23 abril 2015

MdT: Tiempo de paz (y V)

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Lisboa, 1668
    Era una broma del destino, o quizás el tiempo que le reprochaba haber tratado de jugar con él. Otra vez Lisboa, otra vez un Entrerríos en peligro. Alonso había conseguido salvar la vida de su hijo, y ahora apuntaba a su propio bisnieto con un arma de 2015, mientras éste amenazaba a un noble inglés con un artefacto de ilusionismo de 1938. Era una locura.
    Y era una injusticia. ¿Tenía que disparar contra su descendiente para salvar la vida a Edward Montagu, que según los datos de la misión moriría igualmente cuatro años después, sin haber hecho nada más digno de mención? ¿Era el precio por haber salvado a su hijo de hundirse con el "San Juan"?
    Podía dejar que el joven Alonso matara al conde de Sandwich. Aquello también estaba pasando por la mente de Amelia: su hijo entonces le sucedería apenas un poco antes de lo previsto, tal vez embarcándose en su lugar en la guerra contra los holandeses. Muy posiblemente, eso le llevaría a dejar de engendrar a su primogénito, y a morir como debía su padre en la batalla naval de Solebay. Sin más descendientes, Inglaterra empezaría a cambiar gravemente a partir de ahí:
   - Si muere Montagu -le susurró Amelia-, cambiará toda la historia de Europa.
   Alonso tenía pensamientos similares pero más inmediatos: la muerte del inglés en Lisboa justo ahora podía abrir un conflicto inmediato entre ingleses y portugueses, o españoles, si llegaban a saber quién era el asesino.
   No, no podía permitir eso. Su deber no le dejaba permitir eso. Pero, ¡disparar a su bisnieto...!
    - Alonso -se oyó decir, casi sin pensarlo. La voz resonó un poco por las cocinas-, ¿tienes hijos?
    El muchacho, sin aflojar la presa, le miró nervioso.
    - No he tenido tiempo.
    - Pero te gustaría tenerlos, algún día.
    - Cuando puedan tener un padre del que sentirse orgullosos.
    - Bien. Tendrás que enseñarles a soportar el dolor. Tendrás que enseñarles a ser justos.
    - No es vuestra...
    Alonso de Entrerríos no se dejó interrumpir:
    - ...tendrás que enseñarles a asumir que en la guerra los hombres se matan por su patria, no porque se odien. Que vengarse contra una guerra no tiene sentido.
    - Dile eso a mi padre.
   Julián se había dado la vuelta y estaba consultando algo en el teléfono móvil. Amelia intervino, recordando lo que habían leído de la misión original de 1938:
    - Tu padre... Rafael Entrerríos. Se casó con una portuguesa: tu madre es portuguesa -por eso la misiva que había originado todo se la enviaba en ese idioma-. Hemos estado en guerra contra los portugueses, y no por eso has considerado enemiga a tu madre. Ahora hay paz: ¡vete en paz!
    - Mi padre murió por su culpa. ¡Él ordenó el ataque! ¡Lo merece, merece morir! -la ira y la confusión le brillaban en los ojos. 
   El inglés seguía pugnando por hablar, pero la presa se lo impedía, y de su garganta sólo salía un gorgoteo ahogado. Alonso el bisnieto estaba decidido a disparar la caja lanzaagujas directamente contra la sien del conde de Sandwich. Alonso el bisabuelo estaba decidido a disparar a su descendiente para impedirlo: trataría de darle en un brazo, en el hombro o en una pierna. Apartarlo sin matarlo.
    - Sé justo -dijo entonces Julián, dándose la vuelta y volviendo a mirarles-. Deja que hable.
    - No tengo nada que escuchar.
    - No sé si has notado que cada vez que mencionas el ataque al barco en el que iba tu padre, intenta decir algo. Escúchalo; luego haz lo que quieras.
    Alonso el bisnieto dudaba: su bisabuelo se daba cuenta de que no estaba acostumbrado a matar a alguien a sangre fría, que había estado 10 años madurando su venganza pero no tenía en su naturaleza matar. Le movía la venganza, y su calor abrasador podía relajarse cuando las dudas de su piedad trataban de abrirse camino. Sin soltarlo, aflojó un poco la presa sobre el cuello del inglés, que empezó a tragar aire con ansiedad, boqueando como un pez. Jadeó un rato, antes de decir:
    - Yo no ordené el ataque a la bahía de Cádiz.
    - Mientes -dijo Alonso el bisnieto, y se lo repitió gritando al oído-. ¡Mientes! ¡Tú eres el almirante de la flota! ¡Claro que lo ordenaste, bellaco!
    - Sí, soy almirante de la armada inglesa, como Blake, y sí, buscábamos a la flota de Indias. Podría haber sido responsable de la muerte de tu padre. Pero no estuve al mando en aquel momento. En 1656, la comandaba Richard Stayner.
    - Eso es mentira -dijo el joven Alonso con menos convicción que antes.
    - Es cierto, Montagu estaba tratando asuntos con el rey de Portugal cuando atacaron a la flota en Cádiz -dijo Julián-. Mira, entiendo muy bien lo que es perder a alguien que quieres, y necesitar hacer algo para que tenga algún sentido. Encontrar al culpable y castigarlo. Puedes matar a este hombre y te sentirías bien, te sentirías muy bien...
    - ¡Julián! -se escandalizó Amelia.
    - ...pero si lo que quieres es vengar la muerte de tu padre, con eso no habrías logrado nada. Habrías matado a un hombre más para nada, que es para lo que son las guerras. Y en este caso, ni siquiera al hombre adecuado. Stayner ordenó el ataque a Cádiz, Montagu es inocente. Estaba aquí, en Lisboa.
   Alonso el joven se tensó, sacudiendo a Edward Montagu. Le clavó aún más si cabía la caja de rape en la sien. Alonso el mayor reafirmó su posición, listo para disparar. El joven jadeaba casi tanto como su presa. Volvió a sacudirlo, lo soltó y comenzó a sollozar espasmódicamente, sin que las lágrimas consiguieran salir de sus ojos. Al Alonso del Ministerio empezó a temblarle el arma en las manos, consciente de lo que había estado listo para hacer.
    - Tampoco hubiera podido -alcanzó a decir-. Así, no. En un duelo, tal vez. Eso me enseñó mi padre: dos hombres, dos armas y que se hiciera justicia.
    - Una justicia un tanto bárbara -mumuró Amelia.
    - Lo bárbaro -dijo Julián, recogiendo la cajita de rape del suelo- es usar hombres como arma para que otros se batan en duelo.

* * * * * * * * * *

Madrid, 2015
   Ernesto les esperaba a su retorno por la puerta del tiempo. De camino a la gran escalera, por los pasillos, le informaron a grandes rasgos de lo que había ocurrido; omitieron, por supuesto, el nombre del que había atacado a Montagu, como hubieran omitido antes el del hijo de Entrerríos.
   - No creo que el inglés dé problemas -dijo Julián cuando salieron del pasillo lleno de puertas y alcanzaron el descansillo de la escalera de caracol.
   Amelia prosiguió:
   - Ha entendido que era un tema personal, y no lo convertirá en un asunto de Estado.
   - Además -completó Alonso-: le amenazó un español y le salvaron otros tres españoles. Todo en paz.
   De repente, se oyó una explosión sorda que venía del piso de arriba. Enseguida otra, de más abajo, y otra, y otra más, ésta en el mismo pasillo que acababan de atravesar. Todos se volvieron para ver como, en desastrosa sucesión, varias puertas estallaban con violencia, lanzando astillas de madera pero dejando tras de sí una pared de piedra lisa. Ernesto avanzó algunos pasos hacia ellas, antes de darse cuenta de que las luces del pasillo se apagaban progresivamente, mientras las detonaciones seguían sucediéndose por todo el Ministerio.
   Se giró hacia la atónita Patrulla:
   - No hay tiempo -dijo, antes de que la decisión reemplazara a la congoja-. Es la única posibilidad.
   Cargó contra ellos tres con todas sus fuerzas, pillándoles desprevenidos y arrojando a Alonso, Amelia y Julián por encima de la barandilla hacia el abismo sin fondo que se abría en el hueco de la escalera de caracol del Ministerio. La Patrulla cayó, cayó y cayó, mientras a su alrededor muchas puertas de los pasillos seguían explotando y las luces se iban extinguiendo. Les engulló la oscuridad...

   ...y de repente era de día y estaban cayendo hacia arriba. Salieron despedidos por encima de un muro de roca natural y empezaron a rodar ladera abajo por una pendiente abrupta y llena de guijarros marrones, incapaces de frenar su bajada hasta que lo hicieron unos arbustos por ellos. Amelia sentía un dolor tremendo por todo el cuerpo, magulladuras, golpes y cortes. Escucho un ruido muy extraño, y vio como la cabeza de un enorme dragón entraba en su campo visual. La bestia inclinó su largo cuello hacia ella y uno de aquellos inmensos ojos, grande como un reloj de sol, la estudió con curiosidad.
   Entonces, Amelia Folch perdió el conocimiento.

FIN

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