06 mayo 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (3)

Alrededores de Segovia, 378 dC
   Julián conocía muy bien a sus compañeros, y a aquellas alturas ya anticipaba perfectamente cuándo iba a estallar la discusión. Esta vez, las nubes del ánimo se le antojaban tormentosas:
   - ¿Qué le pasa a mi bigote? -se quejó amargamente Alonso-. Me ha llevado muchos años cultivarlo.
   - Pasa que pareces un godo, que son los enemigos de los romanos. Si hay una cosa que un legionario no llevaría es un bigote como el tuyo, y mucho menos un centurión. Te miran extrañados en todas las poblaciones...
   - Pues a las hispanas parece gustarles...
   Los preparativos tocaban a su fin. Los largos, larguísimos preparativos... Llevaban seis meses viviendo en el siglo IV. La puerta que Amelia había localizado en el Ministerio alternativo les había dejado en Bergidum, lo que en su época se conocía como El Bierzo. En aquellos tiempos era una localidad bastante animada, llena de trabajadores y legionarios, debido a la presencia de unas ricas minas de oro. Los sestercios, sin embargo, ya se los habían procurado antes de salir del siglo XXI.
   No se quedaron allí demasiado tiempo: Amelia se los había llevado enseguida al bosque, donde Alonso se encargó de que sobrevivieran los primeros días. Utilizando la cómoda red de caminos romanos, habían ido recorriendo la ruta hasta Legio Gemina, Dessobriga, Pallantia y Septimanca, sin demasiada prisa, en jornadas de viaje cortas y espaciadas. La razón, evidentemente, era que Amelia era la única que sabía hablar latín, y durante todo aquel tiempo había estado dando un curso acelerado e intensivo a sus compañeros de viaje.
   A Julián el latín le había parecido un tostón mayúsculo ya en el colegio, pero tras 180 días sumergido mañana, tarde y noche en aquella lengua podía decir, con el corazón en la mano, que lo aborrecía. Alonso tampoco era el mejor alumno, aunque había captado el vocabulario castrense de forma rápida.
   - Decursio albata -decía cada mañana al ponerse la túnica-, lorica squamata -apuntaba a su armadura de escamas casi como si estuviera rimando-. El gladius bien puesto a la izquierda, el cassis -el casco- en la testa, con la crista de lado -esto último lo añadía por lo general riéndose un poco de Julián, que había insistido mucho al principio en que los romanos llevaban la cresta del casco de adelante atrás, hasta que la evidencia de otro centurión con el que se habían cruzado había dejado claro que no todo lo que se veía en las películas de Charlton Heston era fidedigno.
   Ambos habían tratado de absorber todo lo posible las lecciones de Amelia, que se mostraba a la par paciente e insistente. Pero la Patrulla al completo había aprendido realmente a hablar el latín de verdad, y no el de los libros de texto o los discursos de Catón, al entrar en los pueblos y hablar con la población: aquello sí que les había obligado a ponerse las pilas a todos, y les había demostrado que, en Hispania, todo el mundo hablaba con acentos extraños, que el latín era la lengua común pero no necesariamente la lengua materna de casi nadie, y que incluso muchos legionarios y magistrados hablaban como podían para hacerse entender.
   Habían invertido mucho tiempo en aquella misión preparatoria, pero Amelia les había convencido de que valdría la pena.
   - Si conseguimos darle la vuelta a todo lo que está mal, nada de esto habrá ocurrido. Lo que sea que hizo estallar las puertas en nuestra época, el cambio fundamental, se invertirá. Da igual si tardamos siete meses o siete años: los recuperaremos cuando todo vuelva a ser como debe.
   Así que Alonso, finalmente, aceptó rasurarse. Amelia creía que, de todo lo que tendrían que hacer para devolver la Historia a su curso normal, aquello iba a ser lo más complicado: se las habían de ver nada menos que con un futuro emperador. El plan era acercarse a Cauca, donde Teodosio había nacido, y tratar de hacerse un hueco en su gran domus, algo similar a lo que habían hecho en su última misión en Portugal. Incluso si sólo uno de ellos lo lograba, lo importante era establecer un punto de entrada en la casa. Y luego... habría que improvisar.

   Poco sorprendió a Julián que el plan se diese la vuelta desde el mismísimo inicio. Se encontraban aún a dos millas de Cauca cuando avistaron una especie de carruaje detenido junto al camino. Estaba techado y sus costados se cubrían con cortinajes de seda que escondían el interior.
   - Un carpentum -apuntó Amelia-. Gente noble.
   Al oir aquello, Julián tuvo la intuición de quién podía ir dentro. Un hombre algo más joven que él salió de detrás del carruaje y comenzó a hacerles señales. Su atuendo y su porte eran nobles, pero se le notaba tremendamente atribulado: sudaba copiosamente y no alcanzaba a expresar el motivo de sus cuitas. Un prolongado gemido femenino, casi un grito ahogado, salió del carruaje. Aquella mujer también sudaba, y su postura y la abultada forma de su cuerpo no dejaban lugar a dudas: estaba a punto de dar a luz.
   - ¿Eres partera? -preguntó la mujer, angustiada.
   - No lo es, pero yo puedo ayudarla.
   - ¿Un hombre? -se escandalizó la otra. Pero el proceso estaba ya en marcha y los dolores que le azotaban la columna y el vientre, amenazando con partirla, la impulsaron a aceptar cualquier cosa que pudiera sacarla de aquel trance.
   Su esposo se apartó mientras Julián y Amelia trataban de llevar el parto a buen término: por alguna razón, parecía que la figura de Alonso le inspiraba comodidad. Tras un rato en silencio circunspecto, tal vez para acallar con su conversación los gritos de dolor y esfuerzo de su mujer, empezó a hablar:
   - He luchado en Britania y en Mesia -le dijo-. Pero no esperaba que el nacimiento de un hijo fuera a cogerme tan por sorpresa. Bueno, y a la pobre de mi Elia.
   - ¿Es el primero? -preguntó tentativamente Alonso, y al parecer su acento y su vocabulario no levantaron ninguna sospecha.
   - Sí -el joven se frotó los ojos. Debía hacer días que no dormía bien-. Uno cree que los nueve meses anteriores le prepararán, pero no. Termancia, mi madre, me lo decía: "puedes con la tensión de matar a cien hombres, pero no con la responsabilidad de traer a uno a la vida" -entonces recuperó un ápice de curiosidad-. ¿Dónde está vuestra legión, centurión?
   - En Roma -declaró Entrerríos, que conocía al dedillo la historia que debía explicar. Señaló con la cabeza a Amelia-. Estoy en una misión especial, protegiéndola a... ella.
   La forma del carro tapaba un tanto a Amelia mientras asistía a la parturienta. El joven dio un paso para verla mejor, a ella y a su peculiar atuendo:
   - Es hermosa... Y tiene gravitas, para su edad. Esa ínfula... Y el sufíbulo... -abrió entonces mucho los ojos y se volvió hacia el centurión-. ¡No me digáis que es una vestal!
   - Claudia, discípula de Coelia Concordia.
   - Jamás creí... ¡Pero si nunca dejan las Siete Colinas!
   - Como os decía, una misión especial: estuvimos en el sur, en la Bética, recuperando una reliquia de la sagrada Aemilia que fue llevada hace muchos años como regalo al rey de Tarsis.
   El joven dio por buenas las explicaciones:
   - ¿Y él?
   - Iulianus, médico de campaña. Me ha salvado la vida multitud de veces, y a mis hombres: es al único a quien le confiaría la salud de una vestal. A falta de partera, sus conocimientos serán más que suficientes. Y disculpad que no me haya presentado: Marcus Meridius, primus pilus.
   - Y sin duda pronto magister equitum, recordad mis palabras.
   - No sé si me retiraré tan pronto. Lo mío es el campo de batalla.
   - Sí, os entiendo -el joven quería añadir algo más, pero calló. Entonces se oyó un grito desgarrado, y poco después un llanto. No tardó en aparecer Amelia de detrás del carpentum con una pequeña criatura ensangrentada envuelta en una cortina de seda.
   - Vuestra mujer ya había hecho buena parte del trabajo.
   Amelia hizo un signo misterioso, que el padre del recién nacido interpretó correctamente
   - Es un niño.
   - Querréis ofrecer el divino banquete debido a Picumno y Pilumno.
   - Lo que ofrezca, lo haré al Señor nuestro Dios y a su hijo Jesucristo -dijo con un tanto de frialdad que sorprendió a Alonso, pero no a Amelia-. Tampoco esperaré los nueve días que aguardó mi padre para cogerme en brazos -tomó entonces a la criatura, le miró el rostro arrugado y suavizó al fin el gesto. Fue a ver a su mujer, que jadeaba todavía-. Es mi hijo: proclamo. Es nuestro hijo. Y se llamará Arcadio, el que viene del Paraíso -y les besó tiernamente la frente a ambos.
   - Debemos proseguir nuestro camino -declaró Amelia, "la vestal".
   - Debo oponerme, mi señora. Aunque yo ya no siga los dictámenes de los antiguos ritos, no sólo vuestra alta estirpe sino el favor que nos habéis hecho mandan que os acojamos en nuestra villa. Sed, os lo ruego, nuestros invitados de honor, al menos esta noche.
   - Y quizás alguna más -añadió, con debilidad, su esposa.
   Y así fue como "Claudia", "Iulianus" y "Marcus Meridius", sin buscarlo, ayudaron a traer al mundo al hijo de Flavio Teodosio y fueron invitados por él mismo a dormir bajo su techo. Pero entrar sería lo último que hicieran con facilidad en aquella misión: no iban a ser los únicos en converger entre aquellas paredes, y su aparente golpe de suerte les iba a conducir a la boca del lobo...

1 comentario:

Mari Nieves Galvez dijo...

"...pero tras 180 días sumergido mañana, tarde y noche en aquella lengua podía decir, con el corazón en la mano, que lo aborrecía"
Jaja! Buenísimo!