27 mayo 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (12)


Toledo, 1451
   El estudio del joven Abraham Levi estaba lleno de diagramas, cartas celestes, tablillas y modelos a escala de criaturas y máquinas simples. Competían por el espacio con herramientas de carpintería, albañilería y medición que aparentemente no encajaban allí. Sin embargo, lo que hubiera llamado más la atención de cualquiera que entrase allí, era la puerta que se alzaba en el centro de la estancia, en el lugar preeminente; una puerta de madera con un suave arco de piedra a modo de marco, como una especie de ruina en perfecto estado de conservación que hubiera sido trasladada desde algún remoto castillo.
   De un instante al siguiente, el lugar pasó de estar vacío y silencioso a verse atestado de gente y gritos. Amelia, con el nombre de Alonso aún prendido de los labios, logró zafarse de la presa de Diego mordiéndole la mano, corrió hacia la puerta que había en medio de la estancia y, apartando de su camino a Julián de un empellón con más fuerza de la que este le creía capaz, abrió la puerta del tiempo... para encontrarse con el resto del estudio al otro lado.
   Amelia se volvió hacia Diego hecha una furia:
   - Asesino -escupió con los ojos inyectados en sangre-. Lo has matado -corrió hacia Diego y le dió una bofetada que la recibió impertérrito-. ¡Has matado a Alonso!
   - He hecho lo que me ha pedido. Salvar la Patrulla.
   - Podrías haber muerto tú en su lugar, cobarde -le espetó Amelia sin pensar, llena de ira-. ¡Él no! ¡Él no lo merecía!
   - Lo hubiera hecho.
   Julián cometió la temeridad de intervenir.
   - Amelia, creo que Alonso lo quería así.
   - ¡Y un cuerno! Estaba más que dispuesto a sacrificarse porque Alonso de Entrerríos era un hombre bueno, el hombre más decente que he conocido nunca.
   - Sí, pero no sólo eso -Julián no había visto nunca a Amelia tan fuera de sí. Cruzó la mirada con Levi, que miró a otra parte para que no le involucraran en aquello-. Alonso... También quería salvarle a él. Es decir, creo... Mira, él está acostumbrado a tomar esas decisiones: era capitán de los Tercios. Su trabajo era pensar rápido, decidir cómo conseguir el objetivo con el menor número de bajas...
   - ¿Y por eso se ha sacrificado y lo hemos permitido? -Amelia estaba llorando de rabia.
   - Sí. Porque sabe... sabía que Diego estaba en su tiempo, un tiempo que ya habíamos corregido. Nosotros venimos del futuro alternativo. Si lo restablecemos todo, pero Diego hubiera muerto...
   Por fin lo comprendió Amelia. Le cambió la expresión, se secó las lágrimas con el dorso de la manga y terminó la frase:
   - ...hubiera muerto verdaderamente. En cambio, si lo arreglamos todo, si invertimos todos los errores y devolvemos la línea temporal a su rumbo correcto, Alonso estará vivo.
   - Y María -dejó caer Diego.
   - Y Lola -añadió, culpable, Julián. "Pero no Maite", se recordó, "Nunca Maite". La sonrisa de Amelia se le hizo incómoda, ahora que había despertado su propia tristeza particular.

   Abraham Levi les sirvió un almuerzo ligero: pan ácimo, aceitunas y berenjenas encurtidas, y un zumo de melón llamado "pepitada". Diego torció un tanto el gesto, ante lo que consideraba despectivamente "mangarejos", pero a buen hambre no había pan duro.
   - No sé como voy a poder agradeceros vuestra ayuda. Me sigue llamando la atención que supiérais que estaba preso. ¿Es que se habla de mí en el futuro?
   - No creo que debamos hablar de eso -dijo Julián con precaución.
   - Es cierto, no es bueno saber mucho sobre el futuro. Nuestro pasado es lo que importa -dijo Abraham-. Y vivir cada día de nuestra vida para hacer que valga la pena.
   - Usted siga trabajando, siga estudiando -añadió Amelia-. No se deje amilanar, ni por las circunstancias, ni por el odio, ni por el fuego... -Julián le lanzó una mirada de aviso, pero ella ya sabía hasta dónde podía llegar-. Y si algún día realmente lo necesita, si por algún azar cree que la necesidad es máxima, sabrá a quien encomendarse.
   Con un gesto de humildad, Levi cerró los ojos y asintió, haciendo suyas aquellas palabras.
   - ¿Puedo seros de alguna ayuda? Creo que en cuatro o cinco meses podría construir otra puerta... pero sólo hacia atrás, hacia el pasado...
   Pasó por su mente la posibilidad de volver a León, de volver a rescatar a Alonso.
   - No será necesario, tenemos nuestros propios medios...

* * * * * * * * * *

Monasterio de Guadalupe, 1451
   - ¿Qué pasará con esa tablilla pagana, la Llave de Ishtar? -preguntó Diego, cuando se encontraban a la sombra del Monasterio-. La llevaba Alonso.
   Julián se encogió de hombros:
   - La primera vez que la vimos, en 1476, la tenía un judío de León. Es muy probable que desde 1111 se quedara en aquella ciudad. Más me preocupa la pistola...
   Amelia estaba estudiando la muralla del patio para tratar de discernir el mejor punto para entrar a hurtadillas por la noche.
   - Le quedaban dos balas, no es que puedan hacer mucho con eso. Y, ¡qué demonios!, que se ocupe el Ministerio de esta realidad, en vez de ir tras nosotros.
   - Bueno, repasemos: estás segura de que ahí dentro hay una Puerta del Tiempo.
   - ¿Recuerdas cuando tuvimos que salvar a Abraham Levi de Torquemada, a la versión anciana?
   - Sí, había una puerta en bucle a nosecuantas leguas de Toledo.
   - Esa puerta aún no existe. Pero Ernesto nos habló de dos puertas más: una que llegaba cinco años demasiado pronto y otra que daba 1500, nueve años tarde. La que llegaba demasiado pronto, llega a este monasterio. Según el Listín, está situada junto a la tumba del prior Toribio Fernández.
   - Vale, vale... Entonces nos llevará otra vez al Ministerio.
   - Correcto, pero faltan 35 años hasta el juicio del rabino. Es decir, que la puerta va 35 años antes de tu época -Julián trató de hacer los cálculos mentales, pero Amelia lo atajó-: a 1980.
   - Buena época.
   - Sobre todo para Irene.
   Diego los veía hablar y recuperar poco a poco la tranquilidad de espíritu, que tanto habían perdido con el sacrificio de su compañero. Tenía que reemplazarlo, pero creía que no se podía sustituir así como así a la clase de hombre que era Alonso de Entrerríos. Trataba de permanecer en segundo plano: no podía forzar su presencia en el grupo, y sólo con el tiempo, si lo llegaban a tener, lograría conseguir que le admitiesen como parte de la Patrulla: aunque no fuese su Patrulla, tendría que protegerla como si lo fuera. Se lo había prometido a Alonso.
   - Tenemos dos ventajas: en el Ministerio de 1980 es probable que no nos busquen.
   - Yo no contaría con esa ventaja.
   - Además, en ese año hay una puerta, la 101, que nos dejará directamente en Lovaina en 1534.
   - Lovaina. ¿Dónde está eso? ¿Por Cataluña?
   - En Flandes -respondió Diego-. Pero en esa época está bajo control del emperador Carlos y será español.
   - ¿Y por qué es tan importante ir allí?
   - Por Gerardo de Kremer -siguió Amelia-. Ese año, en esa ciudad, Kremer (o como pasó a la posteridad, Mercator), entró a estudiar con Frisius y Van Der Heyden, un matemático y un grabador.
   - Mercator -repitió Julián-. Me suena ese nombre: ¿hacía enciclopedias?
   Amelia puso los ojos en blanco, asombrada a veces por las cosas básicas que llegaban a ignorar los que la rodeaban.
   - Mapas. El sistema Mercator de cartografía fue una revolución. Proyectó las coordenadas y los perfiles con mucha más precisión, hizo que las líneas de longitud fueran paralelas y ayudó a que la navegación fuera más rápida y fiable -Diego y Julián se miraron, encogiendo los hombros sin acabar de entender. Amelia suspiró-. El mapa que habían colgado en el despacho de Leiva representaba el mundo en 2015 pero no estaba bien trazado, era pre-Mercator. Y cuando vimos cómo era el siglo XX, dijiste que te recordaba a una versión distorsionada del XIX. Sin una navegación segura, el intercambio de ideas y la comunicación entre los continentes se volverá más lenta, tanto como para acabar provocando un siglo de retraso.
   Vale, eso empezaba a comprenderlo Julián.
   - ¿Y qué hay que arreglar con Mercator?
   Vale, eso era lo que Amelia ignoraba.
   - Tendremos que averiguarlo. Tal vez alguien sabotee su trabajo. Creo que pasó un tiempo en la carcel, hacia 1544. O puede que el Duque de Cleveris no llegue a nombrarlo cosmógrafo en 1564. Luego estalla la guerra, espero que no tengamos que llegar hasta allí. Es donde luchaba Alonso...
   Julián estaba procesando datos:
   - La puerta nos lleva a 1534, ¿y dices que puede que tengamos que estar 10 ó 30 años detrás de ese tío?
   - Paciencia -recomendó Diego, dando una palmada en el hombro a Julián mientras este rezongaba-: los problemas, de uno en uno.
   Tras asaltar una cárcel leonesa, colarse en un monasterio cacereño resultó una tarea casi rutinaria.

* * * * * * * * * *

Madrid, 1980
   La primera sensación compartida por Amelia, Julián y Diego fue el sentimiento de familiaridad cuando volvieron a pisar los pasillos del Ministerio. No era su casa, pero los tres se sintieron como en casa. No había cambiado prácticamente nada desde su última visita: las mismas caras chupadas, el mismo tipo de rostros con heridas, pieles castigadas y desnutrición...
   - Yo he visto cosas parecidas en mi época -dijo Diego-, cuando azota la hambruna o ha golpeado la guerra.
   Amelia y Julián no esperaban que evitar la independencia de Galicia fuese a cambiar del todo las cosas, pero les deprimía un poco ver que, aparentemente, aún no habían conseguido marcar una diferencia.
   Intentaron no demorarse por los pasillos, aunque todo el mundo iba más o menos ocupada en sus asuntos: dos fenicios discutían sobre balompié, y una ama de cría de carnes prietas discutía con un poeta mozárabe sobre los recortes generalizados y la preocupante previsión de lluvias. Si era como la antinatural llovizna que Julián vio la última vez, no le extrañaba que se preocuparan...
   Localizaron la puerta 101 en un santiamén, un par de plantas por encima de la suya. Para su sorpresa, había dos personas delante de ella, ataviados también para el siglo XVI, pero con un gusto flamenco refinado. Un treintañero con más cara de listo que de guapo, y una mujer rubia de la edad de Amelia:
   - ¿También os envían a 1534? -preguntó el agente.
   - Sí, a Lovaina.
   - Mira, como nosotros. ¿Vamos a lo mismo? ¿Otra vez han duplicado efectivos?
   - No creo, a vigilar el trabajo de un tal Mercator -dijo Amelia, aturdida e incapaz de improvisar. Cruzó una mirada nerviosa con Julián, que estaba igual de atónito. ¡Aquel joven agente era Salvador Martí con 30 años menos! Pero es que la mujer...
   - Ah, entonces no: lo nuestro es por el Epitome siue compendiaria descriptio temporum et rerum, a populo romano: parece que no sólo habla de costumbres latinas sino que se ha colado alguna puerta en las descripciones, y tenemos que hablar con el autor, Joan Lluís Vives, un valenciano que está en Flandes.
   - Creo que no nos han presentado aún -interrumpió ella, con ademanes coquetos, mirando con un asomo de lascivia tanto a Julián como a Diego, como si no acabara de decidirse a cual "atacar". Se decidió por el segundo, mordiéndose el labio inferior y extendiendo una mano para que se la besaran-. Porque me acordaría de un hombre tan guapo.
   Su compañero claramente se encontraba con aquella clase de comportamiento a todas horas:
   - No empieces, Angustias...
   - Es guapo -se excusó ella sin perder la sonrisa, como si aquello lo explicara todo.
   - ¿Y tu marido?
   - No tanto. Y es tan del XIX... -hizo un mohín aburrido.
   - ¿Pero que le parecería? -dijo Salvador, escandalizado.
   - ¡Uy! Le parecería fatal. Por eso no se lo digo -y le guiñó el ojo a Diego.
   - Julia, Amelio y Diego -resumió Julián para acabar con el tema. Y ofreció-: vayan... id pasando, que tenemos aún que decidir un par de cosas.
   - Gracias. Y suerte con la misión.
   - Igualmente.
   Angustias repasó a Diego de arriba abajo con la mirada antes de meterse en la puerta. Claramente le gustaba lo que veía.
   - Si os queda algo de tiempo -añadió Salvador en el último momento-, podemos vernos en la Posada del Martinete, al lado de la abadía de Geertrui, está en el centro. Ponen una cerveza fetén y suelen reunirse los españoles. Españoles españoles, no los belgas, que sólo saben de chocolate... y por aquel entonces, ni eso.
   Cuando se marchó, Diego no entendía las caras extrañas de sus compañeros. Amelia trató de hacer un primer abordaje de la cuestión:
   - Él era nuestro jefe, en 2015. Y en esta versión, pues... Pues fue ella quien entró en el Ministerio y no su esposo, ¿verdad?
   Julián seguía en estado de shock:
   - Esto es muy fuerte -alcanzó a decir-. Que te ha tirado los trastos Angustias, tío...

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