13 abril 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (y VIII)

Un acto de honor (y VIII)

“Es posible dominar a un adversario, a diez, o incluso a veinte, si se mantiene la paz de espíritu (...)
Cuando es posible vencer a diez hombres con una sola mano,
entonces es posible vencer a mil hombres con cien, y a diez mil con mil.”

“Libro de los Cinco Anillos”, Miyamoto Musashi

  

   Dos horas de cañonazos contra las murallas. Olor a pólvora quemada. Una falsa propuesta de rendición, o más bien una burla, de un adversario muy superior en número.
   Y todavía no había empezado la auténtica batalla.
  
   Al sonar las flechas zumbadoras ceremoniales, se abrió el portón de la ciudadela. El enemigo había decidido mostrar al fin su verdadera cara.
   Dos largas líneas de arcabuceros y lanceros ashigaru se desplegaron a las puertas de la fortaleza y comenzaron a avanzar. Tras ellos salieron al campo de batalla, sin prisas, llenos de solemne seguridad, sus superiores: unos cincuenta rônin con armadura samurai completa, rodeados por más de cien lanceros y otros tantos arcabuceros de reserva.
   Las tropas niponas estaban organizadas en pequeños y ágiles grupos en forma de V, como ya hicieran sus compañeros de fechorías durante el abordaje del día anterior. El general, sus oficiales y varios portaestandartes ocupaban el centro de la formación.
  
   - Unos cuatrocientos soldados -estimó Alonso a ojo-. No, más bien quinientos. El doble que ayer.
   - Contra treinta y pico soldados del Tercio y setenta novatos. Esto es suicida -resopló Julián, moviendo la cabeza con resignación. Estaba ayudando al médico y al cirujano a improvisar una enfermería en la trinchera más resguardada; era demasiado evidente cuánto la iban a necesitar.
   Un estrépito ensordecedor le hizo enmudecer: los cañones y culebrinas traídos desde la “Capitana” y el “San Yusepe” comenzaron a escupir muerte desde las trincheras. Amelia y Julián apartaron la vista del dantesco espectáculo. Entrerríos, en cambio, asintió con una mezcla de reproche y admiración.
   - Los métodos de Carrión tal vez sean discutibles. Pero por descontado, ni es un suicida ni está loco.

* * * * * * * * * *

   Río abajo, Shinmen Hirata Munisai había pasado la noche reflexionando. No deseaba servir más a un falso señor; pero tampoco podía retirarse de la batalla cobardemente.
   Debía existir alguna alternativa. Otros habían cambiado su destino a lo largo de la Historia; el también debía hacerlo.
   
   La era Sengoku Jidai, un siglo y medio de guerras civiles, tocaba a su fin. Numerosos nobles daimyôs y sus ejércitos habían perecido por el camino. Algunos todavía resistían a los generales del gobernador Oda Nobunaga; pero la mayoría se había rendido a él para reunificar Japón, de buen grado o a sangre y fuego.
  
   Sin embargo, unos pocos guerreros nipones habían encontrado una salida especialmente deshonrosa: el pillaje y el exilio, asolando las costas de Corea, China y Filipinas. Una vergüenza a ojos de todos, excepto para aquel pirata a quien llamaban Tay Fusa: él se había alzado como un señor de la guerra en aquellas tierras extranjeras, que incluso le pagaban impuestos y le rendían pleitesía.
   
   Lejos de castigar la crueldad de Tay Fusa, el destino parecía dispuesto a premiarle: ahora el nuevo gobernador Hideyoshi incluso le enviaba verdaderos samurai, entre ellos el propio Munisai, para investigar si sería factible una posible expansión de Japón a aquellas nuevas tierras. Nada estaba decidido aún; pero si la empresa tenía éxito, eso podría convertir a Tay Fusa en corsario del Imperio, o tal vez incluso en un futuro daimyô de pleno derecho.
   En opinión de Munisai, Tay Fusa no merecía tal honor. Pero los bárbaros llegados de Europa en naves negras, que habían cañoneado dieciocho sampanes desde una distancia cobardemente segura, tampoco. No podía ayudar ni a unos ni a otros. A un samurai había situaciones en las que le estaría permitido cambiar de señor... pero esta vez, no podía. No, contraviniendo una orden tan directa del gobernador de su Imperio.   
   
   A Munisai sólo le quedaban dos salidas honorables: una de ellas, el ritual suicida del seppuku. La otra, el combate y, con suerte, tal vez el musha shugyo hacia el exilio.
   Al amanecer, las detonaciones del asedio a la ciudadela cercana le ayudaron a decidirse: ¿por qué no comenzar por la batalla? Al fin y al cabo, siempre tendría tiempo de suicidarse más tarde.

* * * * * * * * * *

   - Bien, Amelia -se impacientó Entrerríos-, ¿cuál es el plan?
   - De momento, esperar y observar -la joven tenía que apartar la vista del combate de vez en cuando, para mitigar las náuseas. Pero por lo demás, estaba consiguiendo pensar con sorprendente sangre fría, dadas las circunstancias-. Mientras disparen los cañones, no hay nada más que hacer.
   - Queda poco tiempo, entonces. Nuestra artillería se está quedando sin pólvora, y el enemigo todavía nos supera muy holgadamente en número.
   - Necesitamos que te quedes aquí para protegernos a los tres, Alonso. Ahí delante, un soldado más o menos no importa tanto.
   - Eso dices tú, que no entiendes de estas cosas. Pero soy exactamente el tipo de veterano que hace falta en primera línea. ¡A buen seguro, por eso me ha hecho venir el Ministerio!
   - ¿Sólo a ti? Podía haber enviado a Spínola con todos los que rindieron Breda. A cualquier ejército español de cualquier época. Pero no quieren eso.
   - Entonces, ¿qué quieren?
   - A Julián.
   El enfermero se quedó helado por un momento; después se giró hacia su superior, tan escandalizado como si acabara de recibir un insulto.
   - Perdona, ¿yo? -se señaló con incredulidad-. ¿El hippy pacifista del grupo? ¡Anda ya! -resopló con fastidio y volvió a concentrarse en organizar la enfermería-. ¡Pero si yo lo único que mato son bacterias!
   - Piensa en lo que nos dijeron, Julián: ¿a cuántos puedes volver a poner en pie? En esta época, sólo por perder demasiada sangre ya no había salvación. Puedes hacer que nuestra gente aguante el doble...
   - ¡Amelia Folch! -el enfermero casi escupió el nombre rabiosamente-. Lo mío es salvar vidas, no quitarlas. Si hay algún herido, lo atenderé. Pero... ¡ni se te ocurra hablar de mí como si fuera un arma!

* * * * * * * * * *

   - Engetsu! -ordenó el general hatamoto, a través de las señales visuales codificadas por sus portaestandartes. Sus tropas obedecieron, replegándose en formación de media luna para realizar una retirada ordenada.
   - Tarde o temprano, se les terminará la pólvora -observó uno de sus oficiales-. Esos cañones no pueden disparar eternamente.
   - En efecto, hijo mío -contestó el general-. Pero han diezmado a muchos de nuestros mejores guerreros, y no podemos permitirnos perder más: voy a retirarlos. A cambio, envía delante a los ashigaru de la retaguardia.
   - ¿Los novatos? Padre, ellos son los menos preparados para resistir con eficacia...
   - Mira esa artillería: ni nuestras armas, ni nuestros muros, ni la distancia a la ciudadela puede protegernos. Ahora ya no necesitamos eficiencia, hijo. Necesitamos carne de cañón.
   El joven oficial jadeó un instante ante las crueles instrucciones de su padre, pero lo disimuló con maestría. La decisión era difícil, pero era realmente la menos dañina para el conjunto de las tropas. Se encaminó hacia los portaestandartes y les ordenó transmitir la orden suicida.
   Los lanceros novatos obedecieron. Tal vez no se destacaran por su destreza en el combate. Pero como demostraron aquel día, a cambio tenían a raudales algo mucho más valioso: coraje y honor. Eso último fue lo que quedó escrito, en español, en sus tumbas.

* * * * * * * * * *

   - ¡Fuego! -ordenó el sargento mayor de los Tercios.
   Los disparos de los cañones y las culebrinas barrieron varias filas de ashigaru, que cayeron como trigo azotado por un vendaval.
   - Es extraño -comentó el capitán Carrión al alférez Mejías-: el enemigo se está replegando, pero ha puesto a un grupo nuevo de lanceros y arcabuceros en medio. Casi parecería que lo hubieran hecho intencionadamente.
   - ¿Un escudo humano? ¿Los soldados menos valiosos?
   - Puede ser... pero nos guste o no, igualmente no tenemos otra opción -se encogió de hombros el capitán-. Se agota la pólvora, y a juzgar por el tamaño de esa fortaleza, hemos empezado con cinco o seis enemigos por cada uno de los nuestros.
   - Cierto... hemos de reducir esa diferencia como sea.
   - Si conseguimos dejarla en tres contra uno, tendríamos las de ganar: confío en mis veteranos.
   - Con buena razón, a fe mía. ¿Cómo repartimos a nuestros novatos? Esta vez hay demasiados...
   - Nuestros nativos tagalos tienen experiencia en combate, aunque no luchan como los Tercios. Permitid que decidan ellos cómo se organizan. Pero que no salgan a combatir hasta que se agote la pólvora en ambos bandos.
   - ¿Y los demás?
   - Repartidos entre los veteranos, como siempre. No más de tres novatos en cada grupo de diez; el resto, que se quede aquí, defendiendo las trincheras. Sería cruel hacer salir a demasiados inexpertos juntos: no sobrevivirían.
   El alférez asió con más fuerza el asta de la bandera al contemplar el efecto de los cañones en los últimos ashigaru que tenía delante: parecían especialmente jóvenes e incapaces de reaccionar:
   - Sí, ya lo veo.
   Eran enemigos: ninguno de los dos oficiales se atrevió a confesar la admiración y la compasión que sentía por ellos.

* * * * * * * * * *

    - Se han parado los cañones, Amelia -avisó Entrerríos-. Es el turno de los arcabuceros.
   - No vayas, Alonso... -el rostro de la joven reflejaba sincera preocupación. De pronto, Alonso comprendió lo que realmente le sucedía.
   - Pero si nos llevamos como el perro y el gato -sonrió burlonamente-. ¿Vas a preocuparte por mí a estas alturas?
   - Eh... pero si yo... -Amelia Folch enrojeció hasta las orejas-. ¡No, no es eso...!
   - Escucha: llevo años haciendo esto. Si te quedas más tranquila, dame el revólver, ¿de acuerdo? Julián tiene otro.
   - Lleva también municiones -intervino el enfermero, lanzándole un buen paquete-. Traje muchas, con el material médico. ¡Cuando lo descubran en el Ministerio les va a dar un ataque!
   Los dos hombres rieron de buena gana, pensando en la cara que pondrían sus jefes. Gruñirían, pero probablemente sería factible capear el temporal, como casi siempre.
   Amelia asintió y dejó marchar a Alonso; pero en el fondo, comenzaba a asustarse de verdad. El “hippy pacifista” de Julián le había dado la munición a Entrerríos antes de que nadie tuviera que pedírsela. Este último detalle era nuevo: debía estar muy preocupado por su amigo...

* * * * * * * * * *

   - Ha llegado el momento, padre. Han dejado de disparar la artillería pesada.
   - Bien. Ordena la formación de alas de grulla: nuestros teppo les dispararán desde primera línea, mientras desplegamos el grueso de las tropas por detrás para envolver al enemigo.
   - Kakuyoku! -transmitió el joven oficial a los estandartes. Éstos señalizaron la orden al resto del ejército.
   Los samurai rodearon a su general en una disposición semejante a una gigantesca flecha, mientras los lanceros se expandían hacia los flancos. Los arcabuceros ashigaru más expertos se situaron en la vanguardia y avanzaron en una estructurada formación de varias líneas alternadas. Cuando llegaron a unos setenta metros de las primeras trincheras, comenzaron a disparar.
   - Hijo mío, ahora veremos qué pueden hacer estos oni de naves negras contra nuestros verdaderos guerreros.

   Los fusiles teppo japoneses abrieron fuego en turnos rotativos contra cualquiera que asomara la cabeza fuera de las trincheras. Debido a su superioridad numérica, consiguieron algunas bajas españolas, incluso a pesar de que su puntería no resultaba demasiado buena. Los arcabuces españoles no eran tan numerosos, pero contraatacaron demoledoramente: el enemigo comprobó dolorido la letal puntería de los tiradores del Tercio. Y los mosquetes, mucho más pesados (se necesitaba una horquilla para apoyarlos) resultaron aún más efectivos, debido a su mayor potencia.
   - Ya he gastado diez de los “doce apóstoles” -comentó Alonso a su vecino de trinchera, señalando las doce cartucheras de su bandolera: sólo a dos de ellas les quedaba pólvora.
   - A mí se me han acabado todos -se resignó el mosquetero, santiguándose. Entrerríos tuvo que cederle sus últimas cargas: al fin y al cabo, el arma de su compañero era más efectiva que la suya, y él ya disponía de un revólver.
   Su caso no era aislado: a ambos bandos se les acabó la pólvora minutos después. La distancia entre ambas tropas, de setenta metros debido al alcance de las balas, disminuyó hasta cuarenta: ése fue el nuevo límite que eligieron los arqueros ashigaru.
   Las corazas españolas estaban perfectamente preparadas para resistir las saetas de aquellos extraños arcos asimétricos. Carrión comprendió que no tenía sentido dejar que el enemigo se acercara más,  y dio la señal al sargento mayor.
   Los cañones dispararon una última andanada que igualó un poco las tornas. Los lanceros de los Tercios salieron de las trincheras, cuadrando la formación a la voz de “Santiago” y “¡cierra!”, como ya hicieran en la cubierta de la "Capitana" y en la lejana Flandes: Gonzalo y un recuperado Hernán, escudo adaptado en el brazo, prepararon sus armas y formaron con los demás rodeleros. Los espadachines desenvainaron daga y toledana y avanzaron ordenadamente por los flancos.
   Había llegado la hora de la verdad.

* * * * * * * * * *

   Julián y Amelia empezaban a estar realmente ocupados en la enfermería. Los encontronazos entre lanceros de ambos bandos ya estaban comenzando a causar heridos graves. Al médico y al cirujano se les amontonaba el trabajo atendiendo heridas de bala, cauterizaciones y suturas: así que habían decidido pasar todos los casos de hemorragia directamente a Julián y a su “ayudante”. Tras la milagrosa recuperación de Hernán, les había quedado claro que las pérdidas de sangre eran la especialidad de los recién llegados.
   - Demonios "japones"... -murmuraba un lancero herido -. Son temerarios y belicosos, a fe mía. ¡A algunos nos arrancaron las picas de nuestras propias manos...!
   - ¿Sobrevivirá esta gente? -preguntó Amelia, suministrando como buenamente podía el material que le iba pidiendo su compañero.
   - Los de herida de katana y naginata, sí -el capellán le había enseñado las curiosas palabras la tarde anterior-. Son como sables: atacan más con el filo que con la punta. Eso puede amputar una extremidad, pero sólo es mortal en la cabeza y en el vientre. En casi cualquier otro caso, se puede sobrevivir con una cauterización y una transfusión -señaló una lanza puntiaguda y bajó la voz-. Lo de esas picas es peor: perforan con la punta, hasta dañar los órganos internos, y eso no tiene salvación sin los antibióticos y los quirófanos de mi siglo.
   La expresión de Amelia empeoró notablemente. Julián cayó en la cuenta de que se había excedido dando detalles escabrosos:
   - Perdón... quiero decir que eso nos da ventaja. Nuestras picas y espadas hacen más daño, porque son punzantes.
   - ¿Has dicho “nuestras”? -consiguió sonreír ella, como si le hubiera pillado en falta-. ¿Ya no te molestan tanto las armas?
   - ¡Ah, venga, no empieces...! Dame otra bolsa de plasma, ¿quieres?
   - Ahora vuelvo -decidió Amelia, tras acercarle lo que pedía-. Acabo de tener una idea sobre las picas. Voy a hablar con Carrión... ¡y con el cocinero!
   Julián abrió unos ojos como platos. ¿Qué relación podía haber entre una enfermería, una lanza y una cocina?

* * * * * * * * * *

   Cuando los rônin y ashigaru de la ciudadela creían tenerlo todo controlado, la situación dio un giro inesperado.
   La lucha a lanza y espada ya estaba entrando en las trincheras. Los novatos españoles y sus aliados tagalos, bien parapetados, resistieron con ferocidad. Alarmado, Julián cargó el revólver, mientras Amelia se apresuraba en volver a su lado... pensando en disparar ella misma, si llegaba el caso. Julián podía defenderse muy bien a golpes; pero, como todo el Ministerio sabía, con armas de fuego era incapaz de acertarle a un burro a tres pasos.

   Confiados por su anterior intento, los ashigaru se aprestaron a arrancar las picas de las manos de los españoles, tal como ya habían hecho en la ofensiva anterior. Pero esta vez les salió mal.
   Los “coseletes” y los “pica secas” habían engrasado las astas de sus armas con sebo de las cocinas. Tan humilde truco, ideado por Amelia, fue el que invirtió las tornas, haciendo resbalar a los ashigaru cuando éstos quisieron arrebatar las picas de nuevo. Y lo más importante fue que, debido al éxito anterior, esta vez fueron docenas de enemigos los que intentaron la maniobra, cayeron en la trampa y resbalaron derribados por su propio impulso. Los lanceros y rodeleros españoles no tuvieron piedad de ellos.
   Aquello fue el golpe de gracia: los cañones y la puntería de los fusiles del Tercio ya habían diezmado considerablemente a los wo-kou. Eran aún más numerosos que los españoles: pero sólo en una proporción de dos a uno. Las katanas y naginatas defendían y atacaban alternativamente, pero no era suficiente: los rodeleros se introducían temerariamente entre sus filas a golpes de escudo y toledana, mientras la formación de picas y los guerreros tagalos mantenían a raya al grueso del ejército wo-kou como una muralla.
   - ¡A degüello! -ordenó al fin el sargento mayor.
   Hartos de aguantar pacientemente la formación mientras caían sus compañeros, los piqueros rompieron filas con feroz satisfacción. Los los virtuosos de la daga y espada les siguieron, diezmando a los wo-kou con la rapidez de su doble ataque incesante. La batalla se volvió brutal; los ashigaru más combativos se mantuvieron firmes, pero la mayoría, agotada y de armadura demasiado endeble para resistir, optó por huir en desbandada.
   - ¡No hay manera de perseguir a esos cobardes! Sus armaduras deben pesar menos que las nuestras...
   - Ahora sí que desertarán todos los demás como alma que lleva el diablo -sentenció el sargento mayor-. Son piratas: no lucharán hasta el final. No tienen honor.
   - ¡Mirad! -señaló Gonzalo, con respetuoso asombro-. ¡Algunos sí!

* * * * * * * * * *

   La desbandada sólo dejó frente al enemigo a unos treinta samurai. El que parecía estar al mando y uno de sus oficiales, parecidos entre sí como padre e hijo, pronunciaron al unísono una frase, que fue secundada solemnemente por los demás.
   - ”Antes la muerte que el deshonor”- tradujo el capellán Remigio.
   - Traducidles el lema de los Tercios, os lo ruego -pidió Carrión-: “Ni un paso atrás”.
   El capitán Carrión presentó sus armas a los enemigos con un saludo respetuoso y marcial. Los treinta veteranos españoles le imitaron. Ambos bandos tenían claro lo que el honor les exigía.

   Para sorpresa general, el primer rônin que eligió adversario no fue un oficial, ni tampoco lo fue el español que aceptó su reto. Sin embargo, no podía ser de otro modo: eran viejos conocidos.
   - Éste es mío -anunció el elegido: Alonso de Entrerríos-. Que nadie más lo toque. Si quiere honor, lo tendrá.
   - Así se hará -sentenció el capitán Carrión. Intuía de quién se trataba: era el único samurai que no portaba el símbolo de Tay Fusa.
   Alonso aprestó sus armas y saludó a su adversario:
   - Será un honor -dijo en castellano.
   - Será un honor -contestó Munisai en japonés.
  
   Alonso no planeaba matarlo, sino dejarlo inconsciente; pero comprendió que no iba a tenerlo nada fácil. Munisai estaba esgrimiendo ambas armas a la vez. No al estilo español, por supuesto: el largo sable tachi y el corto jitte describían círculos secuencialmente, defendiendo con uno mientras atacaba con el otro. Pero el hecho de usar las dos armas y el impulso de giro ya era un gesto de amenaza, y de respeto, hacia Entrerríos. Éste sonrió como si tuviese ante sí a un viejo amigo. O a un viejo enemigo: en un mundo de espadas y honor, ¿cuál era la diferencia, al fin y al cabo?
   Lucharon largamente, poniendo a prueba sus límites una y otra vez. El aprendiz superaba al maestro, y el maestro era el aprendiz. No podían ceñirse a un estilo concreto, y al mismo tiempo se veían obligados a usar todos.
   Los demás combatientes no les prestaban ya atención: imitando su ejemplo, también se estudiaban mutuamente, buscando un enemigo digno.
   Y lo encontraron. Todos ellos lo encontraron.

* * * * * * * * * *

Oficinas del Ministerio, Noviembre de 2015
   - ¡Alonso! ¡Alonso!
   - ¡Dejadme en paz! ¿Quién diablos...?
   Entrerríos de pronto lo recordó todo y se levantó bruscamente. Estaba en la enfermería del Ministerio. El lacerante dolor de cabeza estuvo a punto de derrumbarlo de nuevo.
   - ¿Qué pasó con Munisai?
   - Tranquilo, Alonso -le sostuvo maternalmente Amelia-: eso fue ayer. Todo salió bien.
   - Le dije a Carrión que no le tocara... ¿le dejó marchar? ¿cómo es que consiguió vencerme? ¿Y cómo es que continúo con vida?
   - Se marchó en paz, sí. Parece que fuiste un buen maestro. Demasiado bueno para tu propio bien -se burló Julián.
   - Supongo que perdiste porque es más difícil luchar intentando no matar -supuso Amelia-. Ya que tú... intentabas no matarlo, ¿verdad? Él era el objetivo...
   - Por supuesto que intentaba no matarlo. ¡No soy ningún necio! Pero me extraña que él haya hecho lo mismo. No me debía nada...
   - Dijo que sí: que había aprendido algo de ti. Y que con eso comenzaba su... musha shugyo. ¿Sabes qué puede significar eso?
   - No.
   - Pues yo sí, por una vez -presumió Julián, con una risita burlona, leyendo algo en su móvil-. Lo he buscado en... “la red de redes”, ya sabéis. El musha shugyo era un viaje de aprendizaje que realizaban algunos samurai para perfeccionar su técnica, su sabiduría... su hijo Musashi también lo hizo bastante.
   - ¿Así que Munisai vivió para enseñarle nuestra técnica a Musashi?
   - Pues ahí está lo raro -siguió leyendo Julián-: lo que pasó con el padre de Musashi es un misterio. Munisai desapareció, pero no se sabe bién cómo ni cuándo. No se sabe si Musashi fue su hijo natural o adoptivo; si llegó a criarlo unos años o ninguno en absoluto. Ni siquiera se sabe si la fecha de defunción que figura en la lápida de Munisai es correcta, o si realmente vivió ocho o diez años más...
   - Pero de todos modos, la esgrima europea se hizo famosa en Asia a partir de la victoria de Cagayán -resumió Amelia, con una sonrisa de triunfo-. Quizá por eso pudo aprenderla Musashi, incluso sin su padre.
   - O con su padre, si realmente vivió más de lo que dice su lápida -reflexionó Julián-. Sea como sea, todo está solucionado: el libro se escribió correctamente y no perdimos Filipinas. Los jefes están encantados, Alonso: quieren darte la enhorabuena en cuanto salgas.
   Amelia guardó silencio: pero sonreía, mientras sus manos jugueteaban con la cinta de seda de Munisai. Una lápida podía ser errónea... ¿tal vez, también, la suya propia?
   La respuesta era desconocida, pero en el fondo, tal vez sería mejor así. Un misterio: como el extraño viaje musha shugyo de Munisai, en busca de la sabiduría y del olvido...

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