02 mayo 2017

MdT: Un Acto de Amor (IX)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (IX)
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Por Mª Nieves Gálvez

  

     (Oficinas del Ministerio, 2017)

   - Es la hora. ¿Vamos a tomar un café?

   - No puedo, Angustias -contestó Ernesto, con su eterno gesto adusto-. Pero gracias.

   - Qué, pena. Para una vez que baja Salvador... -la secretaria abandonó el despacho, pero no sin reprenderle maternalmente-: Hay que descansar de vez en cuando.

   Apenas se vio a solas, Ernesto suavizó su seriedad de forma casi traviesa, abriendo una ventana del navegador. La cara de Nexus 6 ocupó al instante la pantalla.

   - Hola; hoy estoy nostálgico -saludó el joven con picardía solemne, no muy alejada de la expresión de su padre-. Veréis: hoy me he levantado, he meado (bastante) y me encuentro un email... ¡del pijo que me troleaba en el insti! El que antes repetía: "Mi papi va de traje, me compra cosas caras, ¿y el tuyo? Ah, que no tienes" -el joven sonrió tranquilamente-. Y yo siempre pensaba: "Vale, tu viejo se lo ha currado. ¿Y tú?"

   "Igual que su madre" sonrió Ernesto para sus adentros: "Sabe que el mérito es lo que consigue uno mismo".

   - ... y ahora me viene de colega contando que se ha peleado con "papi". Si me oyes, gracias, pero ¿quieres que me haga amigo suyo? ¿O tuyo? Porque sólo hablas de su vida. Céntrate más en la tuya, o se te va a quedar sin estrenar".

   "Eso debería aprender yo también" asintió Ernesto. "Y pensar menos en... en mi otro hijo. En fin, lo intento".

   - Ahora tengo un viejo y no presumo. Bueno, igual un poco -Nexus 6 sonrió jocosamente-: Va de traje, pero mola, sólo le falta la pistola de neutrones y Will Smith al lado. Eh, papá, si me oyes: no vayas a decirme un día "mire aquí" para borrarme la memoria, ¿vale?

   Ernesto no pudo contener una risita; pero le interrumpió el timbre del teléfono. Estaba claro que no habría tenido tiempo para un café, de todos modos.

   - ¿Diga? -lo que escuchó a través del auricular le borró la sonrisa por completo. Miró el número de quien le llamaba y contestó-: Envío refuerzos.

   El funcionario colgó y abandonó el despacho a toda prisa, marcando otro número. El de alguien que siempre estaba al pie del cañón, igual que él.

   - Voy a darles el número de una Puerta del Tiempo. Les necesito allí inmediatamente. No, no pasen por el Ministerio: vayan directamente allí, a 1589. Está a punto de cambiar la Historia, y podrían alterarse nuestros recuerdos. Sí, otra vez. Los de todos.

   * * * * * * * * * *

   (La Coruña, 6 de Mayo de 1589. 
   12 horas antes de la llamada).

   - Llevamos toda la noche intentando asaltar esas murallas - gruñó una voz en inglés-. ¿A qué espera el barco de Drake para acercarse?

   - A que terminemos de hacerle todo el trabajo -respondió otro soldado británico-. Y llevarse el mérito.

   - ¿Y el general Norreys se lo permite?

   - Él, no sé; pero yo ya he hecho bastante hoy -decidió un tercero, abriendo un barril del botín-. Ya hemos tomado las casas que hay fuera de la ciudad. ¡Nos merecemos un trago!

   - Es verdad -estallaron otros-. Los españoles nos han cosido a tiros toda la noche desde esa muralla.

   - Yo no me muevo hasta que Drake la agriete a cañonazos.

   Los indisciplinados comentarios no se oían desde la ciudad; pero el resultado era evidente.

   - ¡Están dejando de atacar! -observó Gregorio, el marido de María Pita. Tenía los ojos irritados por la noche en vela, y los dedos ennegrecidos por la pólvora de su arcabuz.

   - Gracias a Dios -se santiguó el oficial gallego que luchaba a su lado-. Estamos peor de lo que creen. La muralla ya casi tiene grietas...

   - Eso puede remediarse -sentenció la voz de Inés de Ben, dejando caer un cesto pesado junto a los hombres.

   - ¿Escombros?

   - Cualquier cosa que sirva para tapar los huecos.

   Gregorio asintió y se dispuso a ayudarla. No era el único: numerosos vecinos estaban haciendo lo mismo. Había poco tiempo, pero si los ingleses se emborrachaban lo suficiente...

   - Pagarán caro ese vino -observó Inés, con una sonrisa retorcida, señalando la playa-. Esa casa destrozada era mía.

   - Lo siento...

   - Más lo sentirán ellos -fue la respuesta-. Cuando prueben el vino que les he dejado. Lleva semillas de apio: es un purgante terrible.

   * * * * * * * * * *

   (La Coruña, 1 hora antes de la llamada)

   María Pita era valiente y decidida, aunque su sentido de la orientación dejara mucho que desear. Sabía que se había colado un espía inglés en su ciudad, y pensaba adelantarse a sus planes. Atravesó una calle tras otra con paso firme, ignorando el ajetreo general; cruzó una esquina y...

   - ¿A dónde vais, rapaza? -le saludó una voz cascada, en gallego. Era la abuela Alexania, sacando cestos de provisiones a la puerta de su casa. Los defensores de la ciudad iban a necesitarlas.

   - A la iglesia de Santiago -respondió María, cayendo en la cuenta de que se había vuelto a desorientar-. ¿Vos no vivís en...?

   - En dirección contraria, sí -sonrió la octogenaria, señalando el camino correcto con el bastón-. Es por allí.

   La azorada agente le dio las gracias y corrió hacia su objetivo, esta vez en la dirección correcta; sólo esperaba no haber llegado tarde. En la iglesia, tras un oscuro altar lateral, había un panel en cuyos ornamentos nunca reparaba nadie, semiocultos por las faldas de una Virgen. Uno de ellos tenía forma de cerradura; y al examinarla...

   - No puede ser -musitó, con un escalofrío.

   Los arañazos no estaban allí el día anterior: alguien acababa de forzar la cerradura. O al menos, lo había intentado. Pero, ¿lo habría conseguido?

   María miró a ambos lados, pero no vio a nadie: ni feligreses, ni rastro del espía. Desenfundó una pistola semiautomática y sacó su propia llave. Pronto saldría de dudas.

   * * * * * * * * * *

   La plaza era cuadrada y bastante grande; había dos viviendas en cada uno de sus lados. De las esquinas partían cuatro callejones. Pero ¿cómo saber cuál era el correcto?

   - Ahí está el espía -exclamó el hijo de Alonso, señalando el callejón más alejado.

   Julián tuvo que aguzar la vista: la noche en vela le estaba pasando factura. Además, las calles estaban atestadas de gente que portaba suministros para la defensa, dificultando la búsqueda. Pero al fin consiguió distinguir al sospechoso entre la multitud.

   - ¡Vamos! -urgió al joven; pero éste ya le había tomado la delantera-. Creí que lo habíamos perdido.

   - Eso quiere.

   No era fácil moverse entre tanta gente: una patrulla de soldados camino de la muralla, un par de frailes ociosos, varias jóvenes cargadas con pesados cestos... cuando los dos agentes consiguieron llegar a la callejuela, ya no vieron ni rastro del espía. Avanzaron con rapidez, vigilando los portales que flanqueaban el oscuro callejón, por si se había ocultado en alguno de ellos. Pero, lejos de esconderse, alguien salió a su encuentro: dos desconocidos, ataviados igual que los frailes de la plaza, que les cortaron el paso.

   -¿Pueden ust... vuesas mercedes dejarnos pasar, por favor? -se armó de paciencia Julián-. Soy médico, y me esperan con urgencia en...

   - No -respondió una voz terroríficamente familiar-. Usted no es médico, y quien le espera soy yo. Desde hace mucho tiempo.

   "Usted", notó el enfermero. Una palabra de otra época. Sabía perfectamente lo que significaba.

   - Dejad marchar a éste -fue lo único que rogó, señalando al hijo de Entrerríos-. Es de aquí. No tiene nada que ver con vosotros.

   - No seáis necio, Julián -protestó el joven, tanteando las armas ocultas bajo su capa-. ¿Quiénes son?

   - Tenemos una cuenta pendiente, Julián Martínez -continuó el desconocido; tenía un rostro triste y digno, barba espesa, locura en la mirada. De las amplias mangas de su hábito asomaba el cañón de una pistola-. Fue el día de Leiva y la pequeña Isabel II. Me atacaste por la espalda y me enviaste a los calabozos de Loarre.

   Julián miró atrás: otros dos "frailes" de la plaza les cortaban la retirada, y también empuñaban sendas armas. Todo era una trampa de los últimos seguidores de Leiva, y quién sabe cuánto tiempo llevaban preparándola...

   * * * * * * * * * *

   El altar lateral era pequeño; María Pita tuvo que agacharse para entrar en él. El panorama del interior parecía cosa de brujería: un pasillo antinaturalmente alto, repleto de Puertas del Tiempo numeradas y lámparas eléctricas. De hecho, había magia judía en aquellas Puertas, aunque Pita había aprendido a pasar por alto ese detalle.

   "¿Dónde está el intruso?" se preguntó.

   María guardó la llave y tomó el teléfono móvil, atenta a todas las sombras. En aquel suelo pavimentado no podía buscar huellas; pero al menos esperaba ver algún objeto caído, un jirón de ropa enganchado en algún gozne...

   No encontró nada.

   "Puede ser una falsa alarma" pensó con alivio, tecleando un número en el móvil mientras regresaba. "Pero avisaré para que investiguen los arañazos".

   Terminó de marcar y se detuvo: por un momento, le había parecido notar que el eco de sus propios pasos cambiaba de ritmo. Como si no fuera eco.

   -¿Quién vive?

   El teléfono inició la llamada, pero María no tuvo ocasión de utilizarlo: alguien la abordó por la espalda y le tapó la boca. Ella luchó por liberarse, dejando caer el aparato.

   - ¡Arg! -gritó el intruso cuando la mujer asestó un culatazo hacia atrás, acertándole en plena sien.

   Ella se alejó unos pasos y consiguió apuntar a su agresor; pero él, a pesar del dolor, también estaba haciendo lo mismo.

   - ¿Diga? -sonó una voz apagada a través del móvil caído. Pero ya era tarde para usarlo.

   - Rendíos, en nombre del Ministerio -conminó María al extraño.

   - Dispararé antes que vos. Soy más listo: sólo he tenido que esperar y me habéis abierto la puerta -se jactó el intruso: su oreja estaba partida en dos por una antigua cicatriz.

   - Pero no seréis más rápido disparando -contestó ella-. Tirad el arma.

   - Tiradla vos.

   El silencio que siguió fue tan denso que se podría cortar con un cuchillo. Los dos se miraron mutuamente a los ojos, esperando un cambio en la expresión del adversario: la chispa en la mirada que indica la intención de disparar. Ninguno de ellos se atrevió a atacar todavía, para evitar que un ademán les delatara. Ambos esperaron un largo minuto, sin parpadear siquiera. Y luego otro.

   "¿Conseguiré disparar antes de que él lo adivine?" dudó ella. "¿Estará preguntándose él lo mismo?"

   - Mire aquí -interrumpió una voz.

   El intruso se giró involuntariamente... y cayó sin sentido, derribado por un tremendo gancho en la mandíbula.

   María se relajó al fin, con una carcajada de alivio:

   - ¡Ernesto! ¡Ya era hora!

   El funcionario pareció un poco menos serio de lo habitual al señalar a sus acompañantes: Amelia Folch y el veterano "Diego Alatriste". Este último se sacudía la mano, dolorido por el puñetazo que acababa de asestar.

   -¿Quién necesita pistola de neutrones, pudiendo venir con Alonso de Entrerríos?

   * * * * * * * * * *

   Cuatro atacantes: dos al frente y dos a su espalda. Y conociendo la torpeza de Julián, el hijo de Alonso decidió que tendría que lidiar con ellos solo. De haberlos tenido delante, habría sido bastante factible. Pero repartidos así, habría que ser prudente y estudiarlos bien.

   - ¿Quiénes son estos hombres? -preguntó.

   - Los últimos de la banda de Leiva -contestó el enfermero-. Fueron agentes del mismo sitio que yo. Pero ahora son traidores.

   - ¿Éste es Leiva?

   - No: él murió por culpa del Ministerio -replicó el cabecilla del grupo-. ¡Fue el Ministerio el que nos traicionó a todos! Y también lo hará con vosotros. Tiempo al tiempo.

   - Por lo menos nosotros no matamos niñas, como ibas a hacer tú -le reprochó el enfermero.

   - Ah, ¿no? ¿Y qué hicieron tus jefes con el hijo de Leiva? Por cierto -el rebelde pareció recordar algo y sonrió retorcidamente-, ¿cuántas veces has visto morir a tu mujer?

   Alonso aflojó discretamente la espada en su vaina, alarmado por la extraña pregunta. Y por la reacción del enfermero:

   - ¿¿LO HICISTE TÚ?? -bramó Julián, enrojeciendo de furia.

   - No, pero me estás dando una idea: se lo haré a otros -fue la siniestra respuesta de su enemigo-. Sufrirás por ellos, como yo sufrí en Loarre. Pasarás el resto de tu vida vigilando tu espalda, preguntándote si te espío para saber quiénes son tu familia y tus amigos. Cuando los encuentre, voy a...

   No consiguió terminar la frase: Julián perdió los estribos y le borró la sucia sonrisa de un cabezazo, saltándole algún diente. Sólo una rápida estocada de Alonso evitó que el matón más próximo disparara sobre el enfermero. Pero había otros dos rufianes a su espalda...

   "Necio" fue lo último que pensó el joven, volviéndose hacia ellos sin muchas esperanzas. "¡No lo conseguiré a tiempo!"

   Las detonaciones no le sorprendieron; pero la ausencia de dolor, sí. Fueron los dos matones quienes se desplomaron con un quejido. Uno estaba muerto; el otro, herido e inconsciente.

   Y cuando cayeron al suelo, el hijo de Alonso pudo ver quién había disparado realmente: dos recién llegados, cuyas siluetas se recortaban a la entrada del callejón.

   Eran Amelia Folch y "Diego Alatriste".

   * * * * * * * * * *

   - No debiste investigarlo, Amelia -repitió Julián por enésima vez, mientras colocaba vendajes. Estaban en una improvisada enfermería al aire libre, apenas dentro de la ciudad, al pie de las murallas.

   - Soy tu superior, Julián -le cortó ella, entregándole más vendas según iban haciendo falta-. No puedes decirme lo que debo hacer.

   - En el trabajo, tú mandas. Pero en nuestra vida privada, no. ¿Cómo se te ocurre hacer que el Ministerio investigue al hijo de Alonso?

   - No es el Ministerio; es Irene. Y Angustias.

   - ¡La secretaria del gran jefe! -protestó el enfermero.

   El objeto de la discordia se encontraba en la cima de la muralla, en manos del veterano Alonso de Entrerríos. Era un teléfono móvil. Julián había montado en cólera al ver lo que había en la pantalla, justo antes de separarse de él: un historial militar. Del futuro.

   "Fallecido en Ostende, en 1603" concluía el informe. "Con honores. A las órdenes del condottiero Ambrosio Spínola".

   El "soldado viejo" intentó dominarse al releer el nombre y las dos fechas. La de nacimiento y la de defunción: "Alonso de Entrerríos, 1570-1603".

   El veterano dejó caer con rabia el móvil, tomó el arcabuz y se desahogó disparando contra los pocos ingleses que osaban acercarse.

   "¿Mi hijo no llegará a cumplir 33 años...?"

   No sabía si debía intervenir en la Historia, ni en 1589 ni en 1603; ya no le importaba. Sólo pensaba en descargar su furia disparando. Y lo hizo. Para no pensar; para que el pulso desbocado dejara de latirle dolorosamente en las sienes. Para darle a otros la muerte que en realidad quería para sí mismo. Como si con eso pudiera quitársela a su hijo.
   Y cuando ya creía que el corazón no se le podía acelerar más, sintió una voz a su espalda:

   - De manera que así es cómo moriré.

   A pesar del golpe, el móvil aún seguía funcionando. Y había caído en manos de la persona menos indicada: el hijo de Entrerríos.

   - ¿Por qué me vigiláis? -le recriminó el joven-. ¿Hago algo malo?

   - ¡No! Sólo... me preocupo.

   - ¿Por qué? No soy asunto vuestro.

   El veterano tomó una decisión. Sabía cuáles eran sus órdenes, pero ya no podía más.

   - Serví con vuestro padre. Hasta el final -confesó-. Él fue el único superviviente, a su pesar.

   El joven enmudeció, digiriendo todo lo que significaban aquellas palabras.

   - ¿El... el único? -tartamudeó al fin-. Pero si vivís... ¡vos sois...!

   "Alatriste" asintió lentamente.

   - Tengo vedado contactar con mi familia. Pero siempre he velado por vosotros, a escondidas. Eso no me lo prohibieron.

   El corazón del muchacho dio un vuelco. Intentó hablar, pero sólo consiguió abrazarle y decir:

   - ¡Padre...!

   El veterano respiró a gusto y le estrechó. ¡Por fin! Era como si le quitaran un gran peso, después de varios años.

   - Al menos, sabemos que no vas a morir hoy, ¿verdad? -se separó de su hijo y le miró con complicidad-: Eso me da una idea.

   El joven le devolvió la feroz sonrisa:

   - A mí también.

   Ambos desenvainaron las armas y se lanzaron hacia lo más reñido del combate, gritando al unísono:

   -¡¡POR SANTIAGO Y POR ESPAÑA!!

   * * * * * * * * * *

   María Pita estaba inquieta: el asunto del espía y de la Puerta del Tiempo la había retrasado. Su marido estaba en las murallas, y no sabía nada de él.

   La buena noticia era que los ingleses habían desperdiciado la jornada: pasaron el día emborrachándose fuera de las murallas, en lugar de atacarlas. Por si fuera poco, muchos de ellos habían enfermado y huido, gracias a las ponzoñas que los vecinos de extramuros (Inés de Ben, entre ellos) echaron en las provisiones al dejarlas atrás.

   María suspiró con alivio cuando vio que aquella pausa había permitido a sus paisanos reforzar la muralla. Quizá llegaba a tiempo para ayudar. Portaba armas y municiones para la defensa, gracias a Ernesto; eran su coartada para excusar su retraso.

   - ¡Gregorio! -saludó, al ver a su marido arriba, junto a varias personas: diez hombres y dos o tres mujeres-. ¡He conseguido armas! ¡Ya subo!

   El hombre respondió al saludo, feliz de verla. Ella emprendió la subida con su carga. No era la única: varias jóvenes la imitaban. No se les permitía luchar, pero sí transportar suministros.

   Entonces sucedió la tragedia.

   El ejército inglés estaba algo mermado; pero sus superiores al fin consiguieron hacer obedecer al resto. Y eso incluía la artillería de los barcos.

   - Fire! -ordenaron los capitanes británicos.

   Todos los cañones dispararon a la vez, haciendo saltar trozos de la muralla; la infantería inglesa se lanzó hacia aquellas grietas. Gregorio y los oficiales dispararon a los atacantes, mientras Inés y otras valientes se exponían para tapar las aberturas con escombros.

   María Pita ya había subido la mitad del recorrido. Levantó la vista un segundo y vio las siluetas de ambos, recortándose sobre las murallas, justo antes de que sonara otra explosión. El suelo tembló; llovieron cascotes y María se protegió los ojos un instante.

   Volvió a mirar. Y las siluetas ya no estaban.

   - ¡¡GREGORIO!!

   María aceleró la subida, espoleada por la descarga de adrenalina. Pero aun así, era tarde. Sólo llegó a tiempo de abrazar el cadáver de su marido. Junto a él, Inés, malherida, agonizaba. Si es que era realmente ella; tenía la cara destrozada.

   - ¡YO DEBERÍA HABER ESTADO AQUÍ, NO ELLA!

   Un soldado invasor la apartó de una patada; ni siquiera le permitían llorar a su marido en paz.

   - ¡Yo debería haber muerto con él!

   La situación se volvió terrible: los ingleses, hasta entonces dispersos, se concentraron repentinamente allí, atraídos por algo.

   María los miró con odio y descubrió la causa: una bandera. Un alférez invasor estaba colocando en lo alto de la muralla el pabellón con la Cruz de San Jorge. Era la señal para los demás; les indicaba que la brecha principal estaba allí.

   - ¡Por encima de mi cadáver, hideputa! -exclamó María.

   La mujer descargó su Glock sobre varios escoltas que rodeaban al alférez, haciéndoles caer fulminados. Llegaron más, pero María traía en el cesto varias armas del futuro cargadas; tomó otras dos y avanzó implacable, disparando con una pistola semiautomática en cada mano.

   Los últimos escoltas cayeron y el alférez se tambaleó, herido en una pierna; pero no cedió. Cuando Pita llegó hasta él descubrió, aterrada, que no le quedaban municiones.

   A su alrededor llovían disparos. Lo sensato habría sido retroceder, si hubiera habido allí algún defensor más. Pero no lo había.

   - QUEN TEÑA HONRA, QUE ME SIGA!!! -clamó a los cuatro vientos.

   La iracunda coruñesa tomó una pica y cargó contra el alférez; éste perdió el equilibrio y cayó muralla abajo, junto con su enorme pabellón.

   María, despreciando el fuego enemigo, puso otra vez la cruz de Borgoña en su sitio. Desde luego, era una señal bien visible.

   Varias muchachas porteadoras miraron a su alrededor, buscando algún hombre que tomara las armas; y al no ver cerca ninguno con vida, echaron mano al cesto, imitando a Pita.

   Los demás defensores, dispersos hasta entonces, acudieron a la señal. Los ingleses, acumulados en torno a la grieta, se vieron de pronto rodeados; ni el mejor estratega los habría acorralado con más efectividad.

   Aquel día selló el destino de la ciudad. Y del Imperio.

   * * * * * * * * * *

   Desde la enfermería, Amelia contempló la hazaña de María Pita con satisfacción.

   - Ella ha hecho que se cumpla la Historia. La Coruña hoy derrotará a la segunda "Armada Invencible". Y dentro de unos días, Lisboa hará lo mismo.

   - Y sin presumir tanto como los ingleses con la primera -rió Julián.

   - Lo cual es paradójico, porque el desastre inglés fue peor. De las dos Armadas, será la española la que domine el mar medio siglo más. Al menos sabes eso, ¿no?

   - Sí, eso lo estudié. Pero nadie nos explicó nada de la "Invencible Inglesa". ¿Por qué?

   - Supongo que los ingleses son mejores que nosotros haciendo propaganda. En cuanto a los dos Alonsos...

   - Ahora me dirás "te lo advertí" -gruñó Julián.

   Ella sonrió con retintín:

   - ¿No te advertí de que podíamos fiarnos de Angustias?



(CONTINUARÁ... Y FINALIZARÁ) 


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   * La acción de este capítulo ha sido condensada para simplificar la narración: en realidad, el asedio de la Contraarmada Inglesa a La Coruña duró dos semanas. (Y los agentes del Ministerio/Leiva son ficticios, excepto la heroína María Pita).

3 comentarios:

Omar La Rosa dijo...

¡que los ingleses, y sus parientes, hacen mejor propaganda, no hay duda! ahora eso de "semillas de apio" mezcladas con el vino... ;)

Mari Nieves Galvez dijo...

Claro, el apio sólo es una broma:un homenaje a Noah Gordon: "El médico". En realidad podían usarse otros purgantes y venenos, que es lo que hacen otros vecinos. (Aunque ése es brutal, y no se notaría porque había costumbre de especiar el vino.

Percontator dijo...

^^ Una gozada, como siempre. Deseando leer lo que sigue. Muchísimas gracias y enhorabuena. :)