19 agosto 2015

¡Arriba el telón! 13 críticas teatrales (y van 23)

Tras mis 10 primeras críticas publicadas en la web teatral enplatea.com, os traigo el segundo recopilatorio. Esta entrega, más veraniega, incluye todos los espectáculos que he visto en el Festival Grec 2015 de Barcelona, entre los que he tenido algunas muy gratas sorpresas. Curiosamente, la dicotomía entre la verdad y la mentira ha sido el tema más presente en las obras que hemos visitado, esencial al menos para 6 de las 13 que aquí se reseñan...

¡Arriba el telón!

11. "Mentir para progresar: Entremeses de Cervantes" (2 de junio)
12. Aeternum: "Zapateado épico, circo y kung-fu: vuelven los Vivancos" (4 de junio)
13. "Operació Moldàvia: último aviso para unos artistas de la mentira" (8 de junio)
14. "El crim de la Germana Bel, una comedia negra sobre el maltrato" (16 de junio)
15. Microteatre Barcelona: "La intensidad de las distancias cortas" (3 de julio)
16. GREC - "El musical participatiu renueva su programa" (12 de julio)
17. GREC - Digue'm la veritat: "¿La verdad? Eòlia cree que usted sí puede soportar la verdad" (16 de julio)
18. GREC - "Nit de musicals II: los novatos contraatacan" (22 de julio)
19. GREC - "Amor i Shakespeare: programa doble con grandes actores" (24 de julio)
20. GREC - "¿Quién teme a Marat/Sade?" (27 de julio)
21. GREC - Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano: "El juicio de Sócrates: teatro clásico actual" (30 de julio)
22. GREC - Els mots i la cosa: "La riqueza del sexo, por correspondencia" (4 de agosto)
23. GREC - La imaginación del futuro: "La caída de Allende, en prime time" (10 de agosto)

18 agosto 2015

Firma invitada - MdT: El extraño caso de Gil Pérez

Me llamo Gil Pérez. Y mi historia es imposible.
Brujería, la llamaron en mi época. Leyenda, siglos después.
Sí, sé lo que se contará sobre mí en el futuro; porque lo he visto. He visitado otros tiempos...

Por Lobo Gris, Luis Podadera y Mari Nieves Gálvez
Basado en una antigua leyenda urbana del Siglo de Oro 
 
   (Ciudad de México, Octubre de 1593)
   -¿Dónde estoy? ¿Por dónde se regresa al palacio del Gobernador?
   -¿El Gobernador? Querréis decir el virrey… ¿y qué extraño uniforme es ése?
   -¡Basta de chanzas! El Gobernador español en Manila, claro está…
   -¡Esto es México! ¿Estáis bebido?
   -Imposible: hace demasiadas horas ya que hemos aprehendido a este alborotador -intervino el capitán de la guarnición-. Aquí sucede algo más; algo que está más allá de nuestro entendimiento. Es hora de llamar al Santo Oficio.
   -¿La… la Inquisición…?

   Casi me volví loco en aquel instante. El posterior tiempo de prisión perturbó mi mente, pero mi fe apaciguó mi entendimiento; y cuando fui liberado y devuelto a mi guarnición en Manila, intenté retomar mi vida.
   En aquel entonces no podía sospechar que tres meses después de mi regreso.....
   No sé si continuar mi relato. Me abruman las dudas. Porque ahora vivo en el anonimato, y tal vez prefiero seguir así...

   (Manila, 24 de Octubre 1593)
   Pero una cosa sí puedo decir: todo comenzó con la muerte del gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, que Nuestro Señor tenga en su Gloria. Cuando su hombre de confianza se marchó a organizar las exequias y me dejó al cargo como centinela, a fe mía que yo jamás habría imaginado una locura como aquélla.

   Nuestro poderoso señor había fallecido en una incursión contra los feroces piratas wo-kou, que tantas veces habían desafiado al Gobierno español: aquellos crueles bandidos incluso intentaban llegar más allá del simple pillaje y conquistar las islas para sí. Siempre habíamos sospechado que, en realidad, fue aquélla (y no otra) la razón de que los rebeldes nativos tagalos rindieran pleitesía a la Corona española: nos estaban utilizando. Para protegerse de aquellos sanguinarios piratas chinos y japoneses.
   Y vive Dios, la Corona española estaba cumpliendo fielmente su acuerdo. En los Combates de Cagayán los Tercios de Mar, capitaneados por el noble Don Juan Pablo de Carrión, acababan de dar una buena lección a los wo-kou de Tay Fusa pocos meses antes. Nuestros religiosos fundaban precarias escuelas y hospitales; nuestros ejércitos admitían y formaban a valientes tagalos leales en nuestras filas. Las Islas Filipinas eran una tierra extraña, muy extraña; pero algunos, con los años, las habíamos llegado a considerar nuestro hogar, y como tal lo defendíamos. Así habían dado su vida muchos de mis compañeros; y así la dio también nuestro bravo señor.

   La noche de su muerte recibí una orden insólita: montar guardia en secreto, incluso para mis propios compañeros. Nadie debería saber que en el despacho más importante de la fortaleza había un centinela más de lo habitual. Para los demás, yo no existiría.
   Sólo ahora, sabiendo lo que sé, veo que era obvio: si nuestro noble gobernador guardó el secreto en vida, forzosamente habrían de intentar sus enemigos desentrañar el misterio en la ocasión de su muerte.

   Así fue como un desconocido, embozado, entró en las habitaciones mezclado entre la servidumbre, con la secreta intención de robar una llave del escritorio de mi señor. No contaba con mi presencia, oculto entre las sombras.
   Para evitar su huida, me adelanté hacia la única salida de las habitaciones, sin ser visto... pero, para mi asombro, el felón no intentó salir por donde había venido. Al contrario, con la llave abrió una puerta que no era una puerta, de lo que parecía un simple armario. Le seguí, seguro de mi triunfo... Y ésa fue mi perdición.

   Embestí con el hombro, impidiendo que cerrara el armario -de ésta no se libraba el malhechor-, pero pobre de mí, desconocedor de que aquel hijo de Satán había embrujado la puerta. Sorprendido me hallaba en otro lugar; y a otra hora, pues el sol me cegó...

   (Ciudad de México, 25 de Octubre de 1593)
   Un instante antes estaba en las islas Filipinas, asegurando una fortaleza española contra rebeldes y wo-kou; al siguiente, me hallaba en una ciudad junto a una laguna, en las Américas. ¿Qué brujería era aquélla?
   Nunca lo supe, pues el desconocido me atacó para proteger su secreto robado: esquivé su acero por muy poco. El malandrín aprovechó para zafarse de mí y tratar de escurrirse nuevamente por la puerta, pero mi arcabuz le dio su merecido.
   Sin embargo, a cambio de proteger mi vida y el secreto de mi señor, pagué un alto precio: pues el bellaco, con su último estertor, arrojó la llave a las aguas de la laguna, dejándome atrapado en aquella tierra extraña.
   Sólo quedaba una cosa que yo pudiera hacer: ya que mi regreso era imposible, evitaría al menos que otros sufrieran mi mismo destino. Mis armas no sólo dieron buena cuenta del enemigo, sino también de la embrujada puerta. Dios sabe bien que sólo el fuego podía purificar hechizos, encantamientos y brujerías… así pues, aquí me quedé, contemplando las llamas, varado en lo desconocido.

   (Mazmorras de la Inquisición, Enero de 1594)
   -Hay quien dice que los señores inquisidores no estuvieron nada bien en el desempeño de su delicado oficio…
   -Vive Dios que es extraño: sólo echaron al soldado en un calabozo, mas no le dieron ningún tormento. ¿Por qué?
   -Órdenes de la Corona. Acaba de entrar a visitarle un enviado del Virrey: dice llamarse Fray Ernesto…

   Yo llevaba semanas escuchando resignadamente conversaciones parecidas de labios de mis carceleros, y temiéndome lo peor. Sin embargo, todo terminó cuando entró en mi celda un hombre enjuto, vestido con sencillas ropas de fraile, pero imbuido de un sorprendente aire de autoridad. A fe mía, nunca habría imaginado cuáles serían sus palabras:

   -Maese Gil Pérez, ¿os interesaría trabajar para un despacho secreto de la Corona?


20 julio 2015

Lobos errantes (V)

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 EXILIO

   El cuerpo de Sylvia no aparecía por ninguna parte. Busqué en el lugar del crimen, en el hospital y en todos los lugares que solíamos frecuentar; pero no encontré nada. Ni siquiera se la mencionaba en los cotilleos que, tras adecentarme un poco, intenté sonsacar a mis conocidos. Tal vez habría sido buena idea preguntar a Javier, pero tampoco pude localizarle.
   Era el problema número tres, y estaba siendo el más difícil de resolver.
   Comencé a albergar algunas esperanzas: ¿y si, después de todo, yo no había llegado a matar a Sylvia?
   Pero el recuerdo del enorme charco de sangre me devolvió a la realidad: en cualquier caso, debería estar demasiado herida para haberse marchado por su propio pie. Alguien debía habérsela llevado, viva o no. Y debería haber dejado algún rastro al hacerlo.
   Registré palmo a palmo el lugar del crimen, pero no hallé nada que me ayudase en mi búsqueda. Ni que me delatase ante la Policía, me consolé.
   O Sylvia estaba viva, y seguramente escondida y aterrada, o alguien se estaba tomando muchas molestias para encubrir su muerte. Pero ¿quién?
   La obsesiva idea sólo consiguió que reapareciese mi dolor de cabeza, llenándome de náuseas. Me arriesgué a probar una dosis del remedio de Eric.

   Finalmente, decidí hacerme pasar por Sylvia para conseguir más información sobre la muerte de Stefan. Apenas había empezado a leer el informe médico cuando los enfermeros me solicitaron algún documento para probar mi identidad. Fingí haberlo olvidado en la furgoneta y me alejé del hospital, pensativa.
   La buena noticia era que el remedio de Eric funcionaba bastante bien. Y que, según los médicos, las personas atacadas aquella mañana por Stefan no habían sufrido mordeduras; sólo contusiones. Se habían librado de sufrir el mismo contagio que yo. Quizás nunca sabrían lo afortunados que habían sido.
   La mala noticia era que el chico de la pistola tenía razón: su bala sólo había herido levemente a Stefan. La causa de la muerte era muy distinta.
   "Asfixia por mordedura", rezaba el documento.
   Sentí escalofríos. Tal vez le había matado yo misma. Durante mis pesadillas, por ejemplo.

   Eric contestó a mi llamada con voz tranquilizadora. Le di la dirección y colgué el teléfono. La furgoneta no tardó demasiado en venir a recogerme.
   Me derrumbé en el sofá-litera. Estaba física y mentalmente hundida.
   "¿Qué me está pasando, Eric?"
   "Por fin lo preguntas".
   Su mirada no mostraba reproche, sino comprensión. Incluso su levísima sonrisa cómplice me pareció, por primera vez, compasiva.
   "Te lo expliqué anoche: Stefan sufría una afección cerebral crónica". Eric hablaba con calma, como si estuviese en clase, mientras abría un informe en su ordenador. "Puede deberse a varios tipos de enfermedades..."
   Eché un vistazo a la pantalla y distinguí palabras sueltas. Encefalitis. Meningitis. Rabia. Los demás términos me resultaban incomprensibles.
   "...y no todas afectan a las mismas zonas del cerebro" prosiguió mi interlocutor. "Por eso los síntomas pueden variar: dolor de cabeza, pérdida de memoria, cansancio extremo, temblores, inconsciencia, alucinaciones..."
   "¿Y agresividad?" recordé, todavía sin acabar de creérmelo.
   "Eso casi nunca; pero en esta variedad en concreto, sí" asintió Eric. "Es una excepción. Probablemente ataca un área cerebral muy específica".
   "Comprendo" suspiré. "Pero estas enfermedades tienen cura, ¿no?
   "Ahí está el problema" dijo Eric, en un tono sereno que, sin embargo, no me gustó. "Estamos ante una enfermedad desconocida".
   "Bueno, pidamos ayuda a un hospital. Cada día se desarrollan medicamentos nuevos..."
   "Sí, cuando hay suficiente mercado. Pero nadie se ocupa de las enfermedades raras".
   Tuve un mal presentimiento.
   "¿Por qué?"
   "No sería rentable. No habría suficientes compradores para compensar los gastos de investigación".
   Me quedé helada. "No pueden dejar a la gente sin tratamiento sólo por... por..."
   "¿Dinero?" Eric sonrió amargamente. "Pregunta a los afectados por el síndrome de la persona rígida, por ejemplo. O por la sensibilidad química múltiple. Incluso la ELA, que tiene miles de pacientes en cada país, está siendo investigada mucho más despacio que cualquier vulgar producto de belleza o contra la impotencia. Lo que manda es el mercado. Existen cientos de enfermedades raras... sin tratamiento, porque nadie las investiga".
   "No puedo creerlo. ¡Los médicos tienen que intentar algo!"
   "Con mis padres lo intentaron" asintió Eric. "Probaron tratamientos que suelen funcionar bien con otras encefalitis. Pero nadie desarrolló ningún medicamento nuevo".
   "¿Y qué pasó?"
   "Fue un fracaso. Los metieron en una celda acolchada para el resto de sus días. No acudiré a un hospital para acabar como ellos".
   Lo decía fríamente. Reconocí aquella serenidad. Era la lucidez de quien intenta evitar volverse loco.
   "¡Tú también!" comprendí.
   Eric asintió lentamente.
   Y mi primo Stefan. De mi hermana Sylvia no estoy tan seguro".
   "Por eso vivís viajando... para que no os envíen al mismo sitio que a vuestros padres..."
   "Y por eso intentamos hacer pocos amigos" confesó Eric. Recordé su aparente grosería cuando nos conocimos; comprendí la timidez de Stefan y de Sylvia. Intentaban protegernos.
   "Ahora entiendo por qué siempre íbais juntos a todas partes..."
   "Nunca solos" asintió Eric. "Así, si tienes un ataque, siempre habrá uno o dos amigos para ayudarte. No podemos hacer una sola excepción: ya has visto por qué".

   La última frase de Eric me devolvió a la realidad. Supe lo que tenía que hacer, y no me gustó nada. Pero de nuevo, aquella aterradora lucidez me mantuvo serena.
   "Eric... creo que he matado a Sylvia“ confesé al fin. "Y quizá también a Stefan".
   "No" repuso Eric, en voz muy baja. "Tal vez yo maté a Stefan"
   Le miré, atónita.
   "Estuve toda la noche en vela" prosiguió, sin mirarme. "Por la mañana, después de que se marchara, ya no pude más. Hay un rato del que no recuerdo nada".
   Sentí náuseas.
   "¡No quiero saber nada más!" estallé. "Quizá tengan razón. Quizá sea mejor que nos encierren".
   Me sobresaltó la brutal fuerza de las manos de Eric en mis hombros.
   "¡No digas eso!" su mirada rebosaba energía. "¡Podemos seguir adelante!"
   "¿Poniendo en peligro a la gente?"
   Eric señaló de nuevo el ordenador. De pronto comprendí que los términos médicos no estaban escritos en un simple informe: se trataba de un foro médico privado. Cada dato, cada investigación, venía precedida por el nombre de un usuario diferente.
   "¡Investigando! Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará" me reveló. "Pronto seré médico. Stefan ya se había graduado en Farmacología, y su cóctel de antiinflamatorios te ha ayudado bastante hoy. Este usuario de Sydney es biólogo. Esta neuróloga de Bangkok está llevando a cabo ensayos en dos voluntarios, los únicos afectados de su país".
   "¿Todos sois... enfermos?"
   "Casi todos. Y amigos, a pesar de la distancia. Somos pocos, pero compartimos nuestras investigaciones para buscar una cura“.
   "Pero... ¡no todos servimos para trabajar en esto! Y sin material, en una simple furgoneta...“
   "Algunos trabajan en laboratorios. Los demás en la Universidad, cuando nos dejan. Oye, sé que no es mucho; pero es mejor que nada. Y lo tendremos mientras sigamos siendo libres y trabajando juntos".
   Dejé de escucharle, pensativa. Sonaba bien. Muy bonito. Pero el recuerdo de un gran charco de sangre se burló macabramente de mis ilusiones.
   "¿Y mientras tanto?" objeté. "¿Cómo evitaremos que haya más muertes?"
   "Ayudándonos. Vigilándonos mutuamente. Evitando mezclarnos con otras personas".
   Presentí con dolor el futuro que me esperaba.
   "Stefan y Sylvia no fueron capaces de aislarse del mundo" reflexionó Eric. "¿Podrás tú?"

   Han pasado años desde aquella pregunta. Desde que guardé silencio, le miré y tomé una decisión. Desde que me obligué a mí misma a asentir, mientras mi estómago se rebelaba contra la horrible sensación de que ya nunca volvería a ver a mi familia ni a mis antiguos amigos.
   "Lo conseguiremos" intentó animarme Eric. "Trabajaremos sin descanso. Tú también puedes hacerlo".
   Bajé la cabeza. No tenía otra opción.
   Él  miró por la ventana y sonrió:
   "Ya viene. Volvemos a ser tres".
   Sylvia apareció en el umbral, con los ojos ocultos tras unas gafas oscuras. Vendada, débil, pero viva. Llorosa, hundida, pero aún capaz de sonreírme entre las lágrimas.
   El corazón me dio un vuelco, pero esta vez de alegría y alivio. La abracé, con mi conciencia por fin tranquila. Me invadió una inmensa paz al ver que, después de todo, seguía con vida.
   Eric le dio la bienvenida y subió al asiento del conductor. El motor de la furgoneta comenzó a ronronear. La radio emitía una alegre canción que acentuaba aún más, si era posible, mi tristeza.
   Sylvia y yo miramos a través de la ventana: Javier nos saludaba tristemente entre las sombras. Estaba claro: él había rescatado a Sylvia, y había ocultado buena parte de mis huellas para que no me localizara la Policía. Siempre ayudando a sus amigos. A todos. Típico de él.
   Sentí una punzada de dolor por Sylvia, que le amaba y no volvería a verle. Por mí, pobre tonta que también había estado secretamente enamorada de él, años atrás.
   Y lo sentí por él. Sentí claramente su dolor, diciendo adiós con la mano, mientras miraba con una valiente sonrisa cómo su querida Sylvia se alejaba para siempre.
   Debía tener el corazón destrozado. Pero no podía acompañarnos.
   La furgoneta se alejó muy lentamente; como si ella tampoco deseara abandonar aquel lugar de recuerdos amargos. Pero también bellos. Los recuerdos del lugar donde nos habíamos permitido saborear por última vez la vida, la amistad, el amor...
   Por última vez.
   Eric y yo nos aseguraríamos de que no volviese a repetirse nunca más.
   Sylvia y yo contemplamos durante largo rato cómo aquel lugar se perdía lentamente en la distancia. Cada vez más pequeño, más lejano, hasta que sólo fue una diminuta mancha en el atardecer.

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16 julio 2015

Lobos errantes (IV)


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   LUCIDEZ

   Ahora sé que la locura te hace prudente. De hecho, hace falta estar muy loco para calcular cada paso con tanta precaución, tanta frialdad, tanta lucidez. Nadie en su sano juicio podría mantener la serenidad en medio de semejante dolor.

   En primer lugar, las pruebas del delito. Como en todo buen festival de rock, había llovido lo suficiente para convertir el lugar de acampada en un barrizal. Enterré el charco de sangre y tapé con fango las rojas manchas que me cubrían. En pocos segundos disimulé el primer problema. Nadie se sorprendería demasiado al verme tan embarrada: cualquiera puede sufrir una caída...

   Problema número dos: la fiebre. Stefan me había contagiado su enfermedad. Había que buscarle y averiguar de qué se trataba exactamente.

   No quise exponerme a la curiosidad de Eric: todavía no me sentía capaz de dar explicaciones. Incluso la locura tiene sus límites. Por lo tanto, seguí los pasos de mis colegas en busca del lugar de la pelea.
   El cadáver estaba ya en una camilla, dentro de una bolsa translúcida cerrada con cremallera. No muy lejos, una precaria barrera de precinto plástico protegía de los curiosos una silueta toscamente dibujada en el suelo. Dos tipos con uniformes de la policía científica se inclinaban sobre el lugar del hallazgo.
   Un poco más cerca de mi escondite, otro agente tomaba declaración a unos borrachos que ya empezaban a estar sobrios. Los chicos tenían toda la pinta de no haber dormido aquella noche. No se molestaban en bajar la voz; parecían un poco hastiados, como si hubiesen repetido ya varias veces la misma historia.
   "Nos asaltó como un loco. Eran las diez de la mañana. Casi me estrangula..."
   "Vale, le herí sin querer, pero no le maté. Yo sólo quería disparar para asustarle, se lo juro. Salió corriendo y ya no volvimos a verle... hasta ahora“.
   "No, no sé por qué nos atacó. Supongo que estaba drogado".
   ¿Drogas? Tuve un mal presentimiento. Aprovechando un descuido, robé uno de los impermeables amarillos de la furgoneta de los servicios de emergencia y me disfracé con él. Aparentando indiferencia, me acerqué al cadáver y entreabrí la cremallera.
   En el fondo, conocía de antemano la respuesta.
   Era Stefan.

   Mi aspecto no debía ser muy bueno cuando me acerqué a la caravana. El toldo bajo el que Sylvia y yo solíamos tomar el fresco estaba vacío. Tan vacío como la litera que Stefan no volvería a ocupar, pensé amargamente. A través de las cortinas de puntillas distinguí la leve luz del ordenador de Eric.
   Espié a través de la puerta entreabierta: Eric tecleaba sin cesar. De vez en cuando se detenía para pasarse un pañuelo por la nariz. Parecía sollozar.
   Me abalancé sobre él con furia:
   "¿Qué le hiciste a Stefan?"
   No se sorprendió. Ni siquiera intentó defenderse. Sólo se volvió hacia mí con una mueca que parecía una sonrisa amarga:
   "Cuidarle, como siempre. Evitar que te matase. Bajarle la fiebre, ser su niñera... y parece que no le gustó".
   "Mientes".
   "Estuvo aquí" señaló la litera, un poco manchada de barro, y los medicamentos que todavía quedaban encima. "Pero cuando se recuperó, discutimos. Dijo que se había hartado de hacerme caso. Que aún no he terminado de estudiar Medicina, que quién me he creído para darle órdenes... y se marchó al hospital".
   "Es lo que tendría que haber hecho desde el principio".
   "¿De verdad?" nueva sonrisa amarga. "¿Has visto de qué le ha servido?"
   "Porque le abandonaste. ¡Le dejaste ir solo! Tuvo otro ataque por el camino, ¿sabes? No creo que llegase a pisar el hospital".
   "Eso aún no lo sé. He puesto patas arriba todo el hospital, y la comisaría de Policía. No paro de hacer llamadas. Pero sólo contestan que me avisarán cuando tengan el informe de la autopsia. Y cuando encuentren a Sylvia".
   Me puse en guardia.
   "¿No sabes dónde está Sylvia?" tartamudeé, fingiendo sorpresa.
   Eric me atravesó con aquella mirada inteligente y maliciosa. Supe con toda certeza que no conseguiría engañarle.
   "No la he visto desde ayer“ contestó. "He buscado por todas partes, pero nadie sabe nada".
   Nadie excepto tú misma, parecía decirme su mirada penetrante. Era endiabladamente listo.
   Intenté que no me temblase la voz: "¿Has preguntado a Javier?"
   "Parece que tampoco la ha visto" contestó Eric, mirando fijamente mi barbilla. "Dice que la dejó contigo esta mañana. Curioso, ¿no?"
   "Se fue en seguida" improvisé. "Me dolía la cabeza y le pedí que me dejara descansar un rato. No he vuelto a verla". Al menos, la última frase era verdad. Hasta cierto punto.
   "Entiendo" dijo Eric lentamente. Puso en mi mano un frasco con tapón dosificador y volvió a concentrarse en la pantalla de su portátil, atiborrada de información médica.
   "¿Qué es esto?"
   "¿Úsalo si te vuelve el... ejem, dolor de cabeza" contestó, con la mirada fija en su trabajo. "Tres mililitros cada seis horas. Y avísame si ves a Sylvia".

  Al salir, vi mi imagen reflejada en el cristal de la puerta. Una costra de barro se había desprendido de mi barbilla, dejando entrever un reguero delator de sangre seca.
   "No deberías ir por ahí sola" añadió Eric desde el interior.
   No se molestó en mirarme. Ni yo en contestarle. No hacía falta.
   Eric lo sabía. Todo.

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14 julio 2015

Lobos errantes (III)

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   PESADILLAS
  
   Me dirigí hacia mi tienda de campaña con paso vacilante, incapaz de volver a la realidad. Las imágenes de la enloquecida pelea se repetían en mi mente una y otra vez. Quizá por eso tardé tanto tiempo en darme cuenta de que la manga de mi chaqueta negra estaba mojada. Sólo cuando me desvestí descubrí que no eran manchas de barro: eran de sangre. Limpié la herida, la vendé y la oculté bajo una amplia muñequera de cuero. No estaba segura de querer contárselo a Eric cuando le viese; bastantes problemas tenía él ya.
  
   Aquella noche me costó dormir. Cuando al fin lo conseguí, varias pesadillas sobre hombres lobo me dejaron más agotada que antes de acostarme. Ya era mediodía cuando Sylvia y Javier irrumpieron en mi tienda de campaña, pero abrir los ojos me resultó tan doloroso como si aún estuviese en medio del primer sueño. Les costó mucho trabajo hacerme reaccionar.
   "Vaya resaca, ¿eh?"
   "Buf, si te contara..." acerté a murmurar.
   "Bueno, todos trasnochamos ayer. Fue un buen concierto, ¿eh?"
   Como para pensar en conciertos estaba yo. Cada esfuerzo por reflexionar era recompensado por nuevas y espectaculares variaciones de mi dolor de cabeza. Pero aún así, los recuerdos de la noche anterior me asaltaron sin piedad. Stefan, el peligro que dormía en la misma caravana que Sylvia. El juramento que me impedía contarlo. Y mi deber de avisarla.
   "Eh... Sylvia... ¿dónde dormiste anoche?"
   Sylvia miró a Javier con intención. Ambos sonrieron con picardía.
   "¡Vaya! ¡Enhorabuena!" exclamé, aliviada. Era mejor así. Sonreí con una complicidad burlona digna de Eric: "¿Para cuándo es la boda?"
   "¡Cotilla!" bromeó Javier, derribándome de un manotazo amistoso. Intenté levantarme, pero llegué a la conclusión de que estaba más cómoda tumbada.
   "Necesita un café. En vena" rió Sylvia. "Voy a mi caravana a hacer uno".
   ¿La caravana? Abrí los ojos horrorizada, pero no necesité detener a mi amiga: Javier se me adelantó.
   "No hace falta. A Pitu y Marisa les ha dado el punto y han hecho café para todos. Voy a ver si es potable".
  
   Escuché cómo el servicial Javier se marchaba a cumplir su encargo. Sentí cómo Sylvia pasaba un pañuelo húmedo por mis párpados doloridos. El alivio me despejó un poco. Pobre Sylvia; en cualquier momento volvería a su caravana y...
   "Sylvia, ¿confías en Eric?"
   Ella me miró con asombro.
   "Claro. Es mi hermano. Sé que haría cualquier cosa por mí".
   "¿Y Stefan?"
   "¿Mi primo?" vaya, me sorprendí: así que era un viaje familiar. "Es un encanto. Muy dulce. No me extraña que te guste; pero te advierto que es un poco aburrido".
   ¿Aburrido? Cerré de nuevo los ojos para ocultar la ironía de mi mirada. Si ella supiera...
   "¿Y no has notado últimamente... nada raro?"
   Sylvia pareció sorprendida. Después bajó la voz:
   "Sí".
  
   Un café se interpuso entre nosotras, interrumpiendo la conversación. Me esforcé por dirigir una sonrisa de agradecimiento al pobre Javier: desde luego, el chico había sido rápido. Tras él aparecieron Pitu y Marisa, ambas acompañadas por sus respectivos maromos. He llegado a olvidar los nombres de estos últimos; para mis adentros, siempre les llamé Pulpo y Lapa. Es fácil adivinar por qué.
   "¿Os habéis enterado?" anunció Pulpo con entusiasmo, "¡Ha habido una pelea! ¡Ha muerto alguien!"
   „¿¿QUÉ??"
   El corazón me dio un vuelco, pensando en la lucha de la noche anterior. Mi pulso redobló su latido en ambas sienes, aumentando el dolor de cabeza hasta niveles surrealistas: las imágenes a mi alrededor comenzaron a ondularse como espejismos de verano.
   Entreví borrosamente a Pitu encogiéndose de hombros: "Habrá sido una bronca de borrachos. Hay gente que no sabe beber".
   "O que fuma lo que no debe", sentenció Marisa.
   Deseé que no me estuviesen lanzando una indirecta. Curiosamente, cuando se trataba de censurar al prójimo, las dos parecían abuelitas puritanas. Al contrario que cuando eran ellas quienes fumaban cigarritos de la risa.
   "¿Venís a ver qué ha pasado?" invitaron.
   Asentí, pero el vaso del café se balanceó peligrosamente cuando intenté levantarme. La resaca me había dejado sin equilibrio.
   "Id vosotros primero" me excusé, tomando un sorbo. "Ya os alcanzaré. Y gracias".
   Mientras se alejaban, intenté calmar mis nervios y mi incipiente dolor de estómago. No podía haberle pasado a mis amigos. Eric, prudentemente, había dejado a Stefan fuera de combate antes de llevárselo, ¿no?
   "Creo que he sido yo" me confesó Sylvia en voz muy baja.
   La miré con estupor. ¿La dulce Sylvia?
  
   Cuando Sylvia terminó de hablar, intenté disimular lo que pensaba. No pude.
   En resumen, Sylvia se preocupaba porque ni Stefan ni Eric la dejaban casi nunca sola. Incluso para escaparse con Javier tenía que buscar excusas. La pobre pensaba que la vigilaban por alguna buena razón. No sospechaba que Eric, más bien, la estaba utilizando a ella para vigilar disimuladamente a Stefan.
   A Sylvia sólo se le ocurría un motivo: sus pesadillas. Había comenzado a tener sueños sangrientos, como yo. Y ratos de duermevela confusos, probablemente debido a la falta de descanso. Mentalmente lo achaqué a posibles ruidos nocturnos de sus compañeros de caravana. Pero la pobre chica no tenía razón para sospechar de ellos; por lo tanto, Sylvia comenzaba a temer a su propio subconsciente. ¿Había algo violento en su interior? se preguntaba. ¿Algo que con el tiempo, con la bebida, con un ataque de ira, pudiese salir a la luz?
   "Justo ahora que me he enamorado..." dijo tristemente. "¿Y si un día hago daño a Javier? ¿Y si he hecho algo malo ya?"
   La rabia y la compasión fueron más fuertes que yo. Sylvia estaba sufriendo a causa del secreto de Eric y Stefan. No merecía algo así.
   "¡Al diablo el juramento!" estallé. "Sylvia, tengo que decirte algo..."
   "No lo entiendes" continuó ella. "Esta mañana he vuelto a pasar. Javier se ha marchado un rato y yo he soñado con otra pelea. Pero al despertar, me dicen que ha ocurrido de verdad..."
   "No, Sylvia" interrumpí, intentando dolorosamente poner en orden mis ideas. "Puede haber sido otra persona. Prometí que lo mantendría en secreto, pero..."
  
   Una ráfaga de dolor más intensa que las demás estalló en el interior de mi mente. No recuerdo nada más.
   Sólo sé que, cuando por fin conseguí enfocar la vista, me encontraba en otro lugar. Y mi amiga ya no estaba. Sólo un charco de sangre.
   De sangre que olía igual que mis labios. Que mis dientes. Que mis manos teñidas de rojo.
   La sangre de Sylvia.
   "¿Qué he hecho...?"
   Comencé a intuirlo a través de las nieblas de mi mente.
   "No..."
   Comprendí qué significaba aquel dolor lacerante en mi cerebro. Supe que tenía fiebre. Y qué tipo de fiebre.
   "¡¡¡No!!!"
   Tardé mucho tiempo en comprender que estaba pensando, o más bien aullando, en voz alta.
   Estaba sola.
   Había matado a Sylvia.

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10 julio 2015

Lobos errantes (II)

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FIEBRE
 
   Hay detalles que pasan desapercibidos fácilmente. Pequeños indicios en los que nadie repara, que no parecen importantes. O que se ocultan deliberadamente.
   A veces, precisamente por eso, pueden ser cruciales.
 
   Me temo que nunca he sido un lince para distinguir esos detalles. Tal vez no suelo prestarles suficiente atención.
   Debí haberlo hecho.
   No parecía intencionado, pero... mis nuevos amigos nunca se quedaban a solas con nadie. Siempre iban de dos en dos a todas partes, o incluso los tres juntos. Debería haberme extrañado que una pareja viajase por el mundo acompañada por un "tercero en discordia", en lugar de disfrutar sus hormonas en la intimidad. Pero no quise darme cuenta, porque en el fondo esperaba que ese detalle significase que el guapo Stefan y Sylvia no eran realmente una pareja. Y es que yo tenía auténticas ganas de hincarle el diente a aquel chico.
 
   El caso es que Sylvia me caía francamente bien. Parecía algo triste y temerosa de acercarse a la gente, pero era tan dulce que no lo quise permitir. La tomé bajo mi protección y la arrastré hacia mis antiguos colegas de rock, con los que pronto llegó a compartir canciones y bebidas de muy buena gana. Sobre todo con Javier, uno de mis pocos amigos de verdad; el bueno de Javier, que al lado de Sylvia por fin pareció perder parte de su timidez. No tardaron en convertirse en algo más que amigos.
 
   Eric, en cambio, me inquietaba. Como si hubiese algo peligroso en él. O como si, simplemente, su evidente inteligencia fuese capaz de adivinar los pensamientos de cualquiera. Era una sensación similar a la que impulsa, incluso a la persona más inocente del mundo, a hacer un rápido examen de conciencia al pasar junto a un policía. Me hacía sentir cautelosa, como si estuviese siempre a punto de pillarme en falta.
 
   Pero los problemas comenzaron con Stefan.
   Cuando conseguí mi soñado momento a solas con él, después del último concierto de la noche, algo salió mal. Terriblemente mal.
   Ahora reconozco que habíamos bebido demasiado. Y que la noche, o la luna llena, o los cigarritos de la risa suelen propiciar los deslices mentales. Pero nunca pude suponer que reaccionaría así. Que un chico tan educado, agradable, dulce, pudiese ser...
   Bueno, al principio casi huyó; en el fondo no fue culpa suya. De hecho, su timidez hizo que me pareciese más deseable y encantador. Cuando al fin me siguió el juego admito que me aproveché de él, y fue un auténtico placer abrir su ropa para disfrutar de mi conquista.
   Pero debí haberle asaltado cuando estaba sobrio. ¿O quizá no fue por la bebida?
   Su mirada, enturbiada por el alcohol, comenzó a adquirir un brillo febril. Como si en sus ojos centelleara el deseo; ojalá hubiese sido sólo eso. La escasa luz y la borrachera me ocultaron lo que realmente le ocurría.
   Ahora lamento no haber hecho caso a su timidez. Me encantan los chicos que se resisten, pero debí haber adivinado que él tenía realmente una razón para rechazar aquella escapadita a solas.
 
   Sin previo aviso, Stefan rugió. Sí, como una fiera: como un perro de presa de los grandes, de setenta kilos de peso. Su mirada se volvió aterradoramente febril, incluso enajenada.
   He de agradecer ese instinto primitivo de aversión que me impulsó, como un resorte, a alejarme de un salto. Aquel ser demente que había sido Stefan se me echó encima con sorprendente furia, pero su manotazo apenas me desgarró una manga. Eché a correr como alma que lleva el diablo, comprendiendo con asombro que aquel chico estaba fuera de sí. Como un loco, como una fiera, como un enfermo. Grité su nombre, pero no reaccionó. Aproveché una rama caída para golpearle al azar, pero sólo sirvió para retrasarme. Stefan me alcanzó, y esta vez la ropa no cedió; caí de bruces.
   Habíamos salido del recinto del concierto; el descampado circundante estaba salpicado de botellas rotas, y tomé una de ellas para describir un arco entre él y yo. Retrocedió ágilmente, pero el cristal llegó a arañarle la ropa y la piel del pecho, aquella piel tierna y suave que yo habría preferido acariciar. Sus ojos desorbitados estaban enmarcados por las rojas e inconfundibles ojeras de una fiebre altísima. Me defendí a botellazos, llamándole por su nombre una y otra vez, sin tiempo para pensar cómo hacerle reaccionar. Ni siquiera las heridas le acobardaban: sin esquivar mis golpes, se lanzó hacia mi yugular y tuve que interponer mi brazo en el camino de sus colmillos. El dolor de la dentellada en mi muñeca fue feroz; tanto como la fuerza con la que sacudió su presa para aumentar el desgarro.
   Grité otra vez su nombre:
   "Stefan, ¡¡¡no!!!“
   Entonces un bulto cruzó fugazmente ante mis ojos, y Stefan ya no estaba allí. Se debatía un metro más allá, debajo de algo, o alguien, más pequeño pero más fuerte. Con estupor distinguí a Eric, sujetando a su enloquecido amigo con una llave experta. Eric resistió las tremendas sacudidas durante interminables segundos, hasta que me di cuenta de que estaba pronunciando mi nombre como si fuese una orden. Me moví al fin, comprendiendo que durante unos instantes me había vuelto tan incapaz de reaccionar como Stefan.
   "¡En mi mochila! ¡Destapa la jeringa!"
   A pesar de las sacudidas, me las arreglé para abrir la mochila que portaba Eric y buscar cualquier cosa parecida a lo que me pedía. Acerté al segundo intento. Quité el tapón y acerqué la mano temblorosa al hombro de Stefan.
   "¡No!" exclamó Eric. "¡Apunta hacia arriba y presiona hasta que salga una gota! Que no quede aire dentro, o lo matarás".
   Obedecí. Inmediatamente, Eric me arrancó la jeringa de un manotazo. Sujetando aún a Stefan con el otro brazo e incluso con las piernas, consiguió inyectar a su amigo el calmante. La mirada de Stefan perdió su furia y quedó terriblemente vacía. Pronto pareció... no dormido, sino muy enfermo y horriblemente demacrado.
   "Pero ¿qué...?" no acerté a formular la pregunta.
   "Es peligroso quedarse a solas con él" explicó Eric. "Se lo he advertido miles de veces, pero no me hace caso. La fiebre puede subirle en minutos, y con una encefalitis crónica como la suya, lo mínimo que puede pasar es que se desmaye. Y si hay mala suerte, como hoy, tiene alucinaciones. A saber qué habrá visto, para atacar de esa manera. ¡Le has asustado...!"
   "¿Encefalitis...?"
   "Entiendes esa palabra, ¿no? ¿O prefieres creer en hombres lobo, como los ignorantes de la Edad Media?"
   La ofensiva frase me hizo reaccionar mejor que una bofetada. Comencé a comprender. Una afección cerebral. ¿Rabia?
   "Tendría que estar agotado, no así... Esto no es normal. Hay que llevarle a un hospital. Para bajarle la fiebre y para... para evitar que haga daño a nadie"
   "Yo me ocuparé de él. Se pondrá bien" me cortó Eric. "Pero no te quedes a solas con él nunca más. Y no dejes que beba".
   Eric me obligó a jurar que no se lo contaría a nadie. Después se marchó hacia su caravana con Stefan cargado a hombros. No me permitió acompañarle.
 
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08 julio 2015

Lobos errantes (I)


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DESCONOCIDOS
    
   Sé que mis hermanos no aprobarían este escrito, si lo encontraran. Pero he decidido escribir lo que pasó, para el lector más importante del mundo: uno mismo. No deseo olvidar. De hecho, necesito que lo que soy, y lo que fui, siga vivo en mi mente.
   Y no es fácil: mis recuerdos son cada vez más borrosos. Quizá sea por esta especie de borrachera que cada vez me ataca con más frecuencia, a pesar de mis esfuerzos por mantener la lucidez.
   Que nadie se confunda: he abandonado cualquier vicio y ya no tomo alcohol, ni drogas; ni siquiera fumo. En un intento de evitar que mi maltrecha mente se desmorone, he adoptado una disciplina casi monacal: he abandonado casi todos los placeres de la vida. Esto es algo que quizá tampoco aprobarían mis hermanos.
   
   ¡Vaya cambio! Hace sólo un par de años, mi verano consistía en una sucesión de acampadas, de uno a otro festival de rock. La gente que me rodeaba era, con pocas diferencias, la misma que compartía estudios y pellas conmigo el resto del año; sólo que cambiando el desastroso piso compartido por una aún más caótica tienda de campaña. Sólo una condición: la cerveza, que no falte. Ni en invierno ni en verano.
   En aquella extraña reunión de pseudo-boy scouts vestidos de fiesta, la llegada de una furgoneta con matrícula belga llamó poco la atención. Bueno, algunas miradas se tenía que llevar: entre tanta minitienda, una furgoneta-autocaravana era todo un lujo. Pensé que quizá incluso tuviera una neverita de las de verdad, conectada a la toma de mechero. Además, los vinilos de Steppenwolf que tuneaban la pintura me indicaron que los propietarios compartían mis gustos. Así que me dirigí a curiosear, llevando unas cervezas como ofrenda de paz.
   
   "Born to be wild!" saludé, haciendo el gesto de los cuernos.
   Los belgas rieron, abriendo la puerta entre grandes muestras de júbilo.
   "¡Aleluya! ¡Nos habíamos quedado sin cerveza!" festejó desde el interior (también en inglés) un chico asombrosamente bajito y feo, de sonrisa picarona y cómplice. Jocosamente dio la bienvenida a las bebidas, pero no a mí; me dedicó una despedida apenas digna de un repartidor de pizzas.
   A pesar de mi gusto por el rock duro y mi llamativa vestimenta negra, en el fondo reconozco que soy una pardilla. Estuve a punto de quedarme de patitas en la calle sin atreverme a protestar, pero el otro conductor de la furgoneta intervino en mi favor. Pronto me encontré bebiendo cerveza (¡en una jarra heladita!) en el sofá-litera que ocupaba uno de los lados del vehículo, sentada entre su compañero y una amable chica de aspecto frágil que dijo llamarse Sylvia.
   Mi salvador se unió a nosotros después de levantar las dos literas superiores para hacer sitio. "Me llamo Stefan" se presentó amablemente. Sonrió con picardía al disculparse por las cortinas de puntillas: la furgoneta pertenecía a sus padres...
   Reí de buena gana. Stefan era tan guapo como feo su acompañante, quien resultó llamarse Eric. Mientras hacíamos las presentaciones, contuve las ganas de preguntar a Sylvia qué relación tenía con ellos. No me dieron pistas sobre ese detalle, aunque sí contaron bastantes anécdotas del viaje que llevaban meses realizando por Europa.
   Según ellos, estaban tomándose un año sabático. Sin embargo, el ordenador portátil con un extraño objeto en su puerto USB (internet móvil, como supe después) y los libros de texto nuevecitos me indicaron lo contrario. Estaba claro que estudiaban a distancia.
   
   Aquella semana pasé casi más tiempo con los belgas que entre mis antiguos colegas. Bueno, los que yo me empeñaba en llamar colegas.
   "¿Es que te has olvidado de tu pandilla?" preguntó una tarde Sylvia mientras holgazaneábamos delante de la caravana, a la sombra de un toldo.
   "La verdad es que nunca he sido del todo popular entre mi gente".
   "Ah, no?"
   "Ahora ya no. Lo fui, en otra vida".
   "¿Qué quieres decir?"
   "Érase una vez, hace mucho tiempo, una niña buena" comencé con ironía. "Excelente estudiante y con unos amigos maravillosos. Todos vivían en un pueblo sin futuro, pero se ayudaban mutuamente".
   "Qué monada. ¿Por qué lo cuentas en pasado?".
   "Porque aquello se acabó. No por mi gusto; aquella gente era agradable. Lo malo fue cuando me marché a otra ciudad".
   "¿Y por qué te marchaste?"
   "Por la misma razón por la que todos nos ayudábamos: porque allí la vida era difícil. Problemas de dinero. Mi familia aguantó como pudo, pero al final tuvo que emigrar".
   "¿Y no te fue bien en el nuevo lugar?"
   "No eran tan amistosos" suspiré. Nunca supe la causa: quizá la nueva ciudad ofrecía tantas oportunidades que no merecía la pena esforzarse. O tal vez la gente que se había mudado allí tenía un pasado demasiado duro y se había vuelto hostil. El caso es que ser ingenua y buena estudiante estaba mal visto en el nuevo lugar, y por lo tanto caí en desgracia. Para encajar allí, había que ser una chica "mala", atractiva y rebelde.
   Así fue cómo tuve que aprender a disimular mis resultados académicos (que para mi desgracia seguían siendo impecables), a beber cerveza, a decir tacos, a fumar alguna vez sustancias raras. Menos mal que llegó a gustarme la vestimenta atrevida, el rock duro y el heavy metal. En aquel sonido se podían encontrar partituras bellas y difíciles, voces dignas de ópera y poemas cargados de belleza, sabiendo elegir...
   Además, gracias al metal conseguí conectar con mi nueva gente. Incluso llegaron a perdonar mi éxito académico. Con el tiempo comencé a formar parte de sus fiestas y sus bromas. Casi fui feliz.
   
   Casi. Pero sólo podía ser yo misma con los "lobos", como empecé a llamar en mi mente a los belgas de Steppenwolf. Eran de ideas libres: para ellos, cualquier persona tenía permitido divertirse. Con ellos no necesitaba ocultar nada. Eran buenos estudiantes, capaces de disfrutar con su trabajo tanto como con una juerga. Aquellos chicos debían estar en los últimos cursos de la carrera, a pesar de su juventud. Sabían más sobre Medicina o Informática que muchos de mis profesores. Incluso se ganaban la vida, y bastante bien por cierto, realizando trabajos informáticos on-line.
   Parecía buena gente, pensé mientras saboreaba con Sylvia una cerveza fresquita, recién sacada de la nevera. Aquel verano prometía ser memorable.
   No podía imaginar cuánto...
   Para bien y para mal.

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03 julio 2015

Superman es... ¡Clark Kent!

   En cómics recientes (Superman vol.3 #38), el hombre de acero descubrió un nuevo poder, bautizado como "super-flare", una especie de erupción solar localizada de gran potencia destructiva. Pero que tiene un desagradable efecto secundario: al utilizar toda la energía almacenada en sus células kryptonianas, deja a Superman sin poderes durante 24 horas. Posteriormente, sus poderes regresan... hasta que finalmente los poderes han ido desapareciendo sin retorno. Para colmo, Lois Lane, que en la continuidad actual  es colega de profesión y buena amiga de Clark Kent, pero en modo alguno la novia de Superman (el Supes está saliendo con Wonder Woman), descubrió e hizo pública la identidad del Hombre de Acero.
 
   La combinación de ambos acontecimientos ha supuesto un golpe durísimo para Superman, que se ha visto incluso desprovisto de su supertraje (la Fortaleza de la Soledad no reconoció su traumatizado ADN kryptoniano y se lo requisó considerándolo una reliquia robada), y se encuentra ahora sin identidad secreta, "traicionado" por su mejor amiga y prácticamente desprovisto de poderes. Por si fuera poco, todo indica que Bruce Wayne ha muerto en el enfrentamiento definitivo entre Batman y el Joker, con lo que ha perdido además a su mejor aliado. La historia arrancará en Alaska, con un Clark en el fondo del pozo que se convertirá en el Superman de la gente corriente, incluso con sus poderes ridículamente reducidos al nivel de 1938.
   No es, probablemente, un paso definitivo, sino la última vuelta de tuerca de la editorial DC para insuflar sorpresa y desafíos en el personaje más emblemático que tiene. Pero, aunque puede dar lugar a historias y conclusiones muy interesantes, tampoco es un paso novedoso. Repasaremos aquí las otras veces en que Superman ha perdido el "súper", y lo que ha significado para él.

La primera vez
   En Superman vol.1 #61 (1949), el hombre de acero acude al rescate de Lois Lane, que ha sido descubierta mientras investigaba a un timador mafioso que pretende ser un mago. Para su propia sorpresa, la maldición de pacotilla que lanza sobre Superman anula sus superpoderes, y el swami lo derrota con facilidad y escapa. Tras sufrir otras derrotas a manos del estafador, Superman acaba descubriendo que lo que provoca su debilidad es una extraña roca que el swami llevaba en el turbante, y cuyo origen parece ser meteórico.

   La Maravilla de Metrópolis supera la velocidad de la luz para viajar al pasado y rastrear el origen de los meteoritos, y acaba descubriendo que proceden de un planeta lejano y muy avanzado llamado Krypton. Y lo que es más, que él mismo fue enviado a la Tierra desde ese planeta para que sobreviviera a su destrucción.

   En efecto: el mismo número en que hace su primera aparición la kryptonita es también la historia en la que Superman descubre que no es humano, como había creído hasta entonces. Y es que en las primeras versiones de su origen no había ningún mensaje de Jor-El que guiara a Clark Kent acerca de su procedencia como hemos podido ver más tarde en las versiones cinematográficas de 1978 o 2013, o en el Man of Steel (1986) de John Byrne.

   Por tanto, tenemos una interesante vinculación entre la primera vez que Superman pierde sus poderes (por la que será su vulnerabilidad principal durante toda su carrera) y su propia identidad. Que Superman pierda sus poderes le llevará a saber que él es kryptoniano.

El hombre de arena
   En Superman vol.1 #233 (1971), el experimento de un científico tiene consecuencias imprevistas, y toda la kryptonita de la Tierra se convierte en plomo. Durante un tiempo parece que el Hombre de Acero ha superado su mayor debilidad (le quedan los rayos de sol rojo y la magia), pero en el siguiente número, pasada la euforia inicial, Superman empieza a perder sus poderes sin que la desaparecida kryptonita tenga nada que ver. Una extraña criatura de arena parece hacer acto de presencia cada vez que sus capacidades menguan, tomando a medida que pasa el tiempo un aspecto más parecido al suyo. La saga de este Hombre de Arena abarcó un total de siete números, algo totalmente insólito en la época, cuando las aventuras eran autoconclusivas o a lo sumo duraban un par de números.

   El trabajo conjunto del guionista Dennis O'Neal y el nuevo editor Julius Schwartz tenía la intención de devolver a Superman a un estadio más parecido al de su origen, rebajando sus poderes a un tercio de su capacidad y resaltando el ingenio a la hora de utilizarlos y el lado humano del personaje. En sus manos, Clark Kent dejó de ser un pelele y cambió la redacción del Daily Planet por los estudios de televisión de la cadena WGBS. La intención era buena, aunque no cuajó demasiado con algunos fans y otros autores, y en cuanto acabó la etapa de O'Neal Superman volvía a estar resolviendo tareas cósmicas, buceando en soles y haciendo malabares con planetas. En cualquier caso, habían inaugurado una nueva etapa, la conocida como Edad de Bronce, tras la Edad de Oro (iniciada con Action Comics #1 y la llegada de Superman) y la de Plata (desde Showcase #4 con el origen del Flash de Barry Allen).

   El "hombre de arena" tuvo un remake en 1992, en manos de Walt Simonson (en un cómic llamado, sencillamente, Superman Special), y una reelaboración bastante original dentro de los Nuevos 52, en Action Comics: Futures End #1 (2014), un tie-in con la saga que desarrollaba un posible futuro del universo DC dentro de 5 años.

Clark Kent no es Superman
   En Superman vol.1 #17 (1942), Lois Lane empezó a sospechar que Superman podía tener una identidad secreta y que esa identidad era su aparentemente torpe y cobarde compañero Clark Kent. Trató de pillar a alguno de los dos en falso durante mucho tiempo, sin demasiado éxito, y ésto se convirtió de hecho en una de las historias recurrentes durante los 50 y los 60, tanto como las apariciones de Mxyzptlk o las peculiares mutaciones a cargo de la kryptonita roja. Es decir, que lo que ahora ha hecho la Lois Lane del moderno universo DC no es sino la culminación de algo que llevaba 73 años persiguiendo.

    Pero hay una historia curiosa el respecto: en 1978 se celebraba el 40º aniversario de Superman. Nos trasladamos a Tierra-2, dentro del multiverso DC el mundo alternativo en el que transcurrían las aventuras de las versiones originales de sus personajes, las de la Golden Age. En Action Comics vol.1 #484, un mago (esta vez verdaderamente mágico) utiliza la Varita de Glastonbury para eliminar a Superman. Y lo consigue, con un pequeño problema: como no sabe que Superman tiene una identidad secreta, la Varita deja a un Clark que ignora que él mismo es el hombre de acero. Este Clark deja de ser el hombre apocado que había sido hasta entonces para pasar a ser un periodista de acción: Lois Lane acaba enamorándose de él y ambos se casan... tras lo cual ella acaba descubriendo la verdad, que Clark es el desaparecido Superman, y juntos consigan deshacer el hechizo. Este matrimonio, por cierto, permaneció desde entonces.

   Action Comics #484 fue en su momento toda una revolución que cambió el status quo aparentemente inamovible de los personajes, aunque se tratara de las versiones de Tierra-2. Nos plantea a un Clark que asumía parte de las virtudes de Superman al desaparecer éste, y que podría ser el origen de la famosa escena del vertedero en la película Superman III (1983). Algo que el dramaturgo catalán Josep Maria Benet i Jornet ya había sugerido en su obra de teatro Supertot (1973), en la que el superhéroe tiene un alter-ego por debajo de la media de los hombres normales, y al desaparecer el primero acaba mejorando las capacidades del segundo.

Montaje de Els últims dies de Clark K.
en la Sala Flyhard de Barcelona
   Curiosamente hay una segunda obra de teatro catalana, Els últims dies de Clark K. (2009) de Alberto Ramos, que pretende que Superman y Clark Kent no son la misma persona, contra lo que Lois y muchos otros dan por sentado, y que todo es fruto de una confusión mantenida malintencionadamente por uno de ellos. La confrontación entre ambos será inevitable, y llevará a un final drástico en el que tendrán que aceptar al otro y hacer sacrificios profundos respecto a su identidad.

Superman II (1980)
   La segunda película de Christopher Reeve como el hombre de acero tiene esencialmente dos tramas: el ataque a la Tierra de los tres criminales escapados de la Zona Fantasma y la relación romántica entre Superman y Lois. La periodista sospecha cada vez más que el héroe y Clark son la misma persona y acaba descubriendo su secreto en las cataratas del Niágara. Tras ello, Superman la lleva a la Fortaleza de la Soledad, donde consuman físicamente su relación (las consecuencias llegarán en Superman Returns, 2006) y él acaba tomando una decisión drástica: renunciar a sus poderes para vivir en igualdad con ella. Superman se obliga a elegir entre serlo o ser Clark Kent.

   La elección acaba siendo un desastre: primero, Clark es humillado por un camionero chulito, y más tarde se ve obligado a recuperar sus poderes para poder plantar cara a Zod, Ursa y Non. Hay dos finales a la historia: según el montaje del director Richard Donner, Lois decide finalmente contar el secreto de Superman en un artículo, lo que nos pone en contacto con su decisión actual en los Nuevos 52. Pero el hombre de acero invierte el curso de la historia y acaba deshaciendo todos los hechos ocurridos durante la película. Es decir, la famosa escena de Superman dando vueltas alrededor de la Tierra y haciendo retroceder el tiempo (o viajando al pasado) no era originalmente el final de la primera película sino de la segunda. Cuando esto se cambió, el final que se estrenó en el cine y que más gente conoce presenta a Lois sencillamente frustrada al no poder contar el secreto a nadie (su sentido del deber periodístico pugnando por sus sentimientos hacia la persona), hasta que Clark borra ese dato de su memoria con un "superbeso" (inspirado en una escena de Action Comics vol.1 #306).
Action Comics #306: el superbeso original
No, el "superlogo-lanzable-atrapador" sí que se lo sacaron de la manga...

Whatever happened...?
   Alan Moore escribió algunas de las últimas historias de Superman antes del reseteo de la continuidad original de DC en el macro-evento Crisis en Tierras Infinitas. Curiosamente tres grandes narraciones en las que se explora el tema de la identidad y los poderes del personaje con resultados distintos.

"The Jungle Line", en DC Comics Presents #85 (Sep. 1985) une de forma bastante insólita a Superman con la Cosa del Pantano; insólita porque el hombre de acero acabará el encuentro sin saber del mismo. En esta historia, Kal-El se infecta con un hongo kryptoniano y sus poderes comienzan a fluctuar, apareciendo, desapareciendo y amplificándose sin aviso mientras su propio cuerpo y su mente se dirigen, aparentemente, hacia la destrucción. Incapaz de confiar en sus poderes, es un atormentado Clark Kent el que se dirige hacia los pantanos de Louisiana con la certeza de que su muerte se acerca rapido. Son varios los momentos en los que Kent parece convertirse en una especie de refugio para ese Superman que no es capaz de serlo, más patético pero a la vez más sólido: cuando Superman y Kal-El fallan, el que lleva la batuta es Clark Kent.

Un par de meses después, en Superman vol.1 Annual #11, otra planta extraterrestre pone en apuros a nuestro héroe, esta vez paralizando su cuerpo y haciéndole alucinar con que Krypton nunca fue destruído y él pudo desarrollar su vida allí como Kal-El. Desaparecen, por tanto, Clark y Superman, la dualidad en la que se mueve en su vida, desaparecen los poderes y su vida terrenal, y sólo queda la vida que nunca pudo tener, la vida que le ha sido negada irremisiblemente. El título de la historia, por supuesto, es "To the man who has everything...": lo que desearía Superman si pudiera elegir es ser Kal-El.

   "Whatever happened to the man of tomorrow?" es el título que cierra el multiverso pre-Crisis y la historia de su Superman. Comienza en Superman vol.1 #423, y nos cuenta los últimos días del hombre de acero según recuerda Lois Lane en el (entonces) futuro año 1997. En un momento de la historia, Clark Kent es asaltado por villanos en el Daily Planet, que descubren al mundo su identidad secreta. Kent, por tanto, "muere" primero, como también "morirá" Superman al final de la historia, en Action Comics vol.1 #583. En ambos casos las comillas están justificadas. Hay una especie de sensación, probablemente justificada, de que este Kent no era más que un accesorio, el disfraz en que Superman se ocultaba para pasar tiempo entre los humanos como uno más de ellos. Su desaparición pesa bastante menos que la de otros de los personajes secundarios que van sucumbiendo a medida que la narrativa avanza. Esta acaba siendo la última historia de Superman, sin su lado kryptoniano y sin su lado humano, obligado a aceptar un compromiso final.
Adios poderes
   Pasaron los años, el universo DC post-Crisis gozaba de buena salud, y en 1990 Superman se quedó temporalmente sin poderes por culpa de la kryptonita roja mágica creada por un Mxyzptlk asociado con Lex Luthor. Durante la llamada "Krisis de la Kryptonita Karmesí", Superman recibe la ayuda del Profesor Emil Hamilton, que le diseña una armadura temporal, y del superhéroe Starman, que trata de recargarlo con rayos solares concentrados y posteriormente se hace pasar por el propio hombre de acero para que no corran los rumores de su desaparición entre el mundo criminal de Metropolis.

   Justo la trama que precedía a esta, "El día del hombre de Krypton", la influencia de un artefacto de su planeta hace que Superman vaya abandonando tanto su personalidad humana como su uniforme y estilos superheróicos, en favor de unas actitudes cada vez más frías y kryptonianas. Cuando se recupera, Clark Kent reafirma la necesidad de vivir más ese lado humano, fortaleciendo su relación con Lois. La relación se sigue desarrollando durante el tiempo que Superman ha perdido sus poderes, culminando en Superman vol.2 #50 (1990), oportunamente titulado "El factor humano": primero, Clark Kent salva la situación entrevistando a Lex Luthor y consiguiendo que revele el origen de la pérdida de poderes de Superman, violando exactamente la condición que puso Mxyzptlk para que estos siguieran perdidos. Ya recuperado, Lois acepta la petición de mano de Clark, en un paso clave para esta versión de los personajes: esta vez no se trata de una versión alternativa de ellos, ni de una historia imaginaria (aunque, ¿acaso no lo son todas?), sino de la continuidad principal de la editorial. Dos meses después, el paso siguiente será revelarle su identidad secreta en Action Comics vol.1 #662 (1991).

   Por tanto, la pérdida de poderes y la dominación de la personalidad kryptoniana acaban fortaleciendo el lado humano del personaje. Superman es el disfraz, y esencialmente el personaje, en esta versión post-Crisis al menos, es Clark Kent. Esa aceptación le permite avanzar en su relación Lois y para ello acaba siendo imprescindible desprenderse, frente a ella, de la identidad secreta.

Grant Morrison dixit
   Y llegamos a la última etapa de este viaje. En los primeros compases de los Nuevos 52, Grant Morrison guionizó Action Comics vol.2 con las historias de los pasos iniciales de Superman en Metropolis mientras en la colección Superman vol.3 George Perez explicaba sus aventuras 5 años después, ya más curtido, en el "presente".

   Una de las cosas que hizo Morrison durante su tiempo con Superman fue matar a Clark Kent: en Action Comics vol.2 #10, Kent es dado por muerto mientras trataba de salvar a un suicida con explosivos, y Superman aprovecha para buscarse una nueva identidad secreta, un bombero que tentativamente llama Johnny Clark. Finalmente es Batman quien le hace ver que lo que él necesita realmente es ser periodista, y que en el fondo él no es otro que Clark Kent. Así que se las ingenian para explicar como Clark ha sobrevivido y todo vuelve a la "normalidad"... con un poco de ayuda mágica de la Quinta Dimensión.

   En definitiva: que Superman pierda los poderes y la identidad secreta no es una novedad. Generalmente siempre han vuelto, pero lo importante es que en muchas ocasiones esos "eventos" han servido para redefinir y humanizar al personaje, nadando hasta el fondo de quién es realmente y si son los poderes o el traje quienes determinan quien es él en realidad. Las reducciones de poder también han servido para explicar historias más cercanas, más ancladas en el mundo que conocemos, y para dotarle de una vulnerabilidad que aumente el valor de sus proezas: si todo cuesta más, si hay riesgo, todo es más emocionante. Veremos si en DC aprovechan la oportunidad para crear nuevas historias interesantes sobre su personaje insignia.



23 junio 2015

Bad Timing (A Destiempo) - A fanfiction of "The Ministry of Time"

(Original Spanish version: March 4, 2015)

   - Quite a calm day, Mr. Alonso -answered, slightly bored, Martial, the appointed watcher of the unfathomable spiral stairs-. Nobody's gone out on a mission, nor are we waiting anybody back from the doors. Some days, I guess, nobody wants to make History.
   - Every day makes History, those who are born and those who die -Entrerrios said-. But we are often busier surviving it than trying to change it. Go with God! -he bid farewell, and after clacking, his boots' heels started to sound down the staircase at a good pace. 


   The honest veteran of the Tercios regiment tried to spend as much time as he could at his own era, to force himself to remember what real life was, and not the weirdness that filled in as modernities in the Ministry of 2015. But, obliged by his sense of duty, he just could not wait to be called for a mission, and every day he traversed that bewitched door towards the future, to take note of the status of the issues. If there was to be some crisis, he'd certainly rather keep on the alert.

   Now, it was time to go back home. Third basement, fourth, fifth of that spiral that got closer and closer to Satan's quarters. Or was it the sixth? He had lost track, again! Alonso leaned over the handrail and looked up, trying to count the basements. On a reflex, he then looked down (he wasn't scared to look into the eyes of darkness), and he thought he had seen another head peering over the handrail, a few basements below. Hadn't Martial said...?

   As he was spotted, the stranger suddenly left the handrail, and Alonso quickened his pace to reach his floor the sooner the better. It could be some agent arrived from any of the Ministry posts, but they usually phoned if they needed to communicate with 2015. More likely, he thought, it was an intruder... and since the trouble with the Germans, he knew that could be a notorious danger. He glanced over the side corridors that he met on his descent. Across a corner he watched a red cloak disappear, and he raced after it.


   After turning, the corridor finished on a dead end. The stranger turned, a few meters from Alonso. He wore a long crimson cloak almost to the ground, which covered most of his body; under that, he could barely guess some boots. He wore a sword on his side, just like himself, so he couldn't come from a century too far from his own; definitely a man, then. But the most remarkable item worn by that individual was a white mask with a scarlet smirk, perpetually frozen.

   - Halt! -Alonso shouted-. Who art thou and where didst thou come from?
   For one second, it looked as if the intruder was going to say something, but he changed his mind, stayed silent and raised a hand, pushing his open palm to the front. He wanted Alonso to move out of the way.
   - I madest thou quite a clear question, sir, and I needest an equally clear answer -he unsheathed his sword-. Or, to put it better, thou needest it.
   The other one looked around, as if gauging the nearest doors. He shrugged and, always silent, he drew his own sword.
   - Alright -accepted Alonso-, let the steel talk -and he charged against his masked foe, trying to disarm him. However, the stranger expected such tactics: he came out of the way with a short step and received Alonso's next stab with ease. He was strong, maybe as strong as him, and every point as skilled with the sword, if not more. Under such a theatrical muffling, a man-at-arms hid-. Who the hell are thou? -he asked again.

   Alonso feinted, answered and counter-attacked, but for God's sake!, the other man seemed to know every trick up Pons and De la Torre's sleeves, and could have  instructed even the great Carranza, specially in the kind of dirty tricks he hadn't learned in the battlefield but in Sevilla and Sicily's dark alleyways. He only managed to block his escape towards any door or the staircase, but he wouldn't manage to disarm him, much less injure him. De Entrerríos broke back a couple of steps, and his rival copied him. A short flight of the crimson cloak allowed him to see the stranger wore simple boots, quite like his own, but the left one was torn on the outside. And, although it had been a fleeting vision, he thought he had seen it was a blood stained tear. If the stranger was already injured, he was bluffing quite well, but Alonso could take advantage of that and trip him, if he could maneuver well.
   They met again, and their blades clashed. Maybe by chance, maybe he had stared too openly to his foe's injury without hiding his intentions: the truth is, it was the masked man who pushed Alonso's weapon aside with a strong blow, and struck downwards at Entrerrios' own left foot, wounding and tripping him. By the time Alonso got up again, the other man had disappeared through a door, numbered 333.

   Raging, Alonso crossed himself and followed him, ready to appear at any time and place. But surely he wasn't ready to appear at just another door-filled corridor of the Ministry.
   - But... what is this? -he said, with a mix of surprise and anger.
   The mysterious doors at the Ministry took to the Past, to places close and distant inside the Spanish geography. Some of them were placed at weird locations. But he had never found a door that took you to the Ministry itself. In what time? Was this what the intruded was after? Stealing the secrets of a previous Ministry, with a more relaxed security ?

   Alonso ran towards the staircase, disregarding the pain from his wound near the heel, and he stopped. His heart beat fast, but he could swear there weren't any footsteps to be heard. No: just silence. He turned around: now he recognised the corridor he had appeared at as the one with the entrance to his own time, the one he took every day to go back to the Madrid of his days. The intruder should have sneaked through one of them, but which one? He took a quick glance in order: a storage room full of junk. His own street, empty. A cave with strange paintings in the walls. A cabin by the beach. A narrow and motley room, with a mirror lit by those "electric" bulbs, full of colorful clothes, big feathers... and a crimson cloak he knew well. He entered through that door (it was a wardrobe) and took the cloak: under its folds lied the white mask of the intruder. He took it, too, and made a face at its smirk. On the other hand, there was nobody else there.

   The room had a white wooden door, which he opened without a doubt: the intruder ought to be outside, still very close, and he was just as injured as himself. It was dark outside: a huge white and green tent rised in the vicinity. Dozens of people were slowly entering it, talking and laughing: families, with plenty of kids everywhere. Alonso was at the door of a wagon, similar to others parked around. They were painted with bright pictures of faces with red noses, wild beasts and ostentatious names; he could smell animals, close, and also strange foods, with an over-sweet scent floating around. He heard a roar, not too far away.

   Alonso entered the wagon again. There were just too many people, he would need help to find that man. He had to alert his Patrol. He crossed back the Time Door and took note of its number: 96. He was ready to cross the 333 as well, to return to the year 2015, when he heard a distant echo of voices. Maybe, after all, the intruder really had stayed at this past version of the Ministry. He stealthily approached the spiral stair to be sure, and listened closely to whatever happened upstairs.

   If crossing a door and appearing again inside the Ministry had astounded him, hearing what he now heard made him turn pale, completely baffled. Sceptical, Alonso looked up and saw the intruder, some floors over him, starting to walk down the staircase. He shouldn't see him, not now that... Alonso run up, limping a bit, and took the first corridor he found. As he now expected, it lead to a dead end. He could already hear the steps of the stranger, behind him, approaching. He would be there in any given moment. And he couldn't see him, he shouldn't see him by any chance. It was then when Alonso noticed he still was grabbing the crimson cloak and the smirking mask.

   He wore them just in time, and turned to face his pursuer, who exclaimed:
   - Halt! Who art thou and where didst thou come from?