26 mayo 2015

MdT: Un acto de locura (VI)


   (Madrid, 1 de Mayo de 1808, 20:00 horas)
    Tres franceses. Dos flanqueaban a Amelia, impidiéndole salir de la posada. El tercero intentaba cortarle el paso a Julián.
   "Sólo hay una cosa que odie más que a un caradura propasándose con las mujeres" pensó el enfermero con fastidio: "¡varios, de uniforme y borrachos! Y las peleas no son lo mío..."
   En fin, no estaba allí Alonso para salvarles la papeleta, y ya era tarde para huir. Así que Julián hizo lo único que podía: luchar sucio. Lo cual sólo había hecho dos o tres veces en su vida, pero tendría que servir. Empezó con un cabezazo bien dirigido al tabique nasal: ¡un francés menos!
   "Al menos, tiene alguna ventaja que estén borrachos", se consoló Amelia, consiguiendo encajar una patada en la entrepierna del más torpe de sus acosadores. Pero el tercer soldado, un enorme granadero, parecía más resistente al alcohol: esquivó el silletazo de Julián (que había quedado algo aturdido por su propio cabezazo, al fin y al cabo), derribó al enfermero de un buen gancho e hizo presa en la joven.
   "Y pensar que nos hemos metido en esta posada para no llamar la atención", suspiró Amelia con fastidio. Estaba a punto de sacar el revólver, cuando un puño cruzó ante su vista como una exhalación. De pronto, el francés había desaparecido de su campo visual.
   - ¿Qué ha sido eso...?
   - ¿Está bien, señorita? -se interesó uno de los dos enormes camareros que habían acudido en su auxilio; parecía dolorido por el tremendo puñetazo que él mismo acababa de asestar-. Soy José Muñiz. Éste es mi hermano Miguel, y éste nuestro jefe...
   - José Fernández Villaamil. Disculpe esto -se excusó el dueño de la posada, de bastante más edad que sus ayudantes-. Hace meses que no paran de venir a Madrid soldados franceses, voluntarios españoles... todos con ganas de gresca. Así no hay manera de llevar un negocio honrado.
   - ¿No le darán problemas cuando despierten? -se inquietó Julián, levantándose.
   - No creo. Si están lo bastante sobrios para acordarse de esto, les invitaré a más vino y asunto resuelto. ¿Usted también ha venido a alistarse?
   - Como médico. Soy el doctor Julián Martínez, y ella es mi hermana Amelia, de Barcelona. Debo ir al Hospital General hoy mismo...
   - Pues más vale que se apresure: es casi de noche. Si viene de fuera, supongo que no conocerá el camino. Le acompañará Miguel.
   - Y yo tengo que ir al penal del Viejo Puente de Toledo ahora, sin falta -intervino Amelia-. En cuanto mi hermano y yo reservemos habitaciones aquí, si tienen ustedes alguna libre.
   Los tres hosteleros enmudecieron de asombro: ¡una mujer, sola, al penal, y casi de noche! No habrían quedado más atónitos si la hubieran visto transformarse en un dragón.
   - A mí también me desagrada -se excusó Amelia-, pero no nos queda otro remedio. Hemos perdido a nuestro sirviente cuando nos ha sorprendido un tumulto, y ése es el único sitio donde no le hemos buscado todavía. Mi hermano no puede perder el tiempo en eso; llevan horas esperándole en el hospital.
   - No es bueno ir sola un sitio como... ése. José Muñiz le acompañará -decidió el jefe, mientras el interpelado asentía con aire preocupado y algo escandalizado: ¿tan difícil se estaba volviendo conseguir clientes normales?

* * * * * * * * * *

   - Vamos a ver, Mariano, ¿cómo piensas fugarte?
   - Con un truquito de cerrajero -contestó el criollo-. Es mi oficio.
   - ¿Y eso funciona en tu país? -Alonso miró las rudimentarias ganzúas caseras con escepticismo. Ni creía que fuesen demasiado efectivas, ni que aquel joven de rasgos casi europeos fuera realmente originario de Perú-. Esta cerradura es de buen acero toledano...
   - Los españoles, siempre con lo mismo -gruñó su compañero de celda-. Si tan bueno es todo lo vuestro, ¿por qué a la gente de vuestras colonias la tratáis como a inferiores? ¿Sólo por nacer en otro sitio? Mi tierra también es de España y paga impuestos, ¿no?
   - No me refería a eso. Pero ya que lo dices, ¿tan diferente es el trato?
   - Y la ley. Más de lo que imaginas -gruñó Mariano Córdova-. Es injusto: soy patriota como el que más. De hecho, estoy preso por apoyar al Rey en Aranjuez. Si consigo abrir esto...

   Alonso le previno con un gesto. Justo a tiempo: unos pasos se acercaban. Una mujer, a juzgar por la algarabía y los obscenos piropos que salieron de las celdas vecinas. No le sorprendió la llegada de Amelia, pero sí la del desconocido que la acompañaba. ¿Quién era?
   - Cinco minutos. Y ya estoy haciendo mucho, a estas horas -el carcelero dirigió a la joven una sonrisa lasciva-. Me debes una, guapa...
   - Ah, ¿seguro que no prefieres el dinero? -se burló Amelia altivamente.
   El hombre acabó por retirarse, convencido por la fiera mirada de José Muñiz y, sobre todo, por el sonido y el peso de la bolsa. "No falla" sonrió ella con desdén. "Somos españoles: donde haya dinero, que se quite lo demás".
   - ¿Dónde está Julián? -se extrañó Entrerríos.
   - En el Hospital General, atendiendo a tu "amigo" -Amelia se acercó a los barrotes y tendió dulcemente las manos a Alonso.
   - Llevad a ese hombre al Ministerio y no me esperéis -contestó él, correspondiendo con extrañeza al cariñoso gesto de la joven-. Esa puerta está en bucle... ¿qué te ha pasado en la mano?
   - La puerta, precisamente -la joven continuó estrechando la mano de Alonso con su izquierda; la derecha le molestaba, a pesar del vendaje que había improvisado Julián-. Hubo un incendio. No podemos volver.
   - Calma; vamos a ver... tiene que haber más puertas... -Alonso comenzó a pensar a toda velocidad, con el corazón en un puño-: sí, aquel funcionario, Carrasco. Cerca de la Fonda del Oso. Nuestro primer viaje.
   - Sí, ya lo he pensado. Pero hay algo más -Amelia miró a su acompañante y al de Entrerríos, inquieta. Con ellos delante, no podía hablar libremente-. Hay disturbios. Por eso te han traído aquí directamente: están llenos los calabozos de los alguaciles, y el otro penal. Alonso... ten paciencia. Hablaré con Goya. Tiene contactos en la Casa Real. Pero tendrás que esperar aquí un par de días.
   - ¿Cómo puedes decir eso...?
   No hubo tiempo de hablar más: el carcelero tiró de los visitantes hacia la salida. Amelia asintió gravemente en dirección a Alonso.
   - Sólo es un malentendido. Estarás fuera en dos días.
   Era imposible. Entrerríos sabía que ni siquiera Goya podría liberarle tan fácilmente: había disparado a un hombre a sangre fría, y delante de testigos. La frase de Amelia tenía que significar, en realidad, otra cosa.
   "Una orden encubierta", comprendió, estrechando lo que su superior había puesto disimuladamente entre sus manos. Las "llaves mágicas" de Irene, nada menos.

* * * * * * * * * *

   - ¿El hombre herido en ambas rodillas? ¿Es familiar suyo?
  - Sólo un compañero de viaje -Julián puso su mejor cara de inocencia-. Pero estoy inquieto por él: íbamos a alistarnos juntos, como voluntarios.
   El cirujano movió la cabeza tristemente.
   - Se puede ir olvidando de combatir. Tardará en andar, y probablemente cojeará toda su vida. Le han destrozado las rótulas. Acompáñeme, por favor.
   El herido estaba consciente, pero no reconoció a Julián; al fin y al cabo, el enfermero había pasado todo su tiempo en Sevilla atendiendo a Goya, y sólo se había cruzado con un sirviente. El del piso superior, el espía que había terminado sus días en la explosión de la ermita.
   Este otro sospechoso debía ser el encargado de vigilar al resto de la patrulla, en el piso inferior: por lo tanto, no conocía a Julián. Había sido un acierto que fuese éste, y no Amelia, el encargado de la visita.
   - ¿Puedo irme ya a casa? Mi familia enviará alguien a recogerme...
   - Me temo que no podrá partir esta noche -contestó Julián, una vez el cirujano les dejó a solas-. Órdenes del médico.
   Los ojos del herido reflejaron terror. Era obvio que sabía dónde se había metido, y que deseaba desesperadamente huir por la puerta en bucle antes de la medianoche. Julián disimuló su repugnancia: aquel hombre había intentado abandonarles a la muerte y poner pies en polvorosa. No quería imaginar con cuánta gente, honrada o no, habría hecho lo mismo.
   En cambio, pensó otra cosa. Bastante retorcida, a decir verdad. No era como para estar orgulloso. Pero era la ocasión ideal: el herido todavía no sabía que su puerta estaba destruida, ni que su compañero de fechorías había ardido con ella.
   - A no ser que... tengo un medicamento experimental. Es increíble lo que puede hacer. No lo tengo permitido, pero si usted se atreve...
   El espía cayó en la trampa y se dejó hacer. Julián le inyectó el pentotal sódico y comenzó el interrogatorio.

* * * * * * * * * *
   (Madrid, 2 de Mayo de 1808, 07:00 horas)
   - ¿Qué? ¿Ese hombre sirve a Leiva? -exclamó Amelia, olvidándose por un momento de mirar a otro lado.
   A Julián no le importó: lo mismo le daba cambiarse de camisa solo que acompañado. Pero ella enrojeció hasta las orejas y desvió la vista hacia la ventana del dormitorio. Amanecía: el día era frío y gris.
   - Sí, pero no Armando Leiva. Mencionó un nombre extraño: Fidel de Leiva. Puede ser un seudónimo.
   - Sí, tal vez. "Fidel" significa "fiel". El nombre que se pondría un seguidor.
   La joven se aseguró de que su compañero estuviera de espaldas, se quitó el camisón y comenzó a vestirse.
   - Seudónimo o no, sólo sabe que su superior dice llamarse así. Con la droga que le di, no puede mentir.
   El enfermero se estiró con satisfacción: ¿cómo no se les había ocurrido antes la excusa de presentarse como hermanos? ¡Una cama para cada uno, en vez del suelo! Sus vértebras lumbares le estaban agradeciendo el descanso. Efusivamente. A cada movimiento.
   - Alonso estará a salvo hoy, si me hace caso -informó la joven-. Goya creo que no participó en los combates, pero vayamos a asegurarnos: vive demasiado cerca de la Puerta del Sol, y allí habrá peligro. Si es que nuestro espía sigue controlado. Debiste haberme contado todo esto anoche.
   - Estabas dormida cuando llegué. No te preocupes, ya hablaremos más con él. No se va a escapar: le di somníferos como para toda la noche y buena parte del día. Sin contar cómo tiene las piernas.
   - Y dices que viene de la misma fecha en la que me hirieron -reflexionó Amelia, frotándose la cicatriz del brazo-. Es como si nos siguieran... ¿por qué?
   - Hay alguien de Leiva que me la tiene jurada -murmuró Julián, pero desechó la idea-. No puede ser: está en el penal del Ministerio.
   - Sí. Le he visto hace poco. Sigue preso -su compañera parecía preocupada-. Tú le metiste allí. ¿No te inquieta que se fugue y...?
   Julián sonrió con resignación.
   - De momento, no podemos hacer más. Ya puestos, ¿no te preocupa lo que nos espera hoy? -dudó un poco antes de continuar-. Y esta noche, ¿no te ha inquietado pasarla a solas con un loco? Sé lo que la gente de tu época opinaba sobre... mi problema.
   Amelia le miró con dulzura. Parecía un poco dolida.
   - ¿Cómo puedes pensar eso de mí? Yo no soy como los demás.
   - Amelia... ¿no temes que vuelva a fallarte? Como las otras veces.
   Ella lo volvió a notar, sobresaltada. El brillo inquietante en los ojos de su compañero. ¿Era una amenaza? ¿O era miedo?
   - ¿Quieres hablar de eso? -la joven intentó ocultar su aprensión: necesitaba saber más-. Dicen que a veces, hablar hace bien.
   Él asintió. Tenía un nudo en la garganta.
   -Eres mi responsable. Cualquier fallo mío te puede salpicar. Puedes... -el subsecretario le había prohibido hablar de ello, pero no podía callar más-... acabar mal. Encerrada allí. Por mi culpa.
   Amelia se relajó de golpe: por un momento, se había asustado. Pero lo que acababa de escuchar le iluminó el rostro.
   - Así que vuelves a confiar en mí.
   - ¿Yo? Claro que sí -Julián estaba perplejo-. Eres tú quien no debería...
   Ella le interrumpió con un abrazo. Al fin era sincero con ella, por encima de las órdenes de Salvador. Su equipo, unido de nuevo. Así estaba mucho mejor.
   - Tú no estás loco, sino triste. Muchísimo. Y lo siento de verdad. Pero sí -le estrechó con cariño-. Nunca tuve hermanos, pero ahora tengo dos. Confío en Alonso. Y confío en ti.
   Él le devolvió el abrazo, sin entender nada: "No soy tan de fiar" pensó. Pero por un momento, le invadió la más absoluta paz.
   Era paradójico, lo sabía. Pero al fin y al cabo, paz era lo que le hacía falta. En lo que quedaba de día, la iba a necesitar.

* * * * * * * * * *

   José Muñiz, el mozo de la posada que había acompañado a Amelia al penal la víspera, explicó otra vez la terrible verdad.
   - ¡Se ha vuelto loco! Murat, el que dirige a los franceses. ¡Ha ordenado disparar contra la gente! Hombres, mujeres, niños... ¡hay docenas de muertos y heridos!
   - ¿Dónde? -preguntaron varias voces. A pesar de lo temprano de la hora, la posada estaba llena: la ciudad entera estaba ya en la calle, ávida de noticias.
   - Frente al Palacio Real. Un cerrajero forzó la entrada y descubrió que los franceses iban a llevarse a los infantes: lo único que nos queda de la familia real. El cerrajero dio la alarma, y un gentilhombre desde los balcones también. Los carruajes estaban todavía vacíos. Algunos paisanos usaron navajas para desenganchar los caballos, ¡pero no para matar a nadie!
   - ¿Y los franceses han disparado a la multitud con arcabuces? ¿Cómo han podido...?
   José miró fijamente al que había hecho la pregunta. Era su jefe, acompañado por su hermano Miguel y otros tres ayudantes. Estaban sacando del armario sus propias escopetas de caza.
   - Con cañones -contestó José, tomando un arma también-. Lo he visto yo mismo. ¡Murat ha ordenado disparar a la gente con cañones!

   La indignación corrió como la pólvora. Muñiz y sus cinco compañeros abandonaron su posada, secundados por varios parroquianos. Frente a Correos, esperando noticias de la exiliada familia real, una multitud nerviosa estaba recibiendo voces de alarma similares. La mayoría de los ciudadanos portaba grandes navajas encima, debido al clima de inseguridad constante de los últimos meses; pero el acto de locura de Murat les hizo dar un paso más radical. Se lo tomaron como lo que era: una declaración de guerra en toda la regla. Muchos volvieron a sus domicilios en busca de alguna pistola o escopeta de caza.

   -Temprano empezamos -gruñó Julián, con el corazón en un puño.
   -Justo a tiempo -señaló Amelia-. ¡Hay que detenerlos!
   Goya, un criado de mediana edad y un joven bien vestido hablaban, por voz y por señas, con otros transeúntes. La ira del joven no era menor que la del impulsivo pintor aragonés. Parecían a punto de unirse a la indignación general. Y eso podría cambiar el curso de la Historia.

(CONTINUARÁ...)



1 comentario:

Mari Nieves Galvez dijo...

Los de la posada eran de verdad. Cinco, entre el posadero y los mozos. El mozo José Muñiz fue uno de los pocos testigos que se atrevieron a declarar que los franceses usaron cañones contra el pueblo (los franceses lo negaban).
Esos cinco estuvieron en todos los combates del 2 de mayo! No se perdieron ni uno, estuvieron en todo. Un caso rarísimo!
(Hubo gente que estuvo en varios sitios. Pero no tantos!)