2015, que no sabe nada de todos estos manejes, investiga por su parte la aparición de dos supuestas tumbas del Cid en lugares distintos y viaja a 1099 para tratar de descubrir la verdad...

Explicado así suena muy fácil, pero Olivares, Rojo y Vigil dosifican la información inteligentemente a lo largo del episodio para mantener la intriga lo suficiente, e incluso cuando se descubre el misterio aún quedan suficientes hilos de los que tirar para que la historia siga atrapando al espectador: el caso y la conciliación de las dos versiones del Cid (el mercenario histórico y el héroe romántico) acaba siendo casi un McGuffin, porque lo que de verdad interesa no es la explicación sino lo que lleva a los personajes a crearla. La influencia de la leyenda en el carácter de unos hombres que son capaces de anteponer el deber a sus vidas. La ficción como inspiración, la ficción elevada a ADN nacional.

Peris-Mencheta está estupendo en cada una de sus fases, desde el joven agente que mete la pata al principio hasta el Cid consagrado pero que añora la vida que dejó atrás, en otro tiempo, y especialmente en la escena de su muerte, en la que tiene también mucho que decir el otro gran personaje del episodio, Savitri Ceballos como Doña Jimena. Es gracias a ella que la trama recibe un nuevo hálito, inspirada en esta ocasión por el famoso caso de Martin Guerre que inspirara films como Sommersby (1993) o su precedente francés, Le retour de Martin Guerre (1983).

Es también éste un episodio de retorno a las pantallas, de renovación pese a unos resultados de audiencia televisiva tibios, pero con un estupendo seguimiento digital y con un fenómeno fan incomparable en el panorama nacional, y como tal hace también las veces de festival. Hay momentos de fanservice variados, que no acaban de interferir con la trama, desde Salvador ponderando el horror de que alguien hubiera hecho una serie de televisión sobre el Ministerio hasta la aparición de Blas de Lezo o el "yippee-ki-yay ideputas" de Espínola (es decir, de Ramón Langa, es decir, de la voz de Bruce Willis). Y por supuesto sigue el humor transcronológico de la serie, lo encarne un sencillo encendedor en la Edad Media o un canario con flow que ha luchado en Cuba, en el Rif y hasta con Viriato.

¿Que algún espectador puede quedarse con las ganas de ver esa batalla elidida hacia la que se lanzaban Espínola y Alonso? Evidentemente. Pero en algún momento hay que trazar la línea, en algún momento hay que decir "con este presupuesto puedo generar la ilusión de un ejército de miles de almorávides, pero no puedo mostrarte la batalla en condiciones". Y el hecho mismo de que el espectador pueda tener esas expectativas dice mucho de lo que se ha conseguido en los 50 minutos anteriores. El equipo de efectos especiales y los responsables de vestuario y utillaje también pueden darse por satisfechos, porque han conseguido reproducir la calidad que esperamos de una película en una serie, con la diferencia de presupuestos abismal entre ambas. Si alguien quiere algo tan épico como la Guerra y Paz de la BBC, tendrá que darle a El Ministerio del Tiempo el tiempo y el presupuesto de Guerra y Paz de la BBC.

Mientras llega ese presupuesto y ese tiempo de cocción, aplaudo, mucho y muy fuerte, lo que Javier Olivares y su equipo han logrado con las herramientas en sus manos. El Ministerio del Tiempo ha vuelto por todo lo alto, y ya hay ganas de que siga extendiendo su leyenda.

PD: no sé si tener siquiera la osadía de pensar que las puertas conectadas "en túnel"* son un homenaje a mi primer fanfic sobre la serie, "A Destiempo", o (lo más probable) que sencillamente bebe de una misma idea que para cualquiera que ha leído sobre viajes en el tiempo flota en el aire. Pero en cualquier caso me ha encantado :)

* Digo en túnel porque, puesto que "no se puede viajar al futuro" y Julián tarda unos segundos en salir por la otra puerta después de haber atravesado la primera, en vez de aparecer por la segunda antes de entrar, se supone que hay un mínimo recorrido entre ambas ^_^

15 febrero 2016

Big Culo Day 2016

¡...y van!
   Espera, ¿ya? ¿Cómo que ya? ¿A estas horas?
   Sí, claro, puedo improvisar un culo. Uno está ya bregado en estas lides pero... Es que hoy empieza la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo, en nada, en tres cuartos de hora, y yo tengo la cabeza en otros culos. O sea en otras cosas.

   Pero el Big Culo Day es el Big Culo Day. ¿Qué hago? ¿QUÉ HAGO?

   Keep Culo and Don't Panic. No hay por qué elegir entre dos tan sanas aficiones.


   ¡Gracias, Irene! Precioso...

11 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (II)

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Gandesa, 28 de enero de 1956
   A Juan Perucho le gustaba pasear por las calles de las poblaciones en las que ejercía como juez: en su primer destino, La Granadella, salía cada noche a dar una vuelta por las callejas oscuras, hasta que topaba con los campos que anunciaban el fin de la población; después en Bañolas había hecho algo parecido, aunque el aire húmedo junto al lago no siempre era tan apetecible. El contraste ahora era soberbio: aunque el Ebro andaba cerca, los campos de Gandesa se le habían antojado siempre un secano árido y polvoriento. Se cruzó y saludó a algunos campesinos que araban campos en los que se veían las marcas de bombardeos recientes, e incluso alguno rodeaba sin más miedo que cuidado el pequeño cráter de una bomba que no había estallado. No era más suicida (se decía el juez) que el hecho mismo de trabajar aquella tierra, en la que sólo el tomillo crecía con facilidad...
   - "Trista flor de desembre en el vent arrelada, nodrida per la sang de tants morts..." 

   Salió de pronto de su cavilaciones poéticas cuando le golpeó el silencio, como un mazazo. Los tempraneros insectos se habían callado todos de golpe. Después de esa constatación auditiva llegó otra, incluso más evidente y visual: estaba frente a las puertas de madera de Can Alvarado.

   - A Maria! -saludó para hacer anunciar su llegada.
   No se veía a nadie por la entrada de la casa. La masía se encontraba ligeramente retrepada en las primeras estribaciones de la sierra: en dos meses los mozos subirían hasta el nevero que tenían allí arriba para cortar la nieve con palas, si es que aún les quedaban algunas en buen estado, y prensarla hasta convertirla en bloques de hielo. Pero aún era demasiado pronto: tampoco allí arriba se veía a nadie, y el frío viento que soplaba desde el norte le quitó las ganas de seguir explorando, y se metió en la casa.
   - A Maria! -repitió al traspasar el umbral.
   - Som dintre -respondió una potente voz femenina desde algún lugar a su izquierda. Siguiendo aquella voz pronto llegó a la cocina, llena de utensilios algo toscos pero bien ordenados, pero vacía. Ya que era la  alternativa más lógica, y para no sufrir la vergüenza personal de meterse en una alacena, pasó por la única puerta que vio abierta.

   Y ahí estaba Paco, Francisco Alvarado, tendido en medio de una cámara circular de techo bajo rodeado por un par de candelabros. Muerto y velado: junto a él estaba sentada su viuda Manuela, pequeña, nudosa y arrugada antes de tiempo, vestida de negro de pies a cabeza, que se levantó de la silla de mimbre al ver entrar al juez para saludarlo afectuosamente:
   - Lamento no haber podido venir antes, Manuela. El secretario se atolondró con la noticia y no lo he sabido hasta ahora.
   - No se preocupe, don Juan, que ya me hago cargo. Así, ¿se encuentra mejor Matías?
   - I ca! Del tifus se sale con vida, míreme a mí, pero aún le queda fiebre que pasar. Y Matías no se hubiera olvidado de algo así: es don Luis, su hermano, que ya se sabe que se distrae con el vuelo de una mosca -el juez se volvió entonces hacia los otros tres individuos presentes-. Caballeros, señorita.
   - Don Juan -le respondió Alonso de Entrerríos, mientras Amelia y Enrique saludaban con la cabeza.
   - ¿Todavía no han encontrado a su pajarillo?
   Amelia le dió un muy suave codazo a don Enrique:
   - Me temo que la aurea picuda aún se nos escapa, pero seguimos con esperanza.
   - Hoy hemos preferido hacer un poco de compañía a la señora Manuela -completó Alonso, con gravedad.
   Hacía una semana que los agentes del Ministerio habían llegado a 1956: habían alquilado unas habitaciones en la cercana granja de la familia Gaig, con la pretensión de que don Enrique era un ornitólogo de la Universidad de Valencia, Amelia su ayudante y Alonso un experto cazador, todo ellos a la busca y captura de una especie aviar rarísima y decididamente esquiva. Era una historia falsa que les permitía campar a sus anchas por las inmediaciones de Can Alvarado, hablar con todo el mundo y no levantar sospechas. En aquellos siete días habían conocido a las fuerzas vivas, desde el alcalde don José Alcoverro hasta don Manuel Ocaña, el notario, y por supuesto al distinguido juez don Juan Perucho, "un hombre de paz como no hay dos, y además poeta y literato de los buenos", como se lo había presentado el regidor. Y también al finado antes de su inoportuna muerte: un hombre adusto, cabezota, recto y duro como el pedernal, aquel Francisco Alvarado.
   Siguiendo las instrucciones, la Patrulla se había comprometido a no impedir la muerte del labrador ni detener a su asesino (que días después tenía que cumplir crimenes similares en Barcelona), pero la noche que iba del 26 al 27 de enero se habían apostado alrededor de la casa con la intención de descubrir su identidad. Ni siquiera con la ayuda de la luna llena y un cielo absolutamente despejado vieron a nadie entrar o salir de la masía, pero sí que oyeron gritos: Alvarado parecía estar increpando a alguien con todas sus fuerzas. Llegaron tarde, y sin dejarse ver ellos tampoco, observaron como doña Manuela encontraba el cuerpo sin vida de su marido. De aquello iba a hacer pronto dos días.
   - ¿Lo ha visto ya el doctor Galván? -preguntó el juez a la viuda.
   - Vino, vino, dijo que era un ataque al corazón.-se la veía más cansada que triste. Probablemente llevaba toda la vida haciéndose a la idea de que la muerte les esperaba a la vuelta de la esquina.
   Perucho se puso en cuclillas junto al cuerpo, que seguía vestido con las ropas con las que había muerto. Estaba en muy buen estado: no olía ni presentaba signos de deterioro, apenas unas manchas moradas en la parte de atrás, sobre la que había permanecido apoyado las últimas 36 horas. El juez acercó su cara a la del difunto. Le habían cerrado los ojos, pero el gesto de la cara se había quedado petrificado en una mueca horrorosa, tal vez un grito, o una expresión de furia o quizás de miedo. Las velas danzantes le arrancaban sombras aún más terribles del rostro, como si aún se estuviera retorciendo
   - He intentado cambiarle la expresión, pero no hemos podido -dijo Manuela, por primera vez con un deje de angustia-. Se le ha quedado así, al pobre. ¡Qué gritos pegaba!
   - Voto a bríos que sí -susurró Alonso.
   - Habéis hecho bien en traerlo aquí al fresco -respondió Perucho sin oír a Entrerríos-. ¿Qué cenó anoche?
   - Sopa de cardo le hice.
   El juez continuó entonces con un inesperado:
   - ¿Tienes cucharas, Manuela?
   - Sí... claro... -repuso ella, aturdida.
   - Voy yo a buscar una -repuso Amelia, notando que el juez tenía en mente.
   - Gracias -dijo éste cuando se la trajo. La acercó con sumo cuidado a la boca del difunto y se la pasó por la comisura de los labios-. Luz, luz por favor -Alonso acercó uno de los candelabros.
   - ¿Qué es eso? -preguntó Amelia, junto a ellos. En la cuchara había pequeños restos resecos de saliva y piel junto a otra cosa, un polvillo algo más grueso y de forma ligeramente almendrada.
   - Desde luego -respondió Perucho, mirándoles a los ojos-, no es un trozo de cardo. Manuela, tengo que pedirte un favor. Los gritos, tienes que recordar los gritos.
   - ¡Qué gritos pegaba! -repitió ella. En el rato que llevaban allí, la Patrulla se lo había oído lamentar unas cuantas veces. Ellos mismos los habían oído con claridad...
   - Primero eran como insultos: "maria bruta, mal te caigue...".
   - ¿Y luego?
   Luego vinieron unos gritos aterradores, desgarrados, más desordenados, que parecían provenir a la vez de un hombre furioso y de una garganta...:
   - ...que no fuese del todo humana.
   - Pero, ¿se entendía algo, Manuela?
   - Se entendía... pero no.
   - ¿Cómo?
   - Vaiga! Se entendía, pero no significaba nada -y pese a todo, a ella misma le costaba atreverse a repetirlas.
   - Por favor, Manuela, puede ser importante. ¿Que es lo último que le oíste decir a tu Paco?
   - Yo bajaba las escaleras y le oía imprecando, y entonces cambió. Cambió, pero no tenía sentido.
   - ¡Manuela!
   Los labios de Amelia, Alonso y Enrique habían empezado a formar, casi inconscientemente, la forma de aquellas palabras que siguieron. Aquellas palabras extrañas y abruptas, inconexas, que les habían helado la sangre.
    - "¡Ia!", dijo, "¡ia! ¡Ia, Yogsotot!".

(CONTINUARÁ...)
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08 febrero 2016

MdT: Un acto de venganza (IV)


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   (Galeón de Gil Pérez, 2 de Marzo de 1589, 21:54
   Operación “Luna de Sangre”)
  
   La luz de la Luna llena inundaba el galeón apresado; tanto, que resultaban casi innecesarias las lámparas de aceite, distribuidas a intervalos regulares. Una de ellas se extinguió sin que nadie reparara en ello. Después otra; y otra...
   Unos pasos hicieron crujir la cubierta: cuatro sombras, dos a proa y dos a popa, realizaban su acostumbrada ronda nocturna. Otros dos guardias ingleses flanqueaban las puertas del camarote principal. Seis enemigos, en total.
   El veterano Alonso de Entrerríos apagó una última lámpara y se agazapó en el oscuro umbral del castillo de popa, intentando calcular la posición del enemigo. Una vez más, maldijo para sus adentros el imperceptible balanceo del barco: aquella falsa inmovilidad le desorientaba.
   Entonces lo vio.
   Un velo ensombreció parcialmente la Luna, haciéndola palidecer. El barco comenzó a sumirse en las sombras, lentamente, minuto a minuto...
  
   -El eclipse, a la hora predicha -le sorprendió un susurro a su espalda-. El brujo inglés tenía razón.
   El veterano estuvo a punto de atacar instintivamente; pero se detuvo al distinguir la borrosa mancha de una camisa blanca en la oscuridad. "Encamisada", la indumentaria convenida para el asalto nocturno; era uno de los suyos.
   -Ya he apagado las de mi lado -susurró el muchacho-. ¿Y vos?
   -Está hecho -asintió el veterano agente del Ministerio, mirando a su hijo con repentina inquietud: la operación sería arriesgada-. Estáis a tiempo de echaros atrás. Puedo hacerlo solo. Tardaré más, pero...
   -¿Es una chanza, don Diego? -el joven Alonso tuvo que hacer un esfuerzo para contener una risita burlona-. No hay más tiempo: es menester aprovechar esta oscuridad. Si tenéis miedo...
   Una mano de hierro atenazó el hombro del muchacho, sobresaltándole.
   -Sólo temo a una cosa: a los novatos -susurró severamente el veterano-. El Tercio sólo permite las "encamisadas" a "soldados viejos". Son operaciones de comando, de máximo sigilo y máximo riesgo.
   -¿“Comando“? ¿“Máximo riesgo“? Habláis como Julián, no como alguien de mi tiempo... -el ofendido joven le miró con aire de sospecha-. ¿Quién sois realmente?
  
   El padre echó una última ojeada a la luna: el eclipse la había oscurecido por completo, tornándola de un sangriento rojo oscuro. Los centinelas de Drake la miraron con terror supersticioso.
   Entonces se hizo la oscuridad. La superstición de los ingleses dio paso al terror, al comprobar que alguien había apagado las lámparas. Al instante chispearon varios eslabones: los enemigos estaban intentando frenéticamente volver a encender las luces.
   -Ahora os mostraré quién soy -susurró el veterano agente del Ministerio; no había tiempo que perder-. Y vos también podréis demostrarlo. Nadie de vuestra edad ha tenido jamás un honor como éste.
   -No os fallaré -prometió el muchacho, comprendiendo hasta qué punto estaba confiando "Alatriste" en él-. Ni a vos ni a mis compañeros.
   Los dos soldados estudiaron a los enemigos más próximos y sonrieron con idéntica fiereza, aprestando sus armas con sigilo. Estaban en inferioridad numérica. Sólo uno de ellos estaba bien entrenado en operaciones de comando. Pero había llegado la hora de la venganza.
  
   * * * * * * * * * *
  


   (Palacio de Westminster, dos días antes)
  
   Soñó con aquel velo antes de verlo; nunca supo por qué. Ensombreciendo la Luna, con una lividez enfermiza que le revolvió el estómago...pero no: en realidad se trataba de un rostro humano, semioculto tras una tenue gasa negra.
   Julián trató enfocar la dolorida vista: había una mujer junto a su cabecera, con el rostro velado y vestida de negro de pies a cabeza.
   - Sólo os falta la guadaña -intentó bromear el enfermero-. ¿Quién sois?
   La sombría figura dejó un objeto sobre la mesilla de noche y se escabulló apresuradamente, sin pronunciar palabra. Julián intentó levantarse para seguirla, pero le detuvo un lacerante dolor en las sienes.
   - ¡Esperad! ¿Qué significa esto? -de pronto recordó en qué país se encontraba y cambió de idioma-. Wait! What does this mean?
   - ¡Calmaos, Julián! -le interrumpió una voz grave, mientras alguien le sacudía con suavidad.
   Julián despertó, sorprendido: ¿todo había sido un sueño?
   Miró a su alrededor: se encontraba en una estancia bastante más lujosa que una posada, al menos en comparación con lo que estaba acostumbrado a ver en el siglo... ¿dieciséis? La luz entraba a raudales por la ventana, provocándole un dolor de cabeza intenso. En las fosas nasales notaba un persistente olor a cloroformo. Intentó rememorar lo sucedido la noche anterior: John Dee, el brujo de la reina de Inglaterra. Espiritismo. Opio. Mentiras. Y después...
   - ¡Esa mujer...! -recordó Julián, intentando sacudirse la confusión de encima.
   - ¿Amelia? No me extraña que os disguste verla -gruñó Entrerríos, dirigiendo a la joven una mirada de reproche-. Teniendo en cuenta lo que ella os ha obligado a hacer...
   - No había otra opción -fue la fría respuesta de su superior-. Tenía que aceptar aquel brebaje para ganarse la confianza de John Dee.
   - ¡Estuvisteis a punto de hacerle envenenar! -estalló el militar-. Julián, vuestra obediencia os honra, pero hay órdenes que no deben obedecerse. Lo aprendí cuando un superior mandó a todos mis hombres a la tumba, y a mí a la horca...
   - ¿Podéis callar un momento? - gimió el enfermero-. Tengo una resaca monumental. Y no, Alonso; no lo hice por ella. Lo hice por él.
   Sus dos acompañantes le miraron, desconcertados.
   - ¿Por quíén...?
   - ¿Quién va a ser? -se impacientó Julián, malhumorado a causa del dolor de cabeza-. Nuestro compañero. ¿Sigue en la Torre de Londres?
   - Tranquilo; lo conseguiste - la mujer sonrió cálidamente. El enfermero tal vez fuera desobediente y excéntrico; pero tenía valor, a su manera. Y lealtad -. Engañaste bien a Dee.
   - Ya ha pedido que trasladen a Gil Pérez al galeón -asintió Alonso-. Será pronto: el 2 de Marzo.
   - Un momento... -Amelia señaló la mesilla de noche-. Julián, ¿de dónde has sacado esto?
   En la mesita descansaba un objeto extraño: una cajita de madera lacada. Intrincadas filigranas de orfebrería decoraban la tapa, las bisagras y el contorno de la cerradura.
   - ¿No fue un sueño? -Julián sostuvo la caja, intrigado-. La mujer del velo negro...
   - Yo también la vi, Julián -fue la sorprendente respuesta de Amelia, extrayendo algo de entre sus ropas: una llave de diseño sospechosamente parecido al del cofrecillo-. Cuando encontré esta llave. La noche que hicimos el truco de espiritismo para engañar a John Dee.
   - Perdona, ¿ahora estamos en una de espías? ¿Alguien nos está dejando mensajitos secretos?
   - La cuestión es: ¿quién? -gruñó Entrerríos, impacientándose-. Obedecer a Amelia, pase; pero ¿por qué tenemos que hacer caso a más mujeres? ¿Dónde se ha visto tamaño disparate?
   La pregunta fue lo de menos; porque el contenido del cofrecillo hizo maldecir con indignación, tanto a Alonso como a la normalmente refinada Amelia Folch.

   * * * * * * * * * *
  

   Mientras tanto, el joven Alonso de Entrerríos montaba guardia en el exterior de la alcoba de Julián, pensativo.
   Estaba seguro: le seguían. No a todo el grupo, sino a él.
   No tuvo la absoluta certeza hasta que Amelia y “Diego Alatriste” hubieron entrado en el dormitorio de su convaleciente compañero. Unos pasos amortiguados, una sombra más oscura que el resto; nada realmente sólido. Si no hubiera sido por una mirada de asentimiento de “Alatriste”, habría pensado que sólo se trataba de un producto de su imaginación.
   Pero una vez a solas, algo cambió. El eco de los pasos se hizo evidente; no había duda.
   - Halt! -ordenó. Por un segundo había visto claramente una mujer observándole, entre las sombras. Al otro extremo del pasillo. Ropas negras, rostro velado; pero al instante la vio desaparecer tras un recodo del sombrío corredor.
   “Me lo esperaba” reflexionó con sarcasmo, lanzándose tras ella. “¿Habrá algún espía que haga caso cuando le dan el alto? En fin, sólo es una mujer. Tiene más que temer ella que yo...”
   El cañón de una pistola, al volver el recodo del pasillo, le hizo tragarse sus palabras.
   - Silencio -ordenó una voz grave pero femenina, en perfecto español. La desconocida señaló una dirección con el arma y volvió a apuntarle-. Sígueme.
   - No sigo órdenes de mujeres -la desafió con altanería-. No seréis capaz de disparar.
   Un zumbido seco y un lacerante dolor en la oreja le descubrieron su error. El joven contuvo un gemido y se enjugó la sangre con la manga, incrédulo.
   - ¿Por qué no ha sonado el disparo? ¿Y por qué yo, y no los otros?
   - Veo que hacéis las preguntas correctas; os he elegido bien -la voz sonaba grave, adulta, autoritaria. Había cierto deje de amargura en el fondo de aquella la risa irónica. La mujer señaló un extraño tubo largo, insertado en el extremo de aquel arcabuz diminuto, y explicó-: silenciador. Ahora seguidme.
   - ¿Obedecer a una mujer? ¿Dónde se ha visto tal cosa?
   La desconocida volvió a apuntarle con la pistola. Esta vez, entre ceja y ceja.
   - Siglo XXI. Venid si queréis más respuestas.
  
   * * * * * * * * * *

   Obedecer a una mujer. En el Siglo XVI.
   Era precisamente lo que estaba sucediendo en aquel mismo instante en la reunión del Estado Mayor, en pleno Palacio de Westminster. Alrededor de un gran mapa, salpicado de lujosas esculturas en miniatura, que representaban naves y unidades militares.
   - Almirante Drake -ordenó la rotunda voz de Isabel I de Inglaterra-: comenzaréis por asaltar los astilleros de Santander y de La Coruña. Después desembarcaréis a nuestro general y al Prior de Crato en Portugal, para preparar el sitio de Lisboa.
   - Sí, Majestad -fue la zalamera respuesta. Francis Drake podía ser el corsario más temido de los siete mares; pero sabía a quién debía su ascensión desde simple pirata hasta mano derecha de la Reina. Aquella mujer sabía apreciar el talento y la mano dura; así que ella merecía su respeto-. De todos modos, dudo que quede en esos astilleros casi nada de la Armada española. Fue destruida...
   - Vamos, Sir Drake: con vuestra Reina no hacen falta disimulos -resopló burlonamente la enérgica monarca-. Sabemos que sobrevivieron dos terceras partes de Armada Invencible; unas ochenta naves. Aunque al mundo entero le hagamos creer que el fracaso español fue total. Nos encargaremos de que eso sea lo que quede escrito en los libros de Historia. Damnatio memoriae.
   - Y será real, Majestad -intervino un noble de alta alcurnia-. Yo mismo encabezaré la expedición en vuestro nombre. Sir Drake arrasará los astilleros antes de que los restos de la Invencible estén reparados. Después...
   - ¡Os prohibimos embarcar, Lord Essex! -fue la cortante respuesta de aquella dama de acero: el fuego de su mirada no admitía réplica-. Vuestro lugar está aquí, al lado de vuestra Reina. No lo olvidéis.
   “A su sombra, más bien” pensó Essex con rencor, intentando ignorar las risitas de sorna de la Corte; para ellos no era más que el amante de Isabel I. Un simple mozo de compañía. Él, un noble curtido en la batalla, capaz de ganar el trono por su propia mano si hubiera querido...
  


   - Tengo un plan para vos - sugirió una voz taimada al humillado noble mucho más tarde, una vez terminada la reunión -. Si os atrevéis a dejar de ser un florero y cambiar la Historia, claro está.
   Lord Essex se volvió hacia el insolente: era Francis Drake. ¿Quién si no? Habría respondido agriamente, si no hubiera llamado tanto su atención el arma que el corsario le ofrecía. La examinó con curiosidad.
   - ¿Qué es esto?
   - El futuro - sonrió Drake ferozmente. Señaló al sirviente que le acompañaba, y que lucía una cicatriz que le partía la oreja en dos-. Este criado portugués dice que ha traído más armas como éstas. Un cargamento entero, para poner a nuestro títere Crato en el trono de Portugal.
   - No son arcabuces normales -el noble parecía realmente interesado-. ¿Cómo se llaman?
   - De momento, los he bautizado como mi nave capitana -rió Drake-: “Revenge”.
   Lord Essex miró en todas direcciones y bajó la voz:
   - Tentador, pero tengo prohibido embarcarme. Y las paredes tienen oídos. Vayamos a otro lugar más discreto...
   Los dos ingleses y el portugués se retiraron, ignorando hasta qué punto tenían razon. Habría sido imposible que se percataran de dos presencias furtivas, espiándoles tras un conveniente muro falso: una dama velada y un joven soldado español. Ella ya no esgrimía su pistola del siglo XXI, pero aún ocultaba su rostro; él era nada menos que el hijo de Entrerríos.
   - Así que esto es lo que queríais enseñarme -musitó Alonso. No sabía qué le había impresionado más; contemplar desde su escondite la reunión del Estado Mayor inglés, o descubrir armas del futuro en manos de Essex y Drake.
   - ¿Os alegráis ahora de haberme acompañado? -susurró la mujer velada, burlonamente -. Ha terminado el espectáculo. Sabéis lo que significa ese nombre: “Revenge”. ¿Verdad?
   El joven Alonso asintió:
   - “Venganza”.     

   * * * * * * * * * *
  
   El veterano Alonso “Alatriste” soltó un juramento al examinar el contenido de la misteriosa caja:
   - ¡Estas armas son...!
   - Del futuro -asintió Julián, examinando las fotografías que había en el cofrecillo: pequeñas, casi cuadradas, con un grueso marco asimétrico de plástico blanco. Casi todas las imágenes mostraban hombres armados-. Tuve una cámara de éstas, no hace mucho. Polaroid -su mirada se ensombreció un instante, recordando el día que se la regaló a Maite; el día de su primer beso-. En 1996.
   - No sólo eso -repuso Amelia, señalando una de las fotografías- Mirad lo que hay en esta imagen.
   - Un barco llamado “Revenge” -Julián se encogió de hombros, con triste indiferencia-. No me suena. Y el hombre que hay delante, tampoco. Me acordaría de esa oreja partida.
   - Yo sí. ¡Es uno de los rufianes de Leiva! - rugió Entrerríos, indignado-. ¡Nunca olvidaré aquel día!
   - Quizá lo olvidemos pronto -murmuró Amelia, más bien para sí misma-. O más bien, quizá nunca llegue a suceder. Ni el día de la revolución de Leiva, ni mi siglo, ni el de Julián...
   - No jodas, Amelia: ¡eso no tiene sentido!
   - Están reclutando una gigantesca Armada. Como si fuera una Invencible, pero inglesa. Si los de Leiva les entregan más armas del futuro, como la de estas fotografías... -la mente de Amelia ya había comenzado a calcular todas las posibilidades, como si estuviera ante un colosal tablero de ajedrez. Comenzaba a urdir un complicado plan, en varias fases -. Imagínalo, Julián: el Imperio Británico, pero siglos antes de tiempo.
   - A costa del nuestro, ¿no? -gruñó Alonso “Alatriste”, con creciente furia.
   - Espera, espera: si cambia ahora algo tan gordo, ¿qué pasará con los que nacimos desp...? -a Julián se le atragantó la frase y estalló-: ¡Como cuando el viejo Biff robó el Delorean y jodió la Historia!
   - ¿Delorean? ¡Hablad en cristiano, pardiez!
   - El fin de nuestro Siglo de Oro antes de tiempo, Alonso -resumió Amelia, muy pálida. Después se dirigió a Julián-: Y tal vez de todo lo que venga después, sí. De todo lo que tú y yo conocemos.  

   * * * * * * * * * *
  
   (Fase 1: Operación “Torre de Londres”
   2 de Marzo de 1589, 17:00)
  
   A la luz moribunda del atardecer, la silueta de la Torre de Londres resultaba aún más sombría de lo habitual. Los seis centinelas, cuyas armaduras exhibían el blasón de la Casa Tudor, presentaron sus armas en un saludo marcial y abrieron las imponentes puertas al ilustre mensajero: John Dee, el tutor y científico de Su Graciosa Majestad. El funcionario, escoltado por cuatro de ellos, se internó en los lóbregos pasillos, que resonaron con los tintineos metálicos de las armaduras. Aquello no era un palacio, sino una prisión: las paredes estaban revestidas de tapices, retratos y antorchas encendidas, pero también armas. Las estrechas ventanas permitían apenas la entrada de la luz del exterior, pero estaban estudiadas para no dar cabida a ningún intento de fuga. Aquel lugar era inexpugnable.
   John Dee no pudo evitar recordar, con un escalofrío, lo cerca que había estado él mismo de acabar encerrado allí: cuando Felipe II de España se casó con María de Inglaterra y trajo la Inquisición a aquellas tierras. Habían sido malos tiempos para un “brujo” como Dee.
   “Pero ahora todo es diferente” recordó con satisfacción. “Mi alumna Isabel es la nueva reina, los perseguidos son los católicos y los centinelas saludan a mi paso”.
   Exhibió sus credenciales ante los sucesivos puestos de guardia que dividían cada nivel de la Torre, algo hastiado por las férreas medidas de seguridad, hasta llegar a una última puerta. Tras ella se reveló una escena totalmente distinta: un hombre de avanzada edad y porte noble, leyendo tranquilamente en un sillón, junto a un buen fuego.
  
   -Ha llegado la hora, maese Gil -anunció en latín al prisionero; en su reverencia había cierto aire de disculpa.
   -Me alegra veros, señor Dee -saludó Gil Pérez en el mismo idioma, poniéndose en pie; el matemático inglés le resultaba bastante menos desagradable que la alternativa-. Esperaba a Drake. Es una gentileza que hayáis venido en su lugar. No todo el mundo está dispuesto a traer este tipo de noticias.
   John Dee miró al prisionero con estudiada amabilidad. Le interesaba tenerlo de su parte.
   -Tal vez no sean tan malas nuevas -su mirada parecía casi comprensiva-. De momento, sólo vamos a tener una larga conversación a bordo de vuestra nave; podríamos colaborar. Éste podría ser el principio...
   -De una gran amistad, como en Casablanca -la broma desorientó tanto al inglés, que Gil Pérez casi tuvo que contener una risita burlona-. Lamento decepcionaros, pero no tengo la información que me pedís.
   -¿Y si yo os ayudase a averiguarla? -sugirió Dee, con un guiño cómplice, mientras la escolta se ponía en marcha a una señal suya-. Imaginad que encuentro alguna forma de asistiros para investigar las Puertas del Tiempo...
   Gil Pérez siguió a sus carceleros sin mostrarse impresionado. No era ningún novato. Sabía perfectamente qué tipo de trato le estaban ofreciendo.
   -No lo creo posible. Pero aunque pudiera -su expresión se revistió súbitamente de serena dignidad-, no soy un traidor.
   El prisionero, escoltado por sus captores, abandonó al fin aquella celda que llevaba semanas reteniéndole. Las puertas se cerraron a su espalda con un sonoro golpe, que le hizo evocar el mazazo de un juez al dictar sentencia.
   Una condena que, en el fondo, él mismo acababa de elegir.
   -Soy español, señor Dee -añadió-. Y eso, en estos tiempos, significa que tengo honor.
  
   * * * * * * * * * *
  


   (Fase 2: Operación “Luna de Sangre”
   2 de Marzo de 1589, 18:00)
  
   Otro atardecer. Otro día más de tediosa vigilancia en un barco en el que nunca sucedía nada. Porque, ¿quién iba a querer rescatar un galeón español en pleno corazón de Inglaterra? ¿Quién estaría tan loco como para desafiar a los centinelas del temible Francis Drake?
   Sólo un loco. O un héroe. O ambas cosas.
   Sería impensable que hubiese allí alguien así... y no: de hecho, no había uno.
   Había dos.
   - Se están retrasando -masculló Entrerríos padre, disimulando el hastío. El plan de Amelia había resultado demasiado largo; pero no tenían elección.
   - Sólo tenemos que fingir un poco más, don Diego -replicó su hijo, encantado de que la larga espera llegara a su fin-. Si Dios quiere, el barco pronto será nuestro otra vez. No soporto ver a mis compañeros a dos pasos de mí y no hacer nada por ellos.
   El plan era simple. Ya tenían una copia de las llaves, y llevaban suficiente tiempo ganándose la confianza de los guardianes enemigos. De momento sólo eran dos hombres contra muchos, y el plan no era honorable; pero si jugaban bien sus cartas...
   -Hay un guardia vigilando la bodega; yo me encargaré de él -decidió el joven Alonso, entrando en el campo de visión del guardia y dirigiéndose a él en inglés.
   -Vengo a relevarte -tenía una sonrisa amable en la cara-. Puedes irte a descansar...
   Una vez estuvo cerca del soldado, sacó rápidamente su daga y le rebanó el cuello.
   -... al infierno, perro hereje.
  
   “Diego Alatriste”, mientras tanto, ya estaba descendiendo las escaleras con absoluto sigilo. A aquella hora no debería haber bajado a la cubierta inferior nadie, y lo sabía. De manera que no dio al segundo centinela ninguna oportunidad. El desgraciado cumplía demasiado bien su deber: en el último instante, le vio y estuvo a punto de dar la alarma. Pero Alonso extrajo de su bota una daga que cortó el grito del infortunado al atravesarle la garganta.
   Se sorprendió al descubrir a su hijo pisándole los talones.
   -Sois sigiloso, a fe mía -tuvo que disimular una leve sonrisa de orgullo-. Demasiado para un novato.
   -Estoy aprendiendo a ser espía, como dijisteis. He escondido ese cadáver en un armario, llevamos uno cada uno... y ya es tiempo de que los nuestros tengan su hora de venganza.
   Le devolvió una sonrisa pícara y cogió las llaves que habían llevado a copiar días antes, abriendo la puerta lentamente para que no chirriara. Entró el primero y pudo contemplar a veinte hombres pálidos y tristes, producto del encierro y de no ver el sol. Apretó el puño de su espada, tratando de controlar su furia.

   -Se acabó el estar aquí, languideciendo como cadáveres en un agujero. Es hora de salir, y vengar a nuestros camaradas muertos a manos de esos perros. Hola, Pere, arriba, Antonio; amigos, venimos a sacaros de aquí. Capitán Ordóñez, señor: don Diego Alatriste, aquí presente, nos dirá cómo recuperaremos nuestro barco.

(CONTINUARÁ...)

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05 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (I)

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Gandesa, 28 de enero de 1956
   La voz de los insectos, eso era cuanto se oía. Pese al frío imperante, las moscas zumbaban y otras criaturas invisibles, escondidas entre la maleza adormecida, cristalizada al arrope del rocío, vibraban con sonidos aún innominados. Nada más. Hasta que el secretario rompió el silencio con una frase inesperada:
   - ¿Sabe usted que dicen que el nombre del pueblo viene de un idioma más antiguo?
   - Sí -respondió el juez tratando de sacudirse la tenaza del aburrimiento de encima-. Creo que "gand" significaba "refugio" o "castillo".
   - Pero oiga, ¡más antiguo incluso que el latín! Que no se yo si sería arameo o qué hablarían entonces para entenderse.
   - El mundo no empezó con los romanos, Luis, antes de ellos ya había gente en esta Península, como la había en Norteamérica antes de que Colón diese con ella -una chispa de interés prendió entonces la imaginción del juez, dispuesta siempre a embarcarse en aquellas oportunidades cual genovés-. Gentes distintas, con costumbres extrañas y ancestrales. No sólo es que hablaran y pensaran en otro idioma, es que su cultura era totalmente diferente. Podía ocurrir, Luis, que pensaran cosas para nosotros impensables, que adoraran a dioses que habitaban en piedras, o que temieran las nubes con forma de perro.
   A don Luis el secretario le dio la risa:
   - ¡Pero cómo le van a tener miedo a los perros, señor juez!
   - Los perros vienen de los lobos y los chacales. Si fuéramos hacia atrás en el tiempo, lo suficientemente atrás, llegaríamos a un momento en que lo que para nosotros es un amigo fiel, para todos entonces sería una bestia feroz. El mayor enemigo del hombre -a Luis lo de retroceder en el tiempo ya lo había perdido del todo. ¡Si a veces no podía tirar atrás ni para recordar los años que tenía! El juez vio que aquella conversación cabía darla por perdida, y el tedio volvió a hacer presa de él-. ¿No hay un robo, Luis? ¿Ni un triste robo? ¿Ni aunque sea una pelea por tierras? ¡No pido ya un asesinato!
   - Dios no lo quiera -dijo el secretario santiguándose por hábito-. Aunque ahora que lo dice, claro que se ha muerto alguien.
   - ¿Quién? -dijo con algo de incredulidad el juez. 3000 habitantes: ¿había fallecido uno y no le habían dicho nada?
   - Claro, es que se murió anteanoche, cuando usted andaba aún por Barcelona en el premio ese que ganó hace años, lo del medio.
   - El Médium -le corrigió tan automáticamente como el otro se había santiguado. Había tenido que hacerlo tantas veces estos años que ya le salía solo-. Pero, ¿quién se ha muerto, Luis?
   - ¡Ay, sí! Paco Alvarado, el que tenía la alberca compartida con los Gaig.
   - ¿No era muy mayor, no? -preguntó pellizcándose la punta del corto bigote.
   - Que va, si namés tenía 40. Pero ya ve usted, parece que le dio un ataque al corazón fulminante, y se quedó pajarito. Eso dijo el médico.

   Alvarado... Sí, lo recordaba bien: un hombre chaparro y fuerte, que cojeaba desde que había tenido un encontronazo con los soldados que ocupaban las granjas durante la Guerra, con un genio de mil demonios y una hija que iba para monja.

   - Pues creo que iré a hacerles una visita -dijo, levantándose y buscando el sombrero-. A la mujer y a la hija.
   - Sí, aproveche, que aquí no hay nada que hacer hoy, señor Juan.
   Don Luis dijo algunas cosas más, pero el juez no les prestó ya mucha atención: formalidades o recados que se le hubieran olvidado igualmente. Su imaginación había empezado ya a fabular posibilidades: un ataque al corazón de un hombre tan sano como Paco Alvarado sugerían que se había llevado una impresión fuerte. Vamos, que había muerto de cólera o, mejor aún, de un susto. "Corrígete", se dijo. Pero no es que se alegrara por la muerte de aquel hombre, faltaría más. Don Juan Perucho se alegraba por la posibilidad, remota aunque fuera, de que un atisbo de lo extraordinario se hubiera cruzado en su vida.

Madrid, 12 diciembre de 2015
   Angustias entró en el despacho y dejó un papel en la mesa de Salvador:
   - Esta es la partida que nos queda para regalos de Navidad.
   Salvador la miró por encima y se le cayó el alma a los pies:
   - Pero... ¿pero está usted segura?
   - Revisada tres veces. A estas alturas, no queda más.
   - Válgame Dios. Bueno, pues lo primero va a ser anular lo de las cestas que le dije en octubre.
   - Ya lo hice -respondió ella, eficiente como siempre-. Pero algo habrá que hacer con las patrullas y el resto de funcionarios.
   - Claro, claro. Pero con estos márgenes... Encárguese de coordinar con la cafetería un buen chocolate con churros.
   - Como cada año.
   - ¡Sí, Angustias, como cada año! Perdone -la secretaria estaba más que curada de espantos-. Ya pensaré algo que regalar pero, pero... Deme tiempo que piense.
   Angustias se fue hacia la puerta, pero antes de salir se giró y dijo.
   - Estamos a día 12. El tiempo es el que es.
   Salvador hizo una bola con el mísero presupuesto y estuvo a punto de tirársela a la burlona de Angustias, aunque entre su dignidad personal y que ella cerró rápidamente la puerta, se lo pensó dos veces.

   La dignidad estuvo a punto de venirse abajo cuando puerta volvió a abrirse de nuevo, pero Salvador se dió rápidamente cuenta de que no era Angustias sino la Patrulla a la que había convocado:
   - Cierto, les esperaba. Tomen asiento, por favor.
   Ernesto llegó el último, cuando Salvador iba a empezar a hablar. Normalmente hubiera llegado antes que nadie, pero desde la traición de Irene no había acabado de ser el mismo de antes; sin embargo, trataba de recomponerse. En cuanto lo tuvo a su lado, Amelia le preguntó:
   - ¿Se sabe ya cuando va a poder reincoporarse Julián?
   - Todavía no -dijo escuétamente. La mirada algo triste de ella e incluso la pena que leía en los ojos del bravo Alonso tocaban fibras que también él tenía sensibles, y añadió-. Pero es un hombre fuerte, esperamos que acabe reponiéndose en los próximos meses. Su compañía durante los primeros días fue esencial, pero es bueno que pase un tiempo en manos de profesionales.
   Los dos asintieron y giraron la cara, con aire culpable, hacia su derecha, donde presenciaba toda la escena el sustituto temporal de Julián:
   - Sé que no reemplazo a nadie, y tampoco lo pretendo -dijo aquel adusto caballero de espeso mostacho y barba estrecha de un palmo-. Tómenme por quien soy y por lo que puedo aportar a esta Patrulla. Estas últimas veces no nos ha ido del todo mal, ¿verdad?
   El caballero no era otro que Don Enrique Gáspar y Rimbau, diplomático, hombre de mundo y escritor de mediados del siglo XIX al que habían acabado reclutando accidentalmente hacía algunos meses.

   Salvador se armó de paciencia para tolerar aquellas discusiones en su despacho. Generalmente le molestaba que se trataran los asuntos personales justo en aquel lugar de trabajo, pero entendía que debía dar un poco de manga ancha, en ese sentido, a sus mejores agentes. Que pudieran desfogar sus fantasmas y preocupaciones justo antes de una misión no dejaba de ser una manera de empezarla con el ánimo más reconfortado. Alonso de Entrerríos le dio pie para reconducir la cuestión:
   - ¿Para qué se nos requiere esta vez?
   - Se ha detectado un rastro de muertes inesperadas en los años 50 del siglo XX.
   - ¿Asesinatos? -preguntó don Gaspar-. ¿De prohombres?
   - No, y precisamente por eso hemos tardado demasiado en actuar -respondió Ernesto, recuperando su habitual solidez-. Es gente absolutamente normal: un campesino, un bibliotecario y un conductor de tranvía. Diez años después el conductor iba a atropellar por accidente a un importante banquero y hace poco el nieto del bibliotecario acabaría por convertirse en un cantante de moda. Eso es todo.
   - Hemos tomado medidas para remediar estos pequeños desajustes -prosiguió Salvador-, pero tememos que la cosa vaya a más. Irán primero a Gandesa, Tarragona, hasta enero de 1956, cuando se produjo el primer asesinato que hemos podido rastrear hasta ahora. Cuando vuelvan con lo que hayan descubierto, saltarán diecisiete semanas hasta mayo del mismo año, que es cuando murieron los otros dos.
   El subsecretario del Ministerio quiso hacer hincapié en el punto más sensible de la cuestión:
   - Es esencial que no intenten evitar esos tres asesinatos que ya tenemos registrados. Deben conseguir todas las pistas que puedan sobre la identidad del asesino para detenerle a partir de que cometa el tercero.
   - ¿Tenemos que dejar morir a tres hombres que no han hecho nada? -preguntó Amelia, escandalizada.
   Salvador fue firme:
  - La Historia ha sufrido una herida pero aún podemos contener la hemorragia. Esos tres hombres ya están muertos, precisamente porque no hemos podido hacer correctamente nuestro trabajo. Espero de ustedes que estén a la altura y sí podamos evitar más muertes innecesarias. Cornejo les espera para ponerlos a la moda.
   Cuando ya se hubieron ido, Ernesto se quedó a hablar un momento con su superior:
   - ¿Esas muertes...?
   - Como he dicho, nos hemos ocupado.
   - Sí, lo sé, yo mismo he enviado a un par de agentes para que rellenen los huecos.
   - ¿Entonces? ¿Tiene problemas de conciencia?
   - No -Ernesto le quitó importancia encogiéndose de hombros-. Ya sabe que no suelo padecer de eso. Si alguien tiene que atropellar al potentado... Pero, ¿y el otro agente?
   - Por trivial que nos parezca, el nieto del bibliotecario debe convertirse en un cantante pop.
   - ¿Y ha hecho un casting?
   - ¡No, por Dios! Aunque creo que la mayoría de nuestros hombres desafinaría menos que ese chaval -Ernesto no acababa de comprender cuál era la misión del segundo agente y Salvador se lo intentó aclarar-. El bibliotecario estaba casado, pero murió sin descendencia.
   Tras algunos segundos, Ernesto acabó por comprender. Ya en la puerta del despacho, declaró:
   - Si alguna vez me toca a mí, por favor, envíeme a atropellar banqueros.
(CONTINUARÁ)

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