12 mayo 2015

MdT: Un acto de locura (III)


(Cádiz, Enero de 1793)
  
Corral de locos (Goya, 1793)
   Los rostros grotescos parecían sombras de otro mundo, más allá de la razón; algunos eran perversos. Otros, alucinados. Otros, llenos de horror. ¿Qué cosas sobrenaturales veían aquellos ojos de locos? ¿Eran sólo desvaríos? ¿O tal vez sus mentes habían llegado a ser capaces de ver más allá de lo terrenal, hasta penetrar el invisible mundo de los espíritus?
   Mal vestidos, acurrucados en un rincón o enzarzándose en peleas sin sentido. Un corral de locos. Lo había visto de niño, en sus tíos, Francisco y Francisca Lucientes. Él podía terminar igual. Loco. Llevaba toda la vida intentando negarlo, pero iba a acabar como ellos...
   Huyó. Saltó la tapia en plena noche y corrió como el viento, acosado por la fantasmal presencia de las aves nocturnas, el ulular de un lejano perro rabioso y hambriento; peligros que no se atrevía a buscar con la vista, o que quizá sólo existían en su mente. No le alcanzaron: sí, debía ser su mente. Estaba llegando a casa. Sólo eso importaba.
   Recorrió con la vista el dormitorio; sólo entonces recordó que ella estaba muerta. Que sólo quedaba su recuerdo, deformado y amargado por la tragedia. El lecho que habían compartido. Los retratos que pintó de ella, los tapetes y la colcha que ella había tejido. “Ella está aquí, ¡en todas partes!“.
   Fantasmas, eso era todo. Ni siquiera su casa podía protegerle de ellos: porque su casa era el fantasma. Cerró los ojos, pero los seguía oyendo. Ululaban como aves nocturnas, sin darle tregua...
  
   Francisco de Goya y Lucientes despertó, sobresaltado. El zumbido de sus oídos no cesaba; se preguntaba si algún día volvería a oír con normalidad.
   “Pero mi esposa no está muerta“, recordó, intentando serenarse. “Estoy a salvo, en casa de un buen amigo. Soy el director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Pintor de cámara de Su Majestad. Estoy en la cumbre. Sólo tengo fiebre, y esto sólo ha sido un mal sueño“.
  
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   (Barcelona, 1880)
  
   Finalizaba la jornada. Amelia Folch recogió sus libros, intentando no sobrecargar el brazo herido, y abandonó la Universidad. Ningún hombre se atrevió a cruzar un saludo con la excéntrica mujer, excepto un anciano catedrático. Para extrañeza de todos, el profesor que más parecía estimarla era el que impartía una asignatura que ella jamás había estudiado: ¡derecho medieval! Nadie podía imaginar que aquel erudito compartía un secreto con Amelia: juntos habían desafiado al mismísimo Torquemada...
   La joven repasó sus anotaciones en el carruaje de regreso. Estaba preocupada: su trabajo la estaba retrasando en sus estudios. En realidad, nadie se quejaría si suspendiera los exámenes. Al contrario: siendo mujer, era lo que se esperaba de ella. Todos suspirarían aliviados por su fracaso, para así poder negarle la matrícula en el siguiente curso. Así volvería al cauce “normal“: boda (deseada o no), hijos, fin de su libertad. Y probablemente, fin de su vida: una tumba a los veintiocho años.
   Amelia no estaba dispuesta a permitir nada de aquello. El plan de salvar a la mujer de Julián le había fallado, pero tenía otras opciones. La convalecencia le estaba permitiendo ponerse al día. Si conseguía prolongarla un poco más...
   Pero el mensaje que le esperaba en casa de sus padres trastocó sus planes. Y también el mensajero.
   -¿Julián...? -la joven palideció como si hubiera visto un fantasma-. ¿No deberías estar todavía en el hospital...?
  
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   (Oficinas del Ministerio, 2015)
  
   Las tres detonaciones dejaron sendas marcas en la diana. Una muy alejada; otra, mejorable; la tercera, casi en el centro. Amelia frunció el ceño y probó otra diana más: tres blancos casi aceptables.
   -No está mal -asintió Alonso-. Nada mal.
   -¿Para ser una mujer? -gruñó ella, quitándose los protectores auditivos-. Eso me decían de niña, cuando balbuceaba tres versos seguidos. Pero ahora me exijo mucho más. Esto no es suficiente.
   -Créeme, disparas mejor que él. Julián, tu turno.
   -Gracias por las flores, pero no necesitabas continuar con la farsa -dijo la joven al enfermero, antes de que éste se protegiera los oídos-. Le conté a mis padres que nuestro “accidente de carruaje“ te había dejado muy grave, ¿no te lo dijo Alonso? Era la ocasión perfecta para fingir tu muerte y desaparecer.
   -¿Y si se les ocurre venir a verme al hospital? ¿O a mi funeral? Es mejor no arriesgarse -Julián se puso el equipo y realizó tres disparos-. Además, alguien tenía que llevarte el mensaje: habías apagado el “busca“.
   Julián disparó contra la siguiente diana hasta agotar los proyectiles. Amelia no podía precisar por qué, pero notaba algo extraño en su compañero. Tal vez no se había hecho a la idea de su repentina recuperación. O a las ropas del siglo XVI, que ahora él también usaba tan a menudo como Alonso. O a aquel brillo inquietante en su mirada: algo parecido a la hostilidad, o al miedo.
   -Disparas mejor que nunca -observó Alonso, una vez su compañero se hubo quitado las protecciones-. ¿Cómo podías fallar tanto antes? ¿Era teatro? Cuando decías que lo tuyo no era quitar vidas, sino salvarlas...
   Julián le miró con amarga ironía. Salvarlas. Como la de su mujer.
   -Ya no.
   -¿Estás bien? -se inquietó Amelia-. ¿De verdad?
   El enfermero sonrió con resignación. De pronto, volvía a ser el de siempre.
   -Tirando, que ya es algo. ¿Y tú? Alonso me dijo que estuviste cerca de la muerte. Lo siento...
   -Lo que importa es que estamos de vuelta -les atajó Entrerríos-. Vamos; es la hora.
   -Sí, aunque sea en... libertad vigilada -resopló Julián, poniéndose en marcha-. Y mudándome al siglo XVI.
   -Órdenes de Salvador -se excusó Alonso-. No te puedo quitar el ojo de encima, ni de día ni de noche. Pero de todas maneras, ¿querrías volver a tu casa?
   Julián recordó la breve visita que habían hecho a su apartamento, lleno de dolorosos recuerdos. Fotografías de su esposa muerta. El lecho que habían compartido. Cada detalle lo habían elegido juntos. Ella estaba allí, ¡en todas partes! Aquella sensación fantasmal le aterraba; le había provocado escalofríos incluso a Alonso.
   -Es verdad. Tenía que salir de allí.
   Amelia decidió que sería más prudente cambiar de tema.
   -Mi “busca“ estaba apagado, porque el Ministerio me dio de plazo hasta la semana que viene. Pero de pronto, nos llaman a toda prisa. ¿Por qué?
  
   La respuesta la encontraron al cruzar el umbral del despacho de Salvador. Desde luego, no podía ser más extraña. Ni más elocuente, al menos para Julián.
   -¿“El Grito“ de Munch? Pero... ¿qué le han hecho a la cara?
   - Se le parece, pero no es “El Grito“ - contestó el subsecretario-. Y no es de Munch. Lo han pintado un siglo antes de tiempo. Y en España.
   -Esa cara... conozco ese estilo -se extrañó Amelia-. ¿Goya?
   -El rostro del “Hombre desesperado ante un niño muerto“ -asintió Velázquez, agradablemente sorprendido por los conocimientos de la joven-. Una miniatura de Goya poco conocida. No debería haber sido pintada hasta treinta años después. Y el paisaje de fondo, un siglo más tarde.
   -Vaya mezcla... Velázquez, esto tenía que pasar -consiguió bromear Julián-. Tanto estudiar a los pintores de todos los tiempos...
   -¡Me ofendéis! Nunca llevo ideas de una época a otra. A diferencia de otros -añadió con retintín-, respeto las normas.
   Julián se dio por aludido y estuvo a punto de replicar agriamente, pero la voz autoritaria de Salvador les interrumpió:
   -“Último lamento“. Esta obra no debería existir. Pero aquí la tenemos, y lleva una anotación en el reverso: dice que Goya la dejó inacabada al morir, en Febrero de 1793.
   Amelia le miró con extrañeza.
   -Goya no debería haber fallecido en esa fecha. Enfermó, pero sólo quedó sordo.
   -¿Por eso en este cuadro se tapa los oídos? -dedujo Alonso.
   -Será mejor asegurarse -afirmó Salvador-. Tal vez tengamos que intervenir para que no muera antes de tiempo, como en el caso de Lope. Julián, usted se encargará del diagnóstico.
   -Necesitaré unos días para documentarme -objetó el enfermero-. Puedo examinarle, pero no soy médico.
   -Tome los libros que necesite y llámenos si necesita ayuda, pero hay que partir ya. En aquellas fechas, Goya estaba de viaje en Sevilla. Hemos identificado una puerta que les dejará allí, pero poco antes de que regresara a Cádiz. El viaje será mucho más largo si no se apresuran.
   Julián suspiró con resignación.
   -Sí, señor.  
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(Sevilla, Febrero de 1793)
  
   -Se ha traído media biblioteca -gruñó Alonso-. Y decían que la loca de los libros eras tú...
   -Los va a necesitar -replicó Amelia, paladeando el café que les había traído un criado-. Se ha escrito mucho sobre la enfermedad de Goya, pero no se sabe nada claro. Toda ayuda va a ser poca.
   -Si estaba enfermo, ¿por qué viajaba justo ahora?
   -Para curarse en un balneario en Cádiz. Además, estaba organizando allí una exposición de homenaje póstumo, para una pintora de la Academia de San Fernando: Anna María Mengs...
   -¿Existen mujeres pintoras en esta época? -se asombró el soldado.
   -¡Y en la mía! -intervino Velázquez, ofendido por tal ignorancia-. La pintora oficial de Felipe II era Sofonisba Anguissola, ¡dos reyes antes que yo!
   -Ya... y vuesa merc... usted, don Diego -cambió de tema Entrerríos, algo molesto-, ¿cómo ha conseguido que nos reciban tan fácilmente?
   -Tengo contactos aquí -sonrió Velázquez-. Soy de Sevilla.
   -Sí, pero de hace siglos. Igual que yo.
   -Hay cosas que no cambian demasiado...
   -¿Visitas frecuentes al círculo de Goya, más bien? -Amelia le miró con complicidad-. Tranquilo, le guardaré el secreto. Por cierto, ¿por qué ni usted ni Alonso tienen acento andaluz?
   -En mi época no estaba bien visto en la Corte -contestó Velázquez altivamente-. Ningún deje de provincias: ni andaluz, ni gallego, ni asturiano... para ser tomado en serio, había que hablar como en Madrid.
   -Lo mismo sucedía entre los oficiales de cierto rango; yo era capitán -intervino Alonso, probando el café con cautela. Torció un poco el gesto: aquel brebaje era amargo, pero en el Ministerio había comenzado a acostumbrarse al sabor-. De todos modos, el acento andaluz de hace siglos no se parecía al de ahora. Ya habéis oído el habla de las sirvientas de esta casa.
   -No todas -recordó Amelia distraídamente: estaba maravillada por los libros que contenía la biblioteca de su anfitrión, el historiador y crítico de arte Agustín Ceán Bermúdez. Tratados sobre pintura, arqueología romana, diccionarios de arte, ¡escritos de su propio puño y letra!-. Hay un criado que no...
     El sonido de unos pasos les interrumpió. Se levantaron para recibir al dueño de la casa.
   -Señora, agradezco que su hermano Julián haya accedido a examinarle -saludó Bermúdez, con tanta cortesía como alivio-. Don Paco había mejorado mucho este invierno en Cádiz, pero al venir a Sevilla ha vuelto a recaer. Necesita ver a su médico, pero no está en condiciones de emprender el viaje de regreso a Cádiz. Y aquí no podré conseguir un especialista de ese nivel hasta pasado mañana.
   -No es molestia, don Agustín; don Paco es un viejo amigo de mi marido, al fin y al cabo -Amelia cruzó una mirada cómplice con su "esposo" Velázquez, que parecía realmente halagado por su papel en la misión-. Confío en que mi hermano pueda ser de ayuda: es un buen médico.
   -Por cierto, veo que usted también aprecia el arte -intervino Velázquez, recordando su cometido-: si no tiene inconveniente, mientras aguardamos a mi cuñado Julián, desearíamos pedirle un favor...
  
* * * * * * * * * *

   Julián entró en la alcoba disimulando su nerviosismo. Una cosa era saber quién era su paciente; otra, verlo en persona. Era él; había visto los retratos. Era Francisco de Goya. Y si no tenía éxito, podía morir en sus manos. Sólo de pensarlo se echaba a temblar; más que por sí mismo, por Amelia, la responsable de la misión.
   -No está consciente del todo -observó su anfitrión-. Es extraño; ayer lo estaba.
   El enfermero comprobó el pulso y la temperatura; débil, acelerado, febril. Como era de esperar.
   -¿Es fumador? -inquirió al revisar las manos.
   -Empedernido.
   El amarilleo de los dedos de la mano izquierda era evidente: nicotina. Pero las yemas de la mano derecha presentaban un tono ajado más claro, grisáceo. Habían estado en contacto con otra sustancia tóxica diferente. Pero ¿cuál?
   -¿Le habló del diagnóstico que le dieron en Cádiz?
   -Sí. Ha perdido completamente el oído, aunque él dice escuchar zumbidos persistentes. Le falla el equilibrio; no puede caminar. Se le está nublando la vista. Y... hay un tema que requiere discreción...
   -No se preocupe; la confidencialidad de mis pacientes es sagrada.
   -Me ha confesado que padece... gálico. El mal francés.
     El enfermero asintió: sífilis. La maldita enfermedad asociada a ciertas diversiones, y empezaba a desesperar de encontrar un artista español que no se aficionase a ellas. Examinó las pupilas del enfermo: no reaccionaron a la luz de la vela. Si era lo que parecía, estaba en la fase final.
   Julián no era un experto, pero gracias a la biblioteca y a un médico del Ministerio, sabía qué tres dolencias debía buscar: tabes neurosifilítica, intoxicación por mercurio y saturnismo. De momento, parecía haber encontrado la primera. Aunque solamente había una manera de asegurarse.
   -Tendré que examinarlo bien. Si no le importa...
   Su interlocutor asintió y se alejó hacia la puerta. Sabía que se trataba de una enfermedad de transmisión sexual.
   -Si necesita algo, llámenos. Dejaré un criado esperando aquí fuera.
  
* * * * * * * * * *
  
   Velázquez mostró a sus acompañantes el lugar que había solicitado visitar.
   -Así que Goya ha estado pintando en este estudio -sonrió Amelia, algo emocionada.
   -Sí. Aquí encontré el óleo de nuestra misión -confesó el pintor-. No me lo esperaba. Sólo sabía que Ceán Bermúdez estaba preparando una enciclopedia sobre los pintores más relevantes de España y...
   -Comprendo -rezongó Alonso-: quisisteis aseguraros de figurar en ella.
   -Es natural -presumió el pintor, mientras el soldado intentaba contener un gruñido-. ¡No puedo faltar!
   -Al trabajo -les recordó la joven-. La salud de Goya mejoró en Cádiz, pero empeoró de nuevo al llegar aquí. O le afectó el viaje, o algo que hay en este lugar. ¿Con qué se confeccionan las pinturas?
   -Aceite de linaza. Carmín. Ocre. -Velázquez iba señalando los componentes, realmente complacido por tener espectadores-. Cáscara de nuez molida, para el color de la piel humana. El anaranjado procede de tierras que contienen óxido de hierro.
   -¿Y el azul? La pintura del "Grito" contiene azul...
   -En esta época todavía lo consiguen con arseniato de cobalto. Yo no: en el siglo XXI aprendí que es venenoso. Así que en Las Meninas uso lapislázuli.
   “Azul, arseniato de cobalto“ anotó Amelia en su lista de sustancias sospechosas.
   -¿El verde?
   -El más famoso es el veronés. Pero desde que supe que contiene arseniato de cobre, ya no lo uso: prefiero mezclar azul y amarillo.
   -Qué manía con el arsénico -se sorprendió Alonso-. ¿Tanto os gustan los venenos en Palacio?
   -A mí no me miréis. Yo realizo todas las mezclas a partir de muy pocos colores: ahí está mi mérito. Mirad qué pocos tonos tiene mi paleta en Las Meninas. Y ninguno tóxico. Con una excepción: el blanco de España. Ah, y el amarillo Nápoles. Contienen plomo, pero aún no les he encontrado un buen sustituto.
   Amelia continuó tomando anotaciones: “Verde, arseniato de cobre. Blanco y amarillo, plomo“. Velázquez les echó una ojeada y asintió.
   -La mitad de los colores son tóxicos -se exasperó Amelia, volviéndose hacia su otro compañero... pero éste había desaparecido. ¿Dónde estaba Alonso?
  
* * * * * * * * * *

   Julián aprovechó la ausencia de su anfitrión para preparar el material sanitario del siglo XXI: guantes de látex, agujas hipodérmicas, una sonda y viales para muestras. Antes del viaje se había reunido con un médico del Ministerio para prepararse: si los libros sobre Goya mencionaban la sífilis, más valía llevar encima el antibiótico adecuado. Administró los medicamentos por vía intravenosa, tomó las muestras y las guardó en el maletín isotérmico. Pensaba hacerlas analizar en el Ministerio, pero... ya puestos, ¿por qué no?
   Había preparado algo más: un pequeño vial de ácido. Sólo era una curiosidad, pero tenía muestras de sobra, y siempre había querido hacer el experimento. Desde que, en sus tiempos de estudiante, el profesor de las prácticas de laboratorio les comentó un dato anecdótico:
   “El plomo precipita con ácido clorhídrico. Pero hoy en día, no es habitual encontrar una intoxicación tan importante como para que este dato resulte útil por sí solo...“
   El enfermero vertió unas gotas del ácido en una muestra de su paciente, contempló el resultado en el fondo del tubo de vidrio y asintió, impresionado. No, en su tiempo, no. Pero en el siglo XVIII, sí.
   "Saturnismo: intoxicación por plomo. Dos de las tres causas, confirmadas".
   Distraídamente, desechó el resto del ácido clorhídrico en el vaso medio vacío que había sobre la mesilla de noche, pensando llevárselo y reemplazarlo por otro lleno de agua fresca. Pero por el rabillo del ojo notó algo extraño y se volvió para mirarlo mejor. Ahogó una exclamación cuando vio lo que estaba sucediendo en el fondo del vaso.
   "Plomo en el agua. El plomo no tiene sabor... ¡Le están envenenando!"

   Entonces el paciente comenzó a delirar.
   -Es ella. Su retrato. El lecho que habíamos compartido. ¡Ella está en todas partes!
   A Julián se le erizó el cabello. Conocía aquellos pensamientos. No era posible...
   -¿Cómo... cómo dice?
   -Son fantasmas. No: sólo están en mi mente. Sé que no son reales. ¡Pero no puedo librarme de ellos, porque están en mi mente!
   -Por favor... me está asustando, ¡despierte!
   -Los ruidos... rugen sin parar, ¡y sé que nunca volveré a oír nada real! ¡Sólo a los fantasmas!
   La fiebre había remitido, gracias al antipirético. Al sacudirle con suavidad, el enfermo despertó.
   -Hola, soy... -con impotencia, Julián comprendió que Goya no podía oírle. Vocalizó más despacio, esperando que en tan pocas semanas hubiese aprendido a leer los labios-... Julián. El nuevo médico.
   -Te vi. En la casa de locos. Eras yo. Y ella había muerto. ¿Por qué no la dejas descansar en paz?
   El enfermero retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. El pulso le latía con fuerza en las sienes. No sabía qué responder a aquella mirada febril, fiera, amenazante. Sólo asintió como un autómata.
   -Mis fantasmas no tendrán descanso -Goya se derrumbó de nuevo-. Pero ella sí. Déjala en paz.

(CONTINUARÁ...)




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