19 noviembre 2016

Mdt: Un Acto de Amor (V)

(Viene de "Un Acto de Venganza")



Un Acto de Amor (V)
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   Por  Nieves Gálvez

   "Nuestras vidas son los ríos
y van a dar en la mar,
que es el morir"
   (Jorge Manrique, 1477)

   "...va mi navecilla
   corriendo este gran mar con suelta vela,
   hacia la infinidad buscando orilla"
   (Francisco Aldana, 1577)

   (Alcazarquivir, Marruecos. 4 de Agosto de 1578)
   Todo había salido mal; y no podía culpar a nadie más que a sí mismo.
   Tantos planes, leyendas épicas y sueños; tanta gente que dependía de él. La última "Cruzada" se había perdido, por no escuchar al estratega Aldana. La persona que más amaba en este mundo...
   -¡Tomad mi caballo y huid! -ordenó el rey Don Sebastián, espada en mano-. Yo os he metido en esto. ¡Marchaos y vivid para vengarme!
   -Son demasiados -objetó el capitán Aldana, luchando tan bravamente como él-. ¡Ya no hay tiempo sino de morir, mi señor!
   No había reproche en aquellas últimas palabras, aunque debería. Noble y valiente hasta el final.


   Unos golpes en la puerta le despertaron. Habían pasado once años, recordó. Estaba en 1589. ¿Es que nunca podría olvidar aquello?

   -Está hecho, capitán -anunció una voz en holandés, desde el exterior-. Hemos capturado el segundo barco.

   -¿Ya es de día? -contestó Sébastien Aldanne, en el mismo idioma.

   -Faltan dos horas.

   -No perdamos tiempo. Despertad a los prisioneros.

   Se vistió rápidamente, mientras su ayudante se alejaba en busca de Julián, Alonso y Lola. Tenía prisa: había vidas que sí podía salvar.

   "Aunque pasen siglos, repararé lo que hice" se juró, como cada día. "Para poder mirarte a la cara cuando volvamos a reunirnos, en el Cielo. Igual que todas las gotas vuelven a reunirse en el mar".

* * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   Salvador Martí estaba muy ocupado. No tenía ni tiempo (ni humor) para una reunión por sorpresa. Cuando además supo para qué, le pareció la gota que colmaba el vaso:

   -¿Financiar una obra de Lope de Vega? -repitió, atónito-. ¡Si no tenemos ni para arreglar el montacargas!

   -Es para proteger la Historia -respondió Amelia.

   -¿Protegerla de qué? -se exasperó el subsecretario-. Por cierto, ¿se sabe algo de Julián?

   -Su teléfono ya tiene cobertura, pero no contesta -informó la jefa de la patrulla-. Y hemos detectado un problema.

   -No debió usted dejarlo fuera de territorio ministerial -se inquietó Salvador-. ¿Cómo piensa solucionarlo?

   -El problema es otro: Alonso dice que hay un cambio en la Historia.

   Salvador miró a Entrerríos con escepticismo:

   -¿Se trata de una época anterior a usted?

   -No. Pero he vivido varios meses en el futuro -replicó el soldado -. Y he notado algo extraño: esta semana, la tienda portuguesa de mi calle ha cambiado de idioma. Ahora todo lo que vende tiene nombre inglés. Por ejemplo, Fish & Chips;  una bazofia, por cierto.

   -Eso no es nuevo -replicó Salvador-. Hace siglos que en Portugal hablan inglés y cocinan así. Usted no conoce bien nuestro tiempo, eso es todo.

   -¡También ha cambiado la gente de eso que llamáis televisión! Como ese tal Cristiano Ronaldo: la semana pasada hablaba español con acento portugués. ¡Hoy lo habla con acento inglés! Y además, está lo de María Pita.

   -Recuerdo que María Pita murió defendiendo La Coruña -asintió Amelia-. Pero según Alonso, la semana pasada dije lo contrario. Y yo nunca bromeo con eso.

   Salvador se quitó las gafas y frunció el ceño. Ese último detalle podía tener importancia.

   -Sumando todo, sí podría haber un cambio en la Historia. Pero normalmente lo detecta una patrulla que haya estado de viaje. No media patrulla, como ahora.

   -Amelia no estuvo de viaje estos días. Sólo Julián y... -Entrerríos bajó la vista, avergonzado-. Y yo, por un motivo personal.

   El subsecretario suspiró: ¿Alonso, otra vez de turismo por las puertas? Si no fuera tan leal y eficiente en su trabajo...

   -Aun así, necesitamos que lo confirme alguien más. Una persona de esta época -decidió Salvador, comenzando a marcar un número de teléfono-. Si Julián está de viaje, también recordará lo mismo que Alonso. Tendremos que insistir hasta que conteste.

   -Sólo una cosa más, señor -apuntó Amelia-. Será mejor que no le digamos a Julián que su mujer está viva.

   Su superior se detuvo, con el número a medio marcar.

   -¿¿Disculpe??

   -Si realmente ha habido un cambio en la Historia, cualquier cosa puede ser diferente -fue la fría respuesta de la mujer-. Incluso ésa.

   "Ésa y otras mil más", pensó Salvador. "¿Por qué precisamente Maite?"

   Estaba claro que Amelia sabía algo más de lo que decía. Pero el subsecretario no tenía ganas de jugar a las adivinanzas.

   -Centrémonos en Portugal, si es que contesta -decidió, terminando de marcar-. Aunque sea lo de los futbolistas; porque otra cosa, con los conocimientos de Historia de Julián...

* * * * * * * * * *

   (Contraarmada Inglesa, 2 de Mayo de 1589)

   Francis Drake estaba furioso: había perdido dos hombres y un cofre de armas especiales, valiosísimas. Coincidiendo con la fuga de aquel extraño "matrimonio" español: ¡espías, en su mismísima nave capitana!

   -¡Registrad los demás barcos! -ordenó a su tripulación-. ¡Uno por uno, si hace falta! Tenemos que saber si esos traidores siguen vivos.

   Varias chalupas descendieron del "Revenge" antes del amanecer, repletas de oficiales de Drake; su visita despertó con una desagradable sorpresa a docenas de naves de la flota. El corsario y almirante estaba decidido a dar caza a los fugitivos. Y a ejecutar de manera ejemplar a quien les diera cobijo, si no colaboraba de inmediato.

   No resultó fácil: las tripulaciones de varios navíos no concordaban con las listas oficiales. Había habido dos naufragios aquella misma noche, le informaron: los escasos supervivientes habían sido rescatados por otras embarcaciones. Aquello dificultaría la búsqueda de los españoles fugados, comprendió Drake con furia.

   Y su cólera habría sido aún mayor si hubiera sabido qué rumores comenzaban a circular en voz baja: monstruos marinos. Una gran sombra que devoraba barcos en la noche: el Leviatán, sin duda. Algunos comenzaban a hablar, en secreto, de desertar.

* * * * * * * * * *

   Mientras tanto, el capitán del pequeño velero holandés no perdía el tiempo. Despertó a los fugitivos españoles antes de que clareara el alba:

   -Mi aliada O'Malley ya ha asaltado el segundo barco de vuestra lista -anunció Sébastien Aldanne, señalando el ojo de buey: a través la redonda abertura divisaron una luz que se movía en la niebla-. Esa señal indica que todo es correcto. Decíais la verdad.

   -¿Qué ha sido de las armas? -se interesó el hijo de Alonso, levantándose de un salto.

   -Las tiene ella. Ahora mismo os enviaré a su nave, porque no podéis seguir aquí. Drake ya os debe estar buscando por lo que habéis hecho.

   -Esas armas no son normales: podrían cambiar la Historia -se inquietó Julián, levantándose con un gesto dolorido-. No deberíamos dejarlas en malas manos.

   -Yo decidiré lo que son malas manos -le atajó Aldanne-. Mi trato con la pirata O'Malley incluía sólo un barco. Pero queréis capturar muchos más, ¡algo le tengo que ofrecer a cambio!

   -Los tres tenéis parte de razón -razonó Lola, con su típica serenidad-. Deberíamos ceder algunas armas a nuestros aliados. A condición de que no sean muchas...

   -¿Me vais a poner condiciones? -la mirada del capitán se endureció-. ¿Así, a ciegas? ¿Sin decirme qué son exactamente esas armas ni quién os envía? Tendréis que hablar más claro -se retiró hacia la salida e hizo una señal a sus guardaespaldas-. Esta mujer viene conmigo para interrogarla. Los demás, preparaos para partir: la chalupa estará lista en media hora. Y recordad que os estoy escondiendo de Drake: me juego el cuello, y el de mis hombres.

   La puerta se cerró y las llaves volvieron a girar, dejando encerrados a Julián y al hijo de Alonso. El enfermero comenzó a vestirse, gruñendo: le dolía el cuerpo a cada movimiento. Los golpes que había recibido en el interrogatorio se habían convertido en espectaculares cardenales.

   -Ese Sébastien Aldanne dirá lo que quiera, pero es menos holandés que yo.

   -Al menos ha cumplido su palabra; ya ha eliminado los dos barcos que le hemos pedido -razonó el joven-. Pero sí, oculta cosas.

   -Entonces se llevará bien con Lola -resopló Julián con sarcasmo-. No he conseguido sonsacarle quién es Aldanne. Creo que ella lo sabe, pero no suelta prenda.

   -No es la única que calla demasiado.

   El enfermero se volvió, extrañado por el tono acusador.

   -¿Qué...?

   -Mi padre -le recordó Alonso-. ¿Qué sabéis de él?

   -¿A qué viene eso ahora? -Julián se señaló el ojo amoratado y el labio partido-. ¡He dado la cara por ti, literalmente!

   -Sí, me protegisteis por una promesa a alguien. Pero no me queríais decir a quién. ¿Por qué habéis tardado tanto en contarme que conocisteis a mi padre?

   Julián se encontraba ante un dilema. ¿Qué derecho tenía a mentirle sobre su familia, al fin y al cabo?

   Un zumbido rítmico interrumpió sus cavilaciones: el teléfono del Ministerio. Salvado por la campana.

   -¿Qué significa eso? -se sorprendió el muchacho.

   Julián consultó la pantalla del móvil y recordó que el joven nunca había llegado a verlo funcionar.

   -Significa que por fin estamos en aguas españolas -contestó, más animado-. Oye, te prometo que hablaremos luego. Pero ahora tengo un mensaje del Ministerio. De mis superiores.

   -¿Esa cosa envía mensajes?

   El enfermero ya no le hacía caso: estaba intentando escuchar, mientras toqueteaba la pantalla.

   -Se oye mal. Será por el chapuzón de ayer -pulsó el icono de manos libres, para probar suerte con el otro altavoz -. ¿Hola?

   -¡Julián! ¿Estás bien? -sonó la voz de Amelia, sobresaltando al joven soldado-. ¿Dónde estás?

   -En la Contraarmada Inglesa. Cerca ya de España.

   -Por favor, Julián -se inquietó Amelia-: dime que no estás llegando a Santander.

   -Pues hacia allí vamos derechitos. A este paso, llegaremos mañana.

   -No deberíais...

   La voz de Amelia titubeó por un instante, pero pronto recuperó su habitual firmeza:

   -Te colaste ahí como médico, ¿verdad? -prosiguió la joven-. ¿Encontraste las armas del futuro?

   -Sí, y hemos eliminado algunas. Pero no todas, porque están repartidas en varios barcos -Julián recordó el alarmante aviso de Lola-: ¡Hay demasiados, y puede ser por mi culpa! He curado a demasiada gente de Drake. ¿Y si he cambiado la Historia?

   -¿Cuáles podrían ser esos cambios en la Historia? -inquirió la voz de Salvador; su tono transmitía preocupación.

   -Portugal podría caer en manos inglesas. Es lo que estamos intentando corregir.

   Hubo un silencio. El subsecretario tardó un tiempo en contestar:

   -¿Cómo sabemos que salvar Portugal es la Historia correcta?

   -¿Pero qué coj....? -Julián tuvo que contenerse para no terminar la imprecación-. ¡No me diga que para usted, Portugal es inglés!

   Por eso había titubeado Amelia un momento antes, comprendió: porque ya no confiaba en la Historia que conocía. En otras circunstancias, se habría reído: aquello debía ser una auténtica putada para una sabihonda como ella. "¡Y para mí!" se inquietó, paseando nerviosamente. "¡Ya no podré pedirle información!"

   -Sí, Portugal es inglés para ellos -intervino la voz de Entrerríos padre-. Pero no para vos ni para mí. Escuchad, Julián; siento preguntar esto, pero es necesario. ¿Cuándo fue la última vez que visteis a vuestra mujer?

   Esta vez fue el enfermero quien se detuvo. El hijo de Alonso se alarmó al ver su expresión, repentinamente lúgubre.

   -¿Qué sucede? -le conminó, zarandeándole suavemente.

   Julián apartó al joven de malas maneras y respondió con acritud:

   -El día que murió atropellada, y lo viví dos veces. En el año 2012. Ya no puedo usar puertas para verla. ¿A qué viene esa pregunta?

   -Porque aquí... sucedió en otra fecha -mintió rápidamente Amelia-. Eso confirma que ha cambiado la Historia.

   El enfermero frunció el ceño. Le había parecido notar un tono extraño en aquella respuesta.

   -Si decís que el futuro ha cambiado -reaccionó el hijo de Alonso-, tendremos que sabotear más naves de Drake, para corregirlo. Ya llevamos dos.

   -Os ayudaremos desde el Ministerio -ofreció Amelia-. Financiando propaganda anti inglesa en Portugal. Lope ya está en ello, en la misma posada de Lisboa.

   -Amelia, ¡no tenemos presupuesto! -le recordó Salvador-. Gracias, Julián. Llámenos si hay novedades.

   El enfermero soltó una maldición cuando, a pesar de sus protestas, sus superiores pusieron fin a la llamada. Tenía un mal presentimiento. Y no hizo sino empeorar, cuando oyó a su espalda el ruido de la cerradura.

   Se volvió para contemplar lo que temía: la puerta estaba abierta, y el capitán Sébastien Aldanne le contemplaba desde el umbral. No estaba solo.

   -Así que armas del futuro, y un Ministerio que corrige cambios en la Historia - el capitán cruzó una sonrisa cómplice con su acompañante: Lola. Era evidente que habían escuchado toda la conversación-. Julián, tenemos que hablar.

   El enfermero miró a la espía, atónito:

   -Lola, ¿qué has hecho?

   La mujer le dirigió una mirada extrañamente comprensiva:

   -Eso mismo le podrías preguntar a Amelia, ¿no has notado su voz? -sonrió sin alegría-. Nunca te fíes de nadie, Julián. En general. De nadie.

* * * * * * * * * *

   ("Leviatán", barco pirata de Grace O'Malley. Dos horas después)

   Julián, Lola y el hijo de Alonso no podían dar crédito a sus ojos: ¡una mujer, capitana pirata! No era joven, pero sí enérgica: desprendía tanta autoridad como Ernesto o Salvador. O como la mismísima Isabel I de Inglaterra.

   -¡Y yo creyendo que esto sólo pasaba en las películas! -se asombró el enfermero.

   -Extraño saludo -se burló la líder irlandesa, en un castellano defectuoso-. No conozco esa palabra, pero tenéis razón: los hombres siempre tapan estas cosas. No soportan que una mujer se enfrente a ellos.

   -Perdón... disculpad mis modales -el enfermero intentó una reverencia con floritura como la de Alonso; Lola saludó con mucha más elegancia-. Un honor.

   -Drake no conoce la existencia de este navío -explicó Aldanne a los tres españoles-. Aquí no os buscará.

   -Este barco está asaltando naves inglesas, ¿verdad? -Alonso sonrió con malicia-. ¿Puedo tomar parte?

   O'Malley asintió, complacida. Le interesaba poner a prueba al joven. Así sabría qué tipo de gente estaba subiendo a bordo.

   -Os presentaré a mi segundo -accedió, indicando al joven que la siguiera-. Lord Sébastien, podéis regresar a vuestra nave: gracias por los nombres.

   -¿Qué nombres? -inquirió Julián, una vez la capitana les hubo dejado a solas.

   -Le he dado la lista completa de naves -sonrió Lola-. Todas las que llevan armas de Leiva.

   -Y a mí también. Debo volver a mi barco, pero antes... -Sébastien sacó un papel de entre sus ropas-. Enseñad este retrato a vuestro compañero y recordadlo bien. Si veis a este hombre, necesitaré que me hagáis un favor. Escuchad...

   Julián memorizó las instrucciones y contempló con desconfianza cómo el "humilde comerciante" regresaba en su chalupa hacia el velero holandés. Poco después, éste puso proa hacia algo que no podían ver, pero que estaba allí, tras el horizonte: la Contraarmada Inglesa.

   -Siempre me dices que no confíe en nadie -reprochó a Lola-. ¿Por qué le has dicho tanto?

   -Si supieras más de Historia, lo entenderías -fue la misteriosa respuesta-. Ha prometido narcotizar a algunos timoneles más, y lo hará. La Contraarmada Inglesa no podrá rechazar sus provisiones; están en las últimas. Agotaron demasiadas antes de zarpar.

   -Sí, claro. Pero nos ayuda porque quiere las armas, ¿no?

   Lola le miró con complicidad:

   -Él no está en el barco que va a capturar las armas. Y nosotros sí. ¿Comprendes?

   El enfermero asintió con aprensión.

   -Eso es lo malo -se limitó a contestar-. Que comprendo lo que tenemos que hacer. Y como nos pille la capitana, la llevamos clara.

* * * * * * * * * *

   Anochecía; el hijo de Alonso se encontraba en su elemento. No hablaba el idioma de los piratas irlandeses, pero estaban de su parte: contra Inglaterra. Y se entendían a la perfección en el lenguaje de las armas.

   Sébastien Aldanne había cumplido su promesa. Los timoneles de tres naves inglesas cayeron en la trampa de las raciones narcotizadas: uno al atardecer y dos más a lo largo de la noche. Era lo que Grace O'Malley estaba esperando: en cuanto les vio rezagarse a la deriva, dio la orden de atacar.

   El "Leviatán" irlandés se acercó entre la bruma nocturna, como un gigantesco fantasma: los garfios de abordaje se afianzaron en silencio. Los primeros ingleses fueron apresados durante el sueño; pero un prisionero, con riesgo de su vida, al fin dio la voz de alarma. Entonces comenzó el combate.

   Los sables lanzaron chispas al entrechocarse en la oscuridad. El joven Alonso se sumó a la refriega con entusiasmo. Su técnica de armas dobles le ganó la admiración de los irlandeses: detener con la daga, atacar con la espada, y sorprender de nuevo con la daga cuando el enemigo menos lo esperaba. Sin dar tregua.

   La primera embarcación inglesa, aislada del resto de la Contraarmada, tardó poco en rendirse. Las otras dos se resistieron más, pero acabaron por seguir una suerte similar. Mientras los piratas terminaban de apresar a los vencidos, Alonso se dirigió directamente al camarote principal: tenía bien claro su deber. Lo había acordado con Julián, a espaldas de Lola. Encontrar las armas del futuro antes que nadie y lanzarlas por la borda.

   Sonrió con malicia cuando comprobó quién estaba al mando del último barco derrotado:

   -Hoy es mi día de suerte -anunció Alonso en inglés, llevando su mano al pomo de la espada-. Tengo un retrato vuestro. Alguien os busca.

   -No sois digno de mi sable -replicó altivamente su adversario.

   -Entonces apreciaré el honor, Lord Essex -contestó el joven con insolencia-. ¡Defendeos!

   Los dos hombres cruzaron sus aceros: un plebeyo español contra el noble más importante de Inglaterra. Y a pesar de la diferencia de alcurnia, el aristócrata no podía imaginar hasta qué punto estaban igualados.

* * * * * * * * * *

   En el puente del "Leviatán", la capitana contempló el resultado del abordaje y dio unas últimas órdenes a su segundo. Estaba satisfecha por la victoria, pero aún no había encontrado lo que buscaba: los nuevos cofres de armas de los tres navíos capturados. Comenzaba a preocuparse.

   -Impresionante -la aduló una voz: era Lola Mendieta-. Ya tenéis cinco barcos de Drake.

   -Y desertarán más, si siguen sin saber qué "monstruo" está "devorando" sus naves -se jactó Grace en castellano. Pronunciaba bastante bien la "r": al fin y al cabo, hablaba mejor gaélico que inglés.

   -Agradecemos que nos ayudéis, pero ¿por qué? -inquirió Julián.

   -Ya hablaremos luego -gruñó la irlandesa-. Ahora no tengo tiempo. ¡Volved al camarote!

   -¿Es por las armas?

   Cuando la pirata se volvió hacia él, tan indignada como ávida de información, Julián supo que había dado en el clavo.

   -¿Qué sabéis de las armas?

   -Son especiales. Sé que ya tenéis un cofre, pero debo devolverlas a España.

   -Si no, Inglaterra se haría más fuerte de lo que ya es -interrumpió Lola, temiendo que Julián metiera la pata-. Eso no os conviene, ni a vos ni a nosotros.

   La líder chieftain sonrió con ferocidad:

   -Yo les daré buen uso. Si consigo suficientes armas como ésas, Irlanda conquistará Inglaterra. ¡No pongáis esa cara! Así Drake dejará a España en paz.

   El enfermero intentó ocultar su pánico: ¡Lo que faltaba! ¿Más cambios en la Historia?

   -No podéis atacar Inglaterra, de momento -contestó Lola, sin dejarse impresionar-. ¿No hay un familiar vuestro como rehén, en Londres?

   Grace torció el gesto. Habría preferido guardarse algún as en la manga.

   -Estáis bien informada.

   -He sido espía en la Corte de Elizabeth. Pero eso os conviene: puedo ofreceros un trato mucho mejor que unos baúles de arcabuces.

   -¿Por ejemplo? -se desanimó Grace-. Mañana llegaremos a Santander: habrá una gran batalla y puede morir un hombre importante. Alguien que necesito vivo, para que Elizabeth libere a mi sobrino. Sólo sé que navega en una nave de esta lista, pero no cuál.

   Lola sonrió taimadamente:

   -¿Un rehén? ¿Y si yo supiera en qué embarcación está exactamente?

   La chieftain le miró con suspicacia:

   -¿Y cómo asaltaré esa nave en el tiempo que queda, si os devuelvo las famosas armas?

   -Bueno, supongo que si sólo os quedáis un cofre... -cedió Julián-. Lo suficiente para equipar este barco.

   Grace sonrió ampliamente:

   -Ahora nos empezamos a entender.

* * * * * * * * * *

   El almirante Drake había pasado el día y parte de la noche dando caza a los espías españoles; sus hombres estaban registrando media flota. Sin éxito.

   "No puedo retrasarme más" admitió al fin. "Ya estamos llegando a Santander".

   Amanecía. Sin descansar apenas, convocó a los capitanes de los navíos principales. Era hora de planificar el asalto a la ciudad.

   Sólo entonces comprendió que faltaba alguien importante. Obsesionado con la búsqueda de los espías, había descuidado la vigilancia de una nave.

   -¿Dónde está Lord Essex?

   Nadie supo darle razón. Tuvo que enviar nuevos emisarios hasta comprobar, con creciente inquietud, que había vuelto a suceder: ¡Más embarcaciones desaparecidas durante la noche! Y una de ellas era, precisamente, la que más temía perder.

   "¡El barco de Lord Essex!"

   El "Revenge" volvió sobre su estela, pero apenas consiguió encontrar algunos restos flotantes. Debían haber caído de las naves perdidas, pero ¿habían naufragado éstas realmente? ¿O habían desaparecido como por arte de magia?

   -Aquí no están, señor -concluyó el segundo de a bordo-. Si no se han hundido, pueden haberse adelantado por algún motivo. El viento ha arreciado hacia el Oeste.

   El almirante calculó rápidamente las posibilidades. Essex era muy ambicioso: quizá intentaba asaltar la Coruña antes que Drake. O quizá estaba en peligro. En ambos casos, había que encontrarlo cuanto antes. Tendría que olvidarse de atacar Santander, aunque le costara un rapapolvo de su Reina. Perder al amante de ésta, Lord Essex, podría salirle mucho más caro: ¡la horca!

   -¡A toda vela! -ordenó-. ¡Hacia Poniente!

   -¿No debíamos atacar hoy Santander? -replicó el contramaestre-. ¿Por qué ordenáis poner proa hacia Galicia?

   -¡Ha cambiado demasiado el viento! Y lo que buscamos ya no está aquí. ¡Hay un tesoro en La Coruña! ¡Vamos, moveos, moveos!

   Las extrañas y contradictorias excusas eran lo de menos: los atónitos oficiales no tuvieron más remedio que obedecer. Nunca conocieron la verdadera razón. Ni ellos, ni la Historia.

   Un año antes, la Armada "Invencible" española había cometido un gran error: pasar ante la ciudad de Plymouth sin atacarla.

   Ahora la Contraarmada "Invencible Inglesa" hizo lo mismo: desviarse sin atacar Santander, a pesar de que era su primer objetivo. Y también fue un error.

   Repetir la Historia suele serlo.

* * * * * * * * * *

   El sol brillaba en lo alto. La tripulación holandesa había tenido que hacer turnos, para navegar sin pausa. Día y noche. Era la única manera de salvar el cuello: ganarle varias horas de ventaja a Drake.

   -El "Leviatán" de O'Malley ya debe estar a medio camino de Irlanda -anunció Sébastien a los tres españoles. Grace se los había enviado de vuelta, antes de que ambos barcos separaran sus destinos.

   Ya no eran prisioneros; tenían libertad para moverse por todo el buque holandés. Después de descansar unas horas, habían decidido subir a cubierta: Julián necesitaba luz para trabajar.

   -Extraña mujer, esa irlandesa -comentó el joven Alonso-. Y admirable.

   -No te muevas -le reprendió el enfermero, intentando ajustarle los vendajes-. ¡Hay que ver cómo te ha dejado ese Lord Essex!

   -Peor le he dejado yo a él -rió el muchacho-. Aunque para ser un "lindo", no luchaba mal. ¡O'Malley parecía complacida cuando se lo entregué!

   -Menos mal que lo has capturado vivo -gruñó Lola- Si no, Grace nos habría matado por lo de las armas.

   -No debisteis tirarlas al mar -asintió Sébastien-. ¡Qué desperdicio!

   Julián interrumpió un momento su trabajo:

   -Agradezco que nos hayáis salvado de Drake. Pero no podemos confiar esas armas a nadie. Pueden cambiar la Historia.

   -¿Todavía no te fías de él? -reprendió Lola-. ¡Se ha jugado el cuello por nosotros! Si supieras...

   -Ésa es la cuestión: que lo sé.

   Sébastien y Lola clavaron la vista en él:

   -¿Qué es lo que sabes?

   El enfermero terminó concienzudamente el vendaje antes de encararse con los dos espías:

   -Hablemos claro, Sebastián: usted no es comerciante, ni tampoco francobelga. Soy inculto, pero no tonto.

   -Tenéis el mismo anillo que ese Crato -asintió Alonso-. Que será de sangre real, pero es un traidor.

   -Y mírese -prosiguió el enfermero-: rubio, pálido, dolicocéfalo, frente muy alta, mentón demasiado grande y prominente con prognatismo de clase II, que causa mala oclusión bucal. Ya he visto antes una cara parecida, y no era de fiar: Felipe II. Un metomentodo que querría reinar en varios siglos y cambiar la Historia, si pudiera.

   -¿Un pariente de Su Majestad? -se inquietó Alonso.

   -¡Julián! -rugió Lola-. Precisamente por eso, ¿cómo te atreves a hablarle así?

   Sébastien se había quedado boquiabierto, y no precisamente a causa del prognatismo de su mandíbula.

   -Descarado, pero ingenioso -rió al fin-. Sí, yo también ayudaría a mi país durante siglos, si estuviera en mi mano. Pero no quiero un trono: sólo hacer el trabajo.

   -¿En serio?

   -Ya estuve en lo más alto una vez, y no bastó -respondió con tristeza, perdiendo la mirada en horizonte-. A veces, para enterarse de las cosas, hay que estar abajo. Con la gente humilde. Como hago ahora.

   Julián se acodó en la borda junto a él, pensativo. Tal vez se había pasado de la raya.

   -¿Cómo vais a ayudar en un barco pequeño, perdido en mitad del mar?

   -Con la información que he averiguado -Sebastián guiñó el ojo al añadir-: Y con correo aéreo.

   -¿¿Perdón??

   El capitán dio una orden en holandés a su segundo. Poco después, éste volvió con la respuesta: una jaula, que contenía una paloma en su interior.

   -Llevará un mensaje importante a Lisboa -anunció el capitán-. Gracias a los tres por la información.

   -¿Qué estáis enviando, Sébastien?

   -La paz -fue la respuesta-. Por cierto, podéis llamarme Don Sebastián.

   -¿Don Sebast....? -se asombró Alonso-. ¡Pero si lleváis once años muerto!

   El espía de sangre azul sonrió misteriosamente, pero no contestó: ató el mensaje y liberó al ave. La paloma levantó el vuelo, dio un par de vueltas para orientarse y se dirigió al suroeste. Hacia un destino invisible en la lejanía, pero que para ella estaba tan claro como si tuviera una brújula en la cabeza: su nido. Su hogar.

   -Ve a casa por mí -susurró Don Sebastián con nostalgia-. A Portugal.

(CONTINUARÁ...) 
 
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Don Sebastián I de Portugal
(1557 Lisboa - 1578 Alcazarquivir)