11 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (II)

Gandesa, 28 de enero de 1956
   A Juan Perucho le gustaba pasear por las calles de las poblaciones en las que ejercía como juez: en su primer destino, La Granadella, salía cada noche a dar una vuelta por las callejas oscuras, hasta que topaba con los campos que anunciaban el fin de la población; después en Bañolas había hecho algo parecido, aunque el aire húmedo junto al lago no siempre era tan apetecible. El contraste ahora era soberbio: aunque el Ebro andaba cerca, los campos de Gandesa se le habían antojado siempre un secano árido y polvoriento. Se cruzó y saludó a algunos campesinos que araban campos en los que se veían las marcas de bombardeos recientes, e incluso alguno rodeaba sin más miedo que cuidado el pequeño cráter de una bomba que no había estallado. No era más suicida (se decía el juez) que el hecho mismo de trabajar aquella tierra, en la que sólo el tomillo crecía con facilidad...
   - "Trista flor de desembre en el vent arrelada, nodrida per la sang de tants morts..." 

   Salió de pronto de su cavilaciones poéticas cuando le golpeó el silencio, como un mazazo. Los tempraneros insectos se habían callado todos de golpe. Después de esa constatación auditiva llegó otra, incluso más evidente y visual: estaba frente a las puertas de madera de Can Alvarado.

   - A Maria! -saludó para hacer anunciar su llegada.
   No se veía a nadie por la entrada de la casa. La masía se encontraba ligeramente retrepada en las primeras estribaciones de la sierra: en dos meses los mozos subirían hasta el nevero que tenían allí arriba para cortar la nieve con palas, si es que aún les quedaban algunasen buen estado, y prensarla hasta convertirla en bloques de hielo. Pero aún era demasiado pronto: tampoco allí arriba se veía a nadie, y el frío viento que soplaba desde el norte le quitó las ganas de seguir explorando, y se metió en la casa.
   - A Maria! -repitió al traspasar el umbral.
   - Som dintre -respondió una potente voz femenina desde algún lugar a su izquierda. Siguiendo aquella voz pronto llegó a la cocina, llena de utensilios algo toscos pero bien ordenados, pero vacía. Ya que era la  alternativa más lógica, y para no sufrir la vergüenza personal de meterse en una alacena, pasó por la única puerta que vio abierta.

   Y ahí estaba Paco, Francisco Alvarado, tendido en medio de una cámara circular de techo bajo rodeado por un par de candelabros. Muerto y velado: junto a él estaba sentada su viuda Manuela, pequeña, nudosa y arrugada antes de tiempo, vestida de negro de pies a cabeza, que se levantó de la silla de mimbre al ver entrar al juez para saludarlo afectuosamente:
   - Lamento no haber podido venir antes, Manuela. El secretario se atolondró con la noticia y no lo he sabido hasta ahora.
   - No se preocupe, don Juan, que ya me hago cargo. Así, ¿se encuentra mejor Matías?
   - I ca! Del tifus se sale con vida, míreme a mí, pero aún le queda fiebre que pasar. Y Matías no se hubiera olvidado de algo así: es don Luis, su hermano, que ya se sabe que se distrae con el vuelo de una mosca -el juez se volvió entonces hacia los otros tres individuos presentes-. Caballeros, señorita.
   - Don Juan -le respondió Alonso de Entrerríos, mientras Amelia y Enrique saludaban con la cabeza.
   - ¿Todavía no han encontrado a su pajarillo?
   Amelia le dió un muy suave codazo a don Enrique:
   - Me temo que la aurea picuda aún se nos escapa, pero seguimos con esperanza.
   - Hoy hemos preferido hacer un poco de compañía a la señora Manuela -completó Alonso, con gravedad.
   Hacía una semana que los agentes del Ministerio habían llegado a 1956: habían alquilado unas habitaciones en la cercana granja de la familia Gaig, con la pretensión de que don Enrique era un ornitólogo de la Universidad de Valencia, Amelia su ayudante y Alonso un experto cazador, todo ellos a la busca y captura de una especie aviar rarísima y decididamente esquiva. Era una historia falsa que les permitía campar a sus anchas por las inmediaciones de Can Alvarado, hablar con todo el mundo y no levantar sospechas. En aquellos siete días habían conocido a las fuerzas vivas, desde el alcalde don José Alcoverro hasta don Manuel Ocaña, el notario, y por supuesto al distinguido juez don Juan Perucho, "un hombre de paz como no hay dos, y además poeta y literato de los buenos", como se lo había presentado el regidor. Y también al finado antes de su inoportuna muerte: un hombre adusto, cabezota, recto y duro como el pedernal, aquel Francisco Alvarado.
   Siguiendo las instrucciones, la Patrulla se había comprometido a no impedir la muerte del labrador ni detener a su asesino (que días después tenía que cumplir crimenes similares en Barcelona), pero la noche que iba del 26 al 27 de enero se habían apostado alrededor de la casa con la intención de descubrir su identidad. Ni siquiera con la ayuda de la luna llena y un cielo absolutamente despejado vieron a nadie entrar o salir de la masía, pero sí que oyeron gritos: Alvarado parecía estar increpando a alguien con todas sus fuerzas. Llegaron tarde, y sin dejarse ver ellos tampoco, observaron como doña Manuela encontraba el cuerpo sin vida de su marido. De aquello iba a hacer pronto dos días.
   - ¿Lo ha visto ya el doctor Galván? -preguntó el juez a la viuda.
   - Vino, vino, dijo que era un ataque al corazón.-se la veía más cansada que triste. Probablemente llevaba toda la vida haciéndose a la idea de que la muerte les esperaba a la vuelta de la esquina.
   Perucho se puso en cuclillas junto al cuerpo, que seguía vestido con las ropas con las que había muerto. Estaba en muy buen estado: no olía ni presentaba signos de deterioro, apenas unas manchas moradas en la parte de atrás, sobre la que había permanecido apoyado las últimas 36 horas. El juez acercó su cara a la del difunto. Le habían cerrado los ojos, pero el gesto de la cara se había quedado petrificado en una mueca horrorosa, tal vez un grito, o una expresión de furia o quizás de miedo. Las velas danzantes le arrancaban sombras aún más terribles del rostro, como si aún se estuviera retorciendo
   - He intentado cambiarle la expresión, pero no hemos podido -dijo Manuela, por primera vez con un deje de angustia-. Se le ha quedado así, al pobre. ¡Qué gritos pegaba!
   - Voto a bríos que sí -susurró Alonso.
   - Habéis hecho bien en traerlo aquí al fresco -respondió Perucho sin oír a Entrerríos-. ¿Qué cenó anoche?
   - Sopa de cardo le hice.
   El juez continuó entonces con un inesperado:
   - ¿Tienes cucharas, Manuela?
   - Sí... claro... -repuso ella, aturdida.
   - Voy yo a buscar una -repuso Amelia, notando que el juez tenía en mente.
   - Gracias -dijo éste cuando se la trajo. La acercó con sumo cuidado a la boca del difunto y se la pasó por la comisura de los labios-. Luz, luz por favor -Alonso acercó uno de los candelabros.
   - ¿Qué es eso? -preguntó Amelia, junto a ellos. En la cuchara había pequeños restos resecos de saliva y piel junto a otra cosa, un polvillo algo más grueso y de forma ligeramente almendrada.
   - Desde luego -respondió Perucho, mirándoles a los ojos-, no es un trozo de cardo. Manuela, tengo que pedirte un favor. Los gritos, tienes que recordar los gritos.
   - ¡Qué gritos pegaba! -repitió ella. En el rato que llevaban allí, la Patrulla se lo había oído lamentar unas cuantas veces. Ellos mismos los habían oído con claridad...
   - Primero eran como insultos: "maria bruta, mal te caigue...".
   - ¿Y luego?
   Luego vinieron unos gritos aterradores, desgarrados, más desordenados, que parecían provenir a la vez de un hombre furioso y de una garganta...:
   - ...que no fuese del todo humana.
   - Pero, ¿se entendía algo, Manuela?
   - Se entendía... pero no.
   - ¿Cómo?
   - Vaiga! Se entendía, pero no significaba nada -y pese a todo, a ella misma le costaba atreverse a repetirlas.
   - Por favor, Manuela, puede ser importante. ¿Que es lo último que le oíste decir a tu Paco?
   - Yo bajaba las escaleras y le oía imprecando, y entonces cambió. Cambió, pero no tenía sentido.
   - ¡Manuela!
   Los labios de Amelia, Alonso y Enrique habían empezado a formar, casi inconscientemente, la forma de aquellas palabras que siguieron. Aquellas palabras extrañas y abruptas, inconexas, que les habían helado la sangre.
    - "¡Ia!", dijo, "¡ia! ¡Ia, Yogsotot!".

(CONTINUARÁ...)

08 febrero 2016

MdT: Un acto de venganza (IV)


Prólogo Cap.I | Cap.II | Cap.III | Cap.IV


   (Galeón de Gil Pérez, 2 de Marzo de 1589, 21:54
   Operación “Luna de Sangre”)
  
   La luz de la Luna llena inundaba el galeón apresado; tanto, que resultaban casi innecesarias las lámparas de aceite, distribuidas a intervalos regulares. Una de ellas se extinguió sin que nadie reparara en ello. Después otra; y otra...
   Unos pasos hicieron crujir la cubierta: cuatro sombras, dos a proa y dos a popa, realizaban su acostumbrada ronda nocturna. Otros dos guardias ingleses flanqueaban las puertas del camarote principal. Seis enemigos, en total.
   El veterano Alonso de Entrerríos apagó una última lámpara y se agazapó en el oscuro umbral del castillo de popa, intentando calcular la posición del enemigo. Una vez más, maldijo para sus adentros el imperceptible balanceo del barco: aquella falsa inmovilidad le desorientaba.
   Entonces lo vio.
   Un velo ensombreció parcialmente la Luna, haciéndola palidecer. El barco comenzó a sumirse en las sombras, lentamente, minuto a minuto...
  
   -El eclipse, a la hora predicha -le sorprendió un susurro a su espalda-. El brujo inglés tenía razón.
   El veterano estuvo a punto de atacar instintivamente; pero se detuvo al distinguir la borrosa mancha de una camisa blanca en la oscuridad. "Encamisada", la indumentaria convenida para el asalto nocturno; era uno de los suyos.
   -Ya he apagado las de mi lado -susurró el muchacho-. ¿Y vos?
   -Está hecho -asintió el veterano agente del Ministerio, mirando a su hijo con repentina inquietud: la operación sería arriesgada-. Estáis a tiempo de echaros atrás. Puedo hacerlo solo. Tardaré más, pero...
   -¿Es una chanza, don Diego? -el joven Alonso tuvo que hacer un esfuerzo para contener una risita burlona-. No hay más tiempo: es menester aprovechar esta oscuridad. Si tenéis miedo...
   Una mano de hierro atenazó el hombro del muchacho, sobresaltándole.
   -Sólo temo a una cosa: a los novatos -susurró severamente el veterano-. El Tercio sólo permite las "encamisadas" a "soldados viejos". Son operaciones de comando, de máximo sigilo y máximo riesgo.
   -¿“Comando“? ¿“Máximo riesgo“? Habláis como Julián, no como alguien de mi tiempo... -el ofendido joven le miró con aire de sospecha-. ¿Quién sois realmente?
  
   El padre echó una última ojeada a la luna: el eclipse la había oscurecido por completo, tornándola de un sangriento rojo oscuro. Los centinelas de Drake la miraron con terror supersticioso.
   Entonces se hizo la oscuridad. La superstición de los ingleses dio paso al terror, al comprobar que alguien había apagado las lámparas. Al instante chispearon varios eslabones: los enemigos estaban intentando frenéticamente volver a encender las luces.
   -Ahora os mostraré quién soy -susurró el veterano agente del Ministerio; no había tiempo que perder-. Y vos también podréis demostrarlo. Nadie de vuestra edad ha tenido jamás un honor como éste.
   -No os fallaré -prometió el muchacho, comprendiendo hasta qué punto estaba confiando "Alatriste" en él-. Ni a vos ni a mis compañeros.
   Los dos soldados estudiaron a los enemigos más próximos y sonrieron con idéntica fiereza, aprestando sus armas con sigilo. Estaban en inferioridad numérica. Sólo uno de ellos estaba bien entrenado en operaciones de comando. Pero había llegado la hora de la venganza.
  
   * * * * * * * * * *
  


   (Palacio de Westminster, dos días antes)
  
   Soñó con aquel velo antes de verlo; nunca supo por qué. Ensombreciendo la Luna, con una lividez enfermiza que le revolvió el estómago...pero no: en realidad se trataba de un rostro humano, semioculto tras una tenue gasa negra.
   Julián trató enfocar la dolorida vista: había una mujer junto a su cabecera, con el rostro velado y vestida de negro de pies a cabeza.
   - Sólo os falta la guadaña -intentó bromear el enfermero-. ¿Quién sois?
   La sombría figura dejó un objeto sobre la mesilla de noche y se escabulló apresuradamente, sin pronunciar palabra. Julián intentó levantarse para seguirla, pero le detuvo un lacerante dolor en las sienes.
   - ¡Esperad! ¿Qué significa esto? -de pronto recordó en qué país se encontraba y cambió de idioma-. Wait! What does this mean?
   - ¡Calmaos, Julián! -le interrumpió una voz grave, mientras alguien le sacudía con suavidad.
   Julián despertó, sorprendido: ¿todo había sido un sueño?
   Miró a su alrededor: se encontraba en una estancia bastante más lujosa que una posada, al menos en comparación con lo que estaba acostumbrado a ver en el siglo... ¿dieciséis? La luz entraba a raudales por la ventana, provocándole un dolor de cabeza intenso. En las fosas nasales notaba un persistente olor a cloroformo. Intentó rememorar lo sucedido la noche anterior: John Dee, el brujo de la reina de Inglaterra. Espiritismo. Opio. Mentiras. Y después...
   - ¡Esa mujer...! -recordó Julián, intentando sacudirse la confusión de encima.
   - ¿Amelia? No me extraña que os disguste verla -gruñó Entrerríos, dirigiendo a la joven una mirada de reproche-. Teniendo en cuenta lo que ella os ha obligado a hacer...
   - No había otra opción -fue la fría respuesta de su superior-. Tenía que aceptar aquel brebaje para ganarse la confianza de John Dee.
   - ¡Estuvisteis a punto de hacerle envenenar! -estalló el militar-. Julián, vuestra obediencia os honra, pero hay órdenes que no deben obedecerse. Lo aprendí cuando un superior mandó a todos mis hombres a la tumba, y a mí a la horca...
   - ¿Podéis callar un momento? - gimió el enfermero-. Tengo una resaca monumental. Y no, Alonso; no lo hice por ella. Lo hice por él.
   Sus dos acompañantes le miraron, desconcertados.
   - ¿Por quíén...?
   - ¿Quién va a ser? -se impacientó Julián, malhumorado a causa del dolor de cabeza-. Nuestro compañero. ¿Sigue en la Torre de Londres?
   - Tranquilo; lo conseguiste - la mujer sonrió cálidamente. El enfermero tal vez fuera desobediente y excéntrico; pero tenía valor, a su manera. Y lealtad -. Engañaste bien a Dee.
   - Ya ha pedido que trasladen a Gil Pérez al galeón -asintió Alonso-. Será pronto: el 2 de Marzo.
   - Un momento... -Amelia señaló la mesilla de noche-. Julián, ¿de dónde has sacado esto?
   En la mesita descansaba un objeto extraño: una cajita de madera lacada. Intrincadas filigranas de orfebrería decoraban la tapa, las bisagras y el contorno de la cerradura.
   - ¿No fue un sueño? -Julián sostuvo la caja, intrigado-. La mujer del velo negro...
   - Yo también la vi, Julián -fue la sorprendente respuesta de Amelia, extrayendo algo de entre sus ropas: una llave de diseño sospechosamente parecido al del cofrecillo-. Me dejó esta llave. La noche que hicimos el truco de espiritismo para engañar a John Dee.
   - Perdona, ¿ahora estamos en una de espías? ¿Alguien nos está dejando mensajitos secretos?
   - La cuestión es: ¿quién? -gruñó Entrerríos, impacientándose-. Obedecer a Amelia, pase; pero ¿por qué tenemos que hacer caso a más mujeres? ¿Dónde se ha visto tamaño disparate?
   La pregunta fue lo de menos; porque el contenido del cofrecillo hizo maldecir con indignación, tanto a Alonso como a la normalmente refinada Amelia Folch.

   * * * * * * * * * *
  

   Mientras tanto, el joven Alonso de Entrerríos montaba guardia en el exterior de la alcoba de Julián, pensativo.
   Estaba seguro: le seguían. No a todo el grupo, sino a él.
   No tuvo la absoluta certeza hasta que Amelia y “Diego Alatriste” hubieron entrado en el dormitorio de su convaleciente compañero. Unos pasos amortiguados, una sombra más oscura que el resto; nada realmente sólido. Si no hubiera sido por una mirada de asentimiento de “Alatriste”, habría pensado que sólo se trataba de un producto de su imaginación.
   Pero una vez a solas, algo cambió. El eco de los pasos se hizo evidente; no había duda.
   - Halt! -ordenó. Por un segundo había visto claramente una mujer observándole, entre las sombras. Al otro extremo del pasillo. Ropas negras, rostro velado; pero al instante la vio desaparecer tras un recodo del sombrío corredor.
   “Me lo esperaba” reflexionó con sarcasmo, lanzándose tras ella. “¿Habrá algún espía que haga caso cuando le dan el alto? En fin, sólo es una mujer. Tiene más que temer ella que yo...”
   El cañón de una pistola, al volver el recodo del pasillo, le hizo tragarse sus palabras.
   - Silencio -ordenó una voz grave pero femenina, en perfecto español. La desconocida señaló una dirección con el arma y volvió a apuntarle-. Sígueme.
   - No sigo órdenes de mujeres -la desafió con altanería-. No seréis capaz de disparar.
   Un zumbido seco y un lacerante dolor en la oreja le descubrieron su error. El joven contuvo un gemido y se enjugó la sangre con la manga, incrédulo.
   - ¿Por qué no ha sonado el disparo? ¿Y por qué yo, y no los otros?
   - Veo que hacéis las preguntas correctas; os he elegido bien -la voz sonaba grave, adulta, autoritaria. Había cierto deje de amargura en el fondo de aquella la risa irónica. La mujer señaló un extraño tubo largo, insertado en el extremo de aquel arcabuz diminuto, y explicó-: silenciador. Ahora seguidme.
   - ¿Obedecer a una mujer? ¿Dónde se ha visto tal cosa?
   La desconocida volvió a apuntarle con la pistola. Esta vez, entre ceja y ceja.
   - Siglo XXI. Venid si queréis más respuestas.
  
   * * * * * * * * * *

   Obedecer a una mujer. En el Siglo XVI.
   Era precisamente lo que estaba sucediendo en aquel mismo instante en la reunión del Estado Mayor, en pleno Palacio de Westminster. Alrededor de un gran mapa, salpicado de lujosas esculturas en miniatura, que representaban naves y unidades militares.
   - Almirante Drake -ordenó la rotunda voz de Isabel I de Inglaterra-: comenzaréis por asaltar los astilleros de Santander y de La Coruña. Después desembarcaréis a nuestro general y al Prior de Crato en Portugal, para preparar el sitio de Lisboa.
   - Sí, Majestad -fue la zalamera respuesta. Francis Drake podía ser el corsario más temido de los siete mares; pero sabía a quién debía su ascensión desde simple pirata hasta mano derecha de la Reina. Aquella mujer sabía apreciar el talento y la mano dura; así que ella merecía su respeto-. De todos modos, dudo que quede en esos astilleros casi nada de la Armada española. Fue destruida...
   - Vamos, Sir Drake: con vuestra Reina no hacen falta disimulos -resopló burlonamente la enérgica monarca-. Sabemos que sobrevivieron dos terceras partes de Armada Invencible; unas ochenta naves. Aunque al mundo entero le hagamos creer que el fracaso español fue total. Nos encargaremos de que eso sea lo que quede escrito en los libros de Historia. Damnatio memoriae.
   - Y será real, Majestad -intervino un noble de alta alcurnia-. Yo mismo encabezaré la expedición en vuestro nombre. Sir Drake arrasará los astilleros antes de que los restos de la Invencible estén reparados. Después...
   - ¡Os prohibimos embarcaros, Lord Essex! -fue la cortante respuesta de la mujer-. Vuestro lugar está aquí, al lado de vuestra Reina. No lo olvidéis.
   “A su sombra, más bien” pensó Essex con rencor, intentando ignorar las risitas de sorna de la Corte; para ellos no era más que el amante de Isabel I. Un simple mozo de compañía. Él, un noble curtido en la batalla, capaz de ganar el trono por su propia mano si hubiera querido...
  


   - Tengo un plan para vos - sugirió una voz taimada al humillado noble mucho más tarde, una vez terminada la reunión -. Si os atrevéis a dejar de ser un florero y cambiar la Historia, claro está.
   Lord Essex se volvió hacia el insolente: era Francis Drake. ¿Quién si no? Habría respondido agriamente, si no hubiera llamado tanto su atención el arma que el corsario le ofrecía. La examinó con curiosidad.
   - ¿Qué es esto?
   - El futuro - sonrió Drake ferozmente. Señaló al sirviente que le acompañaba, y que lucía una cicatriz que le partía la oreja en dos-. Este criado portugués dice que ha traído más armas como éstas. Un cargamento entero, para poner a nuestro títere Crato en el trono de Portugal.
   - No son arcabuces normales -el noble parecía realmente interesado-. ¿Cómo se llaman?
   - De momento, los he bautizado como mi nave capitana -rió Drake-: “Revenge”.
   Lord Essex miró en todas direcciones y bajó la voz:
   - Tentador, pero tengo prohibido embarcarme. Y las paredes tienen oídos. Vayamos a otro lugar más discreto...
   Los dos ingleses y el portugués se retiraron, ignorando hasta qué punto tenían razon. Habría sido imposible que se percataran de dos presencias furtivas, espiándoles tras un conveniente muro falso: una dama velada y un joven soldado español. Ella ya no esgrimía su pistola del siglo XXI, pero aún ocultaba su rostro; él era nada menos que el hijo de Entrerríos.
   - Así que esto es lo que queríais enseñarme -musitó Alonso. No sabía qué le había impresionado más; contemplar desde su escondite la reunión del Estado Mayor inglés, o descubrir armas del futuro en manos de Essex y Drake.
   - ¿Os alegráis ahora de haberme acompañado? -susurró la mujer velada, burlonamente -. Ha terminado el espectáculo. Sabéis lo que significa ese nombre: “Revenge”. ¿Verdad?
   El joven Alonso asintió:
   - “Venganza”.     

   * * * * * * * * * *
  
   El veterano Alonso “Alatriste” soltó un juramento al examinar el contenido de la misteriosa caja:
   - ¡Estas armas son...!
   - Del futuro -asintió Julián, examinando las fotografías que había en el cofrecillo: pequeñas, casi cuadradas, con un grueso marco asimétrico de plástico blanco. Casi todas las imágenes mostraban hombres armados-. Tuve una cámara de éstas, no hace mucho. Polaroid -su mirada se ensombreció un instante, recordando el día que se la regaló a Maite; el día de su primer beso-. En 1996.
   - No sólo eso -repuso Amelia, señalando una de las fotografías- Mirad lo que hay en esta imagen.
   - Un barco llamado “Revenge” -Julián se encogió de hombros, con triste indiferencia-. No me suena. Y el hombre que hay delante, tampoco. Me acordaría de esa oreja partida.
   - Yo sí. ¡Es uno de los rufianes de Leiva! - rugió Entrerríos, indignado-. ¡Nunca olvidaré aquel día!
   - Quizá lo olvidemos pronto -murmuró Amelia, más bien para sí misma-. O más bien, quizá nunca llegue a suceder. Ni el día de la revolución de Leiva, ni mi siglo, ni el de Julián...
   - No jodas, Amelia: ¡eso no tiene sentido!
   - Están reclutando una gigantesca Armada. Como si fuera una Invencible, pero inglesa. Si los de Leiva les entregan más armas del futuro, como la de estas fotografías... -la mente de Amelia ya había comenzado a calcular todas las posibilidades, como si estuviera ante un colosal tablero de ajedrez. Comenzaba a urdir un complicado plan, en varias fases -. Imagínalo, Julián: el Imperio Británico, pero siglos antes de tiempo.
   - A costa del nuestro, ¿no? -gruñó Alonso “Alatriste”, con creciente furia.
   - Espera, espera: si cambia ahora algo tan gordo, ¿qué pasará con los que nacimos desp...? -a Julián se le atragantó la frase y estalló-: ¡Como cuando el viejo Biff robó el Delorean y jodió la Historia!
   - ¿Delorean? ¡Hablad en cristiano, pardiez!
   - El fin de nuestro Siglo de Oro antes de tiempo, Alonso -resumió Amelia, muy pálida. Después se dirigió a Julián-: Y tal vez de todo lo que venga después, sí. De todo lo que tú y yo conocemos.  

   * * * * * * * * * *
  
   (Fase 1: Operación “Torre de Londres”
   2 de Marzo de 1589, 17:00)
  
   A la luz moribunda del atardecer, la silueta de la Torre de Londres resultaba aún más sombría de lo habitual. Los seis centinelas, cuyas armaduras exhibían el blasón de la Casa Tudor, presentaron sus armas en un saludo marcial y abrieron las imponentes puertas al ilustre mensajero: John Dee, el tutor y científico de Su Graciosa Majestad. El funcionario, escoltado por cuatro de ellos, se internó en los lóbregos pasillos, que resonaron con los tintineos metálicos de las armaduras. Aquello no era un palacio, sino una prisión: las paredes estaban revestidas de tapices, retratos y antorchas encendidas, pero también armas. Las estrechas ventanas permitían apenas la entrada de la luz del exterior, pero estaban estudiadas para no dar cabida a ningún intento de fuga. Aquel lugar era inexpugnable.
   John Dee no pudo evitar recordar, con un escalofrío, lo cerca que había estado él mismo de acabar encerrado allí: cuando Felipe II de España se casó con María de Inglaterra y trajo la Inquisición a aquellas tierras. Habían sido malos tiempos para un “brujo” como Dee.
   “Pero ahora todo es diferente” recordó con satisfacción. “Mi alumna Isabel es la nueva reina, los perseguidos son los católicos y los centinelas saludan a mi paso”.
   Exhibió sus credenciales ante los sucesivos puestos de guardia que dividían cada nivel de la Torre, algo hastiado por las férreas medidas de seguridad, hasta llegar a una última puerta. Tras ella se reveló una escena totalmente distinta: un hombre de avanzada edad y porte noble, leyendo tranquilamente en un sillón, junto a un buen fuego.
  
   -Ha llegado la hora, maese Gil -anunció en latín al prisionero; en su reverencia había cierto aire de disculpa.
   -Me alegra veros, señor Dee -saludó Gil Pérez en el mismo idioma, poniéndose en pie; el matemático inglés le resultaba bastante menos desagradable que la alternativa-. Esperaba a Drake. Es una gentileza que hayáis venido en su lugar. No todo el mundo está dispuesto a traer este tipo de noticias.
   John Dee miró al prisionero con estudiada amabilidad. Le interesaba tenerlo de su parte.
   -Tal vez no sean tan malas nuevas -su mirada parecía casi comprensiva-. De momento, sólo vamos a tener una larga conversación a bordo de vuestra nave; podríamos colaborar. Éste podría ser el principio...
   -De una gran amistad, como en Casablanca -la broma desorientó tanto al inglés, que Gil Pérez casi tuvo que contener una risita burlona-. Lamento decepcionaros, pero no tengo la información que me pedís.
   -¿Y si yo os ayudase a averiguarla? -sugirió Dee, con un guiño cómplice, mientras la escolta se ponía en marcha a una señal suya-. Imaginad que encuentro alguna forma de asistiros para investigar las Puertas del Tiempo...
   Gil Pérez siguió a sus carceleros sin mostrarse impresionado. No era ningún novato. Sabía perfectamente qué tipo de trato le estaban ofreciendo.
   -No lo creo posible. Pero aunque pudiera -su expresión se revistió súbitamente de serena dignidad-, no soy un traidor.
   El prisionero, escoltado por sus captores, abandonó al fin aquella celda que llevaba semanas reteniéndole. Las puertas se cerraron a su espalda con un sonoro golpe, que le hizo evocar el mazazo de un juez al dictar sentencia.
   Una condena que, en el fondo, él mismo acababa de elegir.
   -Soy español, señor Dee -añadió-. Y eso, en estos tiempos, significa que tengo honor.
  
   * * * * * * * * * *
  


   (Fase 2: Operación “Luna de Sangre”
   2 de Marzo de 1589, 18:00)
  
   Otro atardecer. Otro día más de tediosa vigilancia en un barco en el que nunca sucedía nada. Porque, ¿quién iba a querer rescatar un galeón español en pleno corazón de Inglaterra? ¿Quién estaría tan loco como para desafiar a los centinelas del temible Francis Drake?
   Sólo un loco. O un héroe. O ambas cosas.
   Sería impensable que hubiese allí alguien así... y no: de hecho, no había uno.
   Había dos.
   - Se están retrasando -masculló Entrerríos padre, disimulando el hastío. El plan de Amelia había resultado demasiado largo; pero no tenían elección.
   - Sólo tenemos que fingir un poco más, don Diego -replicó su hijo, encantado de que la larga espera llegara a su fin-. Si Dios quiere, el barco pronto será nuestro otra vez. No soporto ver a mis compañeros a dos pasos de mí y no hacer nada por ellos.
   El plan era simple. Ya tenían una copia de las llaves, y llevaban suficiente tiempo ganándose la confianza de los guardianes enemigos. De momento sólo eran dos hombres contra muchos, y el plan no era honorable; pero si jugaban bien sus cartas...
   -Hay un guardia vigilando la bodega; yo me encargaré de él -decidió el joven Alonso, entrando en el campo de visión del guardia y dirigiéndose a él en inglés.
   -Vengo a relevarte -tenía una sonrisa amable en la cara-. Puedes irte a descansar...
   Una vez estuvo cerca del soldado, sacó rápidamente su daga y le rebanó el cuello.
   -... al infierno, perro hereje.
  
   “Diego Alatriste”, mientras tanto, ya estaba descendiendo las escaleras con absoluto sigilo. A aquella hora no debería haber bajado a la cubierta inferior nadie, y lo sabía. De manera que no dio al segundo centinela ninguna oportunidad. El desgraciado cumplía demasiado bien su deber: en el último instante, le vio y estuvo a punto de dar la alarma. Pero Alonso extrajo de su bota una daga que cortó el grito del infortunado al atravesarle la garganta.
   Se sorprendió al descubrir a su hijo pisándole los talones.
   -Sois sigiloso, a fe mía -tuvo que disimular una leve sonrisa de orgullo-. Demasiado para un novato.
   -Estoy aprendiendo a ser espía, como dijisteis. He escondido ese cadáver en un armario, llevamos uno cada uno... y ya es tiempo de que los nuestros tengan su hora de venganza.
   Le devolvió una sonrisa pícara y cogió las llaves que habían llevado a copiar días antes, abriendo la puerta lentamente para que no chirriara. Entró el primero y pudo contemplar a veinte hombres pálidos y tristes, producto del encierro y de no ver el sol. Apretó el puño de su espada, tratando de controlar su furia.

   -Se acabó el estar aquí, languideciendo como cadáveres en un agujero. Es hora de salir, y vengar a nuestros camaradas muertos a manos de esos perros. Hola, Pere, arriba, Antonio; amigos, venimos a sacaros de aquí. Capitán Ordóñez, señor: don Diego Alatriste, aquí presente, nos dirá cómo recuperaremos nuestro barco.

(CONTINUARÁ...)

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05 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (I)

Gandesa, 28 de enero de 1956
   La voz de los insectos, eso era cuanto se oía. Pese al frío imperante, las moscas zumbaban y otras criaturas invisibles, escondidas entre la maleza adormecida, cristalizada al arrope del rocío, vibraban con sonidos aún innominados. Nada más. Hasta que el secretario rompió el silencio con una frase inesperada:
   - ¿Sabe usted que dicen que el nombre del pueblo viene de un idioma más antiguo?
   - Sí -respondió el juez tratando de sacudirse la tenaza del aburrimiento de encima-. Creo que "gand" significaba "refugio" o "castillo".
   - Pero oiga, ¡más antiguo incluso que el latín! Que no se yo si sería arameo o qué hablarían entonces para entenderse.
   - El mundo no empezó con los romanos, Luis, antes de ellos ya había gente en esta Península, como la había en Norteamérica antes de que Colón diese con ella -una chispa de interés prendió entonces la imaginción del juez, dispuesta siempre a embarcarse en aquellas oportunidades cual genovés-. Gentes distintas, con costumbres extrañas y ancestrales. No sólo es que hablaran y pensaran en otro idioma, es que su cultura era totalmente diferente. Podía ocurrir, Luis, que pensaran cosas para nosotros impensables, que adoraran a dioses que habitaban en piedras, o que temieran las nubes con forma de perro.
   A don Luis el secretario le dio la risa:
   - ¡Pero cómo le van a tener miedo a los perros, señor juez!
   - Los perros vienen de los lobos y los chacales. Si fuéramos hacia atrás en el tiempo, lo suficientemente atrás, llegaríamos a un momento en que lo que para nosotros es un amigo fiel, para todos entonces sería una bestia feroz. El mayor enemigo del hombre -a Luis lo de retroceder en el tiempo ya lo había perdido del todo. ¡Si a veces no podía tirar atrás ni para recordar los años que tenía! El juez vio que aquella conversación cabía darla por perdida, y el tedio volvió a hacer presa de él-. ¿No hay un robo, Luis? ¿Ni un triste robo? ¿Ni aunque sea una pelea por tierras? ¡No pido ya un asesinato!
   - Dios no lo quiera -dijo el secretario santiguándose por hábito-. Aunque ahora que lo dice, claro que se ha muerto alguien.
   - ¿Quién? -dijo con algo de incredulidad el juez. 3000 habitantes: ¿había fallecido uno y no le habían dicho nada?
   - Claro, es que se murió anteanoche, cuando usted andaba aún por Barcelona en el premio ese que ganó hace años, lo del medio.
   - El Médium -le corrigió tan automáticamente como el otro se había santiguado. Había tenido que hacerlo tantas veces estos años que ya le salía solo-. Pero, ¿quién se ha muerto, Luis?
   - ¡Ay, sí! Paco Alvarado, el que tenía la alberca compartida con los Gaig.
   - ¿No era muy mayor, no? -preguntó pellizcándose la punta del corto bigote.
   - Que va, si namés tenía 40. Pero ya ve usted, parece que le dio un ataque al corazón fulminante, y se quedó pajarito. Eso dijo el médico.

   Alvarado... Sí, lo recordaba bien: un hombre chaparro y fuerte, que cojeaba desde que había tenido un encontronazo con los soldados que ocupaban las granjas durante la Guerra, con un genio de mil demonios y una hija que iba para monja.

   - Pues creo que iré a hacerles una visita -dijo, levantándose y buscando el sombrero-. A la mujer y a la hija.
   - Sí, aproveche, que aquí no hay nada que hacer hoy, señor Juan.
   Don Luis dijo algunas cosas más, pero el juez no les prestó ya mucha atención: formalidades o recados que se le hubieran olvidado igualmente. Su imaginación había empezado ya a fabular posibilidades: un ataque al corazón de un hombre tan sano como Paco Alvarado sugerían que se había llevado una impresión fuerte. Vamos, que había muerto de cólera o, mejor aún, de un susto. "Corrígete", se dijo. Pero no es que se alegrara por la muerte de aquel hombre, faltaría más. Don Juan Perucho se alegraba por la posibilidad, remota aunque fuera, de que un atisbo de lo extraordinario se hubiera cruzado en su vida.

Madrid, 12 diciembre de 2015
   Angustias entró en el despacho y dejó un papel en la mesa de Salvador:
   - Esta es la partida que nos queda para regalos de Navidad.
   Salvador la miró por encima y se le cayó el alma a los pies:
   - Pero... ¿pero está usted segura?
   - Revisada tres veces. A estas alturas, no queda más.
   - Válgame Dios. Bueno, pues lo primero va a ser anular lo de las cestas que le dije en octubre.
   - Ya lo hice -respondió ella, eficiente como siempre-. Pero algo habrá que hacer con las patrullas y el resto de funcionarios.
   - Claro, claro. Pero con estos márgenes... Encárguese de coordinar con la cafetería un buen chocolate con churros.
   - Como cada año.
   - ¡Sí, Angustias, como cada año! Perdone -la secretaria estaba más que curada de espantos-. Ya pensaré algo que regalar pero, pero... Deme tiempo que piense.
   Angustias se fue hacia la puerta, pero antes de salir se giró y dijo.
   - Estamos a día 12. El tiempo es el que es.
   Salvador hizo una bola con el mísero presupuesto y estuvo a punto de tirársela a la burlona de Angustias, aunque entre su dignidad personal y que ella cerró rápidamente la puerta, se lo pensó dos veces.

   La dignidad estuvo a punto de venirse abajo cuando puerta volvió a abrirse de nuevo, pero Salvador se dió rápidamente cuenta de que no era Angustias sino la Patrulla a la que había convocado:
   - Cierto, les esperaba. Tomen asiento, por favor.
   Ernesto llegó el último, cuando Salvador iba a empezar a hablar. Normalmente hubiera llegado antes que nadie, pero desde la traición de Irene no había acabado de ser el mismo de antes; sin embargo, trataba de recomponerse. En cuanto lo tuvo a su lado, Amelia le preguntó:
   - ¿Se sabe ya cuando va a poder reincoporarse Julián?
   - Todavía no -dijo escuétamente. La mirada algo triste de ella e incluso la pena que leía en los ojos del bravo Alonso tocaban fibras que también él tenía sensibles, y añadió-. Pero es un hombre fuerte, esperamos que acabe reponiéndose en los próximos meses. Su compañía durante los primeros días fue esencial, pero es bueno que pase un tiempo en manos de profesionales.
   Los dos asintieron y giraron la cara, con aire culpable, hacia su derecha, donde presenciaba toda la escena el sustituto temporal de Julián:
   - Sé que no reemplazo a nadie, y tampoco lo pretendo -dijo aquel adusto caballero de espeso mostacho y barba estrecha de un palmo-. Tómenme por quien soy y por lo que puedo aportar a esta Patrulla. Estas últimas veces no nos ha ido del todo mal, ¿verdad?
   El caballero no era otro que Don Enrique Gáspar y Rimbau, diplomático, hombre de mundo y escritor de mediados del siglo XIX al que habían acabado reclutando accidentalmente hacía algunos meses.

   Salvador se armó de paciencia para tolerar aquellas discusiones en su despacho. Generalmente le molestaba que se trataran los asuntos personales justo en aquel lugar de trabajo, pero entendía que debía dar un poco de manga ancha, en ese sentido, a sus mejores agentes. Que pudieran desfogar sus fantasmas y preocupaciones justo antes de una misión no dejaba de ser una manera de empezarla con el ánimo más reconfortado. Alonso de Entrerríos le dio pie para reconducir la cuestión:
   - ¿Para qué se nos requiere esta vez?
   - Se ha detectado un rastro de muertes inesperadas en los años 50 del siglo XX.
   - ¿Asesinatos? -preguntó don Gaspar-. ¿De prohombres?
   - No, y precisamente por eso hemos tardado demasiado en actuar -respondió Ernesto, recuperando su habitual solidez-. Es gente absolutamente normal: un campesino, un bibliotecario y un conductor de tranvía. Diez años después el conductor iba a atropellar por accidente a un importante banquero y el nieto del bibliotecario acabaría por convertirse en un cantante de moda, hará un par de años. Eso es todo.
   - Hemos tomado medidas para remediar estos pequeños desajustes -prosiguió Salvador-, pero tememos que la cosa vaya a más. Irán primero a Gandesa, Tarragona, hasta enero de 1956, cuando se produjo el primer asesinato que hemos podido rastrear hasta ahora. Cuando vuelvan con lo que hayan descubierto, saltarán once semanas hasta mayo del mismo año, que es cuando murieron los otros dos.
   El subsecretario del Ministerio quiso hacer hincapié en el punto más sensible de la cuestión:
   - Es esencial que no intenten evitar esos tres asesinatos que ya tenemos registrados. Deben conseguir todas las pistas que puedan sobre la identidad del asesino para detenerle a partir de que cometa el tercero.
   - ¿Tenemos que dejar morir a tres hombres que no han hecho nada? -preguntó Amelia, escandalizada.
   Salvador fue firme:
  - La Historia ha sufrido una herida pero aún podemos contener la hemorragia. Esos tres hombres ya están muertos, precisamente porque no hemos podido hacer correctamente nuestro trabajo. Espero de ustedes que estén a la altura y sí podamos evitar más muertes innecesarias. Cornejo les espera para ponerlos a la moda.
   Cuando ya se hubieron ido, Ernesto se quedó a hablar un momento con su superior:
   - ¿Esas muertes...?
   - Como he dicho, nos hemos ocupado.
   - Sí, lo sé, yo mismo he enviado a un par de agentes para que rellenen los huecos.
   - ¿Entonces? ¿Tiene problemas de conciencia?
   - No -Ernesto le quitó importancia encogiéndose de hombros-. Ya sabe que no suelo padecer de eso. Si alguien tiene que atropellar al potentado... Pero, ¿y el otro agente?
   - Por trivial que nos parezca, el nieto del bibliotecario debe convertirse en un cantante pop.
   - ¿Y ha hecho un casting?
   - ¡No, por Dios! Aunque creo que la mayoría de nuestros hombres desafinaría menos que ese chaval -Ernesto no acababa de comprender cuál era la misión del segundo agente y Salvador se lo intentó aclarar-. El biblotecario estaba casado, pero murió sin descendencia.
   Tras algunos segundos, Ernesto acabó por comprender. Ya en la puerta del despacho, declaró:
   - Si alguna vez me toca a mí, por favor, envíeme a atropellar banqueros.
(CONTINUARÁ)

MdT2: Previously on Fanfics...

   Saludos ministéricos (y ¡saludos, Ministéricos!):
   Con el capítulo 1 de "Incluso el propio tiempo" doy hoy por inaugurada la segunda "temporada" de mis fanfics de El Ministerio del Tiempo. Y quiero hacerlo agradeciendoos a todos la brutal acogida que han tenido las historias que hemos ido publicando en este blog, y en general el interés que ha habido en crear cuentos sobre esta serie que nos tiene locos. En esta entrada tenéis enlaces a las ya casi 50 narraciones ministéricas que hemos encontrado hasta el día de hoy.

   Aunque las historias que escribo yo y las que escribe Mari Nieves son en esencia independientes, hemos ido intentando colar algunas referencias mínimas entre unas y otras, o por lo menos mantener una mínima continuidad entre ellas, además de con la serie. Por ello os traigo una pequeña guía de lectura cronológica de las mismas, que no necesariamente es el orden en que las publicamos, y su ubicación respecto a la serie de televisión:
  • "Cualquier tiempo pasado fue presente" está pensado que transcurra en algún momento entre el capítulo 1.1 y el 1.3 (es decir: temporada 1, capítulos 1 y 3).
  • "A destiempo" ocurre entre el capítulo 1.3 y 1.4, y "Tempus fugit" (7 partes) le sigue poco después, ya que Alonso sigue teniendo reciente la herida.
  • La acción de "Un acto de honor" (8 partes) de Mari Nieves Gálvez pasa algunos días después del capítulo 1.5 y de la cena con los padres de Amelia.
  • "Tactus (Adagio Ritenuto)" transcurre entre el capítulo 1.7 y el 1.8
  • "Tiempo de paz" (5 partes) sucede poco después y enlaza inmediatamente con "El jardín de los tiempos que se bifurcan" (20 partes).
  • Después del final de la primera temporada televisiva, pero antes del arranque de la segunda, transcurre la saga goyesca "Un acto de locura" (10 partes) de Mari Nieves Gálvez.
  • Y aún después (pero antes de la T2 televisiva), con un Julián ya recuperado pero con Irene aún "de baja", la aventura "Un acto de venganza" (3 partes por ahora) de Mari Nieves Gálvez y Falco X (con prólogo de Nieves, Luis Podadera y Lobo Gris).

   La idea es seguir desarrollando el micro-universo particular de estas primeras historias y algunas de las semillas que hemos ido plantando en ellas. Así que esperad el regreso de Babel, por ejemplo, y de otros elementos que quizás han quedado un poco en segundo plano hasta ahora.
     ¿Qué lugar va a ocupar, entonces, "Incluso el propio tiempo"? En algún momento entre el capítulo 1.8, "La leyenda del tiempo", y los sucesos que describe Mari Nieves en "Un Acto de Locura". Julián está devastado tras el final de temporada, pero la vida y el Ministerio no pueden detenerse.
   Y empieza ya mismo...

03 enero 2016

Star Wars: el despertar de la Fuerza (con pocos spoilers)

   Empecemos por el principio: ¿cuáles son las películas de La Guerra de las Galaxias que más me gustan? Pues de las 7 que llevamos hasta ahora, y por orden descendente de preferencias, yo ordenaría los capítulos como IV-V-I-VII-III-II-VI. Sí, eso quiere decir: "Esperanza"/"Contraataca"/"Amenaza"/"Despertar"/"Sith"/"Clones"/"Retorno", lo que significará que alguien que nos esté leyendo en este momento se plantée seriamente mi cordura y/o retirarme el saludo (probablemente por poner la carrera de vainas y a Jar Jar Binks dentro de mi top 3); pero también que no considero El despertar de la Fuerza una mala película, ni una mala película de Star Wars. Por ahí enmedio anda, así que no debe parecerme ni de lo mejor ni de lo peor que ha habido en la saga galáctica.
   Y continúo: me lo pasé muy bien viendo El despertar de la Fuerza. Especialmente su primera mitad, para ser sinceros. El arranque, Poe Dameron, Finn, Rey, la Primera Orden, Kylo Ren, el delicioso BB-8, incluso la entrada en juego de Han y Chewbie (sí, también ese extraño juego con mafiosos de nombre deplorable, más propios de Serenity -se ha dicho- o de Mystery Men -se ha dicho menos-); por supuesto, Maz Kanata. Hay misterio, hay personajes interesantes y tridimensionales con un viaje personal apasionante, hay emoción y lazos familiares, y el destino de la galaxia en juego, otra vez. Ha pasado una generación, pero todo sigue ahí, listo para redescubrirlo, saludarlo, y seguir adelante, para plantar nuevas semillas y dar vida a todo el universo con una nueva mirada. Cuando El despertar de la Fuerza juega a eso, me interesa y mucho.

   Pero hay decisiones en la película, y también tengo que decirlo, que me parecen fenomenalmente equivocadas. Decisiones en el plano creativo, en el narrativo y en el puramente cinematográfico.
   No me cuela, por ejemplo, que todo el mundo se esté encontrando todo el rato con una facilidad pasmosa. Me lo creo al principio, porque siempre tiene que haber alguna casualidad o razón para que la historia arranque. Ya no me creo que ocurra en el rescate de Rey: en la TV puede funcionar, si las restricciones temporales te obligan a cortar, pero con una cuenta atrás directamente sobre el tapete, no. Y R2 despierta justo, justo en el momento clave.
   No me cuela, visualmente, el asalto y despliegue de los stormtroopers a la luz del día. Hay algo tremendamente "plasticoso" en esa escena, tremendamente amateur. No puedes meter un plano homenaje a Apocalypse Now para luego hacer eso, sin parecer pedante sin causa.
   Ni me cuela la búsqueda de Luke: sí el hecho, no la manera en que se presenta y resuelve. El mapa, especialmente, hace aguas. Es un McGuffin que, por cómo está planteado, debería haberse resuelto mucho antes. La sección del mapa estelar que tienen los héroes debería haber indicado la posición del Maestro Jedi desde la mitad de la película, porque cuando se completa sólo indica el camino que ha seguido, pero el fragmento que llevaba BB-8 ya mostraba el DESTINO de Luke Skywalker.
   ¿Seguimos con los homenajes? Porque tampoco me cuela el efecto Superman Returns de todo el tercer acto de la trama, ese "todo se vuelve a repetir para que te sientas en casa". Y no me vale que El retorno del Jedi también tenga una Estrella de la Muerte: claro que la tiene, pero el planteamiento de la aventura es totalmente distinto. Parece lo mismo, pero it's a trap! Aquí parece distinto pero vas descubriendo que, en realidad, es lo mismo. Incluso con tomas iguales. Repetidas. Calcadas.
   No me cuela demasiado el status de la "rebelión" dentro de la República: ¿rebelados contra quién? ¿No luchan contra la Primera Orden, que no está en el poder? Vale que sean justicieros, luchadores de la libertad, pero, ¿"rebelión"? Aunque incluso eso queda en un segundo plano respecto a la reunión de fanboys que resulta ser la Rebelión cuando todos están analizando los planos del Starkiller: en serio, los personajes de la mayoría de cortos hechos por fans parecen menos fans que estos. No me resultan creíbles ni como analistas ni cómo expertos: lo que parece esa escena es que están diciendo, "eh, es como el episodio IV y el VI. Utilicemos nuestros conocimientos de fans para resolverlo esta vez". Pero en el episodio IV y VI me creía que aquello había sido analizado por expertos, que había una guerra en juego, que las tácticas se habían explorado y calculado.
   Y desde luego no me cuela el concepto de "tentación por el lado luminoso". ¿PERDÓN? Vamos a ver, partamos de un silogismo clásico de la saga: "el lado oscuro no es más poderoso, es más... fácil". El lado oscuro es dejarse llevar por las pasiones, es un camino rápido al poder. ¿A quién demonios le va a tentar el camino difícil? ¿Cómo? ¿Kylo Ren está tentado a sacrificarse por los demás, a dar vida, a curar, a proteger? ¿En qué momento? Lo máximo a lo que está tentado en toda la película es a no matar a su padre. Cualquier otra cosa es una tentación de palabra, no realizada en el film.
   La elección de "Snoke" para el nombre del mentor de Ren merece mención aparte, porque es cutre de narices y más evoca a un gangster de Tarantino que a un maestro del Lado Oscuro, pero apenas hemos tenido tiempo de conocer al personaje. Ya veremos qué y cómo es, realmente, Snoke.

   Son muchos factores que no me acaban de convencer, que me molestaron ya a primera vista y que no necesitaron de una reflexión a posteriori para enturbiar mi disfrute del film: lo enturbiaron desde el primer momento. Me sacaron de la película; una película, por otra parte, fantástica en casi todos sus otros elementos y que tenía muchas ganas de que me encantara.
   Quizás por eso El despertar de la Fuerza ha acabado en mitad de mi clasificación personal de las películas de Star Wars: no es que no me parezca ni de lo mejor ni de lo peor, es que me parece que tiene, a la vez, lo mejor y lo peor de toda la saga.

31 diciembre 2015

¡Arriba el telón! 12 críticas (y van 42) y dos entrevistas

Acabamos 2015 con un buen sabor de boca: aunque he dejado algo de lado los análisis whovians (acabaremos las que quedan de la temporada 9 a lo largo de Enero), he vuelto a ponerme las pilas en el terreno del periodismo cultural, dentro de la web teatral En Platea: han sido un total de 42 espectáculos criticados (aquí los 10 primeros, las 13 siguientes obras y las 7 posteriores) de los que compilo ahora, para cerrar el año, las últimas entregas: drama y comedia, teatro adulto y familiar,  musicales, óperas, conciertos e incluso magia.

Espero haberme acercado a lo que siempre intento: transmitiros mis sensaciones e impresiones más allá de decidir si una obra es buena o mala, sino tratando de comprender si logra sus objetivos y de encontrar a su público ideal. Ponerme en vuestro lugar como espectadores, compartir lo que me apasiona.

Y mi nuevo libro, Broadwayrriors, sobre la historia del teatro musical, está al caer. ¡Arriba el telón!

31. El largo viaje del día hacia la noche: "Cómo un solo día puede liberar todos los fantasmas familiares" (29 de octubre)
32. "¡Ay, Carmela!: amor, orgullo y tragedia" (3 de noviembre) + ENTREVISTA
33. "El Eunuco, teatro clásico y comedia de enredo jugando al musical" (5 de noviembre)
34. "Patufet, un musical familiar para el siglo XXI" (10 de noviembre)
35. La Traviata: "La esencia de Violetta y Alfredo, concentrada en el Teatre Gaudí" (25 de noviembre)
36. Camargate 1.1: "Lo que se dijo en La Camarga: teatro verité" (1 de diciembre)
37. "Cuatro sensaciones sobre 73 raons per deixar-te" (4 de diciembre)
38. Marits i mullers: "Escenas de matrimonios insatisfechos con la felicidad" (14 de diciembre)
39. Ozom: "Un pequeño viaje por la historia reciente de la magia" (15 de diciembre)
40. La màgia de Broadway per Nadal: "Fantástico concierto de la OBC con grandes estrellas del musical" (20 de diciembre)
41. Da Capo: "Adeu, Vol-Ras" (21 de diciembre)
42. "El Gran Llibre Màgic, propuesta familiar a medio gas" (22 de diciembre)

BONUS TRACK: Entrevista a Esperanza Pedreño por su obra "Mi relación con la comida" (3 de diciembre)

El Ministerio del Tiempo will return... in 2016

Ya tenemos aquí el primer trailer completo de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo. Spoilers para quien no quiera saber nada (especialmente quién reaparece o qué grandes personajes históricos se incorporan a la trama), pero muy prometedor por lo que mantiene y por lo que expande...

25 noviembre 2015

Opinión y análisis de "The Woman Who Lived" [spoilers]

Tras una pausa en la que poca tele hemos visto, retomamos ahora la sana costumbre de ver Doctor Who, concretamente la temporada actual (precisemos). Y continuando donde lo dejamos, hoy toca hablar de The Woman Who Lived. No hay demasiada cosa que comentar del episodio, así que combinaremos opinión y análisis en la misma entrada. Juntas pero no revueltas...

El póster de Stuart Manning no sólo sigue siendo impresionante sino totalmente pertinente para la historia. Y, según como se mire, es casi lo mejor del episodio...

OPINIÓN
La premisa es que el Doctor está viajando solo mientras Clara está atendiendo sus asuntos, y se reencuentra, en la Inglaterra del siglo XVII, con la Ashildr a la que hizo inmortal en el episodio anterior. Excepto que ahora se hace llamar Me (una forma de rechazo al control de su identidad por la sociedad) y se dedica a asaltar diligencias.

Por si no lo había dicho antes, lo repito: Maisie Williams me parece una actriz floja, floja. Partiendo de eso: en este capítulo, el director Ed Bazalgette logra sacarle un poquito más de jugo que en el anterior, con el que forma una pareja un tanto esotérica. Si "The Girl Who Died" iba sobre lo que hace funcionar al Doctor y lo que debe respetar para respetarse como Doctor y cómo Señor del Tiempo, "The Woman Who Lived" habla de las consecuencias de sus actos, sí, pero en realidad de los problemas de ser inmortal. Y no es por desmerecer a la guionista Catherine Treggena, pero Neil Gaiman lo explicó bastante mejor en las veintipocas páginas del nº 13 de Sandman, "Men of Good Fortune". Un Hob Gadling, el inmortal de Gaiman, que probablemente haya inspirado al Sam Swift de este episodio.

Pero dejemos de hablar de Gaiman (¿por qué?) y volvamos a "The Woman Who Lived": el marco de la historia es la Inglaterra de los "highwaymen", con Dick Turpin a la cabeza, un "lugar" con componentes tan familiares como el México del Zorro. A nivel formal, el episodio cumple con lo que se espera de esa época: los salteadores, las dobles identidades, los soldados corruptos, los robos, las ejecuciones en la horca... En ese sentido, nada que objetar, y desde luego resulta mejor que el "maiz", los "cascos con cuernos" y las "anguilas" de los vikingos del anterior.

El alienígena del episodio complica un poco las cosas, ya que no acaba de funcionar por sí mismo. Está muy bien realizado y puede dar juego a futuros encuentros con su especie, pero no se le exprime lo suficiente, para mi gusto.

El conjunto acaba resultando soso, en general, con puntuales destellos de interés que sugieren que, como two-parter de la serie clásica, probablemente hubiera resultado mejor. Hay que aplaudir a Bazalgette por su uso de la iluminación natural durante las escenas nocturnas, pero más allá de esos valores formales, me convenció poco, incluso un poco menos que el anterior. Si tuviera que calificarlo de alguna manera, diría que es un buen diálogo o a lo sumo una historia corta disparada innecesariamente al tamaño de un episodio.


ANÁLISIS
El Doctor como sidekick es posiblemente una de las cosas buenas que hay que reconocerle al capítulo, junto al impresentable Sam Swift de Rufus Hound (cómico whovian). Me gusta también que nuestro héroe se mantenga en sus trece y consciente de que Ashildr/Me es responsable de sus acciones, y desde luego no alguien con quien le convenga viajar, exactamente igual que no lo era Lady Christina de Souza ("Planet of the Dead", 2009), otra ladrona que lo era por la adrenalina. Y sigo sin entender qué se le pasó por la cabeza para hacerla inmortal...

Los diarios de Me son un elemento icónico, que evocan por supuesto al propio "Diario de 500/700/900.../2000 años" del Doctor, y que vimos por última vez en el anterior episodio. Y dentro de los planteamientos de la inmortalidad, es muy de recibo que guionistas y protagonista recuerden a Jack Harkness de la breve pero destacada manera que lo hacen.

En la escena en que Swift asalta al Knightmare, el Doctor hace referencia a varias de sus reglas contra las fanfarronadas y el parloteo, que ya expresara vehementemente en "Robots of Sherwood" (2014). Hay también una referencia al futuro incendio de Londres que iniciarán los Terileptils: la historia completa, en el serial "The Visitation" (1982) del Quinto Doctor. Tengo, por cierto, mis dudas de si el cartel de "Se Busca" del Doctor es una silueta del que ahora encarna Peter Capaldi, o tal vez la del Sexto Doctor de Colin Baker...

Respecto a los "companions abandonados en el pasado" que pueden haberle hablado a Ashildr de la TARDIS, los viajes por espacio y la tendencia del Doctor a abandonar a sus compañeros... la verdad es que no se me ocurre ninguno. Todos, incluso Jamie (del siglo XVIII) y Victoria (del XIX), corresponden a fechas posteriores al periodo que ha vivido ella (o en el caso de Katarina, demasiado anterior y sin hueco para hablar con nadie). Como no se refiera a Leonardo DaVinci...

Y ya que lo mencionamos: el hombre-león de esta historia, Leandro, tiene un cierto parecido con los Tharils de "Warrior's Gate" (1981), una raza que no escupía fuego pero sí cruzaba entre mundos. ¿Quizás los Leonianos eran antepasados de los Tharils, antes de la construcción de The Gateway entre el Espacio-E y el Espacio-N?

20 noviembre 2015

Pablo Olivares, presente

Mucho se sigue hablando de "El Ministerio del Tiempo" y de Javier Olivares, raro es el día que no haya una noticia, una reseña, un comentario o una entrevista. Y lo merecen, por muchas razones. Pero hoy es el día de recordar a Pablo Olivares, cocreador de la criatura, que murió a causa del ELA sin ver terminada la primera temporada.

Estoy convencido de que la segunda temporada de esta serie va a ser espléndida, como lo estoy de que, si Pablo siguiera con vida, sería mucho mas genial. De hecho, buena parte de las razones que harán espléndida esta segunda temporada  son Pablo Olivares. Por lo que hacía, por el alma que le ponía y porque su memoria impulsa al equipo a superarse.

Dicen que uno no acaba de morir del todo hasta que dejan de recordarle. En el caso de Pablo no es sólo eso: es que sigue creando...

01 noviembre 2015

MdT: Un acto de venganza (III)


Prólogo Cap.I | Cap.II | Cap.III | Cap.IV


(Corte de Bohemia, 1587)

   El antiquísimo espejo de obsidiana negra, labrado y pulido por alguna ignota civilización precolombina, reflejó de extrañas formas las facciones del hombre a la cambiante luz de las velas; había instantes en los que ni siquiera parecía el reflejo de un rostro humano, sino un espectro de otro mundo. Y en otros momentos, las fantásticas formas se asemejaban a letras; caracteres de un alfabeto extraño.
   -Está escribiendo otra vez -anunció Edward Kelley, anteriormente conocido como Talbott; su pronunciación era defectuosa, a causa de las drogas que le mantenían en trance-: "Ewn gath synne rith nach gaard“.
   -"Puertas al pasado" -tradujo John Dee, poniendo por escrito aquellas palabras-. "En un Imperio donde no se pone nunca el sol".
   Las siguientes palabras del "scryer“ (o "médium“, como daría en llamarse su profesión siglos después) fueron aún más ininteligibles: aparte de aquellos dos hombres, nadie en el mundo habría sido capaz de interpretar la lengua de Enoch. El lenguaje de los espíritus.
   -"En una nave negra. Dando a una galería secreta" -fue la siguiente traducción del astrólogo inglés-. "Docenas de puertas, a muchas épocas" -hizo una pausa para reflexionar-. Todo el tiempo de un país enemigo, en nuestras manos. Si consiguiéramos acceder a ellas...
   -Este espíritu... Uriel... quiere algo más -interrumpió el "scryer", esta vez en inglés.
   -¿De qué se trata?
   El médium pareció dudar:
  -Os ofrece el conocimiento sobre el pasado y el futuro. Pero a cambio, dice que hay un precio.
   -¿Cuál es? -solicitó Dee, sin darle demasiada importancia.
   -No es posible... -el tosco rostro del scryer reflejó un instante de duda y aprensión-. Me pregunto si es un ángel o un demonio. ¿Estamos seguros de con quién acabamos de contactar?
   -Hablad -le urgió el astrólogo.
   Kelley, o Talbott, dudó por última vez. No las tenía todas consigo.
   -Desea... algo impuro. Pero no de vos.
   -Lo acepto igualmente: deseo saber más -Dee se encogió de hombros-. Para estos seres no existe el Tiempo. ¡Pueden revelarnos tantas cosas, de cualquier época...!
   -La tercera Luna del Traidor desentrañará una conspiración -habló el médium, transmitiendo una voz de otro mundo; palabras que sólo él podía oír-. Y la Luna de Sangre traerá la caída del Dragón. Ahora... ahora exige el pago. Os lo advertí: hay un precio.
   -Está bien -se exasperó Dee-. ¿De qué se trata?
   -No es qué, sino quién. Quiere que le entreguéis a alguien -incluso a pesar de la embriaguez provocada por las drogas, Edward dudó un instante: ¿sería aquél el fin de su relación con aquel alquimista? ¿Mataría Dee al mensajero?-. Entregadle a vuestra esposa.


* * * * * * * * * *

(Estuario del Támesis, Febrero de 1589)

   El joven Alonso de Entrerríos, de guardia en la cubierta del galeón capturado, recorrió con la mirada el puerto fluvial y los edificios colindantes. El muelle bullía con el trasiego de los estibadores y el ajetreo de los comercios vecinos. El olor penetrante de la cercana lonja de pescado se entremezclaba con el aroma del pan horneándose en alguna tahona cercana. Le habían dicho que aquélla era una tierra de herejes; pero los campanarios de las iglesias tañían casi como lo habrían hecho en España, dando a la escena un aire curiosamente familiar. Londres era una ciudad enemiga; pero, a pesar suyo, casi comenzaba a gustarle.

   -Todo esto me parece un sueño extraño, maese Diego -comentó a su veterano compañero de patrulla, después de cerciorarse de estar a salvo de oídos indiscretos. Se santiguó al añadir-: Que se pueda viajar en el t... ejem, ya sabéis... parece cosa de brujería.
   La mirada de “Diego Alatriste“ registró desconfiadamente la cubierta, pero no había peligro: a aquella hora estaba desierta. Los corsarios aún estaban abajo, supervisando el aprovisionamiento en las sentinas, y vigilando cualquier movimiento sospechoso entre comerciantes y prisioneros. Rezó para que Julián y Amelia estuviesen siendo lo bastante discretos en su cometido; de momento, no podía hacer nada por ayudarles.
   -A decir verdad, yo todavía me persigno al cruzar esas puertas -confesó, con una mirada de aprensión-. A veces no tengo claro si son obra del Demonio. A mí me salvaron la vida, pero a mi compañero...
   El muchacho le miró con sorpresa:
   -¿El Ministerio os salvó la vida? ¿cómo? -se interesó. Le agradaba hablar con “Alatriste“; no podía explicar por qué, pero había algo en él que le resultaba casi... familiar-.  ¿Y de qué época sois? En Lisboa pensé que erais de la mía, pero sabiendo ahora de cuándo vienen Amelia y Julián...
   Su cabeza era un mar de dudas y confusión. Su breve viaje a lo que, según Gil Pérez, era el futuro, había sido... desconcertante. Hombres y mujeres ataviados de formas distintas y desconocidas. ¡Por Dios, si hasta había visto en los pasillos individuos que parecían diablos vestidos de negro, y con cadenas colgando...!
   -Me reclutaron en 1569 -contestó el veterano al fin, después de un largo instante de duda-. El Ministerio me salvó de una muerte injusta, pero a cambio me exigió el mayor de los secretos. Estoy muerto para todos, sin excepción. Mi antigua vida quedó atrás.
   -Pero... ¿también para vuestra familia? -se inquietó el joven. La torva mirada de su compañero le hizo lamentar sus palabras-. Perdonadme: no contestéis si no queréis. Es sólo que me sorprende vuestra entereza.
   “Diego“ empezaba a notar un nudo en la garganta, y se le estaba haciendo más molesto a cada nueva pregunta. Además, temía descubrirse de un momento a otro: mentir no era su especialidad.
   -Me gustaría, pero no puedo contestar -su voz sonaba extraña, un poco forzada-. Me exigieron silencio. Son las órdenes.
   Carraspeó y apartó la vista para disimular una punzada de tristeza. Diantre, él nunca había sido tan dado a blandenguerías; tal vez se le estaba contagiando algo de aquel loco de Julián....
   -Pero mis compañeros son ahora mi familia -añadió el veterano, recuperando la compostura-. Y eso ahora os incluye: me alegro de trabajar con vos. Parecéis hombre de honor.

   El muchacho sonrió, demasiado halagado para encontrar palabras. La gravedad de su compañero le había llenado de curiosidad, pero no quiso presionarle más. Estaba a punto de cambiar de tema, cuando sucedió algo que hizo que los sentidos de ambos españoles se pusieran alerta: un funcionario inglés, escoltado por dos soldados de Drake, estaba subiendo a bordo.
   Su presencia, por sí sola, no era alarmante; podía ser un simple portador de órdenes. Pero los dos Alonsos contuvieron la respiración cuando, en vez de reunirse en la sentina con los demás oficiales del barco, le vieron encaminarse al castillo de popa. Sólo había un despacho allí atrás, pero era el más importante de todo el galeón:
   El camarote de Gil Pérez.

* * * * * * * * * *

   El científico favorito de Isabel I de Inglaterra cerró su manuscrito y miró fijamente a Julián:
   -Repetid eso -ordenó bruscamente, en un español bastante tosco.
   Amelia fulminó a su compañero con la mirada: ¿cómo había podido traicionar su nacionalidad tan tontamente, precisamente ante un enemigo?
   El enfermero también se estaba reprochando a sí mismo el desliz que acababa de cometer; pero tenía una corazonada. Había algo... diferente, en la mirada de aquel inglés.
   "Demonios, qué más da" se dijo con resignación. "Ya la he cagado con el idioma, de todos modos".
   Julián miró con cautela a su interlocutor y repitió el nombre del documento que tenía ante sí:
   -Creo que... no estoy muy seguro, pero... puede ser el Manuscrito Voynich.
   La situación era demasiado extraña: no sabía qué esperar. Pero, aun así, la respuesta de John Dee fue exactamente la última que se le habría ocurrido:
   -¡Faltan siglos para que reciba ese nombre!
   Amelia y Julián cruzaron una mirada de asombro: ¿aquel enemigo hablaba como si también fuese un viajero del Tiempo?

* * * * * * * * * *

   - Julián y Amelia acaban de entrar allí -urgió el veterano Alonso de Entrerríos, en un susurro ronco-, ¡hemos de hacer algo!
   - Ese camarote no tiene más salida que la que vemos desde aquí -le detuvo su hijo, desalentado-. Conozco bien este barco. Es imposible ayudarles sin delatarnos ante los ingleses.
   El mayor de los dos hombres echó una rabiosa mirada a los corsarios que escoltaban al personaje. Después de varios días planificando aquella tapadera, se había ganado su confianza. Podría actuar sin obstáculos, al menos al principio. Para cuando le descubrieran, con un poco de suerte...
   -Tendré que arriesgarme -fue la temeraria respuesta-. No puedo abandonar así a mi patrulla.
   -Y después, ¿qué? -le desafió el joven, haciendo auténticos esfuerzos por no levantar la voz-. ¿Huimos con vuestros dos compañeros? ¿Dejando abandonados a los míos? -Alonso clavó en su padre una mirada tan ardiente como angustiada-. No podríamos volver a infiltrarnos, y os recuerdo que tengo veinte camaradas en peligro de muerte ahí abajo. Algunos de esos valientes incluso quieren acompañarme al Tercio: ¿creéis que valen menos que Julián y Amelia?
   La fiera expresión del veterano se llenó, poco a poco, de pesadumbre. De cordura. De desaliento.
   -Tenéis razón -admitió con rabia-. No podemos delatarnos los dos. Yo lo haré.
   -¿Habéis perdido el juicio, Diego? No voy a quedarme aquí mientras...
   -Debéis aguardar -”Diego Alatriste“ dirigió una mirada grave a su hijo al añadir-: no os arriesguéis. Porque si no regreso, todo dependerá de vos.
   El “soldado viejo“ siguió a los tres ingleses con sigilo y les dio tiempo para entrar en el camarote; allí dentro le resultaría más fácil atacarles sin alertar al resto de la tripulación. Pero, al espiar el interior, encontró una escena bastante diferente a la que había imaginado.

* * * * * * * * * *

   La carcajada de entusiasmo del ilustre inglés sobresaltó tanto a los ocupantes del camarote como al soldado del Ministerio que les acechaba:
   -¡Lo sabía: no soy el único! ¿Sueños premonitorios? ¿Scrying? -apaciguó a sus escoltas con un gesto, antes de añadir cortésmente-: Disculpad: John Dee. Astrólogo y antiguo tutor de Su Majestad, Isabel I de Inglaterra.
   Julián clavó en él una mirada llena de recuerdos y pesadillas amargas: Lorca. Maite. Goya.
   -¿Cómo sabéis lo de los sueños? -replicó con acritud.
   Amelia se hizo cargo fríamente de la situación: sabía unas cuantas cosas sobre Dee. Todo encajaba. Sólo había que tener la inteligencia suficiente para jugar bien sus cartas.
   -Disculpad a mi hermano Julián: le sucede desde niño -improvisó, eligiendo cuidadosamente sus palabras-. Sueña cosas que parecen de brujería. Por eso estamos huyendo de la Inquisición española. Mi nombre es Amelia Folch. Creímos que estaríamos a salvo en Inglaterra, pero... -la joven dirigió una mirada nerviosa a la escolta de Dee y fingió temblar de miedo; a veces sabía usar armas de mujer.
   -Por supuesto; no temáis -la reconfortó el matemático, tomando la mano de la hermosa muchacha e indicando con la mirada el manuscrito-. Veo que él y yo somos estudiosos de temas parecidos. Yo también sé lo que es la persecución en nombre de la Ciencia: cuando Inglaterra era católica, tuve que huir a Flandes y a Bohemia. Pero ahora estaréis a salvo aquí. Eso sí: a cambio, necesitaré pediros un favor...
   -¡Gracias, señor! ¿Cómo podemos agradecéroslo? -la seductora candidez de su pestañeo hizo que Julián tuviera que contener la risa-. Me cuesta creer que al fin hayamos encontrado un lugar donde vivir en paz. Por cierto, ¿qué es el scrying?

* * * * * * * * * *

(Pudding Lane, zona portuaria de Londres)

   -Amelia, yo te mato. ¡Te mato! -rezongó Julián por enésima vez.
   -Vamos, hombre, no te lo tomes así. Era una buena ocasión y tuve que aprovecharla -rió ella, intentando disimular la aprensión que le producía aquel barrio.

   En las cercanías del puerto fluvial, las calles eran especialmente estrechas y pestilentes. Si no hubiera sido por los tres hombres que la acompañaban, la joven quizá se habría negado a adentrarse en aquel lóbrego laberinto. Sin embargo, el gentío no parecía compartir su opinión: las callejuelas estaban llenas de comerciantes que exhibían sus mercancías a las puertas de sus negocios, clientes interesados en ellas, carretas, barriles y, por supuesto, unas cuantas tabernas. El puerto surtía de vida aquella zona. Si algo faltaba allí, sólo era una cosa: espacio para moverse.

   -Sí, pero ¿por qué yo? -volvió a protestar el enfermero, recordando a duras penas bajar el tono de su voz; no se encontraban precisamente a solas-. Ya sé que a tu gente le gusta mucho este tipo de espectáculos, pero es al revés: el mago presenta el número, y su guapa ayudante hace de médium...
   -Pues ya sabes: ponte guapo, que tenemos una cita en Palacio -se burló Amelia. A pesar de lo lóbregos que resultaban los barrios bajos, estaba disfrutando de lo lindo-. Tú has sido el que se ha puesto a hablar de sueños premonitorios, así que ahora no puedes rechazar la invitación de John Dee. Ah, y no vayas a decir que eres “médium“: aquí se os llama “scryers“.
   -En Palacio; ¿no será una trampa? -rezongó Entrerríos hijo, con un deje de desconfianza en su voz.
   El padre del joven asintió, apretando el paso: su mirada experta no paraba de registrar furtivamente la ruta, cerciorándose de que nadie les estuviera siguiendo.
   -Mal sitio. Y ya tenemos bastante con un funcionario en la Torre de Londres -gruñó el veterano-. Andad con mil ojos y, ante todo, procurad no llamar la atención.
   La expresión de Julián recuperó su habitual socarronería al escucharle:
   -Mira, es curioso que te pongas tan discreto ahora -respondió maliciosamente-. Porque precisamente tú, en la primera posada de nuestra primera misión...
   -¿Qué insinuáis? -se enfureció el enorme soldado, encarándose con él.
   -No insinúo: afirmo -replicó el otro sin arredrarse. No quería admitirlo; pero, en el fondo, estaba descargando en su compañero el enfado que tenía contra Amelia-. Sólo te faltó enseñarle unas luces de neón a los franceses. ¿Y ahora te pones a dar consejos?
   Amelia y el hijo de Alonso cruzaron una mirada resignada y movieron la cabeza, con idéntico fastidio. A veces, aquellos dos hombres podían llegar a ser infantilmente cabezotas: a la jefa del grupo le costaba asumir que casi la doblaran en edad.
   -La pregunta no es ésa -desvió el tema el joven, para alivio de la mujer-. ¿Cómo os habéis ganado la confianza de ese inglés con tanta rapidez? Parece cosa de magia.
   -En cierto modo, lo es -sonrió Julián misteriosamente-. El Manuscrito Voynich.
   -¿Ahora te las das de experto en libros antiguos? -se exasperó Amelia-. Explícanos ya lo que dice, por favor.
   -Ahí está lo raro: no se sabe -explicó él, complacido por superarla en conocimientos, por una vez-. Nadie conoce el alfabeto ni el idioma. Dentro de varios siglos, un tal Voynich pedirá ayuda públicamente, porque no hay quien lo descifre. Ni siquiera en mi tiempo. Medio mundo cree que es un gran misterio... y la otra mitad piensa que es la mayor burla de la Historia. En Internet está causando sensación.
   -Más bien por el segundo motivo, conociendo la seriedad de vuestra gente -se mofó Entrerríos padre, todavía molesto.
   -Pues mira, eso nos ha salvado hoy con Dee -respondió Julián agriamente-. Por las ilustraciones, parece un libro de magia, así que nos ha tomado por brujos. Perseguidos por “tu gente“, la amable Inquisición española. Y eso nos hace amigos de los ingleses.
   -¿Qué problema tenéis con mi gente? -se indignó el ex-soldado del Tercio.
   -¡Basta ya! -estalló Amelia, en un tono cortante que sobresaltó al joven Alonso; no estaba acostumbrado a una mujer con dotes de mando-. Estamos llegando. Al... “Alatriste“, ¿lo tienes?
   El interpelado asintió hoscamente y sacó de su faltriquera un par de tablillas de arcilla: el molde que había tomado, a escondidas, en el barco.
   -Ha sido fácil. Esos ingenuos han dejado las llaves a nuestra vista varios días, tentándonos para que intentásemos robarlas. Pero no hemos caído en la trampa, así que han acabado por confiarse y dejar de vigilarlas. ¿Me ayudaréis con el idioma, Alonso?
   El joven asintió y se dirigió con su padre hacia el edificio que habían venido a buscar. Diversas herramientas, armas y llaves colgaban a las puertas del establecimiento. La herrería era, como todo en aquel barrio, estrecha: ni siquiera cabían bien los cuatro a la vez

   Julián decidió aguardar fuera con Amelia; cualquier cosa sería mejor que apretujarse allí dentro con “Alatriste“. Aunque tampoco podía decirse que el maloliente exterior fuese agradable. El pasado podía resultarle fascinante por muchos motivos, reflexionó; pero no por la higiene de las calles.
   -No me extraña que la Historia esté llena de plagas -observó el enfermero, señalando los abundantes charcos de aspecto sospechoso-. Yo creía que ya se había inventado el alcantarillado, pero...
    -Aquí habrá incluso Peste Negra -asintió Amelia, en voz muy baja-. Hasta que el Gran Incendio obligue a sanear Londres, dentro de ochenta años.
   -Have a penny, please? -les sobresaltó una voz desagradable, desde las sombras.
  Las palabras del desconocido eran aparentemente corteses, pero no el tono que utilizaba. Se escucharon unos pasos; la escasa luz del callejón mostró a un hombre de muy mala catadura. El intruso, con una sonrisa amenazadora, apartó su capa para exhibir el pomo de la espada que pendía de su cinturón.
   -Of course, sir -respondió Julián con el tono más apaciguador que fue capaz de fingir. Llevaba dos bolsas de dinero: sólo mostró la más vacía de las dos-. We want no trouble...
   -Thou art a really kind man -intervino un segundo rufián, materializándose desde las sombras. Señaló a la mujer con una sonrisa sucia y lasciva-. Will the lady be kind to us, as well?
   Aquello era demasiado. Julián empezó a temblar, no sabía si de miedo o de furia, interponiéndose entre su compañera y aquellos tipos. Amelia no necesitó traducción para ocultarse tras él y rebuscar disimuladamente algo entre sus ropas.
   -Step aside! -ordenó el bandido más cercano, con la cara a sólo unos centímetros de la del enfermero.
   Julián dio un paso atrás, como si fuera a obedecerle... pero sólo para coger impulso y propinarle un traicionero cabezazo en pleno tabique nasal. Al rufián se le nubló la vista mientras dos lagrimones brotaban de forma totalmente ajena a su voluntad. Ni siquiera se dio cuenta de que su presunta víctima le estaba despojando de la espada, por si las moscas.
   El otro asaltante desenvainó su propio acero y avanzó amenazadoramente hacia la pareja. El enfermero ya no tenía tiempo de desenfundar su revólver; apenas consiguió reaccionar lo suficiente para interponer la espada robada entre su cuerpo y el de su contrincante. No tenía ni idea de esgrima, pero...
   Para su sorpresa, el bandido abrió de pronto los ojos desmesuradamente y gritó de horror. Julián miró su propia (y temblorosa) espada con asombro, mientras el desconocido huía como alma que lleva el diablo, seguido de cerca por su aturdido compañero de fechorías; ambos imploraban a gritos misericordia.
   -¿Pero qué coj...?
   Unas sonoras carcajadas a su espalda le sobresaltaron, aclarando sus dudas. El enorme veterano del Tercio y su hijo habían regresado, y esgrimían sus armas con aire experto. Aquella estampa era suficiente para poner en fuga a cualquier ladronzuelo de los bajos fondos, desde luego. Los dos españoles se lanzaron en persecución de los rufianes con entusiasmo.
   -¡No os entretengáis mucho! -ordenó Amelia, divertida -. Y tú, ¿qué pensabas hacer con eso, Julián?
   -Eh, yo... -el enfermero pareció ofendido por un momento; luego soltó la espada del bandido en uno de los charcos de inmundicia y acabó por reír nerviosamente-... ¡yo qué sé!
   Su risa acabó por contagiar a la muchacha; ambos descargaron la tensión en forma de carcajadas.
   -Bueno, al menos así me has dado tiempo para preparar el revólver -Amelia volvió a guardar entre sus ropas el arma, que había sacado al parapetarse tras su compañero-. Me alegro de no haber tenido que usarlo; es demasiado ruidoso. Olvidé poner el silenciador. ¿En marcha?
   -Eh... sí, claro.
   Al final del oscuro callejón se intuía el final de la pelea: padre e hijo habían derribado a ambos rufianes y les estaban quitando las ganas de pendencias por un tiempo. Hacía mucho que no disfrutaban de un poco de acción; quizá por eso sonreían con aquella ferocidad capaz de poner los pelos de punta incluso a sus propios compañeros.
   -Vamos, chicos; tenemos trabajo -les recordó Amelia tranquilamente al pasar junto a ellos-. Dejad algo para los alguaciles.
   -¿Alguaciles? -sonrió Julián con sarcasmo-. Si por los alguaciles fuera, estaríamos apañados.

   La patrulla alcanzó una zona más despejada sin ningún otro contratiempo. Habían llegado a su destino: uno de los puentes que cruzaban el Támesis.
   -Bueno, aquí nos separamos -decidió la jefa del grupo-. Julián, ¿tienes el artilugio ése de hablar?
   -Sí, claro -el enfermero le mostró el teléfono móvil, que brilló como vidrio negro con las últimas luces de la tarde-. A tope de batería, porque desde Flandes no he vuelto a encenderlo. Aquí no tiene cobertura para llamadas, pero sí puede grabar voces. Y hacerlas sonar después.
   -Asegúrate de que funcione el tiempo suficiente para engañar a Dee -Amelia le miró con cierta malicia al añadir-: y ahora métete en el papel, porque vas a tener que hacer más teatro que en Salamanca. Hoy seremos magos.
   Julián asintió de mala gana. La joven se volvió hacia los dos Alonsos; súbitamente, su expresión estaba llena de gravedad.
   -Vosotros dos, quedáis al cargo de las llaves. ¿Cuándo estarán listas las copias?
   -El herrero dice que tardará una semana -contestó el joven.
   -Bien; lo dejo a vuestro cargo. Si en ese tiempo no habéis tenido noticias nuestras... -su mirada mostraba más preocupación que la que se atrevía a confesar-... no nos esperéis. La misión es lo primero. Ya sabéis lo que hay que hacer.
   El joven Alonso contempló pensativamente la marcha de Amelia y Julián, hasta que éstos se hubieron perdido de vista en la zona señorial de la orilla opuesta. Después siguió a su compañero de armas de regreso al barco, meneando la cabeza con inquietud: no las tenía todas consigo.
   -Palacio, magia, espíritus... -masculló, incrédulo-. Maese Diego, ¿todos los planes que traza esta mujer son siempre así de extraños?
   -No creáis; el más loco de los dos suele ser Julián -bromeó hoscamente su compañero-. Pero no tengáis cuidado; lo harán bien. Esos dos serían capaces de engañar al mismísimo Diablo.

* * * * * * * * * *

(Palacio de Westminster, laboratorio alquímico)

   -Es necesario -insistió John Dee.
   Julián miró con recelo el brebaje. Las estanterías estaban repletas de libros, matraces y recipientes de cerámica y de cristal, la mayoría de los cuales exhibía plantas exóticas desecadas. Sus dedos recorrieron aprensivamente algunos de los frascos, mientras intentaba obligarse a pensar a toda velocidad. Estaba tan nervioso como sorprendido: aquel hombre había montado en pleno Palacio Real una mezcla de biblioteca, laboratorio moderno y mazmorra de alquimista.
   -Al menos, no contendrá ninguna de estas dos plantas de aquí -señaló con desconfianza-, ¿verdad?
   -¡Son los ingredientes principales! -se ofendió el espiritista inglés.
   -Disculpad a mi hermano, por favor -intervino Amelia nerviosamente-. Él sólo conoce estos temas a través de simples sueños. No sabe nada de estos rituales y...
  -Al contrario; sé perfectamente lo que es -replicó Julián, empeorando todavía más las cosas-. Soy médico. No puedo tomar la misma dosis que vos: no estoy habituado. Podría matarme.
   John Dee comenzó a mirarle con aire de sospecha:
   -Lo comprendo. Pero lamento decir que me decepcionáis. Esperaba vuestra ayuda, a cambio de mi protección.
   Los sentidos de Amelia se pusieron en alerta máxima. Aquello podía estropear toda la operación.
   -¿Nos concedéis un minuto, por favor?

   El inglés asintió, mientras la mujer sacaba del laboratorio a su "hermano“ prácticamente a rastras. Amelia esperó a que una figura lejana (una mujer con el rostro cubierto por un velo negro) desapareciera por el extremo opuesto del pasillo; después arrinconó a su subordinado contra una pared, urgiéndole en un nervioso susurro:

   -¡Tienes que ganarte su confianza! ¡Como sea!
   -Amelia, ese brebaje contiene más de cuarenta plantas tóxicas. Opio y cáñamo, entre ellas.
   -¿Qué más da? Shakespeare fumaba cáñamo cuando necesitaba renovar las ideas. En mi época, muchos artistas usan láudano para estimular su imaginación.
   -¿Estimular? -Julián la miró escandalizado-. ¿No lo sabes?
   La gravedad de su expresión parecía sincera, comprendió Amelia. Tal vez valiera la pena informarse un poco más:
   -Está bien -inquirió, con un suspiro de resignación-. ¿De qué se trata?
   -Plantas alucinógenas -el enfermero se preguntó cómo podría resumir un siglo de drogas psicotrópicas en el escaso minuto del que disponían-. Provocan una... borrachera; pero de las peores. Pérdida de control. Confesiones, delirios del subconsciente... Amelia, si tomo eso, no sé qué le voy a decir. Podría contarle precisamente lo que tenemos que ocultar.
   -Y si no lo tomas, se dará cuenta de que tienes algo que ocultar -la mujer bajó la vista, desalentada-. Se nos cerrarán las puertas. No sé qué otra cosa hacer.

   El enfermero lo comprendía; pero todos sus instintos le impulsaban a negarse. Había visto lo que las drogas le habían hecho a algunos conocidos de su barrio, desde finales de los 80. Tipos fuertes, brillantes, bravucones, reducidos a una ruina capaz de cualquier indignidad por un par de papelinas. Como enfermero, había tenido que tratar sus efectos, a corto y largo plazo. Sabía todo lo que podía suceder.
   Pero si no lo hacía, la Reina ejecutaría a un compañero suyo, encerrado en la Torre de Londres. Y tras él, a toda la tripulación del galeón español capturado.
   Julián meditó largamente la idea que llevaba un rato maquinando. No le gustaba en absoluto, pero...

   -Hay una manera -se obligó a decir, muy en contra de su voluntad. Mostró un frasco que acababa de sustraer del laboratorio y apuró el contenido de un trago-. Es un aceite; dificultará la absorción a través de la mucosa gástrica y retrasará el efecto.
   La mirada de su joven superior se iluminó.
   -¡Lo sabía! -exclamó, entusiasmada-. Y pensar que no eres médico... ¡siempre encuentras alguna solución!
  Él la miró con gravedad. Estaba confiando mucho en ella. Quizá demasiado.
   -Sólo funcionará media hora. Amelia... después de ese tiempo, no voy a saber ni con quién hablo. Le podría cantar hasta el listín entero de las Puertas. Me tendrás que sacar de ahí tú sola, como sea. ¿Entiendes?
   Ella le miró comprensivamente y asintió.
   -No te fallaré.
   El miedo brillaba en los ojos del hombre, con una extraña intensidad. Estaba mucho más asustado que en el callejón.
   -Vamos -Julián puso a punto el teléfono móvil y regresó al laboratorio-. El tiempo ya ha empezado a correr.
   Ella se demoró sólo un instante: ¿había visto moverse una de las sombras?
   -Juraría que eso no estaba ahí hace un momento... -había un objeto en el suelo, no muy lejos del extremo del corredor. Amelia lo tomó y miró en ambas direcciones, pero no consiguió distinguir a nadie.
   Y sin embargo, le había parecido ver...
   Una llamada de Dee la hizo regresar al laboratorio. Pero parte de su mente siguió fuera, pensando en aquel pasillo, durante un tiempo.
   Estaba segura de que una de las sombras era más densa que las demás; como si hubiera alguien espiándoles. No pudo evitar recordar fugazmente a la misteriosa mujer del velo negro.

* * * * * * * * * *

(Torre de Londres, celda de Gil Pérez. Finales de Marzo de 1589)

   -Habéis agotado nuestra paciencia, maese Gil.
   -Lamento sinceramente no haber podido resultar de ayuda, Sir Drake -sonrió afablemente el anciano-. ¿Puedo preguntar qué planes tenéis para mí?
   -Devolveros a vuestro barco.
   Algo en la retorcida sonrisa de aquel rufián parecía indicar que, a pesar de las apariencias, aquello no era una buena noticia.
   -Qué gentil por vuestra parte -respondió el anciano, indicando a su interlocutor un sillón libre, junto al suyo-. ¿Con algún propósito en especial?
   -Sí, por descontado -Drake agradeció el gesto con un burlón ademán de cortesía y tomó asiento-: para daros una última oportunidad de hablar.
   -Me temo que será una pérdida de tiempo -repuso el funcionario español con sencillez-. Tengo tan poca información interesante como cuando me sacasteis de mi nave.
   La sonrisa cruel se hizo más amplia:
   -En tal caso... no volveréis a abandonar vuestro galeón jamás.
   A Gil Pérez le dio un vuelco el corazón. No porque fuera inesperado, hubo de admitir para sí mismo; pero siempre es impresionante conocer el momento exacto. Cuándo llegará la hora. Y por todos los indicios, era precisamente lo que estaban a punto de anunciarle.
   -¿Y la tripulación? -preguntó, intentando mantener la serenidad-. Ellos no han cometido delito alguno. Sólo seguían órdenes, y sin pedir siquiera explicaciones.
   -Seguirán vuestro mismo destino -fue la despiadada respuesta-. Ya no les necesitaremos.
   -¿No puedo interceder por ellos?
   -Sólo si confesáis de una maldita vez.
   A Gil Pérez le costó unos interminables segundos asumir aquella información. Se estaba convirtiendo poco menos que en el detonante de la muerte de lo que quedaba de su tripulación. El resto ya había perecido en la captura del galeón. Demasiadas muertes de un plumazo. Y él era el responsable de aquella nave...
   -¿Cuándo? -fue todo lo que consiguió decir.
   -Dentro de dos días. Cuando brille la tercera Luna del Traidor. A Su Majestad le ha parecido una fecha muy... poética.
   -¿Del Traidor? -se interesó el condenado. Los detalles técnicos siempre le ayudaban a distraerse de las malas noticias. O a digerirlas con más calma, al menos.
   -También la llaman Luna Azul. Dos lunas llenas dentro del mismo mes -el corsario era un auténtico experto en geografía y astronomía, al menos en lo relacionado con la navegación; y parecía realmente complacido por hallar una ocasión para ufanarse de sus conocimientos-. Sucede una vez cada tres o siete años; pero es mucho más difícil que haya dos Lunas Azules seguidas. Y este año debe estar a punto de suceder algo especial, porque vamos a tener tres. Una ocasión única en más de un siglo.
   -Un simple fenómeno natural -se burló el español-. Los marinos sois demasiado dados a supersticiones...
   La sonrisa presuntuosa de Drake se frunció hasta convertirse en una mueca de disgusto:
   -A vos no os va a traer buena suerte, creedme -se levantó y se dirigió hacia la salida, dando por terminada la conversación-. No vamos a esperar más; vuestra captura ya ha retrasado mi Armada seis semanas más de lo previsto. Os quedan dos días. ¿Lo habéis entendido?
   Gil Pérez asintió en silencio y aguardó a que Drake abandonara la lujosa celda. Estaba angustiado por la terrible noticia; pero, por extraño que pudiera parecer, no era la única idea que ocupaba su mente. Había algo más. Un detalle que no lograba comprender:
   "¿Yo he retrasado su Armada? Pero si estoy preso aquí desde Febrero... ¿de qué está hablando?“
   Un sonido ominoso interrumpió sus reflexiones: los mecanismos de las cerraduras, volviendo a sellar las puertas de su celda. Tan selladas como su destino.
   -En fin, yo soy viejo: ya he tenido mi tiempo -reflexionó resignadamente-. Pero lo siento por vosotros, compañeros. Lo siento.


* * * * * * * * * *

(Palacio de Westminster, laboratorio alquímico. Febrero de 1589)

   -Extraño espejo, a fe mía -reflexionó Dee, examinando el teléfono móvil-. La factura es diferente, pero el material parece...
   -Obsidiana negra, igual que el vuestro -mintió Julián, previamente aleccionado por Amelia: habían estado preparando el plan toda la tarde-. Lo trajo nuestro padre al regresar de las Américas. Fue el mismo día que comenzaron mis sueños.
   El astrólogo le miró fijamente:
   -¿Creéis que hay alguna relación?
   -¿Debería haberla? -insinuó la mujer, encantada de haberle hecho morder el anzuelo tan rápidamente. Según los libros de Historia, Dee siempre resultó ser, para su tema favorito (y para su desgracia), excesivamente crédulo.
   -¡Todo encaja! -se entusiasmó el inglés-. Es posible que la magia azteca os haya convertido en un "scryer“. ¡Por eso soñáis con los espíritus! Decidme, ¿notáis ya el efecto de la pócima?
   -Sí -Julián comenzó a hablar con una pronunciación intencionadamente defectuosa-. Me siento muy extraño. Oigo voces. ¿Vos también?
   -No debería; normalmente sólo las percibe el "scryer“... -John Dee se interrumpió, asombrado; él también notaba sonidos procedentes del "espejo“ de su interlocutor-. ¿Por qué lo oigo yo también?
   -Habeis reunido dos espejos volcánicos en este lugar -contestaron al mismo tiempo Julián y las voces que él mismo había grabado con Amelia, unas horas antes, en el teléfono móvil; ella rezó para que su compañero consiguiera guiar el resto de la conversación con el mismo éxito hacia las demás frases previstas-. Esto ha abierto más que nunca la conexión con los espíritus subterráneos. Ni siquiera el idioma será una barrera esta vez.
   Dee contuvo una exclamación de asombro; Amelia decidió aprovechar la ocasión para hacer la siguiente pregunta convenida. Había un dato sobre la mujer de Dee que había pasado a la Historia:
   -¿Con quién estamos hablando?
   -Soy el ángel Uriel -fue la respuesta de su compañero y de la grabación-. John Dee, hicimos un pacto. Aún reclamo a vuestra esposa.
   El astrólogo palideció. Miró a Amelia y Julián con repentino respeto:
   -Veo que decíais la verdad; nadie conoce ese trato, excepto ella, Edward y yo. Ni lo conocerá jamás; no hasta que se publiquen mis diarios. Lo cual no sucederá mientras yo viva.
   -Ese pacto sigue vigente -continuó la grabación.
   -No puede ser -protestó Dee-: ¡rompí mi relación con aquel "scryer"! El trato sólo era válido mientras él estuviera con nosotros. ¿Recordáis?
   -Os daré otra oportunidad -continuaron las voces-. Drake está reuniendo una gran Armada: no la dejéis zarpar hasta que se resuelva el asunto de la Puerta del Tiempo.
   -Informaré a su Majestad. ¿Qué explicación le debo dar?
  Amelia estaba encantada: la pregunta era tan lógica que la respuesta pregrabada serviría a la perfección. Pero, para su sorpresa, su cómplice no activó la grabación.
   -Julián -la joven examinó a su compañero con inquietud; a éste se le había enturbiado la vista, y comenzaba a sudar profusamente. La droga estaba haciendo efecto más rápidamente de lo previsto-. Concéntrate. Adelante, vamos...
  El enfermero se sobresaltó, algo mareado, y reaccionó al fin:
   -El anciano no hablará en la Torre: no es el verdadero mago -prosiguieron las "voces de Uriel“-. Es un "scryer": sólo puede hablar en nombre de otros. Y lo hará, si le lleváis hasta su Puerta en mi presencia. Yo, Uriel, le haré confesar.
   Amelia contuvo la respiración. La primera fase de su plan dependía de que aquella mentira funcionase. Era una locura; pero no se le había ocurrido otra forma de sacar a Gil Pérez de la Torre de Londres.
   -No será fácil conseguir que Su Majestad autorice el traslado -reflexionó Dee, contrariado-. Pero supongo que no pierdo nada con intentar pedírselo.
   Amelia suspiró, aliviada. Tomó el móvil de manos de Julián y le sonrió: había cumplido su objetivo. Pero la mirada extraviada de su compañero no le correspondió: parecía perderse en el otro espejo de obsidiana. El verdadero: el que solían usar John Dee y Edward Kelley, cuando aún trabajaban juntos, para sus sesiones de espiritismo:
   - "Ewn gath synne...“ -musitó el agente del Ministerio, con la frente perlada de sudor frío.
   Amelia le sacudió con suavidad.
   -¿Qué estás diciendo...?
   -Anotadlo, por favor -urgió el astrólogo, tomando con premura un libro de su estantería-. Aunque sólo sea la pronunciación aproximada. ¡No perdáis detalle!
   Ella obedeció, confundida. Un vistazo al título del libro le bastó para comprender lo que Dee estaba pensando.
   -"Ewn gath synne rith nach gaard“ -continuó su compañero; sus ojos vidriosos no se apartaban de la pulida piedra volcánica.
   -¡Está hablando en enoquiano! - comprobó Dee, maravillado, tras consultar el libro.
   -No puede ser -protestó Amelia, incrédula, mientras su compañero pronunciaba algunas frases más-. ¡Ni él ni yo conocemos esa lengua!
   -"Puertas al pasado. Un conspirador entre nosotros“ -tradujo el alquimista-. "No, varios. Y se desenmascararán en la tercera Luna del Traidor“.
   Amelia se puso alerta. Aquello podía delatarles. No comprendía cómo demonios podía estar relacionado todo aquello con el idioma, pero...
   -Are gopsum aktius derth, Dakeph.
   -¡Julián! ¡Despierta!
   -¡No, por favor, no le interrumpáis! -rogó el inglés, entusiasmado-. "Y con la luna de sangre llegará la caída del Dragón“.
   El enfermero no tuvo ocasión de decir nada más; Amelia, fingiendo enjugarle el sudor del rostro, puso ante su nariz un pañuelo empapado en cloroformo. Tuvo que sostenerle: el hombre cayó inconsciente casi al instante.
   "Espero haber hecho bien“ se inquietó la joven; "no sé si es peligroso mezclar cloroformo con lo que ya ha bebido. Pero como siga hablando de puertas y traición, estamos muertos“.
   Dee cerró el libro, contrariado, y tomó otro frasco de la estantería.
   -Disculpadme: teníais razón. No está habituado a una dosis tan alta. Le daré un antídoto. Pero... -su mirada reflejó entusiasmo otra vez- ¡lo hemos conseguido! No había vuelto a tener un "scryer“ tan válido desde Kelley. Ahora sí que es vital hablar con Su Majestad sobre el prisionero de la Torre.
   Ella sonrió mecánicamente y le ayudó a atender a su inconsciente compañero. Debería alegrarse por el éxito de la primera fase de su plan, que Julián había bautizado jocosamente como "operación Torre de Londres“ pocas horas antes. Pero estaba demasiado preocupada. Ella, su superior, su responsable, había estado a punto de matarle.
   Sólo varias horas después, cuando el enfermo estuvo fuera de peligro, se sorprendió a sí misma meditando sobre el significado de la última profecía.
   Amelia Folch no creía en seres sobrenaturales; pero sabía algo sobre las Puertas del Tiempo. Había conocido a gente capaz de atravesarlas en sueños, como Lorca. De ver el pasado y el futuro.
   Se preguntó si le acababa de suceder lo mismo a Julián.
   Y si el dragón de sus delirios podría tener alguna relación con Sir Francis Drake.

(CONTINUARÁ...)

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