19 mayo 2020

El Ministerio del Tiempo 19 - "Tiempo de lo oculto"

   Con "Tiempo de lo oculto", El Ministerio del Tiempo añade una bola más al malabarismo de combinar, con mucho acierto, el humor, el drama, la historia y la ciencia ficción, con un punto de vista original y atrevido. Escrito por Borja Cobeaga (Pagafantas) y Diego San José (Vota Juan) y dirigido por Javier Ruiz Caldera (Superlópez), el capítulo nos cuenta la historia de Lombardi, de cómo descubrió por accidente las puertas del tiempo buscando psicofonías y ha convertido en la obsesión de su vida revelar la existencia del Ministerio. Y el público le escucha.
   Arranca con una insólita escena de la intimidad de Salvador Martí (Jaime Blanch, que si siempre es imprescindible aquí está superior) en el barbero, digna de Scorsese. Luces y sombras. Parece particularmente vulnerable, con el cuello expuesto a la navaja de don Anselmo, e incluso su manera de hablar es más relajada: aquí no es el omnipotente subsecretario, solo un hombre más. Aquí, por tanto, es donde viene a verle Lombardi (Roberto Drago), donde reaparece ese "alguien que le dio mucho trabajo hace 7 años y medio, casi ocho" (pero que él de entrada no recuerda, ni nosotros, porque nunca le hemos visto; primera pista del menosprecio que le resiente), para asegurarle que esta vez sí va a desvelar la existencia del Ministerio. Hay ecos de una historia  pasada y secreta de la organización, de lo que ocurrió antes de que los espectadores llegáramos a la serie, que suenan a rencillas, a venganzas calculadas que se sirven frías. El toque mafioso de Salvador no es casual: se repetirá cuando diga que puede ser necesario eliminar a Lombardi y cuando le dispare a bocajarro en los pasillos, aunque sin bala. Vuelve a recordarnos que Salvador no se anda con chiquitas. 
Cartel de Sergio Iniesta
   Pese a ese inicio ominoso, "Tiempo de lo oculto" tiene mucha, muchísima comedia. La retranca del episodio arranca con ese parapsicólogo argentino que, por una vez, tiene razón, y que ignora que, en realidad, siempre ha trabajado para el Ministerio. En la relación con su hija (una muy divertida Anna Castillo) y luego con Cristóbal Colón (Joan Carreras), lo que le lleva a alterar drásticamente la historia, siendo el argentino el que descubre América. Pero no acaba ahí, ni mucho menos: en sus primeros minutos lanza divertidos guiños a los ministéricos que, en la vida real, acuden en masa a hacerse fotos a la puerta de la supuesta sede de la organización en la plaza Duque de Alba de Madrid. A los audímetros y su manipulación (o inexactitud), viejo caballo de batalla de la serie. A cómo el propio Salvador se inventa, con todo su aplomo, cosas como el "nivel de alarma alfa" para ganar tiempo y no dejar traslucir que no tiene ni idea de cómo solucionar el problema. Improvisando, que para algo es español.
Cartel de Míkel Navarro

   El gran triunfo del episodio, entonces, es el truco entre cervantino, molieresco y kafkiano que emplea Salvador para hacer creer a Lombardi que se ha equivocado: convertir el Ministerio del Tiempo en un lugar aburrido. Aprovechando el foco de los últimos episodios sobre las preconcepciones, los prejuicios y los tópicos, la serie le da la vuelta a la proporción entre lo excepcional y lo mundano que suele ofrecer, primando lo segundo: el Ministerio se disfraza entonces para transformarse en la imagen típica del funcionarado del país, aburrido, atrasado, poco atractivo. Con papeleo, gestores de obras públicas que pierden el tiempo (nudge, nudge) y un Velázquez que juega al solitario y "hace dibujitos". Tras 18 capítulos reinventando la imagen del funcionario español y haciéndola llamativa, rompedora, moderna e imprescindible, se refugia en el lugar común de lo gris. El subterfugio casi sale bien.
   Luego viene el capítulo más convencional, si se quiere, la misión: Lombardi se pierde en el pasado (divertidísimo su breve viaje a tiempos godos, y brillante la idea del árbol como puerta) y conoce a Cristóbal Colón, reivindicándose ante su hija, pero no contento con tener razón, su ego le empuja a hacer más, a dejar de ser menospreciado: sin ningún plan maligno, pura personalidad. La Patrulla se salva por estar viajando por el tiempo cuando cambia el tiempo (wibbly wobbly timey wimey), y resultan los únicos en saber que Lombardi ha cambiado la historia, lo que les permite evitarlo. Pero no dejan de caer prejuicios y lugares comunes: el huevo de Colón, la búsqueda de las Indias, los portugueses y las toallas. Esta vez el pasado es casi como una mezcla de Mel Brooks y Mariano Ozores: mucho más divertido, sin dejar de poner mucho en juego.
   "Óleo sobre tiempo", "Tiempo de lo oculto" y "Hasta que el tiempo nos separe" cumplen en esta temporada además la función de aligerar la gravedad y dramatismo de capítulos como los de Filipinas, la Vampira o Felipe II. Aunque nunca hay episodios puramente serios o cómicos, impiden que nos acostumbremos a una sola manera de interpretar la serie, a un único grado de epicidad o costumbrismo, e inyectan (en una temporada más larga) puntos de vista sorprendentes y frescos que la mantienen viva y siempre original, ofreciéndonos nuevas facetas de los protagonistas y dibujando una Historia más compleja y hecha de personas, antes que de personajes.

Reseñas de El Ministerio del Tiempo
T1: 1 Empecinado | 2 Lope | 3 Hitler | 4 Rabino | 5 Guernica | 6 Lazarillo | 7 Leiva | 8 Lorca
T2: 9 Cid | 10 Pacino | 11 Cervantes | 12 Napoleón | 13 Gripe | 14 Houdini | 15 Filipinas | 16 Filipinas | 17 Alcázar | 18 Vampira | 19 Lombardi | 20 | 21
T3: 22 Hitchcock | 23 Mincemeat | 24 Bécquer | 25 | 26 | 27 | 28 | 29 | 30 | 31 | 32 | 33 | 34

T4: 35 Eulogio | 36 Almodóvar | 37 Bloody Mary | 38 Picasso | 39 Anacronópete | 40 Herrera  | 41 Fernando VII | 42 Salcedo 


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