28 marzo 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (III)

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   (Dedicado a las víctimas de Cagayán, del 11-M y de la tragedia aérea de los Alpes)

Un acto de honor (III)

   - Esto tiene que ser una pesadilla... -murmuró Amelia. 
   -Sí, vaya mezcla: Es más rara que Cowboys contra alienígenas -asintió Julián.
Ante ellos se desplegaba una típica formación de los Tercios de Flandes: un cuadro ordenado de lanceros, rodeleros y arcabuceros, desafiando al fuego enemigo en medio de un escalofriante silencio. El sargento mayor pronunció una sola palabra:
   - ¡Santiago!
   - ¡Cierra!-contestaron cuarenta voces al unísono. Era la señal: todos se cuadraron con el brazo al frente, ajustando la distancia exacta entre cada fila y la siguiente.
   - ¡Santiago! -repitió el oficial.
   - ¡Cierra! -una sola voz, un solo movimiento: esta vez, brazo a la derecha. Casi un metro de distancia entre cada lancero y el de al lado.
   - ¡España!
   Los tambores dieron la señal de marcha; las picas de la vanguardia bajaron hasta calarse en posición de ataque. Marcando el paso, el cuadro comenzó a avanzar. En el calculado espacio entre lanceros avanzaban los arcabuceros, espada y daga al cinto, listos para disparar: Julián soltó una maldición cuando distinguió a Alonso y Pero Lucas entre ellos. En primera fila, además: la de los más veteranos. 
   Pero aquello no era Flandes: era la cubierta de un barco. Y los enemigos al fondo no se parecían a nada que Amelia hubiese visto nunca: armaduras samurai de flexibles láminas de cuero y metal, acampanadas como los extraños cascos, rematados en formas fantásticas, como de otro mundo... 
   - Parecen salidos del infierno de Dante.
   - O de La Guerra de las Galaxias.
   Amelia parecía realmente asustada; Julián, más bien tenso, como cuando recibía una alerta de incendio a punto de terminar el turno.
   Iba a ser un día muy duro...

* * * * * * * * * *

(Cuatro horas antes):
    La jornada empezó como cabía esperar en un campamento militar: con un toque de diana al alba.
   - ¡En pie, haraganes! -resonó la voz de Entrerríos.
   - Pero si casi no es de día... -gimió Julián.
   - ¿De verdad se ha quedado Alonso toda la noche? Dios mío, qué vergüenza: ¡yo, durmiendo con dos hombres...!
   - Mejor no voy a opinar sobre eso -rezongó el soldado, comenzando a vestirse.
   - ¿Otra vez con lo mismo? Ya cansáis -bostezó Julián-. A varios metros de dos hombres, Amelia, y con una cortina en medio. Por cierto, Alonso, ¿cómo es que te has atrevido a dormir a bordo? Creí que te ibas a largar en cualquier momento.
   - Porque teníais razón: el mar me puede -reconoció Entrerríos-; y yo no tolero que algo me pueda. Esto se ha de terminar.
   - Bien, pues ya has dado el primer paso: no creas que todo el mundo es capaz -se admiró Julián-. Y esta vez no hemos tenido que emborracharte, ni partirte una silla en la cabeza, ni darte cloroformo...
 - ¿Cloroformo? Tuve que sacar vuestras botas fuera del camarote: ¡si no, estaríamos inconscientes! -rió Amelia, oculta todavía tras la cortina que había improvisado colgando una sábana.
   - Una mujer refunfuñando desde que amanece -gruñó Alonso, intentando no sonreír-. ¡Cómo lo echaba de menos!
   - ¡Ah, la vida de casado! -le siguió la corriente su compañero-. ¡Los solteros no saben lo que se pierden!
   - Si lo supieran, ¿se casarían?
   Amelia fingió ofenderse, pero en el fondo se sentía aliviada: por fin los dos hombres empezaban a ser capaces de bromear sobre sus problemas. La joven se quitó la camisa de dormir y comenzó resignadamente a ponerse el maldito vendaje para disimular el pecho... sin darse cuenta de que la luz del alba comenzaba a recortar su silueta a través del precario cortinaje. Julián dirigió una mirada socarrona a la sábana antes de volverse hacia Alonso. Éste miró a su compañero con aire de reproche y sacó algo de su equipaje: 
   - Te hemos conseguido un coleto como el mío, Amelia -Entrerríos pasó un chaleco de cuero a Julián, y éste se lo lanzó a Amelia por encima de la cortina-. Se pone sobre la camisa. Quizá te ayude más que lo que fuere que llevaras ayer. Es más pequeño, claro: del tamaño que habría usado Blanca...
   Julián notó una fugaz punzada de tristeza en la mirada de su compañero, pero no hizo ningún comentario: lo comprendía demasiado bien. Terminó de vestirse y decidió acompañar a Entrerríos a desayunar. 
   - Te esperamos fuera, Amelia -el enfermero no pudo evitar una risita maliciosa al añadir-: Ah, y si nos han robado las botas, que conste que la culpa es tuya.

* * * * * * * * * *
 
(Tres horas antes):
   Julián hizo una rápida llamada al Ministerio y usó la Puerta. No tardó mucho en volver, cargado con un enorme fardo de material médico.
   - ¿Lo saben? -inquirió Alonso.
   - No todo: no lo aprobarían. Sólo les he dicho que quiero ayudar a los heridos, pero en tierra -la expresión de Julián se hizo mucho más grave-: Alonso... cuando lo hagamos, no habrá vuelta atrás.
   - Por mí no tengas cuidado. Pero no apruebo que Amelia se embarque en esto. Tú y yo sabemos movernos en medio del fragor del combate: ella, no.
   - Eso es verdad. Pero la idea ha sido suya, y ya sabes lo cabezota que es. Bueno, los tres somos cabezotas, a nuestra manera: tal para cual...
   En los libros habían encontrado muy pocos datos sobre la inspiración del estilo "dos cielos“ (dos espadas) de Musashi: una teoría sin confirmar apuntaba a que Musashi podría haber sido zurdo o ambidextro. Otra teoría, más extendida, afirmaba que asistió en su juventud a alguna exhibición de esgrima europea. Tales exhibiciones, ¿habrían despertado interés si no hubiera sido por combates como el que se estaba empezando a fraguar? Exasperada por la falta de datos, Amelia acababa de tomar una decisión radical: habría que presenciar la batalla desde primera línea. Por eso había enviado a Julián a por suministros de emergencia.
   No sobró tiempo. Mientras esperaba a su compañero, Alonso averiguó qué órdenes tenían los hombres de Carrión: zarpar de inmediato. Con toda la flotilla disponible: la galera Capitana, el navío ligero San Yusepe y cinco embarcaciones pequeñas de apoyo.
   - Otra vez al maldito barco... ¡me gustaría pisar suelo firme un rato!
   - Ahora sí que pareces tú mismo. ¿Por qué tanta urgencia? ¿Tendrá algo que ver con esa humareda en el horizonte? 
   - La gente está inquieta: dicen que hay una aldea en aquella dirección -les interrumpió Amelia, acudiendo a su encuentro. Parecía angustiada. 
   A juzgar por los comentarios que circulaban, había razones para estarlo. 

* * * * * * * * * *


(Dos horas antes):
   En efecto, había una aldea a varias millas marinas de allí, al doblar el cabo Bogueador: cerca de la desembocadura del "Tajo", el Río Grande de Cagayán. O la había habido, al menos.
   Lo que encontraron fue desolador.
   - Tarde o temprano habrá una expedición de venganza -había avisado Carrión repetidas veces, organizando diariamente patrullas costeras-. El junco que hicimos huir: volverá con refuerzos.
   "Una aldea de nativos tagalos tratada con especial dureza", fue lo que quedaría escrito en los libros de Historia. Pero la frase no hacía justicia a lo que vieron. "Arrasada a sangre y fuego", habría sido una expresión más acertada. Los piratas no se habían contentado con robar todo lo imaginable: se habían ensañado. Cabañas reducidas a cenizas, algunas de ellas con familias enteras (o más bien, lo que quedaba de ellas) todavía dentro. Mujeres y niños violados y asesinados; aldeanos mutilados por espadas o destrozados por prácticas de un sadismo aberrante. Heridos desangrándose sin remedio, en los casos en que los cortes de katana afectaban profundamente al tronco. Amputados e inválidos de por vida, en otros casos más "afortunados".
   "Wo-kou", repetían los relatos de los supervivientes: una fuerza combinada de piratas chinos y japoneses, según tradujo el capellán del Tercio. Julián había trabajado en muchas emergencias, pero sólo el 11M superaba lo que estaba presenciando. Se ciñó obsesivamente al protocolo del Samur para amordazar su horror y su furia: clasificar la gravedad de los heridos, hacer curas de urgencia a los que podía salvar, administrar anestésicos a los que necesitaban cauterización o suturas, comunicar al oficial médico los casos graves, indicar los moribundos al capellán. Un solo error de cálculo, y el herido que dejase esperando podría estar muerto cuando regresara para atenderle. El cirujano barbero y el oficial médico de Carrión estaban también atareados, haciendo gala de la misma profesionalidad que Julián, a pesar de los siglos de instrucción que les separaban. Los soldados y los mozos de carga de las embarcaciones auxiliares, los dos religiosos de la flotilla y los nativos supervivientes distribuían provisiones, sábanas, enseres básicos y hacían de camilleros. 
   - ¿Puedo ayudar? -gimió Amelia. Ella y Alonso traían en brazos dos niños malheridos. Julián examinó a los niños y negó con la cabeza. El capellán del Tercio dio la extremaunción a los pequeños y susurró, con infinita compasión, algo que sólo Julián y Amelia oyeron:
   - Sí puedes: dale la mano y ayúdale a morir.
   Amelia clavó la vista en su compañero, aterrada. El enfermero asintió con impotencia y volvió a concentrarse en otro herido al que sí podía salvar. La joven dio la mano a uno de los pequeños; el capellán hizo lo mismo con el otro. Al menos, no les dejaron morir solos. 

* * * * * * * * * *

(Una hora antes):
   El capitán e hidalgo Juan Pablo de Carrión sólo se demoró lo suficiente para averiguar qué rumbo habían seguido los piratas: río arriba, en busca de más poblaciones. Ordenó dar la señal de embarque a su tripulación y dejó atrás las naves menores de apoyo, aún enfrascadas en las últimas tareas de socorro. La Capitana desplegó todas las velas y empleó a fondo la fuerza de sus remos. Se rumoreaba que la flota pirata podía ser más numerosa que la española; pero si el capitán Carrión lo creyó, no pareció importarle. Solamente pensaba en una cosa: terminar lo que debería haber acabado unos días atras, cuando ahuyentó al junco enemigo a cañonazos en alta mar. Ahuyentarlo, no hundirlo: eso había sido un gran error que estaba pagando amargamente ahora. 
   Esta vez tenía que alcanzarlo, y lo alcanzó. Impulsada no sólo por vela, sino también por varias filas de remos, la velocidad de la Capitana era muy superior a la del resto de su flotilla, así que estaba sola cuando divisó el barco enemigo. El junco era mucho mayor que la galera, y su tripulación muy superior en número. Pero Carrión confiaba en su artillería y en sus hombres: ahora, acorralados en el limitado espacio del río, los wo-kou no podrían huir tan fácilmente. 
   - ¡Preparad los cañones! 
   Se aprestaron los pañoles: los marineros y ayudantes cargaron la pólvora, las balas de cañón y la metralla.
   - ¡Fuego!
   La detonación fue estruendosa; le siguieron varias más. La cubierta enemiga, atestada de piratas listos para el abordaje, era un blanco fácil: descarga tras descarga de artillería, los bandidos fueron barridos a docenas. 
   El junco también respondió a cañonazos, pero con mucho menos éxito: no disponían de tantos cañones, o quizá les faltaba gente tan entrenada en recargarlos con rapidez. Carrión se había cuidado muy bien de reforzar la artillería: la Capitana y el San Yusepe estaban, literalmente, armados hasta los dientes, y también sus expertos tripulantes. 
   Julián, por primera vez en su vida, no lamentó ni lo más mínimo las heridas que sufrieron los truhanes del junco: estaban probando de su propia medicina. Pero el corazón le dio un vuelco cuando descubrió que Amelia ya no estaba con él.
   - ¿Dónde está mi ayudante Folch? -preguntó al oficial médico, entrando en la enfermería; esperaba que ella se hubiese refugiado allí, ya que era la zona más segura del castillo de popa.
   - No la... no lo he visto -estaba claro que el disfraz de Amelia no había engañado al médico, pero éste no parecía tener interés en delatarla. Su ayudante ya estaba preparando el material de desinfección (aguardiente fermentado), cauterización y sutura, y tanto él como el barbero se estaban ciñendo una coraza, para cuando llegara el turno de adentrarse en el inminente combate-. Pero mi ayudante dice que salió hace rato en esa dirección. 
   El médico señalaba la zona de servicio de la artillería. ¿Se había puesto Amelia a ayudar a los mozos que cargaban los cañones? Era una tarea relativamente fácil: podía ser capaz... Julián iba a lanzarse en su busca, pero Entrerríos apareció como por arte de magia y le cortó el paso:
   - Déjala. Esa zona está a cubierto: allí estará bien.
   - Aquí también, en la enfermería. ¡Debería aprender a salvar vidas, no a quitarlas!
   - Eso no te corresponde a ti decidirlo.
   - ¿Cómo que no? Sé cómo es ella, y sé que no debería... 
   Entrerríos le puso una mano en el hombro y le obligó a mirarle. Julián advirtió algo que no había visto antes: una bandolera con cargas de pólvora y un mosquete, además de las espadas. Seguramente, recién sacados del camarote que habían compartido. Alonso estaba a punto de entrar en combate... pero se había vuelto para impedirle buscar a Amelia. ¿Por qué? ¿Se lo había pedido ella? 
   - Escucha, Julián: yo también sé lo que ella, y otros, deberían o no hacer... en mi tiempo y en mi lugar. Pero cuando viajo a otros, las normas cambian, y he de obedecerlas, me guste o no. Tú tampoco estás en tu tiempo ni en tu lugar: tendrás que aceptar algunas cosas. 
   - ¿Como Amelia cambiando de esa manera? No es propio de...
   - Escúchame: si algo es propio de una mujer, es odiar a los asesinos de niños. 
   Los tambores y flautines dieron una estruendosa señal: no hubo ocasión de discutir más. La tripulación, al oírla, sacó las hachas y ganchos de abordaje. Alonso miró el espacio de mar entre ambas naves con aversión... pero para su sorpresa, no le dio tanta importancia ya: demasiadas cosas le estaban dando aversión en lo que llevaba de día. Tanto como para cambiar, al menos de momento, su miedo al mar. O los principios de Amelia Folch. La cubierta del junco estaba arrasada: pero quedaban numerosos tripulantes escondidos en el interior, y los densos haces de fibras vegetales resultaron absorber bastante bien las descargas de artillería. No se podía hacer mucho más a cañonazos. Había que pasar al abordaje. 

   Y el abordaje fue un error. Un maldito error.
   Los ganchos y cabos acercaron las naves hasta asegurarlas lado a lado. Encabezados por Carrión y Pero Lucas, diez arcabuceros y otros tantos rodeleros de los Tercios saltaron a la arrasada cubierta del junco. Los hombres de la Capitana eran pocos, pero escogidos por su veteranía: lo que se definiría como soldados de élite, en tiempos de Julián. Este último y el capellán les imitaron: más valía estar cerca por si había heridos, aunque unos simples piratas no deberían ser rivales para ellos...
   Pero lo que encontraron en cubierta no fueron simples piratas. Hastiados por la falta de resultados, los líderes habían decidido salido a la luz.
   Una algarabía de silbidos abrió el combate. Fue la primera señal de que algo iba a cambiar.
   - Flechas zumbadoras: un ritual pagano -informó el capellán. Se había puesto lívido-. Salvas para llamar a los espíritus kami a que contemplen la batalla. Esto no es normal. 
   Tras los arqueros, una línea de soldados ashigaru, con livianas armaduras de tela muy gruesa y cuero, enarbolaban alabardas naginata: lanzas cuya larga punta consistía en una auténtica espada completa. Tras ellos se distribuían sus comandantes, ataviados con llamativas armaduras acampanadas de láminas metálicas y cuero lacado. No se habían molestado en desenvainar sus katanas, ni las largas espadas nodachi: aún no lo necesitaban. 
   - Rônin, antiguos samurais sin señor -masculló Carrión-. O más bien, que ahora sirven a un nuevo señor de la guerra: Tay Fusa. Al fin vamos a vernos cara a cara.
   En medio de todos ellos, sobre una silla de tijera de cuero ricamente trabajada, un jefe samurai de ornamentada armadura dirigía las operaciones bajo una especie de palio: en realidad, una tienda semiabierta, transportada por varios hombres. A una señal suya, los soldados rasos ashigaru abrieron fuego. Alonso recibió un tiro en el hombro; Lucas, en el antebrazo izquierdo. Eran heridas leves: a su alrededor cayeron otros con peor suerte. Los españoles dispararon, pero tuvieron que agacharse a recargar. Los rodeleros les cubrieron con sus escudos, mientras los mosquetes de la Capitana les relevaban abriendo fuego. 
   - ¿Los piratas también tienen arcabuces? -se alarmó Julián, comenzando a arrepentirse de haber ayudado a Entrerríos a saltar al barco enemigo.
   - Sí, fusiles teppo... ¡agacha la cabeza! -el capellán se adelantó para auxiliar a los caídos-. En mala hora se los vendieron los portugueses...
   La empresa era imposible: allí delante eran un blanco perfecto. No podían atacar eficazmente: los arcabuces y mosquetes debían detenerse para recargar después de cada tiro, y las largas lanzas naginata hacían imposible acercarse lo suficiente para poder luchar cuerpo a cuerpo. Carrión, ataviado con su media armadura y con la visera bajada, intentaba abrirse paso con su espada y su escudo de rodela. El resto de los rodeleros le imitó, escudo en una mano y espada en la otra; pero la estudiada formación de largas lanzas japoneses los tenía bloqueados. 
   Carrión comprendió que necesitaba parapetarse y usar sus propias picas: pero éstas eran demasiado pesadas para cambiar de barco. Con rabia, hubo de pronunciar la aborrecida palabra: 
   - ¡Retirada!
   Cada herido fue puesto a salvo por su camarada, protegidos por la línea de escudos que formaron los rodeleros: no se dejaba a nadie atrás. Alonso tuvo que dar otra vez la mano a Julián para superar su aversión y volver a saltar al otro barco. En la Capitana, un soldado demasiado joven, tocado con un casco sencillo, terminó de ayudarle a cruzar: ¡era Amelia!
   - ¿Pero qué haces...? -se alarmó Entrerríos-. ¡Agacha la cabeza y vuelve al castillo de popa! Es la enfermería: pronto vas a hacer falta allí...
   Julián no se dio cuenta: estaba ocupado ayudando al capellán a retirar los últimos heridos, esquivando algún balazo por muy poco. Los rodeleros fueron los últimos en retirarse, cuando por fin los arcabuceros pudieron abrir fuego para protegerles.
   - Una formación de lanzas para bloquear al enemigo, ¿eh? -masculló Carrión, con una sonrisa especial-. En nuestro barco no lo tendréis tan fácil. ¡Lanceros! ¡Enseñadles cómo forma un Tercio en Flandes! 

(CONTINUARÁ...) 
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27 marzo 2015

Firma Invitada - MdT: Un acto de honor (II)

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Un acto de honor (II)

   - ¡Yo ahí no subo!
   - Vamos, Alonso –Lucas se armó de paciencia-. -El capitán Juan Pablo de Carrión está muy ocupado, pero va a recibiros en la galera "Capitana“. Está avisado de todo, él también es del Ministerio. Será breve.
   - ¡Bien podríamos reunirnos en tierra!
   - ¿Y tú eres el que estuvo a punto de embarcarse en el San Esteban? –suspiró Amelia-. La verdad, cuesta creerlo.
   - Tenía un buen motivo.
   - Sí, salvar a tu hijo: y aun así, tuviste que beberte media fonda para animarte -le recordó en voz baja Julián-. Alonso, no sé por qué le tienes tanta manía al mar. Pero lo respeto: así son las fobias. Déjalo, subiremos Amelia y yo.
   - ¿Qué es una fobia?
   - ¿Del griego „phobos“? –aventuró Amelia-. Eso significa "miedo“, ¿no?.
   - Eso nunca. ¡No tenéis ni idea! –bramó Alonso. Su inmenso orgullo le obligó a subir a la pasarela de la embarcación, aunque lo hiciese con la palidez de los que se dirigen al cadalso-. Vamos. ¡Acabemos con esto cuanto antes!

   El capitán Carrión les saludó con cordialidad, a pesar de su evidente prisa.
   - ¿Cómo es que hay dos agentes del Ministerio en este rincón tan apartado del imperio?
    - Al principio estaba
sólo yo, pero cuando empezaron los ataques tuve poca ocasión de vigilar la puerta, y me vi en la obligación de pedir al subsecretario que me dejara reclutar a otro de mis hombres. Lucas era en quién más confiaba.
   Sin más rodeos, desplegó sobre el escritorio un mapa de la zona.
   - A fe mía, os habréis de apresurar. No sé lo que buscáis, pero el Ministerio no debería haberos enviado en tales fechas. Es posible que mañana esto sea un campo de batalla.
   - Tal vez no tenían otra puerta para elegir –supuso Amelia, ocultando su aprensión-. ¿Quién es el enemigo?
   - Piratas chinos y japoneses. Han asolado aldeas nativas por toda esta costa –Carrión señaló la zona norte del mapa-. El gobernador nos ha hecho venir para protegerlas. Hace poco ahuyentamos a cañonazos un junco pirata, pero volverán. Siempre vuelven.
   - ¿Junco? ¿Barcos hechos de juncos? –para sorpresa de Amelia, el capitán asintió-. Bueno, no creo que puedan compararse con nuestros navíos, ¿verdad?
   - Sí que pueden, y holgadamente, vive Dios...
   - Un momento: ¿río Tajo? –Julián soltó una risita-. No puede ser... en este mapa hay un error.
   - No, no: aquí llamamos así al Río Grande de Cagayán.
   - ¿Cagayán? Pues sí que suena mal. Con razón le habéis cambiado el nombre.
   - Me gustaría compartir vuestras chanzas, maese Julián; pero tengo otros menesteres –gruñó Carrión-. Un solo junco puede traer centenares de piratas a bordo, y sólo dispongo de cuarenta soldados del Tercio. Excelentes, pero pocos.
   - Cuarenta y uno, si aceptáis mi espada –intervino Entrerríos. La mención de la batalla le animaba de manera especial: casi parecía ayudarle a pasar por alto el hecho de encontrarse en un maldito barco.
   Carrión le miró con simpatía:
   - Os lo agradezco, pero no puedo aceptar: cumplís una misión para el Ministerio. A pesar de cuánto necesito un buen soldado... o un enfermero de campaña, acostumbrado a rescatar heridos en medio del peligro. Nuestro oficial médico a veces no da abasto...
   Julián y Alonso se miraron, sorprendidos. Tenían experiencia en ambos campos, y Carrión parecía saberlo bien.
   - Tal vez el Ministerio nos haya enviado aquí para eso...
   - No: el Ministerio no nos permitió entrar en combate en tiempos de Torquemada –les recordó Amelia-. Si matamos a alguien equivocado, podemos cambiar la Historia.
   - Esta vez no podríais cambiar gran cosa. Si conozco a esos piratas, va a haber una carnicería de todos modos –replicó Carrión, hablando con la mayor naturalidad del mundo-. Pero vuestra misión es bien diferente, ¿verdad? Cumplidla. Cuando localicéis el objetivo, hacedme llamar y os asistiré en lo que pueda. Mientras tanto, si me disculpáis, continuaré con los preparativos del combate. Podéis usar mi camarote, estará vacío: hoy pernoctaré con mis hombres.
   - No, por favor, no queremos molestar...
   - No tengáis cuidado, pensaba hacerlo igualmente: me vendrá bien para organizarlos, y a ellos les subirá la moral -Carrión se despidió con una reverencia breve, pero amable-. Con Dios.

   - Sólo los buenos oficiales compartirían techo con la tropa -comentó Alonso admirativamente, cuando por fin (para su alivio) volvió a pisar tierra-. "Camarada" no es sólo quien comparte la misma cámara, sino... todo: las fatigas, las chanzas, las penas, el pan... como una familia -al decir esto último, miró amistosamente a Amelia y a Julián.
   - Sí, es un gran oficial -asintió Pero Lucas-. Y sabe bien que la camaradería es el alma de los Tercios. ¿Existe todavía esa palabra en vuestro tiempo?
   - ¿Camaradería? -sonrió Julián-. Durará siglos.
   Amelia no contestó: se había quedado muda de asombro. Alonso había vuelto a referirse a ella y a Julián como a su familia. No era la primera vez: pero ahora empezaba a intuir que, en el fondo, quería decir mucho más.
   El machista, antiguo, gruñón Alonso de Entrerríos... a ella, a una mujer, ¿empezaba a considerarla "camarada"?

   A petición de Alonso, pasaron el resto del día en tierra. Poca gente se fijaba en el grupo: tal vez Carrión disponía sólo de cuarenta soldados de élite, pero el número de mozos de carga, escuderos y marineros era realmente muy superior. Entre tanto ajetreo, pasaban desapercibidos.
   - ¿Es una broma? –se indignó Julián de repente-. ¡Miyamoto Musashi no nace hasta dentro de dos años!
   - ¡Shhh! Habla más bajo de esas cosas, Julián... –susurró Amelia, alarmada.
Alonso frunció el ceño, examinando el texto en cuestión. Era el prólogo de la edición impresa de 2015, y contenía una breve biografía del autor.
   - Pardiez, es verdad. ¿Para qué nos han enviado aquí y ahora, entonces?
   - Eso quisiera saber yo –gruñó Julián, releyendo el prólogo-. Aquí dice que Musashi puso por escrito varias tradiciones samurai que ya existían antes que él...
   - El camino del agua –señaló Amelia en su copia, el manuscrito recién traducido que había hecho saltar las alarmas del Ministerio-. El honor. La espada es el alma del samurai. Muy poético...
   - En la copia oficial del 2015 también aparece eso -comparó Julián-. Pero además, dice que Musashi introdujo una innovación: el combate dos espadas. La katana y una daga llamada wakizashi.
   - Eso en la copia del 2015... -la joven buscó el capítulo equivalente en el otro documento-. Ahí está la diferencia: en el manuscrito, sólo usan una espada. A esto debía referirse Ernesto.
   - Enseñadme eso. Los dos –Alonso examinó la ilustración del 2015-. Mirad: casi parecería que Musashi hubiera aprendido algo sobre esgrima española. Aunque la postura es diferente, pero aquí está lo principal: espada larga en la diestra, y corta en la siniestra.
   - ¿Tan importante es eso?
   - Mucho –explicó Alonso, con el aplomo del experto que era. Se irguió y desenvainó la espada ropera, pero no la daga-. ¡En guardia, Pero Lucas!
   El veterano, que había decidido compartir con ellos el rato del almuerzo, desenvainó encantado.
   - Muy bien: ¡hagamos un poco de ejercicio! 
   Alonso se lanzó al ataque, empuñando la espada toledana con ambas manos. La espada y la daga de Pero Lucas se cruzaron velozmente, deteniendo con firmeza el mandoble de Entrerríos. Ambos veteranos mantuvieron un reñido pulso unos instantes, con una fiera sonrisa de rivalidad: pero las dos hojas de Lucas repartían mejor la fuerza, al permitirle apalancar la posición de ambas manos independientemente. Alonso tardó pocos segundos en ser rechazado de un empellón.
   - ¡Ahora me toca a mí! –celebró Pero. Estaba realmente muy bien entrenado: se movía con la rapidez del rayo.
   Entrerríos detuvo uno, dos, tres mandobles con gran celeridad, y después contraatacó. A punto estuvo de hacer retroceder a su rival, imprimiendo toda su fuerza con ambas manos. Pero la espada de Alonso acabó desviada por una hábil maniobra de la daga de Lucas, que al mismo tiempo le apuntó al pecho con la toledana.
   - ¡Rendíos, bellaco samurai! –rió maliciosamente.
   - Me rindo ante la supremacía española –saludó ceremoniosamente Alonso, volviéndose después hacia sus sobresaltados compañeros-. Bien, ya lo habéis visto: con una sola espada, un guerrero puede atacar o defenderse, pero no ambas cosas a la vez... no del todo, al menos. En cambio, con dos armas, sí que puede.
    - Y te falta mencionar lo más importante: ¡que has perdido destreza, Alonso! -rió Pero Lucas-. ¡Necesitas entrenarte más!
   - ¿Desenfundo las dos y me repites eso?
   - Bueno, pues ya tenemos el resumen del libro –asintió Julián con sorna-. Poesía pura.
   - No tiene que ser hermoso: tiene que servir –replicó fríamente Entrerríos, señalando la edición del 2015-. ¿Éste es el libro correcto? ¿En el que el enemigo aprende nuestra técnica? Me niego a permitir eso. ¡Sería una traición!
   - Baja la voz, Alonso... –Amelia miró inquieta en todas direcciones -. Sólo nos han enviado para saber por qué. ¿Qué es lo que está a punto de cambiar?
   - Mira alrededor: se está preparando una guerra... –suspiró Julián, asqueado por el solo hecho de pronunciar la palabra-. Cualquier cosa puede cambiar.
 (CONTINUARÁ...)
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26 marzo 2015

Firma Invitada - MdT: Un acto de honor (I)

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Un acto de honor (I)

(Nota: Los acontecimientos de esta historia están basados en hechos reales)

   Alonso levantó la pluma del texto que estaba copiando y miró torvamente a Julián:
   - ¡Por los clavos de Cristo, qué disparate!
   Su interlocutor se encogió de hombros:
   - Pues sí: Eso mismo pensé yo cuando me enviaste de cenita con “los padres de ella” -dibujó unas comillas en el aire, con un gesto burlón-. Ahora a trabajar, que la idea fue tuya.
   - Eh -le atajó Entrerríos-: no sólo mía. También de Amelia.
   - Bueno, pero ella no puede escribir esta carta: sus padres reconocerían su letra. Y no puedo enviarla así, ¿verdad?
   La caligrafía era buena, pero de trazo demasiado fino: resultaba evidente que había escrita con bolígrafo... que, en la época de Amelia, aún no había sido inventado.
   La voz de Julián cambió a un tono mucho más conciliador:
   - Venga... échame una mano. De verdad, hay que pasarla a limpio. Pero yo, en limpio, lo que se dice limpio, pues...
   En la papelera descansaban los intentos de Julián de escribir con pluma: un sinfín de manchas. Y ni siquiera había usado una pluma de ave, sino estilográfica. Alonso casi se preguntaba si su amigo lo habría hecho tan mal a propósito: ni aún en el siglo veintiuno se podía ser tan torpe...
   - A fe mía, que la pluma no es tu fuerte. Pero no me refería a eso.
   - Entonces, ¿dónde está el disparate?
   - Aquí, en el segundo párrafo. ¡Así no es la vida militar!
   - Pues no lo puedo quitar: se supone que le escribo desde la guerra de Cuba. He consultado los libros que hay aquí, y hago lo que puedo... Oye, si no te gusta, lo haces tú.
   - ¿Qué crees, que no soy capaz?
   - ¿Te apuestas algo?
   La llegada de Amelia interrumpió el reto:
   - ¿Listos para los Tercios?
   La mirada de Alonso se iluminó. Esperó a que Amelia iniciara la marcha antes de susurrarle a Julián:
   - Ahora sabrás lo que es la vida militar.

   Les habían avisado de que la reunión tendría relación con los Tercios. Pero Alonso torció el gesto cuando el subsecretario les informó del resto:
   - Tercios de mar. ¡De mar! Bien sabe Dios que un soldado siempre obedece las órdenes, pero...
   - Vamos a ver... -interrumpió Julián, mientras Amelia silenciaba a Alonso con una mirada asesina-: ¿me están tomando el pelo? ¿Qué tiene que ver España con un libro antiguo japonés?
   - Filipinas era una colonia española en aquella época -apuntó Irene-. Los japoneses pasaron por allí. Y los Tercios.
   - Además, no se trata de un japonés cualquiera -añadió Ernesto-: estamos hablando de Miyamoto Musashi.
   Alonso, Amelia  y Julián se miraron, confusos: ninguno de los tres reconocía el nombre.
   - A mí, es que... Si me sacan de Yoko Ono...
   - Un samurai famoso, Julián; sobre todo, por su obra literaria.
   - ¿Un escritor? -se interesó Amelia.
   - No, no: ¡ésta me la sé! -sonrió Julián, cada vez más divertido-: los samurais son guerreros japoneses.
   Ernesto abrió la boca para continuar; pero para su sorpresa, Alonso se le adelantó:
   - Usaban un sable que se empuñaba con ambas manos, llamado katana. Pensado para atacar con el filo de la hoja, no con la punta. Nada que ver con la esgrima española, de espada en una mano y daga en la otra -Julián se sonrió: sí, lo habían podido comprobar de primera mano...
   - Cierto, nada que ver; pero sólo hasta comienzos del siglo XVII -asintió Ernesto, algo molesto por la interrupción-. Entonces, el libro de Musashi introdujo técnicas similares a las nuestras. El problema es que nuestro contacto en Filipinas dice lo contrario.
    El subsecretario hizo pasar a Angustias. Ésta les presentó dos libros de distintas épocas:
   - El Libro de los Cinco Anillos, de Miyamoto Musashi. Una copia moderna y otra del manuscrito del siglo XVII que ha conseguido nuestro contacto en Filipinas. Traducidas al castellano.
   - Han tenido que traducir el manuscrito a toda prisa -observó el subsecretario-: Amelia, por favor, comparelos. Usted también, Alonso: habla como si ya hubiera discutido el tema con alguien de los Tercios de Mar.
   - Algo así. Pero, ¿cuál es el cambio? -el veterano se encogió de hombros-. ¿Que los samurais no aprendieron nuestro estilo de lucha? Mejor para nuestras tropas...
   - ¿Mejor? Tal vez no, Alonso. Si no llegaron a conocer nuestra técnica, podría significar que perdimos Filipinas trescientos años antes de lo previsto.

* * * * * * * * * *
Luzón, Filipinas, 1582
   En un santiamén: en el tiempo que tardaba Entrerríos en santiguarse. Así era como se cruzaba de una época a otra, mediante aquellas puertas. El olor del mar y de la vegetación exótica se mezcló con el sofocante calor tropical en cuanto cruzaron el umbral de aquella rudimentaria cabaña: estaban cerca de un puerto. La brusquedad de este tipo de cambios ya era parte de la rutina habitual, pero nunca dejaba de maravillarles.
   - Pero, ¿nuestro contacto no está en el siglo XVII?
   - No -contestó Amelia-. En esa fecha ya estaba escrito el libro, y desde allí nos lo han enviado. Pero lo que lo inspiró tuvo lugar décadas antes, así que hemos tomado otra puerta, a finales del siglo XVI. Cerca de tu tiempo, Alonso: sólo trece años después.
   - Por eso me han permitido traer mis ropas de casa. Y mis armas de los Tercios. ¡Cómo las echaba de menos!
   - Pues yo lo voy a pasar mal con esta ropa -resopló Amelia, conteniendo las ganas de aflojar la molesta entrepierna del pantalón y el vendaje del pecho-. ¿Por qué me han vestido de hombre? Más soldados había en Lisboa...
   - Aquello era una ciudad. Esto, sólo campamentos, y las mujeres no pueden pernoctar en ellos... Sería imposible mantener cierta disciplina.
   - ¿Inspirar qué? ¿Qué tenemos que buscar? -Julián empezaba a hartarse de tanto improvisar-. En el Samur por lo menos se molestaban en avisarme del tipo de trabajo: incendio, accidente de tráfico...
    - Espero poder ayudar con eso -les sorprendió una voz.
   Un hombre vigilaba la puerta a poca distancia. Les dedicó una reverencia breve, brusca, militar:
   - Mi nombre es Pero Lucas, al servicio de vuesas mercedes.
   - ¡Valiente mentecato, ese tal Pero Lucas!
   El atronador insulto sobresaltó a Amelia y a Julián. Pero, sobre todo, al interpelado.
   - ¿Quién osa decir eso? -fue la furiosa respuesta.
   - Alonso de Entrerríos.
   La expresión del veterano Pero Lucas cambió de la furia a la extrañeza... y finalmente al júbilo.
   - ¡Alonso! -el amistoso empellón habría derribado a cualquier otra persona-. ¡El truhán más pendenciero de los Tercios Viejos! ¡Me dijeron que llegaste a capitán! No te había reconocido sin la barba. ¡No aparentas tu edad, bellaco!
   - Las puertas, Lucas... vengo de hace trece años. Tú te embarcaste hace cuatro... no, para ti habrán sido diecisiete. Amelia, Julián, ¡aquí tenéis al mejor camarada de todos los Tercios!
   - Lo mismo digo de ti: lástima que no te guste el mar. A mí no me gustaba el frío de Flandes -rió Pero Lucas, poniéndose en marcha. Indicó al grupo que le siguiera y bajó la voz-: Alonso... oí que te ejecutaron. Por traición: eso nunca lo creí...
   - Fue mi superior. Ordenó atacar antes de tiempo, y me hizo cargar con sus culpas. Pero eso no fue lo que me dolió, sino perder trescientos hombres. Trescientos valientes, ¡trescientos amigos...!
   Alonso interrumpió la marcha, sin darse cuenta de ello, ni de que estaba elevando la voz, ni de que temblaba de rabia. Todavía le hervía la sangre al recordarlo. Julián y Amelia se miraron nerviosamente.
   - Pero el Ministerio remedió las cosas... -quiso suavizar la conversación Pero Lucas.
   - Las remedió, a fe mía -sonrió maliciosamente Alonso-. No imaginas cuánto.
   Recuperada la calma, el grupo volvió a ponerse en marcha, en dirección al puerto.
(CONTINUARÁ...)

CAP. I  | CAP. II | CAP. III

25 marzo 2015

MdT: Tempus Fugit (y VII)

 CAP. I | CAP. II | CAP. III | CAP. IV | CAP. V | CAP. VI | CAP. VII

   El ayuntamiento de Valencia estaba prácticamente a oscuras, en las horas previas al amanecer: Don Enrique había cumplido su palabra. El agente Soler les esperaba:
   - Él no puede...
   - Asumo la responsabilidad, Vicenç. Tiene que hablar con el jefe.
   Vicenç Soler conocía las órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie ajeno al Ministerio por las puertas, de todo el reglamento, probablemente era el precepto principal. Pero también sabía que el retorno de la señorita Folch tenía "Prioridad Roja", y eso significaba hacerla volver en cuanto fuera posible. No hizo preguntas: que se ocuparan en Madrid. Con una "Prioridad Roja" en marcha, en cualquier caso, iba a tener comité de bienvenida al otro lado.
   En efecto, en los pasillos del Ministerio les esperaban Irene y Ernesto:
   - Él tiene que volver. No puede estar en esta parte del... Ayuntamiento.
   - Un poco polvoriento, el futuro -valoró don Enrique, antes de fijarse en el ajustado vestido de noche de Irene-. Aunque veo que las modas femeninas se han dejado de plumas y volantes inútiles. Me gusta.
   Enrique miró a Amelia duramente:
   - ¿Qué ha hecho usted? -alcanzó a mascullar.
   - Lo que debía: conseguirles un nuevo agente.
   Irene se tapó la boca para que no se le escapara la risa. Por dentro se repetía: "ésa es mi chica".

* * * * * * * * * *

Babilonia, 1400 aC
   Los "babélicos", como Julián había empezado a llamar a aquellos guerreros de otro tiempo, habían vuelto, le habían descubierto el teléfono y se lo habían quitado -sin saber muy bien qué era o qué hacer con él- cuando llevaba medio mensaje escrito. Esperaba que se hubiera enviado correctamente. Ahora estaban a un lado, sin dejar de echarles un ojo de vez en cuando, enseñando los rudimentos de un lenguaje al samurai, un batiburrillo de palabras procedentes de varias lenguas.
   - Es como una especie de esperanto -se dijo el enfermero.
   - No hay forma -se desesperó Alonso-. Han hecho un buen trabajo con los nudos, esos malnacidos. Puedo intentar frotar la cuerda contra el suelo, pero tardaré en soltarme.
   - No saben qué hacer con nosotros. No entraba dentro de sus planes todo esto. Algo no va como esperaba. Oye, en serio, ¿cómo es que sabes japonés? -le preguntó por cuarta vez.
   - ¿Si os lo cuento me dejáis que siga soltándome?
   - Prometido.
   Alonso bufó:
   - Hace casi 20 años, allá por 1550, volvió a España don Manuel de Entrerríos, mi tío, un jesuita que viajó a Cipango con los padres Fernández, Cosme de Torres y el Señor de Javier. Vino para explicar el éxito en establecer una misión allí, en un lugar llamado Kagoshima, y que por entonces ya debía llevar un año en pie. Los viajes de ida y vueolta eran muy largos, y peligrosos. Cipango es como la llamaban los chinos, que los portugueses convirtieron en Japang;  y nosotros acabamos llamándolo Japon. En fin, volví a ver a mi tío otras dos veces, en viajes que hacía entre Kagoshima y Sevilla, y cada vez me enseñaba más de aquel idioma extraño que él iba aprendiendo. Luego me destinaron a Sicilia y a Flandes, con los Tercios, y ya no he sabido más de él. 
   - ¡Pero es fantástico! Amelia estaría encantada. Debes ser de los pocos europeos de tu tiempo que sabe hablar japonés.
   - ¡Saber inútil! -exclamó Alonso-. Que no he podido borrar de mi cabeza y que sólo me ha servido una vez, hará cuatro años, para instruir a un camarada de los Tercios de Mar, cuando marchaba hacia Cebú con el Almirante López de Legazpi.
   - Y ahora para salvarle la vida a ese hombre -señaló con la cabeza al samurai.
   - Que nos ha traicionado -intervino entonces Oliveros, que había permanecido callada todo aquel tiempo.
   - Si te sirve de consuelo, nos salvaste la vida a todos. Si el terremoto hubiera seguido, esto se hubiera venido abajo.
   Alonso torció la mirada, mientras volvía a intentar segar las cuerdas:
   - Y Dios sabe si hubiera sido lo mejor...

* * * * * * * * * *

Madrid, 2015
   Si existía un punto en el que el subsecretario Salvador Martí pudiera estar satisfecho del trabajo de sus subordinados, hoy se encontraba casi en el diametralmente opuesto. La bronca que le cayó encima a Amelia por haberse traído un "pasajero" de 1885 fue de órdago y se oía por la mitad del Ministerio:
   - ¿Le ha quedado claro, señorita Folch? ¡Aquí el que decide a quién se contrata y a quien se despide soy yo! Usted es la líder de la misión, ¡de la misión!, ¿me oye? ¡No del Ministerio!
   - Si me permite, señor...
   - ¡No le permito, señorita Folch! -alzó aún más la voz Salvador-. ¡Claro que no le permito!
   - Pues sin permiso, señor -Amelia se levantó, puso las dos manos sobre la mesa y le sostuvo firmemente la mirada a su superior-. Como líder de la misión, hice lo que creí adecuado y necesario para cumplir con su llamada urgente: sin la ayuda de este caballero hubiera tardado al menos un día más en poder volver. Y sé que usted no hubiera usado el buscador ese que me dieron estando yo en una misión, de no ser extremadamente urgente.
   - De todas formas...
   - Es más -le interrumpió Amelia-, estoy segura de que se trata de Julián y Alonso, ¿verdad? Si no, no me hubiera hecho venir. ¿Qué les ha ocurrido? Ocupémonos de eso, y después si le apetece me sigue gritando, me encierra en 1880, me despide o lo que le parezca. Pero si hay algún problema con mi equipo, si mis compañeros están en peligro y yo puedo ayudarles, le ruego... no, ¡le exijo! Que no nos haga perder más tiempo.
   - ¿Que me exige? -Salvador estaba en shock-. ¿Que usted me exige?
   Probablemente por fortuna, en aquel momento entró Ernesto:
   - Señor, siento interrumpirle. He estado comprobando los archivos sobre el señor Enrique Gaspar y Rimbau -se acercó al mandamás del Ministerio y le susurró un par de cosas al oído. Amelia no alcanzó a captar casi nada, y lo que sí escuchó no tenía ningún sentido para ella.
   - ...dentro de dos años.
   - ¿Eso está confirmado? -dijo Salvador.
   - Totalmente señor. Hemos cuadrado los datos con la copia de seguridad de los archivos en el ordenador de Gil Pérez, y no parece haber ninguna alteración temporal.
   El subsecretario se llevó un dedo a la boca y dio un par de pasos detrás de la mesa, pensativo. Finalmente se decidió, mucho más calmado:
   - Está bien. Consideraremos luego sus actos, señorita Folch. Hagan venir a Rimbau y a Irene.
   - ¿Lo admitirán? -Amelia estaba ilusionada.
   - Sin otro remedio. Espero que no nos arrepintamos de esto. Empezará a trabajar ahora mismo.
   Ernesto salió a buscar a los (ahora ya) dos agentes, que estaban departiendo amistosamente en una sala cercana. Cuando se quedaron solos, Amelia se atrevió a preguntar por lo que había entreoído:
   - Disculpe, señor, pero ¿qué es un "anacronópete"?

   Durante los siguientes minutos, repasaron toda la información que tenían sobre la situación de Alonso y Julián, que era escasa y extraña:
   - Pero, no hay puertas fuera de España.
   - Que sepamos, no -Salvador encendió la pantalla tras su escritorio-. Pero eso de "llave Ishtar" me sonaba -en la pantalla apareció una imagen escaneada de un viejo libro abierto-. En el Libro de las Puertas del rabino Abraham Levi hay una referencia de pasada a algo llamado "llaves de Ishtar": por lo que el rabino escribió, parece que era algún sistema, ya antiguo para él, con el que se podían crear puertas del tiempo, pero había sido abandonado porque no era seguro ni fácil de controlar. Por lo que parece, había tres...
   Entonces intervino Don Enrique:
   - Una perdida en la caída de la Torre de Babel. Otra desaparecida en León durante los altercados con la población judía a finales del siglo XV. Y la última -dejó los fragmentos de la tablilla sobre la mesa-, encontrada por el profesor Don Jose Ramón Mélida en 1879 en su excavación en Karnak. Temía que no estuviera segura en Madrid y me la entregó para que se la llevara al profesor Federico Renyé en Lérida.
   - Pues menuda casualidad -dijo Irene-. Tal vez demasiada casualidad. Julián y Alonso desaparecen por algo relacionado con esas llaves, y justo aparece usted con una de ellas.
   - Hace mucho que dejé de creer en casualidades, querida Larra -dijo Salvador-. El tiempo no es autónomo, pero tiene sus formas de ayudar a salvaguardarse. Parece que al final tendré que felicitarla por traernos al señor Rimbau, Amelia.
   Folch no se entretuvo en agradecer el cumplido:
   - ¿Entiende usted lo que dicen los fragmentos? -los unió sobre la mesa.
   - No sé hablar hebreo, el experto era el profesor Renyé.
   - Yo sí lo entiendo -intervino Ernesto. Estuvo estudiando los fragmentos de la antigua tablilla un rato-. Es una especie de fórmula salmódica, parece que contiene referencias cabalísticas. Hay números y formas geométricas y proporciones que hay que recitar y dibujar en el aire, pero según dice aquí, si se hace se puede convertir una puerta en una puerta del tiempo.
   - ¿A qué tiempo?
   - Sólo dice que llevará a Ishtar.
   - No creerán en semejantes tonterías mágicas -preguntó Don Enrique-. ¿O ahora me dirán que ustedes viajan en el tiempo gracias a la brujería?
   Ernesto y Salvador intercambiaron una mirada:
   - No es cosa de magia.
   - El origen de las puertas es extraño, incluso las que controlamos nosotros.
   - Si lo que dice la tablilla es cierto, y no olvidemos que Julián y Alonso están en la Babilonia del siglo XV antes de Cristo, me inclino a pensar que la tablilla es una especie de comunicador primitivo que transmite las coordenadas y algún código de acceso en el texto leído a lo que sea que genera las puertas.
   - Pero son tablillas muy antiguas -dijo Irene-. ¿Cómo iban a tener la tecnología para crear una especie de walkie talkie de piedra?
   - Olvida usted que este sistema permitiría el viaje en el tiempo. El que lo creó podría tener acceso a la tecnología actual, y haberse perdido luego en el pasado.Y no se fie del material: que eso parezca barro o piedra no quiere decir que lo sea...
   - Probémoslo -dijo Amelia, sacudiendo la cabeza-. No tenemos nada que perder, y podríamos encontrar a Julián y Alonso.
   - Y a los que les tienen prisioneros -recordó Irene.
   Necesitaban una puerta, una que no llevara aún a otra época. Escogieron la de un cuarto de escobas de aquella misma planta:
   - Si sale bien, sólo habrá que reponer cuatro mochos y un par de cubos -se dijo.
   - ¿Mocho? -preguntó Don Enrique.
   - Típico invento español: un palo clavado en algo. En este caso unos trapos para limpiar el suelo sin agacharse
   Ernesto empezó a recitar y a hacer los signos que marcaba la tablilla. No ocurrió nada.
   - Es muy difícil leer las partes por donde se rompió. Hay signos que no se entienden.
   - Vuelva a probar.
   Tampoco sucedió nada a la segunda vez, ni a la tercera. Al cuarto intento, el acceso al cuarto de escobas se había convertido en un pasillo cavernoso del que llegaba el rumor de pasos y gente hablando. La visión parpadeó y desapareció, volviendo a mostrar el cuarto de las escobas. El aire volvió a parpadear y de nuevo mostró la caverna.
   - Iré a mirar -dijo Amelia cuando pareció estabilizarse.
   - Vayan con ella, Irene y don Enrique. Usted no, Ernesto, le necesitamos para leer la llave si la puerta se cierra.
   - Llevaré el gps para ver si localizo la posición del teléfono de Alonso -declaró Irene.
   - Tengan cuidado -aconsejó Salvador-, esto no parece nada estable. La intentaremos dejar abierta.
   Amelia avanzó con precaución por la superficie rocosa: habían aprovechado un túnel natural apenas trabajado por la mano del hombre para que fuera algo más fácil caminar por él. Más adelante, tras un recodo, se encontraron con un panorama inesperado: una grandísima caverna se abría ante ellos, con un enorme pedestal en medio, casi como una especie de mastaba. Del centro del pedestal nacía una alta escalera de caracol que moría a los cuatro metros de altura.. Docenas y docenas de hombres (y algunas mujeres), ataviados con los uniformes más diversos, con pieles de todos los tonos y barbas y peinados distintivos, estaban repartidos por toda la extensión del lugar. Hablaban algo raro, extraño, de lo que Amelia entendía una de cada seis palabras pronunciadas. Todos llevaban armas, la mayoría espadas, lanzas, arcos y hachas. Otros parecían más modernizados y cargaban con rifles, arcabuces, mosquetes y escopetas. La pared de la caverna estaba llena de puertas quemadas.
    - No lo encuentro -dijo Irene, al constatar que la señal del teléfono no aparecía en su pantalla.
   Alguien cayó en la presencia de Amelia y los suyos, asomados al pasillo y dio la voz de alarma: dos docenas de hombres se giraron hacia ellos y se dirigieron a su encuentro con cara de pocos amigos. El equipo de Amelia se dio la vuelta a toda prisa y salieron corriendo al Ministerio.
   - ¡Ciérrenla! -gritó mientras se aproximaba-, ¡cierren!
   Les pisaban los talones. Salvador mismo cerró la puerta cuando el último de los tres hubo salido. Tuvieron que ayudarle todos a mantenerla cerrada, porque desde el otro lado empujaban para entrar. Una punta de lanza atravesó la madera de la puerta, pero un momento después la presión se relajó. Abrieron con sumo cuidado, y de nuevo se encontraron con el cuarto de escobas.
   - No me extraña que el rabino desechara este sistema para viajar por el tiempo -declaró el subsecretario-. ¡Menuda birria!
   Cuando Amelia hubo recuperado el aliento, les contó lo que habían visto:
   - Parecía alguna especie de ejército llegado de mil sitios y épocas distintas. Como el que usa el ministerio para protegerse -explicó, recordando la defensa frente a la invasión de Himmler-, pero de muchas naciones.
   - Había chinos, cosacos, romanos, helenos, americanos -detalló don Enrique, que había quedado anodado ante la variedad de uniformes y armamentos, como si la cueva fuera un museo bélico universal.
   - Un ejército a través de la Historia, reunido en el pasado -Salvador empezaba a estar realmente preocupado.
   - No había ni rastro de Julián -dijo Irene para sacar la conversacion de ese punto-. No creo que estuviera ahí... o le han destruído el teléfono.
   - Antes de darles por perdidos -dijo Ernesto-, pensémoslo bien. Si la "llave" abre una puerta del tiempo como las nuestras, un lado siempre está separado del otro por una cantidad fija de años.
   - Excepto las puertas en bucle -recordó Irene.
   - Sí, pero las demás siempre tienen una cantidad fija de tiempo entre los dos lados de la puerta.
   - Ya le entiendo -dijo Amelia-. Si Julián y Alonso fueron arrastrados a esa caverna en Babilonia por una llave, lo hicieron desde 1476. Las puertas que abre la tablilla retroceden... 2876 años.
   - Debemos abrir una puerta desde esa misma época, para encontrarles -terminó Ernesto.
   - Esta bien, vaya usted y que se quede Don Enrique -aceptó Salvador-. Pero tenga mucho cuidado, si le perdemos, perderemos también la llave. Y hágame el favor de no "invocar" esa puerta en medio de la catedral de Astorga o les enviarán a la hoguera.
   - Lo tengo presente -dijo Ernesto.
   Amelia trató de infundirse ánimos:
   - Esperemos que 539 años antes fueran menos beligerantes.

* * * * * * * * * *
Babilonia, 1400 aC
   Oliveros estaba sumida en un mutismo reflexivo: todo aquello no podía estar pasando en realidad. Guerreros del pasado, viajeros del futuro, la Torre de Babel dentro de una caverna... Sentía el dolor de la grave herida que le habían inflingido el día anterior y se decía que el conjunto de acontecimientos era fruto del delirio, un sueño que debía estar envolviéndola mientras, en realidad, yacía en un lecho, aquejada por fiebres o tratando de recuperarse. Después de la guerra, de conocer al rey, de haber servido a su padre y a su monarca, de conseguir honores para su Arintero querido... ¿acaso tenía sentido todo aquello?
   - Me muero -dijo-. Me muero y esto es alguna suerte de purgatorio por el que debo pasar.
   - Conseguiremos escapar, Oliveros -dijo Alonso. Se estaba pelando las muñecas, dejándolas en carne viva por el roce con el suelo y las cuerdas que lo maniataban.
   - Probablemente es un castigo, por haber querido ser demasiado, por haber creído que podía tomar la espada y la lanza, y participar en la batalla. Por haber pecado de orgullo.
   - No digáis eso -repuso Julián-. Tengo una amiga, una buena amiga, que no creo que haya tomado una espada en toda su vida, pero para la que seríais un ejemplo, sin duda. Quizás sepa más de vos que yo. Es una amiga que lleva años luchando por poder decidir su destino, porque cree que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, porque no cree que el sexo con el que nace alguien tenga que marcar su vida, ni le dé permiso o le prohiba hacer nada que quiera. Sois un ejemplo, Oliveros. Para muchas. Una mujer muy avanzada y una mujer con mucho coraje.
   Julián se calló. Había notado algo extraño, algo en lo que no conseguía caer.
   - ¿Qué ha cambiado? -preguntó alarmado.
   - ¿Qué dices?
   - Ha cambiado algo, ¿qué ha cambiado?
   La dama de Arintero también se había dado cuenta:
   - Los tambores. Han cesado.
   Los "babélicos" volvieron con ellos y les obligaron a levantarse. Eysteinn y Anaxandros -que así habían entendido por fin que se llamaba el espartano- se hicieron entender al samurai (Tsunetomo), que lo tradujo al japonés.
   - ¿Qué ha dicho, Alonso?
   - Dice que ya viene... que ya viene el ¿vigilante? No, el guardián.
   El guardián de la llave: a él se refería aquel texto que se repetía una y otra vez en los idiomas más variados, muchos de los cuales aún no existían. Julián había estado atando cabos y tenía una teoría de lo que hacía la tablilla: desde fuera, permitía llegar hasta la cueva, y desde la cueva, abría una puerta del tiempo a un lugar en crisis, donde hubiera un gran desastre natural. Por eso los judíos decían que los de "Babel" no tenían lugar, que sus lugares ya no existían. Eran fugitivos del tiempo.
   - Deberíamos estar tranquilos, ¿verdad? -dijo Julián.
   - Sí. ¿Por qué?
   - Porque no nos han matado hasta ahora, lo cual es una buena señal. Y parece que viene el tipo que sabe como funciona todo esto.
   - Probablemente.
   - ¿Soy el único al que la idea de encontrarse con ese Guardián le da muy mala espina?
   - A mí me pasa lo mismo -respondió Alonso. Oliveros también asintió.
   Entrerríos le dió un puñetazo tan fuerte al vikingo, que giró sobre sí mismo. Con la otra de sus dos manos liberadas lo asió por el cuello para evitar que se apartase de él, y aprovechando la sorpresa le cogió la espada. Julián había visto como se soltaba, y estaba listo para acercársele: tras acuchillar al vikingo y dejarlo caer, Alonso cortó las ataduras de su compañero y luego las del caballero Oliveros. Para entonces, Anaxandros y Tsunetomo ya habían desenvainado sus armas. Sólo tenían una espada, aquello iba a ser una escabechina.
   Entonces resonaron dos fuertes estampidos que hicieron girarse al samurai y el espartano. Era todo lo que necesitaban: Alonso y Julián salieron huyendo hacia lo que acababan de ver aparecer por detrás de la Torre, mientras Oliveros hacía lo propio tras derribar a Anaxandros de una patada en la entrepierna. Ernesto, Irene y su querida Amelia les esperaban, los dos primeros dándoles cierta cobertura con un par de pistolas de bajo calibre de las que los "babélicos" primitivos pronto aprendieron que había que mantenerse apartado. Amelia disparaba con bastante soltura un arco que nunca le habían visto empuñar. Juntos apretaron a correr hacia el otro lado de la caverna, hacia el pasillo por el que llegaran originalmente. Cruzaron la puerta, llegaron a la Astorga del siglo XV y, tras asegurarse de que la puerta quedaba cerrada, entraron a la catedral por uno de los andamios de las obras para volver a 2015.

* * * * * * * * * *

EPÍLOGO: Madrid, 2015
   - ¿Hablan de mí en el futuro, don Enrique?
   - Se conoce vuestra gesta, señora, y los libros y la gente de León recuerdan al Caballero Oliveros. Incluso se cuenta aquello de "mujer hay en la hueste" -ella sonrió-. Pero pocos saben vuestro nombre real.
   - Me llamo Juana García.
   - Y habéis viajado por el tiempo. Y no os gusta.
   - No estoy cómoda, no quiero ni saber cómo es el mundo, como ha cambiado. Creo que me sentiría aún peor que en aquella caverna. Enfrentarme a la guerra y a la soldadesca no fue fácil, pero en esta época todo el que conocí alguna vez ha muerto.¿Para eso luché y sobreviví?
   - ¿No os uniréis al Ministerio, entonces?
   - No me quedaré aquí. He sido durante demasiado tiempo lo que otros necesitaban que fuera: ahora soy yo la que necesita volver a ser Juana García si no quiero enloquecer. Que digan que Oliveros ha muerto en La Candana, y que me dejen ser simplemente dama en Arintero. Si alguna vez es requerida Juana, León o esta Hispania moderna pueden confiar en que esta García responderá. ¿Vos os quedaréis?
   Don Enrique se rascó la nuca:
   - He viajado mucho por el mundo, aunque nunca lo busqué, de hecho. Me temo que me puede la curiosidad, señora, como para ser tan prudente como vos y hacer lo más sabio, que sería quedarme en mi casa.
   Juana se despidió y, tras santiguarse, volvió a Astorga, a 1476. Sí: a casa.


EPÍLOGO: Babilonia, 1400 aC
   Tras ocuparse de recibir a los nuevos supervivientes, el Guardián de la Llave de Ishtar escuchó su historia, y la de los otros que habían llegado y se habían escapado. Nadie escapaba de Ishtar, claro: a menos... a menos que tuvieran otra llave. Ahí estaba, tirada en el suelo, rota en tres fragmentos por el disparo de una flecha. El Guardián estudió lo que le habían quitado a los otros: dos espadas, de buen acero toledano, y una pistola que no reconocía. Posiblemente de finales del siglo XX. Una pequeña caja de metal, plana, con un lado brillante y algunos botones; al apretar uno, se encendía una pantalla que pedía un código. Apenas pasaron unos minutos tuvo que soltarla, cuando la caja se deshizo ante sus ojos ante el avance de una cápsula de ácido escondida en su interior. Todo apuntaba al Ministerio del Tiempo.
   Ya habían descubierto Babel: al fin llegaba la hora de prepararse para la gran batalla...
FIN

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24 marzo 2015

El Ministerio del Tiempo - 5: "Cualquier tiempo pasado"

Desde que empecé a ver El Ministerio del Tiempo y me propuse escribir las críticas de los capítulos uso una libreta para ir apuntando datos, frases, fechas o curiosidades del capítulo que luego quiero abordar. Es algo que ni siquiera suelo hacer con Doctor Who. Pero hoy la libreta se quedaba corta. No es que "Cualquier tiempo pasado" me haya parecido mejor que sus dos antecesores, aunque sin duda es bueno. Es porque este quinto capítulo de la primera temporada de MdT es, de lejos, el más complejo que han tramado sus guionistas hasta el momento.

En el planteamiento inicial del capítulo, la escena precréditos, tenemos dos factores: de entrada, al insigne profesor Jiménez del Oso (ya de por sí un elemento típicamente ochentero), que nos sirve de conexión con el capítulo anterior para empezar a dar un toque de atención a la Patrulla -a través de Irene, primero- para que no dejen rastros de su actividad en el pasado. Es interesante que se plantée tan pronto en el episodio, porque además de vincularlo con el legendario final del anterior (con Alonso corriendo en moto por el siglo XV) es un tema que tendrá relevancia en el resto del capítulo, con un Julián con complejo de Marty McFly que empieza a ponerle la mosca detrás de la oreja al subsecretario Salvador Martí. El segundo factor de esta escena inicial es el planteamiento de las tres misiones/oportunidades para encontrar el recibo del "Guernica" de Picasso, y el arranque de la primera, durante los bombardeos de Barcelona en 1939. Y uno nota que cuando las bombas caen ya antes de los créditos es porque el episodio va a estar cargado de contenido.

Que no necesariamente acción. Uno de los valores importantes de este episodio es la formación de lazos entre los integrantes de la Patrulla no sólo durante las misiones sino durante los espacios vacíos de las misiones: algo que entrevimos, de otra forma, en el segundo episodio, con un Julián que se dormía para esperar a que llegara el momento de hacer algo, y de lo que el James Bond novelístico -no el cinematográfico- ya se quejaba, por ejemplo, en Alta Tensión: esos largos lapsos de tiempo que transcurren desde que al agente le encargan la misión hasta que puede ejecutarla. Aquí tenemos a una patrulla que se maravilla y ofende aún por lo que el futuro ofrece, sea Torrebruno en televisión, la previsión del tiempo o un avión que despega... que como a Julián, no lo neguemos, también nos sigue fascinando a nosotros. Alonso incluso tiene ya problemans para saber en qué época se encuentran. Pero también a tres seres humanos que se están convirtiendo ya en amigos, que tienen discusiones por sus distintas prioridades y formas de ver la vida, que se apoyan, que se cubren las espaldas.

La trama, como esperaba, resulta compleja: muy compleja. Las tres misiones iniciales acaban quedando básicamente en dos, pero con una serie de variables que obligan a la participación de Irene y Ernesto en la misma, y de la aportación esencial de Amelia para su desarrollo que implica varios planos de acción para encontrar, captar, rehacer y restituir el recibo del famoso cuadro. No acabo de entender todavía en qué momento la Irene del final devuelve el falso recibo a la valija del aeropuerto (¿quizás en el breve lapso entre que Julián y Amelia se van de la oficina donde se la entregan y cuando llegan los agentes para encontrar la caja?), pero de todas formas eso sólo hace que reforzar otra de las ideas que, curiosamente, apunta Alonso de Entrerríos cuando se da cuenta de que el piso franco en el que les han situado en 1981 es el mismo en el que él vive varios siglos atrás. Y siente que hay multitud de vidas de agentes sobrepuestas en ese espacio, en diferentes tiempos. Como la vida de Julián se solapa al encontrarse con una Maite infantil y una versión joven de su padre (a la que le destruye la ilusión de su gran amor para que todo siga como debe ser). Como Irene está casada en el futuro pero se va a los años 80 para echar una cana al aire. Como Amelia tiene esa sensación de estar viva y muerta a la vez.

A la vez hay una subtrama muy divertida y muy bien resuelta con Diego de Velázquez, que ya viene desde el primer capítulo, y que sigue con el subtema de las obsesiones personales de todos estos personajes a los que se les ofrece viajar en el tiempo: Velázquez quiere conocer a Picasso, y no parará hasta que lo consige en éste capítulo, en un encuentro a la vez ingenuo y muy bien llevado que, personalmente, me recordó (en otro plano emocional) al episodio "Vincent and the Doctor" de Doctor Who.Y por supuesto no podemos ovlidar que éste capítulo es tan de Julián como de Irene, de la que por fin podemos conocer más a fondo su personalidad, su forma de ver la vida y sus pequeños secretos. Cayetana aprovecha cada ocasión que le dan para clavar los dientes en su personaje y darle vida.

Como si faltara poco, se disparan frases y conceptos de alto voltaje para la serie: desde un discreto "las puertas sólo funcionan en España" que me encantaría que Salvador matizara si es en sentido literal -no funcionan- o político -no deben funcionar-, porque está claro que pueden viajar a lugares que aún no eran España porque España no existía, como el siglo XV, el Imperio Romano o Altamira; o la Sala de Fumadores de Vitoria, hasta otros de más enjundia como Paul Walcott, el viajero americano del tiempo (esta semana hemos descartado un posible crossover con Cuéntame, ya que Julián parece conocer a los Alcántara como ficción, pero a la vez se sugiere que la mítica serie The Time Tunnel podría ser real dentro del universo del Ministerio), y la prisión de Huesca en 1053 en la que, aún hoy, el Ministerio encierra a los criminales contra el tiempo.

Y ésto último, junto con las advertencias que caen sobre el grupo, primero, y sobre Julián, más tarde, empiezan a dibujar posibilidades oscuras. Manejos turbios para propósitos claros: el Ministerio puede entretenernos, podemos jugar a imaginar relaciones o disfrutar viéndolas nacer y dibujarse, pero las altas esferas del mismo no se están con tonterías. Llegarán a dónde haga falta, acudiendo si es necesario a la historia más negra de nuestro país, para salvaguardar la Historia (tal y como nos ha llegado, aunque a veces para ello se altere hipócritamente) y para salvaguardar al propio Ministerio.

Os dije que era un capítulo complejo. O quizás no tanto: quizás la clave está muy al principio, y nos la haya dado el hombre más sencillo y directo de todo este tinglado, Alonso, cuando proclama que en España "siempre ha habido muy buenos soldados pero muy malos jefes" y que no le extraña que nuestro país haya caído en desgracia desde el alto pedestal al que llegó en tiempos de los Tercios.

Tal vez la Historia se repite, también en el Ministerio.

ACTUALIZACIÓN 12:50- José Ramón Diez, director de TVE, ha anunciado en el FesTVal de Murcia la renovación de la serie por al menos 1 temporada más. ¡Estamos de enhorabuena!

23 marzo 2015

MdT: Tempus Fugit (VI)

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   Julián había visto algo parecido en una película. ¿Era de Tarantino o de Robert Rodríguez? El espartano desenvainó la espada y se la puso en el cuello a Alonso. El samurai se levantó más ágilmente de lo que su compleja armadura permetía augurar y desenvainó su propia katana, amenazando con ella al espartano. El vikingo sacó también un arma y se la colocó en un hueco de la armadura al japonés.
   - Bueno, esto es absurdo -dijo Julián, apuntando al vikingo con la pistola que le había dado Alonso. Era consciente de que no le entendían, pero esperaba que sus acciones hablaran por sí mismas. Sin embargo, el espartano, el samurai y el vikingo le echaron una mirada de sincera ignorancia ante lo que estaba haciendo, y lo pasaron por alto.
   - No reconocen la pistola, no saben que es un arma -dijo Alonso entre dientes-. ¡Dispárale!
   - No pienso cargarme a nadie, ¡y menos a alguien del pasado!
   Oliveros apuntó al vikingo con su propia espada, lanzando una mirada de desdén hacia Julián:
   - Vuestro arcabuz es tan pequeño como vuestra hombría, eso está claro.
   Aquello se había convertido en una comitiva de gente apuntando a gente con espadas, largas y cortas, anchas y finas, rectas y ligeramente curvas, pero en todos los casos afiladas, puntiagudas y letales. Tenían las de ganar... pero "ganara" quien ganara iba a correr mucha sangre.
   Entonces el samurai cambió de idea, dio un paso y apuntó con la katana a Julián.
   - ¡Dispara! -repitió Alonso.
   Iban a morir todos.
   - ¡Dispara! -dijo también Oliveros.
   Iban a morir todos, y si disparaba sólo serviría para que muriera uno más.
   Julián soltó el arma y levantó las manos.

   Los tres españoles fueron desarmados, atados y dejados en un rincón de la caverna, mientras el vikingo, el espartano y el samurai...
   - Esto parece un chiste muy malo...
   ...se acercaban a la base de la torre. Parecía que los dos primeros querían enseñarle al otro las letras. No sería extraño que también hubiera algunas en su idioma.
   - Oye, Alonso, ¿y tú desde cuando hablas japonés?
   Alonso estaba ocupado, batallando con sus cuerdas. Pero a diferencia de lo que habían hecho ellos con el tal Ensteinn, el nórdico, estos nudos estaban atados a conciencia.
   - Lo que me preocupa ahora es cómo vamos a salir de aquí.
   - No lo sé, pero vamos a empezar por pedir refuerzos -sus captores los habían cacheado bien, pero habían pasado por alto el bolsillo secreto de la capa en el que Julián llevaba el móvil.
   - ¡Bien!
   - ¿Cómo vamos a pedir refuerzos? -preguntó Oliveros.
   - Esperemos que tengan alguna puerta que lleve a esta época.
   "Esperemos que sepan en qué época estamos", se dijo Julián mientras tecleaba a ciegas con las manos a la espalda.
   - ¿Ya has marcado?
   - Demasiado complicado, ya... me está costando... enviar esto.
   - ¿Qué envías?
   - Un tuit...

* * * * * * * * * *

Madrid, 2015
   Salvador Martí, subsecretario del Ministerio del Tiempo, quería zanjar la cuestión cuánto antes.
   - ¿Lo tiene, Angustias?
   - Sí, señor -leyó la nota de la escueta circular que le había dictado su jefe-: "Queda prohibido el contacto directo entre cualquier funcionario del Ministerio y los pintores futuristas".
   - Añada también a los escritores, que el otro día repasando unas poesías inéditas de Papasseit me encontré un caligrama sobre lo que parecía un reloj de pulsera.
   - ¿Tan grave es?
   - Con calculadora.
   Angustias asintió, cerró la libreta y se marchó a su oficina. No obstante, enseguida volvió a asomar la cabeza por el despacho de Salvador:
   - ¿Le falta algo?
   - No, jefe, hay un funcionario que quiere verle.
   - ¿Un funcionario?
   - Don Aurelio, nuestro responsable de redes sociales.
   - Hágale pasar.
   Desde la aparición de los smartphones y su generalización como herramienta del Ministerio, había sido complicado mantener bajo control el acceso de los agentes de épocas anteriores a la conexión social con personajes de otras épocas, colegas de profesión; Irene opinaba que algunos estaban enganchados. Salvador Martí había decidido no censurar esta relación, sino promoverla a la vez que la restringía: los técnicos del Ministerio habían creado dos aplicaciones similares a Facebook y Twitter que sólo estaban al alcance de los agentes y funcionarios. Eso permitía controlar mucho mejor el acceso a las redes sociales de todos ellos, evitando posibles fugas de información pero alentando el esprit de corps
   El muy digno Aurelio Pimentel, que tenía un aire al joven Pio Baroja, entró en el despacho y saludó con un movimiento de la cabeza.
   - Don Aurelio, dichosos los ojos que le ven. ¿Todo bien por "Gatebook"?
   - Sí, sí, todo va de maravilla con "Gatebook", los últimos certificados están llegando a los agentes sin problemas de codificación. Es "Minutter" el que me preocupa.
   - A mí también. Desde luego podíamos haber pensado un nombre mejor.
   - No es por eso: mire el mensaje que nos acaba de llegar.
   Salvador cogió el teléfono que le ofrecía Don Aurelio. La brillante pantalla mostraba estas palabras:
"Sos estamos premios llave Ishtar "
   - ¿Y esto qué demonios significa?
   - Creo que hay un error con el texto predictivo: "estamos presos" es lo que probablemente quería decir.
   - ¿Quién ha enviado esto?
   - Don Julián Martínez.
   - ¿Desde León? Tenemos que enviar ayuda al siglo XV.
   - No, no. Ese es el tema: no entiendo cómo puede haber ocurrido, pero los datos de geoposicionamiento indican que este mensaje se ha emitido desde alguna zona de oriente medio.
   - ¿Cómo?
   - Concretamente en Irak.
   - Eso tiene que ser un error, les envié ayer a él y a Alonso a una misión a Astorga. No tenemos ninguna puerta que lleve a Mesopotamia... En fin, veré si puedo organizar...
    - Me temo que ese no es el único problema, señor.
   - ¿Qué más ocurre, Aurelio? 
   - Es el cronoposicionamiento: como sabe, el reloj interno del teléfono registra la fecha de llegada por la última puerta que haya cruzado.
   - Sí -Salvador se temía lo peor. ¿Ishtar? Había una puerta legendaria con ese nombre que había sido considerada una de las maravillas de la Humanidad, pero quedó destruída hacía mucho...
   - El cronoposicionamiento del teléfono de don Julián Martínez señala que se encuentra en 1400.
   - Oh -respiró aliviado el subsecretario-. Bueno, eso no queda demasiado lejos de nuestros agentes.
   - El 1400 antes de Cristo, señor.
* * * * * * * * * *

Alcira, 1885
   Don Enrique levantó una mano, tratando de apaciguar a su agresor:
   - No es necesario que os pongáis violento, señor. Tengo lo que buscáis en mi chaqueta. Si me permitís lo sacaré.
   Y realizando movimientos lentos y deliberados, se abrió la solapa, metió la mano en el bolsillo interior y sacó un pañuelo anudado que contenía algo dentro. Lo dejó sobre la cama.
   - No está tan bien envuelto como la pieza se merece, pero había prisa y...
   - Abridlo -ordenó el cochero.
   Don Enrique levantó las dos manos y obedeció. Deshizo el nudo, extendió el pañuelo sobre la colcha y dio un paso atrás.
   - Ahí tenéis, la Llave de Ishtar. ¿Trabajáis para algún museo o para un coleccionista privado?
   El cochero dio un paso adelante y palideció:
   - Amens! -alcanzó a exclamar, débilmente-. Stipes! 
   La tablilla de barro, de un aspecto muy antiguo, estaba partida en tres trozos. El cochero se volvió contra Don Enrique blandiendo de nuevo el cuchillo, con los ojos inyectados en furia.
   - ¡Ya estaba así cuando me la dieron! -trató de defenderse el otro, retrocediendo por la habitación-. Hasta donde sé, siempre ha estado así...
   El cochero se le acercaba, profiriendo improperios en latín y con la intención decidida de coserlo a puñaladas. De repente, se oyó un ruido sordo y el cochero pareció preferir tumbarse para examinar los tablones del suelo. Tras él, Amelia Folch sostenía un orinal de cerámica con el que le acababa da arrear en la cabeza. Por si acaso, le asestó un segundo golpe al cochero que partió el orinal.
   - ¿Se encuentra usted bien?
   - Sabía que no era usted monja.
   - Las hermanas también tenemos que defendernos.
   - Las hermanas no se presentan dando su apellido -Don Enrique se ajustó de nuevo la chaqueta-. En cualquier caso, muchas gracias.
   En ese momento empezó a vibrar el busca de Amelia.
   - ¿Qué ha sido eso?
   - ¿Qué ha sido el qué? Debería usted descansar. Yo tengo que volver a Valencia.
   - ¿A estas horas? ¿En plena noche? ¿Está usted trastornada?
   - Señor Gaspar, tengo que llegar a Valencia, y tengo que ir cómo sea. No tengo tiempo...
   - Tampoco tiene el salvoconducto para salir de Alcira, y no creo que el Doctor se lo vaya a dar sin explicaciones. Yo tengo el mío. Señorita "Folch", puedo ayudarla, pero tiene que contarme lo que ocurre.
   - Es demasiado complicado.
   - Esas son las mejores historias.
   - Es... secreto de estado.
   - Créame, ya conozco unos cuantos y los guardo bien.
   - Es... Es... Está bien -claudicó Amelia-. Pero sólo si puede usted llevarme al ayuntamiento de Valencia inmediatamente.
   - Señorita, aunque tenga que robar una pareja de caballos, le aseguro que estaremos allí antes del amanecer.

   No hizo falta robar nada: con pagar una buena cantidad de dinero por un carromato tirado por una pareja de yeguas, provisto de un buen par de faroles junto al pescante, fue suficiente. Mientras corrían hacia Valencia por la impredecible carretera, Amelia le reveló a Don Enrique la existencia del Ministerio del Tiempo.
   - ¿Pretende usted -le preguntó al cabo el diplomático- que con esas puertas puede el hombre retrogradar en el tiempo, saliendo hoy de Valencia, después de comer en Alcira para llegar ayer al monasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador Carlos V?
   - No suele haber ocasión de perder el tiempo: cruzamos las puertas para mantener la Historia.
   - ¿No para mejorarla?
   - Nunca para mejorarla. Las consecuencias podrían ser terribles. Una buena acción en el pasado podría deshacer por completo el futuro.
   Don Enrique pensó en aquello:
   - No me parece justo. Pero es cierto que el hombre se eleva frente a la adversidad. Sin los errores del pasado nunca podría llegar a dar lo mejor de sí mismo, no podría aspirar a ser todo lo que puede ser.
   - Tiene que prometerme que guardará el secreto, Don Enrique -le dijo Amelia cuando ya llegaban a los alrededores de Valencia.
   - Se lo prometo, señorita, seré una tumba... Pero quiero ir con usted.
   Amelia iba a protestar: el subsecretario se enfadaría muchísimo si se traía a un pasajero desde 1885. Pero, por otra parte, llevárselo al Ministerio de 2015 era la mejor forma de asegurarse su silencio. No podía contar a nadie del pasado la existencia de las puertas si no volvía al pasado.
    - Está bien -aceptó.
  (CONTINUARÁ... Y FINALIZARÁ)

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