24 octubre 2016

MdT: Un Acto de Amor (II)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (II)
Cap.I  | Cap.II  |  Cap.III  | Cap.IV  | Cap.V  | Cap.VI  Cap.VII | Cap.VIII | Cap.IX | Cap.X 

Por Mª Nieves Gálvez

   "No hay amor más grande que darlo todo por los amigos"
   (San Juan, 15:13)

   (Barcelona, 1880)

   Alonso de Entrerríos se había enfrentado a muchas situaciones terroríficas. Pero ninguna le había dado tantas ganas de poner pies en polvorosa como la que, muy a su pesar, estaba atravesando en aquel momento.

   -¿Se quedará a cenar, capitán? -inquirió la madre de Amelia, con la mejor de sus sonrisas.

   -Lo lamento, señora; debo embarcarme esta misma noche -mintió el militar lo mejor que pudo-. Una orden urgente.

   -Es una lástima; ya lo teníamos todo preparado... acepte una copita, al menos -la mujer hizo una señal a la nueva criada y volvió a centrar su atención en Entrerríos-. ¿A dónde va esta vez?

   -A Cuba.

   -Ah, ¿viaje de negocios? -se animó el padre de Amelia-. Menos mal; por una vez, mi hija no tendrá que preocuparse. La pobre se inquieta cuando viaja usted a algún lugar en guerra.

   La cara de Alonso se convirtió en un poema: ¿ya no había guerra en Cuba?
   Amelia aprovechó la llegada de la criada, bandeja en mano, para desviar la atención:

   -¿Usted también quiere un anís, madre? -la joven repartió los vasitos de licor e improvisó-: será sólo una escala. Su destino final es Baler, en Filipinas.

   -Ya me extrañaba a mí -suspiró la madre, con velado sarcasmo-. España hace siglos que no pinta nada en Cuba.

   Entrerríos aprovechó el trago de licor para disimular su expresión de asombro: ¿siglos? A aquellas alturas ya no sabía qué pensar. Se despidió tal como le había aleccionado Amelia: un beso en la mano de ambas mujeres, unos cumplidos y una breve reverencia militar. Pero en su mirada se notaba que algo iba mal. Realmente mal.

   -Debo irme. Amelia, por favor...

   -Sí, te acompaño a la salida -la joven detuvo a la criada con un gesto-. Me bastaré yo sola.

   La madre de Amelia iba a decir algo más, pero el padre la retuvo con picardía:

   -Déjalos despedirse a solas, mujer -entrechocó el vaso con su esposa y contuvo una risita-: ah, estos enamorados...

   Nada más salir al exterior, Alonso tomó a su superior por los hombros, visiblemente nervioso:

   -Lo que dicen vuestros padres es aún peor de lo que yo pensaba -susurró con urgencia-. Vuestro pretendiente tendría que ser Julián, y debería estar en Cuba.

   -¿Cómo va a ser Julián, si está casado? Ya tiene a Maite.

   -Ah, ¿y yo qué? -se escandalizó él -¿Os parece que tengo menos embrollo, con Elena y Blanca?

   -Baja la voz, que mi madre es muy cotilla y puede estar asomada -le reprendió ella suavemente-. ¿Por qué dijiste Cuba?

   -Porque en mi mundo, Cuba todavía es española en este tiempo, y está en guerra. Julián estuvo allí. Y Maite está muerta.

   -No digas barbaridades, por Dios -Amelia le miró con incredulidad-. ¿Todavía sigues convencido de que ha cambiado la Historia y yo no lo he notado? No eres experto en esta época. ¿Cómo sé que no es todo una confusión tuya?

   -Julián prometió escribiros desde allí, Amelia -explicó Alonso, sacando del bolsillo un documento que mostró a su superior-. Cartas para enseñar a vuestros padres. Nunca las termina, pero vi ésta a medio hacer, y la guardé por... no importa: leed.



   "Matanzas, Cuba. 1898.
   Querida (nombre tachado) Amelia,
   Espero que al recibir la presente estés bien; aquí en el frente todavía resistimos, g. a D.
   Dicen que el tiempo lo cura todo (nombre tachado); pero es mentira. He pasado meses sin ti, y todavía duele como el primer día. Daría cualquier cosa por volver a pasar un minuto contigo; daría mi vida entera, por no tener que vivirla sin ti..."

   Amelia estudió cuidadosamente el borrador, lo miró al trasluz y se lo devolvió a Alonso, con el rostro desencajado. La letra y la firma eran de Julián, sin lugar a dudas.

   -Alonso, tenemos que ir esta misma noche al Ministerio, en cuanto todos crean que duermo. Esto es muy grave. Y no digas nada a nadie; ni siquiera al subsecretario. A nadie.

   * * * * * * * * * *

   (1589, Navío Revenge, Contraarmada Inglesa. A 500 millas de tierra)

   El hijo de Alonso de Entrerríos lo estaba notando otra vez. Alguien le seguía.

   "Tal vez me afecta lo que le ha pasado a Julián; tal vez es miedo" se reprendió a sí mismo. "Ahora veo enemigos en todas las esquinas".
   O tal vez era su instinto, le dijo algo en su interior. Algo que sus bien entrenados sentidos no podían desoír.

   -Hola, cariño -le abordó una voz de mujer, grave y sarcástica, en perfecto español.

   El joven se giró lentamente. En el fondo, sabía de antemano lo que iba a ver.

   -Todavía ocultáis el rostro con ese velo negro. ¿Tan fea sois?

   -Muy gracioso. Pero no muy listo -la misteriosa mujer, como ya hiciera en la Corte de Inglaterra, le estaba apuntando con un diminuto "arcabuz" del siglo XXI-. Habéis desaprovechado la ocasión que os di en Palacio.

   -Interesante arma. ¿Dónde están las demás? Sé que Drake tiene un cargamento, y quiere utilizarlo para cambiar la Historia.

   La mujer suspiró con hastío:

   -¿Es que tengo que hacer yo todo el trabajo? Está bien; seguidme. Pero no es eso lo único que cambiará la Historia, por desgracia.

   -¿Y qué más puede ser?

   -Ese médico y vos habéis curado a demasiada gente para pagaros el pasaje. Eso salvará de varias plagas a barcos enteros; Drake tendrá más naves y más hombres de los que debería haber tenido. Por cierto, ¿dónde está?

   -¿Julián? Lo han hecho prisionero.

   A pesar del velo, Alonso casi juraría que la espía torció el gesto:

   -Eso complica las cosas. Pero al menos así no curará a más gente equivocada. Y espero que no hayáis tocado nada más de este barco.

   Alonso tragó saliva y guardó silencio; él había sacado algo del barco, sí. Pero solamente eran documentos...

   -No tenemos mucho tiempo -repuso la mujer, escudriñando los estrechos y lóbregos pasillos de los camarotes-. Seguidme y os diré lo que sé de las armas.

   El joven la siguió, pensativo:

   -Decidme, ¿serían importantes unos documentos con, digamos, las condiciones que han acordado Crato y los ingleses para esta invasión? No es por nada, es sólo un ejemplo...

   * * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   -¿A santo de qué viene tanto misterio? -se extrañó Alonso -. ¿Por qué me habéis citado a medianoche, y directamente en los vestuarios?

   -No hay tiempo de convencer a los jefes -contestó Amelia, mientras se cambiaba de ropa detrás de un biombo -. Bastante me ha costado creerlo yo.

   -Pero la carta de Julián...

   -Sí. Es una carta que no quiero enseñar por ahí: me obligaría a explicar mi vida privada. Pero demuestra que es verdad. Él y tú estáis en lugares y tiempos diferentes, pero coincidís en todo: así que vuestra versión es coherente -la idea era tan aterradora como interesante-. Entonces, ¿no perdimos las colonias de América en el siglo XVI?

   -Las tuvimos por lo menos cien años más. El Siglo de Oro, decíais siempre.

   -¿Qué es el Siglo de Oro? -se sorprendió ella, saliendo de detrás del biombo ataviada con un vestido de, precisamente, aquella época-. Supongo que te refieres a la Generación Dorada: Francisco Aldana, Lope de Vega, Cervantes...

   -Ay, Dios mío... -Alonso comenzó a sentir otra vez un molesto dolor de cabeza-. ¿Un siglo perdido? ¿Tanta diferencia supondría ganar o perder Portugal?

   -Sí; imagina a los ingleses aprovechando toda la costa y la flota portuguesa, las islas Azores como base para sus corsarios... además de financiarse cobrando enormes tributos a las colonias lusas.

   -Suena a servidumbre. ¿Para eso quería Portugal independizarse de España?

   -Tal vez no lo habrían hecho, de haberlo sabido de antemano. Si hubieran visto los documentos que Crato firmó con los ingleses... ¿fue eso lo que pasó en tu mundo? ¿Vieron los documentos y prefirieron España? -cuanto más lo pensaba, más sobrecogedora le parecía la conclusión-: Dios mío... después de tantos años estudiando, ¿la Historia que yo conozco no es correcta?

   -Lo del Siglo de Oro lo recordáis mal, por descontado. Pero al menos ya me creéis -sonrió él, esperanzado-. ¿Por lo del frente en Cuba?

   -Por el nombre tachado. Si lo de ese nombre es cierto, el resto de lo que cuentas también.

   Alonso asintió: él también había leído la carta al trasluz. El nombre de Maite.

   -Julián no es un poeta: no se inventaría fácilmente algo así -sentenció Amelia con tristeza, poniéndose en marcha-. En mi mundo ella vive. Pero en su mundo y en el tuyo, Maite ha muerto.

   * * * * * * * * * *

   (1589. Navío Revenge, Contraarmada Inglesa).

   "Daría mi vida entera, por no tener que vivirla sin ti... ¿cómo seguís escribiendo estas cosas? Julián, creí que ese tema lo teníais muerto y enterrado".
   "Sólo enterrado, Alonso. Vivo con ello, y ya está. ¿Qué más te da?"
   "Seguiréis la misión con mi hijo. Claro que me importa. ¿Y si le falláis también a él?"
   "Ya le fallé a Maite, y la perdí. No os fallaré a vosotros. Antes me muero".
   "¿Seguro? ¡Es mi hijo!"
   "Puedes confiar en mí, Alonso. Te lo juro".

Sir Francis Drake
(1590, 
Marcus Gheeraerts el Joven)
   Aquella fue la última conversación telefónica de Julián, antes de perder cobertura. Justo antes de abandonar el galeón de Gil Pérez, cerca de Plymouth, para infiltrarse en la Contraarmada Inglesa.
   Y ahora, prisionero en esa Contraarmada, no paraba de repetírselo a sí mismo, a cada golpe. A cada pregunta del interrogatorio. A cada amenaza.
   "No os fallaré".

   -Who's with thee, Catholic dog? (1)  -volvió a preguntar Sir Francis Drake, mientras un sicario subrayaba la pregunta con un sonoro puñetazo.

   Julián encajó el golpe como pudo; los grilletes que le encadenaban las muñecas al techo de la bodega comenzaban a molestarle de verdad. Llevaba horas así. Pero si aquellos ingleses eran cabezotas, más lo era él.

   -¡Que estoy solo, cojones! -repitió por enésima vez.

   -El almirante Sir Drake está perdiendo la paciencia -indicó con dulzura el monje portugués que hacía de traductor-. Necesita saber quién os envió a registrar los camarotes.

   Las suaves palabras realzaron, por contraste, el siguiente puñetazo del sicario.

   -¡Soy médico y estaba buscando a mi paciente, joder! Me equivoqué de camarote, ¿vale?

   -Thou'll better confess (2) -le espetó fríamente el corsario, quitándose un guante para evitar mancharlo. El puñetazo del pirata acertó dolorosamente en una zona ya muy castigada; el cabrón ahora iba de tipo fino, pero todavía sabía pegar bien.

   -Cómo mola; un puñetazo de Drake en persona -observó el prisionero con sarcasmo-. Cuando se lo cuente a los del curro, van a flipar.

   -Maybe thou'll have no chance to tell anyone -fue la fría respuesta; tras tantos años de piratería por el mundo, el puñetero al parecer entendía español-. Have a wife? Children? Confess or thou'll never see'em again. (3)

   -Dice que... -comenzó el fraile.

   -Sé lo que dice -gruñó Julián sombríamente: ¿mujer? ¿Hijos? Si pensaba que nombrando eso le daría más ganas de vivir, iba apañado el pirata-. Epic fail: my wife is gone, and I have no one to care for. Except my patients. I'm a physician and I just save lives. That's all. (4)

   -I recall an assistant on thine side. Where's he? -Drake alargó desdeñosamente la manchada mano a un sirviente, que se apresuró a limpiarla, y volvió a ponerse el guante-. Put him on red irons just in case. Better to be safe than sorry. (5)

   Hierro al rojo. Lo había dicho a toda mecha, pero se entendía, incluso con el chapucero nivel de inglés del enfermero. Joder; eso sí que acojonaba.

   "Nunca os fallaré" se repitió. No podía hablar del hijo de Alonso. No podía...

* * * * * * * * * *

   En el exterior de la bodega, un hombre observaba clandestinamente la escena, a través de la puerta apenas entreabierta.

   -Maldición... -musitó para sí mismo-. No debí haber dejado ocasión a ese necio. Ahora tendré que arriesgarlo todo para sacarlo de ahí. Son tres enemigos; si empiezo por Drake...

   El espía aflojó la espada en la vaina y extrajo de sus ropas una daga arrojadiza. Sopesó con ojo crítico esta última: parecía bien equilibrada.

   -¿Qué hacéis, insensato? -susurró una voz femenina a sus espaldas.

   El hombre se volvió con la rapidez del rayo, dejando caer la daga para atrapar a la mujer por ambas muñecas. Después de un silencioso pulso, el arma de ella cayó al suelo. El sombrero de él también se deslizó a causa de la lucha, mostrando su rostro en la penumbra: era el hijo de Alonso de Entrerríos.

   -Por fin os tengo sin pistola -susurró el muchacho, triunfante-. Quitaos de una vez ese estúpido velo. ¿Fuisteis vos quien hizo apresar a mi compañero?

   -Claro que no; pero debí haberlo hecho -musitó ella con desprecio-. Ya habéis cambiado suficientemente la Historia. ¿Sabéis lo que pasaría si además matáis a Drake?

   -Id a otro perro con ese hueso –susurró el muchacho, sin dejar de prestar atención al interrogatorio, que se estaba endureciendo al otro lado de aquella puerta -. Sé que Drake no conquistará ningún país en este viaje, ni hará gran cosa después. Y aunque así fuera: yo no abandono a un compañero.

   -¿Y a dónde le llevaréis? –susurró ella con una seriedad aplastante-. Estamos en alta mar. Registrarán el barco, y os encontrarán. Sólo conseguiréis que además registren mi camarote a fondo. Mi situación aquí es más delicada y más importante de lo que creéis...

   El muchacho comenzó a comprender:

   -Así que vos también le ocultáis cosas a Drake, ¿eh? Bien: ayudadme a sacar de ahí a Julián, o quitad de en medio.

   -No es sensato...

   El joven la apartó de un empellón y se aprestó a lanzar la daga.

   - ¡No! –exclamó la mujer, lanzándose hacia la puerta entreabierta de la bodega, que hacía las veces de improvisada sala de interrogatorios.

   Alonso desenvainó la espada, dispuesto a entrar en tromba y matar a tantos enemigos como pudiera. Pero las siguientes palabras de la mujer le dejaron clavado en el sitio. Tanto a él como a Drake, que se volvió con indignación al escuchar una voz femenina a sus espaldas:

   -¡Yo confesaré! –gritó la mujer velada, en varios idiomas-. Me busca a mí: ¡es mi ex-marido!

   La indignación del corsario dio paso a la sorpresa. El prisionero también abrió unos ojos como platos al reconocer a la persona que acababa de irrumpir en la bodega. ¿La misma espía del velo negro que había visto en Londres? Aquella voz...

   -¿Por qué no quieres aceptar que te he dejado, Julián? –exclamó la intrusa desdeñosamente, retirándose el velo del rostro-. En Inglaterra existe el divorcio. ¡Asúmelo y deja de perseguirme por medio mundo!

   Drake, pasada su furia inicial, parecía incluso divertido: ¿un simple asunto de cuernos? ¿Para eso tanto misterio?

   -Forget the irons, but don't release him  -indicó el pirata a sus sicarios, antes de salir gruñendo-: what a waste of time... (6)

   Alonso, en el exterior, consiguió ocultarse justo a tiempo. En la bodega, el prisionero, demasiado sorprendido para hablar con coherencia, sólo fue capaz de articular un nombre:

   -¿Lola...?

(CONTINUARÁ...) 

"Un Acto de Amor":  Cap.I  | Cap.II  |  Cap.III  | Cap.IV  | Cap.V  | Cap.VI  Cap.VII | Cap.VIII | Cap.IX | Cap.X  








2 comentarios:

Mari Nieves Galvez dijo...

Traducción del interrogatorio:
(1) ¿Quién está con vos, perro católico?
(2) Más os vale confesar.
(3) Quizá no tengáis ocasion de decírselo a nadie. ¿Tenéis mujer? ¿Hijos? Confesad o nunca volveréis a verlos.
(4) Fallo gordo: ya no tengo mujer, ni nadie a quien cuidar. Excepto mis pacientes. Soy médico y salvo vidas. Eso es todo.
(5) Recuerso un asistente a vuestro lado. ¿Dónde está? Ponedle hierros al rojo, por si acaso. Más vale prevenir que lamentar.
(6) Olvidad los hierros, pero no lo soltéis. Vaya pérdida de tiempo...

Percontator dijo...

Uoooo! Esto está al rojo vivo! ;) Gracias! :)