21 mayo 2015

MdT: Un acto de locura (V)



   - Nos gobierna una panda de corruptos. Para que ellos vivan bien, el pueblo está cada vez peor.
   - Y mire los periódicos: ya no dicen nada, sólo sirven al poder. ¿Creen que así los españoles no nos daremos cuenta de que la economía se hunde? El pueblo cada vez aguanta más recortes, para los caprichos del Gobierno y de sus amiguitos de Europa...
   - Eso es lo peor. ¿Por qué aguantamos que vengan del otro lado de los Pirineos a decirnos lo que tenemos que hacer? Sobre el papel, España es un país soberano... pero en la realidad, no. ¡Este gobierno traidor nos ha vendido!
   - Y Fernando VII, que prometía el cambio, ha salido igual. Sólo hemos cambiado de collar, no de perro...
   Julián no daba crédito a sus oídos. Exceptuando el nombre de Fernando VII, las conversaciones que iba captando entre la multitud podrían perfectamente haber tenido lugar en el año 2015.
   "Parece un chiste" pensó, conteniendo una carcajada irónica. "Tanta lucha en el siglo XIX, ¿para esto? ¿para seguir casi igual dentro de doscientos años?“
   Apartó la idea de su mente. No estaba siendo justo. En el 2015 había otras salidas: no era el mundo ideal, pero tampoco tan violento como en tiempos pasados...
   Era el 1 de Mayo de 1808. Se estaba poniendo el sol. Sería la última noche de paz (tensa, pero paz) que vería España en mucho tiempo. Apretó el paso: no tenía tiempo que perder.

    - Amelia, tienes que volver. ¡A la puerta, rápido!
   - ¿Cómo puedes decir eso? -se escandalizó su superior-. No podemos dejar aquí a Alonso, ni al espía que ha herido. Y su cómplice todavía puede escapar... ¡tú tendrías que estar vigilando esa salida!
   - Yo me encargo de ellos. Tú vuelve al Ministerio: todavía estás a tiempo...
   - No me intentes dar órdenes, Julián. Yo estoy al mando.
   El enfermero dudó. Sabía que lo que iba a decir podría tener exactamente el efecto contrario al que deseaba. Pero no le quedaba otra opción.
   - Amelia, si no sales ahora, no podrás volver. Sabes que una tropa de franceses, cargados de armas y de pólvora, va a pasar la noche al otro lado, en la ermita. Y ya te puedes imaginar lo que esa mujer hará con ellos en cuanto se duerman. Han matado a su hijo: no va a salvarse ni el apuntador. Esa ermita y esa puerta van a estallar de un momento a otro...
   - ¿Cómo puedes pensar que voy a volver sin vosotros? ¿Cuándo he hecho yo algo semejante?

   El abrazo sorprendió a Amelia: Julián nunca se había comportado así. El hombre la estrechó como si no le importara nada más en el mundo; como si no hubiera mundo a su alrededor. Le acarició el cabello por primera vez; pero extrañamente, lo estaba haciendo como si fuera la última. ¿Se estaba despidiendo?
   - ¿Qué... qué te sucede...?
   - Mañana es 2 de Mayo. El famoso 2 de Mayo. De 1808.
   - Dios mío... y es una puerta en bucle... -Amelia no tuvo que obligarse a reaccionar: su mente ya se había puesto en marcha por sí sola, y a toda velocidad-. Es ideal para eliminar enemigos: nos atraen hasta aquí, y los combates hacen el resto. ¡Sabían que les seguíamos! ¡Querían matarnos desde el principio!

Julián se separó de ella y asintió. En sus ojos brillaba otra vez algo inquietante. Como en la galería de tiro.
   - ¿A dónde se los han llevado?
   - A Alonso, a la prisión del Viejo Puente de Toledo-contestó Amelia, preguntándose qué podía esperar de aquella extraña mirada-. Al espía, al Hospital General.
   - Bien. Yo me encargo -Julián la agarró del brazo sin contemplaciones y la llevó a rastras en dirección a la puerta- Tú te vas.
   - ¡Suelta! ¡Me haces daño!
   - Con que me quede yo será suficiente. No te necesito aquí. ¡Tienes que volver, quieras o no!
   Entonces lo vieron: el segundo sospechoso. Junto a la puerta. Julián soltó a su compañera y sacó el revólver.
   - ¡Alto o disparo!
   Pero el hombre les llevaba demasiada ventaja, y lo sabía. Con una sonrisa retorcida, giró la llave y abrió la puerta. Iba a dejarles encerrados allí. ¿A cuánta gente le habría hecho lo mismo?
   Ella también sacó su arma. Pero el hombre no se dejó intimidar por los dos agentes. No había otra opción: ignorando el gentío (que, por suerte para ellos, todavía prestaba atención a la detención de Alonso en el callejón vecino), Amelia y Julián apuntaron y dispararon. Nadie les oyó: ambos habían tomado la precaución de dejar puesto el silenciador.
   El desconocido rugió, con dolorida sorpresa: había subestimado a aquel par de novatos. En sus miradas nerviosas había notado que lo eran: tenían miedo de utilizar sus propias armas. Tal vez por eso no le habían disparado a matar, sino a las piernas. O quizá, simplemente, tenían mala puntería. Pero la puerta ya estaba abierta; a rastras, el espía consiguió cruzar.
   - ¡Corre! -ordenó Amelia.
   Fue inútil: estaban demasiado lejos. Por un pelo, no consiguieron alcanzarle antes de que huyera al otro lado y cerrara el paso. Le oyeron echar la llave. Era demasiado tarde. O tal vez no: Amelia guardó su arma y sacó las ganzúas de Irene...
   Entonces sonó una explosión ahogada. Las junturas y la cerradura de la puerta despidieron humo. Amelia ahogó un sollozo: había sufrido una quemadura en la mano derecha, la que intentaba forzar la cerradura.
Julián guardó el arma y forcejeó con la puerta. Se abrió, medio rota, pero sólo para mostrar una pared cegada y ennegrecida.
   - Lo siento, Fraila -murmuró-. Al menos, vengaste a tu hijo. Descansa en paz.
   Le sobresaltó la voz de Amelia, a su espalda:
   - Es mejor así. Ayudemos a Alonso -el tono de la mujer se volvió frío como el hielo-. Es la última vez que desobedeces una orden. Esto no se puede repetir. O yo misma te haré encerrar en Huesca.
   Julián la miró con tristeza y asintió.
   - A la orden -el enfermero dio la espalda a la inútil puerta y volvió a abrazar a su superior, desoyendo las protestas de ésta-. Si es que conseguimos volver. 
 (CONTINUARÁ...)

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