25 marzo 2015

MdT: Tempus Fugit (y VII)


   El ayuntamiento de Valencia estaba prácticamente a oscuras, en las horas previas al amanecer: Don Enrique había cumplido su palabra. El agente Soler les esperaba:
   - Él no puede...
   - Asumo la responsabilidad, Vicenç. Tiene que hablar con el jefe.
   Vicenç Soler conocía las órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie ajeno al Ministerio por las puertas, de todo el reglamento, probablemente era el precepto principal. Pero también sabía que el retorno de la señorita Folch tenía "Prioridad Roja", y eso significaba hacerla volver en cuanto fuera posible. No hizo preguntas: que se ocuparan en Madrid. Con una "Prioridad Roja" en marcha, en cualquier caso, iba a tener comité de bienvenida al otro lado.
   En efecto, en los pasillos del Ministerio les esperaban Irene y Ernesto:
   - Él tiene que volver. No puede estar en esta parte del... Ayuntamiento.
   - Un poco polvoriento, el futuro -valoró don Enrique, antes de fijarse en el ajustado vestido de noche de Irene-. Aunque veo que las modas femeninas se han dejado de plumas y volantes inútiles. Me gusta.
   Enrique miró a Amelia duramente:
   - ¿Qué ha hecho usted? -alcanzó a mascullar.
   - Lo que debía: conseguirles un nuevo agente.
   Irene se tapó la boca para que no se le escapara la risa. Por dentro se repetía: "ésa es mi chica".

* * * * * * * * * *

Babilonia, 1400 aC
   Los "babélicos", como Julián había empezado a llamar a aquellos guerreros de otro tiempo, habían vuelto, le habían descubierto el teléfono y se lo habían quitado -sin saber muy bien qué era o qué hacer con él- cuando llevaba medio mensaje escrito. Esperaba que se hubiera enviado correctamente. Ahora estaban a un lado, sin dejar de echarles un ojo de vez en cuando, enseñando los rudimentos de un lenguaje al samurai, un batiburrillo de palabras procedentes de varias lenguas.
   - Es como una especie de esperanto -se dijo el enfermero.
   - No hay forma -se desesperó Alonso-. Han hecho un buen trabajo con los nudos, esos malnacidos. Puedo intentar frotar la cuerda contra el suelo, pero tardaré en soltarme.
   - No saben qué hacer con nosotros. No entraba dentro de sus planes todo esto. Algo no va como esperaba. Oye, en serio, ¿cómo es que sabes japonés? -le preguntó por cuarta vez.
   - ¿Si os lo cuento me dejáis que siga soltándome?
   - Prometido.
   Alonso bufó:
   - Hace casi 20 años, allá por 1550, volvió a España don Manuel de Entrerríos, mi tío, un jesuita que viajó a Cipango con los padres Fernández, Cosme de Torres y el Señor de Javier. Vino para explicar el éxito en establecer una misión allí, en un lugar llamado Kagoshima, y que por entonces ya debía llevar un año en pie. Los viajes de ida y vueolta eran muy largos, y peligrosos. Cipango es como la llamaban los chinos, que los portugueses convirtieron en Japang;  y nosotros acabamos llamándolo Japon. En fin, volví a ver a mi tío otras dos veces, en viajes que hacía entre Kagoshima y Sevilla, y cada vez me enseñaba más de aquel idioma extraño que él iba aprendiendo. Luego me destinaron a Sicilia y a Flandes, con los Tercios, y ya no he sabido más de él. 
   - ¡Pero es fantástico! Amelia estaría encantada. Debes ser de los pocos europeos de tu tiempo que sabe hablar japonés.
   - ¡Saber inútil! -exclamó Alonso-. Que no he podido borrar de mi cabeza y que sólo me ha servido una vez, hará cuatro años, para instruir a un camarada de los Tercios de Mar, cuando marchaba hacia Cebú con el Almirante López de Legazpi.
   - Y ahora para salvarle la vida a ese hombre -señaló con la cabeza al samurai.
   - Que nos ha traicionado -intervino entonces Oliveros, que había permanecido callada todo aquel tiempo.
   - Si te sirve de consuelo, nos salvaste la vida a todos. Si el terremoto hubiera seguido, esto se hubiera venido abajo.
   Alonso torció la mirada, mientras volvía a intentar segar las cuerdas:
   - Y Dios sabe si hubiera sido lo mejor...

* * * * * * * * * *

Madrid, 2015
   Si existía un punto en el que el subsecretario Salvador Martí pudiera estar satisfecho del trabajo de sus subordinados, hoy se encontraba casi en el diametralmente opuesto. La bronca que le cayó encima a Amelia por haberse traído un "pasajero" de 1885 fue de órdago y se oía por la mitad del Ministerio:
   - ¿Le ha quedado claro, señorita Folch? ¡Aquí el que decide a quién se contrata y a quien se despide soy yo! Usted es la líder de la misión, ¡de la misión!, ¿me oye? ¡No del Ministerio!
   - Si me permite, señor...
   - ¡No le permito, señorita Folch! -alzó aún más la voz Salvador-. ¡Claro que no le permito!
   - Pues sin permiso, señor -Amelia se levantó, puso las dos manos sobre la mesa y le sostuvo firmemente la mirada a su superior-. Como líder de la misión, hice lo que creí adecuado y necesario para cumplir con su llamada urgente: sin la ayuda de este caballero hubiera tardado al menos un día más en poder volver. Y sé que usted no hubiera usado el buscador ese que me dieron estando yo en una misión, de no ser extremadamente urgente.
   - De todas formas...
   - Es más -le interrumpió Amelia-, estoy segura de que se trata de Julián y Alonso, ¿verdad? Si no, no me hubiera hecho venir. ¿Qué les ha ocurrido? Ocupémonos de eso, y después si le apetece me sigue gritando, me encierra en 1880, me despide o lo que le parezca. Pero si hay algún problema con mi equipo, si mis compañeros están en peligro y yo puedo ayudarles, le ruego... no, ¡le exijo! Que no nos haga perder más tiempo.
   - ¿Que me exige? -Salvador estaba en shock-. ¿Que usted me exige?
   Probablemente por fortuna, en aquel momento entró Ernesto:
   - Señor, siento interrumpirle. He estado comprobando los archivos sobre el señor Enrique Gaspar y Rimbau -se acercó al mandamás del Ministerio y le susurró un par de cosas al oído. Amelia no alcanzó a captar casi nada, y lo que sí escuchó no tenía ningún sentido para ella.
   - ...dentro de dos años.
   - ¿Eso está confirmado? -dijo Salvador.
   - Totalmente señor. Hemos cuadrado los datos con la copia de seguridad de los archivos en el ordenador de Gil Pérez, y no parece haber ninguna alteración temporal.
   El subsecretario se llevó un dedo a la boca y dio un par de pasos detrás de la mesa, pensativo. Finalmente se decidió, mucho más calmado:
   - Está bien. Consideraremos luego sus actos, señorita Folch. Hagan venir a Rimbau y a Irene.
   - ¿Lo admitirán? -Amelia estaba ilusionada.
   - Sin otro remedio. Espero que no nos arrepintamos de esto. Empezará a trabajar ahora mismo.
   Ernesto salió a buscar a los (ahora ya) dos agentes, que estaban departiendo amistosamente en una sala cercana. Cuando se quedaron solos, Amelia se atrevió a preguntar por lo que había entreoído:
   - Disculpe, señor, pero ¿qué es un "anacronópete"?

   Durante los siguientes minutos, repasaron toda la información que tenían sobre la situación de Alonso y Julián, que era escasa y extraña:
   - Pero, no hay puertas fuera de España.
   - Que sepamos, no -Salvador encendió la pantalla tras su escritorio-. Pero eso de "llave Ishtar" me sonaba -en la pantalla apareció una imagen escaneada de un viejo libro abierto-. En el Libro de las Puertas del rabino Abraham Levi hay una referencia de pasada a algo llamado "llaves de Ishtar": por lo que el rabino escribió, parece que era algún sistema, ya antiguo para él, con el que se podían crear puertas del tiempo, pero había sido abandonado porque no era seguro ni fácil de controlar. Por lo que parece, había tres...
   Entonces intervino Don Enrique:
   - Una perdida en la caída de la Torre de Babel. Otra desaparecida en León durante los altercados con la población judía a finales del siglo XV. Y la última -dejó los fragmentos de la tablilla sobre la mesa-, encontrada por el profesor Don Jose Ramón Mélida en 1879 en su excavación en Karnak. Temía que no estuviera segura en Madrid y me la entregó para que se la llevara al profesor Federico Renyé en Lérida.
   - Pues menuda casualidad -dijo Irene-. Tal vez demasiada casualidad. Julián y Alonso desaparecen por algo relacionado con esas llaves, y justo aparece usted con una de ellas.
   - Hace mucho que dejé de creer en casualidades, querida Larra -dijo Salvador-. El tiempo no es autónomo, pero tiene sus formas de ayudar a salvaguardarse. Parece que al final tendré que felicitarla por traernos al señor Rimbau, Amelia.
   Folch no se entretuvo en agradecer el cumplido:
   - ¿Entiende usted lo que dicen los fragmentos? -los unió sobre la mesa.
   - No sé hablar hebreo, el experto era el profesor Renyé.
   - Yo sí lo entiendo -intervino Ernesto. Estuvo estudiando los fragmentos de la antigua tablilla un rato-. Es una especie de fórmula salmódica, parece que contiene referencias cabalísticas. Hay números y formas geométricas y proporciones que hay que recitar y dibujar en el aire, pero según dice aquí, si se hace se puede convertir una puerta en una puerta del tiempo.
   - ¿A qué tiempo?
   - Sólo dice que llevará a Ishtar.
   - No creerán en semejantes tonterías mágicas -preguntó Don Enrique-. ¿O ahora me dirán que ustedes viajan en el tiempo gracias a la brujería?
   Ernesto y Salvador intercambiaron una mirada:
   - No es cosa de magia.
   - El origen de las puertas es extraño, incluso las que controlamos nosotros.
   - Si lo que dice la tablilla es cierto, y no olvidemos que Julián y Alonso están en la Babilonia del siglo XV antes de Cristo, me inclino a pensar que la tablilla es una especie de comunicador primitivo que transmite las coordenadas y algún código de acceso en el texto leído a lo que sea que genera las puertas.
   - Pero son tablillas muy antiguas -dijo Irene-. ¿Cómo iban a tener la tecnología para crear una especie de walkie talkie de piedra?
   - Olvida usted que este sistema permitiría el viaje en el tiempo. El que lo creó podría tener acceso a la tecnología actual, y haberse perdido luego en el pasado.Y no se fie del material: que eso parezca barro o piedra no quiere decir que lo sea...
   - Probémoslo -dijo Amelia, sacudiendo la cabeza-. No tenemos nada que perder, y podríamos encontrar a Julián y Alonso.
   - Y a los que les tienen prisioneros -recordó Irene.
   Necesitaban una puerta, una que no llevara aún a otra época. Escogieron la de un cuarto de escobas de aquella misma planta:
   - Si sale bien, sólo habrá que reponer cuatro mochos y un par de cubos -se dijo.
   - ¿Mocho? -preguntó Don Enrique.
   - Típico invento español: un palo clavado en algo. En este caso unos trapos para limpiar el suelo sin agacharse
   Ernesto empezó a recitar y a hacer los signos que marcaba la tablilla. No ocurrió nada.
   - Es muy difícil leer las partes por donde se rompió. Hay signos que no se entienden.
   - Vuelva a probar.
   Tampoco sucedió nada a la segunda vez, ni a la tercera. Al cuarto intento, el acceso al cuarto de escobas se había convertido en un pasillo cavernoso del que llegaba el rumor de pasos y gente hablando. La visión parpadeó y desapareció, volviendo a mostrar el cuarto de las escobas. El aire volvió a parpadear y de nuevo mostró la caverna.
   - Iré a mirar -dijo Amelia cuando pareció estabilizarse.
   - Vayan con ella, Irene y don Enrique. Usted no, Ernesto, le necesitamos para leer la llave si la puerta se cierra.
   - Llevaré el gps para ver si localizo la posición del teléfono de Alonso -declaró Irene.
   - Tengan cuidado -aconsejó Salvador-, esto no parece nada estable. La intentaremos dejar abierta.
   Amelia avanzó con precaución por la superficie rocosa: habían aprovechado un túnel natural apenas trabajado por la mano del hombre para que fuera algo más fácil caminar por él. Más adelante, tras un recodo, se encontraron con un panorama inesperado: una grandísima caverna se abría ante ellos, con un enorme pedestal en medio, casi como una especie de mastaba. Del centro del pedestal nacía una alta escalera de caracol que moría a los cuatro metros de altura.. Docenas y docenas de hombres (y algunas mujeres), ataviados con los uniformes más diversos, con pieles de todos los tonos y barbas y peinados distintivos, estaban repartidos por toda la extensión del lugar. Hablaban algo raro, extraño, de lo que Amelia entendía una de cada seis palabras pronunciadas. Todos llevaban armas, la mayoría espadas, lanzas, arcos y hachas. Otros parecían más modernizados y cargaban con rifles, arcabuces, mosquetes y escopetas. La pared de la caverna estaba llena de puertas quemadas.
    - No lo encuentro -dijo Irene, al constatar que la señal del teléfono no aparecía en su pantalla.
   Alguien cayó en la presencia de Amelia y los suyos, asomados al pasillo y dio la voz de alarma: dos docenas de hombres se giraron hacia ellos y se dirigieron a su encuentro con cara de pocos amigos. El equipo de Amelia se dio la vuelta a toda prisa y salieron corriendo al Ministerio.
   - ¡Ciérrenla! -gritó mientras se aproximaba-, ¡cierren!
   Les pisaban los talones. Salvador mismo cerró la puerta cuando el último de los tres hubo salido. Tuvieron que ayudarle todos a mantenerla cerrada, porque desde el otro lado empujaban para entrar. Una punta de lanza atravesó la madera de la puerta, pero un momento después la presión se relajó. Abrieron con sumo cuidado, y de nuevo se encontraron con el cuarto de escobas.
   - No me extraña que el rabino desechara este sistema para viajar por el tiempo -declaró el subsecretario-. ¡Menuda birria!
   Cuando Amelia hubo recuperado el aliento, les contó lo que habían visto:
   - Parecía alguna especie de ejército llegado de mil sitios y épocas distintas. Como el que usa el ministerio para protegerse -explicó, recordando la defensa frente a la invasión de Himmler-, pero de muchas naciones.
   - Había chinos, cosacos, romanos, helenos, americanos -detalló don Enrique, que había quedado anodado ante la variedad de uniformes y armamentos, como si la cueva fuera un museo bélico universal.
   - Un ejército a través de la Historia, reunido en el pasado -Salvador empezaba a estar realmente preocupado.
   - No había ni rastro de Julián -dijo Irene para sacar la conversacion de ese punto-. No creo que estuviera ahí... o le han destruído el teléfono.
   - Antes de darles por perdidos -dijo Ernesto-, pensémoslo bien. Si la "llave" abre una puerta del tiempo como las nuestras, un lado siempre está separado del otro por una cantidad fija de años.
   - Excepto las puertas en bucle -recordó Irene.
   - Sí, pero las demás siempre tienen una cantidad fija de tiempo entre los dos lados de la puerta.
   - Ya le entiendo -dijo Amelia-. Si Julián y Alonso fueron arrastrados a esa caverna en Babilonia por una llave, lo hicieron desde 1476. Las puertas que abre la tablilla retroceden... 2876 años.
   - Debemos abrir una puerta desde esa misma época, para encontrarles -terminó Ernesto.
   - Esta bien, vaya usted y que se quede Don Enrique -aceptó Salvador-. Pero tenga mucho cuidado, si le perdemos, perderemos también la llave. Y hágame el favor de no "invocar" esa puerta en medio de la catedral de Astorga o les enviarán a la hoguera.
   - Lo tengo presente -dijo Ernesto.
   Amelia trató de infundirse ánimos:
   - Esperemos que 539 años antes fueran menos beligerantes.

* * * * * * * * * *
Babilonia, 1400 aC
   Oliveros estaba sumida en un mutismo reflexivo: todo aquello no podía estar pasando en realidad. Guerreros del pasado, viajeros del futuro, la Torre de Babel dentro de una caverna... Sentía el dolor de la grave herida que le habían inflingido el día anterior y se decía que el conjunto de acontecimientos era fruto del delirio, un sueño que debía estar envolviéndola mientras, en realidad, yacía en un lecho, aquejada por fiebres o tratando de recuperarse. Después de la guerra, de conocer al rey, de haber servido a su padre y a su monarca, de conseguir honores para su Arintero querido... ¿acaso tenía sentido todo aquello?
   - Me muero -dijo-. Me muero y esto es alguna suerte de purgatorio por el que debo pasar.
   - Conseguiremos escapar, Oliveros -dijo Alonso. Se estaba pelando las muñecas, dejándolas en carne viva por el roce con el suelo y las cuerdas que lo maniataban.
   - Probablemente es un castigo, por haber querido ser demasiado, por haber creído que podía tomar la espada y la lanza, y participar en la batalla. Por haber pecado de orgullo.
   - No digáis eso -repuso Julián-. Tengo una amiga, una buena amiga, que no creo que haya tomado una espada en toda su vida, pero para la que seríais un ejemplo, sin duda. Quizás sepa más de vos que yo. Es una amiga que lleva años luchando por poder decidir su destino, porque cree que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, porque no cree que el sexo con el que nace alguien tenga que marcar su vida, ni le dé permiso o le prohiba hacer nada que quiera. Sois un ejemplo, Oliveros. Para muchas. Una mujer muy avanzada y una mujer con mucho coraje.
   Julián se calló. Había notado algo extraño, algo en lo que no conseguía caer.
   - ¿Qué ha cambiado? -preguntó alarmado.
   - ¿Qué dices?
   - Ha cambiado algo, ¿qué ha cambiado?
   La dama de Arintero también se había dado cuenta:
   - Los tambores. Han cesado.
   Los "babélicos" volvieron con ellos y les obligaron a levantarse. Eysteinn y Anaxandros -que así habían entendido por fin que se llamaba el espartano- se hicieron entender al samurai (Tsunetomo), que lo tradujo al japonés.
   - ¿Qué ha dicho, Alonso?
   - Dice que ya viene... que ya viene el ¿vigilante? No, el guardián.
   El guardián de la llave: a él se refería aquel texto que se repetía una y otra vez en los idiomas más variados, muchos de los cuales aún no existían. Julián había estado atando cabos y tenía una teoría de lo que hacía la tablilla: desde fuera, permitía llegar hasta la cueva, y desde la cueva, abría una puerta del tiempo a un lugar en crisis, donde hubiera un gran desastre natural. Por eso los judíos decían que los de "Babel" no tenían lugar, que sus lugares ya no existían. Eran fugitivos del tiempo.
   - Deberíamos estar tranquilos, ¿verdad? -dijo Julián.
   - Sí. ¿Por qué?
   - Porque no nos han matado hasta ahora, lo cual es una buena señal. Y parece que viene el tipo que sabe como funciona todo esto.
   - Probablemente.
   - ¿Soy el único al que la idea de encontrarse con ese Guardián le da muy mala espina?
   - A mí me pasa lo mismo -respondió Alonso. Oliveros también asintió.
   Entrerríos le dió un puñetazo tan fuerte al vikingo, que giró sobre sí mismo. Con la otra de sus dos manos liberadas lo asió por el cuello para evitar que se apartase de él, y aprovechando la sorpresa le cogió la espada. Julián había visto como se soltaba, y estaba listo para acercársele: tras acuchillar al vikingo y dejarlo caer, Alonso cortó las ataduras de su compañero y luego las del caballero Oliveros. Para entonces, Anaxandros y Tsunetomo ya habían desenvainado sus armas. Sólo tenían una espada, aquello iba a ser una escabechina.
   Entonces resonaron dos fuertes estampidos que hicieron girarse al samurai y el espartano. Era todo lo que necesitaban: Alonso y Julián salieron huyendo hacia lo que acababan de ver aparecer por detrás de la Torre, mientras Oliveros hacía lo propio tras derribar a Anaxandros de una patada en la entrepierna. Ernesto, Irene y su querida Amelia les esperaban, los dos primeros dándoles cierta cobertura con un par de pistolas de bajo calibre de las que los "babélicos" primitivos pronto aprendieron que había que mantenerse apartado. Amelia disparaba con bastante soltura un arco que nunca le habían visto empuñar. Juntos apretaron a correr hacia el otro lado de la caverna, hacia el pasillo por el que llegaran originalmente. Cruzaron la puerta, llegaron a la Astorga del siglo XV y, tras asegurarse de que la puerta quedaba cerrada, entraron a la catedral por uno de los andamios de las obras para volver a 2015.

* * * * * * * * * *

EPÍLOGO: Madrid, 2015
   - ¿Hablan de mí en el futuro, don Enrique?
   - Se conoce vuestra gesta, señora, y los libros y la gente de León recuerdan al Caballero Oliveros. Incluso se cuenta aquello de "mujer hay en la hueste" -ella sonrió-. Pero pocos saben vuestro nombre real.
   - Me llamo Juana García.
   - Y habéis viajado por el tiempo. Y no os gusta.
   - No estoy cómoda, no quiero ni saber cómo es el mundo, como ha cambiado. Creo que me sentiría aún peor que en aquella caverna. Enfrentarme a la guerra y a la soldadesca no fue fácil, pero en esta época todo el que conocí alguna vez ha muerto.¿Para eso luché y sobreviví?
   - ¿No os uniréis al Ministerio, entonces?
   - No me quedaré aquí. He sido durante demasiado tiempo lo que otros necesitaban que fuera: ahora soy yo la que necesita volver a ser Juana García si no quiero enloquecer. Que digan que Oliveros ha muerto en La Candana, y que me dejen ser simplemente dama en Arintero. Si alguna vez es requerida Juana, León o esta Hispania moderna pueden confiar en que esta García responderá. ¿Vos os quedaréis?
   Don Enrique se rascó la nuca:
   - He viajado mucho por el mundo, aunque nunca lo busqué, de hecho. Me temo que me puede la curiosidad, señora, como para ser tan prudente como vos y hacer lo más sabio, que sería quedarme en mi casa.
   Juana se despidió y, tras santiguarse, volvió a Astorga, a 1476. Sí: a casa.


EPÍLOGO: Babilonia, 1400 aC
   Tras ocuparse de recibir a los nuevos supervivientes, el Guardián de la Llave de Ishtar escuchó su historia, y la de los otros que habían llegado y se habían escapado. Nadie escapaba de Ishtar, claro: a menos... a menos que tuvieran otra llave. Ahí estaba, tirada en el suelo, rota en tres fragmentos por el disparo de una flecha. El Guardián estudió lo que le habían quitado a los otros: dos espadas, de buen acero toledano, y una pistola que no reconocía. Posiblemente de finales del siglo XX. Una pequeña caja de metal, plana, con un lado brillante y algunos botones; al apretar uno, se encendía una pantalla que pedía un código. Apenas pasaron unos minutos tuvo que soltarla, cuando la caja se deshizo ante sus ojos ante el avance de una cápsula de ácido escondida en su interior. Todo apuntaba al Ministerio del Tiempo.
   Ya habían descubierto Babel: al fin llegaba la hora de prepararse para la gran batalla...
FIN

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1 comentario:

Andres Rodriguez dijo...

El anacronópete, el arqueólogo José Ramón Melida, un tío fraile de Alonso que ha visitado Japón... tu historia es muy grande, enlazando muchos elementos de la historia poco conocida de España de forma increíble. El final resulta un poco abrupto, sabe a poco.

Solo un pero, hay varias teorías sobre como funcionan los móviles del ministerio en diversas épocas, según la mía en Babel el móvil de Alonso no habría tenido cobertura, así que ahora voy a necesitar otra...