10 agosto 2016

¡Arriba el telón! 10 críticas (y van 72)

   Estos meses entre el final de la primavera y el principio del verano me he tomado con algo más de tranquilidad la tarea como crítico teatral, y he visitado particularmente el Festival Grec mucho menos que el año pasado. No obstante, aquí están el resultado de mis 10 visitas teatrales más recientes, publicadas en la web EnPlatea.com.

63. La Corte de Faraón: "Ay ba, ay ba, ay babilonio que marea..." (30 de mayo)
64. Diversiones originales: "B Vocal: entre lo espléndido y la caspa" (11 de junio)
65. Home, sweet home: "Crecer en la América de Harvey Milk" (13 de junio)
66. "Vuelta a los orígenes de El Musical Participatiu" (22 de junio)
67. "¡Viva el circo de Garbuix!" (27 de junio)
68. "La escuela Coco Comín se vuelca con We Will Rock You" (1 de julio)
69. "Il·legal Impro toma el Victoria y le da la vuelta" (11 de julio)
70. GREC - L'Inframon: "¿Es un crimen si no es real?" (21 de julio)
71. GREC: "Activismo feminista, poesía y tralla: Conillet" (22 de julio)
72. Encuentro: "José Porcel y Antonio Canales abren el abanico del flamenco" (26 de julio)

Críticas 2015: 1 a 10 | 11 a 23 | 24 a 30 | 31 a 42
Críticas 2016
: 43 a 52 | 53 a 62 | 63 a 72

09 agosto 2016

Escuadrón Suicida: Mal que bien

Los tres estrenos de este año a los que les tenía más ganas, pasado Batman v Superman, son (en ese orden), Doctor Extraño, Rogue One y Escuadrón Suicida. Aunque nunca he sido un gran seguidor de las aventuras del equipo de Belle Reve (particularmente en los últimos tiempos), sí que seguí las historias de Ostrander del 88 y me acercaba a ellos cada vez que cruzaban sus caminos con los grandes arcos de DC de los 80, particularmente "Legends", "Millenium" e "Invasion!", y por la información que sobre ellos aparecía en el juego de rol DC Heroes.

Para mí, por tanto, el Escuadrón representaba una parte del universo DC muy particular, más sucia, más humana, más militarizada, pero que estaba en permanente contacto con el resto de ese mundo, tanto mediante personajes como Boomerang o Encantadora, con historias o poderes relacionados con los más habituales superhéroes de la casa, como con esas historias en las que interactuaban con el Joker, las Female Furies o la base de los Manhunters. 


Ese es uno de los factores positivos de la película Suicide Squad (2016) que acaba de estrenarse en nuestras pantallas: resulta creíble, pese a sus codigos particulares, como un rincón diferente pero entrelazado, del Universo cinematográfico DC. A veces de formas evidentes, como el nacimiento del Escuadrón a partir de la ausencia de Superman provocada por BvS o las detenciones de Deadshot, Harley Queen y Capitán Boomerang. Otras, en aspectos más sutiles: nombres de ciudades, marcas, anuncios, referencias al Escuadrón como Task Force X, a ARGUS o al Team 7. Y en ocasiones, con guiños arealmente sutiles, como la escena final post-créditos del film, que parece una sencilla conexión con la futura película de la Justice League pero que contiene vínculos con el nº 10 del cómic del Escuadrón (Febrero de 1988), en el que Amanda Waller amenaza a Batman con descubrir su identidad secreta si interfiere con su equipo.

La base fan (o el respeto por el material original, refundido a su propia manera), por tanto, está ahí. Este Escuadrón no es enviado a luchar contra el supervillano de turno ni a resolver la crisis, sino a cumplir su propia misión de extracción y marcharse. Amanda Waller es una hija de puta de cuidado, egoista, manipuladora, fría y calculadora. Boomerang es un bocazas que mete en problemas a quien le haga demasiado caso. Esta Encantadora quizás es poco reconocible como la June Moon de la etapa de Ostrander, pero tal vez porque en el film su historia está fundida con "Nightshade Odyssey" de Escuadrón Suicida nº 14-15 (Junio-Julio, 1988) la trama de la película. El Joker se acerca al de Scott Snyder más que a ninguna otra versión, y aunque la historia de amor entre él y Harley es menos tóxica para la Doctora Quinzel que en los comics y los dibujos, ella es divertida y peligrosa (incluso más divertida que el Joker). El Deadshot de Will Smith coge prestados elementos del Slade "Deathstroke" Wilson que lo hacen posiblemente más cercano que en los cómics, y sin duda él y Harley son los dos grander protagonistas de la historia... aunque personalmente, del elenco, de quien me gustaría saber más e incluso merecerían películas propias completas, es de Katana y Diablo.

No obstante, la película adolece de graves problemas que no tienen que ver con su fidelidad o calidad como adaptación (dos cosas diferentes). Son problemas de la película: Rick Flag es tan beligerante con el Escuadrón como en los cómics, pero su falta de carisma como lo interpreta Joel Kinnaman es alucinante. Su historia de amor con June Moon, por otro lado, es de lo más artificial visto en la pantalla grande, e incluso un personaje terciario como el SEAL de Scott Eastwood tiene más personalidad y atractivo como personaje que él, por lo que se convierte en uno de los grandes lastres del film. 

Muchas escenas de acción están rodadas con elementos que las ocultan, desde encuadres demasiado cercanos a la pelea hasta partículas atmosféricas (niebla, lluvia, oscuridad) que las esconden: no es problema sólo de este film, pero por mucho realismo que pueda darle a la lucha, los espectadores QUEREMOS VER LO QUE PASA. La falta de ritmo, en cambio, sí que es problema propio del film que dirige David Ayer: todo lo peor en ese campo lo encontramos precisamente en la gran lucha final, con objetivos poco claros, muchos personajes inútiles, y un GRAN momento de "¡ahora es vulnerable!" al que le sigue una parsimoniosa apertura de mochilas para elegir bien las armas con las que emprender el ataque. ¿HOLA? ¡QUE HAY PRISA! Y para colmo, la mayoría de los enemigos son todos absolutamente iguales, lo que dificulta aún más el seguimiento de la progresión de las batallas.

Los diálogos del film también se verían beneficiados con recortes que los hicieran más picados (e ingeniosos): les sobran reflexiones y tiempos muertos. Y para colmo, hay secuencias que vimos en los trailers que parecen hechas exclusivamente para el trailer y que no tienen gran continuidad, ni antes ni después, con la película.

¿Así que? Muy desigual. Cinematográficamente pobre. Como adaptación, notable. Como película del UCDC, amplía el mundo de juego. Abre posibilidades interesantes (podemos haber visto el origen del proyecto OMAC, por ejemplo), pero requeriría un remontaje importante (en el que más será menos: para ser claros, el montaje del director debería ser más CORTO que la película original) para dejar de ser una mala película con buenos personajes.

06 junio 2016

Presentando Broadwayrriors (1)



    El pasado jueves 2 de junio, gracias a la colaboración de la Biblioteca Francesc Boix del Poble-Sec, pude presentar mi libro Broadwayrriors en Barcelona. El lugar era importante, ya que fue uno de los sitios donde más me pude documentar para preparar este volumen sobre la historia del teatro musical pero también porque es, en esencia, la Biblioteca del Paralelo.



   Junto a viejos amigos y nuevos conocidos, pude explicar un poco las raíces del proyecto, por qué me lo pedía la sangre y por qué he seguido los caminos que he seguido para trazar esa historia. Qué ha quedado fuera y qué ha entrado, por qué empieza donde empieza y acaba donde acaba. Y poner algunos ejemplos de inicios que conectan con el presente más actual (de La Bella Helena a Hamilton), y de fracasos sonados que aparecen en el libro, y que son tan historia del musical como los éxitos apoteósicos.



   Y para rematar, hubo incluso tiempo de firmar unos cuantos Broadwayrriors (ya quedan menos de 20 de la primera edición y estamos pensando en la segunda) y charlar con los asistentes sobre tesoros musicales en busca y captura, nuestras "primeras veces", nuestros amigos no-musicales y los convertidos que atraemos a la causa.

   Como dice Pep Antón Muñoz (gran actor y mejor persona): VISCA ELS MUSICALS!

02 junio 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (X)


Madrid, 22 de diciembre de 2015
   Salvador abrió por cuarta vez aquella hora la puerta de su despacho:
   - Menuda inocentada. ¿Seguimos sin novedades del paradero de la señorita Folch?
   Angustias estaba consternada. La insistencia del subsecretario, habitualmente mucho más desapegado y distante, dejaba ver que la desaparición de Amelia le afectaba más de lo que quería dejar ver:
   - Nada, jefe. Hemos dado la alarma a todos los Ministerios con puertas hacia las colonias españolas en la América del siglo XVI. Incluso el subsecretario De Las Cuevas, en 1587, está valorando avisar a la Reina Isabel de Castilla, pero la puerta con la que ellos cuentan conduce a 1490, diez meses antes de que el Rabino Levi le revelara el secreto de viajar en el tiempo, y dice que no quiere arriesgarse a alterar la historia del Descubrimiento.
   - Muy bien, siempre ha sido un hombre muy despierto, De Las Cuevas. Dígale que no descarte dejar una misiva en 1490 para entregar a la reina al año siguiente, pero que no lo ejecuten todavía. ¡Ah! Y extienda el aviso a los siglos XVII y XVIII. Por lo que sabemos, ese azteca podría ser mexicano y trabajar solo, no tenemos que dar por supuesto que vive en tiempos de Moctezuma. Manténgame...
   - ...informado, sí, jefe. En cuanto se sepa cualquier cosa, yo entro sin llamar.
   - Es lo que hace siempre.
   Angustias sonrió con el último sarcasmo de Salvador: aquello ya se parecía más a él.

   El subsecretario Martí se frotaba las manos dudoso mientras volvía a entrar en su despacho: Ernesto había convertido aquello en una especie de base de operaciones militar, y había hecho traer una mesa sobre la que se habían dispuesto mapas, cartas de navegación, libros de Historia, varias ediciones obsoletas del Listín de Puertas e incluso una colección de bandos y noticias "llegadas de Ultramar" en dieciseis volúmenes. En el sofá, Alonso estaba dictando a Velázquez la descripción más completa que podía del envenenador, y exprimía su memoria para poder arrancar detalles de sus dos confusos encuentros con él. Quien no paraba de revisar toda la documentación, casi con frenesí, era don Enrique Gaspar Rimbau.
   - Tómeselo con calma -le dijo Ernesto-. No esperamos encontrarles directamente, sólo el rastro que hayan dejado en la Historia.
   - No puedo tomármelo con calma -respondió el otro, cotejando datos de tres fuentes distintas sin conseguir que le aportaran nada nuevo-. Ha sido absolutamente mi responsabilidad.
   - La señorita Folch estaba al mando y es muy capaz de tomar sus propias decisiones.
   - No lo entiende: fue idea mía usarla como cebo, y culpa mía convencerla para que lo hiciera.
   - Ernesto tiene razón -dijo Salvador-: ha pasado algo que nadie podía prever. Usted dio sugerencias, como era su obligación. Ese es su papel en la Patrulla, señor Rimbau, ofrecer posibilidades. Posibilidades que ni siquiera a alguien con la preparación de Amelia se le pudieran haber ocurrido. Sus currículums andan parejos en algunos tramos, pero han vivido ustedes vidas distintas. Tenía que hacer usted esa sugerencia: y ella tenía que haber dicho que no.
   - También ha desaparecido Perucho -incidió Ernesto sin ánimo de cargar más culpa sobre los hombros de don Enrique, pero incapaz de pasar por alto un detalle tan importante.
   - Sí, hemos incluído también su descripción en la orden de búsqueda... Al menos mientras le recordemos. Si tardamos demasiado en devolverle a su tiempo, quizás desaparezca de nuestros recuerdos. Y no podemos permitirlo -aprovechó que Alonso había dejado de hablar con Velazquez para decir lo que menos ganas tenía de decir-. Espero que entiendan lo que les voy a decir: la prioridad es rescatar a Juan Perucho. Su influencia en las letras españolas de la segunda mitad del siglo XX es única e irremplazable. Por mucho que me duela, encontrar a la señorita Folch es secundario. 
   - Lo más probable es que sigan juntos -aportó Entrerríos-, y si empiezo a conocer bien a Amelia, si están con vida estoy seguro que se deberá a ella.
   - Estoy de acuerdo con usted. Pero su teléfono ha salido de territorio español: existe la posibilidad de que hayan aterrizado en un periodo muy convulso de la Historia al que no tenemos acceso sencillo. Si siguen vivos, sus vidas correrán peligro a cada instante -el silencio que siguió les llevó a todos a una incómoda introspección que les llevó a bajar las miradas. Salvador lo atajó con una última palabra, señalando los retratos de Amelia y Juan que presidían la mesa y que habían hecho llegar a los Ministerios anteriores-. Encontrémosles.


En la oscuridad, paradero desconocido
   Cuando Amelia abrió los ojos, volvió a cerrarlos y a abrirlos varias veces. Si había alguna diferencia, era muy escasa. Buscó el teléfono móvil que había escondido dentro del calzado. Aún se encendía, pero enseguida le preocupó descubrir que no tenía cobertura. Al levantarse sintió una oleada húmeda entre las piernas, a duras penas contenida: se alegró más que nunca de aquella charla sonrojante que tuvo con Irene al entrar en el Ministerio.
   A su escasa luz, pudo empezar a discernir lo que tenía alrededor. El tacto ya le había dicho que estaban en una cámara de piedra, de unos dos por tres metros, con una especie de catafalco en medio. No logró ahogar un grito cuando descubrió que sobre el catafalco yacía un esqueleto completo adornado con plumas, una máscara enjoyada y un vestuario ceremonial de aspecto mucho más noble y auténtico que el disfraz teatral que se había puesto. No parecía haber entrada ni salida alguna. Miró a su alrededor, enfocando el pequeño haz que arrojaba el teléfono: una forma en una esquina empezaba a moverse. Era Perucho.
   - Oh, el meu cap! -se lamentó. Le sangraba la nariz, pero no parecía tener heridas de gravedad. Había algo raro en el aire, como si fuera más ténue.
   Un par de pasos más allá estaba el asesino mexica que les había tirado dentro de la alcantarilla. ¿Era donde estaban ahora? Se acercó a él con precaución: Juan Perucho le había dado un golpe fuerte al caer encima suyo, y la contusión que tenía en la cabeza comenzaba ya a inflamarse. 
   - Tenemos que salir de aquí -Amelia no alcanzaba a ver en el techo la entrada por la que se habían lanzado. Tampoco encontraba salidas en las paredes ligeramente inclinadas, pero sentía cómo la falda vaporosa se agitaba tenuemente cuando se acercaba a uno de los lados. Empezó a presionar las losas de la pared, sistemáticamente.
   - ¿Buscamos una puerta secreta? -dijo Perucho, de pie ya y repitiendo sus acciones unos pasos más allá. No hizo más preguntas: había visto el esqueleto de la mujer y sencillamente quería salir de allí cuanto antes.
   Ninguna de las piedras parecía estar suelta, ninguna giraba ni se hundía. Cuando llegaron al final del muro, Amelia le dio un golpe con ambos puños, desesperada. Estaba casi segura de que tenía que haber una...
   La pared se movió, basculando alrededor de su eje central. Entraba luz indirecta desde fuera Recuperando el equilibrio, Amelia Folch sonrió a Perucho, este le hizo un gesto de cortesía, y la líder de la Patrulla salió de la tumba.
   Fuera había otra cámara de piedra de muros también inclinados, el doble de amplia y con una entrada que daba al exterior, por el que se veía un cielo azul y un día luminoso. Hacía más calor que dentro de la cripta. Y un hombre en el suelo, arrodillado junto a un cuenco, un mexica escasamente vestido, con la cara pintada. Un hombre que la miraba con ojos de sorpresa, luego de pavor y que, al levantarse, mientras Amelia le hacía un gesto para que por favor no gritara, se fue chillando aterrorizado:
   - ¡Yetaxaaaaaaaaa!
   Amelia y Perucho salieron tras él. El sol casi les deslumbró, y cuando se acostumbraron a la luz, lo que vieron a sus pies también: desde una altura de 50 metros, contemplaban una enorme ciudad de piedra que crecía sobre un islote en el centro de un lago, cientos de miles de personas caminaban por sus calzadas de piedra, afanándose de un lado para otro. Había canalizaciones, altos muros, grandes monumentos, una enorme plaza y varias pirámides escalonadas como aquella de cuya cúspide habían emergido, dos de ellas incluso mayores.
   El hombre huía escalones abajo saltándolos de tres en tres, de cuatro en cuatro, arriesgándose a romperse la crisma.
   - ¡Yetaxaaaaaa! -gritaba, llamando la atención de todos los que le oían en la calle. Miraban arriba y veían los ropajes blanquecinos de Amelia flotando al viento, y la señalaban con el dedo.
   - Yetaxa -comenzó a oírse repetir desde abajo-. Yetaxa.
   - Es el México de los aztecas -se dijo Amelia-. Nadie nos va a encontrar nunca.
   - ¿Qué está diciendo, señorita? -inquirió Perucho, tan fascinado como preocupado.
   - El veneno -respondió ella, apresuradamente-. Nos está haciendo ver cosas que no son...
   - Potser. Una vez leí algo parecido -dijo él, ensoñado-. Una puerta... al pasado...
   Pero antes de que Amelia pudiera preguntarle nada más, de algún lugar del lago les llegó el eco claro y potente de una explosión
Tenochtitlan, 11 de mayo de 1521


31 mayo 2016

MdT: Un Acto de Venganza (VI)



 

OPERACIÓN "LUNA DE SANGRE" - SEGUNDA PARTE




Prólogo Cap.I | Cap.II | Cap.III | Cap.IV | Cap.V | Cap.VI    
 
   (Estuario del Támesis, galeón español capturado.
   2 de Marzo de 1589, 23:59: hora del eclipse de Luna )

   En la proa del galeón de Gil Pérez, los dos últimos vigías ingleses estaban en apuros. Sorprendidos por la repentina extinción de las lámparas de aceite, desenvainaron entre maldiciones y se pusieron ciegamente en guardia; pero ya era tarde. Los jóvenes Alonso de Entrerríos y Antonio narcotizaron a los incautos por la espalda, con perfecta sincronización.
   - Demasiado fácil -susurró Antonio, divertido-. Después de tantas semanas encerrado, esperaba algo mejor.
   - No todo va a ser como en los libros de caballerías -sonrió el hijo de Alonso-. Por mucho que eso os guste a los hidalgos.
   - Quién viviera aquellos tiempos -fue la nostálgica respuesta del joven noble-. Pero en el Tercio ya tendré ocasión...
   - La tendremos -le corrigió Alonso hijo-. Los tres: Pere vos y yo.
   Los jóvenes comprobaron que el terreno estuviera despejado y se encaminaron al palo mayor. Había llegado el momento: uno de ellos comenzó a arriar el pabellón inglés, mientras el otro preparaba la remendada bandera de la Cruz de Borgoña, con el escudo de Felipe II de España.
   - Con sigilo -susurró el joven Alonso, frenando la cuerda para evitar ruidos delatores-. Ya tendremos batallas en...
   Una repentina luz le interrumpió. Se volvió, alarmado: la puerta del camarote de popa estaba abierta, dando paso a cuatro guardias de Drake. Dos de ellos portaban lámparas de aceite.
   - Lo sabía -gruñó el hidalgo Antonio, desenvainando su arma-. Era demasiado fácil.
  
   * * * * * * * * * *
  
   El resto de la tripulación de Gil Pérez, sigilosamente, estaba llevando a cabo su propia "encamisada" abajo, en el sollado: los ingleses que no estuvieran de servicio serían presas fáciles durante el sueño. El capitán Ordóñez hizo una señal a dos de los españoles más veteranos; éstos noquearon al primer par de durmientes en absoluto silencio. Los novatos se encargaron de maniatar a los ingleses caídos, mientras los "soldados viejos" dejaban inconscientes a un par de enemigos más. El grupo se adentró gradualmente en el sollado, en busca de nuevas víctimas...
   - Esto no es muy honroso -masculló un joven soldado de acento gallego.
   - Somos quince contra treinta  -susurró severamente un veterano andaluz-. Y son las órdenes. Para no matar a nadie.
   Una mirada asesina del capitán Ordóñez hizo guardar silencio a ambos: aún faltaba por hacer la mitad del trabajo. Estaban en el mismísimo centro del grupo de enemigos...
   Entonces, como si el destino hubiera querido elegir el peor momento, sonó en el exteriór un grito de alarma capaz de despertar hasta a los muertos.
   - ¡Caralho! -maldijo el más joven de la encamisada, al verse repentinamente rodeado. Una algarabía de imprecaciones en inglés se mezcló con el chasquido metálico de los aceros. Desde luego, los enemigos no tenían el sueño profundo.
   - Había pocos y parió la abuela -sentenció el andaluz, espada en la diestra y daga en la siniestra. A pesar de estar acorralado, sonrió con ferocidad-. ¿Sigue en pie eso de no matar a nadie, capitán Ordóñez?
  
   * * * * * * * * * *
  
   - ¿Quién ha alertado a los ingleses? -masculló "Alatriste", agazapándose en una zona sombría de la cubierta exterior.
   - ¿Por qué me miráis a mí? -susurró Pere, al ocultarse junto a él -. No me habéis quitado el ojo de encima en toda la tarde. ¿Creíais que no lo había notado?
   - Así será hasta que habléis claro de una vez -fue la cortante respuesta. Alonso de Entrerríos escrutó aquel rostro casi árabe con aire de sospecha-. ¿Sois cristiano viejo?
   - Sí. De Sos, como Fernando el Católico -gruñó el joven aragonés, molesto-. Mi padre y mi abuelo siempre se jactaron de ello.
   - ¿Y vuestra madre?
   - Pardiez, ¿es momento para eso? -Pere señaló a Alonso y Antonio, que plantaban cara a la patrulla inglesa, armas en ristre-.¡Tenemos que ayudarles!
   - No antes de saber de qué lado estáis -le retuvo Entrerríos, con mano de hierro-. Sabemos que hay espías. ¿Quién dio a Drake la idea de asaltar este barco?
   Pere estuvo a punto de reaccionar airadamente; pero algo en la mirada del veterano le contuvo. Algo profundo, que inspiraba confianza. La suficiente para arrancarle la confesión más dura de su vida:
   - Cristiana nueva -dijo al fin, bajando la mirada-. Mis abuelos nunca la aceptaron. Ni a ella ni a mí. En cuanto murió padre...
   El veterano enmudeció como si le hubieran dado un golpe bajo. Por algo así había pasado Blanca, recordó. Hasta que el "fantasma del Tenorio" consiguió ponerle fin.
   - Aprendí a vivir alerta, desde niño -resumió Pere con dureza-. A resistir golpes. Hasta que un día...
   - ... los devolvisteis -asintió el padre de Alonso, entre la desconfianza y la compasión. Si aquel joven había traicionado a su gente, al menos tenía motivos.
   - Mejor que eso: encontré otra familia aquí -el muchacho se zafó de Entrerríos con tanto brío como orgullo-. Alonso y Antonio me necesitan. ¡Dejemos de perder el tiempo!
  
   * * * * * * * * * *
  
   Desde el interior del camarote, el científico John Dee espiaba la noche; había hecho bien en enviar a los escoltas que le había prestado Francis Drake. La voz de alarma de éstos, y los sonidos de lucha en la oscuridad, no dejaban lugar a dudas.
   - Treason! -exclamó el ilustre inglés, desenvainando su propio sable. De camino al exterior, recordó el idioma de sus interlocutores y tradujo -: ¡Traición!
   - ¡No salgáis! -le retuvo Amelia, espantada ante la idea de poner en peligro a aquel personaje histórico.
   La mirada de extrañeza de éste la detuvo:
   - ¿A quién estáis protegiendo? -fue la recelosa observación del científico. Tal vez creyera en espíritus; pero ante todo, era un matemático de mente fría y lógica.
   La joven comprendió, con el corazón en un puño, que se había delatado. La menor sospecha podía poner al descubierto toda la operación.
   - A vos y a vuestro ritual, hereje inglés -improvisó Gil Pérez, en un intento desesperado de desviar la atención-. ¡Mujer, interrumpid esta brujería y os prometo interceder ante la Inquisición en vuestro favor!
   Amelia le miró con sorpresa y alivio; había que admitir que, como distracción, no estaba mal.
   - ¿La Inquisición...? -le siguió la corriente.
   - Será mejor que no le escuchéis. Veo el futuro -contestó una extraña voz: Julián hablaba como si estuviera en trance, echándole al asunto tanto teatro como era capaz-. Soy el arcángel Uriel, y hoy cumpliré mi promesa. ¡Traedme al prisionero!
   John Dee dudó por un momento, calculando todas las posibilidades. Su mirada pasó de Gil Pérez al manuscrito Voynich.
   - Los eclipses abren puertas a otros mundos -"tradujo" Amelia, mientras Julián farfullaba más palabras inventadas-. Ahora o nunca: eso dice mi hermano.
   Dee echó una última mirada nerviosa al exterior; pero llegó a la conclusión de que sería más útil allí dentro, vigilando a los tres sospechosos. Su sable señaló la Puerta del Tiempo y después a Gil Pérez:
   - Haced lo que Uriel os dice -cedió al fin-. ¡Continuad el ritual!
  
   * * * * * * * * * *
  
   Los dos jóvenes acorralados junto al mástil, guardándose mutuamente las espaldas, alzaron las toledanas con aplomo. 
   El círculo de enemigos retrocedió un paso. Sólo uno.
   Después de un interminable segundo, el inglés que había dado la voz de alerta gritó una orden, dirigiendo su sable contra Antonio. Uno de sus compañeros hizo lo propio con el joven Alonso.
   Las dos toledanas desviaron los sables, haciendo saltar chispas en la oscuridad. Los aceros sólo encontraron más acero, pero aquello sólo fue el principio: varios rápidos mandobles intentaron romper la guardia de los españoles.
   - No son torpes, ¿eh, Alonso?
   - ¡Nosotros tampoco, Antonio!
   Los jóvenes castellanos contraatacaron; los ingleses retrocedieron, obligados a utilizar los sables sólo para defenderse. Pero tras un reñido pulso, pronto acabaron por desviar el arma enemiga y hallar una nueva ocasión para devolver el golpe. Los contendientes de ambos bandos repitieron la maniobra una y otra vez, golpeando y deteniendo alternativamente con tanta celeridad como estrépito. Parecían igualados.
   Sin embargo, había una diferencia: las espadas roperas toledanas eran más delgadas que los sables de los ingleses. Éstos sonrieron fieramente; sólo tenían que golpear con más fuerza hasta quebrar las roperas, finas como floretes. Tarde o temprano, lo conseguirían...
   Aquél fue su error. El siguiente ataque de los ingleses fue demasiado impulsivo; un fuerte mandoble lateral con movimiento de barrido hacia la izquierda, capaz de castigar inexorablemente las toledanas. Pero al hacerlo, descuidaron la guardia por el otro costado, el derecho. El que quedaba justo a mano izquierda de los jóvenes castellanos.
   - ¡Ahora, Antonio!
   Ambos españoles atacaron por sorpresa con la zurda; cada uno usaba dos espadas, como descubrieron demasiado tarde sus enemigos. Uno de ellos aún tuvo tiempo de maldecirles al comprender el truco y caer exánime; el otro ni siquiera llegó a intuir de dónde venía el punzante acero que puso fin a sus días.
   Los demás guardias de John Dee, portando aún sendas lámparas de aceite en una mano, desenvainaron sus sables con la otra...pero se desplomaron sin un solo grito, para sorpresa de los jóvenes Alonso y Antonio. Las lámparas cayeron al suelo: alguien volcó un cubo de agua sobre ellas.
   - Así que conocéis el oficio de armas dobles, ¿eh, zagales? -les interpeló la voz de "Alatriste", entre la socarronería y la admiración.
   - ¿Dónde está Pere? -inquirió Antonio, extrañado.
   No hubo tiempo de explicaciones: la puerta que daba a la cubierta inferior cedió de pronto, con una infernal algarabía de golpes e imprecaciones en varios idiomas. Una docena de ingleses heridos y en paños menores irrumpió en la cubierta, lanzando aterradas estocadas en todas direcciones. Otros tantos soldados españoles les seguían, también heridos; pero estaban mejor equipados y se movían más organizadamente.
   - ¡A por ellos, que son pocos y cobardes! -sonó un grito de guerra con inconfundible acento andaluz.
   - ¡Vienen hacia nosotros! -susurró el hidalgo Antonio, ocultándose en las sombras, mientras cruzaba con el joven Alonso una sonrisa lobuna.
   - Haced igual que yo -replicó "Alatriste", en el mismo tono casi inaudible. Esperó oculto a que pasara uno de los ingleses, que huía hacia lo que creía una zona segura... sólo para quedar noqueado por un golpe de empuñadura toledana en plena nuca. Los jóvenes Alonso y Antonio aguardaron su ocasión e imitaron la jugada.
   - ¿Dónde está Pere? -repitió el hidalgo, inquieto. La creciente algarabía hacía cada vez más innecesario el sigilo, pero todavía hablaba en susurros.
   - Harto difícil es ya distinguir amigos de enemigos, en esta oscuridad -musitó "Alatriste" en su oído-. Recordad: nada de muertes.
   Los dos jóvenes asintieron, noqueando a dos enemigos más; al menos, si se equivocaban de bando, no sería irreparable. Por un momento pareció que los desorientados ingleses caerían fácilmente en la trampa; pero un gigantesco mercenario escocés, más alerta que los demás, comprendió el engaño:
   - The flag![1] -indicó a su compañero más cercano.
   En efecto, el chirrido de la polea de la bandera comenzaba a destacar sobre el barullo general. Alguien la estaba alzando, con demasiada prisa para guardar el conveniente sigilo. El remendado pabellón español comenzó a recortarse contra la oscura luna roja del eclipse, ensombreciéndola aún más; al menos, así lo percibieron algunos de los combatientes desperdigados por la cubierta.
   - What art thou doing, scum?[2]

   En el mástil principal, el hombre que forcejeaba con la bandera se interrumpió, al verse flanqueado por dos gigantescos mercenarios escoceses. Cualquiera de ellos habría puesto en fuga al más pintado. Pero el español, que no era otro que Pere, se rió del peligro en su cara.
   -¡Yo crecí en el infierno, perro! -se burló, desenvainando su espada toledana-. ¡Mi abuela daba más miedo que tú!
   El mercenario se abalanzó con su sable igual que un toro bravo; pero Pere ya había previsto la maniobra, burlándole tras el mástil. El otro escocés le atacó también, pero la toledana del mestizo aragonés desvió habilmente el sable.
   - Surrender![3]
   - ¡Se va a rendir tu tía la del pueblo! -replicó con insolencia Pere, desenvainando la daga vizcaína con la otra mano. Entre los dos aceros y la protección del mástil, se veía capaz de aniquilar a ambos escoceses. A cambio, el pabellón tendría que esperar un rato, pero...
   Una algarabía procedente del barco inglés vecino le provocó un escalofrío. Casi habían recuperado el galeón; pero si llegaban refuerzos del segundo barco, la tripulación española estaba perdida. No había que ser ningún genio para darse cuenta de ello.
   - ¡Pere! -gritó Entrerríos padre, desde lo más reñido del combate-. ¡Se nos acaba el tiempo! ¡Ahora o nunca!
   El joven mestizo aragonés no pertenecía al Ministerio del Tiempo. No tenía todos los detalles de la misión. Pero "Alatriste" le había prometido refuerzos a una señal; y esa señal era el pabellón.
   Si jamás hubo dudas sobre la disciplina y lealtad de Pere, en el futuro ya no volvería a haberlas. Aunque ese futuro quizá fuese demasiado breve.
   Sólo faltaba una brazada para que el pabellón llegara a lo más alto. Era suicida, pero...
   Pere soltó las armas, ignorando el asfixiante abrazo de un mercenario y la estocada del otro en su muslo. El aragonés asió la cuerda a la altura adecuada y se dejó caer aferrado a ella, rezando el último verso de un avemaría:
   "Ahora y en la hora de nuestra muerte..."
   - ¡¡¡PERE!!! -rugió Antonio al lanzarse, demasiado tarde ya, hacia el lugar donde habían sonado las bravatas de su compañero un momento antes.
   El pabellón llegó a lo más alto del mástil. El barco volvió a ser territorio español; la escritura de la puerta del tiempo brilló de manera extraña.
   Y una voz rotunda, salvadora, irrumpió en la noche:
   - ¡Yipikayei, hideputas!
   La Puerta del Tiempo al fin había vuelto a funcionar.
   John Dee siempre recordaría aquel momento; pero no como la buena noticia que esperaba.
   El astrólogo contempló maravillado cómo el interior del "armario" se convertía en un pasillo subterráneo, rebosante de puertas a otras realidades. Pero su sensación de triunfo dio paso al horror cuando a través de ella llegaron los habitantes de aquel mundo secreto: los viajeros del Tiempo. Numerosos seres de armadura refulgente, sí; pero no eran ángeles.
   El inglés notó en su espalda el cañón de un arma de fuego:
   - Soltad el sable o disparo, señor Dee -Amelia, pistola en mano, sonrió fríamente al añadir-: Bienvenido, Spínola. Me encanta que mis planes salgan bien.
  
   * * * * * * * * * *
  
   El joven hidalgo Antonio se abrió paso valerosamente a través del combate; pero sabía que era imposible. Había escuchado el quejido ahogado de Pere al caer. Voló en su ayuda, pero había varios enemigos por medio. Nunca conseguiría llegar a tiempo de evitarlo...
   Quizá por eso le invadió tal sed de sangre cuando vio a su compañero debatirse por última vez, derribado por los dos mercenarios. Cuando desoyó las órdenes y su espada atravesó limpiamente a uno de ellos, en un ataque de furia vengadora. Inmediatamente apartó al otro escocés a base de estocadas; pero el cuerpo del primero, vivo o muerto, todavía aplastaba al malherido aragonés.
   - ¡Ayudadle, por todos los santos! -exclamó Antonio, abalanzándose contra su gigantesco adversario con temeridad suicida.
   Días después, al hidalgo aún le costaría trabajo recordar qué había pasado exactamente. Por qué la oscuridad, que todos veían negra, para él se tornó tan roja como la sangrienta luna del eclipse. Cómo pudo derribar él sólo a un mercenario de aquel tamaño, que después llegó a saber que no era ningún novato.
   Antonio sólo recordaba que, cuando al fin se quitó de encima la inmensa mole de su segundo enemigo, el "nuevo médico" Julián ya había liberado a Pere del peso del primero, ignorando las estocadas que todavía se cruzaban a su alrededor. El enfermero presionó el corazón del joven caído repetidamente. Después hizo algo impío, blasfemo: ¡se inclinó sobre los labios del aragonés!
   - Pero ¿qué hacéis, insensato? -se escandalizó Antonio, mirando en todas direcciones-. ¿Sabéis lo caro que os puede costar esto?
   - Meterle aire en los pulmones -jadeó el enfermero, reanudando el masaje cardíaco-. ¿Preferís perderlo? Además, ¿qué os importa?
   Antonio le dirigió una mirada cohibida, pero no tuvo tiempo de contestar; el herido tosió débilmente, acaparando toda su atención.
   - ¡Pere! ¡Es un milagro...!
   La dulzura con la que Antonio atendió a su compañero sorprendió a Julián, al principio. Hasta que reparó en la mirada del hidalgo. Había infinito asombro y agradecimiento en ella; y había más cosas. Muchas más.
   El enfermero había visto algo así antes: cuando Lorca miraba a Dalí. Y también aquella manera cautelosa de apartarse, solícito pero temeroso de molestar, cuando al fin el herido pudo levantarse.
   Antonio guardaba un secreto imposible en el corazón. Y Pere no lo sabía. Nadie lo sabría jamás.
  
   * * * * * * * * * *
  
   Durante su audiencia matutina, la reina Isabel I Tudor recibió un mensaje decepcionante:
   - El galeón español ya no se encuentra en el Támesis, Majestad.
   - ¿Qué ha pasado con el otro barco que pusimos para vigilarlo? -fue la brusca respuesta.
   El mensajero, azorado, bajo la vista y tartamudeó:
   - Ha zarpado también.
   La pelirroja monarca intentó disimular su contrariedad. Así que ambos navíos habían partido juntos. Eso sólo podía significar...
   - Dimos orden de que nuestra nave remolcara el galeón cuando ya no resultara útil.
   - Para hundirlo en alta mar -asintió un almirante, inclinándose respetuosamente ante la reina- Con los prisioneros españoles dentro, excepto los que valieran algún rescate.
   - Así se reunirán con los restos de la Invencible -sentenció ella fríamente.
   La monarca despachó al mensajero y aguardó a que éste abandonara la estancia, antes de despojarse de su máscara de orgullo:
   - Así que no había nada útil en el galeón -reflexionó, contrariada-. John Dee, el mejor de nuestros científicos, se equivocó. La Puerta del Tiempo no existía, almirante Drake.
   - O mintieron los espías que nos hablaron de ella -replicó Sir Francis Drake-. Dee habrá comprobado que era falsa y dado la orden de eliminar el barco. Era su deber.
   - De todos modos, el papel de Dee en esta guerra ha tocado a su fin -desde lo alto de su trono, la mirada de la reina se encendió al posarse sobre el corsario-. Y esto significa que ha llegado vuestro turno, almirante Drake. Ya sabéis lo que hay que hacer.
   Éste asintió con una reverencia marcial y se retiró para cumplir las órdenes. En el fondo, estaba satisfecho; por fin llegaba su ocasión. Había arrasado Cádiz dos años atrás, pero a cambio la "Armada Invencible" estuvo a punto de jugarle una mala pasada en Plymouth, poco después. Estaba claro: necesitaba asestar el golpe definitivo a España, y ahora Inglaterra tenía una gigantesca Contraarmada a punto para ello. Con armas especiales: aquella “gente de Leiva“ le había provisto de arcabuces que llamaban “del futuro“; y que realmente, aún no tenían igual en todo el mundo. Pasaría a la Historia; todos los relatos del mundo hablarían de la Contraarmada Invencible Inglesa de Drake, dos veces mayor que la española, mil veces más terrible. Los siglos venideros se harían eco de su gloria...
  
   John Dee, en un rincón del salón del trono, bajó la vista con aire derrotado. Si guardaba silencio, al menos su exilio en una lejana Universidad sería honorable. Pero si su reina llegaba a saber que había perdido una auténtica Puerta del Tiempo, le haría ejecutar; y si por algún milagro no lo hiciera, "Alatriste" utilizaría otras Puertas para impedir que Dee llegase a haber nacido. Así que debía callar: Dee jamás podría volver a hablar sobre viajes en el Tiempo. Amelia Folch había sido muy clara al respecto.
   La puerta perdida fue el primer secreto de la Contraarmada de Drake; el primer vergonzoso silencio. Damnatio memoriae. Y no sería el último.
   Así comenzó la caída del Dragón.
  
   * * * * * * * * * *
  
   Un galeón, español a juzgar por la Cruz de Borgoña en su (remendado) pabellón, cruzaba el Canal de la Mancha en dirección sur; directo hacia las costas del Cantábrico.
   - Esta vez ha faltado poco, ¿eh, Gil Pérez? -sonrió Julián con alivio. Estaba encantado: gracias a la Puerta, por fin había recuperado el cargador solar del móvil, entre otros cachivaches informáticos. Jugueteaba con la pantalla táctil lleno de entusiasmo.
   - Bueno, yo me vuelvo a batallar a Ostende -rezongó Spínola-. Menos mal que esta vez sí me habéis llamado para algo útil, que si no...
   - Más vale prevenir -sonrió Gil Pérez afablemente-. Mejor venir de más, que de menos.
   - ¿Es una chanza? Mucho decís en el Ministerio que no queréis cambiar la Historia, pero como me sigáis llamando tanto, la de Ostende sí que va a cambiar. Y para mal.
   - Ha hecho una gran labor hoy, Spínola -sonrió Amelia, desarmándolo con su dulzura-. Gracias. Imagine la Puerta del Tiempo en manos de los ingleses.
   La expresión del Grande de España se volvió un poema: la joven le había dado un golpe bajo. Si Inglaterra hubiera cambiado la Historia en 1589, quizá Spínola no tendría nada que ganar en la batalla de Ostende en su tiempo, 1603. Así de claro.
   - Nosotros tres, con vuestro permiso, regresaremos a nuestro antiguo puesto -anunciaron Pere, Antonio y el hijo de Alonso-. Este barco lleva demasiado tiempo descuidado. Los ingleses no supieron o no quisieron atenderlo bien.
   Gil Pérez asintió y los jóvenes se marcharon, intercambiando bromas pesadas. Se despidieron calurosamente de "Alatriste"; pero por lo demás, parecían haber perdido todo interés en la Patrulla del Ministerio. Sólo el hidalgo, Antonio, dedicó a escondidas un último gesto de agradecimiento a Julián.
   - ¿No lo saben? -preguntó el anciano funcionario.
   "Alatriste" negó con la cabeza.
   - Estoy muerto para mi familia, sin excepción. Órdenes del Ministerio. Di mi palabra.
   - Lástima; pensé que quizá después de esto... -Gil Pérez le sonrió afablemente y volvió a concentrarse en su ordenador portátil-. En fin, vuestro hijo es un gran soldado. Aquí estará bien. Os lo prometo.
   - Bueno, misión cumplida -Julián se estiró, satisfecho-. Hemos salvado el barco y la Puerta de Gil Pérez de manos de los ingleses. Nos hemos ganado un descansito, ¿no?
   - De eso nada -Amelia volvió a abrir la Puerta del Tiempo e hizo una señal al veterano Alonso-. Él y yo tenemos que informar a Salvador. Julián, con la gente que te preste Gil, tienes algo más que hacer.
   - ¿Por qué yo? -se indignó el enfermero.
   - Porque éstos no te conocen.
   Amelia estaba señalando los rostros de las misteriosas fotografías anónimas: eran soldados de Leiva. En pleno siglo dieciséis.
   - Están sueltos todavía por aquí -asintió Entrerríos-. A ella y a mí nos conocen, pero a vos no. Sois el único que puede acercarse a ellos sin levantar la liebre.
   - ¿Y por dónde empiezo?
   - Somos españoles, ¿no? Improvisad.
   Julián intentó lanzarles el móvil a la cabeza, pero Amelia y Entrerríos le burlaron cruzando la puerta como una exhalación. Sin que el soldado olvidara santiguarse, lo cual tenía mérito, dada su celeridad.
   - Y usted, Gil Pérez, podría haberles dicho algo para ayudarme, ¿no?
   - Eh... perdón, estaba ocupado con el ordenador. He descuidado mis deberes mucho tiempo.
   - ¿A ver?
   - ¡Es información confidencial! -se indignó Gil, cerrando la tapa del ordenador portátil.
   - Oh, vamos. Conozco esa musiquilla desde pequeño. Aunque hace años que no lo pruebo.
   Gil Pérez le dirigió una mirada cómplice:
   - Me ha interrogado el enemigo. Han estado a punto de ejecutarme por mi país. Dadme un respiro, pardiez.
   - Trato hecho -sonrió Julián con picardía, pasándole el móvil-. Os presto Angry Birds y Candy Crush, si a cambio me dejáis una partidita de Space Invaders.
  
   * * * * * * * * * *
  
   Amanecía en el Canal de la Mancha. Un barco inglés flotaba a la deriva, en medio de ninguna parte.
   Parecía un navío fantasma, reflexionó William, intentando despertar de una patada al narcotizado tripulante más cercano.
   Estaba preocupado por el futuro; pero también por los recuerdos de la noche anterior. Había espiado durante un fugaz instante el interior de un camarote (una escena de lo más extraña), antes de volver a su puesto y caer narcotizado.
   El somnífero le había hecho efecto, pero no tanto como a los demás; porque había contenido la respiración al detectar aquel hedor alquímico. A diferencia de los otros marinos, William era un hombre lo bastante instruido para distinguir el olor de un producto de laboratorio. No estaba en la Armada inglesa por necesidad; buscaba aventuras. Deseaba algo más que su vida de comerciante malcasado en Stratford-Upon-Avon. Necesitaba inspirarse; planeaba ser escritor...
   - ¡Arg! -se quejó el borrachín Stephan, pues él era era el tripulante cercano, al recibir una patada más certera que las demás.
   - ¡Por fin, bello durmiente! -se burló William-. Ayúdame, ¿quieres?
   - ¿Qué ha pasado...?
   - Que los españoles se amotinaron y tú estabas demasiado borracho para ayudarme, ¡eso ha pasado!
   Tardó poco en espabilarlo, y no mucho más en despertar al resto de la tripulación. Pero le costó bastante más trabajo explicar a los aturdidos oficiales lo que había sucedido. Muchos habían sido noqueados y apresados durante el sueño; sólo una docena, los que llegaron a luchar contra los españoles, respaldaron su versión.
   - ¡Ha desaparecido el sextante! -anunció la voz consternada del contramaestre-. ¡Así no podremos orientarnos! Nos han abandonado a la deriva. ¿Por qué...?
   - Para que nadie descubra a tiempo la fuga del galeón -comprendió el capitán-. En Londres pensarán que nuestra nave ha sacado el barco de los españoles a remolque, para hundirlo en el canal de la Mancha. Eran las órdenes.
   - ¿Así que nadie nos echará de menos en un par de días? ¡Nadie vendrá a ayudarnos...!
   El capitán acalló las voces de alarma con sorprendente temple. Se rehízo y ordenó desplegar velas; en una u otra dirección, pronto conseguirían ver tierra. A juzgar por la altura del sol, no deberían llevar demasiado tiempo en el mar, y el canal de la Mancha no era grande.
  
No pasaron demasiadas horas antes de que el vigía se dejase oír. Pero lo que anunció no fue lo que esperaban:

   - ¡Barco a la vista!
   - ¿Amigo o enemigo?
   La aterrorizada respuesta sorprendió a William. A pesar de que éste ya había visto muchas cosas extrañas desde la víspera. Aquel camarote, por ejemplo. Los símbolos cabalísticos. El próspero mago Dee invocando a un ángel llamado Ariel, o Uriel. Acompañado de una joven que podría ser su hija, o un querubín del mismísimo cielo. Quizá algún día escribiría sobre ellos. Se acercaba una tempestad...
   - ¡Un barco de Grace O'Malley!
   William tardó poco en comprender por qué podía llegar a inspirar semejante terror un nombre femenino.
   Exactamente el tiempo que tardó en abordarles aquel navío irlandés, capitaneado por una mujer. Una pirata de sangre azul tan madura, tan pelirroja, tan culta y tan enérgica como la propia Reina Isabel I de Inglaterra. Pero, excepto en contadas ocasiones, enemiga de esta última.
   No fue un enfrentamiento fácil, ni fue el único peligro que William llegó a conocer en aquellos tiempos. La Historia los llamó "sus años perdidos"; pero para él fueron todo lo contrario. De sus aventuras salió la inspiración que le convertiría en escritor.
   El mayor escritor de Inglaterra, como habría dicho Amelia Folch si hubiera conocido la verdadera identidad de aquel soldado: William Shakespeare.
   Pero la joven no llegó a saberlo. Nunca.
  
   (CONTINUARÁ…)


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[1] ¡La bandera!
[2] ¿Qué estáis haciendo, escoria?
[3] ¡Rendíos!