09 abril 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (VI)

Un acto de honor (VI)

   Los rumores de una flota eran ciertos: al doblar un recodo del río, dieciocho sampanes acudieron al encuentro de las naves españolas. Las embarcaciones orientales eran ligeras, de velas de mimbre; pero igualaban en tamaño al "San Yusepe", y estaban repletas de guerreros bien armados.   
   Julián protestó con repugnancia cuando escuchó las órdenes de Carrión.
   - ¡Eso va a ser una masacre!
   - No será demasiado honorable, pero nos superan holgadamente en número; mirad lo que nos ha sucedido antes, por tener demasiados miramientos -contestó fríamente el capitán, señalando el camarote donde Gonzalo velaba los restos de Pero Lucas-. Han muerto bastantes de mis marineros, este veterano combatiente que era de mi máxima confianza, y varios valientes de los Tercios han quedado mutilados.
   - Habíais dicho que eran pocas bajas...
  - Sí, para haber derrotado un junco de doscientos hombres. Pero en esos sampanes vienen otros cien piratas bien curtidos, como poco. A nosotros sólo nos queda una treintena de veteranos en condiciones de luchar; el resto son novatos españoles y tagalos.
    - Tiene que haber otra solución.
   - ¿El abordaje, como antes? Queríamos probar el temple de los rônin, y ya lo hemos probado en demasía. Basta ya. ¿Preferís que sobrevivan los piratas y continúen arrasando aldeas?
   Julián se mordió la lengua, no sabía bien si para contener sus palabras o sus náuseas. Se metió en la enfermería para no contemplar la carnicería: los cañones y culebrinas de las dos naves españolas ya habían comenzado a barrer con fuego las cubiertas de los sampanes. Pronto no quedaría ni rastro de la flotilla pirata.

   Pero lo que encontró en el interior no fue mucho mejor: el capellán y el cirujano estaban ayudando al sargento a interrogar a un pirata capturado.
   - Preguntadle a quién sirve su jefe Tay Fusa -ordenó el sargento.
   El religioso tradujo la pregunta, entre palabras apaciguadoras, encaminadas sin duda a ahorrar sufrimientos al desgraciado y trabajo al cirujano; pero el prisionero le escupió en la cara.
   - ¡Perro infiel! -se encolerizó el sargento, usando los puños a conciencia.
   Julián tuvo que contenerse para no montar un escándalo: había visto heridas terribles muchas veces sin inmutarse, pero no soportaba la violencia contra alguien indefenso, fuera quien fuese. Por ningún motivo.
   - Esperad: el capitán me ha pedido que ayude. Creo que puedo hacerle colaborar. Con... opio de China. 
     Una inyección de pentotal sódico y varios minutos después, obtuvieron la respuesta sin necesidad de más escenas desagradables: 
   - Daimyô Hideyoshi-sama.
   - Toyotomi Hideyoshi-sama? -se alteró el capellán-. Daimyô Oda Nobunaga-sama no hatamoto?
   El pirata asintió, con la mirada vidriosa por la droga.
   - Daimyô Oda Nobunaga-sama shibô shita.
   El capellán se enjugó la frente, repentinamente perlada de sudor frío.
   - Sargento... hemos de poner sobre aviso al capitán Carrión inmediatamente. Y al gobernador español en Manila.
   - ¿Por qué? ¿Qué significan esos nombres?
   - Que esto no es simple piratería. Esto es la cabeza de lanza de una invasión.
   - Ha dicho Oda Nobunaga... ¿ése no es el que acaba de unificar casi todo Japón? Él no toleraría una cosa así -el rostro del sargento se había relajado al escuchar el nombre; casi parecía hablar con cierta simpatía.
   -Un misionero de Nagasaki nos habló una vez de él -asintió el barbero-: un general de agudo ingenio, aunque incluso su propia gente lo llame loco a veces. Tanto le gusta el lujo como codearse con la tropa. Y odia a sus propios sacerdotes budistas, pero se lleva casi bien con los cristianos...
   - Eso se acabó: le ha sucedido su general Hideyoshi -el capellán se santiguó, angustiado-. Dios nos proteja: Oda Nobunaga ha muerto.

* * * * * * * * * *

   - Alonso, por favor, envaina las armas -rogó Amelia con nerviosismo-. Este samurai me ha defendido...
   - Eso es verdad -reconoció caballerosamente Entrerríos. Sin bajar la guardia, preguntó en japonés-: ¿por qué?
   - Esos wo-kou traicionaron nuestro honor. Teníamos una misión -contestó Hirata Munisai en el mismo idioma. Alonso tradujo sus palabras.
   - ¿Misión? -estalló rabiosamente Amelia, señalando los restos de humo de la malograda aldea costera-. ¿Eso era tu misión? He visto morir niños. ¡He escuchado a los que sufren...!
   El samurai miró de manera especial a Amelia, cuando Alonso tradujo las palabras de la mujer. Bajó la vista con respeto antes de continuar:
   - Nuestra misión era ganar tierras para el nuevo líder de nuestro país: Hideyoshi-sama. Luchar contra soldados, no campesinos ni niños. Estos wo-kou deshonraron la batalla...    
  
   Amelia asintió al escuchar la traducción: por eso Munisai se había vuelto contra algunos de sus aliados. Ahora entendía eso, y algo más: por fin recordaba dónde había leído antes el nombre del samurai que tenía delante. Todo encajaba...   
   - Alonso, ya me explicarás luego cómo es que hablas japonés. Pero ahora envaina las armas y continúa traduciendo, por favor.
   - ¿Envainar? No, no, no. Ya lo has oído: es un enemigo de nuestro país... 
   Amelia se interpuso entre los dos hombres, que la miraron con idéntica hostilidad: aquello violaba todas las reglas de combate de cualquier rincón del mundo.
   - ¿Has perdido el juicio?
   - No me matará, Alonso. No moriré ni aquí ni hoy.
   - ¿Cómo lo sabes? -se exasperó Entrerríos, cada vez más irritado.
   - Porque he visto mi lápida. Sé cuándo moriré.
   Alonso se quedó sin aliento y contuvo una mirada asesina.
   - Pero... si es así... ¡has desobedecido las normas del Ministerio! ¿Por qué debería obedecerte yo, entonces?
   - Porque este hombre es nuestro objetivo.
   - No puede ser. Musashi todavía no ha...
   - ¡Envaina, Alonso!
   A regañadientes, el soldado obedeció.
   - Envaina, Munisai.   
   El samurai, al escuchar las mismas palabras, imitó el gesto de Alonso, aunque también de mala gana. Parecía extraordinariamente ofendido: aquella mujer tal vez fuese una hime, una aristócrata con poder sobre un soldado de su país natal, pero no tenía ningún derecho a darle órdenes a un súbdito del emperador de Japón...   
  
   - Miyamoto no Shinmen Hirata Munisai... -fueron las palabras que pronunció Amelia Folch, para asombro del samurai: ¿cómo podía saber ella su nombre completo, el de su pueblo y el de su señor? ¿Y cómo conocía el idioma su compañero, que luchaba como un oni del mismísimo infierno?
   - He visto el futuro -prosiguió Amelia-. Tu nombre y el de tu hijo pasarán a la Historia. Seréis grandes entre los grandes y os recordarán durante siglos, si eliges bien tu camino. No debo ser yo quien te indique cuál es ese camino; pero sí te diré que has de elegirlo ahora.
   - Amelia... ¿estás segura de que debemos contarle esto?
   Ella asintió tajantemente. Alonso intercambió unas palabras con el samurai, pero pareció desorientado ante la respuesta.
   - ¿Qué ha dicho?
   -”Perdóname, hime... princesa... de Kwanon. Sí, yo también lo he visto y lo lamento: la corriente me ha arrastrado hasta aguas demasiado turbias. Eso debe cambiar. Hasta pronto: lavaré mi honor en la próxima batalla”.
   El samurai desprendió de las láminas de su pectoral una cinta de seda con unos complicados caracteres dibujados a pincel: la brisa la dejó a los pies de Amelia. Había un brillo de respeto reverente en los ojos de Munisai cuando les dio la espalda y se alejó hacia un sonido escalofriante, río arriba: los cañones de la "Capitana" se habían puesto en marcha otra vez. Una nueva batalla naval.
   - Allí nos veremos, Shinmen Hirata Munisai sama -se despidió Alonso, en japonés, aunque más bien para sí mismo: probablemente, su rival ya no podía escucharle. 
   
   El veterano de los Tercios tardó un largo instante en volverse a Amelia:
   - ¿Su nombre está en el libro? Es el padre de Musashi, ¿verdad?
   Amelia asintió y recogió la cinta de seda. Había visto antes esos extraños símbolos: los portaban en su armadura todos los piratas de Tay Fusa.
   - Ha renunciado a su vergonzoso señor -observó Alonso-. Y dice que te ha enviado Kwanon.
   - ¿Quién es Kwanon...? -preguntó distraídamente Amelia. Le había parecido oír voces en castellano, cada vez más próximas: sin duda, la gente de Carrión había venido a recogerles.  
  
    La pareja se volvió hacia el río, pensativa. Tenían demasiadas preguntas para Munisai, pero ya nunca habría ocasión de formularlas.     
   - Me lo contó alguien que fue misionero aquí y después retornó a España -dijo Alonso al fin-. Él fue quien me enseñó algo de japonés. Una vez osó explicarnos, en secreto, una leyenda pagana: dicen que una Virgen María existió en Oriente, incluso antes que la nuestra. Kwanon, o Kanon, la Madre de Misericordia. Es... es lo que le has dicho al samurai que haces tú, Amelia: “La que escucha a los que sufren”.
   - No tiene nada de extraño. ¿No hacen eso todas las madres?
Alonso se detuvo: el corazón le acababa de dar un vuelco.
   - Tú... ¿tú eres madre, Amelia? No lo sabía...
   - Lo seré, dentro de no mucho -contestó ella, con una extraña calma-. Y entonces moriré.
   Alonso le puso una mano en el hombro, quizá con demasiada fuerza. Tardó un rato en saber qué decir.
   - ¿Eso viste en tu lápida?
   La mujer no se atrevió a contestar; en el fondo, no era necesario. Ocultó su larga trenza dentro del chaleco, lo cerró como pudo y prosiguió su camino.

   El rumor del agua les guió hasta el río. Les hicieron señas desde una pequeña nave española, cerca de la orilla: era hora de partir. Estaban seguros de que tenían por delante otra batalla: esta vez, soldados contra soldados. Pero saberlo no les inquietó: de hecho, era lo más justo.
   Atrás dejaban una injusticia que no debería repetirse: el incendio de la aldea se había extinguido por completo. Sobre las inocentes familias tagalas que vivirían para recordar aquel día, el sol brillaba al fin de nuevo. La luz del mediodía inundaba un cielo azul intenso, de pureza inmaculada.

(CONTINUARÁ...) 

1 comentario:

Mari Nieves Galvez dijo...

Traducción aproximada del interrogatorio al pirata japonés:
- El noble señor feudal Hideyoshi.
- ¿El señor Toyotomi Hideyoshi? -se alteró el capellán-. ¿El general del noble señor feudal Oda Nobunaga?
El pirata asintió, con la mirada vidriosa por la droga.
- El noble señor feudal Oda Nobunaga ha muerto.