28 marzo 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (III)

   (Dedicado a las víctimas de Cagayán, del 11-M y de la tragedia aérea de los Alpes)

Un acto de honor (III)

   - Esto tiene que ser una pesadilla... -murmuró Amelia. 
   -Sí, vaya mezcla: Es más rara que Cowboys contra alienígenas -asintió Julián.
Ante ellos se desplegaba una típica formación de los Tercios de Flandes: un cuadro ordenado de lanceros, rodeleros y arcabuceros, desafiando al fuego enemigo en medio de un escalofriante silencio. El sargento mayor pronunció una sola palabra:
   - ¡Santiago!
   - ¡Cierra!-contestaron cuarenta voces al unísono. Era la señal: todos se cuadraron con el brazo al frente, ajustando la distancia exacta entre cada fila y la siguiente.
   - ¡Santiago! -repitió el oficial.
   - ¡Cierra! -una sola voz, un solo movimiento: esta vez, hacia la derecha. Un brazo de distancia entre cada lancero y el de al lado.
   - ¡España!
   Los tambores dieron la señal de marcha; las picas de la vanguardia bajaron hasta calarse en posición de ataque. Marcando el paso, el cuadro comenzó a avanzar.
En el calculado espacio entre lanceros avanzaban los arcabuceros, espada y daga al cinto, listos para disparar: Julián soltó una maldición cuando distinguió a Alonso y Pero Lucas entre ellos. En primera fila, además: la de los más veteranos. 
   Pero aquello no era Flandes: era la cubierta de un barco. Y los enemigos al fondo no se parecían a nada que Amelia hubiese visto nunca: armaduras samurai de flexibles láminas de cuero y metal, acampanadas como los extraños cascos, rematados en formas fantásticas, como de otro mundo... 
   - Parecen salidos del infierno de Dante.
   - O de La Guerra de las Galaxias.
   Amelia parecía realmente asustada; Julián, sólo algo tenso, como cuando recibía una alerta de incendio a punto de terminar el turno.
   Iba a ser un día muy duro...

* * * * * * * * * *

(Cuatro horas antes):
    La jornada empezó como cabía esperar en un campamento militar: con un toque de diana al alba.
   - ¡En pie, haraganes! -resonó la voz de Entrerríos.
   - Pero si casi no es de día... -gimió Julián.
   - ¿De verdad se ha quedado Alonso toda la noche? Dios mío, qué vergüenza: ¡yo, durmiendo con dos hombres...!
   - Mejor no voy a opinar sobre eso -rezongó el soldado, comenzando a vestirse.
   - ¿Otra vez con lo mismo? Ya cansáis -bostezó Julián-. A varios metros de dos hombres, Amelia, y con una cortina en medio. Por cierto, Alonso, ¿cómo es que te has atrevido a dormir a bordo? Creí que te ibas a marchar en cualquier momento.
   - Porque teníais razón: el mar me puede -reconoció Entrerríos-; y yo no tolero que algo me pueda. Esto se ha de terminar.
   - Bien, pues ya has dado el primer paso: no todo el mundo es capaz -se admiró Julián-. Y esta vez no hemos tenido que emborracharte, ni partirte una silla en la cabeza, ni darte cloroformo...
 - ¿Cloroformo? Tuve que sacar vuestras botas fuera del camarote: ¡si no, estaríamos inconscientes! -rió Amelia, oculta todavía tras la cortina que había improvisado colgando una sábana.
   - Una mujer refunfuñando desde que amanece -gruñó Alonso, intentando no sonreír-. ¡Cómo lo echaba de menos!
   - ¡Ah, la vida de casado! -le siguió la corriente su compañero-. ¡Los solteros no saben lo que se pierden!
   - Si lo supieran, ¿se casarían?
   Amelia fingió ofenderse, pero en el fondo se sentía aliviada: por fin los dos hombres empezaban a ser capaces de bromear sobre sus problemas. La joven se quitó la camisa de dormir y comenzó resignadamente a ponerse el maldito vendaje para disimular el pecho... sin darse cuenta de que la luz del alba comenzaba a recortar su silueta a través del precario cortinaje. Julián dirigió una mirada socarrona a la sábana antes de volverse hacia Alonso. Éste miró a su compañero con aire de reproche y sacó algo de su equipaje: 
   - Te hemos conseguido un coleto como el mío, Amelia -Entrerríos pasó un chaleco de cuero a Julián, y éste se lo lanzó a Amelia por encima de la cortina-. Se pone sobre la camisa. Quizá te ayude más que lo que fuere que llevaras ayer. Es más pequeño, claro: del tamaño que habría usado Blanca...
   Julián notó una fugaz punzada de tristeza en la mirada de su compañero, pero no hizo ningún comentario: lo comprendía demasiado bien. Terminó de vestirse y decidió acompañar a Entrerríos a desayunar. 
   - Te esperamos fuera, Amelia -el enfermero no pudo evitar una risita maliciosa al añadir-: Ah, y si nos han robado las botas, que conste que la culpa es tuya.

* * * * * * * * * *

(Tres horas antes):
   Julián hizo una rápida llamada al Ministerio y usó la Puerta. No tardó mucho en volver, cargado con un enorme fardo de material médico.
   - ¿Lo saben? -inquirió Alonso.
   - No todo: no lo aprobarían. Sólo les he dicho que quiero ayudar a los heridos, pero en tierra -la expresión de Julián se hizo mucho más grave-. Alonso... cuando lo hagamos, no habrá vuelta atrás.
   - Por mí no tengas cuidado. Pero no apruebo que Amelia se embarque en esto. Tú y yo sabemos movernos en medio del fragor del combate: ella, no.
   - Eso es verdad. Pero la idea ha sido suya, y ya sabes lo cabezota que es. En fin, los tres somos cabezotas, cada uno a nuestra manera...
   En los libros habían encontrado muy pocos datos sobre la inspiración del estilo "dos cielos“ (dos espadas) de Musashi: una teoría sin confirmar apuntaba a que Musashi podría haber sido zurdo o ambidextro. Otra teoría, más extendida, afirmaba que asistió en su juventud a alguna exhibición de esgrima europea. Tales exhibiciones, ¿habrían despertado interés si no hubiera sido por combates como el que se estaba empezando a fraguar? Exasperada por la falta de datos, Amelia acababa de tomar una decisión radical: habría que presenciar la batalla desde primera línea. Por eso había enviado a Julián a por suministros de emergencia.
   No sobró tiempo. Mientras esperaba a su compañero, Alonso averiguó qué órdenes tenían los hombres de Carrión: zarpar de inmediato. Con toda la flotilla disponible: la galera "Capitana", el navío ligero "San Yusepe" y cinco embarcaciones pequeñas de apoyo.
   - Otra vez al maldito barco... ¡me gustaría pisar suelo firme un rato!
   - Ahora sí que pareces tú mismo. ¿Por qué tanta urgencia? ¿Tendrá algo que ver con esa humareda en el horizonte? 
   - La gente está inquieta: dicen que hay una aldea en aquella dirección -les interrumpió Amelia, acudiendo a su encuentro. Parecía angustiada. 
   A juzgar por los comentarios que circulaban, había razones para estarlo. 

* * * * * * * * * *


(Dos horas antes):
   En efecto, había una aldea a varias millas marinas de allí, al doblar el cabo Boegador: cerca de la desembocadura del "Tajo", el Río Grande de Cagayán. O la había habido, al menos.
   Lo que encontraron fue desolador.
   - Tarde o temprano habrá una expedición de venganza -había avisado Carrión repetidas veces, organizando diariamente patrullas costeras-. El junco que hicimos huir: volverá con refuerzos.
   "Una aldea de nativos tagalos tratada con especial dureza", fue lo que quedaría escrito en los libros de Historia.
   Pero la frase no hacía justicia a lo que vieron. "Arrasada a sangre y fuego", habría sido una expresión más acertada. Los piratas no se habían contentado con robar todo lo imaginable: se habían ensañado. Cabañas reducidas a cenizas, algunas de ellas con familias enteras (o más bien, lo que quedaba de ellas) todavía dentro. Mujeres y niños violados y asesinados; aldeanos mutilados por espadas o destrozados por prácticas de un sadismo aberrante. Heridos desangrándose sin remedio, en los casos en que los cortes de katana afectaban profundamente al tronco. Amputados y marcados de por vida, en otros casos más "afortunados".
   "Wo-kou", repetían los relatos de los supervivientes: una fuerza combinada de piratas chinos y japoneses, según tradujo el capellán del Tercio.

   Julián había trabajado en muchas emergencias, pero sólo el 11-M superaba lo que estaba presenciando. Se ciñó obsesivamente al protocolo del Samur para amordazar su horror y su furia: clasificar la gravedad de los heridos, hacer curas de urgencia a los que podía salvar, administrar anestésicos a los que necesitaban cauterización o suturas, comunicar al oficial médico los casos graves, indicar los moribundos al capellán. Un solo error de cálculo, y el herido que dejase esperando podría estar muerto cuando regresara para atenderle.
   El cirujano barbero y el oficial médico de Carrión estaban también atareados, haciendo gala de la misma profesionalidad que Julián, a pesar de los siglos de instrucción que les separaban. Los soldados y los mozos de carga de las embarcaciones auxiliares, los dos religiosos de la flotilla y los nativos supervivientes distribuían provisiones, sábanas, enseres básicos y hacían de camilleros.
   - ¿Puedo ayudar? -gimió Amelia. Ella y Alonso traían en brazos dos niños malheridos.
   Julián examinó a los niños y negó con la cabeza. El capellán del Tercio dio la extremaunción a los pequeños y susurró, con infinita compasión, algo que sólo Julián y Amelia oyeron:
   - Sí puedes: dale la mano y ayúdale a morir.
   Amelia clavó la vista en su compañero, aterrada. El enfermero asintió con impotencia y volvió a concentrarse en otro herido al que sí podía salvar.
   La joven dio la mano a uno de los pequeños; el capellán hizo lo mismo con el otro. Al menos, no les dejaron morir solos. 

* * * * * * * * * *

(Una hora antes):
   El capitán e hidalgo Juan Pablo de Carrión sólo se demoró lo suficiente para averiguar qué rumbo habían seguido los piratas: río arriba, en busca de más poblaciones. Ordenó dar la señal de embarque a su tripulación y dejó atrás las naves menores de apoyo, aún enfrascadas en las últimas tareas de socorro. La "Capitana" desplegó todas las velas y empleó a fondo la fuerza de sus remos. Se rumoreaba que la flota pirata podía ser más numerosa que la española; pero si el capitán Carrión lo creyó, no pareció importarle. Solamente pensaba en una cosa: terminar lo que debería haber acabado unos días atras, cuando ahuyentó al junco enemigo a cañonazos en alta mar. Ahuyentarlo, no hundirlo: eso había sido un gran error que estaba pagando amargamente ahora.
   Esta vez tenía que alcanzarlo, y lo alcanzó. Impulsada no sólo por vela, sino también por varias filas de remos, la velocidad de la Capitana era muy superior a la del resto de su flotilla, así que estaba sola cuando divisó el barco enemigo. El junco era mucho mayor que la galera, y su tripulación muy superior en número. Pero Carrión confiaba en su artillería y en sus hombres: ahora, acorralados en el limitado espacio de la ría, los wo-kou no podrían huir tan fácilmente. 
   - ¡Preparad los cañones! 
   Se aprestaron los pañoles: los marineros y ayudantes cargaron la pólvora, las balas de cañón y la metralla.
   - ¡Fuego!
   La detonación fue estruendosa; le siguieron varias más. La cubierta enemiga, atestada de piratas listos para el abordaje, era un blanco fácil: descarga tras descarga de artillería, los bandidos fueron barridos a docenas. 
   El junco también respondió a cañonazos, pero con mucho menos éxito: no disponían de tantas bocas de fuego, ni tan maniobrables como las armas de base giratoria europeas. Carrión se había cuidado muy bien de reforzar la artillería: la "Capitana" y el "San Yusepe" estaban, literalmente, armados hasta los dientes, y también sus expertos tripulantes.
  
   Julián, por primera vez en su vida, no lamentó ni lo más mínimo las heridas que sufrieron los truhanes del junco: estaban probando de su propia medicina. Pero el corazón le dio un vuelco cuando descubrió que Amelia ya no estaba con él.
   - ¿Dónde está mi ayudante Folch? -preguntó al oficial médico, entrando en la enfermería; esperaba que ella se hubiese refugiado allí, ya que era la zona más segura del castillo de popa.
   - No la... no lo he visto -estaba claro que el disfraz de Amelia no había engañado al médico, pero éste no parecía tener interés en delatarla. Su ayudante ya estaba preparando el material de desinfección (aguardiente fermentado), cauterización y sutura, y tanto él como el barbero se estaban ciñendo una coraza, para cuando llegara el turno de adentrarse en el inminente combate.
   -Yo sí -intervino el cirujano barbero-: salió hace poco rato en esa dirección. 
   El cirujano señalaba la zona de servicio de la artillería. ¿Se había puesto Amelia a ayudar a los mozos que cargaban los cañones? Era una tarea relativamente fácil: podía ser capaz... Julián iba a lanzarse en su busca, pero Entrerríos apareció como por arte de magia y le cortó el paso:   
   - Déjala. Esa zona está a cubierto: allí estará bien.
   - Aquí también, en la enfermería. ¡Debería aprender a salvar vidas, no a quitarlas!
   - Eso no te corresponde a ti decidirlo.
   - ¿Cómo que no? Sé cómo es ella, y sé que no debería...
  
   Entrerríos le puso una mano en el hombro y le obligó a mirarle. Julián advirtió que ahora llevaba algo que no había visto antes: una bandolera con cargas de pólvora y un arcabuz, además de las espadas. Seguramente, recién sacados del camarote que habían compartido. Alonso estaba a punto de entrar en combate... pero se había vuelto para impedirle buscar a Amelia. ¿Por qué? ¿Se lo había pedido ella? 
   - Escucha, Julián: yo también sé lo que ella, y otros, deberían hacer... en mi tiempo y en mi lugar. Pero cuando viajo a otros, las normas cambian y he de obedecerlas, me guste o no. Tú tampoco estás en tu tiempo ni en tu lugar: tendrás que aceptar algunas cosas. 
   - ¿Como Amelia cambiando de esa manera? No es propio de...
   - Escúchame: si algo es propio de una mujer, es odiar a los asesinos de niños. 
   Los tambores y flautines dieron una estruendosa señal: no hubo ocasión de discutir más. La tripulación, al oírla, sacó las hachas y ganchos de abordaje.

   Alonso miró el espacio de agua entre ambas naves con aversión... pero para su sorpresa, no le dio tanta importancia ya: demasiadas cosas le estaban dando aversión en lo que llevaba de día. Tanto como para cambiar, al menos de momento, su miedo al mar. O los principios de Amelia Folch.

   La proa de la "Capitana" embistió a la otra nave con estrépito. La cubierta del junco estaba arrasada; pero quedaban numerosos tripulantes escondidos en el interior, y los densos haces de fibras vegetales resultaron absorber bastante bien las descargas de artillería. No se podía hacer mucho más a cañonazos. Había que pasar al abordaje. 

* * * * * * * * * *

   Y el abordaje fue un error. Un maldito error.
   Los ganchos y cabos acercaron las naves hasta asegurarlas entre sí. Encabezados por Carrión y Pero Lucas, diez arcabuceros y otros tantos rodeleros de los Tercios saltaron a la arrasada cubierta del junco. Los hombres de la Capitana eran pocos, pero escogidos por su veteranía: lo que se definiría como soldados de élite, en tiempos de Julián. Este último y el capellán les siguieron: más valía estar cerca por si había heridos, aunque unos simples piratas no deberían ser rivales para los Tercios...
   Pero lo que encontraron en cubierta no fueron simples piratas. Hastiados por la falta de resultados, los verdaderos líderes habían decidido salido a la luz.
  
   Una algarabía de silbidos abrió el combate. Fue la primera señal de que algo iba a cambiar.
   - Flechas zumbadoras: un ritual pagano -informó el capellán. Se había puesto lívido-. Salvas para llamar a los espíritus kami a que contemplen la batalla. Esto no es normal. 
   Tras los arqueros, una línea de soldados ashigaru, con livianas armaduras de tela muy gruesa y cuero, enarbolaban alabardas naginata: lanzas cuya larga punta consistía en una auténtica espada completa. Tras ellos se distribuían sus comandantes, ataviados con llamativas armaduras acampanadas de láminas metálicas y cuero lacado. No se habían molestado en desenvainar sus katanas, ni las largas espadas nodachi: aún no lo necesitaban.
   
   - Rônin, antiguos samurais sin señor -masculló Carrión-. O más bien, que ahora sirven a un nuevo señor de la guerra: Tay Fusa. Al fin vamos a vernos cara a cara.
   En medio de los wo-kou, sobre una silla de tijera de cuero ricamente trabajada, un jefe samurai de ornamentada armadura dirigía las operaciones bajo una especie de palio: en realidad, una tienda semiabierta, transportada por varios hombres. A una señal suya, los soldados rasos ashigaru abrieron fuego. Alonso recibió un tiro en el hombro; Lucas, en el antebrazo izquierdo. Eran heridas leves: a su alrededor cayeron otros con peor suerte. Los españoles dispararon, pero tuvieron que agacharse a recargar. Los rodeleros les cubrieron con sus escudos, mientras los mosquetes de la "Capitana" les relevaban abriendo fuego. 
   - ¿Los piratas también tienen arcabuces? -se alarmó Julián, comenzando a arrepentirse de haber ayudado a Entrerríos a saltar al barco enemigo.
   - Sí, fusiles teppo... ¡agacha la cabeza! -el capellán se adelantó para auxiliar a los caídos-. En mala hora se los vendieron los portugueses...
  
   La empresa era imposible: allí delante eran un blanco perfecto. No podían atacar eficazmente: los arcabuces y mosquetes debían detenerse para recargar después de cada tiro, y las largas lanzas naginata hacían imposible acercarse lo suficiente para poder luchar cuerpo a cuerpo. Carrión y su guardia personal, ataviados con su media armadura y con la visera bajada, intentaban abrirse paso a golpes de espada y de escudo de rodela. El resto de los rodeleros les imitó con tenacidad; pero la estudiada formación de largas lanzas japoneses los tenía casi bloqueados.
   Carrión comprendió que necesitaba parapetarse y usar sus propias picas: pero ya no había espacio ni ocasión para hacerlo eficazmente en el barco enemigo. Con rabia, hubo de pronunciar la aborrecida palabra: 
   - ¡Retirada!
   Cada herido fue puesto a salvo por su camarada, protegidos por la línea de escudos que formaron los rodeleros: no se dejaba a nadie atrás. Alonso tuvo que dar otra vez la mano a Julián para superar su aversión y volver a saltar al otro barco. En la "Capitana", un soldado demasiado joven, tocado con un casco sencillo, terminó de ayudarle a cruzar: ¡era Amelia!
   - ¿Pero qué haces...? -se alarmó Entrerríos-. ¡Agacha la cabeza y vuelve al castillo de popa! Es la enfermería: pronto vas a hacer falta allí...
   Julián no se dio cuenta: estaba ocupado ayudando al capellán a retirar los últimos heridos, esquivando algún balazo por muy poco. Los rodeleros fueron los últimos en retirarse, cuando por fin los arcabuceros pudieron abrir fuego para protegerles.
  
   - Una formación de lanzas para bloquear al enemigo, ¿eh? -masculló Carrión, con una sonrisa especial-. En nuestro barco no lo tendréis tan fácil. ¡Lanceros! ¡Enseñadles cómo forma el Tercio en Flandes! 

(CONTINUARÁ...)
  

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