31 marzo 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (IV)

Un acto de honor (IV)

   Ambas naves habían unido sus destinos. Julián y Amelia, desde su atalaya, por fin pudieron ver qué significaba aquel primer choque que habían sentido al alcanzar el barco enemigo: la “Capitana” había embestido con el espolón, dejándolo firmemente incrustado en el junco. No parecía posible soltar las naves; sencillamente, nadie esperaba tener que batirse en retirada. Los Tercios jamás habían encontrado un enemigo en Asia tan duro como aquél.   
  
    - No deberíamos estar aquí -admitió el enfermero-. Nos lo advirtieron: no es nuestro trabajo...
   La joven contemplaba el combate con triste serenidad, como si fuera sólo un mal sueño.
   - No sirvió de nada, Julián- dijo al fin-. Te juro que quería matarlos. Yo misma ayudé con los cañones. Pero eso no le ha servido a los niños para nada, ¿verdad? Para nada.
   El enfermero apartó la vista de los lanceros y se volvió a su compañera. Sólo le importaba que por fin la había encontrado, en el castillo de popa, tan ocupada como él en trasladar heridos a la enfermería. Le sonrió con una mezcla de alivio y compasión.
   - Matar no sirve para sentirse en paz. Pero salvar a la gente que puedas, sí. Ven: te enseñaré a ayudar.  
  
   El barbero Juan y el oficial médico Pablo ya empezaban a tener trabajo en la enfermería. Varios heridos del fallido abordaje presentaban feos cortes, e incluso alguna amputación... y el combate apenas acababa de empezar. Julián estaba aprendiendo sobre la marcha a coordinarse con ellos: eran expertos en torniquetes, suturas o extraer balas, pero les sorprendió agradablemente el cloroformo (“opio de China”, improvisó Amelia), los antisépticos y los vendajes estériles del siglo XXI.
   - Por favor, quédate aquí: alguien tiene que ayudarles -rogó Julián a la joven, enseñándole a usar el material-. Yo hago falta ahí fuera.
   - Voy contigo.
   - ¡No! Tú no sabes moverte en emergencias. Yo sí.   
  
    Julián nunca había dudado en meterse en rescates peligrosos: lo mismo le daba un incendio que un edificio a punto de derrumbarse. La adrenalina le hacía olvidarse de sus problemas, casi le gustaba; y desde la muerte de su mujer, su instinto de autoconservación estaba bajo mínimos. A pesar de ello, y para alivio de Amelia, los “camilleros” (los religiosos Andrés y Remigio) consiguieron obligarle a ponerse un casco y un peto de un soldado caído. Ellos mismos también lucían uno, y con razón: si hacía falta una extremaunción, sería en primera línea...
   El enfermero volvió a la zona de combate. Lo que vio no le gustó nada.
   - Y pensar que me metí en la Cruz Roja para no hacer la mili...
   Ante él se desplegaba exactamente lo que más odiaba: gente hiriéndose deliberadamente entre sí. En su opinión, el ser humano probablemente era el animal más fuerte y más idiota del mundo: siglos, milenios esforzándose en extinguirse a sí mismo, y todavía no lo había conseguido.
   Había que reconocer que esta vez lo estaban intentando a conciencia.

   Llovían las balas de los teppo japoneses, causando algunas bajas. Pero el cuadro del Tercio no se deshacía: los rodeleros y los lanceros españoles de primera fila (“coseletes”) portaban petos de buen acero toledano, y además sabían reorganizarse para sustituir a los caídos. Poco a poco, sin embargo, el cansancio hizo mella en los defensores: para su sorpresa, y por primera vez desde que pisaran Asia, los soldados del Tercio comenzaron a retroceder. Julián apenas se dio cuenta, ocupado en recorrer visualmente las filas en busca de heridos. Al fin alcanzó a distinguir a Alonso, con una creciente mancha de sangre en la manga de su camisa.
   - ¡Tu hombro! Tengo que curarte eso...
   - Ahora no. ¡Deja sitio!
   Mientras las picas aguantaban la defensa, los arcabuceros y mosqueteros tenían orden de atacar, y ni Entrerríos ni sus compañeros de armas pensaban perder el tiempo. Al sonar la señal disparó la primera fila de arcabuces, la de Alonso y Lucas; después se detuvieron a recargar, mientras la siguiente fila les relevaba con su fuego.
   - Por qué no me habré traído una escopeta del 2015... -masculló Alonso entre dientes.
   - ¿Cómo dices? -susurró Pero Lucas, recargando su arcabuz con movimientos rápidos y bien ensayados.
   Alonso le imitó y volvió a abrir fuego, soñando con fusiles capaces de disparar varias veces sin tener que recargarse.
   - Nada... sigamos.   
   Las filas se turnaban, así que el fuego era incesante. Pero el enemigo también sabía hacer lo mismo, y no sólo desde la galera: la cubierta de junco también se había vuelto a llenar de tiradores que disparaban sin tregua. El general hatamoto de Tay Fusa sabía organizar sus tropas endiabladamente bien.  
  
   A una orden del enemigo (“¡Ganko!”), la vanguardia de lanceros ashigaru se separó en varios grupos en forma de V, como pequeñas bandadas de aves, cada una de ellas encabezada por un valiente o un suicida. Calando las lanzas naginata, se lanzaron al ataque. Los lanceros del Tercio les imitaron.
   El choque fue brutal. Las picas, diseñadas para perforar como arietes, ensartaron de parte a parte a los primeros ashigaru, soldados rasos cuyas armaduras eran demasiado ligeras para las lanzas españolas.
   Pero el ataque fue recíproco. Las naginata eran alabardas, como espadas con mango de lanza: podían golpear, apuñalar o acuchillar al enemigo, especialmente en las uniones de las piezas de las armaduras, y lo hacían con infernal eficacia. Las formaciones en V comenzaron a abrir brechas en la defensa. Y los lanceros españoles de segunda fila (“pica secas”) no portaban armadura; tampoco los ágiles arcabuceros.
   - ¡A degüello! -ordenó el sargento mayor.
   La orden final de todo combate que se precie: Alonso y Pero Lucas desenvainaron sus aceros, como todos los demás. Los jefes enemigos, ya fueran samurai o rônin, al fin se adelantaron en busca de un oponente digno. Y lo encontraron.   
  
    El primer rônin, en una veloz maniobra de iaido, desenvainó y decapitó a un lancero con un único movimiento de rotación ascendente. El siguiente mandoble descendió hacia Pero Lucas, pero éste lo detuvo con la daga vizcaína y la espada toledana, tal como había practicado con Alonso. Después, sin dejar de bloquear la katana con su espada, le atravesó el costado con la daga que esgrimía en la zurda; el enemigo no se lo esperaba, a juzgar por la cara de dolorido asombro con que cayó agonizante. Otro rônin ocupó su lugar, pero Lucas comprendió que ya no le resultaría tan fácil sorprenderle con el truco español de las dos espadas: la muerte de su compañero le había puesto sobre aviso. 
  
    Un tercer rônin se encaró directamente con el rodelero principal de la guardia de Carrión. Otro más, con Alonso de Entrerríos, que como veterano ocupaba una de las primeras filas. Había llegado el momento de la verdad.     
   La indignación de Alonso no tuvo límites cuando vio que la espada de su enemigo era una bokken, ¡de madera!
   - ¡No me tocarás con eso, bellaco! No hay mayor indignidad para un español que un golpe de vara. ¡El honor está en el acero!
   El rônin se situó en ángulo recto respecto a su enemigo, elevando verticalmente su bokken a la altura del rostro, con los labios contraídos en una mueca cruel. Alonso le devolvió la feroz sonrisa: no portaba armadura alguna, ni falta que le hacía. Esquivó con insultante agilidad el primer golpe de kendo, que a buen seguro le hubiera roto el cráneo de haber llegado a darle: aquella espada-garrote hizo saltar esquirlas de las tablas de la cubierta con una fuerza demoledora. El enemigo tardó medio segundo en volver a elevar el arma, topándose con la daga de Entrerríos... ¡que no consiguió detener el tremendo impulso de la pesada espada de madera! Escarmentado, Alonso tuvo que defenderse a fondo con ambas hojas sin poder atacar, algo que no le había sucedido nunca. El peso de aquel arma extraña no tenía nada que ver con lo que estaba acostumbrado a bloquear.
   - ¡Voto a bríos! ¿Eso es una espada, o un ariete de asedio?
   Los perdigones alojados dentro de la herida del hombro ardían fieramente a cada movimiento: Alonso comprendió que no iba a poder usar la daga con su eficiencia acostumbrada. Pero el arma enemiga tampoco era habitual: su principal ventaja era que estaba hecha de madera... y su desventaja también, comprendió. Dejó de desviarla como si fuera de acero, y directamente clavó la daga en ella.
   El rônin dio un par de tirones para intentar soltarla, fijando la vista en Entrerríos con auténtico reproche, como se mira a un tramposo. Alonso casi se sintió culpable cuando su espada ropera terminó con él. 

   El combate había desviado a Entrerríos demasiado cerca de la borda: la lucha estaba en el centro, y los españoles todavía estaban perdiendo. Por el rabillo del ojo vio cómo Carrión, obligado a elegir entre su gente y su barco, cortaba personalmente la driza de la verga mayor, que cayó en la cubierta bloqueando al enemigo y parapetando a los tiradores españoles; sonó la orden de volver a disparar. Alonso envainó el acero para volver a usar el arcabuz, pero entonces otra bokken  le golpeó por la espalda y ya no supo nada más.   
   
* * * * * * * * * *
  
   En la enfermería parecía todo bajo control, de momento; Amelia decidió salir, inquieta por la suerte de los que estaban en el exterior. Se le encogió el corazón cuando descubrio cuánto se habían acercado los rônin, pero se calmó un poco al ver el enorme madero tras el que se parapetaban, en bastante mejor situación que antes, los arcabuceros y mosqueteros de Carrión.
   Julián, sin más protección que aquella barrera y su peto de acero, aplicaba los primeros auxilios a un herido caído casi en la primera línea. 
   En plena vanguardia, hacia proa, Lucas se negaba a retroceder; pero el nuevo rônin al que se enfrentaba ahora, de armadura especialmente ornamentada, no actuaba solo. Debía ser alguien importante, porque iba escoltado por dos ashigaru.
   - Tres contra uno... ¿eso es honor?
   - Son rônin... ¿qué esperabas? -gruñó Gonzalo, un veterano rodelero, protegiéndole con su escudo de un traidor lanzazo-. Dejaron de ser samurai. Ahora sólo son vulgares piratas wo-kou.
   El enemigo de la armadura ornamentada entendió alguna de las despectivas palabras, y su rostro se llenó de odio: rugió una orden a sus escoltas y entre los tres atacaron con redoblada furia. Gonzalo desvió una de las naginatas con su escudo y partió en dos de un tajo el asta del arma enemiga: el lancero desenvainó una katana, dispuesto a no darle tregua.   
  
   Lucas se defendió de los dos enemigos restantes con ambas manos, pero así era imposible atacar. Y el balazo que había recibido antes en el antebrazo le estaba pasando factura.
   - ¡Llévate ya a los heridos! –le gritó a Julián-: ¡No voy a resistir mucho más!
   Era curioso, pensó Lucas: los demás rônin estaban luchando individualmente de forma honorable, pero éste no. Perra suerte, así era la guerra: Lucas desvió las armas enemigas con sendos molinetes, como si usara en cada mano un florete de lo que tiempo después se llamaría esgrima francesa, y lanzó una estocada a cada uno, insertándoles respectivamente varias pulgadas de acero en pleno tórax.
   Era una maniobra suicida: su fiel daga vizcaína era demasiado corta para acercarse sin peligro. Pero los enemigos se habían fijado demasiado en él: sabía que iba a morir de todos modos.
   Los adversarios recibieron con sorpresa el punzante hierro: en aquella época las armaduras samurai aún no tenían el pectoral completamente acorazado, sino cubierto de láminas de cuero y metal. Entre aquellas finas láminas entraron las afiladas puntas de la toledana y la vizcaína. El lancero y su señor, con un último esfuerzo, contraatacaron sincronizadamente. La naginata del sicario le rebanó la mano izquierda a Lucas, y el dolor le distrajo lo suficiente para no poder esquivar un demoledor mandoble del jefe: ono-ha itto ("una espada“), un corte hacia abajo y directo a través de la línea central del cuerpo. El tórax del valiente veterano español quedó dividido verticalmente en dos mitades y cayó exánime. Pero sabía que había muerto matando: en aquella época, nada podía curar una perforación pulmonar como la que habían sufrido ambos wo-kou.   
 
   Entonces se oyó un espantoso estruendo de cañones y culebrinas, y los tiradores del junco enemigo fueron barridos como por un vendaval.
   - ¡Llega el "San Yusepe"!
   La "Capitana" ya no estaba sola: por fin le había dado alcance el resto de su flotilla. 
   Entre vítores, la tripulación de la galera volvió a la carga con renovado entusiasmo, libre de las balas de los teppo piratas. Las culebrinas prendieron fuego al fin en el castigado junco, que en realidad había quedado más afectado de lo que parecía por el primer ataque de la Capitana: al arder las costuras superiores, una gran grieta se extendió desde el boquete que había abierto el espolón. Los piratas que todavía quedaban a bordo se vieron obligados a ganar la costa a nado. 

* * * * * * * * * *   
 
    Amelia contempló la muerte de Pero Lucas y se agarró a la borda horrorizada, sin poder contener las náuseas por más tiempo. 
   Entonces lo vio.
   En el agua no sólo había piratas: un par de soldados españoles también habían caído por la borda en el fragor del combate. Daba igual que supieran nadar o no: se habrían hundido, lastrados por el peso de sus armaduras, si algunos marineros no les hubiesen echado un cabo para ayudarles a subir. Cerca de ellos flotaba un sombrero ancho de arcabucero.
   La joven se dispuso a ayudar a izarlos, pero volvió a mirar y se quedó helada.  
   El sombrero ancho, arrastrado por la corriente, era el de Alonso de Entrerríos.
   Sin pensárserlo dos veces, Amelia se lanzó al agua en su busca.

(CONTINUARÁ...)

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