08 mayo 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (4)

   Mirando al horizonte desde el privilegiado balcón del ala este de la Villa Teodosia, Amelia se recogió un mechón de pelo huidizo y suspiró ante la hermosa vista. Más allá de los campos propios que circundaban la propiedad se distinguían las formas de Cauca, donde casi 8000 personas se afanaban en los últimos quehaceres que permitía la luz del sol. Sus rayos se derramaban a aquella hora con pereza sobre todo el valle, y arrojaban reflejos allí donde corría el agua, particularmente en el lugar en que el río Eresma recibía las aguas del Voltoya. El viento traía una fragancia fresca y limpia, de naturaleza amable y exhuberante, en pleno esplendor estival.
   Ella también se sentía pletórica: casi había olvidado que llevaba seis meses sin ver a sus padres ni tocar un libro, y había empezado a gustarle su papel de vestal. Sobre todo para una viajera del tiempo que llevaba visitadas ya varias épocas, resultaba llamativo (y agradable) el sumo respeto y el cuidado que todo el mundo, noble o plebeyo, militar, sacerdote o mercader, de sangre íbera o romana, ponía al tratarla. No era para menos: incluso en el actual mundo donde cristianismo y paganismo convivían en la Península, las vírgenes vestales estaban entre las personalidades más sagradas de todo el Imperio. Atentar contra la integridad de una de ellas o faltarle el respeto incurría en castigos tremendamente severos, y no era extraño que le costara la vida al ofensor. Amelia podía ir y venir, preguntar, mirar y dedicarse a lo que le placiera.
   "Si no estuvieran casi toda su vida encerradas en el gran templo de Vesta y sus aposentos", pensó, "hasta podría acostumbrarme"
   Volvió a entrar en la casa: ¡qué diferente se veía llena de color, y no con el blanco impoluto con el que se conocía aquella arquitectura en su época! Abundaban los frescos, los azulejos, los mosaicos. No podía relajarse demasiado, sin embargo: Teodosio estaba llamado a ser emperador, aunque aún no hubiera alcanzado aquel grado. Y uno fundamental, por muchas razones, para el futuro del Imperio y de Europa: sería él quién confirmaría el catolicismo como la religión imperial, mantendría a raya a otros aspirantes y a varios enemigos exteriores, unificaría brevemente el imperio de Oriente y el de Occidente... Si el destino de un hombre era clave para que en 2015 España siguiera siendo el centro del Imperio Romano, era el dueño de aquella villa.
   En uno de los salones, tumbados sobre tres triclinios con abundantes cojines, estaban hablando Julián, Alonso y el joven Flavio Teodosio, alrededor de una mesa baja llena de aperitivos y frutas:
   - ¿No me digáis que tuvo...? -preguntaba Entrerríos.
   - ¡Por supuesto! -añadió Teodosio con una carcajada-. Se presentó en Londinium con las cuatro legiones: la Batavi, la Heruli, la Iovii y la Victores. Supo detectar a los traidores sublevados, los depuso, recuperó a los hombres que habían captado a su bando, y luego reconstruyeron la ciudad. ¡Así fue como le hicieron conde de Britania! Yo entonces era un joven soldado, pero ¡cómo aprendía viendo a mi padre! Volvió a Roma, le hicieron Magister Equitum, directamente bajo las órdenes del emperador Valentiniano... Bueno, pues hace 5 años aún lo volvieron a enviar a África, ¡y acabó con otro grupo de traidores!
   - ¿También lo visteis en acción? -preguntó Julián.
   - No, por entonces me habían destinado a Mesia como dux. Los sármatas estaban poniendo en aprietos a la población. Pero incluso allí oía hablar de las proezas de mi padre -Flavio hablaba lleno de orgullo-. ¡Alguna cosa tenía, que los traidores siempre iban a hablar con él pensando que se uniría a su causa! Quizás era el respeto, infundía respeto aun entre los enemigos del Imperio: todos preferían tenerlo como aliado...
   - ¿Y qué pasó entonces? -inquirió con una risa Alonso, deseando oír más batallas del Comes Teodosio. Pero el Teodosio hijo calló y su rostro se ensombreció.
   - Se conjuraron contra él -dijo Amelia. Flavio la miró por un momento como diciendo "¿quién es ésta para hablar?", pero la expresión de su rostro pronto se suavizó, al recordar quién era ella y que, en el fondo, había expresado su propia opinión-. A la muerte de Valentiniano, lo arrestaron con falsos cargos, lo llevaron a Cartago y lo ejecutaron.
   El silencio se adueñó de la sala y el abatimiento cayó sobre los ánimos de los tres hombres:
   - Cosas así me hacen dudar: para qué luchamos -dijo el desengañado Alonso-. Para quién.
   - Por eso abandoné Mesia y dejé mi ducado y todos mis cargos -añadió Flavio-. Más que nunca, necesitaba estar con mi esposa y con mi hermano Honorio. Tener hijos.
   - Buscar sentido -dijo Julián.

   Volvió a entrar entonces en la sala Numerio, el brazo derecho de Teodosio. Se había sorprendido mucho al verles regresar tan pronto de su viaje: la partera que debía atender a Elia Flacila había enfermado de fiebres hacía dos días, y por alguna razón no parecía posible encontrar a ninguna otra en Cauca, así que el matrimonio había decidido coger el carruaje hacia Septimanca. Numerio acogió con afabilidad a los extraños que tan oportunamente se había encontrado su señor en el camino, y había preparado sus habitaciones, pero llevaba un rato desaparecido de las conversaciones en el triclinium.
   - Señor, ha venido a veros un pariente vuestro.
   - ¿Mi hermano? ¡Qué rápido corren las noticias!
   - No, vuestro primo Clemente.
   Flavio Teodosio estuvo a punto de caerse del triclinio por la emoción.
   - ¿Clemente? ¿Aquí? ¿Ahora? ¡Ah, que fabulosa fortuna! Hacedle pasar, ¡sin demora!
   Con una sencilla reverencia, Numerio se marchó, atravesando el patio abierto con el estanque que se nutría de la lluvia. Teodosio estaba contento, pero Julián no pudo dejar de notar que se frotaba las manos con un rastro de inquietud.
   - Os he hablado de mi padre. Bien, pues vais a conocer a un verdadero héroe de Britania y África.
   Enseguida entraron en el triclinium tres personas. O mejor dicho, entró un general romano que dominaba cuanto le rodeaba, con aspecto curtido y paso impetuoso; un alma valiente, indómita y capaz de afrontar cualquier reto, quizás un poco más joven que Teodosio, pero lo que no le ganaba en años lo compensaba en experiencia militar y exigencia. Iba seguido de un armario ropero de dos por dos, ataviado con pieles que apenas cubrían los músculos de sus músculos y armado con una espada inmensa; junto a él caminaba una mujer preciosa, la piel clara y suavemente pecosa, de rasgos tan salvajes como su intrincada melena pelirroja, cuya mirada penetraba los objetos y las personas hasta su mismo espíritu.
   - ¡Mi querido primo! -dijo el general, avanzando hacia Teodosio en cuanto lo vio, y dándole un abrazo franco y firme-. ¡Cuántos años sin verte! Y me ha dicho Numerio que acabas de ser  padre, ¡enhorabuena! Pero veo que tienes invitados... -dijo, mirando con desconfianza a la Patrulla.
   - Dejad que os presente: el centurión Marco Meridio y el médico Iulianus escoltan a la excelsa vestal Claudia en una misión de gran importancia para su culto -el general torció el gesto-. Ya, ya sé lo que opinas de los viejos cultos, amigo mío. Pero sin su ayuda, mi hijo no hubiera venido a mundo con la salud con que ha llegado. Les estoy muy agradecido -tras una breve pausa, les presentó al recién llegado-. Este es mi primo Magno Clemente Máximo, del que sin duda habréis oído hablar.
   Alonso, pillado en falta, supo simular un asentimiento a duras penas convincente.
   - Sí, sí... Sin duda... Britania... y África...
   - Y últimamente en el Danubio. Los paganos de aquella región se están volviendo atrevidos, como tus sármatas.
   - ¿Y quiénes son tus compañeros, Clemente?
   El general cogió de la cintura a la mujer, con una familiaridad casi demasiado íntima. La atrajo hacia él sin que ella se resistiera lo más mínimo; es más, parecía buscarlo, aunque su voluptuoso rostro no abandonara la serenidad que tenía al entrar:
   - Esta es mi esposa, la princesa Elen Luydogg de los britones. Gracias a ella, ahora soy príncipe de aquellas tierras, y el hombre más afortunado por su compañía -parecía a punto de besar a su mujer, pero se contuvo y se refirió al otro-. Y él es su hermano, Conan Meriadoc: dicen que una vez persiguió a un jabalí tan grande como un toro por la mitad de las islas, hasta que consiguió darle caza. También dicen que es mi protector, ahora que soy príncipe de su gente y esas cosas, pero en realidad sospecho que protege a su hermana.
   Conan dibujó una sonrisa torva que podía estar dándole la razón a Magno o sencillamente mostrar que era consciente que habían mencionado su nombre.

   Conan. Meriadoc. Julián estaba haciendo esfuerzos titánicos para no estallar en carcajadas.
   - Propongo que bebamos -dijo Magno despojándose del casco y mostrando una lustrosa cabellera morena, algo más larga de lo que recomendaban los patrones del ejército romano-. ¡Saca tu mejor vino, primo!
   - ¿Qué deseas tomar?
   - Que elija Numerio, ya sabes que siempre ha sabido nuestros gustos mejor que nosotros mismos.
   El hombre de confianza de Teodosio se lo pensó un poco:
   - ¿Un Vienne? ¿Un Balisca? No, ¡ya lo tengo! Un Ceretanum, de la Bética. Creo que ese no lo han degustado los señores.
   - Numerio, te sorprendería lo que tu señor y yo llegamos a trasegar mientras estábamos en Britania. Londinium es una ciudad infecta, apesta como ninguna otra que haya conocido, pero les llega una sorprendente variedad de licores.
   - Ése mismo, pues.
   Se trajeron copas enjoyadas y se llenaron de vino nuevo. Incluso Elen Lyudogg se les unió, y Amelia también, aunque luego sólo dio un pequeño sorbo de lo que resultó ser una especie de antepasado del jerez dulce. Estaban todos a punto de brindar cuando algo se enredó en las piernas: era un perro viejo, que recordaba en parte al zorro y al lobo, y que se restregaba cariñosamente contra el general:
   - ¿Todavía tienes a ese viejo laconio? -dijo Magno admirado, interrumpiendo el brindis-. Debe tener más de 12 años, ya...
   Tanto él como Elen le palmearon el lomo afectuosamente. El perro pronto estaba haciéndole más fiestas a la princesa britona que a su viejo conocido, el general.
   - Está medio ciego, pero sigue teniendo un olfato infalible.
   - Te hace más caso, mi amor, porque ni las bestias pueden resistirse a tu belleza -bromeó Magno-. Pero yo puedo darle algo distinto, ¡toma Laconio! -y le acercó el cáliz dorado al morro.
   - ¡No le des mi vino al perro! -dijo, falsamente indignado Teodosio, dando un puñetazo en el hombro a su primo-. ¡Menudo desperdicio! Yo también le quiero mucho, pero...
   - ¡No bebáis! -gritó Julián y volvió a repetirlo, apartando la copa de la mano de Teodosio a su lado, provocando que Magno y Conan echaran mano a las espadas-. ¡No bebáis! -no estaba seguro de conocer la palabra en latín que quería decir, pero señaló al perro del que, con las bromas, todos habían apartado la mirada.
   El fiel laconio de Teodosio yacía muerto en el suelo. Había caído fulminado apenas dos segundos después de lamer la copa.
   - Venenum.
   Amelia se llevó la mano a la garganta:
   - Yo ya he probado el vino -dijo con un hilo de voz.

1 comentario:

Mari Nieves Galvez dijo...

Conan Meriadoc! Y lo bueno es que existió de verdad. La realidad supera a la ficción! :)