22 marzo 2016

El Ministerio del Tiempo 14 - "Tiempo de Magia" [spoilers]

Cartel diseñado por Mikel Navarro.

   Me gustan los magos y me gusta la magia. Cuando, en abril del año pasado, empecé a diseñar mi primera "patrulla del tiempo", diferente a la que cada semana veíamos en pantalla con Alonso, Amelia y Julián, para el fanfic "Tiempo de Paz", tuve claro que uno de los tres integrantes sería un prestidigitador. En mi caso se trataba del Ministerio de 1938, y decidí que el mago sería alguien en activo en aquella época, y con algo más de edad que sus otros dos compañeros, por lo que la elección fue bastante fácil: el gran Florences. Y en un momento del relato, el subsecretario de aquella época le promete que le conseguirá entradas para ver a Harry Houdini al teatro Hippodrome de Londres en 1904

   Por tanto, entenderéis que el capítulo de hoy de El Ministerio del Tiempo, ambientado en 1924, con un Houdini interpretado por Gary Piquer y un mago español que va a conocerlo (Argamasilla en este caso, encarnado por Miki Esparbé) me atraía mucho. Más aún con Valle-Inclán de por medio. Más todavía con la visita al Nueva York de la Prohibición. Pero tengo que decir que no me esperaba, para nada, lo que esta serie nos ha dado esta semana.
   En el terreno de lo convencional, sólo podría citar el desarrollo de la subtrama sobre el cuadrado que forman Susana, Irene, Salvador y Ernesto. No sabíamos exactamente cómo ni cuándo, pero parecía claro que algo así iba a ocurrir (yo esperaba que un par de capítulos más tarde, pero la verdad es que Torres parece demasiano inepta para dejar mucho tiempo el Ministerio en sus manos): Dios, dicen, está en los detalles, y lo cierto es que los de la resolución de este embrollo tienen sus más y sus menos. La reunión con Salvador en el parque, tal vez un poco apresurada, pero las escenas Susana-Irene e Irene-Ernesto muy bien matizadas.

   Javier Olivares, Anaïs Schaaff, Javier Pascual y Juanjo Muñoz han pensado un capítulo distinto: en una temporada en la que cada episodio trata de pisar sobre géneros y tonos diferentes, eso puede no parecer mucho. Pero, creedme, esta vez ha sido verdaderamente distinto: por supuesto lo ha sido por tener al genial Paco Plaza al mando de la dirección. Su manera de plantear las escenas esotéricas y los flashbacks son muy personales, e incluso sus "zoom-outs" le dan un aire cinematográfico al episodio que le siente muy bien. En especial el momento de la sesión espiritista de Houdini, desde la deriva de colores inicial hasta el cruce con humo entre Harry y Amelia, es de una belleza antológica. Paco Plaza es otro de los grandes elementos personales del capítulo, uno muy, muy grande. El fascinante trabajo de localizaciones y vestuario es otro. La interpretación de Aura Garrido y Hugo Silva, impecable, valiente y superior (esta vez Alonso está más como contrapunto secundario). Sin embargo, lo principal está en ese guión.
   Y es un guión, como dice Alonso de Pacino, "insaciable". Un poco a la manera de Greg Berlanti, Andrew Kreisberg y Geoff Johns en la primera temporada de Flash, el episodio se deja de sutilezas y se lanza a todo tren, como si les hubieran dicho que es el último que van a poder escribir y no quisieran dejarse nada en el tintero: tenemos un desfile de personajes que no nos esperábamos ver en esta serie, desde Edgar Hoover a Clark Gable, pasando por Arthur Conan Doyle o el propio Houdini, pero también a otros que esperábamos que pasaran por ella, pero que lo hacen todos juntos: Valle-Inclán, Ramón y Cajal, el jefe de Darrow. Las emociones por el atrevimiento, por la valentía con la que se encara el capítulo, son constantes, como un espectáculo de circo que patrocinara Gromek en el que hay algo aún más sensacional a la vuelta de la esquina. En "Tiempo de magia" hay material suficiente para nutrir un largometraje entero, o incluso una miniserie específica dedicada al tema.
   ¡El agente con Google Glasses! ¡Lola trabajando con Darrow pero fiándose (aún) más de Aura (¿qué Aura?)... perdón, de Amelia! ¡Magneto/Erik! ¡Los cuadros de los subsecretarios!

   Pero, por supuesto, el elemento principal que hace que este episodio sea un WTF! como una casa, o que más bien amplía de manera inesperada (por culpa nuestra, no de la serie) el horizonte, es la nueva puerta que se abre: la puerta de la magia. Sí, señoras y señores: Argamasilla tiene realmente rayos X. Houdini podía dar saltos de una hora al pasado. Y Amelia tiene una verdadera sesión de espiritismo en la que una fuerza incognoscible le avisa de lo que está por venir. Esa primera escena, en la que muchos pensamos con paternalismo: "¡ay, Amelia! ¿Cómo puedes creer tú en esas cosas?", para quizás excusarla porque "en aquella época eso era casi ciencia", acaba dándonos con un canto en los dientes: no, espectadores, Amelia tiene toda la razón del mundo en hacer espiritismo, porque en ese universo ES ciencia. La magia existe en el universo del Ministerio.
   ¡Claro que existe! ¡Si tenemos un sistema de puertas cabalísticas, como no va a tener poderes Argamasilla! La resolución al problema que presenta, por cierto, fichándolo en el último Ministerio del que se tiene constancia para asegurarse que no vuelve a tener tentaciones de revelar su existencia en el pasado, es además un acierto de Salvador, típico de él, de sus soluciones fuera de los márgenes pero que funcionan. Como la visita de Houdini a su madre.

   La semana pasada, "Un virus de otro tiempo" sacudió las bases de lo que puede ser un capítulo de El Ministerio del Tiempo. Lo de esta semana es un sismo de grado 10, que ha destruído por completo las estructuras que algunos podían (podíamos) tener sobre el tipo de universo en el que nos movíamos, y del que ha emergido una cordillera magnífica, un nuevo universo entero de posibilidades. 
   América. Las Indias. El Ministerio de la Magia. Había estado ahí todo este tiempo, pero ¡ah! Los magos y la misdirection...

17 marzo 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (VII)

Barcelona, 1 de junio de 1956
   - ¡Extra, extra! ¡Pescan un cadáver en el puerto de Barcelona! ¡La policía cree que era un marinero! ¡Extra!
   Amelia desvió la mirada, involuntariamente, cuando el repartidor de periódicos pasó junto a su mesa en el Bar Zurich. La posó en el cartel que tenía su izquierda, en la calle Pelayo, que anunciaba la Academia de Idiomas Berlitz. Había bullicio en la calle, y realmente nadie se fijaba en ellos. Ernesto compró un ejemplar de aquella edición de La Vanguardia y pareció satisfecho:
   - Encaja con la copia que tenemos en el Ministerio. Tiene que dejar de parecer culpable, Amelia. Usted no ha hecho nada.
   - Tirar un... fardo al mar -se corrigió en el último momento-, ¿le parece poco?
   - Sólo hemos cumplido con lo que estaba escrito que había de suceder. En este Ministerio les pueden llegar a tocar misiones mucho más desagradables.
   - Pero si es la Historia, tiene que hacerse -remató Alonso, dándole la razón y apurando de un trago su vaso de vino. Ya se sentía mejor, pero si no hubiera sido por aquella curandera china, a estas horas se habría reunido ya con sus antepasados y con el Señor.
   La terraza del Zurich estaba llena incluso a aquellas horas matinales de un viernes. Había transportistas que paraban a hacer un café y señores bien vestidos, no muy diferentes de don Enrique Gaspar, que se desayunaban a placer.
   - Ya lo supongo -dictaminó don Enrique-: las Españas no han parado de regarse con sangre desde... bueno, desde tiempos de los romanos, por lo menos. Pero la aprensión de la señorita no deja de ser comprensible.
   - Si tiene que pasar... -insistió Entrerríos.
   - No tenía que pasar -repitió Amelia bajando aún más la voz, por cuarta vez desde que se habían dirigido al puerto, cargando con el cadáver aún tibio del conductor de tranvías-. Hemos asumido por válida esta historia en la que tres hombres mueren, porque tratar de corregirlo podría complicar aún más las cosas. Eso lo acepto, aunque no me gusta, lo acepto. Pero hay que empezar recordando que ni Paco Alvarado ni Ramón Olide debían morir, y alguien los ha envenenado, y que a Jaime Serra le quedan menos de 12 horas antes de que le pase algo parecido. Si está cambiando la Historia es que viaja en el tiempo.
   - Es cierto, pero han avanzado mucho para lograr la identificación del asesino. Usa un veneno de una planta alucinógena china, y por la descripcion de su atuendo emplumado y su máscara, podría ser un traje ritual tian-gou -Ernesto aclaró-: no es que sea un experto, antes de dormir estuve consultando internet. Los tian-gou chinos eran unos perros negros monstruosos que venían del cielo a robar niños, aunque también podía refererirse al paso de un cometa: había unos sacerdotes que se encargaban de espantarlos o atraerlos con unos ritos especiales. En cualquier caso, acabaron evolucionando en los tengu japoneses hacia el siglo XIII de nuestra era: aquí ya eran hombres-pájaro. Y justo antes de que la leyenda pasara de China a Japón, los sacerdotes chinos empezaron a adoptar el atuendo de los pájaros para sus ceremonias. Así que creo que podemos centrar nuestra búsqueda a un ciudadano chino, masculino, de entre 1150 y 1200.
   - Justo antes de la expansión de los mongoles -valoró Amelia.
   - ¿Y qué relación tenía España con China en aquella época para que vengan aquí a asesinarnos a traición? -pregunto Alonso, aún algo resentido por haber caído bajo los efectos del veneno.
   Esta vez fue don Enrique quien contestó:
   - No demasiada. Marco Polo no se presentó ante Kublai Khan hasta 1270, aproximadamente. Antes que eso había algún misionero ocasional, y existía la Ruta de la Seda, claro, que estaba en manos del Califato:  la participación castellana y aragonesa allí era escasa.
   - Por eso acabamos buscando la ruta alternativa hacia las Indias -resumió Alonso- y Colón descubrió el Nuevo Mundo.
   - Eso de que lo descubrió... -dijo Ernesto.
   - Mirad -respondió Alonso ligeramente ofendido-, entiendo que no estoy demasiado ducho en Historia, pero al menos sé que Colón descubrió América.
   - Excepto que allí ya había gente -dijo don Enrique-, que la había descubierto antes.
   Amelia intentó rebajar la discusión:
   - Cuando estuve hablando en la Biblioteca con Jaime, me explicó que el tema del "descubrimiento" y la búsqueda de las raíces de los pueblos nativos es parte de la poesía mexicana que...
   Se quedó callada. Una vez más, algo hizo conexión dentro de la mente de Amelia. Sí, Alonso le había vuelto a despertar la idea que ya había tenido la noche anterior, pero que no acababa de encajar del todo. Y Jaime Serra tenía la culpa:
   - ¿Sabemos el nombre completo de Jaime Serra? -preguntó Amelia de pronto.
   - ¿No consta en el informe? -repreguntó Ernesto.
   - No consta.
   - Es muy posible que los datos se perdieran durante la guerra. Esta es una época mala para el Ministerio: con Franco en el poder, pasamos a depender de nuestros propios recursos. El subsecretario don Javier Guzmán de Haro prefirió no revelarle su existencia. Conseguimos trampear el tema económico, pero especialmente durante los primeros años de la postguerra perdimos mucho acceso a la documentación oficial.
   - Tengo que ir a hablar con él al Ateneo, antes de que lo maten -Amelia Folch se levantó de la mesa-. ¿Me acompañas, Alonso? Ustedes pueden ir a ver a su mujer, quizás consigan la información.
   - Yo me vuelvo a Madrid -dijo Ernesto-. Aquí puedo hacer poco, y tengo varias misiones que coordinar en este momento: sin Irene... -iba a añadir algo más, pero las palabras se le atragantaron. Endureció el rostro, se puso dignamente la gorra de marino, se levantó y se despidió con aire marcial-. Manténgannos informados de cualquier novedad, y tengan cuidado. Ya casi le tenemos.
   - Pagaré e iré a ver a la mujer de Serra -dijo don Enrique.
   - Coja el tren de humo, aquí al lado -le dijo Amelia señalando el acceso a la estación de los ferrocarriles-. Le dejará cerca de su casa.
   - Sí, veo que hay cosas que no han cambiado.
   Amelia y Alonso se dirigieron hacia la Rambla, Ernesto se marchó para volver a cruzar la puerta del tiempo, y don Enrique había abonado la cuenta, cuando un caballero le interpeló.
   - ¿Profesor Rimbau? ¡Qué casualidad!
   - Vaya, pero si es el excelentísimo juez Perucho.
   - Y señora -dijo el otro dignamente antes de presentarle a su esposa con una sonrisa-: María Luisa Cortés, el profesor don Enrique Rimbau -el otro le estrechó la mano. Ella llevaba un vestido azul y un pañuelo blanco en la cabeza. Era una cabeza más baja que su esposo, y en su mirada brillaba una perspicacia y una curiosidad que podían abarcarlo todo.
   - ¡Juan me habló de usted! ¿Estaba buscando un pájaro raro por Tarragona, verdad?
   - Sí, la aurea picuda. Pero aún no ha habido suerte. ¿Qué les trae por Barcelona?
   - Lo he secuestrado -dijo ella, divertida.
   - Es la verdad -admitió él, desarmado-. No, lo cierto es que en dos días nos vamos de viaje a París, y teníamos que arreglar papeles.
   Ella miró por encima del hombro, hacia la plaza:
   - Cada vez que paso por aquí, me acuerdo de mi padre. Murió ahí mismo, hace 18 años, en un bombardeo. Salía de trabajar...
   - ¿Estás bien, Birín? -le preguntó Perucho al verla introspectiva. Ella le apretó la mano, cariñosa..
   - Aún le noto en el aire... -murmuró, aún introspectiva, antes de tratar de sonreír-. Vamos a buscar a los pequeños, están con mi madre. Véngase a comer con nosotros, profesor.
   - Insisto -añadió Perucho al ver las dudas que se pintaban en el rostro del otro-. En Gandesa me quedé con ganas de hablar con usted sobre... aquello.
   - ¿Tiene idea de lo que pudo ocurrir? -don Enrique había estado tramando una excusa, pero Juan Perucho había tenido un par de meses para pensar en el asesinato de Paco Alvarado, que para ellos había pasado aquella misma semana. Era un hombre inteligente, y tal vez había llegado a conclusiones que pudieran aplicarse a su misión.
   - Le he intrigado. Ahora tiene que venir.
   - Con mucho gusto.
* * * * * *
   Amelia disfrutaba con el olor de los libros, y la Biblioteca del Ateneo estaba bien surtida. Jaime Serra les hablaba mientras ordenaba una remesa de viejos tomos polvorientos de mediados del XIX, donada en su testamento por un mecenas de la Bonanova.
   - ¿Qué les vuelve a traer por aquí? -dijo él en la típica voz baja de bibliotecario.
   - La curiosidad y la poesía.
   - ¡Ah, se quedó con ganas de leer a los poetas mexicanos!
   - Mucho -dijo Amelia, paseando entre los volúmenes. "Vas a morir hoy. Pon en orden tus asuntos", quería decirle, pero no se atrevía-. Pero mencionó usted a unos cuantos, y no sé por cuál debería comenzar.
   - En poesía no hay autores correctos, todo está en encontrar los versos que resuenen con uno mismo.
   - Eso es muy bonito. ¿Es usted poeta, también?
   - No, mi madre lo era. Pero ni aquí ni allí tenía mucho futuro. Mujer... -bajó aún más la voz- y mestiza -se encogió de hombros, resumiendo en aquel gesto todas las dificultades que habían provocado en la vida de aquella poetisa la confluencia de ambas circunstancias vitales. Sin duda, también habían alimentado sus versos.
   - ¿No llegó a publicar nada?
   - Sólo un pequeño volumen, pero no lo encontrará aquí. Lo tengo en casa: lo hice editar yo mismo, y apenas hay una docena de ejemplares: "Tiniebla de Michoacán", por Eugenia Cortés Xolotl...
   - Me encantaría leerlo, si puede traerlo uno de estos días... -Amelia lanzó una mirada a Alonso. Él también se había dado cuenta al oír el nombre de la poetisa: ahora todo cuadraba. El asesino no era chino. Alvarado, Olide, y Cortés: estaba acabando con los descendientes de los conquistadores de México. 

Teotihuacán, 28 de mayo de 1898
   La ascensión resultó más penosa de lo que esperaba. Era la tercera pirámide a la que ascendía aquel día, y le faltaba el aliento desde la primera, pero no podía pasar por aquel sitio sin hacer una visita semejante. Julián Martínez era un fugitivo y, ahora también, un desertor. Huía de Cuba, de aquella guerra doblemente perdida, pero sobre todo huía de su futuro: tenía pensado atravesar México para poner la máxima distancia posible con el conflicto y con los posibles agentes del Ministerio que le vinieran detrás. La llamada de Salvador le había dejado con muchas preguntas, pero en algo había sido claro: sabían donde estaba y no podía esperar más ayuda por parte de él. No tenía miedo de que le pudieran rastrear por el teléfono, hacía días que se había quedado sin batería y ahora sólo era un trasto inútil que llevaba en su equipaje.
   - Y esta es la princesa Yetaxa -dijo Gabriel, el guía al que había contratado para la visita-. Cuenta la leyenda que cuando se acercaban los últimos días del emperador, la difunta Yetaxa volvió del Más Allá en dos ocasiones, y que se apareció en dos pirámides con pocos meses de diferencia para advertir de la llegada de los Conquistadores.
   Julián había visto ya unas cuantas pinturas murales representando dioses, guerreros y monstruos, así que apenas lanzó una mirada rápida a la tal Yetaxa. Poco caso le hicieron a sus profecías...
   - ¡Me cago en todo! -exclamó entonces, volviendo a girarse hacia la pintura para mirarla con más detenimiento. Vestida con una túnica vaporosa, tocada con plumas de colores y flanqueada por dos sacerdotes feroces que empuñaban cuchillos de obsidiana, se encontraba Yetaxa la Retornada, en lo alto de la pirámide. Los rasgos eran diferentes a los del resto de figuras de aquella imagen. El artista se había tomado su tiempo para representar el rostro de la noble que había regresado de los muertos, y el detalle la convertía en un personaje menos genérico que el resto. Más reconocible.
   Muy reconocible, de hecho, para Julián:
   - ¡Es Amelia!
(CONTINUARÁ...)
  

16 marzo 2016

El Ministerio del Tiempo 13 - "Un virus de otro tiempo" [spoilers]

Cartel diseñado por Sergio Iniesta


   Esta semana sí. Esta semana El Ministerio del Tiempo me ha dejado con un sabor de boca incomparable: el del 10, el del episodio redondo. Incluso con esa María Pita que es poco más que una broma, apenas la punta del iceberg de lo que puede llegar a ser el personaje; incluso olvidando los viajes en el tiempo más que en el principio de la trama, y como detonante; incluso con personajes secundarios robando el foco del episodio (Velázquez, Ernesto, el Doctor Vargas, Germán); incluso con gimmick de "este es el capítulo con 50 fans de figurantes"; incluso con Salvador exiliado. O precisamente por todo ello. Porque "Un virus de otro tiempo" (escrito por Javier Pascual y Juanjo Muñoz, y dirigido por Abigail Schäaf) sacude los cimientos de lo que es un capítulo de El Ministerio del Tiempo constantemente, no con la intención de redefinirlo, sino de expandir sus fronteras, y lo consigue con nota.

   ¿Que no hay viajes en el tiempo? Pero el peligro que corre la Historia es esta vez incluso más grande, real e inmediato que nunca. Y lo peor: no hay Patrulla que pueda hacer nada para evitarlo. Porque esta vez la culpa es de esos "malos jefes" que siempre han aquejado a España. Y sí que los hay: visitas al pasado de Velázquez, Alonso y Germán, no mediante puertas sino en unos flashbacks enfebrecidos que tienen mucho que ver con estar a las puertas de la muerte y querer pasar cuentas con los momentos más importantes de tu vida. El primer triunfo, el primer amor, el adios más emocionado.

   ¿Que María Pita es una broma? No, María Pita es una semilla. María Pita es la persona, no el personaje, no aún, no todavía. Tiene todo su futuro por delante, y precisamente por eso se convierte en uno de los elementos de presión del episodio, en símbolo de lo que está en juego. Este episodio va sobre la responsabilidad real que tiene el Ministerio, no sólo a la hora de llevar a cabo sus misiones sino en conjunto: este episodio, aunque se base en un error de Susana Torres, le da la razón en una cosa que dijo el capítulo anterior, cuando se entera de que Angustias está en una misión. 

   Y para ello, el episodio juega todas las bazas que tiene sobre lo mucho que se puede perder: con personajes importantes que ya conocemos (Irene y Alonso), con personajes secundarios que conocemos menos pero a los que les tenemos aprecio (Germán), con personajes históricos conocidos (Velázquez) y nuevos (María), incluso con NOSOTROS MISMOS como espectadores de la serie, ya que esta vez tenemos a "muchos de los nuestros" en la cuarentena. Esto no es un gimmick: de repente, "esta mierda" se ha vuelto muy real. No es un personaje el que está en peligro: es un amigo, es una hermana. Eres tú. De repente, la bala perdida ha caído demasiado cerca. Mires donde mires, de hecho, no parece haber escapatoria: tengas la implicación emocional o intelectual que tengas con la serie, estás tocado, y cuanto más implicado estés, más amenazado estarás. Todo lo que se puede perder, todos esos futuros inconclusos, todos esos pasados que desaparecerán como lágrimas en la lluvia... Si hay una definición de "hecatombe histórica", está en el amenaza que pesa sobre los personajes en este capítulo. Los pequeños respiros de humor que se permite son necesarios porque las apuestas esta vez están muy altas: el despiste de Pita, los restauradores en Altamira, la bofetada de Amelia. Y se agradecen mucho. 

   Pese a todos los cambios, además, "Un virus de otro tiempo" nos adentra más que nunca, desde el primer capítulo, en la mitología y organización del Ministerio: sistemas de seguridad, megafonía, enfermería, llamadas del Presidente del Gobierno, personajes que reciben su nombre (Germán por delante de cualquier otro, por supuesto) y no sólo eso, sino su historia. La magnífica videoconferencia con Gregorio Marañón, en la que por unos instantes crees que están hablando con el Hospital, pero evidentemente no es así: hablan con el Hombre. La sutil referencia a las excusas de Amelia a sus padres sobre sus desapariciones. Ernesto que continúa, en cierta manera, aquella conversación con Salvador de hace un par de capítulos, sobre si alguna vez se había permitido incumplir alguna norma. El propio jefe que ya no está pero que ha dejado un hueco enorme... y que evidentemente está tramando algo. Los disparos con bala contra incompetencias burocráticas recientes como la del ébola o los tejemanejes de las farmacéuticas.

   Hay valentía en los planteamientos y en la ejecución. Hay una genialidad en el dibujo del Doctor Vargas que hace José Luis Torrijo, como de alguien que es totalmente familiar pero al mismo tiempo desconocido, un elemento de la ecuación en el que no habíamos caído pero que es muy fácil de asumir desde su primera escena en el nacimiento de Carmen Amaya. Hay una ambigüedad calculada en el final del personaje y sobre todo una sensación de contundencia familiar en su rabia, con la que también podemos identificarnos: también nosotros conocemos a jefes incompetentes a los que les va mucho mejor de lo que se merecen, desde luego mucho mejor que a nosotros. Y esas frases... "conocerle ha sido un gran honor y una gran putada". Escrita sin miedo y dicha con convicción. Aunque este no sea un episodio escrito por Javier Olivares, se nota que sigue detrás de cada uno de los capítulos: por fin en España se nota que hay unos showrunners como él y  Marc Vigil.

   "Un virus de otro tiempo" es un experimento en la línea de llevar El Ministerio del Tiempo más allá de los cáuces y de las fórmulas que le podamos presuponer. Por tanto, es un experimento, pero fiel a la línea de esta temporada. Da mucho y promete más. Alimenta mucho las ganas de mucho más, durante mucho tiempo. Y sabemos que eso no es posible: no a este ritmo, no con estos presupuestos, no con esta calidad. No se puede mantener la genialidad eternamente a 120 por hora con el tanque en la reserva. "Un virus de otro tiempo" es lo que le pido a la televisión: que me fidelice y me recompense por mi fidelidad, que me emocione y me haga pensar, que me haga exigir a los que rigen los destinos de la serie que la renueven, que es necesario, que es obligatorio, con esa libertad, con esa apertura de mentes y ese derroche de talento, pero que el potencial que exhibe semana tras semanas necesita tiempo y recursos para poder seguir ascendiendo.

   El Ministerio es mi virus de otro tiempo: y estoy absoluta, feliz e irremediablemente infectado.

09 marzo 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (VI)

Barcelona, 31 de mayo de 1956
   El sonido de los disparos era casi imperceptible en el bullicio que llegaba desde el tumultuoso barrio del Raval, que el periodista Paco Madrid hubiera bautizado como Barrio Chino en 1925. Amelia pasó por alto la primera detonación, pero al oír la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta... ya estaba caminando a buen paso hacia el antro donde habían dejado a Alonso. El sexto tiro lo escuchó más claramente, aún lejano y borroso, pero para ella un signo inequívoco de que algo estaba yendo mal. Avanzó todavía más decidida: sí, era unmal barrio, pero ella ya había cruzado los suburbios de Lisboa con toda la tropa de la Invencible trasegando...
   Pasaron junto a varias tabernas y un cabaret-flamenco, Don Enrique Gaspar siguiendo a la joven a marchas forzadas: la gente seguía arremolinándose en el exterior de los tugurios, entrando y saliendo como hormigas borrachas, sin importarles los posibles tiros o navajazos que se pudieran asestar aquella noche. Amelia se plantó ante la puerta del prostíbulo en el que habían dejado a Alonso. Se oían voces en el interior, gritos y alboroto. Una ventana estaba abierta y, mirando al tejado sobre la misma, alcanzó a distinguir la figura borrosa de una persona recortada contra el cielo nocturno, que desapareció enseguida.
   - ¡Hay que entrar!
   - Tengo una idea -dijo Don Enrique, recuperando el aliento. Y llamó a la puerta. Tuvo que insistir dos veces, hasta que alguien les abrió.
   - No es un buen momento, estamos cerradas -dijo una voz de mujer desde la oscuridad.
   - Soy el Doctor Rimbau, y esta es mi enfermera. Andábamos haciendo una revisión de venéreas aquí cerca y hemos oído el alboroto. ¿Podemos ayudarles? ¿Hay alguien herido?
   La madame avanzó un poco entre las sombras hasta verles las caras: sí, parecían bastante respetables como para estar en aquel barrio por ninguna otra razón.
   - Suban, por favor -dijo. El pasillo estaba lleno de chicas y clientes que habían asomado la cabeza, alarmados por los ruidos que habían llegado del piso superior. Les acompañó hasta la escalera y entonces se giró hacia Don Enrique, extrañada-. ¿Y su maletín?
   - Me lo han... robado cuando salíamos de hacer la última visita -improvisó.
   - ¡Qué indecencia! Así se los coman las ladillas a los muy cabrones...
   El piso superior estaba mejor iluminado. Había un olor penetrante flotando en el ambiente, y una fina nube llenaba la sala de espera con motivos orientales. La ventana abierta correspondía a esta misma, y la ventilación estaba disipando el humo, pero aún así se notaba el olor de un incienso acre y exótico.
   - ¡Como odio esta peste! -dijo la mujer, cerrando las aberturas del incensario que colgaba del techo-. y encima este no ha salido bueno... Aquí están -añadió, guiándoles hacia el dormitorio de la izquierda.

   No había luz eléctrica; la madame había encendido una lámpara de aceite. Ramón Olide estaba derrumbado sobre la cama, desnudo. Su rostro se había congelado en una mueca que sugería algo parecido al fanatismo más agudo: extasiado, feroz, desafiante. No movía ni un músculo, y era posible que estuviera muerto.
   En el suelo se encontraba Alonso de Entrerríos: el corazón le dio un vuelco a Amelia. Una jovencita oriental a duras penas vestida, frágil, pequeña y excesivamente pintada, estaba sentada en el suelo junto a él, y sostenía en su regazo la cabeza del bravo excapitán de los Tercios de Flandes.
   - Nuez de Eseré -dijo ella, sin esperar a ver quien entraba.
   - ¡Mei Ling, deja de una vez a ese hombre! -le increpó la gobernanta.
   - Todavía respira -la china hablaba en un castellano casi perfecto, con apenas un asomo de acento extrajero, concretado en la suavidad excesiva de las erres. Su mirada trataba de esquivar la expresión salvaje del rostro de Olide. Las lágrimas le habían corrido el maquillaje de ambos ojos.
   - Ve para abajo con las demás y deja trabajar al doctor.
   - Prefiero que se quede -intervino Don Enrique-. Parece que ella estaba aquí cuando ha pasado todo y puede ayudarnos a tratarlos.
   - ¿Pasado? -repuso la madame-. ¡Qué va a haber pasado! ¡La típica pelea de celos! Se lían a tiros por una mujer que es de cualquiera que pague. Oímos gritos...
   - ¿Ve esos agujeros? -Amelia señaló la pared más lejana del dormitorio-. Son los disparos. Ahora mire a estos dos hombres: ninguno sangra, ningún tiro alcanzó a nadie. Ha pasado algo más... y si queremos salvar a éste -señaló a Alonso-, tenemos que descubrir qué ha sido.
   La gobernanta se encogió de hombros, cerró la puerta y se fue a tranquilizar al resto de chicas. Don Enrique le tomó el pulso a Ramón: no tenía. El corazón de Alonso, sin embargo, seguía latiendo, aunque peligrosamente desacompasado.
   - ¿Mei Ling te llamas? -dijo él, ofreciéndole una manta- Ahora quiero que nos expliques lo que ha sucedido.
   - No te preocupes -aportó Amelia-, sea lo que sea no saldrá de estas cuatro paredes.
   - Nǐ de péngyǒu -remató Don Enrique, recordando el poco chino que había aprendido en Macao y Hong Kong. "Estás entre amigos".
   Quizás porque Folch era una mujer joven, como ella, o por el escaso chino de Rimbau, la joven pareció confiar en ellos. 
   - La nuez de Eseré viene de África -dijo antes de nada-. Tienen que dársela.
   Se arrebujó en la manta, y comenzó a explicarles: hacía un año que conocía a Ramón. Se habían encontrado por primera vez en el mercado, en Sants. El conductor de tranvía se había prendado de la joven prostituta, y cada mes la visitaba durante una hora en el piso que había tenido en aquel barrio la madame, hasta que se lo cerró la ley contra la prostitución de hacía un mes. No iba a dejar de verla por decisión del Generalísimo...
   - Hoy llegó normal, encantador, como siempre. Es un amor. Era... -parecía a punto de llorar, pero se contuvo-. Y a mitad... del servicio, se puso muy raro. Empezó a decir palabras extrañas, a darse golpes y actuaba como si viera cosas que no estaban...
   - Y a tí eso ya te sonaba -indicó Amelia.
   - Yo nunca lo había visto. Pero mi padre sí: de joven, cuando era aprendiz de herbolario en Xinjiang, y otra vez cuando llegó a Barcelona, hace... 32 años. Me contó esa historia un par de veces: los hombres enloquecían, gritaban, proclamaban el nombre de Shub-Nigurath o Yog-Sothoth. Fiebre de Yog, la llamaban. La mayoría moría enseguida; los que sobrevivían -Alonso se agitó en ese momento, como aquejado por una pesadilla-, acababan por morir en un par de horas. En China no había remedio, pero aquí mi padre encontró nuevas plantas que venían de África, y con la nuez de Eseré le salvó la vida a aquel marino.
   - ¿Sigue teniendo la herboristería, tu padre? -preguntó Amelia, esperanzada.
   - Padre Yuan murió el mismo mes que Mao subió al poder, y me dejó sola y sin nada. La señora González me acogió y me dió este trabajo. Ahora está mucho peor que entonces...
   Folch salió del dormitorio, a la sala de espera oriental, mientras Don Enrique Gaspar seguía hablando con ella y tratando de mantener a Alonso caliente y estable.
   - ¿Salvador? -le habló al móvil.
   - ¿Alguna novedad? ¿Va todo bien?
   - Tenemos un problema muy grave: creo que han envenenado a Alonso. Está inconsciente y cada vez peor.
   - ¡Eso es terrible!
   - También creo que es como han matado a Olide y Alvarado... -al decir los dos nombres tuvo un instante de lucidez en que algo conectó en su cabeza-. Es muy posible que el antídoto sea nuez de Eseré, una planta africana.
   - Tomo nota.
   - Aquí es casi medianoche y no podremos encontrarla a tiempo para salvar a Alonso.
   - Se la haremos llegar inmediatamente. ¿Cómo han descubierto eso?
   - Hay una testigo del episodio de locura de Olide, igual que el de Alvarado. Su padre vio lo mismo en China y en 1924 otra vez en el puerto de Barcelona.
   - China -repitió Salvador-. Esto empieza a tener sentido. Quédense ahí hasta que lleguen con la nuez, les tengo geolocalizados. Buen trabajo.

   Amelia volvió al dormitorio. Alonso se estaba volviendo a agitar, con un sueño intranquilo. De su boca salía un hilillo de sonidos vagamente reconocibles:
   - ...iayogsothoth...iashubnigurath...iaia...
   - Dice que había otro hombre -le dijo Don Enrique.
   - No sé de dónde salió, si estaba escondido debajo de la cama o en el armario o detrás de las cortinas, ni cuánto tiempo podía llevar allí, pero cuando le dio el ataque a Ramón y entró él -le acarició la frente a Alonso-, ya estaba en la habitación.
   - ¿Puedes describirlo? -tanteó Amelia.
   - Estaba oscuro, pero llevaba una máscara como de pájaro, con plumas. Y las manos eran como zarpas... Pasó a su lado antes de que se derrumbara y se fue por la puerta.
   - Y luego por la ventana -Amelia asintió-. Sí, creo que le he visto salir cuando llegábamos.

   Veinte minutos después, un capitán de la marina mercante de rostro severo pero familiar entró en la habitación con un pequeño paquete envuelto en papel de estraza encerado. Su expresión se consternó al ver a Alonso tendido.
   - Es mi padre -la tranquilizó Amelia.
   - Creo que esto es lo que querían -dijo Ernesto, dándole el paquete a Amelia. Ella se lo pasó al "Doctor" y este, a su vez, a la prostituta.
   - Espero qué sepas lo que hay que hacer con la nuez.
   Mei Ling vio lo que había en el paquete: unos cuantos frutos negros que tenían mucha más pinta de habas que de nueces.

   Se irguió, orgullosa de poder demostrar realmente lo que sabía hacer:
   - Padre Yuan me enseñó el oficio, no fue culpa suya que no pudiese heredar la herboristería...
   Improvisando un mortero con un cuenco decorativo y machacando las habas, aún envueltas, con el tacón de un zapato, Mei Ling fue pulverizandolas hasta convertirlas en una especie de polvo. Se sacó del pelo una aguja en la que llevaba prendida una ramita olorosa, le quitó las hojas y las desmenuzó sobre el mejunje oscuro. Luego pidió un vaso de agua, y disolvió la mezcla, que finalmente le hicieron tragar, con mucho cuidado, a Alonso. Su ritmo cardíaco se estabilizó casi al momento; abrió los ojos una vez, relajó la expresión de su rostro, y volvió a perder la consciencia.
   - Hay que tirar lo que sobre -dijo ella-. Si no tiene la "fiebre de Yog", la nuez es venenosa. Debería despertarse en un rato.

   Ernesto aprovechó aquellos minutos para compartir información con Amelia y Enrique.
   - La conexión china de todo esto coincide con los primeros resultados del laboratorio. Dicen que lo que tenía Alvarado en la boca era media semilla de estramonio, concretamente de la especie datura tatula, o como la llaman en China, zǐ huā màn tuó luó.
   - ¿Primeros? -preguntó Amelia-. ¿Hay algo más?
   - Había trazas de otra sustancia que aún no han conseguido identificar, pero siguen trabajando. sin embargo, puede que no sea importante: el estramonio ya coincide con todos los síntomas: visiones, exaltación y fallo cardíaco.
   - Pero mencionan nombres de seres de ficción, incluso Alonso, incluso en China lo hacían ya hace décadas...
   - Jung... un psicólogo, un estudioso de la mente del siglo XX... Tenía la teoría de que hay un inconsciente colectivo común a toda la Humanidad. Arquetipos, formas, miedos, deseos. Quizás esos nombres están ahí, de alguna manera -se encogió de hombros-; quizás Lovecraft los sacó de algún caso de envenenamiento por estramonio que hubo en América y del que le llegó noticia.
   Don Enrique se les unió:
   - He comprobado el armario, no es una puerta del tiempo. Lo que tenemos que saber ahora  es que tienen que ver estos hombres con China. Y porqué iba disfrazado así el asesino...

   Ya casi llegaba la medianoche, cuando Alonso salió, pálido y cabizbajo:
   - Siento mucho haber puesto en peligro la misión -dijo con un hilo de voz-. No sé... qué me ha ocurrido.
   - No tienes nada que sentir -dijo Amelia, agarrándole afectuosamente del brazo-. Te han envenenado.
   - ¿Envenenado? -la voz le tembló con asombro e ira-. ¡Cobardes! ¿Cómo? Nadie...
   Don Enrique miró hacia arriba, hacia el incensario que colgaba del techo:
   - Yo diría que lo han mezclado con eso: lo habéis estado respirando todo el rato que habéis permanecido en la sala de espera. Mei Ling dice que Ramón esperó 15 minutos mientras ella se arreglaba.
   Ernesto estiró la mano y lo descolgó. Alguien había cerrado las ventanitas de la caja.
   - Me lo llevaré para analizarlo, pero es muy probable que don Enrique tenga razón.
   - ¡Ponzoña del demonio!
   - ¿Y ahora?
   Ernesto se puso la vistosa gorra de marinero:
   - Me volveré al Ministerio, pero primero tendrán que ayudarme.
   - Es cierto -dijo Amelia-. Tenemos que tirar a Olide al puerto...

   Pero Folch tenía la mente en otra parte. No estaba de acuerdo con Salvador y Ernesto: aquello no empezaba a tener sentido. Olide. Alvarado. Tenía una idea, pero no encajaba con la siguiente víctima, Jaime Serra, que aún seguía vivo y que sería su última oportunidad para atrapar al asesino sin que el desastre fuera a mayores. Ni encajaba con China. Ni encajaba con la máscara de pájaro. ¿Por qué no encajaba nada?

(CONTINUARÁ...)

El Ministerio del Tiempo 12 - "El Monasterio del Tiempo" [spoilers]

Cartel diseñado por Mikel Navarro.
Me encanta la simetría Napoleón/Angustias con Salvador/Susana

   El 12º capítulo de El Ministerio del Tiempo (y cuarto de esta segunda temporada) se titula "El monasterio del tiempo", algo que directamente le hace a uno asomar una sonrisa en los labios. Y si es así, miel sobre hojuelas, porque el hilo conductor del episodio es el humor. Aunque el capítulo comience con un sueño y una pesadilla, el detonante de la trama sea una muerte, haya tres personajes sobre los que pesa una ejecución,  el entorno de la historia sea el de una invasión y el mismísimo liderazgo como subsecretario de Salvador se vea torpedeado, la dinámica de "El Monasterio" es la de una comedia ligera (como las de Capra, como las de Wilder; como las de Lubitsch, como bien me ha recordado Mayka).

   El homenaje anunciado por Javier Olivares para todo el episodio era la serie de la BBC 'Allo, 'Allo (1982-1992). A primera vista uno puede pensar que en la trama no hay demasiadas similitudes, más allá de del elemento humorístico y de que hay tropas francesas y una Resistencia involucradas: y es que esta semana la referencia es tan constante como sutil. Está el hecho de que la trama principal de "El Monasterio" no es cualquier clase de comedia, sino (como dice Angustias) un vodevil, una farsa en la que casi todos se enamoran de quien no deben, o tratan de explicar el clásico "no es lo que parece". Está el mariscal Ney (imprescindible Jordi Martínez), homosexual sin pluma y enamorado de uno de los protagonistas, como el Teniente Hubert Gruber de 'Allo, 'Allo. Y por supuesto están los cánticos desafinados de la pobre Angustias, la estrella indiscutible de la función, que recuerdan a los de Edith (Carmen Silvera) en la serie británica.

   Es, por tanto, necesario aplaudir el trabajo de Francesca Piñón, que ha desarrollado su personaje en virtud del guión de Diana Rojo (de vuelta tras "Tiempo de Leyenda"), Peris Romano (que regresa después de "El Tiempo en sus Manos"), Anaïs Schaaf y el propio Olivares, y la dirección de Jorge Dorado. Y lo ha hecho con coherencia, aupándose en lo que ya hemos visto de ella, una mujer a partes iguales clásica y moderna, tan dudosa de sus capacidades como intolerante con las injusticias, y capaz de citar Braveheart si se viene arriba. Es Francesca quien lleva el peso de la mayor parte del episodio, y quien hace tan deliciosas sus escenas con el Napoleón de la historia, Fernando Cayo, y con el propio Salvador. Realmente parece un capítulo diseñado para emitirse en Navidad, y como tal mantiene un aire amable pese a las amenazas que penden sobre varios de los personajes (el remate a lo Casablanca personalmente me rechinó un poco, pero creo que no lo hubiera hecho en un capítulo festivo). Que buena parte de los hechos estén respaldados por acontecimientos reales, aumenta el interés de la trama.

   Pero hay otros elementos que se suman en "El Monasterio del Tiempo". Está el desopilante gag recurrente del "momento Timotei"/"the hills are alive with the sound of music" en que varios personajes evocan su amor de manera kitsch y saturada de azúcar. Está el planteamiento de realidades alternativas y el mensaje entre líneas: "pensáis demasiado". Está la interesante trama de Torres vs Salvador, en la que parece sugerirse que el (ya ex) subsecretario quizás lo tenía todo previsto (y el capítulo de esta semana del audiodrama "Tiempo de Valientes" parece apuntar en esa dirección). Está la riqueza de detalles sobre la historia del Ministerio que van dejándose caer con naturalidad, como que fue Adolfo Suárez quien confió en Salvador para el cargo de subsecretario, que los recuerdos no cambian para el que cambia la historia, que en 2011 los agentes tuvieron que salvar a un antepasado de Iniesta, que se mantiene un control sobre toda la genealogía de los personajes relevantes de la Historia o incluso que el Ministerio usa tarjetas de crédito de una supuesta entidad llamada Time Bank. Está la sitcom de la que es improbablemente protagonista Alonso de Entrerríos, primero con "Pacino",  con quien empieza a desarrollarse una relación que recuerda a la de Bud Spencer y Terence Hill; luego en solitario y finalmente con Ernesto.

   Hay frases para el recuerdo:
   - "Solo existe una clase de suerte: la mala suerte" (Alonso pre-citando a Blas de Lezo).
   - "Puedo prometer y prometo..." (el antepasado de Suárez, plantando las bases).
   - "¿Un abrazo?  - Pero de amis." (Ney y Pacino, que corra el aire).
   - "Hablo españolo en la intimidad" (Napoleón Ánsar)
   Y ya puestos, una de las acotaciones que sólo vimos quienes teníamos activados los subtítulos, y que más risas nos ha provocado, pese a su precisión innegable:
   - "[Graznidos de ánsares]"
   Sin olvidar la insultante propuesta de puerta giratoria de Susana Torres a Salvador, que la vuelve todavía más despreciable de cara al público general, de manera muy inteligente.

   En el fondo acaba siendo otro episodio de profecía autoescrita: esta vez sin dudas, el Ministerio ha cambiado las cosas para que se cumpla su versión de la Historia y no para rectificar un cambio en ciernes, porque la Abadesa original muere sin intervención de ningún agente exterior transtemporal. ¿O si lo hay, y es todo un efecto mariposa por haber salvado al hijo o la mujer de Alonso, o a éste mismo de ser ejecutado?

04 marzo 2016

Broadwayrriors en portada

   Llevo muchos años trabajando en este libro. Hoy, terminando el prefacio, me he dado cuenta de que más de los que recordaba, posiblemente desde 1997.

   Casi 20 años después, BROADWAYRRIORS ("la historia de los musicales que han hecho Historia") aún no está terminado, estamos dando las correcciones finales, y queda aún un último texto por escribir antes de rematar los índices con la paginación definitiva. Pero está cerca, está muy cerca.
   Los musicales fueron una de mis dos primeras grandes pasiones, la puerta hacia todo lo demás que le ha seguido. Las ganas de saber más, de descubrir nuevos títulos pero también las historias que había detrás de todo eso me impulsaron a bucear en hemerotecas y páginas web más que cualquier otra cosa. Y ahora voy a poder compartir con todos vosotros una pizca de esa pasión, de esos títulos y esas historias.

   Como digo, no todavía. Pero ya falta muy poco.

   Y hoy es un día especial en esos "ensayos finales" antes de estrenar. Hoy puedo compartir con todos la genial portada que ha diseñado y dibujado el sin par Joan Puig para el libro. Y quedando los últimos detalles por acabar de rematar, de pronto parece que falta mucho menos.
   That's entertainment!


03 marzo 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (V)

Barcelona, 31 de mayo de 1956
   - Tú dirás, chato -le espetó la mujer que le había abierto la puerta, cuando la cerró tras de sí. Tendría unos 50 años: no estaba excesivamente pintada ni llevaba un atuendo particularmente favorecedor, apenas una camisa de hombre y una falda larga y ancha. Tenía una espesa media melena castaña, más enmarañada que rizada, y estaba bien entrada en carnes: eso le hizo sospechar a Alonso que podría tratarse de la gobernanta.
   El pasillo era estrecho y oscuro, pero Alonso ya llevaba algunos minutos caminando por el Barrio Chino y sus ojos se habían empezado a acostumbrar a la oscuridad... Algo más allá parecía distinguir un cortinaje negro como la noche que bloqueaba el corredor, pero un débil hilo de luz remarcaba la parte inferior del mismo. Ella debía ver al menos tan bien como él en aquellas tinieblas, porque pareció adivinar la duda que le asomó en el rostro, sin llegar a identificar correctamente la causa.
   - Sí, cariño, no te has equivocado. Te noto perdido. Claro: si es que estamos todos igual. ¡Ay, qué guapo que eres, se te van a rifar! Mira, con lo del mes pasado nos han abolido el carnet de puta y nos han cerrado las casas de gomas y lavajes, así que nos hemos tenido que buscar la vida como podemos. ¡Me cago en los de la "cruzada" y en sus santos cojones! Dignificación de la mujer, ¡cabrones! Perdóname, cielo. Ahora somos una pensión, ¿me entiendes? Todas las niñas tenían carnet, y hay cuarto para lavarse, pero las gomas tenemos pocas y hay que cobrarlas aparte, ¿me entiendes? 
   A Alonso todo aquello no le interesaba para nada:
   - Yo es que he venido buscando a un amigo que me ha dicho que iba a pasar por aquí.
   - ¡Ah, pues claro, las cosas buenas se tienen que compartir con los amigos! Aunque salgan un poco más caras...
   - Mi amigo se llama Ramón...
   - ¡Pero hombre no, no! -le riñó amablemente-. Qué vamos a saber nosotras de nombres. ¡Alma de cántaro!
   - No, claro... es un caballero de esta estatura -señaló con la mano-, cargado de espaldas, entrecano, con bigote más corto que el mío.
   - ¡Pues claro! Si llegó no hace cinco minutos. Lo he llevado arriba al Salón Oriental: es que quería ver a su Mei Ling, como siempre.
   - ¿Me puede llevar?
   - ¿Al Salón de Oriente? Claro, hombre. Pero el "caballero" no me ha dicho nada de que fueran a ser dos: ya pasarán las otras muchachas a presentarse, que no hay que molestar a los... huéspedes. ¿Cuanto rato va a quedarse...?
   La mujer siguió hablando mientras detallaba, con abundantes metáforas y juegos de palabras, los servicios que allí se prestaban. Alonso dejó ver que le interesaba uno, no sabía cuál exactamente, y pagó la cantidad que le dijeron: en aquella época no usaban ni doblones, ni ducados, ni euros, sino una moneda llamada "peseta", que como todo en el futuro, tenía incomprensiblemente más valor en papel que en metal. Pero sólo atendió de manera secundaria a todo aquello, su cabeza andaba en otras cosas: tenía localizado a Olide, y ahora debía permanecer cerca de él y alerta para poder saber cuándo lo mataban y quién era el asesino.
   La gobernanta lo acompañó hasta más allá de la cortina. La luz de unos candiles sostenidos por palmatorias clavadas a la pared, le mostró un distribuidor con una serie de puertas cerradas, tras las que se oían gemidos indistintos de hombres, mujeres y camastros. También había una escalera de madera, muy antigua y desgastada, que subía hasta la segunda planta. El techo era bajo, las paredes estaban pintadas con motivos florales, pero llenas de desconchones y humedades que no invitaban a pasar demasiado rato en el lugar.
   Subieron, con peligro para su integridad por un escalón maltrecho, y justo después de apartar un cortinaje hecho a base de gruesos hilos trenzados con cuentas de cristal, Entrerríos sintió la misma sensación que cuando cruzaba una puerta del tiempo: aquella habitación iluminada por abombadas linternas de papel escarlata parecía, sencillamente, estar en un lugar y en un tiempo absolutamente distintos y lejanos. Las paredes estaban saturadas de terciopelo rojo, cuadros con signos artísticos pintados con tinta colgaban de las paredes y una pareja de sofás de cuero aborgoñado estaban dispuestos frente a dos puertas redondas. En el aire flotaba un vapor aromático fuerte, un incienso que ardía lentamente en una especie de brasero. Sin embargo, por entre las cortinas de una ventana al fondo de la estancia podía ver que seguía estando la calle de Barcelona en 1956.
   - Increíble -dejó escapar.
   - Lo sé -sonrió la mujer desde la puerta-, es nuestro pequeño tesoro. Nos lo trajimos tal cual de la casa que teníamos, fue casi lo único que pudimos rescatar. Ponte cómodo, enseguida subirán las chicas.
   Y se marchó. Alonso empezó a valorar las opciones: sólo había dos puertas, por tanto dos dormitorios, en uno debía estar Ramón Olide con la tal "Mei Ling". Aplicó la oreja a una al azar, pero no escuchó nada. Antes de poder acercarse a la otra, llegó la primera de las cortesanas.

* * * * * * * * * *

   Echando aún varias miradas por encima del hombro, Don Enrique Gaspar alcanzó la Rambla con Amelia del brazo. Parecían un padre y su hija, para cualquier mente bienpensante que los hubiese visto; no había demasiadas a aquellas horas, en una vía tan principal. El bullicio se concentraba, irónicamente, en las callejuelas que habían dejado atrás.
   - Me parece muy triste que haya tantas prostitutas -dijo Amelia-. Entiendo que sólo quieren ganarse la vida y no encuentran otro medio, pero son muchas.
   - Y tienen muchos clientes -comentó el caballero-. Más me preocupaban los otros individuos con los que nos hemos cruzado. Sigamos andando, no estoy seguro de si aún nos van detrás...
   El corto paseo enseguida les llevó a las inmediaciones del Liceo.
   - Mi padre me trajo en 1878, vimos El Barbero de Sevilla, de Rossini, con Stagno y Maini.
   El otro sonrió, se acarició la barba mientras pensaba y repuso:
   - Eso fue... cuando me destinaron a Macao: después de los años en Francia pensaba que me quedaría en Madrid una buena temporada, pero en primavera me enviaron a China. Cosas del cuerpo consular -miró a su alrededor-. La verdad es que hacia años que no pisaba Barcelona; bueno, ¡ahora realmente son muchos!
   Ambos rieron. Miraron los carteles en el exterior del palacio de la ópera, pero la temporada ya había terminado hacía varias semanas. Las risas se apagaron, y en algún campanario cercano sonaron once sonoros tañidos.
   - Tenéis miedo por Alonso -afirmó Rimbau, más que preguntó.
   Amelia apretó los labios:
   - No me da miedo. Es el hombre más valiente que he conocido nunca, y sería capaz de plantar cara al más pintado. Pero... no hace demasiado que le hirieron. Un disparo. Se recuperó rápido -palideció un poco al recordar a Alonso en su regazo, desangrándose, y cómo después había abierto sus propias venas por él- pero le hemos dejado en un lugar en el que muy probablemente hay un criminal...
   Rimbau se llevó la mano de Amelia que tenía enlazada en su brazo hasta los labios, y le dio un suave beso en el dorso:
   - Gracias -dijo él.
   - ¿Por qué?
   - Es la primera vez que habéis hablado conmigo de algo que de verdad os preocupa desde que nos vimos en Valencia.
   Amelia sonrió por cortesía, se deshizo amablemente del brazo de su compañero de patrulla y dio un par de pasos bajo los arcos de la entrada del Liceo.
   - Espero que no le dé la vena heroica y se enfrente al asesino -dijo finalmente. Conociendo a Alonso, con pocas esperanzas de que se cumpliera.

* * * * * * * * * *

   Alonso había convencido a una de las muchachas de que se echase una siesta en el dormitorio libre mientras él seguía vigilando en el Salón Oriental: total, ya había pagado por una hora entera, y él lo que quería era darle "una buena sorpresa a su amigo" cuando saliera.
   Pero ahora tenía otros problemas: el color rojo de las paredes se estaba volviendo cada vez más insoportablemente intenso. Juraría, de hecho, que el terciopelo se estaba comenzando a tornar líquido. Por alguna extraña razón, aquello no le importaba tanto como una sombra que había en el ángulo que hacía el techo con dos paredes. Aquella pequeña sombra triangular le estaba obsesionando: la sombra era inquietante. No: la sombra era maligna. Una obligación inapelable de defender a la doncella que descansaba en el dormitorio se apoderó de él: echó un vistazo al cuarto y allí la vio, donde la había dejado. Antes le había parecido una joven con ganas de agradar pero sin demasiado encanto; ahora que la miraba mejor, incluso en la penumbra reinante, sentía que era la muchacha más hermosa que hubiera conocido nunca. Había algo en sus rasgos y en sus formas que le recordaba a Amelia y a su Blanca, y de pronto la deseaba.
   Oyó algo en el Salón Oriental y se volvió presto y alerta: las paredes fluían como si gotearan sangre. Un sonido agudo, amarillo, se le clavó en el olfato por la izquierda, y ahí estaba la sombra, creciendo y extendiendo zarcillos, abriéndose a una oscuridad interior inagotable y sedienta, como una boca plagada de dientes que no podían verse porque eran tan negros como la noche...
   - ¡Por los clavos de Cristo! 
   Sintió como un mazazo en el costado derecho, pero nada le había golpeado: era un grito, tan grave y primario que lo había notado en todos los huesos. Alonso de Entrerríos buscó la espada en su costado, pero había desaparecido. Cierto, la pistola...
   El grito venía de la otra habitación: la cruzó, chapoteando sin cuidado en la sangre que goteaba por las paredes. El corazón le latía desbocado, como en los instantes que precedían inmediatamente a una batalla campal. Ignoró a la maligna sombra y derribó la puerta del dormitorio de Olide.
   - ¡Ïa, Yog-Sothoth! -gritó el hombre que se golpeaba el pecho desnudo, de pie sobre la cama. La víctima del sacrificio, se dijo Alonso sin entender por qué; Ramón Olide, añadió otra voz más sensata, distante y perdida dentro de su mente. A sus pies, acurrucada y desnuda, había otra hermosa doncella, incluso más que la anterior, de rasgos aún más finos y delicados, como de la mejor porcelana.
   Y de entre las sombras que atenazaban el cuarto, se asomó una criatura inhumana que caminaba insultantemente a dos patas, con escamas de reptil y plumas de pájaro, pero con las zarpas y colmillos de una fiera y ojos centelleantes con verdadero fuego. Era su enemigo, Alonso lo sabía. No sólo en esta ocasión, no sólo en esta vida, sino en todas: él era el Adversario, era el Rival:
   - ¡Diablo del averno, Satanás encarnado! -le apuntó con el revólver mientras Olide, sobre la cama, seguía golpeándose el pecho, y la doncella oriental sollozaba en el suelo, muerta de miedo.
   El monstruo rugió, dio un solo paso y de repente estaba frente a Alonso, y junto a Alonso, y detrás de Alonso. No había sólo uno sino varios, que se multiplicaban y precedían y antecedían, como si el tiempo fuese un espacio más por el que moverse, como si el antes y el después fueran todos uno.
   - Todos-en-uno... -murmuró Alonso, reconociendo nombres más antiguos para aquel demonio que le acechaba. Esto ya había ocurrido antes, y sólo ahora lo recordaba-. Todos-en-uno... Yog... Yog...
   Olide se colapsó en la cama, preso de convulsiones. Alonso sentía su corazón galopando a velocidades que nunca hubiera imaginado, lo oía retumbando como la carga de la caballería, y mientras tanto el enemigo se multiplicaba más y más, cercándolo completamente, burlándose de él y retándolo a que dijera su nombre.
   - Yog... ¡Yog-sothoth! -exclamó Entrerríos, disparando dos veces. Una pluma le golpeó en el rostro, sabía dulce. Una garra le dejó una marca dorada en la espalda, atravesando la chaqueta y la camisa- ¡Ïa, Yog-Sothoth! -volvió a gritar Alonso, desbocado, mientras vaciaba el cargador en los monstruos infinitos, y seguía gritando con toda la fuerza de sus pulmones, como si cada grito pudiera meter una bala más en el cargador-. ¡Ïa, Yog-Sothoth! ¡Ïa, Yog-Sothoth!
   Fue entonces cuando él también se derrumbó, tragado por la oscuridad.

01 marzo 2016

11 ideas más sobre "Tiempo de Hidalgos"

   Como dije en el anterior artículo, "Tiempo de Hidalgos" tiene mucha chicha: posiblemente tanta como el primer episodio de El Ministerio del Tiempo. Hay detalles y curiosidades que se quedaron fuera del análisis inmediato y que no me gustaría dejar en el tintero.

1. Marcianitos. Gil Pérez jugando a los marcianitos es un momento delicioso. No sólo el contraste es gracioso y da cuenta inmediata de que "domina" la tecnología, sino que es un juego que combina a la vez modernidad y antigüedad, como el propio personaje. Encima, ya avisa de que quizás su ordenador no esté tan a la última como podría, lo que se verá luego.

2. Maquillaje. Vemos por primera vez otro de los espacios del Ministerio del que ya nos habían hablado, la sala de maquillaje de Antoñita. Además de ampliar la estructura espacial de la sede, la comodidad de Amelia asume el tiempo que lleva ya como agente, y su conversación con "Pacino" de lo mucho que está disfrutando ser la jefa.

3. Sonría. Cuando Ernesto trata de hacer las paces con Irene, sigue el consejo de su jefe en el capítulo anterior y el de Julián en el que abrió la temporada, y sonríe. Baja las defensas, trata de empatizar con Irene y se preocupa por ella. Eso hace esta segunda traición de Irene aún más dolorosa.

4. Cuernos. Hay un divertido chiste visual cuando "Pacino" va a ligarse a la actriz casada. Su marido, en la parte superior de la taberna, queda situado delante de unos cuernos de ciervo, con las astas asomando a lado y lado de su cabeza. 

5. Música. Muy curiosa la música que acompaña la búsqueda de los sospechosos americanos (con un DIN-A4 impreso, nada menos), nada de época sino una melodía que podría pertenecer a cualquier serie policíaca tipo Ley y Orden o Castle. El género de la escena manda sobre la época... 

6. El último de la clase. Amelia e incluso Alonso pillan automáticamente lo que es el pendrive, aka pincho USB. Esa manera de descolocar al más moderno Jesús (Pacino), vuelve a recordarnos que son ya una patrulla bregada en varios tiempos (y nos sugieren para qué puede haberlo utilizado Alonso) y le da la vuelta a la escena inicial en la que Alonso no conocía el Quijote por tratarse de una obra posterior a su tiempo. Deriva de lo que dijo Salvador en el capítulo anterior, de lo rapidísimo que han cambiado las tecnologías en muy pocos años.

7. Kwai. El fervor de Alonso por la pasión que Cervantes pone en su empresa teatral es muy noble, pero también si propia pasión por el teatro, que nació en "La Leyenda del Tiempo" con la compañía universitaria de Lorca, Buñuel y Dalí, y a la que aquí puede dar rienda suelta. Cuando luego pone trabas a echar por tierra el empeño dramático del comediógrafo, recuerda al personaje de Alec Guinness en El puente sobre el rio Kwai, que se niega en derruir la obra que tan bien han construído para los japoneses.

8. Sancho. Los refranes y dichos que va soltando Miguel de Cervantes me recordaron al compañero del Quijote. En un capítulo que tiene que ver con la fama temporal y la duradera, las aspiraciones personales elevadas y el choque con la realidad, no deja de ser un punto importante.

9. Amelia. La señorita Folch ha cambiado mucho en un año. De no estar interesada en las relaciones sociales, ahora es una persona capaz de usar a sus agentes como cebos sexuales si la misión lo requiere (o incluso si sólo lo sugiere), y de utilizar activamente sus propios encantos para encantar y distraer a Lope. Con Pacino ha encontrado un hueso algo más duro de roer que con Julián, pero su momento de claudicación nos permite de nuevo ver que, en el fondo, sigue siendo la misma persona.

10. Doctor Who. Sí, se ha comentado mucho el homenaje a Vincent and the Doctor de la resolución del conflicto con Cervantes. Estaba más que avisado por los propios autores. Algo más sutiles, quizás, son las posibles referencias a The Unquiet Dead y The Shakespeare Code, cuando Pacino se presenta ante Lope como un fan y acaba sugiriéndole el título de una de sus obras cumbre, La dama boba. Precisamente la que leía Amelia en el siglo XIX al final de su primer encuentro con el autor.

11. Darrow. El nombre de la compañía, como dijimos ayer, deriva de Las puertas de Anubis de Tim Powers, uno de los referentes de El Ministerio del Tiempo. Empezamos a saber más cosas de esta misteriosa organización, que es capaz ahora incluso de teleportar a sus agentes. Hay muchas preguntas en el aire: ¿querían el Quijote como reliquia histórica o más bien para alterar la historia de España? La otra vez Walcott no parecía llevar encima el brazalete teleportador, ¿han implementado esa tecnología para evitar nuevas capturas? ¿Sangraba Walcott por el uso de la radiación en su "tunel del tiempo atómico", o por razones fundamentalmente más dañinas de ese otro sistema para cruzar las eras?

Extra ball. Citas. El capítulo ha dejado un buen número de frases memorables, bien listas para encabezar docenas de camisetas y memes. Ahí van unas pocas de mis preferidas:
"Sin riesgo no hay arte" (Gil Pérez)
"O hablo o vamos al lío" (Pacino)
"Efectiviwonder" (Pacino, dejando muerto a Alonso cuando el pobre ya había cogido lo de apretar las tuercas)
"¿Pacino ha estado con Lope y no se me ha informado?" (Amelia on fire)
"Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte..." (Cervantes - verídico)

El Ministerio del Tiempo 11 - "Tiempo de Hidalgos" [spoilers]

   Porque los títulos de los episodios del Ministerio cumplen la norma no escrita (bueno, por alguna biblia rondará) de que la palabra "tiempo" tiene que estar presente sí o sí. Que si no este episodio hubiera podido titularse TROLEANDO A CERVANTES.

Poster diseñado por Mikel Navarro
   Y es que la misión es la misión, pero ya desde antes de que "los imprevistos" impulsen a Amelia a lanzarse a buscar a Lope de Vega, parece notarse que Folch ha tomado cierto partido en la particular disputa de éste con Cervantes, y que en su saboteo de Los baños de Argel hay algo más que el puro cumplimiento del deber. Vamos, que Ernesto pareció más reticente cuando estuvo a punto de envenenar a Hitler.

   "Tiempo de Hidalgos" es el 11º capítulo de El Ministerio del Tiempo, escrito por Carlos de Pando y Anaïs Schaaf y dirigido por Abigail Schaaf, y en él se pone en peligro uno de los legados culturales más importantes (si no el que más) de toda la historia de España: El Quijote. En lo que a la trama propia del capítulo compete, nos situa en un doble entuerto: por un lado, tratar de rescatar el Quijote que Cervantes ha vendido antes de publicar, y por el otro, hundir su representación teatral, que según los libros de Historia nunca llegó a estrenar.
   Pere Ponce articula un Cervantes estupendo y apartado de muchas ideas preconcebidas, uno que aspiraba a triunfar como dramaturgo y no como novelista, que lleva su pasado en cautiverio fresco en la memoria pero asumido como algo del pasado (la primera referencia a su rescate, la posterior a sus intentos de fuga): y en el fondo, un Cervantes fracasado. La secuencia tras su dramático intento de suicidio, en la que la Patrulla lo lleva al presente, es un homenaje (admitido y avisado) al episodio "Vincent and the Doctor" de Doctor Who; pero con un punto de vista propio, combinándolo con un motivo tan cervantino como la Cueva de Montesinos, las ensoñaciones de Don Quijote e incluso con la versión de la obra que rodó Orson Welles, en la que Alonso Quijano y Sancho Panza llegan a pasearse por el Madrid del siglo XX.

   El capítulo combina varias dinámicas narrativas y no se contenta con avanzar sólo en el terreno unidireccional de la misión: la misión en sí es compleja, ya que parte de unos hechos consumados sobre los que la Patrulla, "como buenos españoles", debe improvisar. Y eso lleva a uno de los primeros giros que propone el capítulo: después de ver a una Amelia curtida como jefa en los dos capítulos anteriores, aquí la vemos enfrentada con toda su Patrulla, especialmente ante el torbellino que es Jesús "Pacino". Amelia se comporta a ratos un poco dictatorial, a ratos se aprovecha de su cargo y aún en otros momentos la vemos dudar.
   De manera colateral aparece la posibilidad de visitar de nuevo a Lope de Vega, década y media después de su último encuentro: primero la lleva a cabo un Pacino algo perdido, pero luego es, sí, Amelia la que va a hablar con él, para entretenerlo y evitar que le roben una de sus obras, sí, pero también para hablar de los problemas con su "marido", que en el contexto del episodio puede ser Julián como, más sutilemente, Alonso. Víctor Clavijo vuelve al personaje con un dominio soberbio, presentándonos perfectamente las diferencias entre ambas versiones, e incorporando con sabiduría la influencia del tiempo y de su tempestuosa vida en el carácter del hombre que tenía que trabajar sin parar para mantener a tantas familias como iba dejando por el camino. 
   Por otro lado tenemos la oportunidad de dar un nuevo vistazo a los rivales americanos del Ministerio, los agentes de la compañía Darrow (otro homenaje a la novela Las puertas de Anubis, por cierto). Walcott es el villano responsable de los problemas con el Quijote y la obra de Lope, pero más importante que eso es comprobar que, en efecto, los agentes americanos utilizan una tecnología muy superior a la del Ministerio: como si estuvieran en manos de Scotty, éstos se teletransportan (suponemos) de vuelta a su tiempo con sólo pulsar un botón de las pulseras que llevan. (Nota mental: la hemorragia de Walcott. ¿Provoca cáncer u otros desajustes orgánicos, a lo Caballo de Troya, el viaje repetido mediante "túnel del tiempo atómico"?).
   Y eso nos lleva a la última parte de la trama: Susana Torres sigue merodeando por el Ministerio, Irene le sigue el juego cada vez de manera más peligrosa, Lola Mendieta ha sido rescatada de la cárcel de Huesca cuando iba a ser violada, su fuga ha quedado ocultada por Susana (aunque desde el sistema de Irene, sobre quien pueden caer todas la culpas... Nota: ¡ole ese juego con la intranet!), y la última secuencia genera dudas de si Torres trabaja para Darrow o si pretende que Lola se infiltre en el compañía.

   Por si fuera poco, también vuelve Miguel Rellán (Gil Pérez), que se lleva alguno de los mejores momentos del episodio (su primera escena jugando a los marcianitos, su referencia a El Crack), y Salvador deja caer una primera precisión sobre los cambios en la historia: hay un límite de tiempo antes del cual pueden corregirse, y una vez rebasado la nueva versión de los acontecimientos ya no tiene solución y se impone.
   Pero en el fondo, todos sabemos que El Quijote correcto es el que escribió Cervantes "a la segunda", es decir, tras el robo de Walcott. Ese Quijote reescrito en el que el autor ya no acaba de acordarse exactamente del nombre del lugar de la Mancha donde estaba ubicada la hacienda del hidalgo. Sí, tal vez sólo vivimos en el resultado de ese pequeño cambio en la Historia y no podemos comparar con lo que no conocemos, pero es evidente que, a la segunda, y con el subidón que llevaba el personaje al final de la historia, esta segunda versión tiene que ser mejor que la primera. Que se queden los americanos con el borrador...

   Hay mucha chicha en el episodio. Muchas interacciones jugosas entre los personajes (Lope y Amelia, Amelia y Cervantes, Cervantes y Alonso, Alonso y Amelia, todos con Pacino) y el conjunto resulta divertido, a ratos emotivo (sin llegar a ser "Vincent and the Doctor"), pero en cualquier caso muy entretenido. Además, tanto Nacho Fresneda como Aura Garrido dominan ya a la perfección sus personajes (y Hugo Silva sólo lleva dos episodios y no les va muy a la zaga), lo que se traduce en sutilezas y sorpresas en su "juego" que se disfrutan enormemente: por ejemplo, la historia de Alonso con el teatro continúa la que ya vimos en "La Leyenda del Tiempo", pero además tenemos el lujo de ver a Nacho recitar versos del siglo de oro como sólo un actor que tiene experiencia en esas lides puede hacerlo.
   La sensación final es "más, más, más": que queremos más, que la serie va sumando cada vez más elementos y que cada vez va más allá. Por ejemplo, troleando a Cervantes.