28 mayo 2015

MdT: Un acto de locura (VII)

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   “Nuestro principal propósito en esta vida es ayudar a otros. 
Y si no puedes ayudarles, al menos no les hagas daño“
   Dalai Lama.
  
   - Así que la avaricia rompe el saco -resumió Alonso tranquilamente.
   - Más o menos -asintió Mariano, que había reanudado los intentos de fuga con sus rudimentarias ganzúas caseras-. Llevo poco tiempo en Madrid, pero ya he oído que el general Bonaparte ha invadido casi toda Europa occidental, excepto Inglaterra y Portugal. Después pidió permiso a España, para entrar y “ayudarla“ a conquistar Portugal...
   - Me imagino el resto. Prometer, prometer, hasta meter. Y en cuanto metimos al zorro Bonaparte en nuestro corral, se nos comió.
   - Todavía no lo ha hecho, pero casi. Ya tiene a casi toda la familia real en Bayona. Sólo quedan aquí los dos infantes: un niño y una niña. Por eso está el pueblo tan revuelto. Todo es todavía legal, pero si se los llevan a Francia...
   Una conquista con engaños, sin derramar sangre. A Entrerríos no le pareció la estrategia de un gran general, sino de un tramposo. Además, había un punto flaco:
   - ¿Y si nuestra gente rechaza al nuevo rey Bonaparte? -sugirió, recordando al Empecinado y a los rebeldes de Valdepeñas. Lástima que no pudiera hablar de ellos a su compañero de celda: eran del futuro. Gajes de viajar en el tiempo...
   - ¿Quién se atrevería? España lleva mucho tiempo sin saber lo que es una guerra de verdad. Excepto en las colonias, pero allí luchan soldados profesionales. No el pueblo.
   “Las colonias“ comprendió Alonso. “¿Así es como las perdimos? ¿Enemistando a los patriotas como éste a base de leyes injustas, como las que me explicaba anoche? ¿Y quitando nuestras tropas de allí, porque teníamos al enemigo dentro?“
   Lo peor era que ni siquiera estaba seguro de querer consultar el tema con Amelia. Presentía que la respuesta sería demasiado deprimente. 
   - Ten fe -suspiró, más para sí mismo que para su compañero. Pensaba, una vez más, en la Galana. Y en otros como ella.
   Entonces llegó el cambio de turno. Los carceleros de la noche se retiraron: los de la mañana trajeron noticias. Y eran graves.
   Tan terribles como para que Mariano Córdova se desesperara por salir a combatir. Y como para que Entrerríos desobedeciera una orden directa de su superior.
   - Prueba con esto -ofreció al joven peruano. En su mano brillaban las “llaves mágicas“ de Irene.
  
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   Murat era un militar: estaba harto de paz, diplomacia y papeleos. Llevaba tiempo esperando una excusa para conquistar su propio reino. Pero el Gobierno español no estaba dispuesto a dársela: por eso, los militares de Madrid tenían órdenes de no combatir. Ni siquiera llevaban munición.
   La orden de Napoleón fue el detonante: sacar subrepticiamente del país a los dos infantes. Temprano, a escondidas. Pero el pueblo lo sospechaba; lo temía. Por eso sucedió: una revuelta popular...
   Murat por fin tenía su excusa. Así podría conquistar la corona para sí mismo, en vez de para su cuñado Bonaparte. A su manera: a sangre y fuego.
   A una orden suya, los cañones franceses dispararon contra la multitud que protestaba. Hombres, mujeres y niños fueron barridos por el fuego y la metralla, como juncos azotado por un vendaval.
   Y como juncos, entre una y otra ráfaga, el pueblo volvió a ponerse en pie.
  
   El portero del Palacio Real, José Rodrigo, presenció atónito la primera descarga y vio caer a unos diez españoles, heridos o muertos. Varios de ellos estaban desarmados: había incluso un niño entre ellos.
   - ¡Manuel! ¡Mi pequeño!-fue el desgarrador grito de la madre, al contemplar la escena atroz desde un balcón.
   Tragedias similares se sucedían por doquier. El azar unió a grupos de combatientes de lo más variopinto.
   - ¡Ve a pedir ayuda, Muñiz!
   - ¡Señor Lueco, no puedo dejarle aquí! Sólo queríamos noticias, y ya las tenemos, ¿no? ¡Vámonos!
   - Yo estoy mayor para correr, muchacho: me cazarían como a una liebre coja. Pero gracias a Dios, tomé la precaución de traer mi pistola. ¡Venga, da aviso en la posada! Tu jefe es de armas tomar y sabrá qué hacer.
   - ¿Pistola? ¡Usted no es soldado: sólo un fabricante dulces!
   - No simples dulces: ¡chocolate, y del mejor! Pero eso no es lo único que se me da bien -José Lueco se parapetó, cargó su arma y derribó a un granadero con sorprendente puntería-. ¡Vamos, vete! ¡Yo te cubro!
   - Hágale caso, muchacho -intervinieron tres recién llegados, parapetándose junto a ellos para recargar sus pistolas. A juzgar por su librea, debían ser mozos de caballos de casas nobles-. Tenemos armas, pero poca munición. Harán falta refuerzos.
   Muñiz dudó un momento. Después se adentró en el combate, protegido por el fuego de sus nuevos compañeros. Era paradójico: ni siquiera conocía sus nombres, pero sabía que les podía confiar su vida.
  
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   En el Palacio Real, las cosas no iban mucho mejor. Al portero José Rodrigo no le sirvió de nada intentar refugiarse: dos balas de rebote le hirieron en el rostro. Un destino similar sufrieron varios lacayos y cocheros, heridos a causa de los mismos superiores que les habían ordenado aguardar en la entrada. En el interior, Manuel Pereira, uno de los médicos reales, cayó moribundo al intentar proteger al jovencísimo infante Francisco de Paula.
   - ¿De qué sirve colaborar con ellos? -estalló el otro médico de la familia real, el doctor José Albarrán, auxiliando a su compañero -. ¡Basta ya!
   Después de atender a los heridos del Palacio, el doctor real Albarrán tomó una decisión. Preparó su material médico, su fusil de caza y se dirigió a la salida, seguido por su cirujano José Ugarte. “Libertad, igualdad, fraternidad, prometían los franceses“, reflexionó, lleno de ira. No era eso lo que habían traído, sino detonaciones y lamentos. Y muchos de los heridos ni siquiera eran rebeldes, sino pacíficos trabajadores, curiosos o transeúntes con mala suerte...
   - Vamos con ustedes -le abordó uno de los pintores de cámara del Rey: Agustín Esteve. Le acompañaba su aprendiz José, y ambos portaban armas de fuego.
   - Nosotros también -se les unieron, una vez fuera, los jardineros reales: Manuel, Juan Antonio y Francisco Antonio. Iban provistos de sus herramientas más afiladas.
   Antes de darse cuenta, el médico real había reunido un gran grupo de paisanos armados. Auxiliado por el cirujano, comenzó a atender a los heridos que atestaban la Plaza del Palacio, mientras sus compañeros le escoltaban y respondían valerosamente al fuego enemigo. Algunos de ellos realmente creían que conseguirían repeler a los atacantes; otros se conformaban con proteger a los heridos y, con suerte, quizá no morir en el intento. Pero ni unos ni otros retrocedieron.
  
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   Conseguidos los refuerzos, José Muñiz se despidió de Amelia; después guió a su jefe, a su hermano Miguel y a los demás mozos de la posada hacia la Plaza del Palacio.
   “Un gran muchacho“ reflexionó la joven, viéndole marchar con sus cinco compañeros, acosada por una mezcla de inquietud y admiración. “No hace ni doce horas que le conozco y ya me ha salvado de una pelea de borrachos, me ha acompañado a un presidio y va de camino a una revolución“.
   La joven casi sentía celos profesionales: su misión era bien diferente, y no se sentía capaz de desempeñarla con tanto éxito.
   Estaba desesperada. Sin ideas. Era capaz de cualquier cosa. Incluso... no, eso no. Pero podría ser útil...
   Lo hizo. Se tragó el orgullo y, por una vez en la vida, recurrió a un truco de mujer.
   Funcionó. Una mirada falsamente aterrorizada de Amelia obró el milagro. La apariencia frágil de la joven despertó el instinto protector de Goya y de sus acompañantes; al menos, lo suficiente para que la acompañaran a refugiarse en el cercano domicilio del pintor. Si la Historia era correcta, en aquel lugar estarían a salvo.
   El problema sería convencerles para que ninguno de ellos volviese a las calles.
   - Ya ve qué noticias traen, maestro -las palabras del joven aprendiz se hicieron tan vehementes como el lenguaje de signos que estaba utilizando-. ¡Han disparado contra la gente!
   - ¿Y qué vas a hacer, León? -contestó Goya a su discípulo-. ¿Bajar al Palacio a que te maten? ¿Por defender a ese Rey fugado y a su Inquisición? Ellos han prohibido cualquier palabra u obra que se parezca a pensar por uno mismo. Tenemos que andar siempre con cien ojos, a cada dibujo y a cada frase. Tú mismo has tenido que desechar trabajos excelentes para eludir a los inquisidores, y no llevas en esto tanto tiempo como yo.
   - Y el ejército francés, ¿es mejor? ¿Lo que han hecho le parece a usted una muestra de igualdad, libertad y fraternidad?
   León Ortega y Villa era un digno discípulo: tenía tanto carácter como Goya. Pero éste ya rondaba los sesenta años, y había visto demasiadas cosas para dejarse convencer.
   - Es un dilema, León. Me parte el corazón decirte esto, porque soy un patriota: pero hoy, ninguna opción es buena. Vales más que todo esto. No deberías bajar.
   Julián cruzó con Amelia una sonrisa triste:
   - Y dicen que está loco. Empiezo a pensar que lo que le sucede es otra cosa.
   - ¿Qué quieres decir? -se interesó su compañera.
   - Que tal vez sea el único cuerdo en un mundo de locos.
  
   * * * * * * * * * *
  
   - ¿Estás seguro de que el combate es por aquí? El carcelero de esta mañana mencionó la Plaza del Palacio...
   - Necesitamos armas, Alonso; las nuestras se las ha quedado el alcaide de la prisión. Pero yo sé dónde conseguir más.
   - Lo que no hayas aprendido en esa cárcel... ¿a dónde vamos, entonces?
   El criollo señaló un edificio señorial; estaba atestado. Era un avispero del que no paraba de salir gente furiosa, y extrañamente pertrechada. La agitación estaba muy justificada: llegaban sonidos de lucha desde las calles cercanas.
   - La Armería Real -explicó Mariano Córdova, una vez en el interior-. Es un museo: son armas anticuadas, pero habrá que aprender a utilizarlas.
   - ¿Aprender? -exclamó Alonso, encantado. Seleccionó la espada ropera y la daga vizcaína más destacables de la colección, en el ala dedicada al siglo XVI, y sonrió con la ferocidad de un perro de presa-. Vas a tener ocasión. ¡Mira y aprende, muchacho!
  
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   León Ortega y Villa sólo tenía dieciocho años. Y un carácter capaz de congeniar con alguien tan impetuoso como Francisco de Goya. No podía quedarse de brazos cruzados. Todavía estaba intentando conseguir que su maestro tomara partido, cuando sucedió algo aterrador.
   Madrid no estaba diseñada para detener lo que tenía a las puertas: un ejército entero. Confluyendo concéntricamente desde todas las entradas, a través de amplias avenidas que facilitaban el acceso a un punto central, fácil de ocupar. Y aquel punto estaba a sólo sesenta metros de la vivienda de Goya: la Puerta del Sol.
   El suelo retumbó, como si se avecinara un terremoto. Incluso el pintor sordo notó la vibración, a través del piso y las paredes.
   - ¿Jinetes...? ¡Son muchos!
   - Mamelucos -palideció Amelia-. Caballería oriental. Traída por Napoleón desde Egipto.
   Algunos balazos se incrustaron en los dinteles: uno de ellos rompió un vidrio del balcón. El mayordomo cerró los postigos. Julián esperó a que todo el mundo se hubiera puesto a cubierto y cargó su revólver.
   - Voy a bajar.
   - ¿Pero qué dices? -se horrorizó Amelia-. Julián, ¡eso de ahí fuera es la carga de los mamelucos! El famoso cuadro, ¡incluso tú debes conocerlo!
   - Escucha los gritos de la gente. La calle está llena de heridos. ¡Tengo que ayudar!
   - Nuestra misión es proteger a Goya-susurró su superior, enfurecida-, no animarlo a bajar con nosotros. ¡Él es más importante...!
   - ¡No! -bramó Julián, obligándola a soltarle: su mirada era inquietante otra vez, más que nunca-. Llevo media vida salvando gente, Amelia, y no es así. No puedo, en serio, se me revuelve el estómago...
   - ¡Son las normas!
   - Yo también te puedo hablar de normas: ¿sabes lo que es el juramento hipocrático de los médicos? Pues los enfermeros tenemos uno parecido, y no puedo faltar a eso. No juré salvar primero al más ilustre, sino al que más lo necesite. ¡Lo contrario sería un crimen, y ya lo hemos cometido varias veces!
   Después de la explosión de furia, Julián se derrumbó, mucho más calmado. Se había quedado a gusto: por fin había dicho todo lo que hacía tiempo que necesitaba decir. Desde que salvó a Lope y dejó morir al resto de la tripulación del San Esteban, hacía siglos, en Lisboa. Miró con tristeza a su superior, ignorando al resto de sus perplejos acompañantes: la chispa de locura había desaparecido. De pronto, volvió a hablar con su dulzura habitual:
   - Lo siento, Amelia. Pero no me obligues a quedarme mirando mientras muere gente, por favor. No me cargues eso encima. Bastante tuve con la muerte de mi mujer.
   - ¿Y si te matan?
   Ambos agentes sintieron en su hombro, al mismo tiempo, una mano apaciguadora:
   - Tranquila. Yo le acompañaré. Dice mi maestro que no hay ninguna opción buena; pero ésta sí lo es. Salvar a quien necesite ayuda. ¿Vamos?
   Era León, el aprendiz de pintor. El más joven de todos los presentes; pero, de repente, también era el más sabio.
   Amelia asintió a regañadientes. No sabía si abrazar a su compañero o quitarle la tontería con un par de bofetadas. Así que se limitó a darle un paquete:
   - El revólver de Alonso. Se lo pedí al alcaide ayer. Por si te falta tiempo para recargar el otro.
   Julián le agradeció el gesto y abandonó el lugar. León se retrasó sólo un momento más: lo justo para dirigir un ruego a la mujer.
   - Cuide de don Paco, por favor. Que es muy suyo, y puede darle por bajar.
  
   * * * * * * * * * *
  
   Alonso y Mariano habían oído bien: había ruidos de lucha en las calles cercanas, y sonaban cada vez más próximos. Los jinetes mamelucos invadieron las calles a toda velocidad, arrasándolo todo a su paso.
   - ¿Sarracenos? -se preguntó Alonso, atónito-. ¿No los habíamos echado en el siglo XV?
   - Muy gracioso -gruñó el criollo-. Dicen que Napoleón los ha reclutado hace poco, en Oriente. Y que son soldados de élite, feroces como pocos.
   El veterano de los Tercios sonrió otra vez. Como un lobo ante un cordero.
   - Eso pronto lo vamos a comprobar.
   Un jinete se acercó al galope, con el sable extendido, listo para segar vidas. Un escudo del museo le desvió, mientras el manolo que lo portaba le hundía una navaja en el muslo. “No está nada mal“ admitió Alonso. “Pero se puede mejorar“.
   El siguiente jinete sonrió con desprecio, al comparar la anchura de su sable con la finísima espada ropera de Entrerríos, poco más gruesa que un florete. No contaba con la habilidad con que Alonso desvió la dirección del golpe, compensando la distribución de fuerzas en su hoja, que además era de excelente acero toledano. Saltaron chispas: reteniendo el sable con la diestra, Alonso remató al mameluco con la daga de su zurda. El enemigo no parecía haberse enfrentado nunca al famoso “oficio de armas dobles“ español: a Alonso siempre le encantaba la cara de dolorido asombro que ponían al aprender, ya demasiado tarde, la lección.
   - ¿Pero tú cómo sabes hacer eso? -se asombró Mariano, desviando un alfanje gracias a otro escudo. Su espada corta no era tan eficaz, pero descabalgó a un jinete como pudo.
   - Soy... ejem... maestro de esgrima antigua -improvisó Entrerríos-. ¡Vamos, que son muchos! ¡No es hora de dormirse!
   Alonso no fue el único defensor que tuvo éxito: la feroz carga montada tuvo cumplida respuesta. Muchos paisanos desplegaron sus navajas al paso de los caballos, apuntando al vientre y a la yugular de las bestias; éstas cayeron rematadas por la fuerza de su propio impulso. Las mujeres no se quedaron atrás: ellas formaban, de hecho, un tercio de los combatientes. Algunas cruzaban aquel infierno llevando municiones y recargando fusiles para sus padres, maridos y hermanos, que mientras tanto combatían como buenamente podían. Otras damas, las más diestras con los cuchillos de cocina y los espetones de asar, consiguieron causar casi tantas bajas como los propios hombres. Las más jóvenes o ancianas hubieron de conformarse con dejar caer objetos desde los balcones; más de un veterano de Austerlitz cayó herido de muerte aquel día, por obra de humildes macetas llenas de flores. A Entrerríos, la ironía de aquella muerte tan prosaica le pareció encantadora.
   Pero aquella resistencia no era más que una gota en el océano: era difícil detener el letal barrido de muerte de los alfanjes orientales. Nadie estaba a salvo: de hecho, los forasteros resultaron ser más feroces con las mujeres. Había enemigos que incluso en medio de la batalla tenían tiempo para la lascivia y la codicia; se cubrían las espaldas entre ellos. A los hombres caídos los desnudaban para apropiarse de sus ropas y objetos de valor; a ellas, además, para actos perversos.
   A Alonso de Entrerríos le hirvió la sangre. Había tenido dudas: ni podía ganar él sólo aquel combate, ni el Ministerio habría aprobado que interviniera de una manera tan directa. Pero de pronto encontró algo que sí podía hacer. Con un arma en cada mano, defendió a los paisanos caídos. Un cirujano barbero intentaba atender a los heridos, con riesgo de su vida; le recordó a Julián.
   - Mariano, tú tienes un escudo. Escolta por mi derecha a ése que está curando gente. Yo me ocupo de defender el otro lado, que es de donde vienen los más peligrosos.
   El cirujano y el criollo le miraron, asintieron y coordinaron sus esfuerzos. El manolo del otro escudo decidió unirse a ellos. Alonso de Entrerríos no había perdido las dotes de mando, después de todo. Aunque por una vez, lo hiciera con la intención de salvar vidas, no tanto de quitarlas.
  
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   Unas calles más allá, en la Puerta del Sol, Julián había sido testigo de tantos actos de furia como Alonso, por parte de ambos bandos. Pero a él no le importaba el combate: se centró en los heridos. Dio a León uno de los dos revólveres del Ministerio (dejándole maravillado, al comprobar la cantidad de balas que podían disparar antes de tener que recargarse), y, apartando a balazos algún sable inoportuno, se dedicó a curar. No era el único: distinguió a un jovencísimo practicante de cirugía haciendo lo mismo, apenas veinte metros más allá.
   Julián estaba entablillando una pierna rota cuando un jinete se le echó encima; a buen seguro le habría matado, si un mozo no se hubiera encaramado a la grupa del animal. El joven tomó las riendas, detuvo la maniobra de carga y traspasó el pecho del jinete de una letal puñalada. A cambio, el infortunado muchacho recibió a bocajarro un disparo de otro mameluco. Un par de balazos de León detuvieron a este último atacante, mientras Julián ayudaba a desmontar al joven que acababa de salvarle la vida.
   - ¡Aguanta! Te pondrás bien -intentó animarle; por fortuna, la herida no parecía mortal, pero estaba perdiendo mucha sangre-. ¿Cómo te llamas?
   - José Antonio Loez Regidor... dígale a mi familia que... -el herido parecía a punto de desfallecer.
   - Vamos, sigue hablando... no te duermas... ¿qué les tengo que decir? ¡León, me haría falta una mano más!
   - ¡Y a mí! -contestó el discípulo de Goya, vaciando un cargador y cambiando de arma-. ¡Estos egipcios no reparten caramelos! ¡Y yo no sé recargar esta pistola rara que llevas!
   - ¿Puedo servir yo? -el practicante de cirugía llegó en el momento justo. Julián presionó la herida mientras el recién llegado colocaba el torniquete. A unos pocos metros de ellos, un religioso les protegió a capa y espada, con una ferocidad inaudita en su profesión.
   - Gracias... me llamo Julián Martínez. Enfermero...
   - Saturnino Valdés, practicante. Venga conmigo: tengo un carro -señaló al fiero religioso-: Ignacio Pérez ya me ha ayudado a subir a varios heridos en él, pero me queda sitio. Un torniquete es peligroso: hay que llevarle cuanto antes al Hospital General.
  
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   El cañón de la Plaza Mayor disparó hacia la calle San Bernardo, desbaratando la tropa francesa. Los rufianes que lo operaban lo celebraron con alegres canciones obscenas, en el más sucio español imaginable. Si de algo hacían gala, no era ni de honor ni de profesionalidad militar.
   - Esto no puede estar pasándome a mí -se sonrojó Alonso, sin saber dónde meterse. La lucha frente al Museo había concluido, así que habían continuado auxiliando gente por varias calles al azar, hasta toparse con un pintoresco pelotón de expresidiarios fugados-. Menuda tropa más indecente...
   - Eh, que en el fondo son buena gente -les defendió Mariano Córdova-. Conozco a ese cabrero: lo detuvieron conmigo el otro día, por liarla en una taberna cuando le aguaron el vino. Pero como su prisión estaba llena, a mí me mandaron a la otra...
   - De lo más lógico y honorable, claro -gruñó Entrerríos, ayudando a los reclusos a cargar el cañón que habían robado a los franceses-. En qué estaría yo pensando.
   - Vamos, hombre, apunta más y protesta menos -rió su compañero-. Eres el que más puntería tiene por aquí. No lo parece, pero son hombres de honor: ¡Han jurado volver a la Prisión Real mañana! El alcaide les ha permitido salir hoy para combatir. Se fía de ellos: ¡por algo será!
   - En serio, ¿tú te crees lo que estás diciendo?
   - ¡Que sí, hombre, que sí! Me lo ha dicho el cabrero. Cincuenta y seis presos; pidieron permiso para esto y dieron su palabra por escrito. Otros treinta y pico siguen encerrados: con este jaleo, no se atrevieron a salir de sus celdas.
  
   Calle San Bernardo abajo, el médico real, el cirujano y los pintores de Su Majestad estaban atrapados entre dos fuegos. Terminada su labor en la Plaza de Palacio, habían decidido pedir armas a los únicos militares españoles que todavía tenían municiones: los capitanes Daoiz y Velarde, del Parque de Artillería, pero no habían conseguido alcanzar su objetivo: las calles estaban bloqueadas. El grupo de voluntarios que les acompañaba se había hecho más numeroso: el fabricante de chocolate, sus compañeros de armas de las caballerizas y los cinco posaderos de José Muñiz se habían unido a sus filas.
   - ¡Parapetaos en los portales! Nos han cortado todas las salidas...
   - Sí; la cosa pinta mal.
   - ¿Qué hacemos?
   - Refugiarnos en los soportales con los heridos que podamos. Y a disparar hasta que se acabe la munición.
   - ¡A mí ya se me ha terminado!
   La lucha cuerpo a cuerpo comenzó poco después. El médico real recibió una buena paliza, como líder que era, además de un importante robo; pero lo peor estaba por llegar. Desde el otro extremo de la calle, el que daba a la plaza mayor, llegaba una importante tropa de “gabachos“. Los paisanos no tenían salvación...
  
   Entonces, para su dolorida sorpresa, los franceses recibieron una descarga de artillería de uno de sus propios cañones: el de la Plaza Mayor. En medio de canciones de borrachos, los presidiarios más infames de los bajos fondos salvaron aquel día la vida de los valientes servidores de Su Majestad.
   Tardaron mucho rato en agotar las municiones; cuando ésto sucedió, a una orden de Entrerríos, la impresentable tropa inutilizó el cañón. Después se dispersaron a los cuatro vientos, planeando alegremente más fechorías y robos a costa “del francés“.
   Cuatro de los presidiarios resultaron muertos o heridos. Quedaron con vida cincuenta y dos.
   El alcaide de la Prisión Real no dio crédito a sus ojos cuando, al día siguiente, cincuenta y uno de ellos se presentaron en sus celdas, cumpliendo su palabra. Buscadores de gresca, de pillaje, borrachos, ladrones. Pero en cierto modo, sí: fueron hombres de honor.
  
   * * * * * * * * * *
  
   - No paran de llegar heridos...
   - Normal. Esto es un hospital -Julián y dos de los enfermeros acabaron de descargar con delicadeza a los heridos que había traído aquél en carro desde la Puerta del Sol. Entre las bajas había que contar al pintor León y al propio dueño del carro, el practicante Saturnino; habían resultado heridos al proteger el vehículo a través del combate hasta el hospital.
   El personal del edificio estaba desbordado: tanto el enfermero del Ministerio como el propio Saturnino, una vez recibió la cura, tomaron asiento y decidieron ayudar.
   - Gracias; no damos abasto -resopló, agotado, el enfermero que había ayudado a Julián a recibir a los heridos-. Me llamo Alonso Pérez, él es cirujano Angulo y... ¿qué es ese estrépito?
   Se escucharon sonidos de lucha en el zaguán del hospital. Sin duda, algunos combatientes habían sido acorralados allí. Estaban asustados, y heridos; los golpes hicieron retumbar el suelo y las paredes, entremezclados con gritos pidiendo auxilio.
   - Espere, Julián -le detuvo el enfermero Alonso-. ¡No salga!
   - ¿No oye los gritos? ¡Necesitan ayuda...!
   - Estamos en medio de un combate... ¡Dios mío, van a entrar!
   - ¿No serán capaces...?
   Nadie se lo imaginaba. En el fondo, nadie creía que un ejército civilizado, los defensores de las ideas de la libertad, pudieran hacer gala de un acto de barbarie como aquél. La batalla estaba fuera. Aquello era un hospital: no podían invadirlo.
   Pero lo hicieron.
   El zaguán se llenó de ruidos de lucha: golpes de bayoneta, gemidos de heridos de uno y otro bando. No podían resistir allí: una avalancha de gente llenó la sala principal. El espacio entre las improvisadas camillas  se llenó de soldados franceses, y de infortunados que habían buscado refugio en él. El ejército napoleónico, organizado en su metódico caos, comenzó a destrozar concienzudamente los frascos de medicamentos, el material de curas y el instrumental. Tal vez temían que este último (serruchos para hueso, bisturíes) pudiera ser utilizado como arma. 
   Julián recargó su revólver y el que había prestado a León. Éste, con la pierna vendada, se recostó en una camilla y apuntó.
   Los mozos de cocina del hospital echaron mano de los cuchillos y hachas de cortar carne: los cirujanos, del instrumental más afilado. El resto improvisó armas con los muebles.

   Había comenzado la defensa del Hospital General.

(CONTINUARÁ...)
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27 mayo 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (12)


Toledo, 1451
   El estudio del joven Abraham Levi estaba lleno de diagramas, cartas celestes, tablillas y modelos a escala de criaturas y máquinas simples. Competían por el espacio con herramientas de carpintería, albañilería y medición que aparentemente no encajaban allí. Sin embargo, lo que hubiera llamado más la atención de cualquiera que entrase allí, era la puerta que se alzaba en el centro de la estancia, en el lugar preeminente; una puerta de madera con un suave arco de piedra a modo de marco, como una especie de ruina en perfecto estado de conservación que hubiera sido trasladada desde algún remoto castillo.
   De un instante al siguiente, el lugar pasó de estar vacío y silencioso a verse atestado de gente y gritos. Amelia, con el nombre de Alonso aún prendido de los labios, logró zafarse de la presa de Diego mordiéndole la mano, corrió hacia la puerta que había en medio de la estancia y, apartando de su camino a Julián de un empellón con más fuerza de la que este le creía capaz, abrió la puerta del tiempo... para encontrarse con el resto del estudio al otro lado.
   Amelia se volvió hacia Diego hecha una furia:
   - Asesino -escupió con los ojos inyectados en sangre-. Lo has matado -corrió hacia Diego y le dió una bofetada que la recibió impertérrito-. ¡Has matado a Alonso!
   - He hecho lo que me ha pedido. Salvar la Patrulla.
   - Podrías haber muerto tú en su lugar, cobarde -le espetó Amelia sin pensar, llena de ira-. ¡Él no! ¡Él no lo merecía!
   - Lo hubiera hecho.
   Julián cometió la temeridad de intervenir.
   - Amelia, creo que Alonso lo quería así.
   - ¡Y un cuerno! Estaba más que dispuesto a sacrificarse porque Alonso de Entrerríos era un hombre bueno, el hombre más decente que he conocido nunca.
   - Sí, pero no sólo eso -Julián no había visto nunca a Amelia tan fuera de sí. Cruzó la mirada con Levi, que miró a otra parte para que no le involucraran en aquello-. Alonso... También quería salvarle a él. Es decir, creo... Mira, él está acostumbrado a tomar esas decisiones: era capitán de los Tercios. Su trabajo era pensar rápido, decidir cómo conseguir el objetivo con el menor número de bajas...
   - ¿Y por eso se ha sacrificado y lo hemos permitido? -Amelia estaba llorando de rabia.
   - Sí. Porque sabe... sabía que Diego estaba en su tiempo, un tiempo que ya habíamos corregido. Nosotros venimos del futuro alternativo. Si lo restablecemos todo, pero Diego hubiera muerto...
   Por fin lo comprendió Amelia. Le cambió la expresión, se secó las lágrimas con el dorso de la manga y terminó la frase:
   - ...hubiera muerto verdaderamente. En cambio, si lo arreglamos todo, si invertimos todos los errores y devolvemos la línea temporal a su rumbo correcto, Alonso estará vivo.
   - Y María -dejó caer Diego.
   - Y Lola -añadió, culpable, Julián. "Pero no Maite", se recordó, "Nunca Maite". La sonrisa de Amelia se le hizo incómoda, ahora que había despertado su propia tristeza particular.

   Abraham Levi les sirvió un almuerzo ligero: pan ácimo, aceitunas y berenjenas encurtidas, y un zumo de melón llamado "pepitada". Diego torció un tanto el gesto, ante lo que consideraba despectivamente "mangarejos", pero a buen hambre no había pan duro.
   - No sé como voy a poder agradeceros vuestra ayuda. Me sigue llamando la atención que supiérais que estaba preso. ¿Es que se habla de mí en el futuro?
   - No creo que debamos hablar de eso -dijo Julián con precaución.
   - Es cierto, no es bueno saber mucho sobre el futuro. Nuestro pasado es lo que importa -dijo Abraham-. Y vivir cada día de nuestra vida para hacer que valga la pena.
   - Usted siga trabajando, siga estudiando -añadió Amelia-. No se deje amilanar, ni por las circunstancias, ni por el odio, ni por el fuego... -Julián le lanzó una mirada de aviso, pero ella ya sabía hasta dónde podía llegar-. Y si algún día realmente lo necesita, si por algún azar cree que la necesidad es máxima, sabrá a quien encomendarse.
   Con un gesto de humildad, Levi cerró los ojos y asintió, haciendo suyas aquellas palabras.
   - ¿Puedo seros de alguna ayuda? Creo que en cuatro o cinco meses podría construir otra puerta... pero sólo hacia atrás, hacia el pasado...
   Pasó por su mente la posibilidad de volver a León, de volver a rescatar a Alonso.
   - No será necesario, tenemos nuestros propios medios...

* * * * * * * * * *

Monasterio de Guadalupe, 1451
   - ¿Qué pasará con esa tablilla pagana, la Llave de Ishtar? -preguntó Diego, cuando se encontraban a la sombra del Monasterio-. La llevaba Alonso.
   Julián se encogió de hombros:
   - La primera vez que la vimos, en 1476, la tenía un judío de León. Es muy probable que desde 1111 se quedara en aquella ciudad. Más me preocupa la pistola...
   Amelia estaba estudiando la muralla del patio para tratar de discernir el mejor punto para entrar a hurtadillas por la noche.
   - Le quedaban dos balas, no es que puedan hacer mucho con eso. Y, ¡qué demonios!, que se ocupe el Ministerio de esta realidad, en vez de ir tras nosotros.
   - Bueno, repasemos: estás segura de que ahí dentro hay una Puerta del Tiempo.
   - ¿Recuerdas cuando tuvimos que salvar a Abraham Levi de Torquemada, a la versión anciana?
   - Sí, había una puerta en bucle a nosecuantas leguas de Toledo.
   - Esa puerta aún no existe. Pero Ernesto nos habló de dos puertas más: una que llegaba cinco años demasiado pronto y otra que daba 1500, nueve años tarde. La que llegaba demasiado pronto, llega a este monasterio. Según el Listín, está situada junto a la tumba del prior Toribio Fernández.
   - Vale, vale... Entonces nos llevará otra vez al Ministerio.
   - Correcto, pero faltan 35 años hasta el juicio del rabino. Es decir, que la puerta va 35 años antes de tu época -Julián trató de hacer los cálculos mentales, pero Amelia lo atajó-: a 1980.
   - Buena época.
   - Sobre todo para Irene.
   Diego los veía hablar y recuperar poco a poco la tranquilidad de espíritu, que tanto habían perdido con el sacrificio de su compañero. Tenía que reemplazarlo, pero creía que no se podía sustituir así como así a la clase de hombre que era Alonso de Entrerríos. Trataba de permanecer en segundo plano: no podía forzar su presencia en el grupo, y sólo con el tiempo, si lo llegaban a tener, lograría conseguir que le admitiesen como parte de la Patrulla: aunque no fuese su Patrulla, tendría que protegerla como si lo fuera. Se lo había prometido a Alonso.
   - Tenemos dos ventajas: en el Ministerio de 1980 es probable que no nos busquen.
   - Yo no contaría con esa ventaja.
   - Además, en ese año hay una puerta, la 101, que nos dejará directamente en Lovaina en 1534.
   - Lovaina. ¿Dónde está eso? ¿Por Cataluña?
   - En Flandes -respondió Diego-. Pero en esa época está bajo control del emperador Carlos y será español.
   - ¿Y por qué es tan importante ir allí?
   - Por Gerardo de Kremer -siguió Amelia-. Ese año, en esa ciudad, Kremer (o como pasó a la posteridad, Mercator), entró a estudiar con Frisius y Van Der Heyden, un matemático y un grabador.
   - Mercator -repitió Julián-. Me suena ese nombre: ¿hacía enciclopedias?
   Amelia puso los ojos en blanco, asombrada a veces por las cosas básicas que llegaban a ignorar los que la rodeaban.
   - Mapas. El sistema Mercator de cartografía fue una revolución. Proyectó las coordenadas y los perfiles con mucha más precisión, hizo que las líneas de longitud fueran paralelas y ayudó a que la navegación fuera más rápida y fiable -Diego y Julián se miraron, encogiendo los hombros sin acabar de entender. Amelia suspiró-. El mapa que habían colgado en el despacho de Leiva representaba el mundo en 2015 pero no estaba bien trazado, era pre-Mercator. Y cuando vimos cómo era el siglo XX, dijiste que te recordaba a una versión distorsionada del XIX. Sin una navegación segura, el intercambio de ideas y la comunicación entre los continentes se volverá más lenta, tanto como para acabar provocando un siglo de retraso.
   Vale, eso empezaba a comprenderlo Julián.
   - ¿Y qué hay que arreglar con Mercator?
   Vale, eso era lo que Amelia ignoraba.
   - Tendremos que averiguarlo. Tal vez alguien sabotee su trabajo. Creo que pasó un tiempo en la carcel, hacia 1544. O puede que el Duque de Cleveris no llegue a nombrarlo cosmógrafo en 1564. Luego estalla la guerra, espero que no tengamos que llegar hasta allí. Es donde luchaba Alonso...
   Julián estaba procesando datos:
   - La puerta nos lleva a 1534, ¿y dices que puede que tengamos que estar 10 ó 30 años detrás de ese tío?
   - Paciencia -recomendó Diego, dando una palmada en el hombro a Julián mientras este rezongaba-: los problemas, de uno en uno.
   Tras asaltar una cárcel leonesa, colarse en un monasterio cacereño resultó una tarea casi rutinaria.

* * * * * * * * * *

Madrid, 1980
   La primera sensación compartida por Amelia, Julián y Diego fue el sentimiento de familiaridad cuando volvieron a pisar los pasillos del Ministerio. No era su casa, pero los tres se sintieron como en casa. No había cambiado prácticamente nada desde su última visita: las mismas caras chupadas, el mismo tipo de rostros con heridas, pieles castigadas y desnutrición...
   - Yo he visto cosas parecidas en mi época -dijo Diego-, cuando azota la hambruna o ha golpeado la guerra.
   Amelia y Julián no esperaban que evitar la independencia de Galicia fuese a cambiar del todo las cosas, pero les deprimía un poco ver que, aparentemente, aún no habían conseguido marcar una diferencia.
   Intentaron no demorarse por los pasillos, aunque todo el mundo iba más o menos ocupada en sus asuntos: dos fenicios discutían sobre balompié, y una ama de cría de carnes prietas discutía con un poeta mozárabe sobre los recortes generalizados y la preocupante previsión de lluvias. Si era como la antinatural llovizna que Julián vio la última vez, no le extrañaba que se preocuparan...
   Localizaron la puerta 101 en un santiamén, un par de plantas por encima de la suya. Para su sorpresa, había dos personas delante de ella, ataviados también para el siglo XVI, pero con un gusto flamenco refinado. Un treintañero con más cara de listo que de guapo, y una mujer rubia de la edad de Amelia:
   - ¿También os envían a 1534? -preguntó el agente.
   - Sí, a Lovaina.
   - Mira, como nosotros. ¿Vamos a lo mismo? ¿Otra vez han duplicado efectivos?
   - No creo, a vigilar el trabajo de un tal Mercator -dijo Amelia, aturdida e incapaz de improvisar. Cruzó una mirada nerviosa con Julián, que estaba igual de atónito. ¡Aquel joven agente era Salvador Martí con 30 años menos! Pero es que la mujer...
   - Ah, entonces no: lo nuestro es por el Epitome siue compendiaria descriptio temporum et rerum, a populo romano: parece que no sólo habla de costumbres latinas sino que se ha colado alguna puerta en las descripciones, y tenemos que hablar con el autor, Joan Lluís Vives, un valenciano que está en Flandes.
   - Creo que no nos han presentado aún -interrumpió ella, con ademanes coquetos, mirando con un asomo de lascivia tanto a Julián como a Diego, como si no acabara de decidirse a cual "atacar". Se decidió por el segundo, mordiéndose el labio inferior y extendiendo una mano para que se la besaran-. Porque me acordaría de un hombre tan guapo.
   Su compañero claramente se encontraba con aquella clase de comportamiento a todas horas:
   - No empieces, Angustias...
   - Es guapo -se excusó ella sin perder la sonrisa, como si aquello lo explicara todo.
   - ¿Y tu marido?
   - No tanto. Y es tan del XIX... -hizo un mohín aburrido.
   - ¿Pero que le parecería? -dijo Salvador, escandalizado.
   - ¡Uy! Le parecería fatal. Por eso no se lo digo -y le guiñó el ojo a Diego.
   - Julia, Amelio y Diego -resumió Julián para acabar con el tema. Y ofreció-: vayan... id pasando, que tenemos aún que decidir un par de cosas.
   - Gracias. Y suerte con la misión.
   - Igualmente.
   Angustias repasó a Diego de arriba abajo con la mirada antes de meterse en la puerta. Claramente le gustaba lo que veía.
   - Si os queda algo de tiempo -añadió Salvador en el último momento-, podemos vernos en la Posada del Martinete, al lado de la abadía de Geertrui, está en el centro. Ponen una cerveza fetén y suelen reunirse los españoles. Españoles españoles, no los belgas, que sólo saben de chocolate... y por aquel entonces, ni eso.
   Cuando se marchó, Diego no entendía las caras extrañas de sus compañeros. Amelia trató de hacer un primer abordaje de la cuestión:
   - Él era nuestro jefe, en 2015. Y en esta versión, pues... Pues fue ella quien entró en el Ministerio y no su esposo, ¿verdad?
   Julián seguía en estado de shock:
   - Esto es muy fuerte -alcanzó a decir-. Que te ha tirado los trastos Angustias, tío...
(CONTINUARÁ...)

26 mayo 2015

MdT: Un acto de locura (VI)

 CAP.I | CAP.II CAP.III | INTERLUDIO CAP.IV | CAP.V | CAP.VI | CAP.VII

    Eran tres. Dos rodeaban a Amelia, impidiéndole salir de la posada. El tercero intentaba cortarle el paso a Julián.
   "Sólo hay una cosa que odie más que ver un caradura molestando a una chica en mis narices" pensó el enfermero con fastidio: "¡varios, de uniforme y borrachos! Y las peleas no son lo mío..."
   En fin, no estaba allí Alonso para salvarles la papeleta y ya era tarde para huir. Así que Julián hizo lo único que podía: luchar sucio. Lo cual sólo había hecho dos o tres veces en su vida, pero tendría que servir. Empezó con un cabezazo bien dirigido al tabique nasal: ¡un francés menos!
   "Al menos, tiene alguna ventaja que estén borrachos", se consoló Amelia, consiguiendo encajar una patada en la entrepierna del más torpe de sus acosadores. Pero el tercer soldado, un enorme granadero, parecía más resistente al alcohol: esquivó el silletazo de Julián (que había quedado algo aturdido por su propio cabezazo, al fin y al cabo), derribó al enfermero de un buen gancho e hizo presa en la joven.
   "Y pensar que nos hemos metido en esta posada para no llamar la atención por los disparos de antes", suspiró Amelia con fastidio. Estaba a punto de sacar el revólver, cuando algo cruzó ante su vista como una exhalación. De pronto, el francés había desaparecido de su campo visual.
   -¿Qué ha sido eso...?
   -¿Está bien, señorita? -se interesó uno de los dos enormes camareros que habían acudido en su auxilio; parecía dolorido por el tremendo puñetazo que acababa de asestar-. Soy José Muñiz. Éste es mi hermano Miguel, y éste nuestro jefe...
   -José Fernández Villaamil. Disculpe esto -se excusó el dueño de la posada, de bastante más edad que sus ayudantes-. Hace meses que no paran de venir a Madrid soldados franceses, voluntarios españoles... todos con ganas de gresca. Así no hay manera de llevar un negocio honrado.
   -¿No le darán problemas cuando despierten? -se inquietó Julián, levantándose.
   -No creo. Si están lo bastante sobrios para acordarse de esto, les invitaré a más vino y asunto resuelto. ¿Usted también ha venido a alistarse?
   -Como médico. Soy el doctor Julián Martínez, y ella es mi hermana Amelia, de Barcelona. Debo ir al Hospital General hoy mismo...
   -Pues más vale que se apresure: es casi de noche. Si viene de fuera, supongo que no conocerá el camino. Le acompañará Miguel.
   -Y yo tengo que ir al penal del Viejo Puente de Toledo ahora, sin falta -intervino Amelia-. En cuanto mi hermano y yo reservemos habitaciones.
   Los tres hosteleros enmudecieron de asombro: ¡una mujer, sola, al penal, y casi de noche! No habrían quedado más atónitos si la hubieran visto transformarse en un dragón.
   -A mí también me desagrada -se excusó Amelia-, pero no nos queda otro remedio. Hemos perdido a nuestro sirviente cuando nos ha sorprendido un tumulto, y ése es el único sitio donde no le hemos buscado todavía. Mi hermano no puede retrasarse más; llevan horas esperándole en el hospital.
   -No es bueno ir sola un sitio como... ése. José le acompañará -decidió el jefe, mientras el interpelado asentía con expresión preocupada y algo escandalizada: ¿tan difícil se estaba volviendo conseguir clientes normales?

* * * * * * * * * *
   -Vamos a ver, Mariano, ¿cómo piensas fugarte?
   -Con un truquito de cerrajero -contestó el criollo-. Es mi oficio.
   -¿Y eso funciona en tu país? -Alonso miró las ganzúas con escepticismo. Ni creía que fuesen demasiado efectivas, ni que aquel hombre de rasgos casi europeos fuera realmente originario de Perú-. Esta cerradura es de buen acero toledano...
   -Los españoles, siempre con lo mismo -gruñó su compañero de celda-. Si tan bueno es todo lo vuestro, ¿por qué a la gente de vuestras colonias la tratáis como a inferiores? ¿Sólo por nacer en otro sitio? Nuestra tierra también es de España y paga impuestos, ¿no?
   -No me refería a eso. En fin, ¿tan diferente es el trato?
   -Y la ley. Más de lo que imaginas -gruñó Mariano Córdova-. Es injusto: soy patriota como el que más. De hecho, estoy preso por apoyar al Rey en Aranjuez.

   Alonso le acalló con un gesto. Justo a tiempo: unos pasos se acercaban. Una mujer, a juzgar por la algarabía y los obscenos piropos que salieron de las celdas vecinas. No le sorprendió la presencia de Amelia, pero sí la del desconocido que la acompañaba. ¿Quién era?
   -Cinco minutos. Y ya estoy haciendo mucho, a estas horas -el carcelero dirigió a la joven una sonrisa lasciva-. Me debes una, guapa...
   -Ah, ¿seguro que no prefieres el dinero? -se burló Amelia altivamente.
   El hombre acabó por retirarse, convencido por el sonido de la bolsa. "No falla" sonrió la joven con desdén. "Somos españoles: donde haya dinero, que se quite lo demás".
   -¿Dónde está Julián? -se extrañó Entrerríos.
   -En el hospital, atendiendo a tu "amigo" -Amelia se acercó a los barrotes y tendió dulcemente las manos a Alonso.
   -Llevad a ese hombre al Ministerio y no me esperéis -contestó él, correspondiendo con extrañeza al cariñoso gesto de la joven-. Esa puerta está en bucle... ¿qué te ha pasado en la mano?
   -La puerta, precisamente -la joven continuó estrechando la mano de Alonso con su izquierda; la derecha le molestaba, a pesar del vendaje que había improvisado Julián-. Hubo un incendio. No podemos volver.
   -Calma... vamos a ver -Alonso comenzó a pensar a toda velocidad, con el corazón en un puño-: nos puede ayudar aquel funcionario, Carrasco. Cerca de la Fonda del Oso. Nuestro primer viaje.
   -Sí, ya lo he pensado. Pero hay algo más -Amelia miró a su acompañante y al de Entrerríos, inquieta. Con ellos delante, no podía hablar libremente-. Hay disturbios. Por eso te han traído aquí directamente: están llenos los calabozos de los alguaciles, y el otro penal. Alonso... ten paciencia. Hablaré con Goya. Tiene contactos en la Casa Real. Pero tendrás que esperar aquí un par de días.
   -¿Cómo puedes decir eso...?
   No hubo tiempo de hablar más: el carcelero tiró de los visitantes hacia la salida. Amelia asintió gravemente en dirección a Alonso.
   -Sólo es un malentendido. Estarás fuera en dos días.
   Era imposible. Entrerríos sabía que ni siquiera Goya podría liberarle tan fácilmente: había disparado a un hombre a sangre fría, y delante de testigos. La frase de Amelia tenía que significar, en realidad, otra cosa.
   "Una orden encubierta", comprendió, estrechando lo que su superior había puesto disimuladamente entre sus manos. Las ganzúas de Irene, nada menos.

* * * * * * * * * *

   -¿El hombre herido en ambas rodillas? ¿Es familiar suyo?
   -Sólo un compañero de viaje -Julián puso su mejor cara de inocencia-. Pero estoy inquieto por él: íbamos a ser compañeros. Pensábamos alistarnos juntos, como voluntarios...
   El cirujano movió la cabeza tristemente.
   -Se puede ir olvidando de combatir. Tardará en andar, y probablemente cojeará toda su vida. Le han destrozado las rótulas. Acompáñeme, por favor.
   El herido estaba consciente, pero no reconoció a Julián; al fin y al cabo, el enfermero había pasado todo su tiempo en Sevilla atendiendo a Goya, y sólo se había cruzado con un sirviente. El del piso superior, el espía que había terminado sus días en la explosión de la ermita.
   Este otro sospechoso debía ser el encargado de vigilar al resto de la patrulla, en el piso inferior: por lo tanto, no conocía a Julián. Había sido un acierto que fuese éste, y no Amelia, el encargado de la visita.
   -¿Es usted enfermero? ¿Puedo irme ya a casa? Mi familia enviará alguien a recogerme...
   -Me temo que no podrá partir esta noche -contestó Julián, una vez el cirujano les dejó a solas-. Órdenes del médico.
   Los ojos del herido reflejaron terror. Era obvio que sabía dónde se había metido, y que deseaba desesperadamente huir por la puerta en bucle. Julián disimuló su repugnancia: aquel hombre había intentado abandonarles a la muerte y poner pies en polvorosa. No quería imaginar con cuánta gente, honrada o no, habría hecho lo mismo.
   En cambio, pensó otra cosa. Bastante retorcida, a decir verdad. No era como para estar orgulloso. Pero era la ocasión ideal: el herido todavía no sabía que su puerta estaba destruida, ni que su compañero de fechorías había ardido con ella.
   -A no ser que... tengo un medicamento experimental. Es increíble lo que puede hacer. No lo tengo permitido, pero si usted se atreve...
   El espía cayó en la trampa y se dejó hacer. Julián le inyectó el pentotal sódico y comenzó el interrogatorio.

* * * * * * * * * *

   -¿Qué? ¿Ese hombre sirve a Leiva? -exclamó Amelia, olvidándose por un momento de mirar a otro lado.
   A Julián no le importó: lo mismo le daba cambiarse de camisa solo que acompañado. Pero ella enrojeció hasta las orejas.
   -Sí, pero no Armando Leiva. Mencionó un nombre extraño: Fidel de Leiva. Puede ser un seudónimo.
   -Sí, tal vez. "Fidel" significa "fiel". El nombre que se pondría un seguidor.
   La joven se aseguró de que su compañero estuviera de espaldas, se quitó el camisón y comenzó a vestirse. Amanecía: el día era frío y gris.
   -Seudónimo o no, sólo sabe que su superior dice llamarse así. Con la droga que le di, no puede mentir.
   El enfermero se estiró con un gemido de satisfacción: ¿cómo no se les había ocurrido antes la excusa de presentarse como hermanos? ¡Una cama para cada uno, en vez del suelo! Sus vértebras lumbares le estaban agradeciendo el descanso. Efusivamente. A cada movimiento.
   -Alonso estará a salvo hoy, si me hace caso -informó la joven-. Goya creo que no participó en los combates, pero vayamos a asegurarnos: vive demasiado cerca de la Puerta del Sol, y allí habrá peligro. Si es que nuestro espía sigue controlado. Debiste haberme contado todo esto anoche.
   -Estabas dormida cuando llegué. No te preocupes, ya hablaremos más con él. No se va a escapar: le di somníferos como para toda la noche y buena parte del día. Sin contar cómo tiene las piernas.
   -Y dices que viene de la misma fecha en la que me hirieron -reflexionó Amelia, frotándose la cicatriz del brazo-. Es como si nos siguieran... ¿por qué?
   -Hay alguien de Leiva que me la tiene jurada -murmuró Julián, pero desechó la idea-. No puede ser: está en el penal del Ministerio.
   -Sí. Le he visto hace poco. Sigue preso -su compañera parecía preocupada-. Tú le metiste allí. ¿No te inquieta...?
   Julián sonrió con resignación.
   -De momento, no podemos hacer más. Ya puestos, ¿no te preocupa lo que nos espera hoy? -dudó un poco antes de continuar-. Y esta noche, ¿no te ha inquietado pasarla a solas con un loco? Sé lo que la gente de tu época opinaba sobre... mi problema.
   Amelia le miró con dulzura. Parecía un poco dolida.
   -¿Cómo puedes pensar eso de mí? Yo no soy como los demás.
   -Amelia... ¿no temes que vuelva a fallarte? Como las otras veces.
   Ella lo volvió a notar, sobresaltada. El brillo inquietante en los ojos de su compañero. ¿Era una amenaza? ¿O era miedo?
   -¿Quieres hablar de eso? -la joven intentó ocultar su aprensión: necesitaba saber más-. Dicen que a veces, hablar hace bien.
   Él asintió. También tenía un nudo en la garganta.
   -Eres mi responsable. Cualquier fallo mío te puede salpicar. Puedes... -no debía decirlo, pero no podía callar más-... acabar mal. Encerrada allí. Por mi culpa.
   Amelia se relajó de golpe: por un momento, se había asustado. Pero lo que acababa de escuchar le iluminó el rostro.
   -Así que vuelves a confiar en mí.
   -¿Yo? Claro que sí... -Julián estaba perplejo-. Eres tú quien no debería...
   Ella le interrumpió con un abrazo. Por fin, sinceridad. Su equipo, unido de nuevo. Así estaba mucho mejor.
   -Tú no estás loco, sino triste. Mucho. Muchísimo. Y lo siento de verdad. Pero sí -le estrechó con cariño-. Nunca tuve hermanos, pero ahora tengo dos. Confío en Alonso. Y sí: confío en ti.
   Él le devolvió el abrazo, sin entender nada: "No soy de fiar" pensó. Pero por un momento, le invadió la más absoluta paz.
   Era paradójico, lo sabía. Pero al fin y al cabo, paz era lo que le hacía falta. En lo que quedaba de día, lo iba a necesitar.

* * * * * * * * * *

   José Muñiz, el mozo de la posada que había acompañado a Amelia al penal la víspera, explicó otra vez la terrible verdad.
   -¡Se ha vuelto loco! Murat, el que dirige a los franceses. ¡Ha ordenado disparar contra la gente! Hombres, mujeres, niños... ¡hay docenas de muertos!
   -¿Dónde? -preguntaron varias voces. A pesar de lo temprano de la hora, la posada estaba llena: la ciudad entera estaba ya en la calle, ávida de noticias.
   -Frente al Palacio Real. Un cerrajero forzó la entrada y descubrió que los franceses iban a llevarse a los infantes: total, no queda nadie más de la familia real. El cerrajero dio la alarma, y un gentilhombre desde los balcones también. Los carruajes estaban todavía vacíos. Algunos paisanos usaron navajas para desenganchar los caballos, ¡pero no creo que quisieran matar a nadie!
   -¿Y los franceses han disparado a la multitud con arcabuces? ¿Cómo han podido...?
   José miró fijamente al que había hecho la pregunta. Era su jefe, rodeado por su hermano Miguel y otros dos ayudantes. Estaban sacando del armario sus propios arcabuces.
   -Con cañones -contestó José, tomando un arma también-. Lo he visto yo mismo. ¡Murat ha ordenado disparar a la gente con cañones!

   La indignación corrió como la pólvora. Los cinco hombres abandonaron su posada, secundados por varios parroquianos. Frente a Correos, esperando noticias de la exiliada familia real, una multitud nerviosa estaba recibiendo voces de alarma similares. Muchos portaban grandes navajas encima, debido al clima de inseguridad constante de los últimos meses; pero el acto de locura de Murat les hizo cambiar de opinión. Se lo tomaron como lo que era: una declaración de guerra en toda la regla. Muchos volvieron a sus domicilios en busca de alguna pistola o algún fusil de caza.

   -Temprano empezamos -gruñó Julián, con el corazón en un puño.
   -Justo a tiempo -señaló Amelia-. ¡Hay que detenerlos!
   Goya, un criado anciano y un joven bien vestido hablaban, por voz y por señas, con otros transeúntes. La ira del joven no era menor que la del impulsivo pintor aragonés. Parecían a punto de unirse a la indignación general. Y eso podría cambiar el curso de la Historia.

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25 mayo 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (11)

   La mirada del joven Abraham Levi pasaba de uno a otro llena de dudas.
   - ¿Por qué?
   - ¿Por qué qué? -respondió Alonso, mientras Amelia comenzaba a jugar con las ganzúas de Irene en la cerradura que bloqueaba las cadenas.
   - ¿Por qué queréis liberarme? ¿Por qué querría alguien sacarme de la cárcel?
   No podían contárselo todo: eso había quedado claro cuando Amelia les comunicó sus sospechas sobre la identidad del prisionero. Pero algo había que decirle.
   - Mirad, rabino... -empezó a decir Julián.
   - Yo no soy rabino. ¡Sólo tengo 23 años!
   - Aun no lo es, pero lo será.
   - Venimos del futuro, como usted -continuó Alonso.
   - Eso sería un engaño muy original. Una estrategia muy aguda por parte del rey, decídselo de mi parte.
   La cerradura por fin cedió: no era particularmente buena, pero estaba algo oxidada.
   - Estamos en 1111 según el cómputo cristiano -dijo Amelia-. Dentro de 24 años nacerá en Córdoba, en pleno imperio almorávide, uno de los mayores sabios de su fe: Moshé Ben Maimon, que morirá en Egipto en 1204. ¿Cómo podría saber eso si no pudiera viajar en el tiempo?
   - Entonces, ¿han encontrado otras puertas? ¿Han resuelto el problema de la precisión en las medidas?
   - No tengo ni idea de qué está hablando -aceptó Julián.
   - Las puertas se construyen con un sistema de alta precisión que incluye cálculos muy complicados -explicó Amelia-. Por eso no pueden abrirse a cualquier fecha en cualquier momento.
   - Está usted muy versada en asuntos cabalísticos para ser una mujer -el judío se frotaba las muñecas liberadas-. En fin, aceptaré su ayuda y les agradeceré que me lleven hasta su puerta.
   - No tenemos puerta.
   - ¿No han viajado aquí desde el futuro?
   - Hemos perdido nuestra puerta.
   - Ah, entiendo. Por eso que me buscaban a mí: ya me parecía mucho desinterés... Verán: ignoro si en el futuro, si es que tengo un futuro, llegaré a perfeccionar el sistema de viajes para poder construir puertas del tiempo con tanta soltura. Pero en mi experiencia, lo que he descubierto hasta ahora asegura que no se pueden abrir puertas hacia adelante, solo hacia atrás. No puedo llevarles a su época.
   - Esa experiencia: decidme, ¿es muy corta? -preguntó Alonso.
   - Extremadamente -respondió Abraham Levi.
   - Este es su primer viaje, ¿verdad? -añadió Julián. El rabino cerró los ojos y asintió-. Llegó aquí por casualidad. ¡Vamos a morir todos!
   - No exageremos -consideró Levi-. Quería llegar a esta fecha concreta y, aunque fue la primera prueba con éxito, acerté. Lo que no sabía es que la salida daba a un fortín como éste, ni que me toparía de bruces con el rey Alfonso en cuando comenzara a bajar las escaleras, ni... -sacudió la cabeza-. En fin, que no puedo abrirles una puerta, pero sí puedo llevarles hasta la mía, si conseguimos llegar a lo alto de la torre. La bloqueé cuando llegué, desajustando una piedra, para que nadie la atravesara por error hacia el futuro. Pero tendríamos que salir de aquí y subir unos cuantos pisos, y creo que hay demasiados soldados para que eso pueda funcionar. Ni siquiera podríamos cruzar ese pasillo -señaló en dirección a la salida de la celda.
   Amelia le hizo un gesto a Alonso, que algo reticente le entregó a Levi la Llave de Ishtar:
  - Déjenos la fuga a nosotros -dijo ella con una sonrisa-. Pero se equivoca en una cosa: sí que va a abrir una puerta...

   Varios meses antes, en el diario personal que tuviese que destruir tras descubrirlo su padre, Amelia Folch había escrito:

"Una puerta normal tiene dos lados: el de dentro y el de fuera. Incluso el hueco que queda al abrir la puerta los tiene; un vacío de dos caras. Las puertas del tiempo son distintas: una puerta del tiempo tiene cuatro lados, los dos que conectan entre épocas separadas son los que resultan evidentes, pero luego están los otros dos, los que normalmente nadie se preocupa por conectar, y que siguen perteneciendo a sus respectivas puertas. Si la entrada de mi cuarto se conviertiera en una puerta de tiempo, cuando mi madre entrase para recordarme que hace semanas que no hablo con las Pons y las Cadafalch, tal vez iría a parar al desfile triunfal de Lucius Minicius Natalius. Pero, ¿qué vería yo desde dentro del cuarto, tumbada en la cama mientras leo la Angélica? La vería ir a entrar y desaparecer. El lado interior no sería una puerta del tiempo. Yo podría salir al pasillo de mi casa con normalidad, pero si intentase entrar de nuevo a mi cuarto, reaparecería con mi madre en la Barcino romana..."


   - ¡Guardias, guardias! -gritaba Julián. Con una pachorra considerable, apareció por la escalera de piedra el vigilante de la mazmorra-. ¡Auxilio! ¡Han desaparecido!
   - ¿Las chinches? Ya me gustaría -respondió el otro, rascándose instintivamente la sien y la entrepierna.
   - ¡No! ¡El marrano! Chasqueó los dedos y se liberó de sus cadenas. Convirtió a mis hermanos en saltamontes y ¡se volatilizó!
   El guardia frunció el ceño con hastío: cada día tenía que oir historias inverosímiles en boca de los prisioneros, que parecía que competían por inventar patrañas. A este visitante probablemente habría que encerrarlo con ellos una temporada. Aunque iba a soltar un exabrupto, se quedó mudo y casi soltó la lanza cuando llegó ante la celda: era muy pequeña, y desde el pasillo se veía perfectamente en toda su extensión. Las cadenas colgaban sueltas, los grilletes abiertos, y un trío de saltamontes bricaba por entre la paja del suelo. Las paredes estaban intactas, ninguna otra celda estaba abierta, no había ninguna salida por aquel lado del pasillo, y en el otro extremo había estado él todo el rato.
   - ¡Brujería! -respondió, poniéndose muy blanco.
   - ¡Brujería! -lo alentó Julián.
   Si hubiera visto las cosas desde dentro de la celda, hubiera contemplado a tres hombres y una mujer apiñados junto una puerta del tiempo que se adentraba en las profundidades de una cueva bajo la antigua Babilonia. Amelia sabía que aquellas puertas podían ser muy inestables, y por eso no se atrevían a alejarse del quicio. Además, cueva adentro se oía a hombres marchando, realizando prácticas militares y hablando en una suerte de algarabía incomprensible. El ejército que Lola Mendieta había reclutado para cambiar la Historia. No podían dejarse ver por ellos.
   Sólo con que al guardia se le ocurriese asomar la cabeza por la celda...
   Pero estaba demasiado ocupado corriendo despavorido pasillo arriba. Al oir los gritos, Diego, Alonso, Amelia y Abraham salieron de nuevo a la celda. Justo a tiempo, porque la puerta del tiempo creada por la llave de Ishtar parpadeó entonces, mostrando intermitente a Julián, y finalmente desapareció.
   - Resulta maravilloso -dijo Abraham Levi-. Pero muy poco fiable. Mis puertas creo que son más seguras.
   - Hablamos luego -apremió Diego, recuperando la tablilla y dándosela a Entrerríos-. Ahora, corramos.
   El camino de ascenso hasta la torre fue tortuoso y lento: Alonso había recordado buena parte del camino para salir de ella, pero ahora tenían que llegar casi hasta su cima, lo que no era lo mismo. La torre tenía muchas otras dependencias, además de las propias de una cárcel: había servidumbre, que no les prestaba atención, pero también nobles leoneses y soldados, a los que había que esquivar. Consiguieron ascender un tramo considerable hasta que, inevitablemente, les dieron el alto:
   - Seguid caminando -dijo Alonso.
   - ¡He dicho alto en nombre del rey! -y oyeron el sonido del acero saliendo de su vaina.
   Alonso se congeló, se dio la vuelta lentamente y sostuvo la mirada al capitán de la guardia real, con un lenguaje corporal inofensivo, las manos paralelas al cuerpo:
   - Os había oído, señor, pero tengo una cita ineludible.
   - ¿Quién sois? No os había visto antes. ¿Y a dónde lleváis al prisionero de Don Alfonso?
   - Creedme que lo siento mucho. Habéis hecho un buen trabajo, soldado -levantó la mano derecha y le disparó una sola vez a la cabeza. El disparo arrancó ecos por los pasillos de la torre, igual que la armadura de gala del capitán al caer de espaldas, inerte.
   El grupo empezó a correr. Un par de guardias les salieron al paso, y Alonso resolvió el encuentro con rapidez y buena puntería. Amelia, preocupada, le llamó la atención:
   - Reserva munición, Alonso, que sólo te quedan dos balas.
   Entrerríos enfundó el arma y desenvainó la espada ropera y la vizcaína en la retaguardia. Diego hizo lo propio con su toledana y fue abriendo paso hacia arriba del torreón. Se había dado la alarma. Derribaron a otros dos guardias leoneses antes de que Abraham exclamara:
   - ¡Esta es la habitación! ¡Aquí está la puerta!
   A estas alturas había voces por toda la torre, los guardias lanzaban voces contradictorias ("¡Se escapa un prisionero!", "¡proteged al rey!", "¡nos atacan los gallegos!") y se oían multitud de pasos en su dirección.
   Entraron en la cámara: era un cuarto alargado, vacío, que rodeaba practicamente todo el perímetro de la torre; una especie de mirador que daba al exterior, con muchas ventanas que tenían los postigos abiertos. Estaban bastante arriba. Levi comenzó a contar las ventanas.
   Desde el puesto de vigía que había por encima de ellos empezaron a bajar soldados. Alonso los contuvo en la puerta, luchando con todas sus fuerzas y dejando cuerpos malheridos o cadáveres por los escalones, pero aunque obstruían el paso, de más abajo seguían subiendo efectivos.
   - Yo los contengo, ¡pero daos prisa, pardiez!
  Abraham eligió una ventana que tenía el quicio mellado. Buscó por el suelo de la habitación hasta dar con una piedra rectangular, una especie de adoquín bermejo, que colocó en el hueco de la ventana. Cerró el postigo y volvió a abrirlo: nada. Seguía viéndose la impresionante caída hasta el patio de armas Este.
   - ¿Qué pasa? ¿Por qué no funciona? -se preocupó Julián.
   Levi estaba muy nervioso, no atinaba a comprender lo que ocurría.
   - ¡Por Dios!, ¿queréis correr? -les azuzó Alonso, a quien se le amontonaba el trabajo. Diego se puso a su vera, tratando de ayudarle, pero la puerta era bastante estrecha y no permitía demasiados lujos.
   Amelia respiraba agitadamente. La puerta del tiempo ya estaba completa, pero no podía abrirse de vuelta al siglo XV. Levi había puesto en su sitio la piedra. ¿Qué fallaba? Cogió de nuevo la piedra y la giró en sus manos: era bastante regular. Tal vez... Volvió a poner la piedra en su sitio, cerró los postigos a toda prisa y abrió la ventana de golpe: en vez del cielo azul de León, lo que aparecía detrás era una negrura impenetrable.
   - ¡Ya está!
   Se giró hacia Alonso. Le habían herido en el costado y había retrocedido un paso, sólo un paso, pero suficiente para que tres guardias se metieran en la habitación. Diego y él los contenían, luchando como jabatos, pero tras esos tres había más, cuyo empuje los iba a dejar entrar en cualquier momento.
   - ¡Marchaos! -gritó Alonso.
   - ¡Corre Alonso, ya está abierta! -Julián estaba ayudando a Abraham a cruzar al otro lado.
   Entrerríos se dirigió a Diego Rodríguez, hijo del Cid, de camarada a camarada:
   - Alguien tiene que romper la puerta para que estos no viajen al futuro.
   - Eso está claro.
   - ¡Alonso! -gritó Amelia desde la ventana.
   - Cueste lo que cueste -derribó a un guardia y otro ocupó su lugar.
   - Cueste lo que cueste. Me gusta saber que estamos de acuerdo -afirmó Alonso con una convicción rayana en lo fanático-. No es vuestra Patrulla.
   - No lo es -dijo Diego, entendiendo lo que pretendía Alonso y sintiendo que sería inútil oponerse a la decisión de aquel hombre formidable-. Pero la cuidaré como si lo fuera. 
   - ¡Alonso, es una orden!
   Diego le cortó un brazo a un guardia y se giró sin volver a mirar atrás. Amelia pateó y le golpeó la espalda cuando el hijo del Cid se la cargó al hombro y cruzó la ventana del tiempo. Alonso sonrió feroz como un lobo, y los hombres que tenía delante se asustaron de repente. La carnicería a su alrededor era insostenible, pronto se darían cuenta de que ellos eran una docena y que él estaba solo; pero aquel instante fue todo lo que necesitó. Se dio la vuelta, corrió como una centella hacia la ventana del tiempo, soltando por el camino la vizcaína, y arrancó la piedra suelta que habían colocado Levi y Folch. Desde la oscuridad escuchó aún una última vez la voz de Amelia, desgarrada, aullando su nombre:
   - ¡Alons...! -incompleta, la oscuridad de la ventana del tiempo se convirtió de repente en la vista del cielo leonés de 1111. Entrerríos lanzó por la ventana el adoquín, que cayó aquella veintena de metros y estalló en mil pedazos en el patio.
   Se giró: estaba completamente rodeado por picas, lanzas y espadas que apuntaban hacia su cuerpo, por soldados que tenían más miedo que él. Sonrió una vez más y dedicó un último pensamiento a su Blanca y a su Alonsillo. Cuentan que su último bramido hizo temblar hasta la última piedra de la torre, y que aún hoy puede oírse en las noches de tormenta:
   - ¡POR SANTIAGO Y POR ESPAÑA!
(CONTINUARÁ...)