04 mayo 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (2)


   El hombre que se sentaba en la butaca del remozado despacho vestía de manera exótica, pero era el mismo Leiva que había iniciado una revuelta en el Ministerio, el traidor que había tratado de matar a la reina Isabel II, destrozado la vida de Irene Larra, y que se había suicidado lanzándose desde una azotea. Ahí estaba, retornado de entre los muertos por segunda vez: con el cabello y la barba mucho más ralos, y marcado por viejas quemaduras mal curadas, pero no había duda de que era Armando Leiva. ¡A saber en qué año había estado escondido!
   - Julián y Amelia, suspico -dijo desenfundando el revólver, apuntándoles alternativamente y echando la otra mano al pomo del gladius.
   Aprovechando que aún no había visto a su compañero, Folch hizo una discreta señal a Alonso para que permaneciera oculto y no asomara por la puerta del despacho. Entrerrios se congeló donde estaba y, con extremo sigilo, se parapetó.
   - ¿Donde está Salvador? -preguntó Julián.
   - ¿Y qué ha hecho con Angustias? -inquirió Amelia-. ¿Dónde está todo el mundo?
   Leiva les miró con extrañeza, pero enseguida entornó la mirada:
   - No maculéis memoria de hombre bueno como Salvator. Habéis ánimo, emergiendo aquí.
   - ¿Qué le pasa en la boca? -murmuró Julián. Amelia, alarmada, no le contestó: sus ojos volaban por la estancia, absorbiendo detalles del despacho e incluso, más allá del ventanal, del claustro exterior.
   - Este era vuestro secreto. Sic vos intentabais iteramente alterar historia, captando nuestra infirmidad. Sed Hispania no es infirme, ni en su aciaga hora.
   Amelia retrocedió un paso, levantando las manos:
   - Sabemos lo que ocurrió con tu hijo, Armando. Podemos corregirlo.
   Julián pensaba que su compañera se había vuelto loca, pero Leiva empezó a rodear la mesa de su despacho, sin dejar de apuntarles, y también él tuvo que retroceder:
   - Tentarme no podrás. Cierto: eso volí, años ha. Más, ¿cómodo tan ambicioso ser, con tal multitud sufriendo igual? El tiempo, es quod es...
   Iba a añadir algo más, pero para entonces Leiva ya había salido del despacho y el puño de Alonso se había estrellado contra su cabeza, con un crujido desolador. El traidor se desplomó sin sentido.
   - Intenté usar el mismo truco que Lola -se explicó Amelia ante sus compañeros-. Ofrecerle lo que quería. Pero no lo quería...
   - Sigue vivo -dictaminó Julián tras un rápido reconocimiento.
   - Ese es Leiva -dijo Alonso-. ¿Por qué hablaba tan raro? ¿Y don Salvador?
   - Ese no es Leiva. Y este no es el Ministerio.
   - ¿De qué estáis hablando?
   - Míralo tú mismo -señaló hacia la armadura romana, hacia el mapa del despacho-. Ese es el símbolo de los nazis, ¿verdad?: están por toda Europa. Mira Sudamérica: sigue toda bajo control español. Hispano, en realidad, ¡porque siguen siendo romanos!
   - Han cambiado la Historia.
   - Han cambiado mucho la Historia. Ha pasado algo que ha cambiado terriblemente la Historia.
   - Ernesto nos salvó -cayó entonces en la cuenta Alonso-. Nos envió al pasado remoto para que no nos afectara el cambio del presente.
   - Estamos en un mundo paralelo -apuntó Julián-. Como en la segunda de Regreso al Futuro.
   - Mirad, no es momento ahora...
   - No, no, en serio, escuchad: en esa película alguien cambia el pasado y cuando el protagonista vuelve al presente ha cambiado, ya no es el mismo del que salió él.
   - Luego nos lo explicas bien, porque creo que será importante conocer los detalles -dijo Amelia-. Pero no es tan sencillo. No hay ningún cambio de un momento concreto que pueda alterar tantas cosas y que a la vez siga existiendo alguien como Leiva o Salvador. Según Leiva, el Salvador de este mundo estaba muerto, pero existió. Si se hubiera producido una variación en la Historia en época de los romanos, por ejemplo, que es lo más evidente, los cambios posteriores serían tan extensos...
   - ...que no existiría la misma gente en el presente -acabó la frase Alonso. Recordaba la arenga que Salvador le había soltado sobre matar gente del pasado que podía tener descendencia importante en el futuro: si los romanos nunca hubieran dejado de ser un imperio, ni Salvador ni Armando Leiva deberían existir en el siglo XXI. Tal vez ni siquiera el Ministerio...
   - Pero ¿eso qué quiere decir? -preguntó Julián.
   - Muchas cosas -dijo Amelia, pensativa-. Para empezar, que tenemos que arreglar los problemas de atrás hacia adelante, para tratar de corregir la Historia. Si lo hacemos de otra manera, desharemos nuestro trabajo cuando reescribamos los acontecimientos. Que estamos solos, también, porque el Ministerio va a ir detrás nuestro.
   - ¡Pero si vamos a corregir la Historia para que sea como debe ser!
   - Sí, Alonso, pero míralo desde su punto de vista: vamos a intentar cambiar su versión de la Historia para que sea como nuestra versión de la Historia.
   - La nuestra es la correcta -se reafirmó el oficial de los Tercios.
   - Además, por lo que ha dicho Leiva, llevaban un tiempo buscándonos.
   - Claramente hemos fallado en devolver la Historia a su curso.
   - Sí, esta es la versión de la Historia en la que hemos fallado, quizás -había más cosas que Amelia quería decir, pero aún las estaba elaborando en su cabeza, que corría como nunca antes. Habían dejado a Leiva sin sentido, pero podía haber más agentes dando vueltas por los corredores. Aunque parecieran vacíos, estaba claro que el Ministerio seguía funcionando-. No perdamos tiempo: necesitamos parecer hispanos del siglo IV. Y dame la libreta, Julián: voy a tener que calcular la puerta correcta.
   Alonso, obediente, ya abría camino por los solitarios pasillos hacia los almacenes de vestuario, vigilando cada puerta, cada esquina. Julián le dio el Listín a su compañera:
   - Esto nos sobrepasa, Amelia. ¿Estás segura de lo que hacemos?
   - ¿Quieres vivir ahí fuera? -Julián se rascó la cabeza: una Europa nazi. Gladiadores en España. Una América colonizada. No, gracias-. Ninguno de nosotros tiene un hogar en este mundo. Tenemos que hacerlo. Paso a paso: y creo que sé por donde empezar. Hay que partir de que los cambios se han producido, o han arrancado al menos, de España. Si aquí siguen siendo romanos es porque algún emperador nacido en Hispania cambió la historia como la conocemos y evitó la caída del imperio. No hay tantos, dos o tres, a lo sumo, y sólo uno que tuvo la oportunidad de evitar algo así: Teodosio el Grande.
   La sección de vestuario seguía donde ellos la recordaban: estaba tan vacía como el resto del Ministerio.
   - ¿Por qué tienen tan poco personal?
   - Otro misterium del Ministerium -bromeó Julián.
   Tal y como esperaban, fue fácil encontrar ropajes apropiados para su viaje a la Hispania imperial. Era prácticamente la moda predominante en todos los estantes del departamento de Vestuario.
   - Estamos listos -dijo Alonso, enfundado en el peto, las grebas y las sandalias de un legionario, pero cargando con su arma de fuego y la que le había requisado a Leiva.
   - No, no lo estáis -dijo Amelia con media sonrisa-. Aún os falta mucho, mucho para estar listos.

(CONTINUARÁ...)

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