05 febrero 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (I)

Gandesa, 28 de enero de 1956
   La voz de los insectos, eso era cuanto se oía. Pese al frío imperante, las moscas zumbaban y otras criaturas invisibles, escondidas entre la maleza adormecida, cristalizada al arrope del rocío, vibraban con sonidos aún innominados. Nada más. Hasta que el secretario rompió el silencio con una frase inesperada:
   - ¿Sabe usted que dicen que el nombre del pueblo viene de un idioma más antiguo?
   - Sí -respondió el juez tratando de sacudirse la tenaza del aburrimiento de encima-. Creo que "gand" significaba "refugio" o "castillo".
   - Pero oiga, ¡más antiguo incluso que el latín! Que no se yo si sería arameo o qué hablarían entonces para entenderse.
   - El mundo no empezó con los romanos, Luis, antes de ellos ya había gente en esta Península, como la había en Norteamérica antes de que Colón diese con ella -una chispa de interés prendió entonces la imaginción del juez, dispuesta siempre a embarcarse en aquellas oportunidades cual genovés-. Gentes distintas, con costumbres extrañas y ancestrales. No sólo es que hablaran y pensaran en otro idioma, es que su cultura era totalmente diferente. Podía ocurrir, Luis, que pensaran cosas para nosotros impensables, que adoraran a dioses que habitaban en piedras, o que temieran las nubes con forma de perro.
   A don Luis el secretario le dio la risa:
   - ¡Pero cómo le van a tener miedo a los perros, señor juez!
   - Los perros vienen de los lobos y los chacales. Si fuéramos hacia atrás en el tiempo, lo suficientemente atrás, llegaríamos a un momento en que lo que para nosotros es un amigo fiel, para todos entonces sería una bestia feroz. El mayor enemigo del hombre -a Luis lo de retroceder en el tiempo ya lo había perdido del todo. ¡Si a veces no podía tirar atrás ni para recordar los años que tenía! El juez vio que aquella conversación cabía darla por perdida, y el tedio volvió a hacer presa de él-. ¿No hay un robo, Luis? ¿Ni un triste robo? ¿Ni aunque sea una pelea por tierras? ¡No pido ya un asesinato!
   - Dios no lo quiera -dijo el secretario santiguándose por hábito-. Aunque ahora que lo dice, claro que se ha muerto alguien.
   - ¿Quién? -dijo con algo de incredulidad el juez. 3000 habitantes: ¿había fallecido uno y no le habían dicho nada?
   - Claro, es que se murió anteanoche, cuando usted andaba aún por Barcelona en el premio ese que ganó hace años, lo del medio.
   - El Médium -le corrigió tan automáticamente como el otro se había santiguado. Había tenido que hacerlo tantas veces estos años que ya le salía solo-. Pero, ¿quién se ha muerto, Luis?
   - ¡Ay, sí! Paco Alvarado, el que tenía la alberca compartida con los Gaig.
   - ¿No era muy mayor, no? -preguntó pellizcándose la punta del corto bigote.
   - Que va, si namés tenía 40. Pero ya ve usted, parece que le dio un ataque al corazón fulminante, y se quedó pajarito. Eso dijo el médico.

   Alvarado... Sí, lo recordaba bien: un hombre chaparro y fuerte, que cojeaba desde que había tenido un encontronazo con los soldados que ocupaban las granjas durante la Guerra, con un genio de mil demonios y una hija que iba para monja.

   - Pues creo que iré a hacerles una visita -dijo, levantándose y buscando el sombrero-. A la mujer y a la hija.
   - Sí, aproveche, que aquí no hay nada que hacer hoy, señor Juan.
   Don Luis dijo algunas cosas más, pero el juez no les prestó ya mucha atención: formalidades o recados que se le hubieran olvidado igualmente. Su imaginación había empezado ya a fabular posibilidades: un ataque al corazón de un hombre tan sano como Paco Alvarado sugerían que se había llevado una impresión fuerte. Vamos, que había muerto de cólera o, mejor aún, de un susto. "Corrígete", se dijo. Pero no es que se alegrara por la muerte de aquel hombre, faltaría más. Don Juan Perucho se alegraba por la posibilidad, remota aunque fuera, de que un atisbo de lo extraordinario se hubiera cruzado en su vida.

Madrid, 12 diciembre de 2015
   Angustias entró en el despacho y dejó un papel en la mesa de Salvador:
   - Esta es la partida que nos queda para regalos de Navidad.
   Salvador la miró por encima y se le cayó el alma a los pies:
   - Pero... ¿pero está usted segura?
   - Revisada tres veces. A estas alturas, no queda más.
   - Válgame Dios. Bueno, pues lo primero va a ser anular lo de las cestas que le dije en octubre.
   - Ya lo hice -respondió ella, eficiente como siempre-. Pero algo habrá que hacer con las patrullas y el resto de funcionarios.
   - Claro, claro. Pero con estos márgenes... Encárguese de coordinar con la cafetería un buen chocolate con churros.
   - Como cada año.
   - ¡Sí, Angustias, como cada año! Perdone -la secretaria estaba más que curada de espantos-. Ya pensaré algo que regalar pero, pero... Deme tiempo que piense.
   Angustias se fue hacia la puerta, pero antes de salir se giró y dijo.
   - Estamos a día 12. El tiempo es el que es.
   Salvador hizo una bola con el mísero presupuesto y estuvo a punto de tirársela a la burlona de Angustias, aunque entre su dignidad personal y que ella cerró rápidamente la puerta, se lo pensó dos veces.

   La dignidad estuvo a punto de venirse abajo cuando puerta volvió a abrirse de nuevo, pero Salvador se dió rápidamente cuenta de que no era Angustias sino la Patrulla a la que había convocado:
   - Cierto, les esperaba. Tomen asiento, por favor.
   Ernesto llegó el último, cuando Salvador iba a empezar a hablar. Normalmente hubiera llegado antes que nadie, pero desde la traición de Irene no había acabado de ser el mismo de antes; sin embargo, trataba de recomponerse. En cuanto lo tuvo a su lado, Amelia le preguntó:
   - ¿Se sabe ya cuando va a poder reincoporarse Julián?
   - Todavía no -dijo escuétamente. La mirada algo triste de ella e incluso la pena que leía en los ojos del bravo Alonso tocaban fibras que también él tenía sensibles, y añadió-. Pero es un hombre fuerte, esperamos que acabe reponiéndose en los próximos meses. Su compañía durante los primeros días fue esencial, pero es bueno que pase un tiempo en manos de profesionales.
   Los dos asintieron y giraron la cara, con aire culpable, hacia su derecha, donde presenciaba toda la escena el sustituto temporal de Julián:
   - Sé que no reemplazo a nadie, y tampoco lo pretendo -dijo aquel adusto caballero de espeso mostacho y barba estrecha de un palmo-. Tómenme por quien soy y por lo que puedo aportar a esta Patrulla. Estas últimas veces no nos ha ido del todo mal, ¿verdad?
   El caballero no era otro que Don Enrique Gáspar y Rimbau, diplomático, hombre de mundo y escritor de mediados del siglo XIX al que habían acabado reclutando accidentalmente hacía algunos meses.

   Salvador se armó de paciencia para tolerar aquellas discusiones en su despacho. Generalmente le molestaba que se trataran los asuntos personales justo en aquel lugar de trabajo, pero entendía que debía dar un poco de manga ancha, en ese sentido, a sus mejores agentes. Que pudieran desfogar sus fantasmas y preocupaciones justo antes de una misión no dejaba de ser una manera de empezarla con el ánimo más reconfortado. Alonso de Entrerríos le dio pie para reconducir la cuestión:
   - ¿Para qué se nos requiere esta vez?
   - Se ha detectado un rastro de muertes inesperadas en los años 50 del siglo XX.
   - ¿Asesinatos? -preguntó don Gaspar-. ¿De prohombres?
   - No, y precisamente por eso hemos tardado demasiado en actuar -respondió Ernesto, recuperando su habitual solidez-. Es gente absolutamente normal: un campesino, un bibliotecario y un conductor de tranvía. Diez años después el conductor iba a atropellar por accidente a un importante banquero y hace poco el nieto del bibliotecario acabaría por convertirse en un cantante de moda. Eso es todo.
   - Hemos tomado medidas para remediar estos pequeños desajustes -prosiguió Salvador-, pero tememos que la cosa vaya a más. Irán primero a Gandesa, Tarragona, hasta enero de 1956, cuando se produjo el primer asesinato que hemos podido rastrear hasta ahora. Cuando vuelvan con lo que hayan descubierto, saltarán diecisiete semanas hasta mayo del mismo año, que es cuando murieron los otros dos.
   El subsecretario del Ministerio quiso hacer hincapié en el punto más sensible de la cuestión:
   - Es esencial que no intenten evitar esos tres asesinatos que ya tenemos registrados. Deben conseguir todas las pistas que puedan sobre la identidad del asesino para detenerle a partir de que cometa el tercero.
   - ¿Tenemos que dejar morir a tres hombres que no han hecho nada? -preguntó Amelia, escandalizada.
   Salvador fue firme:
  - La Historia ha sufrido una herida pero aún podemos contener la hemorragia. Esos tres hombres ya están muertos, precisamente porque no hemos podido hacer correctamente nuestro trabajo. Espero de ustedes que estén a la altura y sí podamos evitar más muertes innecesarias. Cornejo les espera para ponerlos a la moda.
   Cuando ya se hubieron ido, Ernesto se quedó a hablar un momento con su superior:
   - ¿Esas muertes...?
   - Como he dicho, nos hemos ocupado.
   - Sí, lo sé, yo mismo he enviado a un par de agentes para que rellenen los huecos.
   - ¿Entonces? ¿Tiene problemas de conciencia?
   - No -Ernesto le quitó importancia encogiéndose de hombros-. Ya sabe que no suelo padecer de eso. Si alguien tiene que atropellar al potentado... Pero, ¿y el otro agente?
   - Por trivial que nos parezca, el nieto del bibliotecario debe convertirse en un cantante pop.
   - ¿Y ha hecho un casting?
   - ¡No, por Dios! Aunque creo que la mayoría de nuestros hombres desafinaría menos que ese chaval -Ernesto no acababa de comprender cuál era la misión del segundo agente y Salvador se lo intentó aclarar-. El bibliotecario estaba casado, pero murió sin descendencia.
   Tras algunos segundos, Ernesto acabó por comprender. Ya en la puerta del despacho, declaró:
   - Si alguna vez me toca a mí, por favor, envíeme a atropellar banqueros.
(CONTINUARÁ)


1 comentario:

nievesg dijo...

Oh. Vaya. Así que el bibliotecario va a tener un hijo póstumo porque el Ministerio enviará algún buen mozo para...
Bueno, al menos la viuda del bibliotecario se va a llevar en tal caso una "alegría", jejeje...