04 marzo 2015

MdT: A destiempo


- Un día tranquilo, don Alonso -respondió algo aburrido Marcial, el vigilante a aquellas horas de la insondable escalera de caracol-. Nadie ha salido hoy de misión ni esperamos a nadie de regreso por ninguna puerta. Supongo que, sencillamente, hay días que nadie quiere hacer Historia.
- Todos los días se hace la Historia, los que nacen y los que mueren -dijo Entrerríos-. Pero a menudo estamos más ocupados sobreviviéndola que intentando cambiarla. ¡Con Dios! -se despidió, y tras entrechocar, los tacones de sus botas comenzaron a sonar a buen ritmo escalera abajo. 

El franco veterano de los Tercios intentaba pasar el máximo tiempo posible en su propia época, para recordarse que aquello era la vida real y no las rarezas que pasaban por modernidades en el Ministerio de 2015. Pero, obligado por su deber, no esperaba a que le fueran a buscar con alguna misión, y cada día atravesaba aquella puerta embrujada para dirigirse al futuro y preocuparse por el estado de las cosas. Prefería que si había una crisis le pillara preparado.

Tocaba volver a casa. Tercer sótano, cuarto, quinto de aquella espiral que cada vez se acercaba más a los salones de Satanás. ¿O era el sexto? Ya se había vuelto a descontar: se asomó a la barandilla y miró hacia arriba, tratando de calcular los pisos. Por reflejo luego miró hacia abajo (no le daba miedo mirar cara a cara a la oscuridad) y le pareció distinguir otra cabeza asomada, algunos pisos más adelante. ¿Pero no decía Marcial...?

El desconocido se apartó bruscamente de la barandilla al ser descubierto y Alonso apretó el paso para llegar a su planta cuanto antes. Podía ser un agente venido desde cualquiera de los puestos del Ministerio, pero generalmente aquéllos llamaban, si necesitaban comunicarse con 2015. Más probable era que fuese un intruso... y desde lo de los germanos, sabía que eso podía ser un peligro notable. Echó un vistazo rápido por los pasillos que iban saliéndole al paso en su descenso. Por la esquina de uno vio desaparecer una capa roja y la siguió corriendo.

Después de torcer, el pasillo moría en un callejón sin salida. El desconocido se giró, a pocos metros de Alonso. Vestía una larga capa encarnada que llegaba casi hasta el suelo, con la que se cubría todo el cuerpo; por debajo apenas se adivinaban unas botas. Portaba espada, como él, así que no debía ser de un siglo muy posterior; hombre, por tanto. Pero lo más llamativo era que aquel individuo llevaba una máscara blanca con una sonrisa bermeja perpetuamente congelada.

- ¡Alto! -exclamó Alonso-. ¿Quién sois y de dónde habéis salido?
El intruso pareció ir a decir algo, pero lo pensó mejor, siguió callado y levantó una mano, empujando la palma hacia adelante. Quería que Alonso se apartara.
- Os he hecho una pregunta muy clara, señor, y necesito una respuesta igualmente clara -desenvainó la espada-. O mejor dicho, la necesitáis vos.
El otro miró alrededor, como valorando las puertas que tenía cerca. Se encogió de hombros y, manteniendo el silencio, desenvainó también.
- Está bien -admitió Alonso-, que hable el acero -y cargó contra su adversario, tratando de desarmarlo rápidamente. Sin embargo, el desconocido se esperaba aquella táctica, se apartó con un paso corto y recibió su segunda estocada con facilidad. Era fuerte, probablemente tan fuerte como él e igualmente diestro con la espada, si no más. Bajo aquel embozo tan teatral se escondía un hombre de armas-. ¿Quién demonios sois? -volvió a preguntar.

Alonso intentó fintas, respuestas y contraataques, pero vive Dios que el otro hombre parecía conocerse todos los trucos de Pons y De la Torre, y aún podría dar clases al gran Carranza, especialmente en los movimientos más sucios que él no había aprendido en el campo de batalla sino en los callejones oscuros de Sevilla y Sicilia. Sólo conseguía bloquearle el paso hacia las puertas y la escalera, para que no pudiera huir, pero no llegaba a desarmarle ni mucho menos a herirle. De Entrerríos se alejó un par de pasos y su rival hizo otro tanto. Un breve revoloteo de la capa roja le dejó ver que aquel hombre llevaba botas sencillas, similares a las suyas, pero la izquierda estaba rasgada por la parte exterior. Aunque la visión de las mismas fue breve, le había parecido notar que iba manchada de sangre. Si el intruso estaba herido lo disimulaba bien, pero podía aprovecharse de aquello y tirarlo al suelo, si maniobraba correctamente. Volvieron a acercarse y a entrechocar sus aceros: quizás fue casualidad, quizás Alonso se había fijado demasiado abiertamente en la herida de su rival y no había sabido disimular sus intenciones, pero lo cierto es que fue el enmascarado quien apartó de un fuerte golpe su hoja y lanzó un golpe rápido contra la pierna izquierda de Entrerríos, hiriéndole y derribándolo. Para cuando Alonso volvió a recuperar la vertical, el otro ya había desaparecido por una puerta, la 333.

Rabiando, se santiguó y le siguió, preparado para aparecer en cualquier lugar y momento. Pero ciertamente no estaba preparado para aparecer de nuevo en otro pasillo lleno de puertas del Ministerio.
- ¿Pero esto qué es? -dijo con una mezcla de sorpresa e indignación.
Las misteriosas puertas del Ministerio llevaban al pasado a lugares cercanos o lejanos de la geografía española. Los había incluso situados en lugares extraños. Pero nunca había encontrado una puerta que llevara al propio Ministerio. ¿En qué época debía estar? ¿Era esto lo que quería aquel intruso, robar los secretos de un Ministerio anterior, cuando la seguridad estaba más relajada?

Salió corriendo hacia la escalera, ignorando el dolor de la herida, cerca del talón, y se detuvo. Su corazón latía rápidamente pero juraría que no se oían pasos. No: había silencio. Se dio la vuelta. Ahora reconoció el pasillo al que llevaba la puerta 333: era el mismo que tenía la entrada a su propio tiempo, la que utilizaba cada día para volver al Madrid de su tiempo. El intruso debía haberse colado por alguna de ellas, ¿pero cuál? Echó un vistazo rápido en orden: un almacén lleno de trastos. Su calle, vacía. Una cueva con extrañas pinturas en las paredes. Una cabaña junto a la playa. Una habitación estrecha y abigarrada, con un espejo iluminado por aquella luz "eléctrica", llena de ropa colorida, plumas y... una capa roja que conocía. Entró por aquella puerta (era un armario) y cogió la capa: bajo ella estaba la conocida máscara blanca del intruso. La cogió también y torció el gesto ante su rictus burlón. Sin embargo, allí no había nadie más.

El cuarto tenía una puerta blanca, que abrió sin dudar: el intruso debía estar fuera, muy cerca todavía. Y estaba herido, como él. En el exterior era de noche: una inmensa carpa blanca y verde se alzaba en las inmediaciones. Docenas de personas entraban lentamente en ella, conversando y riendo: familias, con profusión de niños. Alonso se encontraba en la puerta de un carromato, similar a varios aparcados cerca. Estaban pintados con dibujos coloridos de caras con grandes narices, fieras y nombres rimbombantes; podía oler la presencia de animales, y también de alimentos extraños, demasiado dulces, flotando en el ambiente. Oyó un rugido, venido de no muy lejos.

Entró de nuevo en la carreta. Había demasiada gente, necesitaría ayuda para encontrar a aquel hombre. Debía alertar a la Patrulla. Cruzó la Puerta del Tiempo y esta vez se aseguró de su numero: 96. Se disponía a volver a atravesar la 333 para regresar a 2015, cuando oyó un eco de voces lejanas. Tal vez, después de todo, el intruso sí se había quedado en esta versión anterior del Ministerio. Se acercó a la escalera de caracol para asegurarse y prestó mucha atención a lo que se oía más arriba.

Si asombrado se había quedado al cruzar una puerta y aparecer en el Ministerio, lo que oyó ahora lo dejó blanco, completamente patidifuso. Incrédulo, Alonso miró arriba y vio como el intruso, a lo lejos, empezaba a bajar la escalera. No debía verle, no ahora que... Subió renqueando una planta y se metió en el primer pasillo que encontró. Como esperaba, llevaba a un callejón sin salida. Ya escuchaba los pasos del extraño hombre, detrás suyo, acercándose. Estaría aquí en cualquier momento. No debía verle, de ningún modo. Se dio cuenta entonces de que llevaba aún en las manos la capa y la máscara del intruso.

Se las puso justo a tiempo y se giró para encarar a su perseguidor, que exclamó:
- ¡Alto! ¿Quién sois y de dónde habéis salido?

4 comentarios:

Eiko Carol dijo...

Ostia! vaya "timey wimey wibbly wobbly" nos has colado, me encanta! 👏👏👏

Angel Rodriguez dijo...

Cronocrimenes version ministerio, me encanta!

Esther Blanco dijo...

Me ha encantado!! Viva las paradojas! :)

Anónimo dijo...

FANTÁSTICO!!!