24 octubre 2016

MdT: Un Acto de Amor (VI)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (VI)
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Por Mª Nieves Gálvez



"Mientras andáis allá metido todo 
en conocer la dama, o linda o fea, 
buscando introducción por diestro modo (...)
Yo voy sobre un jinete acá saltando 
el andén, el barranco, el foso, el lodo, 
al cercano enemigo amenazando"
Francisco Aldana, "Pocos tercetos escritos a un amigo"

   (Lisboa, 3 de Mayo de 1589)

   El elegante personaje, ricamente vestido con sedas y armiño, enrojeció de furia al desenvainar la espada:

   -¿Decís que no tengo honor?

   El viejo soldado del Tercio le miró con sereno reproche:

   -Ni honor ni valor tenéis.

   -¡Deslenguado! ¡Moriréis! -exclamó el aristócrata, lanzándose al ataque.

   El militar le esquivó sin inmutarse, haciendo que el presumido cayera al suelo de manera ridícula. La gente que contemplaba el combate tuvo que contener la risa. Algunos aplaudieron burlonamente.

   -Cubrió, Enrique, tu valor, de una mujer el amor y de un error la porfía -reprochó el soldado, con voz de trueno-. ¿Cómo pudo en tu grandeza querer, engañado inglés, de una mujer a los pies, ser cabeza de la Iglesia?

   El público estalló en ovaciones, en una mezcla de castellano y portugués:

   -¡Así se habla! ¡Dadle fuerte a ese hereje adúltero!

   -¡Inglés tenía que ser! ¡Nunca nos dé Dios un Rey así!

   Alonso de Entrerríos saludó a los espectadores con una reverencia; le estaba cogiendo el gustillo a los escenarios. Sobre todo para satirizar a un país enemigo como Inglaterra. Aunque lo lamentaba por el actor que interpretaba al rey Enrique VIII: trabajaba bien, pero la multitud sólo le dedicaba abucheos.

   -Gajes del oficio -consoló Lope a "Enrique VIII" más tarde, entre bambalinas-. Pero eso demuestra que sois excelente. Os creen realmente el rey inglés, ¡aun sabiendo que esto es un corral de comedias!

   -¡No saben apreciar mi arte! -protestó el actor, quitándose la capa de seda-. ¡Quiero ser el soldado!

   -Ahora me tocará a mí ser abucheada -rió Amelia. Estaba irreconocible en aquel lujoso vestido bordado, con enormes "pétalos" de encaje elevándose tras su cuello y hombros, como las auras de los retratos sagrados. El atavío de gala de la Reina de Inglaterra.


   -No sé como tenéis valor para salir así -asintió Alonso con admiración-. Os van a odiar. ¡Sois Isabel, la que ordena los ataques de Drake!

   -Y es bueno que Portugal odie esos ataques -sonrió ella-. Esa rebeldía ganará esta guerra.

   -Mucho esperáis de mi pluma -observó Lope cuando alcanzó a oírles, entre halagado y escéptico.

   El escritor no paraba de ir y venir, dando instrucciones y retocando textos a última hora. Amelia estaba encantada de verle trabajar: había visto obras de Lope de Vega en el futuro, en teatros de prestigio, representadas con organizada calma y textos inmutables. Pero ¡qué diferente era ver al autor en pleno proceso creativo! En una pequeña compañía, improvisando ideas, organizando actores o incluso sustituyendo a alguno si hacía falta. En un torbellino de dudas, soluciones, energía y vida.

   -Es que sois el mejor -coqueteó la joven, divertida-. Pero decidme: ¿de dónde habéis sacado el dinero para esto?

   -Del alcalde de Lisboa, ayer mismo. Su emisario dijo que había recibido un mensaje urgente para ayudarnos. Es extraño: ¿cómo sabía en qué posada encontrarme?

   Amelia frunció el ceño:

   -¿Quién firmaba el mensaje?

   -Dos personas. Un tal Julián y alguien de nombre francés: Sébastien Aldanne.

   La expresión de Amelia se volvió un poema, pero no tuvo tiempo de contestar: era su turno para subir al escenario. Fue Alonso quien cruzó una mirada de sospecha con Lope:

   -Ese francés suena casi como Aldana. Conocí a alguien llamado así. ¿Pensáis lo mismo que yo?

   El autor asintió un instante, para después negar con incredulidad:

   -El capitán Aldana murió hace once años, junto al Rey Don Sebastián de Portugal. Es imposible...

   * * * * * * * * * *

   (Barco de Sébastien Aldanne, 8 horas después)

   Julián se había vuelto más trasnochador que madrugador, desde la muerte de Maite. Desde que la soledad le arrebató la calma nocturna, y le dejó sin ánimos para revivir por las mañanas. Sin embargo, la llamada de Alonso le había despejado de golpe aquel amanecer. ¡Podían cambiar tantas cosas...!

   "Salvad a María Pita, en La Coruña: es agente del Ministerio y os ayudará a volver a casa. Eso corregirá la Historia, en parte. Pero hay algo más". A través del auricular, la voz del veterano Alonso se convirtió en un susurro furtivo: "Me han prohibido deciros esto, pero... en el futuro incorrecto, en el que Pita muere y Portugal es inglés... vuestra esposa vive, Julián".

   Comenzaba a clarear el alba. El enfermero se vistió y subió a cubierta, pensativo. Apreciaba la advertencia de su compañero, pero al mismo tiempo le sorprendía: lo habría esperado más bien de Amelia. Y en cierto modo, le dolía que no hubiera sido ella quien le avisara. "Cada vez se porta más como lo que es: la jefa. Y la primera en sacrificarse por el deber, eso sí", admitió. Pero tanto deber, ¿para qué? ¿Y si a Portugal le iba mejor con Inglaterra? ¿Y si tanto Maite como el mundo salían ganando con el cambio?

   Todavía añoraba a su mujer, aunque ya no hablaba de ello. Sólo lo plasmaba en cartas que nunca le enviaría, pero que a veces aprovechaba para algo: engañar a los padres de Amelia. "Haría cualquier cosa para estar contigo, amor mío. Daría la vida, por no vivirla sin ti".

   ¿Y si todo eso estuviera a punto de cambiar?

   -Habéis madrugado -observó una voz, cuando llegó a popa: se trataba de Don Sebastián. El capitán de sangre azul estaba reunido con el timonel, y portaba en la mano un catalejo.

   -Vos también -respondió el enfermero, señalando el instrumento-. ¿Habéis visto algo? ¿Nos sigue la Armada "Invencible Inglesa"?

   -No puedo verla; pero sé que está ahí -Don Sebastián señaló al Este, al amanecer-. Lejos, pero lleva nuestra misma ruta. Estamos llegando a La Coruña.

   -¿Tan pronto? Si ayer estábamos en Santander...

   -Hemos forzado la marcha día y noche, y el viento es bueno. Pero hay una cosa que me extraña -el noble se retiró a una zona resguardada del vendaval y extrajo un papel de entre sus ropas-. He anotado los planes que le habéis robado al invasor. Drake debe asaltar Lisboa, y varias ciudades donde se están reparando los restos de la Armada Invencible. Y exprimir Portugal a impuestos. Pero no tiene orden de atacar La Coruña.

   -Sin embargo, lo hará -les sobresaltó la voz de Lola, a sus espaldas-. No deberíais haber robado esos documentos. Si en Portugal descubrieran que Crato, su "posible futuro rey", ha firmado algo así con Inglaterra...

   -¿Es que no duermes nunca, Lola? -protestó el enfermero, tomando la nota para examinarla mejor.

   -No cuando los demás empiezan a reunirse a mis espaldas -sonrió la mujer, con sorna-. Es mejor para mi salud.

   -He avisado de todo a Lisboa -se encogió de hombros Don Sebastián-. Y para reforzar la resistencia, también he ordenado financiar la obra de Lope.

   Lola estrechó los ojos con astucia:

   -¿En Portugal saben que estáis vivo?

   -Sólo la gente correcta -fue la evasiva respuesta.

   -Aun así, nos conviene devolverle a Crato esos documentos -insistió ella-. Para que Portugal le pille con eso encima, ¿comprendéis?

   Julián les dejó hablar; había otro tema que acaparaba su antención. Y estaba escrito en el reverso de las notas de Don Sebastián. Una carta de aquel rey sin corona a alguien. Y las palabras le eran extrañamente familiares:

   "Haría cualquier cosa para estar contigo, amigo, hermano. Daría la vida, por no vivirla sin ti".

   -No... -musitó para sus adentros-. Otro personaje capaz de cambiar la Historia, adivinando lo que pienso. Otra vez, no...

   * * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   -¡Que no! ¡Eso sería un bucle! -estalló la voz del subsecretario, a través de la puerta acristalada-. ¿No recuerda cómo perdimos la puerta 716?

   Angustias levantó la vista de su ordenador, sobresaltada. Y también Irene, que le estaba ayudando a revisar las nóminas.

   -Recuerdo la 716 -sonrió la jefa de Personal, en tono confidencial-. Mira que dejar que Albéniz oyera los "Rumores de la Caleta" antes de componerlos...

   -¿Los compuso porque ya los había oído? -Angustias parecía confundida-. Entonces... ¿la primera idea no fue suya?

   -Ni de nadie: fue un bucle, porque el pianista era del futuro y pensaba que estaba copiando a Albéniz. ¡El pez que se muerde la cola! -Irene bajó aún más la voz-: ¿Quién está en el despacho?

   -No te lo creerías.

   La puerta acristalada se abrió, dejando salir al visitante. Irene tuvo que contener una exclamación de incredulidad: ¡Era Ernesto!

   -Conozco las normas -gruñó el adusto funcionario en dirección a Salvador, antes de marcharse.

   Aquello no era normal; Irene dejó los documentos y se apresuró a seguirle. El hombre iba a buen paso; ella no le dio alcance hasta doblar un recodo del pasillo.

   -Un momento, Ernesto -le abordó-. ¿Estoy soñando? ¿Le has discutido las normas a Salvador?

   Ernesto la miró con sarcasmo:

   -Ni que eso fuera un problema para ti.

   Ella le escuchó sin inmutarse; para Irene, la indisciplina era casi un cumplido.

   -Algo muy grave debe ser. ¿Algún amigo tuyo? -de pronto Irene bajó la vista y sonrió con tristeza-: No, claro; en qué estaría yo pensando.

   -Tengo algunos, a pesar de los rumores -la expresión del jefe de Logística casi se suavizó un poco-. Y en este caso no estoy seguro de las normas. Porque si es cierto que hay que corregir la Historia...

   -María Pita -asintió Irene-. Hoy es el día. ¿Quieres avisarle de su propia muerte? Eso podría crear un bucle.

   -O salvar el día, si Julián y Alonso tuvieran razón -asintió él-. El problema es que ellos sólo conocen una versión de la Historia, y nosotros la otra.

   -Bueno, claro. Nadie puede conocer las dos líneas temporales a la vez. Ni siquiera Amelia, con todo lo que sabe.

   -Ojalá -asintió Ernesto-. Ella sabría distinguir cuál es la correcta.

   La expresión de Irene cambió, como si una idea impensable iluminara su mente:

   -¿Y si pudiéramos?

   Ernesto la miró con interés.

   -No veo cómo.

   -Déjame pensarlo -Irene sonrió con malicia-. Tú avisa a María; seguro que tienes una buena razón. Yo voy a hablar con Salvador

   * * * * * * * * * *

    (La Coruña, 4 de Mayo de 1589)

   La playa de La Coruña era un hervidero de actividad. A pesar de lo temprano de la hora, alguna barca de pesca regresaba ya con las primeras capturas, para venderlas en la lonja. Numerosos obreros se afanaban en reparar un gran navío de guerra que yacía en la arena, echado sobre su costado. El espacio entre el mar y los muros de la ciudad estaba ocupado por un próspero distrito comercial, una iglesia e incluso un monasterio. Había cierta agitación: dos naos estaban levando anclas. Entre el ajetreo general, nadie pareció fijarse demasiado en la llegada de un pequeño barco mercante, aunque fuera extranjero: el de Aldanne. A bordo de éste, los marinos holandeses prepararon una chalupa; aprovecharían la escala para aprovisionarse, además de desembarcar a dos pasajeros.

   -¿Vendréis a tierra, Lola? -preguntó el hijo de Alonso.

   -Ni loca -sonrió burlonamente la mujer-. Me largo lo más lejos que pueda del Ministerio.

   -Yo debería impedírtelo -dudó Julián-. Por si se te ocurre cambiar la Historia.

   -Y te volverías a arrepentir, porque sabes que no hago mal a nadie -le recordó ella-. Nunca cambio sucesos importantes; sería malo para mis negocios.

   Julián iba a protestar, pero la llegada del capitán le interrumpió: era hora de desembarcar.

   -Aquí nos separamos. Pero sabéis lo que va a pasar en esta ciudad -les recordó Don Sebastián, ayudándoles a subir a la chalupa-. ¿Estáis seguros?

   -Es mi pasaje a casa -asintió el enfermero -. Y no será la primera batalla que veo; espero poder salvar a alguien.

   -Tampoco es la primera para mí -intervino fieramente Alonso -. Haré que unos cuantos ingleses paguen por lo que perdimos en Cádiz y en la Armada.

   El capitán asintió con admiración. Y con cierta pesadumbre.

   -Habláis bravamente, Alonso, a pesar de vuestra juventud. Vuestro padre debe estar orgulloso.

   -Nunca le conocí -fue la triste respuesta del joven-. Pero madre siempre dice que vela por nosotros, como un ángel guardián.

   -Yo tampoco conocí a mi padre -confesó Don Sebastián-. ¿Puedo daros un consejo?

   Alonso asintió, sorprendido. ¿Cómo era posible que alguien de sangre real le hablara con tanta camaradería?

   -Luchad con vuestro brazo, pero también con la cabeza. Ares fue el dios de la guerra, pero ¿sabéis quién consiguió vencerle en combate? La brava Atenea, por su sabiduría.

   -¿Leyendas griegas? -se sorprendió Julián-. Creí que erais católico.

   -Como el que más -respondió Don Sebastián-. Pero tienen moraleja. Las aprendí de Aldana, el capitán más sabio que ha visto el mundo. Ojalá me las hubieran enseñado mucho antes.

   ¿Por qué era eso tan importante? El confuso joven se vio asaltado por mil dudas, pero ya no había tiempo para aclararlas: los marinos estaban soltando las amarras y separando la chalupa de la nave principal.

   -¿Volveremos a vernos?

   Don Sebastián, desde la cubierta del barco mercante, negó con un gesto:

   -Vos defenderéis esta ciudad y yo la mía. Cada uno tiene su batalla. Que Dios os guarde.

   -¿Volvéis a Lisboa? ¿Y si os reconocen? Os creen muerto...

   -No sé cómo presentarme allí -confesó el capitán-. Pero aun así, he de protegerla.

   La chalupa se alejó hacia la playa a fuerza de remos, mientras los demás tripulantes regresaban a sus quehaceres. Sólo dos personas permanecieron en la cubierta del mercante, contemplando la marcha de la barca; el capitán y Lola Mendieta.

   -Es buena idea, Don Sebastián -sugirió ella, cuando al fin estuvieron a solas-. Lo de hacerse pasar por un ángel guardián.

   * * * * * * * * * *

   El amanecer parecía tranquilo; sólo las campanadas de una iglesia y el graznido de las aves marinas interrumpían el silencio.

Y algo más. Una vibración rítmica, alarmante, a través de la almohada.

María Pita metió la mano a tientas para intentar apagar el infernal zumbido de aquel aparato, que aumentaba de intensidad por momentos.

   -¿Qué se oye? -gruñó una voz soñolienta pero autoritaria, desde el dormitorio vecino.

   -¡Un abejorro! -se excusó azorada, en gallego.

   -¡Hablad en cristiano, pardiez! -replicó el otro en castellano, en un tono aún más desagradable que antes.

   -O galego é cristiano! -se enfureció ella, mezclando idiomas sin querer-. ¡Galiza é terra do Santiago Apóstol!

   -Echa fuera el abejorro; yo me encargo del capitán -intervino su marido, también en gallego, levantándose resignadamente-. ¡Vaya tirano! Cualquier día lo despierto vaciándole en la cara una bacinilla.

   -No me des ideas, Gregorio -sonrió con malicia la mujer. Una vez a solas, la agente sacó el teléfono de debajo de la almohada y contestó al fin-: ¿Hola?

   -¿María? -llamó la voz de Ernesto, a través del auricular-. ¿Todo va bien?

   -Iría mejor si no tuviera que hacer de posadera -sonrió ella-. El cabildo nos ha metido un soldado en casa, como a muchos vecinos. ¡Han venido más de mil!

   -¿Tantos?

   -Sí. Y no está terminado el castillo de San Antón, que es donde debería dormir la tropa. ¿Por qué llamáis?

   Al otro lado se hizo un silencio incómodo.

   -¿Ernesto?

   -Nada, sólo... -el funcionario dudó; estaba desobedeciendo a Salvador...- Lleva hoy el móvil encima y recuerda este nombre: Julián Martínez. Es funcionario.

   -¿Una misión?

   -María...has visto el futuro. Sabes que puedes hacer tantas cosas como un hombre. Como el mejor de ellos. Sé que las harás.

   Ella frunció el ceño: aquellas evasivas eran extrañas. Sobre todo en Ernesto, que solía ser brutalmente franco.

   -¿Con quién hablas, María? -sonó una voz desde las habitaciones contiguas.

   -Con... el rapaz de la vecina, que se ha escapado a la calle -se excusó la mujer, acercándose a la ventana para disimular-. Le estoy diciendo que vuelva a casa.

   Entonces lo vio, al asomarse a la ventana. Recortándose en la lejanía, fuera de la protección de las murallas.

   -¡Gregorio! ¡Capitán! -llamó a los hombres de la habitación contigua-. ¡Hay una señal de humo en la Torre de Hércules! ¡Zarpan naos de la playa de La Pescadería! -la mujer se despidió de su interlocutor en un susurro-: tengo que colgar.

   -¡Espera! -le urgió Ernesto-. ¡Intenta que...!

   Un pitido le impidió terminar la frase: la llamada había finalizado. Ernesto guardó el móvil, comprobó que el pasillo subterráneo siguiera libre de oídos indiscretos y se puso en marcha, contrariado.

   "Intenta que no te maten" habría querido añadir. Pero pensándolo bien, ¿no es lo que todo el mundo intenta? ¿Habría cambiado algo con decírselo?

   * * * * * * * * * *

    (La Coruña, barrio de La Pescadería)

   -Esto es una maldita pesadilla -gruñó Julián, arrastrando a un herido al edificio más cercano. Era la casa de un tendero, a juzgar por las telas, redes y víveres que exhibía a sus puertas. Tomó uno de los lienzos al pasar: necesitaba algo para vendar las heridas.

   -¿No decíais que ya habíais visto batallas? -le preguntó el hijo de Alonso, ayudando en el traslado-. Yo sí, con la Gran Armada.

   -Y yo, en Cuba y Filipinas. Pero eran soldados, ¡no esto!

   En el interior del edificio, dos niños de muy corta edad lloraban abrazados a las faldas de su madre. Ésta repartía el tiempo entre consolarlos y recargar armas para su marido: varios arcabuces, de un solo tiro cada uno.

   -¿Quién va? -se alarmó la mujer, apuntándoles. Al reconocer al herido, bajó el arma -. ¿Han matado a Antonio?

   -Sobrevivirá -la tranquilizó Julián, ocupado en improvisar un vendaje-. ¿Conocéis a una tal María Pita?

   -Lo siento. De este barrio no es -negó ella, recargando otro arcabuz más-. Tendréis que buscar en la ciudad, cuando acabe todo esto.

   -¿Aquí vendéis armas? -se sorprendió Alonso.

   -Claro. Del mar puede venir pescado, pero también piratas -contestó el tendero; disparó desde la ventana y se agachó de nuevo-. ¡Inés, tu turno!

   La mujer le dio un arcabuz cargado y tomó el vacío. Eran sólo comerciantes, pero el joven soldado admiró su valor.

   -¡Esa tela me la tendréis que pagar! -les recordó la mujer. Soltó una maldición al tocar el recalentado arcabuz, pero ignoró el dolor y comenzó a recargarlo.

   ¡Comerciante tenía que ser! Julián tuvo que contener una carcajada; terminó el vendaje, puso sobre la mesa unos maravedíes y abrió la puerta. Una atronadora detonación le saludó desde el exterior: el barco de guerra español, a medio reparar en la arena, estaba usando sus cañones para la defensa. Pero lo que había en el mar, respondiendo a su fuego, era una flota inglesa tan grande como la Armada Invencible. Numerosas chalupas enemigas se acercaban a la costa: todo el barrio recibió a brazo partido a los invasores ingleses.

   -¡No salgáis ahí! -le advirtió Inés-. ¿Estáis loco?

   Julián se tragó el miedo y le dio al hijo de Alonso su pistola Glock del siglo XXI:

   -No es la primera vez que me hacen esa pregunta.

   -¿Sabéis recargar esto? -sonrió el joven, admirando el arma. Aún sostenía la espada en la otra mano.

   -Recargar, sí. Pero tengo mala puntería -contestó el otro al salir-. Dispara tú. Y por mí no te preocupes.

   Al enfermero no acababa de gustarle su misión: corregir la Historia. Para que María Pita siguiera estando viva, y Maite muerta. Quizá por eso salió sin importarle el peligro; en el fondo, era un consuelo no saber si viviría para cumplirla.

   Un triste consuelo que varios soldados de Drake se apresuraron a ofrecerle, echándosele encima como lobos. Pero un disparo de Alonso rechazó al primero; al instante, el joven soltó la pistola y derribó a otros dos con la daga y la espada. Julián también noqueó instintivamente a un atacante, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Pero otros cuatro espadachines les cortaron el paso.

   -¡No! -rugió Alonso con rabia: sus armas atravesaron al instante a dos de ellos, mientras Julián se las arreglaba para dejar inconsciente a un tercero. Pero al mismo tiempo el cuarto, sable en mano, cargó contra el desarmado enfermero...

   Julián de pronto lo vio todo como a cámara lenta. El mundo girando noventa grados, mientras el enemigo le hacía retroceder y caer al suelo. Alonso, a demasiados metros de distancia, extrayendo las armas de los dos adversarios heridos y acudiendo en su auxilio, aunque no a tiempo. El pirata inglés, sorprendido por la caída del enfermero, frenando en seco y elevando el sable para asestar el golpe de gracia...
...y la sonrisa perversa del atacante borrada de golpe, en un estallido de color sucio, como cuando alguien estrella una bola de barro contra un árbol.

   Julián se levantó y contempló unos segundos al pirata caído, antes de que una voz le hiciera comprender lo que había sucedido:

   -¡Corred, insensatos! -fue toda la explicación de Inés, desde el interior del edificio. Ya estaba recargando el arcabuz, que acababa de disparar para salvarle.

   Julián le dedicó un gesto de agradecimiento, recogió la Glock y obedeció. Mientras huía hacia las murallas de la ciudad, escuchó más detonaciones: los ingleses parecían estar tomando represalias contra Inés.

   -¡Mamá! -oyó gritar a uno de los niños; no pasaría de cuatro años-. ¿Nos van a matar?

   -Hoy no, hijo mío -fue lo último que oyó decir a la mujer-. Venceremos. Tan seguro como que me llamo Inés de Ben.



(CONTINUARÁ...) 

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2 comentarios:

Mari Nieves Galvez dijo...

Puerta 716: "Rumores de la Caleta" es el Op.71, nr.6 de la obra de Albéniz "Recuerdos de Viaje". La anécdota es un guiño al inicio de un episodio reciente de Doctor Who (aunque el músico era otro: Mozart)

Percontator dijo...

¡Qué gozada! ¡Muchísimas gracias! ¡Quiero máaaaas! :)