27 marzo 2015

Firma Invitada - MdT: Un acto de honor (II)


Un acto de honor (II)

   - ¡Yo ahí no subo!
   - Vamos, Alonso -Lucas se armó de paciencia-. El capitán Juan Pablo de Carrión está muy ocupado, pero va a recibiros en la galera "Capitana“. Está avisado de todo, él también es del Ministerio. Será breve.
   - ¡Bien podríamos reunirnos en tierra!
   - ¿Y tú eres el que estuvo a punto de embarcarse en el "San Esteban"?-suspiró Amelia-. La verdad, cuesta creerlo.
   - Tenía un buen motivo.
   - Sí, salvar a tu hijo -recordó en voz baja Julián-; y aun así, tuviste que beberte media fonda para animarte. Alonso, no sé por qué le tienes tanta manía al mar, pero lo respeto: así son las fobias. Déjalo, subiremos Amelia y yo.
   - ¿Qué es una fobia?
   - ¿Del griego "phobos"? -aventuró Amelia-. Eso significa "miedo", ¿no?.
   - Eso nunca. ¡No tenéis ni idea! -bramó Alonso. Su inmenso orgullo le obligó a subir a la pasarela de la embarcación, aunque lo hiciese con la palidez de los que se dirigen al cadalso-. Vamos. ¡Acabemos con esto cuanto antes!

   El capitán Carrión les saludó con cordialidad, a pesar de su evidente prisa.
   - ¿Cómo es que hay dos agentes del Ministerio en este rincón tan apartado del Imperio?
   - Al principio estaba sólo yo. Pero cuando empezaron los ataques tuve poca ocasión de vigilar la puerta, y me vi en la obligación de pedir al subsecretario que me dejara reclutar a otro de mis hombres. Lucas era el de mayor confianza.
   Sin más rodeos, desplegó sobre el escritorio un mapa de la zona.
   - A fe mía, os habréis de apresurar. No sé lo que buscáis, pero el Ministerio no debería haberos enviado en tales fechas. Es posible que mañana esto sea un campo de batalla.
   - Tal vez no tenían otra puerta para elegir -supuso Amelia, ocultando su aprensión-. ¿Quién es el enemigo?
   - Piratas chinos y japoneses. Han asolado aldeas nativas por toda esta costa -Carrión señaló la zona norte del mapa-. El gobernador nos ha hecho venir para protegerlas. Hace poco ahuyentamos a cañonazos un junco pirata, pero volverán. Siempre vuelven.
   - ¿Junco? ¿Barcos hechos de juncos? -para sorpresa de Amelia, el capitán asintió-. Bueno, no creo que puedan compararse con nuestros navíos, ¿verdad?
   - Sí que pueden, y holgadamente, vive Dios...
   - Un momento: ¿río Tajo? -Julián soltó una risita-. No puede ser... en este mapa hay un error.
   - No, no: aquí llamamos así al Río Grande de Cagayán.
   - ¿Cagayán? Pues sí que suena mal. Con razón le habéis cambiado el nombre.
   - Me gustaría compartir vuestras chanzas, maese Julián; pero tengo otros menesteres -gruñó Carrión-. Un solo junco puede traer centenares de piratas a bordo, y sólo dispongo de cuarenta soldados del Tercio. Excelentes, pero pocos.
   - Cuarenta y uno, si aceptáis mi espada -intervino Entrerríos. La mención de la batalla le animaba de manera especial: casi parecía ayudarle a pasar por alto el hecho de encontrarse en un maldito barco.
   Carrión le miró con simpatía:
   - Os lo agradezco, pero no puedo aceptar: cumplís una misión para el Ministerio. A pesar de cuánto necesito un buen soldado... o un enfermero de campaña, acostumbrado a rescatar heridos en medio del peligro. Nuestro oficial médico a veces no da abasto...

   Julián y Alonso se miraron, sorprendidos. Tenían experiencia en ambos campos, y Carrión parecía saberlo bien.
   - Tal vez el Ministerio nos haya enviado aquí para eso...
   - No: el Ministerio no nos permitió entrar en combate en tiempos de Torquemada –les recordó Amelia-. Si matamos a alguien equivocado, podemos cambiar la Historia.
   - Esta vez no podríais cambiar gran cosa. Si conozco a esos piratas, va a haber una carnicería de todos modos -replicó Carrión, hablando con la mayor naturalidad del mundo-. Pero vuestra misión es bien diferente, ¿verdad? Cumplidla. Cuando localicéis el objetivo, hacedme llamar y os asistiré en lo que pueda. Mientras tanto, si me disculpáis, continuaré con los preparativos del combate. Podéis usar mi camarote, estará vacío: hoy pernoctaré con mis hombres.
   - No, por favor, no pretendemos...
   - No tengáis cuidado, pensaba hacerlo igualmente: me vendrá bien para organizarlos, y a ellos les subirá la moral -Carrión se despidió con una reverencia breve, pero amable-. Con Dios.

   - Sólo los buenos oficiales compartirían techo con la tropa -comentó Alonso admirativamente, cuando por fin (para su alivio) volvió a pisar tierra-. "Camarada" no es sólo quien comparte la misma cámara, sino... todo: las fatigas, las chanzas, las penas, el pan... como una familia -al decir esto último, miró amistosamente a Amelia y a Julián.
   - Sí, es un gran oficial -asintió Pero Lucas-. Y sabe bien que la camaradería es el alma de los Tercios. ¿Existe todavía esa palabra en vuestro tiempo?
   - ¿Camaradería? -sonrió Julián-. Durará siglos.
   Amelia no contestó: se había quedado muda de asombro. Alonso había vuelto a referirse a ella y a Julián como a su familia. No era la primera vez: pero ahora empezaba a intuir que, en el fondo, quería decir mucho más.
    El machista, antiguo, gruñón Alonso de Entrerríos... a ella, a una mujer, ¿empezaba a considerarla "camarada"?

   A petición de Alonso, pasaron el resto del día en tierra, examinando los libros. Poca gente se fijaba en el grupo: tal vez Carrión disponía sólo de cuarenta soldados de élite, pero el número de mozos de carga, escuderos y marineros era realmente muy superior. Entre tanto ajetreo, pasaban desapercibidos.
   - ¿Es una broma? –se indignó Julián de repente-. ¡Miyamoto Musashi no nace hasta dentro de dos años!
   - ¡Shhh! Habla más bajo de esas cosas, Julián... –susurró Amelia, alarmada.
Alonso frunció el ceño, examinando el texto en cuestión. Era el prólogo de la edición impresa de 2015, y contenía una breve biografía del autor.
   - Pardiez, es verdad. ¿Para qué nos han enviado aquí y ahora, entonces?
   - Eso quisiera saber yo –gruñó Julián, releyendo el prólogo-. Aquí dice que Musashi puso por escrito varias tradiciones samurai que ya existían antes que él...
   - El camino del agua –señaló Amelia en su copia, el manuscrito recién traducido que había hecho saltar las alarmas del Ministerio-. El del fuego. El carpintero. El honor. La espada es el alma del samurai. Muy poético...
   - En la copia oficial del 2015 también aparece eso -comparó Julián-. Pero además, dice que Musashi introdujo una innovación: el combate con dos espadas. La katana y una daga llamada wakizashi.
   - Eso en la copia del 2015... -la joven buscó el capítulo equivalente en el otro documento-. Ahí está la diferencia: en el manuscrito, sólo usan una espada. A esto debía referirse Ernesto.
   - Enseñadme eso. Los dos -Alonso examinó la ilustración del 2015-. Mirad: casi parecería que Musashi hubiera aprendido algo sobre esgrima española. Aunque la postura es diferente, pero aquí está lo principal: espada larga en la diestra, y corta en la siniestra.
    - ¿Tan importante es eso?
   - Mucho -explicó Alonso, con el aplomo del experto que era. Se irguió y desenvainó la espada ropera, pero no la daga-. ¡En guardia, Pero Lucas!
   El veterano, que había decidido compartir con ellos el rato del almuerzo, desenvainó encantado.
   - Muy bien: ¡hagamos un poco de ejercicio! 

   Alonso se lanzó al ataque, empuñando la espada toledana con ambas manos. La espada y la daga de Pero Lucas se cruzaron velozmente, deteniendo con firmeza el mandoble de Entrerríos. Ambos veteranos mantuvieron un reñido pulso unos instantes, con una fiera sonrisa de rivalidad: pero las dos hojas de Lucas repartían mejor la fuerza, al permitirle apalancar la posición de ambas manos independientemente. Alonso tardó pocos segundos en ser rechazado de un empellón.
   - ¡Ahora me toca a mí! -celebró Pero. Estaba realmente muy bien entrenado: se movía con la rapidez del rayo.
   Entrerríos detuvo uno, dos, tres mandobles con gran celeridad, y después contraatacó. A punto estuvo de hacer retroceder a su rival, imprimiendo toda su fuerza con ambas manos. Pero la espada de Alonso acabó desviada por una hábil maniobra de la daga de Lucas, que al mismo tiempo le apuntó al pecho con la toledana.
   - ¡Rendíos, bellaco samurai! –rió maliciosamente.
   - Me rindo ante la supremacía española -saludó ceremoniosamente Alonso, volviéndose después hacia sus sobresaltados compañeros-. Bien, ya lo habéis visto: con una sola espada, un guerrero puede atacar o defenderse, pero no ambas cosas a la vez... no del todo, al menos. En cambio, con dos armas, sí que puede.
    - Y te falta mencionar lo más importante: ¡que has perdido destreza, Alonso! -rió Pero Lucas-. ¡Necesitas entrenarte más!
   - ¿Desenvaino las dos y me repites eso?
   - Bueno, pues ya tenemos el resumen del libro -asintió Julián con sorna-. Poesía pura.
   - No tiene que ser hermoso: tiene que servir -replicó fríamente Entrerríos, señalando la edición del 2015-. ¿Éste es el libro correcto? ¿En el que el enemigo aprende nuestra técnica? Me niego a permitir eso. ¡Sería una traición!
   - Baja la voz, Alonso... -Amelia miró inquieta en todas direcciones -. Sólo nos han enviado para saber por qué. ¿Qué es lo que está a punto de cambiar?
   - Mira alrededor: se está preparando una guerra... -suspiró Julián, asqueado por el solo hecho de pronunciar la palabra-.Cualquier cosa puede cambiar.
 (CONTINUARÁ...)

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