TERTIA PUGNA
Muriel no daba crédito a sus ojos. En una sola mañana había visto más cosas que en toda su vida: un combate sobrenatural contra los demonios Hastur y Shax, un viaje entre los prados y árboles de esa Creación que siempre había estado fuera de su alcance, ¡y ahora tenía delante al mismísimo Adversario! Lo cual sería hasta interesante si el archidemonio se limitara a brindar con Crowley... pero aquella terrorífica mirada de fuego azul pronto se clavó en el ángel-contable.
- ¿Dónde están mis modales? Espero que un angelito como tú sepa perdonarme -Satán escanció una tercera bebida, mientras su voz pasaba de la burla a la seriedad-: Su Todopoderosidad nunca supo...Muriel olfateó el whisky temblando, sin saber qué hacer con aquel líquido de olor amargo, y miró alternativamente a su interlocutor y a Crowley:
- Pero... esto es... un pecado, ¿no?
- Sólo en exceso -Satán rió suavemente y apuró su bebida-. El alcohol llegó a protagonizar milagros.
- Y también fue el octavo pecado capital -puntualizó Crowley, alzando su copa para admirar con nostalgia la difracción de la luz en el dorado líquido-. Pero ya no, desde que soborné a una abadía entera, en Burana. ¡Fue un fiestón!
- Tenías el mejor trabajo del Inframundo -reprochó Satán con ligereza. Dejó su copa sobre la mesa del despacho, se reclinó en el lujoso sillón de la gerente y cruzó una pierna con descuidada elegancia-. ¿No lo echas de menos, Crowley?
- No todo era repartir vino y golosinas -fue la lúgubre respuesta.
- Pues nunca serviste para otra cosa. El horror directo era más propio de Ligur y Hastur.
- ¿Dónde está el Amo Hastur? -intervino Mary "Locuaz" Hodgson.
Crowley giró sólo el torso, como si fuera de goma, y la fulminó con la mirada. Pero su ex jefe se puso en pie, aplaudiendo lentamente:
- Ésa es la pregunta clave, querida sierva -su voz pasó de la fría burla a un rencor creciente-. ¿Quién fue el último que vio vivos y enteros a los duques menores Hastur y Ligur? ¿O al Gran Duque Belcebú y a su sustituta Shax? -el rugido de odio creció hasta hacer vibrar las paredes-. ¿Verdad, Crowley?
Muriel contuvo un grito de horror, temblando tanto que rompió su copa sin querer. Crowley agradeció la interrupción, porque no quería mostrar miedo. Y lo tenía. Un pánico cerval. Tuvo que tomar un trago para que el áspero licor le hiciera reaccionar la garganta lo suficiente para poder hablar.
- Pagué por lo de Ligur -insistió roncamente.
- ¡A los demás no los tocó! -intentó ayudar Muriel, aunque nadie le prestó atención. Su voz temblaba demasiado para sonar convincente.
- Admito que Shax se lo buscó, por retar a dos arcángeles -Satán asintió con algo parecido a resignación-. Pero esa imbécil no ha vuelto con vida, Hastur está manco y Belcebú oficialmente ha muerto.
- ¡Pero Belcebú está...!
- MUERTO, ¿entiendes? -fue la tajante respuesta-. ¡No se permite decir NADA más! Ya destruiste la moral demasiado hace cuatro años, Crowley, cuando empezaste a jugar con ángeles y con agua bendita.
- ¡Empecé hace siglos! Un Acuerdo de paz que ni siquiera notaste, ¡porque da igual quién haga el trabajo! -Crowley escondió su miedo tras una carcajada-. Lo que cambió hace cuatro años no fue eso. ¡Fue que el Infierno se volvió contra mí!
Por un instante, Satán casi pareció desorientado. No comprendía algunos de aquellos conceptos:
- ¿Siglos de... paz? ¿DA IGUAL...? -negó con un gesto y recuperó la entereza-. En fin: perdiste a mi Hijo. Pero si tú no aceptas tu responsabilidad para encontrarlo, tengo mis propios medios. Pesadillas, por ejemplo. ¿Crees que en el Infierno sólo hay íncubos y súcubos? Tengo más demonios del sueño, y son terroríficos.
- ¡Eso rompería las normas de no intervenir directamente en la Tierra! -señaló Muriel, con el aplomo del contable que conoce las normas de su oficio.
- No sería un daño físico real -puntualizó el Adversario fríamente-. Sólo visitaré a cada niño del mundo, noche tras noche, hasta dar con el que tenga el tipo de mente que busco. Costará más o menos tiempo, pero lo encontraremos.
- ¡Podría causar daño real! -avisó Nina-. Trastornos mentales, estrés postraumático, demencia...
- Ah, ¿existe una patología humana para camuflar esta operación? -se interesó Satán, para horror de su interlocutora-. Gracias, querida. Entonces, está decidido.
- No me lo trago -Crowley se sentó sobre la mesa con su mejor cara de póker-. ¿Cómo sabrías qué mente es la correcta?
- Es fácil de adivinar -gruñó Satán-: probablemente es como la mía. Llena de ansias de poder y grandes planes. Quizá, aunque sea un joven becario, ya esté en los grandes despachos donde se decide el destino del mundo...
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Mientras tanto, cuatro ciclistas y un perro cruzaban Tadfield como una exhalación. Habían pasado de ser niños a adolescentes de la misma manera que sus bicicletas infantiles se habían transformado milagrosamente en modelos de alta competición con tecnología de la NASA: gradualmente, unas micras cada día, sin que nadie notara grandes cambios, excepto algún comentario vecinal como: "Qué bien cuidan las bicis esos chicos. Seguro que les han comprado recambios especiales" o "¿La bici de esa Pepper no era antes rosa y de chica?". O incluso: "Ya tienen edad para discotecas y borracheras, ¿cuándo crecerán?"
Ésa era la cuestión: que a Adam Young no le interesaba crecer. ¿Irse a estudiar a la ciudad? ¿Pisar a fondo por la autopista? Eso lo tenía todo el mundo, tarde o temprano. Pero ¿cuánto tiempo les quedaba de infancia a cuatro adolescentes de 15 años? ¿Cuánto tiempo de poder hacer bicicross, parkour, skating acrobático, autoenseñarse a conducir a hurtadillas el coche de sus padres en caminos olvidados por las patrullas de tráfico, probar cerveza sin tener que ocultar la cara de asco, observar a nutrias y patos pelearse por el control del río sin tener que sintonizar National Geograhic...?
O para retrasar, sencillamente, la temida pregunta sobre qué tipo de "oficio de provecho" iba a estudiar. ¡Si ni siquiera quería hacer nada de provecho en todo el verano! ¿Para qué estaban las vacaciones de verano, si no eran para holgazanear?
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- Mi Hijo fue un rebelde, sí. Recuerdo cómo se ocultó en el anterior Armagedón -meditó Satán, paseando alrededor de la imponente mesa del despacho como un simple y muy corrupto hombre de negocios-. Estoy seguro de que él también lo recuerda, y ha tenido tiempo de reconsiderar nuestra posición. Ahora sí será capaz de pensar más allá de sus tonterías de adolescente.
- Los niños hoy en día crecen más tarde -observó Anatema, que tenía amistad estrecha con unos cuantos críos raros de Tadfield.
- Cierto. En el fondo, lo entiendo -el diabólico padre casi sonrió traviesamente-. Perseguir a jovencitas, competir por ellas contra los machos beta, establecer su dominio... ya tiene edad de otras cosas más productivas, pero comprendo que son impulsos naturales.
- ¡Pero señor! -protestó Muriel-. ¡Que hay una niña delante!
- A mí me está dando curiosidad -sonrió Lucy con malicia.
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- ¿Qué tal un chapuzón en el río? -propuso Pepper, entusiasmada-. ¡Vamos a espantar a los patos!
Brian y Wensleydale se miraron con incomodidad, pero mantuvieron la vista fija en el terreno y siguieron pedaleando en silencio. La belicosa muchacha que encabezaba la marcha había pegado un estirón que los dejaba pequeños a todos, y no había crecido sólo a lo alto, así que mirarla les provocaba reacciones muy poco infantiles en una zona incómodamente próxima al sillín. Una vez sugirieron que ella pedaleara la última "para no incomodarlos visualmente", pero fue un error (bueno, los puños de ella no erraron su objetivo). Con un ojo morado descubrieron una idea alternativa y revolucionaria: controlarse a sí mismos, en vez de a ella. Adam, el muy traidor, se limitó a encogerse de hombros y reír de buena gana.
Pero al menos Adam se compadeció de los demás lo suficiente para que, cada vez que una curva femenina destacaba demasiado, un faldón de ropa o una hoja movida por el viento ocultase el problema. Eran hojas de parra o de higuera, claro; según las pinturas barrocas de sus libros de texto, esas plantas existían expresamente para eso.
- Me encantaría -respondió Adam, meditando bien sus próximas palabras (ni siquiera él osaba contradecir a Pepper)-. Pero... me empiezan a dar pena esos animales. Después de lo de las ballenas, el Kraken y todo aquello...
Se hizo un silencio incómodo, roto sólo por los zumbidos de las abejas entre las incontables flores. No solían recordar aquello. No por falta de memoria, sino porque evitaban activamente recordar aquello.
- Han pasado cuatro años -señaló Pepper al fin.
- El número cuatro trae mala suerte -apuntó Wensleydale-. Lo oí en un anime.
- Mala suerte es lo mío -gruñó Brian: se le había caído encima media bebida nada más abrirla.
- Pues cambiemos de tema. ¿No han inaugurado un velódromo en la pista de deportes? -volvió Adam a la carga- ¿Y si vamos hoy?
- Imposible -contestó tristemente Brian-. Hay partido de rugby, y últimamente eso es sagrado. ¡Como ahora tienen a un superestrella...!
- Quién iba a decir que el matón Caine "Culogordo" Johnson acabaría sirviendo para algo de provecho -observó Wensleydale-. Dicen que va para profesional.
- Mejor -sentenció Adam-. Ya estamos grandecitos para peleas de críos. Sólo sirven para molestar a los que intentan que el mundo funcione -no le gustaba sonar como un adulto, pero ya había visto la alternativa: el Armagedón, peleítas Cielo-Infierno impidiendo que los humanos hicieran funcionar el mundo en paz...
- ¡¡MALDICIÓN!! -exclamó Pepper al girar un recodo del camino. Frenó tan ferozmente como pudo, pero sólo consiguió caer de cabeza sobre alguien, con un estrépito de vidrios rotos (que a su vez desencadenó un ataque de ladridos de Perro).
- ¿"Culogordo" Johnson? -se asombró Brian al reconocer al intruso-. ¿Te has saltado el partido?
- ¡Para atacar a Pepper! -se indignó Wensleydale, aunque a su manera: aparcando pulcramente la bici a un lado del camino, activando el pedal de sujeción y dirigiéndose hacia el intruso con los puños en posición de púgil de peso pluma-. Estuvo a punto de venir sola hoy, lo sabe todo el mundo... ¡lo dijo en la cafetería!
- No, ¡esta vez no! -gimió Caine Johnson, mientras Pepper se ponía en pie por sí sola y rechazaba su ayuda a patadas-. Esta vez tenía que salir bien. ¡Pero soy un torpe y siempre lo arruino todo!
Adam y Pepper miraron con extrañeza los restos caídos: entre los fragmentos de vidrio había... ¿rosas?
- ¿Es una burla? -se indignó ella, mostrando una cinta de tela con estampado infantil que aún unía los tallos de las flores-. ¿Un lazo de Buscando a Nemo?
- ¿Qué tienen de malo los peces de colores? -estalló Johnson: la indignación le dio entereza suficiente para levantarse en toda su enorme envergadura (desde los once años vestía la misma talla que su padre adoptivo) y encarar la vergüenza de lo que iba a confesar-. ¡Me gustan mis peces de colores! ¡Son los únicos que no me llaman matón, torpe o bruto! ¿¡Vale!?
Existe un tipo de silencio que sólo acompaña a las grandes revelaciones. Un silencio solemne, lleno de escalofríos y de ideas imposibles. Un silencio como el que guardaron los Cuatro en aquel momento (un poco deslucido por Perro, que siguió ladrando).
- Lo que rompiste en mi onceavo cumpleaños -Wensleydale tenía excelente memoria para ciertas ofensas-, después de todo, ¿no fue a propósito?
- Pero... -Adam no entendía nada- ¿Para qué nos hiciste creer durante años que eras el matón del cole?
- ¡Porque es peor que me llamen bruto y torpe! -estalló Caine-. Como matón al menos tenía respeto. Y con el deporte fue aún mejor... ¡pero con esto se acabó! -lamentó, compungido-. ¡Ahora lo sabrá todo el mundo!
Adam llamó a Perro y tiró un palo bien lejos. El animal dejó de ladrar y corrió a buscarlo, para alivio de todos. Necesitaban poder pensar sin que les taladraran el cerebro a base de ladridos.
Pepper empuñó el ramo con su cinta colorida y se dirigió hacia Caine Johnson con el paso firme de quien va a romper con todo. Bryan y Wensleydale, acariciándose los respectivos ojos amoratados, se inquietaron. Pero Adam vio que no había cerrado el otro puño y sonrió.
- A mí no me pareces torpe ni bruto, "Culogordo" -gruñó ella, devolviéndole las flores-. De hecho, no hemos visto nada -se volvió hacia sus amigos e insistió-: ¿VERDAD, CHICOS?
- ¡Nada en absoluto! -obedecieron los tres al unísono-. ¡Es culpa nuestra, por ir distraídos!
- ¿A nadie le ofende que yo haya intentado... bueno....? -Johnson señaló a Pepper y a los demás-. ¿No tienes novio? ¿Ninguno de...?
- No -dijo Pepper, volviéndose hacia Adam-. Aunque no creas que no he notado cómo me miras.
- Se me había ocurrido, la verdad -confesó éste, para ultraje de sus dos mejores amigos. El ultraje era que Adam no tuviera el ojo morado también, claro-. Me gustaría, de hecho, pero...
- ¡No quiero peleas posesivas como en las películas machistas! -escupió Pepper. Tenía un puño preparado en la dirección de cada pretendiente.
- ¿Peleas? -se escandalizaron ambos a la vez.
- Pepper -dijo Johnson, preparándose para un placaje por si acaso-, me encantaría que me eligieras...
- Lo mismo digo -afirmó Adam-. Pensándolo bien, en esas películas los guionistas deben ser guionistos, y no muy originales, porque ni siquiera se les ocurre preguntar la opinión de quien más importa.
- ¡Eso! -asintió Caine Johnson-. Somos rivales, pero tiene razón. ¡Sólo conocemos dos opiniones, pero somos tres!
- Él y yo queremos lo mismo: salvar peces, nutrias y el mundo, en plan ecologista -empezó Adam. Carraspeó y titubeó antes de reunir el valor para añadir-: y te queremos a ti, Pepper. Pero... ¿qué quieres tú?
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- En resumen -el Adversario volvió a apoltronarse frente a la mesa del despacho, unió las puntas de los dedos como un jefe mafioso y sonrió de manera perversa-: mi Hijo, además de conquistar corazones por la fuerza, ya estará aplastando a sus rivales bajo sus botas y usando el mundo como lo que es: algo que destruir y pisotear a su antojo y capricho.
- Yo se lo inculcaba a base de cuentos, cada noche -asintió Crowley.
- ¿A qué niño? -rezongó Satán, dedicándole una mirada asesina.
- ¡BASTA! -intervino una voz de mujer.
Los dos demonios se volvieron, atónitos, para identificar a quien había tenido la osadía de interrumpirlos: nada menos que Nina, la menos esotérica del grupo humano. Los demás se habían sentado en el suelo como una secta hippy cansada, pero Nina estaba en pie, con los puños apretados hasta clavarse las uñas. Temblando, pero firme.
- ¿Cómo osas desafiar al Señor de las Tinieblas? -bramó Satán, en un tono que reverberó en todo el edificio. Anatema vio cómo el aura infernal se extendía y se retorcía en torno al pentáculo protector.
- Escucha, Nina... déjame arreglarlo -rogó Crowley-. No me gusta hacer tratos con Él, pero si es necesario... te ofrecí mi protección y lo mantengo. Sólo... no lo provoques, ¿vale? -avanzó hacia ella con cautela-. O Él nunca te dejará salir de ese pentáculo.
- Que así sea -decidió Nina, armándose de valor-. Si me quedo dentro, no tendrás que hacer tratos con él.
- Si no hay trato, no hay Niño -dedujo Anatema, sentada en posición de meditación. Parecía haber decidido algo que la inundaba de paz-. Ni Apocalipsis, ¿verdad?
- ¡Salvaríamos el mundo! -entendió Newton, poniéndose en pie de un salto. Tembló al deducir las consecuencias, pero se obligó a sí mismo a decir-: Yo también me quedo.
- ¿Prisioneros para siempre? -tartamudeó Mary Hodgson, pero meditó sobre ello y frunció el ceño-: Tengo familia... si así se salvan...
Crowley y Muriel sonrieron entre lágrimas.
- ¡Tanto heroísmo! Cuando crees que los humanos son capaces de más maldad que un demonio, de pronto hacen esto y...
Una voz infantil rompió la solemnidad de la escena:
- Necesito ir al baño.
El silencio fue absoluto. Incluso Satán se quedó boquiabierto, mirando a la niña con una mezcla de desprecio y confusión. Intentó recobrar la compostura, pero no pudo mantenerse serio y acabó estallando en carcajadas (demoníacas, pero carcajadas).
- ¡Y en eso se resume la tenacidad humana! -señaló, luchando por serenarse-. Tengo un plan B de pesadilla, pero esto es aún mejor. ¡Derrotados por algo tan simple!
Anatema se encogió de hombros:
- Mi taller informático tiene zona de aseo, literas y otro pentáculo en el suelo.
- Gracias, Agnes -rezó en voz baja Newton.
- No importa. Veo más despachos con cartelitos, así que pueden aparecer más humanos -observó Satán-. Uno es de... ¿una asociación sin ánimo de lucro de jóvenes ecologistas? Mary, ¿cobras alquiler a unos niños sin dinero? -la interpelada asintió, provocando en su jefe una sonrisa casi de ternura- ¡Eres exquisita! Pero como iba diciendo, no importa: Crowley ya ha aceptado mi trato.
- ¡No! -protestó éste-. ¡Yo no he aceptado nada de ti! Nad...
Crowley se miró la mano. Aún sostenía la copa que le había servido Satán. Comenzó a temblar al recordar que la había bebido para darse valor. ¡Había aceptado una copa de ÉL!
- ¡Mierda! Joder, ¡por las bragas de Pazuzu!
Se giró hacia su antiguo jefe, pero el Maligno ya no estaba. Le había burlado, esfumándose sin explosión ni espectáculo alguno, como si no hubiera sido más que una alucinación. El único rastro de su presencia era la otra copa, cierto olor a azufre y un eco similar a una carcajada burlona, que reverberó un instante más en las paredes.
- No puede ser -rugió la Serpiente-. ¡Luché tanto por mi libertad...! -el temblor se le extendió hasta que le cedieron las piernas y se derrumbó en el suelo, con los iris amarillos, enormes, desorbitados por el shock. El aire se atropelló en su garganta hasta estallar en un gemido desgarrador-. ¡¡NO ES JUSTO!!
- Al menos no has cerrado tus condiciones, ¿verdad? -preguntó Muriel, con interés profesional.
- Todavía no he puesto ninguna -se consoló Crowley-, así que aún tengo derecho a poner las que yo quiera. Si las pienso bien, quizá... -Calma. Necesitaba calma. Tenía que averiguar si existían tratos temporales. Y, sobre todo, no vocalizar ninguna condición antes de estar completamente seguro, porque una vez lo hiciera...
El eco de unos pasos interrumpió el hilo de sus pensamientos. Anatema escudriñó el recodo del pasillo, se puso en pie y saludó a alguien con la mano.
- ¡Los conozco! -señaló la bruja de la informática, cuando un grupo de adolescentes dobló el recodo desde el recibidor y avanzó hacia ellos. Eran cinco, y se detuvieron a la altura del despacho de la ONG ecologista.
- Qué pequeño es Tadfield -sonrió Mary "Locuaz"-. El más alto, Caine Johnson, me alquiló el local y me dijo que había nacido en este convento. ¡Hola, Caine! ¿Son tus nuevos socios?
- ¡Sí, directora Hodgson! -Caine "Culogordo" Johnson la saludó con la mano y señaló a uno de los jóvenes que le acompañaban-: Éste es Adam, ¿sabe que también nació en este edificio? ¡El mismo día que yo!
Crowley se quedó tan estupefacto que olvidó su propia desgracia por un instante. ¿Tenía delante al Tercer Niño? Y no sólo el... ¡también Adam, el que según él "nunca había sido el Anticristo"! Rezó silenciosamente al Arcángel Supremo, y no sólo por la inefable casualidad que le había evitado al chico un encuentro con su Padre. Sino también porque Adam le estaba mirando, y no sólo a la cara. Adam era capaz de mirarle hasta el fondo del alma, ver su pasado, su futuro, sus pensamientos, destruirlo, reconstruirlo y hacer que nunca llegara a haber existido. En aquel momento estaba haciendo todo eso menos las tres últimas cosas.
- ¿Vuelves a ser ecologista, Adam? -sonrió Anatema.
- Sí, pero no voy a hacerle el trabajo sucio a la gente -insistió Adam, retomando la conversación donde la dejaron cuatro años atrás-. Se aprovecharían de mí y esperarían que yo lo hiciera todo. Quiero que lo solucionen las personas por sí mismas. Pero deseo investigar cómo lo hacen, por si un día me apetece darles un empujoncito sin que ellos lo sepan. ¡Así que por fin sé lo que quiero estudiar en la Universidad!
- ¿Ciencias políticas? -se interesó la exmonja satánica-. ¿Economía? ¿Armamento? ¿Religión? ¿Filosofía?
Adam sonrió y puso los brazos en jarras, con ese orgullo que se lee en una cara que dice "algo aún mejor":
- ¡Técnico de gestión ambiental!
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