11 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (II)

Gandesa, 28 de enero de 1956
   A Juan Perucho le gustaba pasear por las calles de las poblaciones en las que ejercía como juez: en su primer destino, La Granadella, salía cada noche a dar una vuelta por las callejas oscuras, hasta que topaba con los campos que anunciaban el fin de la población; después en Bañolas había hecho algo parecido, aunque el aire húmedo junto al lago no siempre era tan apetecible. El contraste ahora era soberbio: aunque el Ebro andaba cerca, los campos de Gandesa se le habían antojado siempre un secano árido y polvoriento. Se cruzó y saludó a algunos campesinos que araban campos en los que se veían las marcas de bombardeos recientes, e incluso alguno rodeaba sin más miedo que cuidado el pequeño cráter de una bomba que no había estallado. No era más suicida (se decía el juez) que el hecho mismo de trabajar aquella tierra, en la que sólo el tomillo crecía con facilidad...
   - "Trista flor de desembre en el vent arrelada, nodrida per la sang de tants morts..." 

   Salió de pronto de su cavilaciones poéticas cuando le golpeó el silencio, como un mazazo. Los tempraneros insectos se habían callado todos de golpe. Después de esa constatación auditiva llegó otra, incluso más evidente y visual: estaba frente a las puertas de madera de Can Alvarado.


   - A Maria! -saludó para hacer anunciar su llegada.
   No se veía a nadie por la entrada de la casa. La masía se encontraba ligeramente retrepada en las primeras estribaciones de la sierra: en dos meses los mozos subirían hasta el nevero que tenían allí arriba para cortar la nieve con palas, si es que aún les quedaban algunas en buen estado, y prensarla hasta convertirla en bloques de hielo. Pero aún era demasiado pronto: tampoco allí arriba se veía a nadie, y el frío viento que soplaba desde el norte le quitó las ganas de seguir explorando, y se metió en la casa.
   - A Maria! -repitió al traspasar el umbral.
   - Som dintre -respondió una potente voz femenina desde algún lugar a su izquierda. Siguiendo aquella voz pronto llegó a la cocina, llena de utensilios algo toscos pero bien ordenados, pero vacía. Ya que era la  alternativa más lógica, y para no sufrir la vergüenza personal de meterse en una alacena, pasó por la única puerta que vio abierta.

   Y ahí estaba Paco, Francisco Alvarado, tendido en medio de una cámara circular de techo bajo rodeado por un par de candelabros. Muerto y velado: junto a él estaba sentada su viuda Manuela, pequeña, nudosa y arrugada antes de tiempo, vestida de negro de pies a cabeza, que se levantó de la silla de mimbre al ver entrar al juez para saludarlo afectuosamente:
   - Lamento no haber podido venir antes, Manuela. El secretario se atolondró con la noticia y no lo he sabido hasta ahora.
   - No se preocupe, don Juan, que ya me hago cargo. Así, ¿se encuentra mejor Matías?
   - I ca! Del tifus se sale con vida, míreme a mí, pero aún le queda fiebre que pasar. Y Matías no se hubiera olvidado de algo así: es don Luis, su hermano, que ya se sabe que se distrae con el vuelo de una mosca -el juez se volvió entonces hacia los otros tres individuos presentes-. Caballeros, señorita.
   - Don Juan -le respondió Alonso de Entrerríos, mientras Amelia y Enrique saludaban con la cabeza.
   - ¿Todavía no han encontrado a su pajarillo?
   Amelia le dió un muy suave codazo a don Enrique:
   - Me temo que la aurea picuda aún se nos escapa, pero seguimos con esperanza.
   - Hoy hemos preferido hacer un poco de compañía a la señora Manuela -completó Alonso, con gravedad.
   Hacía una semana que los agentes del Ministerio habían llegado a 1956: habían alquilado unas habitaciones en la cercana granja de la familia Gaig, con la pretensión de que don Enrique era un ornitólogo de la Universidad de Valencia, Amelia su ayudante y Alonso un experto cazador, todo ellos a la busca y captura de una especie aviar rarísima y decididamente esquiva. Era una historia falsa que les permitía campar a sus anchas por las inmediaciones de Can Alvarado, hablar con todo el mundo y no levantar sospechas. En aquellos siete días habían conocido a las fuerzas vivas, desde el alcalde don José Alcoverro hasta don Manuel Ocaña, el notario, y por supuesto al distinguido juez don Juan Perucho, "un hombre de paz como no hay dos, y además poeta y literato de los buenos", como se lo había presentado el regidor. Y también al finado antes de su inoportuna muerte: un hombre adusto, cabezota, recto y duro como el pedernal, aquel Francisco Alvarado.
   Siguiendo las instrucciones, la Patrulla se había comprometido a no impedir la muerte del labrador ni detener a su asesino (que días después tenía que cumplir crimenes similares en Barcelona), pero la noche que iba del 26 al 27 de enero se habían apostado alrededor de la casa con la intención de descubrir su identidad. Ni siquiera con la ayuda de la luna llena y un cielo absolutamente despejado vieron a nadie entrar o salir de la masía, pero sí que oyeron gritos: Alvarado parecía estar increpando a alguien con todas sus fuerzas. Llegaron tarde, y sin dejarse ver ellos tampoco, observaron como doña Manuela encontraba el cuerpo sin vida de su marido. De aquello iba a hacer pronto dos días.
   - ¿Lo ha visto ya el doctor Galván? -preguntó el juez a la viuda.
   - Vino, vino, dijo que era un ataque al corazón.-se la veía más cansada que triste. Probablemente llevaba toda la vida haciéndose a la idea de que la muerte les esperaba a la vuelta de la esquina.
   Perucho se puso en cuclillas junto al cuerpo, que seguía vestido con las ropas con las que había muerto. Estaba en muy buen estado: no olía ni presentaba signos de deterioro, apenas unas manchas moradas en la parte de atrás, sobre la que había permanecido apoyado las últimas 36 horas. El juez acercó su cara a la del difunto. Le habían cerrado los ojos, pero el gesto de la cara se había quedado petrificado en una mueca horrorosa, tal vez un grito, o una expresión de furia o quizás de miedo. Las velas danzantes le arrancaban sombras aún más terribles del rostro, como si aún se estuviera retorciendo
   - He intentado cambiarle la expresión, pero no hemos podido -dijo Manuela, por primera vez con un deje de angustia-. Se le ha quedado así, al pobre. ¡Qué gritos pegaba!
   - Voto a bríos que sí -susurró Alonso.
   - Habéis hecho bien en traerlo aquí al fresco -respondió Perucho sin oír a Entrerríos-. ¿Qué cenó anoche?
   - Sopa de cardo le hice.
   El juez continuó entonces con un inesperado:
   - ¿Tienes cucharas, Manuela?
   - Sí... claro... -repuso ella, aturdida.
   - Voy yo a buscar una -repuso Amelia, notando que el juez tenía en mente.
   - Gracias -dijo éste cuando se la trajo. La acercó con sumo cuidado a la boca del difunto y se la pasó por la comisura de los labios-. Luz, luz por favor -Alonso acercó uno de los candelabros.
   - ¿Qué es eso? -preguntó Amelia, junto a ellos. En la cuchara había pequeños restos resecos de saliva y piel junto a otra cosa, un polvillo algo más grueso y de forma ligeramente almendrada.
   - Desde luego -respondió Perucho, mirándoles a los ojos-, no es un trozo de cardo. Manuela, tengo que pedirte un favor. Los gritos, tienes que recordar los gritos.
   - ¡Qué gritos pegaba! -repitió ella. En el rato que llevaban allí, la Patrulla se lo había oído lamentar unas cuantas veces. Ellos mismos los habían oído con claridad...
   - Primero eran como insultos: "maria bruta, mal te caigue...".
   - ¿Y luego?
   Luego vinieron unos gritos aterradores, desgarrados, más desordenados, que parecían provenir a la vez de un hombre furioso y de una garganta...:
   - ...que no fuese del todo humana.
   - Pero, ¿se entendía algo, Manuela?
   - Se entendía... pero no.
   - ¿Cómo?
   - Vaiga! Se entendía, pero no significaba nada -y pese a todo, a ella misma le costaba atreverse a repetirlas.
   - Por favor, Manuela, puede ser importante. ¿Que es lo último que le oíste decir a tu Paco?
   - Yo bajaba las escaleras y le oía imprecando, y entonces cambió. Cambió, pero no tenía sentido.
   - ¡Manuela!
   Los labios de Amelia, Alonso y Enrique habían empezado a formar, casi inconscientemente, la forma de aquellas palabras que siguieron. Aquellas palabras extrañas y abruptas, inconexas, que les habían helado la sangre.
    - "¡Ia!", dijo, "¡ia! ¡Ia, Yogsotot!".

(CONTINUARÁ...)
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