17 marzo 2015

El Ministerio del Tiempo - 4: "Una negociación a tiempo"

La semana pasada, El Ministerio del Tiempo me dejó con la impresión de haber visto una muy buena película de aventuras, espionaje y ciencia ficción. Esta semana, el cuarto episodio me ha dejado un sabor de boca distinto... y aún mejor. Porque "Una negociación a tiempo" se ha lucido en todos los aspectos (técnicos, creativos, interpretativos, históricos...) como televisión, un capítulo de una serie de televisión, un magnífico, apasionante y extraordinario capítulo de una serie de televisión que, sí señores, es española, y con orgullo digo que pertenece a nuestra televisión pública. 

Aunque tienen ritmos y tempos muy diferentes, lo que sí tienen en común "Una negociación a tiempo" y el episodio precedente, "Cómo se reescribe el tiempo" , es que justifican la libertad creativa que se ha dado a sus responsables. Porque sólo con libertad desligada de formatos estrictos, expectativas preconcebidas y directrices ajenas pueden plantearse, seguidas, ambas aventuras, y que no sólo queden perfectamente, sino que además se complementen e incluso se interrelacionen. Hasta el punto de que, curiosamente, sus títulos podrían intercambiarse.

En el plano más formal, "Una negociación a tiempo" empieza con el paso cambiado: el primer plano está fuera de foco, lo siguiente que ocurre no es nada habitual. No es el pasado el que está en peligro, sino el presente: el Ministerio del Tiempo puede dejar de ser un secreto de estado, con unas consecuencias que sólo muy avanzado el capítulo podremos empezar a valorar realmente. Y sin embargo, eso nos remonta al siglo XV, al origen del Ministerio, al rabino Abraham Levi y su entrega a la reina Isabel de Castilla del "Libro de las Puertas" (que ahora sabemos que escribió él mismo), y en un pasaje breve pero esencial, a la relación íntima que gracias a ese conocimiento oculto se establece entre el judío y la monarca.

El subsecretario Salvador Martí, por tanto, decide rápidamente en favor del Ministerio (no del tiempo) y plantea una misión de rescate que tendrá que superar múltiples obstáculos, que se resumen en una limitación en la "ventana" temporal a la que pueden acceder y la inquebrantable obstinación de uno de los personajes más infames y temidos de la Historia de España: Torquemada. Y aquí es donde entra en juego el fantástico Juan Gea: porque resulta que Torquemada y el agente Ernesto se parecen sobremanera, algo que "mosquea" a la Patrulla, y que acabará propiciando algunas de las mejores y más trabajadas escenas que se han visto en la televisión de este país.

Frente a ese telón de fondo, los tres protagonistas empiezan a brillar con luz propia e independiente, porque ya no sólo son quienes son en función de lo que la misión pide o promueve en ellos. Julián, Alonso y Amelia tienen sus propios carácteres, que se van viendo influídos por el devenir de la serie (como ya vimos en los episodios anteriores) pero que tienen cada vez más el latir de un sólo personaje, o cuanto menos de tres personajes muy bien interrelacionados. Es creíble la relación que se está creando entre ellos, la pasión y entrega de cada uno de ellos hacia los otros, el cuidado y cariño que se tienen y que fluye como algo natural tras estos cuatro capítulos. Frente a la fuerza de otros momentos de la serie, las tramas de su relación, sus conversaciones en la cafetería o por los pasillos, la cena con los padres de Amelia, tienen otro tipo de energía, pero que nutre igualmente o incluso más a la serie, de maneras preciosas (por hermosas y por valiosas). Es sólo otro más de los muchos factores por los que hay que aplaudir al equipo del programa. 

No os voy a destripar más, ni tengo mucho más que añadir, excepto esto: por sí mismo, el capítulo 4 de El Ministerio del Tiempo debería servir ya para que, quien esté a cargo de ello, renovara automáticamente la siguiente temporada del programa, y felicitara efusiva y públicamente a todos los que lo hacen posible, delante, detrás de las cámaras y en las redes sociales.

#YoVeoElMinisterioDelTiempo. Y tú también deberías.

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