24 octubre 2016

MdT: Un Acto de Amor (III)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (III)
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Por Mª Nieves Gálvez

(Navío "Revenge", Contraarmada "invencible" Inglesa. 
Finales de Abril de 1589)
 
   Sir Francis Drake abandonó a buen paso la bodega que hacía las veces de prisión. Estaba molesto por la pérdida de tiempo: el interrogatorio por "espionaje" había resultado ser un simple lío de faldas. Sin embargo, en su fuero interno también se encontraba ligeramente divertido. Al fin y al cabo, en alta mar tenía pocas distracciones. Después de aquella escena bufa y casi teatral, quizá podría aprovecharse de la esposa de aquel imbécil: aunque madura, tenía cierto encanto...
 
   -Tim, wait here -indicó a uno de sus secuaces, señalando la bodega donde acababa de dejar al prisionero y a la mujer-. Don't let them out (1).
 
   Drake se encaminó hacia su camarote a grandes zancadas, con el paso firme y elástico de un tigre. Estaba seguro de sí mismo, y con razón; países enteros temblaban al oír su nombre. Era un depredador; era el Dragón.
   Pero no sabía que estaba siendo seguido por otro depredador. Alguien silencioso como un espectro, y lo bastante osado para cazarle incluso en su propio cubil.
   El fantasma tenía un objetivo. Y había un hombre interponiéndose en su camino: Tim.
   El desgraciado inglés, todavía deslumbrado por las luces de la bodega, notó un puñal en su garganta antes de que sus ojos se hubieran acostumbrado a la penumbra del pasillo. Un pañuelo le cubrió la cara.
 
   -Treason...! (2) -intentó avisar; pero a través de aquel pañuelo, el sonido fue poco más que un murmullo.
 
   A bastante distancia, escaleras arriba, el leve gemido interrumpió las reflexiones de Drake. Éste y su guardaespaldas Stan se volvieron, aguzando el oído.
 
   -Tim? -gruñó Drake, algo inquieto.
 
   -I heard nothing (3) -negó Stan, después de un tiempo prudencial.
 
   El almirante también escuchó unos instantes, pero no alcanzó a oír nada más. ¿Tal vez el gemido provenía del prisionero? Después de tal paliza, tenía motivos para ello...
   Se encogió de hombros, hizo una señal a Stan y se puso en marcha de nuevo.
   Sin embargo, ya no estaba tranquilo.
 
   Otro tramo escaleras arriba, otro lóbrego corredor más, y el claustrofóbico pasillo se ensanchó un poco: estaba llegando a los camarotes principales. Aunque el caso de espionaje había resultado (aparentemente) falso, necesitaba comprobar que su preciada carga estaba a salvo. Sólo por si acaso.
   Drake indicó a Stan que montase guardia en el pasillo y dobló el último recodo. Algo en su instinto le seguía inquietando, y eso le molestaba. Veía amenazas en cada sombra...
   "Vamos: tengo armas del futuro, ¿quién puede decir lo mismo?" intentó animarse, sacando la llave para abrir el camarote. "Pronto conquistaré Portugal, y su nuevo rey seguirá mis órdenes. La reina de Inglaterra hace años que come de mi mano. ¡Cómo has prosperado desde que naciste en aquella granja, Francis!"
 
   Un par de golpes a su espalda, como si alguien hubiera tropezado, interrumpieron sus pensamientos. Se volvió con rapidez, pero no vio nada: sólo el lóbrego recodo que acababa de doblar. Quizá debería comenzar a preocuparse de verdad.
 
   -Stan, art thou drunken again? -intentó calmarse; pero aflojó su sable en la vaina por precaución-. I warned thee, not even a single more time... (4)
 
   Un golpe sordo, como el de un cuerpo cayendo al suelo, fue la escalofriante respuesta. Drake se arrepintió de haber hablado: había delatado su posición. El pasillo que dividía los camarotes era lóbrego incluso a la luz de las linternas de aceite, pero no necesitaba ver más: en cuanto asomara alguna sombra...
 
   En efecto: la figura de un hombre se le echó encima, y Francis Drake la atravesó limpiamente con el sable. Pero antes de que pudiera extraer el arma del cuerpo, una fantasmal forma blanca le atenazó el rostro. El pirata se llevó instintivamente las manos a la cara, luchando por respirar, pero su esfuerzo sólo sirvió para inundarle los pulmones con un desagradable vapor alquímico. Todavía forcejeó unos instantes más contra aquella mano de hierro, antes de caer al suelo sin sentido.
 
   -Así que éste es el famoso Francis Drake -se burló el desconocido, tapando un frasco de cloroformo-. Si no fuera porque tengo prohibido cambiar la Historia...
 
   El joven Alonso de Entrerríos guardó el frasco y apartó de una patada el cuerpo de Stan, al que había narcotizado y usado como escudo humano. Probablemente estaba muerto, pero no se molestó en comprobarlo: tenía una tarea más urgente.
 
   Gracias a Lola Mendieta, por fin sabía por qué no había encontrado el gran cargamento de armas del futuro: porque no lo había. Estaba demasiado repartido: sólo un cofre en cada uno de los barcos principales. Y todo parecía indicar que Drake había sido lo bastante necio para guiarle directamente hasta el primero de ellos: el de su propio camarote.
 
   El joven tomó la llave caída, abrió la puerta y comenzó el registro. No tardó mucho en contener una exclamación de triunfo.
 
 
   (1) Tim, espera aquí. No les dejes salir.
   (2) ¡Traición...!
   (3) No he oído nada.
   (4) Stan, ¿estáis borracho otra vez? Os lo advertí: ni una sola vez más...
 
   * * * * * * * * * *
 
   Lola Mendieta era una espía curtida en varias guerras. Capaz de moverse como una sombra por cualquier época, nadie sabía bien para qué ocultos fines. Solía ser paciente: tenía, literalmente, todo el tiempo del mundo. Y sin embargo...
 
   -No sabes con cuánta impaciencia he esperado este momento -observó, con una sonrisa retorcida, en cuanto los guardias se marcharon.
 
   Julián, todavía encadenado al techo de la claustrofóbica bodega, tenía mil preguntas: ¿Estaba viendo un fantasma? ¿Lola no había enfermado de cáncer, por culpa de Darrow?
 
   -¿De... de cuándo vienes?
 
   -De un mes después de que me hicieras encerrar en Huesca -fue la rencorosa respuesta.
 
   Así que era eso. Para él había pasado casi un año, pero para ella no. Lola todavía no sabía que pronto volvería a ser apresada por el Ministerio, y que sólo saldría del penal de Huesca para unirse a Darrow... en la salud y en la enfermedad. Para morir como Paul Walcott.
 
   El enfermero no tuvo coraje para decírselo. Sólo asintió débilmente:
 
   -Parece que siempre que nos vemos, uno de los dos está preso -observó él.
 
   -No por mi gusto -la espía se encogió de hombros-. Hiciste mal en traicionarme en la Residencia de Estudiantes.
 
   -Lo sé; eras inocente -admitió él, bajando el magullado rostro con arrepentimiento-. Pero ya pagué por ello. Suéltame, por favor...
 
   La mujer enarcó una ceja:
 
   -¿Qué has pagado tú? No has hecho nada -se burló-. Si estoy libre, es porque YO me atreví a hacer un pacto con el Diablo.
 
   El enfermero casi sonrió, lo cual le provocó un incómodo escozor en el labio que le acababan de partir. Conocía aquella frase.
 
   -Eso le dijiste a Goya. Apuesto a que escapaste gracias a un preso herido en ambas rodillas.
 
   La sonrisa desdeñosa de Lola se heló en una mueca de asombro. Sus ojos se estrecharon con sospecha al clavarse en su interlocutor:
 
   -¿Cómo sabes eso? ¡No me estarás investigando otra vez!
 
   Julián negó con la cabeza:
 
   -Era lo justo, Lola. Estabas allí por mi culpa. Esperé a que Alonso le registrara los bolsillos, y después le puse un regalito. Con eso habéis escapado de Huesca los dos, ¿no?
 
   La mujer le estudió entre la suspicacia y la complicidad. Siempre le había parecido que el enfermero no terminaba de encajar en el Ministerio: listo, pero demasiado indisciplinado. Sin embargo, una traición así...
 
   -¿Para ayudarme a huir? -susurró, todavía incrédula-. ¿Y si te hubieran descubierto? ¿Y si eso hubiera cambiado la Historia?
 
   El enfermero alzó la vista con picardía:
 
   -Eso espero -sonrió al fin. Tanto, que la herida del labio volvió a abrirse; pero no le importó-. Que cambies tu futuro.
 
   -No voy a creerte así como así -le reprendió ella fríamente-. Sólo lo dices para que te suelte. Y aunque te creyera, no estoy en posición de devolverte el favor -exasperada ante la creciente hilaridad de su interlocutor, Lola acabó por estallar-: ¿Se puede saber de qué te ríes?
 
   -¿Mi ex-mujer? -se burló Julián, incapaz de contener una carcajada-. ¡Sólo te ha faltado la música de Pimpinela!
 
   Lola acabó por esbozar una triste sonrisa:
 
   -Fue para evitar un mal mayor -confesó al fin-. Pero no puedo soltarte: me delataría, y además te volverían a atrapar. Porque estamos en alta mar: no podemos huir de este barco...
 
   Un golpe en el exterior de la bodega pareció responderle. La puerta se abrió, dando paso al hijo de Alonso de Entrerríos. El joven apartó a la indignada mujer de un empellón y hurgó en los grilletes de Julián con las ganzúas del Ministerio:
 
   -Yo sí. Acabo de eliminar a los centinelas de ahí fuera, y ya he encontrado las armas. Drake estará fuera de combate por un rato. Ahora o nunca.
 
   * * * * * * * * * *
 
   En el fondo del océano, bancos de peces parecían revolotear entre los mástiles de un galeón hundido, como en tiempos más felices hicieran las aves marinas. Un cangrejo salió de su escondite: la vacía cuenca ocular de una calavera, que aún elevaba su mirada hacia la lejana superficie.
 
   Aquel descarnado cráneo había pertenecido a un joven marino, llamado Tomás: el barco fue parte de la "Grande y Felicísima Armada" española, apodada burlonamente "invencible" por sus enemigos. Si en verdad existiera el Más Allá, la calavera tal vez estuviera mirando al Cielo para suplicar la reparación de su fatal destino. Para pedir justicia.
   Y tal vez, sólo tal vez, se habría alegrado al recibir de las alturas la respuesta.
   Innumerables sombras de una flota enemiga cubrieron los restos sumergidos. Y de ella cayeron dos objetos hasta posarse junto al infortunado Tomás, ahuyentando momentáneamente al cangrejo que le había elegido como compañía.
 
   Se trataba de un arcón, que lastraba el cadáver de un hombre: Stan. Y el contenido del cofre significaba una gran pérdida para el enemigo inglés.
 
   Los arqueólogos marinos del futuro tendrían problemas para comprender el hallazgo: armas del siglo XXI, acompañando a dos hombres del siglo XVI (un español y un inglés) en su última morada. Si es que alguien llegara a registrar los restos sumergidos de la "Armada Invencible" algún día, claro está...
 
   De momento, sólo fue el cangrejo el que, agradecido por aquel maná, se dirigió hambriento hacia Stan. Por razones prácticas, le había elegido como nueva compañía. Los revoloteantes peces le imitaron.

    * * * * * * * * * *

   -¡Estás loco! -reprendió Lola al joven Alonso, por enésima vez.

   -Estamos vivos y en otro barco, ¿no? -replicó el muchacho, tan empapado como ella.

   -En eso tiene razón -rezongó Julián, aceptando una manta de los tripulantes del velero "flamenco" (holandés). No hablaban el mismo idioma, así que intentó darles las gracias con un gesto. Temblaba de frío, pero lo primero que hizo no fue abrigarse, sino secarse la cara: el agua salada le hacía arder las heridas.

   Tras saltar por la borda, habían sido rescatados por el mismo barco holandés de suministros que habían visto por la mañana: el que había utilizado Alonso para descargar los documentos robados a Crato. Tal vez por curiosidad, los flamencos les seguían de cerca desde entonces.

   -Están llamando al capitán -tradujo Lola, cubriéndose las piernas con otra manta de sus salvadores: había tenido que desprenderse de la pesada falda de su vestido, para no acabar hundiéndose en el mar-. Sí, entiendo holandés. Dejadme hablar a mí. ¡Ya me habéis metido en demasiados problemas!

   -Parece que últimamente no paran de caer cosas del "Revenge" -le interrumpió una voz sarcástica, en perfecto español. El hombre, de porte aristocrático, ordenó a sus hombres en holandés-: Registradles.

   -Vaciaos los bolsillos -ordenó Lola a sus compañeros-. Gracias por rescatarnos, capitán...

   -Sebastien Aldanne -se presentó él, examinando los objetos de los náufragos: se detuvo en el teléfono móvil del Ministerio-. Soy un humilde comerciante holandés. Y ustedes son espías. Sólo me falta saber de qué lado están -el aristocrático personaje mostró el móvil-. ¿Qué es esto?

   "Ustedes", se asombró Julián. No "vos" ni "vuesas mercedes". ¿Por qué carajo hablaba aquel tipo como alguien del futuro?

   -Es un espejo de obsidiana azteca, de las Américas... -tartamudeó tímidamente el enfermero.

   El capitán le miró con sorna. Estaba claro que aquel "espejo" tenía tanto de azteca como lo que el noble personaje tenía de "humilde comerciante holandés".

   -Nokia es finlandesa -sentenció Sebastien con picardía. Ante la mirada de asombro de Julián y Lola, continuó-: Sí, he viajado mucho. Tanto o más que ustedes.

   -Los de Leiva no me hablaron de usted -le tanteó Lola, con exquisita prudencia. No podía hablar claro: nunca lo hacía, en su trabajo. Su vida solía depender de ello.

   -¿Quién es Leiva? -se sorprendió sinceramente Sebastien.

   Julián empezaba a hartarse: no estaba de humor para líos de espionaje. Lola pensaba que Sebastien podía ser alguien de Leiva o del Ministerio, es decir, de bandos contrarios. Sebastien pensaba que ellos eran espías a favor o en contra de Drake. Podían estar haciéndose mutuamente preguntas con doble sentido toda la santa noche, y acabar en un interrogatorio inquisitorial de todos modos. Y la verdad, no tenía ganas de dar vueltas; estaba demasiado cansado.

   -A la mierda: soy Iron Man -interrumpió-. Mire, soy español, y todo este lío es cosa mía: los demás han caído conmigo por casualidad. Leiva es un enemigo de España, igual que Drake, y ya ve cómo me ha dejado la cara ese pirata venido a más. Y usted ha abierto la caja de documentos que he robado a Drake esta mañana, ¿me equivoco?

   Sebastien Aldanne le miró con admiración:

   -Con un par -asintió, divertido-. Gilipollas, pero con un par, como dirían ustedes en España. ¿Sabe lo que quiero hacer con el que ha firmado esos documentos? Ese tal Crato.

   -Sorpréndame -bufó Julián.

   -Algo peor que la muerte -fue la feroz respuesta del noble.

   -Julián, ¿le has quitado los documentos al Prior de Crato? -se alarmó Lola-. Insensato, ¡eso puede cambiar la Historia!

   -¿A favor o en contra de España? -se interesó Alonso al fin-. Capitán, si realmente queréis ayudar a España, os daré una lista de barcos de esta flota. Llevan algo mil veces peor que documentos. Hay que hundirlos.

   -Cuando sepa que puedo confiar en ustedes -fue la fría respuesta-. Además, mi barco no es de guerra. Es mercante.

   -¿Y nosotros cómo sabemos que podemos confiar en usted? -le espetó Lola con dureza-. ¿Por qué se ha metido en esta flota si quiere ayudar a España?

   -Por amor; pero no a España -contestó Sebastien, girando un anillo en su mano hasta mostrar el sello que había estado ocultando en la palma-. Por amor a mi país: Portugal.

   -Es imposible... -palideció Lola, con los ojos clavados en el anillo; parecía que fueran a salírsele de las órbitas-. Sebastián... Aldana...

   -¿Estamos jodidos? -dedujo Julián.

   * * * * * * * * * *

   (Puerto de Lisboa, 1589)

   Gil Pérez levantó la vista del ordenador portátil al escuchar dos golpecitos. Alguien estaba llamando; pero no a la puerta exterior del camarote, sino a un mueble con una historia mucho más interesante.

   -No es posible -reflexionó, llave en mano-. Me habrían avisado...

   -Ejem... ¿Podría abrirnos, por favor? -suplicó una voz familiar: sonaba amortiguada a través de la madera.

   -¿Amelia? -Gil Pérez se apresuró a abrir la puerta del "armario" del Ministerio, pero no pudo ocultar un gesto de extrañeza -. Bienvenida... y vos, Alonso. Nadie me ha informado de esto: es tremendamente irregular.

   -Lo lamentamos, pero no hemos podido avisar antes -se excusó la mujer, entrando con muy poca elegancia: se había enredado en la capa de su compañero-. Ha sucedido un imprevisto, y en el Ministerio ya no son horas para avisar a los jefes.

   -¿No será por Julián? -se inquietó el funcionario-. Lo dejé en un lugar discreto de la costa inglesa, para que no tuviera problemas en llegar por tierra a Plymouth. ¿Algo va mal?

   -No lo sabemos: aún no tiene cobertura -explicó Entrerríos, intentando contener las malditas náuseas que le asaltaban cada vez que ponía el pie en un barco-. ¿Iba solo?

   -Ah, no -sonrió Gil Pérez -: va con uno de mis mejores hombres. Que por algo se llama igual que vos.

   El veterano ex-capitán del Tercio sonrió con orgullo; incluso el mareo pareció remitirle un poco, mientras abría la puerta del camarote en busca de aire fresco. Anochecía: en un mástil, la remendada bandera con la Cruz de Borgoña se recortaba contra el Sol poniente.

   -¿Aún no habéis cambiado ese pabellón? -observó el soldado.

   -Pronto habrá que hacerlo; pero será una lástima, con la historia que tiene -reflexionó Gil Pérez.

   -Espero que sea la misma Historia que recuerdo yo -confesó Amelia. Su expresión se revistió súbitamente de gravedad-. Tenemos que hablar. Y lo siento, pero esto no le va a gustar.

   * * * * * * * * * *
"Tiempo de Gloria",
Fanart de "El Ministerio del Tiempo".
Autor: Conrado Martín "Entiman", 2015

   Lope de Vega despertó, buscando instintivamente el abrazo de su esposa. Pero par
a su sorpresa, estaba solo.

   -¿Isabel? -recorrió el dormitorio con la vista, pero su inquietud no hizo sino aumentar. ¡No se encontraba en su casa de destierro en Valencia! Era un cuarto austero, pero vagamente conocido... - ¿La posada de Lisboa? ¿Hace un año?

   -Tenéis buena memoria -observó una voz tan burlona como firme, desde la puerta: se trataba de Alonso de Entrerríos.

   -¿Quién sois? ¿Qué brujería es ésta?

   -Sólo es un sueño -replicó Alonso, sin ganas de más explicaciones: bastante les había costado a él y a Amelia traer a Lope, inconsciente, desde la Puerta del Tiempo de Valencia hasta la de Gil Pérez. Y convencer a este último de que no llamase a Spínola, al revelarle a qué escritor estaban secuestrando.

   -Un sueño no muy exacto: recuerdo una compañía mucho más grata -replicó Lope, con tan burlesca insolencia que Alonso tuvo que contener las ganas de noquearle otra vez-. Y me embarcaba para defender a España...

   -Vuestro destino no era conseguirlo con la espada; pero sí con la pluma -intervino una voz femenina. Amelia apartó delicadamente a Alonso y contempló a Lope desde el umbral-. Portugal está a punto de aceptar el yugo inglés y cambiar la Historia: sólo vos seríais capaz, con vuestras obras, de evitarlo. ¡De cambiar la opinión de un país entero! -su sonrisa se volvió tan altanera como cómplice-. ¿Aceptaréis tal reto si mejora la compañía?

   Lope se levantó de un brinco y terminó de abrir la puerta con su espada, muy cautelosamente, antes de osar asomarse; pero no había rastro de Julián por ningún lado. Cuando Amelia señaló a Alonso la salida (ganándose una furibunda mirada de este último), la expresión del escritor se convirtió en puro júbilo:

   -¡Salvar España con versos, una mujer hermosa, a solas! -resumió con picardía-. Inalcanzable, docta, esquiva Amelia, dura y perfecta como el mármol de los dioses... tenéis razón: esto es un sueño, o he muerto y estoy en el Cielo. En ambos casos no es pecado, pues no es real, ¿verdad? ¡A fe mía, cómo voy a disfrutar este momento!

   -No tan rápido, lengua de plata -se burló ella, presentándole papel y pluma-. Antes vais a tener que sudar tinta para convencerme. Ya sabéis que yo, ante todo, quiero buenos versos.

   -Serán tan puros como los del divino Aldana, que en la Gloria esté junto a Don Sebastián.

   -No es pureza lo que busco -la mirada de la joven volvió a llenarse de malicia y de promesas-: Por favor, sed cruel. Muy cruel contra Inglaterra, la pérfida Albión. Sé que me sabréis complacer...

(CONTINUARÁ...) 

Un Acto de Amor:  Cap.I  | Cap.II  |  Cap.III  | Cap.IV  | Cap.V  | Cap.VI  Cap.VII | Cap.VIII | Cap.IX | Cap.X 

5 comentarios:

Mari Nieves Galvez dijo...

Sí, Francis Drake tuvo un origen muy humilde: era el doceavo hijo de un simple granjero. En referencia a esto, cuando fue ordenado caballero, eligió como lema "Sic Parvis Magna" (de lo pequeño nace la grandeza)

Mari Nieves Galvez dijo...

La referencia a una aventura con Goya (y el preso herido en ambas rodillas) no es oficial: no pertenece a la serie de TV, sino a mi anterior fanfic: "Un Acto de Locura" http://kalelelvigilante.blogspot.com.es/2015/06/mdt-un-acto-de-locura-ix-epilogo.html

Nariahk dijo...

Enganchada me tenéis... Espero el siguiente capítulo con ganas! Enhorabuena!

Anónimo dijo...

Igual que yo!
nos tenéis à todos con el mono! !!

Mari Nieves Galvez dijo...

Gracias! Buenas noticias entonces: ya está el capítulo 4!