14 julio 2015

Lobos errantes (III)

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   PESADILLAS
  
   Me dirigí hacia mi tienda de campaña con paso vacilante, incapaz de volver a la realidad. Las imágenes de la enloquecida pelea se repetían en mi mente una y otra vez. Quizá por eso tardé tanto tiempo en darme cuenta de que la manga de mi chaqueta negra estaba mojada. Sólo cuando me desvestí descubrí que no eran manchas de barro: eran de sangre. Limpié la herida, la vendé y la oculté bajo una amplia muñequera de cuero. No estaba segura de querer contárselo a Eric cuando le viese; bastantes problemas tenía él ya.
  
   Aquella noche me costó dormir. Cuando al fin lo conseguí, varias pesadillas sobre hombres lobo me dejaron más agotada que antes de acostarme. Ya era mediodía cuando Sylvia y Javier irrumpieron en mi tienda de campaña, pero abrir los ojos me resultó tan doloroso como si aún estuviese en medio del primer sueño. Les costó mucho trabajo hacerme reaccionar.
   "Vaya resaca, ¿eh?"
   "Buf, si te contara..." acerté a murmurar.
   "Bueno, todos trasnochamos ayer. Fue un buen concierto, ¿eh?"
   Como para pensar en conciertos estaba yo. Cada esfuerzo por reflexionar era recompensado por nuevas y espectaculares variaciones de mi dolor de cabeza. Pero aún así, los recuerdos de la noche anterior me asaltaron sin piedad. Stefan, el peligro que dormía en la misma caravana que Sylvia. El juramento que me impedía contarlo. Y mi deber de avisarla.
   "Eh... Sylvia... ¿dónde dormiste anoche?"
   Sylvia miró a Javier con intención. Ambos sonrieron con picardía.
   "¡Vaya! ¡Enhorabuena!" exclamé, aliviada. Era mejor así. Sonreí con una complicidad burlona digna de Eric: "¿Para cuándo es la boda?"
   "¡Cotilla!" bromeó Javier, derribándome de un manotazo amistoso. Intenté levantarme, pero llegué a la conclusión de que estaba más cómoda tumbada.
   "Necesita un café. En vena" rió Sylvia. "Voy a mi caravana a hacer uno".
   ¿La caravana? Abrí los ojos horrorizada, pero no necesité detener a mi amiga: Javier se me adelantó.
   "No hace falta. A Pitu y Marisa les ha dado el punto y han hecho café para todos. Voy a ver si es potable".
  
   Escuché cómo el servicial Javier se marchaba a cumplir su encargo. Sentí cómo Sylvia pasaba un pañuelo húmedo por mis párpados doloridos. El alivio me despejó un poco. Pobre Sylvia; en cualquier momento volvería a su caravana y...
   "Sylvia, ¿confías en Eric?"
   Ella me miró con asombro.
   "Claro. Es mi hermano. Sé que haría cualquier cosa por mí".
   "¿Y Stefan?"
   "¿Mi primo?" vaya, me sorprendí: así que era un viaje familiar. "Es un encanto. Muy dulce. No me extraña que te guste; pero te advierto que es un poco aburrido".
   ¿Aburrido? Cerré de nuevo los ojos para ocultar la ironía de mi mirada. Si ella supiera...
   "¿Y no has notado últimamente... nada raro?"
   Sylvia pareció sorprendida. Después bajó la voz:
   "Sí".
  
   Un café se interpuso entre nosotras, interrumpiendo la conversación. Me esforcé por dirigir una sonrisa de agradecimiento al pobre Javier: desde luego, el chico había sido rápido. Tras él aparecieron Pitu y Marisa, ambas acompañadas por sus respectivos maromos. He llegado a olvidar los nombres de estos últimos; para mis adentros, siempre les llamé Pulpo y Lapa. Es fácil adivinar por qué.
   "¿Os habéis enterado?" anunció Pulpo con entusiasmo, "¡Ha habido una pelea! ¡Ha muerto alguien!"
   „¿¿QUÉ??"
   El corazón me dio un vuelco, pensando en la lucha de la noche anterior. Mi pulso redobló su latido en ambas sienes, aumentando el dolor de cabeza hasta niveles surrealistas: las imágenes a mi alrededor comenzaron a ondularse como espejismos de verano.
   Entreví borrosamente a Pitu encogiéndose de hombros: "Habrá sido una bronca de borrachos. Hay gente que no sabe beber".
   "O que fuma lo que no debe", sentenció Marisa.
   Deseé que no me estuviesen lanzando una indirecta. Curiosamente, cuando se trataba de censurar al prójimo, las dos parecían abuelitas puritanas. Al contrario que cuando eran ellas quienes fumaban cigarritos de la risa.
   "¿Venís a ver qué ha pasado?" invitaron.
   Asentí, pero el vaso del café se balanceó peligrosamente cuando intenté levantarme. La resaca me había dejado sin equilibrio.
   "Id vosotros primero" me excusé, tomando un sorbo. "Ya os alcanzaré. Y gracias".
   Mientras se alejaban, intenté calmar mis nervios y mi incipiente dolor de estómago. No podía haberle pasado a mis amigos. Eric, prudentemente, había dejado a Stefan fuera de combate antes de llevárselo, ¿no?
   "Creo que he sido yo" me confesó Sylvia en voz muy baja.
   La miré con estupor. ¿La dulce Sylvia?
  
   Cuando Sylvia terminó de hablar, intenté disimular lo que pensaba. No pude.
   En resumen, Sylvia se preocupaba porque ni Stefan ni Eric la dejaban casi nunca sola. Incluso para escaparse con Javier tenía que buscar excusas. La pobre pensaba que la vigilaban por alguna buena razón. No sospechaba que Eric, más bien, la estaba utilizando a ella para vigilar disimuladamente a Stefan.
   A Sylvia sólo se le ocurría un motivo: sus pesadillas. Había comenzado a tener sueños sangrientos, como yo. Y ratos de duermevela confusos, probablemente debido a la falta de descanso. Mentalmente lo achaqué a posibles ruidos nocturnos de sus compañeros de caravana. Pero la pobre chica no tenía razón para sospechar de ellos; por lo tanto, Sylvia comenzaba a temer a su propio subconsciente. ¿Había algo violento en su interior? se preguntaba. ¿Algo que con el tiempo, con la bebida, con un ataque de ira, pudiese salir a la luz?
   "Justo ahora que me he enamorado..." dijo tristemente. "¿Y si un día hago daño a Javier? ¿Y si he hecho algo malo ya?"
   La rabia y la compasión fueron más fuertes que yo. Sylvia estaba sufriendo a causa del secreto de Eric y Stefan. No merecía algo así.
   "¡Al diablo el juramento!" estallé. "Sylvia, tengo que decirte algo..."
   "No lo entiendes" continuó ella. "Esta mañana he vuelto a pasar. Javier se ha marchado un rato y yo he soñado con otra pelea. Pero al despertar, me dicen que ha ocurrido de verdad..."
   "No, Sylvia" interrumpí, intentando dolorosamente poner en orden mis ideas. "Puede haber sido otra persona. Prometí que lo mantendría en secreto, pero..."
  
   Una ráfaga de dolor más intensa que las demás estalló en el interior de mi mente. No recuerdo nada más.
   Sólo sé que, cuando por fin conseguí enfocar la vista, me encontraba en otro lugar. Y mi amiga ya no estaba. Sólo un charco de sangre.
   De sangre que olía igual que mis labios. Que mis dientes. Que mis manos teñidas de rojo.
   La sangre de Sylvia.
   "¿Qué he hecho...?"
   Comencé a intuirlo a través de las nieblas de mi mente.
   "No..."
   Comprendí qué significaba aquel dolor lacerante en mi cerebro. Supe que tenía fiebre. Y qué tipo de fiebre.
   "¡¡¡No!!!"
   Tardé mucho tiempo en comprender que estaba pensando, o más bien aullando, en voz alta.
   Estaba sola.
   Había matado a Sylvia.

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