12 mayo 2026

TERTIA PUGNA-14

 TERTIA PUGNA

Final alternativo de Good Omens
(continuación después de la 2ª temporada).

Por Mª Nieves Gálvez 


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"No one heard a single word you said.
They should have seen it in your eyes,
what was going around your head
She's a little runaway,
Daddy's girl learned fast
all those things she couldn't say"
("Runaway", Bon Jovi) 



CAPÍTULO 14.- EL RECUERDO DE ASTORETH 



    Adam Young esperó a que sus amigos entraran en el club ecologista, pero él se quedó fuera, observando a Crowley con curiosidad. Le resultaba extraño ver a un demonio en tiempos de paz.

   - ¿No han venido los Cuatro Jinetes? -se interesó, dirigiendo miradas recelosas a ambos lados del pasillo del convento.

    Crowley negó con la cabeza, intimidado por la presencia de Adam. Carraspeó por los nervios y se obligó a recuperar la voz:

    - No tengo prisa por volver a verlos. ¿Y tú?

   Adam negó también. Después señaló a Muriel: 

    -​ ¿Ángel nuevo? ¿Qué le pasó al otro?

    ​Crowley sintió un escalofrío. "Nunca le dijimos lo que éramos", recordó, "pero sabe leer la realidad sin que se la deletreen". Se ajustó las gafas oscuras y forzó una sonrisa tensa:

​    - El otro ángel está... de baja por exceso de santidad -resumió evasivamente-. Así que me han asignado uno en prácticas.

    - Amo Crowley, entonces ¿el que vino con usted a reventar mi negocio de paintball no era un demonio albino? -preguntó Mary Hodgson, saliendo del pentáculo con pasos cautelosos-. ¿Es cierto que usted trata con ángeles? ¿Cambió de bando?

    Crowley se volvió hacia ella y asintió con una sonrisa amarga:

    - No tengo bando. Soy el pecado original, el libre albedrío ¿recuerdas? Úsalo: es más valioso de lo que crees. Por ejemplo, ¡nunca llames a nadie "amo"!

    Muriel sintió algo extraño. No entendía de qué se trataba, ni por qué Adam tenía una mirada joven y antigua al mismo tiempo, pero se estremeció como si en su mente se hubiera dejado una ventana abierta y le estuviera entrando una brisa en el alma. Una brisa llena de... ¿amor? ¿Adam era el que tanto amaba a Tadfield?

    - Ese joven... -el ángel sopesó las probabilidades-. ¿Puede ser...?

    - No lo digas -intervino Adam, señalando a Crowley-. Si es como la otra vez que vi a éste, no quiero oírlo. 

    - ¿Debo asustarme, Anatema? -se inquietó Nina- ¿Quién es?

    - Es buen chico, de verdad -Anatema tomó a Nina por los hombros y la miró con urgencia-. Pero ni él ni nosotros queremos que lo encuentre... -señaló el despacho que el Adversario acababa de abandonar-... ya sabes quién. 

    Crowley comenzó a recordar su época como Nanny Astoreth: concretamente, la sensación de ser el principal adulto al cargo de todo. Se enderezó y alzó la voz con autoridad:

    - Adam sólo es un ecologista, ¿entendido? Y creo que me voy a apuntar a su club. Me gustan las plantas -se volvió hacia Lucy-. ¿Vienes? Te conviene estar con gente de tu edad.

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     En la trastienda de la librería, Azirafel extrajo un libro de un cajón y empezó a escribir en él con pulcra letra inglesa. Saraqael intentó esperar en paciente silencio, pero al cabo de unos minutos se interesó:

    - ¿Qué es eso?

    - Mi diario -respondió el nuevo Arcángel Supremo. Completó un párrafo y cerró el libro con satisfacción: ¡había conseguido que Crowley volviera a hablarle! Y no sólo de entrelazamiento cuántico, sino también de temas personales-. Hoy ha sucedido algo digno de ser recordado.

     - ¿Escribe en él todos los días, señor Fell? -se interesó Maggie.

    - Bueno, en realidad no. Sólo cuando sucede algo memorable -Azirafel limpió y guardó la pluma-. Supongo que sería más adecuado decir "mis memorias".

    - ¿Para qué sirve? -Saraqael se encogió de hombros-. ¿Eres olvidadizo?

    - No, pero seis mil años en la Tierra dan para muchos recuerdos. Cuando llegue el Juicio necesitaré un resumen, para abogar por la Humanidad -abrió un cajón de su escritorio y volvió a dejar el diario dentro-. Aquí hay obras de caridad, de heroísmo, arte, inteligencia, incluso pequeños placeres que hacen que todo valga la pena... aunque no soy el único que escribe lo importante, claro -señaló a su alrededor-, por eso tengo esta librería.

    "Seis mil años", reflexionó Maggie con un escalofrío. "El Juicio". Aquellos conceptos le dieron un vértigo demasiado extraño para poder expresarlo con palabras. Sólo consiguió verbalizar una obviedad:

    - P-parece un libro demasiado corto para contener un diario tan largo.

    - Es más grande por dentro -respondió el ángel, cerrando el cajón del escritorio. Parecía pequeño, pero cuando Azirafel lo empujó, el sonido que hizo al encajar reverberó con eco, como una gran cámara acorazada. 

    Después de una conversación tan extraña, el timbre del teléfono sonó paradójicamente mundano.

    - ¿Qué es ese ruido? -preguntó Saraqael.

    - Un dispositivo de comunicación humano. Debería llevarme uno arriba -Azirafel descolgó el auricular y saludó-: Librería A. Z Fell & Co. ¿Qué necesitas, Muriel?

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    Crowley miró a los chicos con astucia, posando su mirada sobre Caine Johnson, a quien los demás se empeñaban en llamar "Culogordo". En su mente, un plan tentador se puso en marcha: Johnson había nacido en el mismo sitio y fecha que Adam y Warlock, así que era el Tercer Niño. Si lo entregaba, el Infierno le dejaría en paz y podría volver a su Bentley y a sus plantas. Un sacrificio por la libertad eterna...

​    - Chicos, me gustaría saber más sobre este club ecologista -declaró con voz suave, buscando alguna excusa para llevarse a Caine a solas-. Adoro las plantas. Soy... estricto con ellas -lanzó una mirada fugaz a una cala que languidecía en una esquina, y la planta pareció enderezarse del susto.  

​    - Yo tuve una niñera que también era así -intervino la Lucy, con súbita solemnidad-. Cuando detectaba en un rosal alguna plaga de ácaros, los ejecutaba ritualmente en la hoguera.

    - ¡Igual que mi madre! -se entusiasmó Caine Johnson-. ¿También fue a la escuela del Sabat? 

    "E igual que yo, cuando fui niñera" recordó Crowley, frunciendo el ceño. Pero no; debía ser casualidad...

    - ¿Tus padres son satánicos, Caine? ¿Y de Tadfield? 

​    - Sí, pero no muy devotos; se saltaban los aquelarres por su alergia al pelo de gato. Lo extraño es que yo no soy alérgico... a veces me pregunto si soy adoptado.

    - ¿Se sacrifican animales en esos aquelarres? -preguntó Pepper, estudiando las imágenes que tapizaban las paredes: en su mayor parte eran recortes de Prensa sobre flora y fauna amenazada.

    - Espero que no, pero no pienso ir a verlo -Caine señaló un artículo sobre corales y peces tropicales peligro de extinción-. Me interesan otras cosas. 

    - ¿Aparte del rugby? -intervino Bryan, que todavía no creía que un chico tan bruto pudiera acercarse a una pecera sin romperla.

    Crowley sintió una punzada de algo que reprimió para no admitir qué era: culpabilidad. Thaddeus Dowling, el diplomático americano al que sirvió como niñera, también era robusto y adoraba el rugby, o más bien el fútbol americano. A su mujer, Harriet, le gustaban los peces tropicales. Si el Infierno no hubiera intercambiado los bebés quince años antes, Caine habría crecido con sus padres biológicos, entre mansiones y guardaespaldas, con acuarios de lujo y una alfombra roja en las mejores universidades y empresas. No en un pueblo perdido y con el apodo de "Culogordo". Y después de quitarle todo eso, ¿iba a entregarlo a Satán...?

    El demonio se topó con la mirada de Adam, que parecía decirle: "Sé lo que estás planeando, pero ¿serás capaz?". Crowley desvió la vista, con un incómodo pensamiento intrusivo: "Si Adam hubiera ido a parar a la familia Dowling, en vez de Warlock, no estaríamos así. A todo esto, ¿qué habrá sido de Warlock?" 

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    Mientras tanto, la mansión del delegado cultural americano tenía un aire de funeral. El señor Dowling cerró su maletín con un chasquido metálico que resonó en el gran vestíbulo de mármol. El coche oficial esperaba fuera, para llevarlo de vuelta a los Estados Unidos.

   - El Presidente me reclama, Harriet. Es hora de irnos.

    - No puedo, Thaddeus... -sollozó su esposa, sentándose en los peldaños inferiores de la escalinata-. ¡Mi hija lleva una semana desaparecida!

    - ¡Hija no! -rugió él-. Ese niño malcriado sólo ha decidido disfrazarse de mujer para humillarme. Mientras siga con esa farsa, Warlock está muerto para mí. 

    - ¡No quería que le enviaras a ese internado, Thaddeus! -protestó ella-. En el instituto ya recibe burlas y abusos por tener modales de chica, pero al menos puede dormir aquí, en casa, sin que le acosen. ¿Qué le harían allí, sin tener ni siquiera un dormitorio propio?

    - ¡Allí es donde estudian los hijos de la gente importante! ¡Los que controlarán el mundo!

    - Nunca te importó nada más, ¿verdad?- comprendió la mujer, con esa calma cansada que se adquiere a base de decepciones-. ¿Te da igual lo que le pueda pasar ahí fuera?

    - Huyó, pero volverá pronto. No sabe vivir solo -el hombre abrió la puerta, pero justo antes de marcharse, se ablandó un poco y añadió-: Dejaré fondos. No sólo para ti, sino también para... ofrecer una recompensa por su búsqueda, o pagar un rescate, o un año sabático si quiere. Pero maneja el tema discretamente. En política, las apariencias... ya sabes.

​    "Las apariencias", recordó ella al cerrarse la pesada puerta de roble y quedarse sola. Había tenido años para ese teatro asfixiante: compromisos sociales, reuniones, incluso lujos y comodidades. Pero ahora lo daría todo a cambio de que el dormitorio infantil, al que estaba subiendo con desánimo, no estuviera vacío. 

    Abrió la puerta del dormitorio y contempló lo último que usó su hijo, o hija, antes de marcharse: la caja (ahora vacía) de un aro nasal de plata, varillas de incienso cuyo olor aún no se había disipado del todo, un pentáculo dibujado en el suelo y un extraño libro, abierto por una página que mostraba un nombre familiar. Era el nombre de un archidemonio del Averno, pero también el de alguien a quien Warlock, en su infancia, consideraba su refugio. Su segunda madre. Su niñera. 

   El archidemonio se llamaba Astoreth, también conocido por su plural: Astaroth. Warlock no sabía que el verdadero nombre de su niñera era otro.

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    - Lucy, ¿por qué llevas un aro en la nariz? -inquirió Wensleydale con su habitual tono de auditor. Estaba encendiendo el modesto ordenador del club, con la esperanza de poder revisar la contabilidad.

    - Es una moda punk -replicó Pepper,  siempre presta a defender el derecho a la estética subversiva.

    - En realidad -Lucy tocó su aro nasal y miró a Crowley-, es una protección ritual. Por eso es de plata. 

    - ¡Me suena! -recordó Caine-. En la escuela del Sabat decían que había que usarlo para protegerse al respirar el aura de algún demonio importante, como Astar... Astor... ¿quién era?

​    La mención del nombre hizo que Crowley se tensara como un gato al acecho. Demasiadas coincidencias.... estuvo a punto de hacerle a Adam una pregunta incómoda, pero Muriel abrió la puerta y entró en el despachito con una expresión de genuina preocupación:

​    - Señor Crowley... ¡Nina no quiere salir del pentáculo! -gimió el ángel-. Dice que después de ver al Señor Satán ya no se fía de nadie. O de casi nadie. Quiere hablar con usted acerca de una decisión urgente.

    Crowley suspiró, echó una última mirada a Caine Johnson -que seguía intentando recordar la ortografía y la onomástica de los Señores del Caos- y salió al pasillo. Nina esperaba allí, de pie en el pentáculo que había dibujado Anatema con polvo de plata y sal. Lo que había en sus ojos no era solo miedo; era la mirada de alguien que ha visto el abismo y ha comprendido que las pesadillas son reales.

​    - Satán se ha ido, Nina -la tranquilizó Crowley, deteniéndose en el borde de la línea blanca. Señaló el despacho del club de ecologistas-: Esos niños están haciendo niñerías sin problemas. 

​    - Pero yo llamé demasiado la atención de ese... sujeto -sentenció ella, con la voz rota- ¿Puedo salir de aquí sin que me detecte?

    - Bueno, sí, pero... -Crowley ladeó la cabeza en un gesto ambiguo- en realidad, no. Lo siento.

    - La decisión de la que te hablé, Crowley... si hago un pacto contigo, ¿me protegería de ÉL?

    - Eso sí -asintió él-. Un ser sobrenatural no puede reclamar a alguien que ya esté ligado a otro. El Infierno respeta siempre esa norma, para no tener más peleas internas de las que ya hay: no es plan de exterminarnos entre nosotros antes de la Batalla Final.

    - Con una excepción, Nina -intervino Mary "Locuaz" Hodgson. La gerente había vuelto a su lujoso despacho y estaba tomando un whisky en la misma copa que había usado el Maligno, con una emoción comparable a la de una fan que atesora una reliquia de su ídolo-. El Amo Crowley puede hacer pactos en nombre de Nuestro Señor Satán. 

    - ¡Arg, eso no! ¿Y tú, Muriel? -preguntó Nina con angustia-. ¿Puedes hacer tratos?

    El ángel abrió los ojos con pánico. Se volvió hacia Crowley con una mirada que era una petición de socorro:

    - ¿Hay que hacerle una Marca en la piel para eso? ¿Tendré que morderle o algo así?

    Crowley no pudo evitar una carcajada:

    - ¡No hace falta que muerdas a nadie, Muriel! -le tranquilizó, doblándose sobre sí mismo para contener la risa-. ¡Lo de la Marca del Diablo es propaganda medieval! Yo sólo la hago cuando tengo prisa, pero en realidad serviría cualquier contrato firmado. Apuesto a que en tu famosa librería hay estanterías enteras de bibliografía legal. Incluso incunables medievales, si quieres algo de la época en la que esos contratos estaban de moda... ¡je, qué tiempos aquéllos...!

​    Anatema asomó desde su taller, con un brillo de codicia académica en los ojos:

​    - Espera un segundo... -intervino la bruja, ajustándose las gafas como si eso le permitiera oír mejor-. ¿Has dicho una librería regentada por ángeles con incunables esotéricos? ¿Textos antiguos que explican cómo funciona realmente lo que está más allá de este mundo? ¿¡Puedo comprar o alquilar alguno de esos libros!?

    ​Crowley soltó un silbido, como si le hubieran propuesto una obra faraónica.

​    - ¿Vender eso? -negó con incredulidad-. Azirafel te haría firmar con sangre sólo para dejarte echar un vistazo. ¡Y se lo tendrías que devolver! 

​    Nina miró a Anatema y luego a Muriel. Una idea empezó a germinar bajo su aparente nerviosismo.

    - ¿Consultarlo y devolverlo? ¿Como un carnet de biblioteca?

    - ¡Podríamos compartir el conocimiento con todo el mundo! -celebró Muriel-. Y sin tener que vender nada. ¡Voy a llamar al señor Azirafel!

​    Crowley se quedó pensativo:

    - Es brillante. ¡Absolutamente brillante! Un carnet de biblioteca es un contrato tan válido como cualquier otro. Si lo redactas bien, protegería del Mal a todo aquel que lo firme. ¡Igual que mi Marca!

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​   - ¿Así que una Biblioteca, Muriel?-La mirada de Azirafel se paseó desde el auricular del teléfono a las estanterías de su librería, contemplando los valiosos volúmenes de su colección-. ¿Con un milagro extra para proteger del Mal a nuestros lectores? ¡Es una idea generosa! Me trae recuerdos de Alejandría... con menos incendios, espero. Aunque nada de sacar los incunables, ¡que los consulten aquí dentro, y con guantes! -su expresión se relajó y sonrió al fin-. Pero sí, puede hacerse. Es más, ¡tienes mi bendición!

    - Sólo una condición -apuntó Muriel desde el otro lado de la línea-. Para la protección sobrenatural, Nina insiste en que sólo quiere tratos con usted, Crowley o yo. Ni el Cielo, ni el Infierno ni nadie más. 

    - No me extraña -gruñó Maggie, que por algún milagro podía oír la conversación-. Una vez Miguel nos quiso convertir en estatuas de sal.

    - Sólo a nombre de "A. Z. Fell & Co." entonces -asintió Azirafel. Extrajo un contrato de un archivador, lo modificó y se lo entregó a Maggie-. Por favor, querida, ¿puedes enviar una copia a Nina o Muriel? Saraqael y yo debemos ausentarnos con urgencia. Tenemos una Segunda Venida que retrasar.

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​    Mientras Muriel seguía ultimando detalles por teléfono, Crowley desvió la vista hasta el despachito ecologista. No le sorprendió ver que Lucy había salido de él y lo observaba, apoyada en el quicio de la puerta. 

​    - ¿Quién eres realmente? -preguntó a la niña, bajando la voz hasta convertirla en un siseo. En el fondo, presentía la respuesta.

​    - Este aro de plata funciona demasiado bien -respondió ella. Con parsimonia, se retiró el pendiente de la nariz. 

    Al hacerlo, la realidad pareció ondularse a su alrededor. Sus rasgos no cambiaron de forma drástica, pero su mandíbula se afiló, la mirada perdió la inocencia rural y adquirió un brillo arrogante de clase alta. Crowley asintió lentamente. Reconocería esa estructura ósea en cualquier lugar, a pesar de la melena y el vestido.

​    -¿Warlock? -susurró-. ¿Por qué diablos has hecho un trato con el Gran Duque Astoreth?

​    - Ahora mi nombre es Lucy -le recordó ella-. Y cuando invoqué a Astoreth... yo no conocía tu verdadero nombre -su voz sonó profunda y herida-. En realidad te buscaba a ti, Nanny Astoreth.

​    - ¿Para... para qué? -Crowley intentó sofocar una punzada de algo parecido a la ternura-. Con tus padres vives a todo tren, ¿no?

    La adolescente negó con tristeza:

​    - A ellos no les conviene... bueno, que ahora quiera ser Lucy. ¡Por su trabajo! ¿Cómo iba yo a saber que a los políticos les obsesiona tanto lo que alguien tenga entre las piernas? ¿Es que en esos despachos tan importantes no tienen nada más que hacer? -volvió a ponerse el aro de plata y sus facciones se suavizaron mágicamente-. Al menos, Astoreth me ayudó encantando esta joya. Y cuando huí de casa y me atacó un criminal, te encontré de todos modos.

​    Adam y Caine salieron del despacho en ese momento, intrigados por la ausencia de Lucy. Crowley miró a los tres jóvenes: el Anticristo que no quiso serlo, el Niño Equivocado que ahora era una chica fugitiva y el Tercer Niño que protegía a los peces.

​    - Juntos, precisamente hoy -observó Crowley-. ¿No es demasiada casualidad? 

    ​Adam se encogió de hombros con una calma sobrenatural.

    - Quizá he sido yo sin querer. Presentí un peligro: no sabía qué era exactamente, pero a veces las piezas se juntan solas a mi alrededor.

​    Nina, que estaba estudiando el nuevo documento electrónico recién llegado de la librería, señaló su tablet a Crowley:

    - Ese peligro es que... los busca ÉL, ¿verdad? Y te ha engañado hoy para hacer un trato... ¿podrías protegerte de ese trato si firmas aquí?

​    Crowley se rascó la nuca, pensativo:

    - Demasiado tarde. Ya he aceptado una oferta de Satán. Sin querer aceptarla y bajo engaño, pero lo hice. No puedo firmar con Muriel si ya pertenezco a otro -dedicó a Nina una sonrisa triste-. Pero gracias.

​    - Al menos, todavía puedes imponerle tus condiciones, ¿verdad? - recordó Muriel, intentando ser útil.

    ​Crowley esbozó una sonrisa lobuna, recuperando un poco de su vieja chispa.

    - Exacto. Satán sólo me pidió un objetivo, así que será un contrato temporal, por obra y servicio -recordó, paseando nerviosamente de un lado a otro-. Puedo exigir que se extinga en el momento en que cumpla mi parte. ¡Después quedaré libre! Y al ser temporal, no podré hacer tratos permanentes en nombre de nadie del Infierno, ¡sólo en el mío!

​    Todavía estaba hablando cuando el suelo se estremeció bajo sus pies. No fue un terremoto; fue un crujido, como si se estuviera resquebrajando el tejido de la realidad. El suelo fuera del pentáculo humeó con el hedor del azufre. Una voz de ultratumba, que sonaba como una lápida arrastrándose, retumbó en el mármol del pavimento:

​    - CONDICIONES ACEPTADAS.

    ​Crowley se tambaleó cuando el suelo bajo sus botas de piel de serpiente empezó a derretirse en algo parecido a un lodo espeso. Mary "Locuaz" corrió hacia él, gritando:

    - ¡Amo Crowley! ¿¡Qué está pasando!?

​    - ¡Todos al pentáculo! ¡Me convocan para cumplir el contrato! -comprendió Crowley, luchando para no hundirse. La miró a los ojos al añadir-: Y recuerda, no me llames Amo. ¡Ni a mí ni a nadie!

​    Adam Young dio un paso adelante, tendiéndole una mano. Sus ojos brillaron con una luz dorada y peligrosa, el último residuo de un poder que podría haber destruido galaxias. ¿Suficiente poder para frenar el descenso de Crowley sin delatarse? "Sería tentador", pensó el demonio, hundido ya hasta la cintura. "Si delato a este niño, o a los tres niños para estar más seguro, cumpliría el contrato. ¡Recuperaría mi libertad ahora mismo!" 

    Miró a los tres niños y vio que eran... sus niños. Lucy, a la que había criado como Warlock. Adam, a quien acompañó la primera vez que salvaron el mundo. Caine, a quien le quitó su infancia... 

    Y tomó una decisión.

    - No me ayudes, ¡ÉL te encontraría! -ordenó el demonio, retirando su mano-: ¡Llévatelos lejos, y no me digas a dónde!

    - ¿¡Por qué!? - preguntó Adam.

​    - ¿Por qué va a ser? ¡Huid, insensatos! -rugió antes de desaparecer por completo en la grieta. Ésta se cerró con un chasquido seco, sin dejar en el pasillo ningún rastro, excepto un persistente olor a ozono y azufre.

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"Nadie te escuchaba ni una palabra.
Deberían haber visto en tus ojos 
lo que pasaba por tu cabeza.
Es una pequeña que escapó, 
la niña mimosa pronto aprendió 
que había cosas que no podía decir"
("Fugitiva", Bon Jovi)


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Otros relatos inspirados en el universo de Good Omens:   

Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión






04 mayo 2026

TERTIA PUGNA - 13

 TERTIA PUGNA

Final alternativo de Good Omens
(continuación después de la 2ª temporada).

Por Mª Nieves Gálvez 


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"In taberna quando sumus non curamus quit sit humus
sed ad ludum properamus cui semper insudamus
Quid agatur in taberna, ubi Nummus est pincerna? (...)
Ibi nullus timet mortem, sed pro Baccho mittunt sortem".

"Cuando estamos en la taberna, nos da igual acabar bajo tierra:
al juego nos acercamos y en eso nos esforzamos.
¿Qué sucede en el mesón, donde el Dinero es el escanciador? (...)
Aquí nadie teme a la muerte, ¡que Baco reparta suerte!"
Texto: siglo IX, anónimo. 
Música: siglo XX, Carl Orff.


CAPÍTULO 13.- EL VECINO DE LA BESTIA.

    Muriel no daba crédito a sus ojos. En una sola mañana había visto más cosas que en toda su vida: un combate sobrenatural contra los demonios Hastur y Shax, un viaje entre los prados y árboles de esa Creación que siempre había estado fuera de su alcance, un convento satánico ¡y ahora tenía delante al mismísimo Adversario! Lo cual sería hasta interesante si el archidemonio se limitara a brindar con Crowley... pero aquella terrorífica mirada de fuego azul pronto se clavó en el ángel-contable

    - ¿Dónde están mis modales? Espero que un angelito como tú sepa perdonarme -Satán escanció una tercera bebida, mientras su voz pasaba de la burla a la seriedad-: Su Todopoderosidad nunca supo.

    Muriel olfateó el whisky temblando, sin saber qué hacer con aquel líquido de olor amargo, y miró alternativamente a su interlocutor y a Crowley:

    - Pero... esto es... un pecado, ¿no?

    - Sólo en exceso -Satán rió suavemente y apuró su bebida-. El alcohol llegó a protagonizar milagros. Caná, por ejemplo.

    - Y también fue el octavo pecado capital -puntualizó Crowley, alzando su copa para admirar con nostalgia la difracción de la luz en el dorado líquido-. Pero ya no, desde que soborné a una abadía entera, en Burana. ¡Fue un fiestón!

    - Tenías el mejor trabajo del Inframundo -reprochó Satán con ligereza. Dejó su copa sobre la mesa del despacho, se reclinó en el lujoso sillón de la gerente y cruzó una pierna con descuidada elegancia-. ¿No lo echas de menos, Crowley?

    - No todo era repartir vino y golosinas -fue la lúgubre respuesta.

    - Pues nunca serviste para otra cosa. El horror directo era más propio de Ligur y Hastur.

    - ¿Dónde está el Amo Hastur? -intervino Mary "Locuaz" Hodgson. Empezaba a cansarse de esperar en pie dentro del pentáculo que la protegía, pero no tenía alternativa.

    Crowley giró sólo el torso, como si fuera de goma, y la fulminó con la mirada. Pero su ex jefe se puso en pie, aplaudiendo lentamente: 

    - Ésa es la pregunta clave, querida sierva -su voz pasó de la fría burla a un rencor creciente-. ¿Quién fue el último que vio vivos y enteros a los duques menores Hastur y Ligur? ¿O al Gran Duque Belcebú y a su sustituta Shax? -el rugido de odio creció hasta hacer vibrar las paredes-. ¿Verdad, Crowley?

    Muriel contuvo un grito de horror, temblando tanto que rompió su copa sin querer. Crowley agradeció esa distracción, porque le ayudó a disimular que él también tenía miedo. Un pánico cerval. Él sí tomó un trago: necesitaba que el áspero licor le hiciera reaccionar la garganta lo suficiente para poder hablar.

    - Pagué por lo de Ligur -insistió roncamente al fin.

    - ¡No le vi atacar a los demás! -intentó ayudar Muriel, aunque nadie le prestó atención. Su voz temblaba demasiado para sonar convincente.

    - Admito que Shax se lo buscó, por retar a dos arcángeles -Satán asintió con algo parecido a resignación-. Pero no me gusta perder personal: esa imbécil no ha vuelto con vida, Hastur está manco y Belcebú oficialmente ha muerto.

    - ¡Pero Belcebú está...!

    - MUERTO, ¿entiendes? -fue la tajante respuesta-. ¡No se permite decir NADA más! Ya destruiste la moral demasiado hace cuatro años, Crowley, cuando empezaste a jugar con ángeles y con agua bendita. 

    - ¡Empecé hace siglos! Un Acuerdo de paz que ni siquiera notaste, ¡porque da igual quién haga el trabajo! -Crowley escondió su miedo tras una carcajada-. Lo que cambió hace cuatro años no fue eso. ¡Fue que el Infierno se volvió contra mí!

    Por un instante, Satán casi pareció desorientado. No comprendía algunos de aquellos conceptos:

    - ¿Siglos de... paz? ¿Da igual...? -negó con un gesto y recuperó la entereza-. En fin: perdiste a mi Hijo. Pero si tú no aceptas tu responsabilidad para encontrarlo, tengo mis propios medios. Pesadillas, por ejemplo. ¿Crees que en el plano onírico sólo tengo íncubos y súcubos? Hay más demonios especializados en sueños, y son terroríficos.

    - ¡Eso rompería las normas de no intervenir directamente en la Tierra! -señaló Muriel, con el aplomo del contable que conoce las normas de su oficio.

    - No sería un daño físico real -puntualizó el Adversario fríamente-. Sólo visitaré a cada niño del mundo, noche tras noche, hasta dar con el que tenga el tipo de mente que busco. Costará más o menos tiempo, pero lo encontraremos.

    - ¡Podría causar daño real! -avisó Nina-. Trastornos mentales, estrés postraumático, demencia...

    - Ah, ¿existe una patología humana para camuflar esta operación? -se interesó Satán, para horror de su interlocutora-. Gracias, querida. Entonces, está decidido.

    - No me lo trago -Crowley se sentó sobre la mesa con su mejor cara de póker-. ¿Cómo sabrías qué mente es la correcta? 

    - Es fácil de adivinar -gruñó Satán-: probablemente es como la mía. Llena de ansias de poder y grandes planes. Quizá, aunque sea un joven becario, ya esté en los grandes despachos donde se decide el destino del mundo...

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    Mientras tanto, cuatro ciclistas y un perro cruzaban Tadfield como una exhalación. Habían pasado de ser niños a adolescentes de la misma manera que sus bicicletas infantiles se habían transformado milagrosamente en modelos de alta competición: gradualmente, unas micras cada día, sin que nadie notara grandes cambios, excepto algún comentario vecinal como: "Qué bien cuidan las bicis esos chicos. Seguro que les han comprado recambios especiales" o "¿La bici de esa Pepper no era antes rosa y de chica?". O incluso: "Ya casi tienen edad para discotecas y borracheras, ¿cuándo crecerán?"

    Ésa era la cuestión: que a Adam Young no le interesaba crecer. ¿Irse a estudiar a la ciudad? ¿Pisar a fondo por la autopista? Eso lo conseguía todo el mundo, tarde o temprano. Pero ¿cuánto tiempo les quedaba de infancia a cuatro adolescentes de 15 años? ¿Cuántos veranos de poder hacer bicicross, parkour, skating acrobático, autoenseñarse a conducir a hurtadillas el coche de sus padres en caminos olvidados por las patrullas de tráfico, probar cerveza sin tener que ocultar la cara de asco, observar a nutrias y patos pelearse por el control del río sin tener que sintonizar National Geograhic...? 

    O para retrasar, sencillamente, la temida pregunta sobre qué tipo de "oficio de provecho" iba a estudiar. ¡Si ni siquiera quería hacer nada de provecho en todo el verano! ¿Para qué estaban las vacaciones de verano, si no eran para holgazanear?

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    - Mi Hijo fue un rebelde, sí. Recuerdo cómo se ocultó en el anterior Armagedón -meditó Satán, paseando alrededor de la imponente mesa del despacho como un simple y muy corrupto hombre de negocios-. Estoy seguro de que él también lo recuerda, y ha tenido tiempo de reconsiderar nuestra posición. Ahora sí será capaz de pensar más allá de sus tonterías de adolescente. 

    - Los niños hoy en día crecen más tarde -observó Anatema, que tenía amistad estrecha con unos cuantos críos raros de Tadfield.

    - Cierto. En el fondo, lo entiendo -el diabólico padre casi sonrió traviesamente-. Es tentador divertirse un poco primero: perseguir a jovencitas, competir por ellas contra machos beta, establecer su dominio... ya tiene edad de otras cosas más productivas, pero comprendo que son impulsos naturales.

    - ¡Pero señor! -protestó Muriel-. ¡Que hay una niña delante!   

    - A mí me está dando curiosidad -sonrió Lucy con malicia.

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     - ¿Qué tal un chapuzón en el río? -propuso Pepper, entusiasmada-. ¡Vamos a espantar a los patos!

    Brian y Wensleydale se miraron con incomodidad, pero mantuvieron la vista fija en el terreno y siguieron pedaleando en silencio. La belicosa muchacha que encabezaba la marcha había pegado un estirón que los dejaba pequeños a todos, y no había crecido sólo a lo alto, así que mirarla les provocaba reacciones muy poco infantiles en una zona incómodamente próxima al sillín. Una vez sugirieron que ella pedaleara la última "para no incomodarlos visualmente", pero fue un error (bueno, los puños de ella no erraron su objetivo). Con un ojo morado descubrieron una idea alternativa y revolucionaria: controlarse a sí mismos, en vez de a ella. Adam, el muy traidor, se limitó a encogerse de hombros y reír de buena gana.

    Pero al menos Adam se compadeció de los demás lo suficiente para que, cada vez que una curva femenina destacaba demasiado, un faldón de ropa o una hoja movida por el viento ocultase el problema. Eran hojas de parra o de higuera, claro; según las pinturas barrocas de sus libros de texto, esas plantas existían expresamente para eso.

    - Me encantaría ir al río -respondió Adam, meditando bien sus próximas palabras (ni siquiera él osaba contradecir a Pepper)-. Pero... me empiezan a dar pena esos animales. Después de lo de las ballenas, el Kraken y todo aquello...

    Se hizo un silencio incómodo, roto sólo por los zumbidos de las abejas entre las incontables flores. No solían recordar aquello. No por falta de memoria, sino porque evitaban activamente recordar aquello.

    - Han pasado cuatro años -señaló Pepper al fin.

    - El número cuatro trae mala suerte -apuntó Wensleydale-. Lo oí en un anime.

    - Mala suerte es lo mío -gruñó Brian: se le había caído encima media bebida nada más abrirla.

    - Pues cambiemos de tema. ¿No han inaugurado un velódromo en la pista de deportes? -volvió Adam a la carga- ¿Y si vamos hoy?

    - Imposible -contestó tristemente Brian-. Hay partido de rugby, y últimamente eso es sagrado. ¡Como ahora tienen a un superestrella...!

    - ¿Quién iba a decir que el matón Caine "Culogordo" Johnson acabaría sirviendo para algo de provecho? -observó Wensleydale-. Dicen que va para profesional. 

    - Mejor -sentenció Adam-. Ya estamos grandecitos para pelearnos con su pandilla. Las peleas de críos sólo sirven para molestar a los que trabajan para que el mundo funcione -no le gustó oírse hablar así, porque la idea le hacía sonar como un adulto, pero ya había visto la alternativa: el Armagedón, que no era otra cosa que una infantil peleíta Cielo-Infierno, impidiendo que los humanos hicieran funcionar el mundo en paz...

    - ¡¡MALDICIÓN!! -exclamó Pepper al girar un recodo del camino. Frenó tan ferozmente como pudo, pero sólo consiguió caer de cabeza sobre alguien, con un estrépito de vidrios rotos (lo que a su vez desencadenó un ataque de ladridos de Perro).

    - ¿"Culogordo" Johnson? -se asombró Brian al reconocer al intruso-. ¿Te has saltado el partido?

    - ¡Para atacar a Pepper! -se indignó Wensleydale, aunque a su manera: aparcando pulcramente la bici a un lado del camino, activando el pedal de sujeción y dirigiéndose hacia el intruso con los puños en posición de púgil de peso pluma-. Estuvo a punto de venir sola hoy, lo sabe todo el mundo... ¡lo dijo en la cafetería!

    - No, ¡esta vez no! -gimió Caine Johnson, mientras Pepper se ponía en pie por sí sola y rechazaba su ayuda a patadas-. Esta vez tenía que salir bien. ¡Pero soy un torpe y siempre lo arruino todo!

    Adam y Pepper miraron con extrañeza los restos caídos: entre los fragmentos de vidrio había... ¿rosas?

    - ¿Es una burla? -se indignó ella, mostrando una cinta de tela con estampado infantil que aún unía los tallos de las flores-. ¿Un lazo de Buscando a Nemo?

    - ¿Qué tienen de malo los peces de colores? -estalló Johnson: la indignación le dio entereza suficiente para levantarse en toda su envergadura (desde los once años vestía la misma talla que su padre adoptivo) y encarar la vergüenza de lo que iba a confesar-. ¡Me gustan mis peces de colores! ¡Son los únicos que no me llaman matón, torpe o bruto! ¿¡Vale!?

    Existe un tipo de silencio que sólo acompaña a las grandes revelaciones. Un silencio solemne, lleno de escalofríos y de ideas imposibles. Un silencio como el que guardaron los Cuatro en aquel momento (un poco deslucido por Perro, que siguió ladrando).

    - Lo que rompiste en mi onceavo cumpleaños -Wensleydale tenía excelente memoria para ciertas ofensas-, después de todo, ¿no fue a propósito?

    - Pero... -Adam no entendía nada- ¿Para qué nos hiciste creer durante años que eras el matón del cole?

    - ¡Porque es peor que me llamen bruto y torpe! -estalló Caine-. Como matón al menos tenía respeto. Y con el deporte fue aún mejor... ¡pero después de esto, supongo que se acabó! -lamentó, compungido-. ¡Ahora lo sabrá todo el mundo!

    Adam llamó a Perro y tiró un palo bien lejos. El animal dejó de ladrar y corrió a buscarlo, para alivio de todos. Necesitaban poder pensar sin que les taladraran el cerebro a base de ladridos.

    Pepper empuñó el ramo con su cinta colorida y se dirigió hacia Caine Johnson con el paso firme de quien va a romper con todo. Bryan y Wensleydale, acariciándose los respectivos ojos amoratados, se inquietaron. Pero Adam vio que no había cerrado el otro puño y sonrió.

    - A mí no me pareces torpe ni bruto, "Culogordo" -gruñó ella, devolviéndole las flores-. De hecho, no hemos visto nada -se volvió hacia sus amigos e insistió-: ¿VERDAD, CHICOS?

    - ¡Nada en absoluto! -obedecieron los tres al unísono-. ¡Es culpa nuestra, por ir distraídos!

    - ¿A nadie le ofende que yo haya intentado... bueno....? -Johnson señaló a Pepper y a los demás-. ¿No tienes novio? ¿Éstos no...?

    - No -dijo Pepper, volviéndose hacia Adam-. Aunque no creas que no he notado cómo me miras. 

    - Se me había ocurrido, la verdad -confesó éste, para ultraje de sus dos mejores amigos. El ultraje era que Adam no tuviera el ojo morado también, claro-. Me gustaría, algún día, pero...

    - ¡No quiero peleas posesivas como en las películas machistas! -escupió Pepper. Tenía un puño preparado en la dirección de cada pretendiente.

    - ¿Peleas? -se escandalizaron ambos a la vez. 

    - Pepper -dijo Johnson, preparándose para un placaje por si acaso-, me encantaría que me eligieras...

    - Lo mismo digo -afirmó Adam-. Pensándolo bien, en esas películas los guionistas deben ser guionistos, y no muy originales, porque ni siquiera se les ocurre preguntar la opinión de quien dicen que más importa.

    - ¡Eso! -asintió Caine Johnson-. Somos rivales, pero tiene razón. ¡Sólo conocemos dos opiniones, pero somos tres!

    - Él y yo queremos lo mismo: salvar peces, nutrias y el mundo, en plan ecologista -empezó Adam. Carraspeó y titubeó antes de reunir el valor para añadir-: y te queremos a ti, Pepper. Pero... ¿qué quieres tú?

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    - En resumen -el Adversario volvió a apoltronarse en la lujosa silla de cuero, unió las puntas de los dedos como un jefe mafioso y sonrió de manera perversa-: mi Hijo, además de conquistar corazones por la fuerza, ya estará aplastando a sus rivales bajo sus botas y usando el mundo como lo que es: algo que destruir y pisotear a su antojo y capricho.

    - Yo se lo inculcaba a base de cuentos, cada noche -asintió Crowley.

    - ¿A qué niño? -gruñó Satán, dedicándole una mirada asesina.

    - ¡BASTA! -intervino una voz de mujer. 

    Los dos demonios se volvieron, atónitos, para identificar a quien había tenido la osadía de interrumpirlos: nada menos que Nina, la menos esotérica del grupo humano que temblaba dentro del enorme pentáculo. Los demás se habían sentado en el suelo como una secta hippy cansada (pero cuidadosamente, para no pisar las líneas del símbolo protector). Pero Nina estaba en pie, con los puños apretados hasta clavarse las uñas. Aterrada, pero firme.

    - ¿Cómo osas desafiar al Señor de las Tinieblas? -bramó Satán, en un tono que reverberó en todo el edificio. Anatema vio cómo el aura infernal se extendía y se retorcía en torno al pentáculo pero, para su alivio, la Sombra sólo consiguió chocar inútilmente contra el área protegida.

    - Escucha, Nina... déjamelo a mí -rogó Crowley-. No me gusta hacer tratos con Él, pero si es necesario... te ofrecí mi protección y lo mantengo. Sólo... no lo provoques, ¿vale? -avanzó hacia ella con cautela-. Si le molestas, nunca podrás atreverte a salir de ese pentáculo.

    - Que así sea -decidió Nina, armándose de valor-. Si me quedo aquí dentro, no tendrás que hacer tratos con él.

    - Ya que lo dices, Nina... si no hay trato, no hay Niño -replicó Anatema, sentada en posición de meditación. Parecía haber decidido algo que la inundaba de paz-. Ni Apocalipsis, ¿verdad?

    - ¡Salvaríamos el mundo! -entendió Newton, poniéndose en pie de un salto. Se estremeció al deducir las consecuencias, pero se obligó a sí mismo a decir-: Yo también me quedo.

    - ¿Prisioneros para siempre? -tartamudeó Mary Hodgson, pero meditó sobre ello y frunció el ceño-: Tengo familia... si así se salvan... 

    Crowley y Muriel sonrieron entre lágrimas.

    - ¡Tanto heroísmo! Cuando crees que los humanos son capaces de más maldad que un demonio, de pronto hacen esto y...

    Una voz infantil rompió la solemnidad de la escena: 

    - ¡Necesito ir al baño!

    El silencio fue absoluto. Incluso Satán se quedó boquiabierto, mirando a la niña con una mezcla de desprecio y confusión. Intentó recobrar la compostura, pero no consiguió mantenerse serio y acabó estallando en carcajadas (demoníacas, pero carcajadas).

    - ¡Y en eso se resume la tenacidad humana! -señaló, luchando por serenarse-. Tengo un plan B de pesadilla, pero esto es aún mejor. ¡Derrotados por algo tan simple!

    Anatema se encogió de hombros:

    - Mi taller informático tiene zona de aseo, literas y otro pentáculo enorme en el suelo. 

    - Gracias, Agnes -rezó en voz baja Newton.

    - No importa. En ese pasillo veo más despachos con cartelitos, así que tarde o temprano vendrán más humanos -observó Satán-. Uno es de... ¿una asociación sin ánimo de lucro de jóvenes ecologistas? Sor Locuaz, ¿cobras alquiler a unos niños sin dinero? -la interpelada asintió, provocando en su jefe una sonrisa casi de ternura- ¡Eres exquisita! Pero como iba diciendo, no importa: Crowley ya ha aceptado mi trato.

    - ¡No! -protestó éste-. ¡Yo no he aceptado nada de ti! Nad...

    Crowley se miró la mano. Aún sostenía en ella una copa vacía. ¡La copa que le había servido Satán! Empezó a temblar al recordar que la había bebido para darse valor. ¡Había aceptado una copa de ÉL!

    - ¡Mierda! Joder, ¡por las bragas de Pazuzu!

    Se giró hacia su antiguo jefe, pero el Maligno ya no estaba. Le había burlado, esfumándose sin explosión ni espectáculo alguno, como si no hubiera sido más que una alucinación. El único rastro de su presencia era otra copa vacía sobre la mesa, cierto olor a azufre y un eco similar a una carcajada burlona, que reverberó un instante más en las paredes.

    - No puede ser -rugió la Serpiente-. ¡Luché tanto por mi libertad...! -el temblor se le extendió hasta que le cedieron las piernas y se derrumbó en el suelo, con los iris amarillos, enormes, desorbitados por el shock. El aire se atropelló en su garganta hasta estallar en un gemido desgarrador-. ¡¡NO ES JUSTO!!

    - Al menos no has cerrado tus condiciones, ¿verdad? -preguntó Muriel, con interés profesional.

    - Todavía no he puesto ninguna -se consoló Crowley-, así que aún tengo derecho a poner las que yo quiera. Si las pienso bien, quizá... -calma, se dijo, necesitaba calma. Tenía que averiguar si existían tratos temporales. Y, sobre todo, no vocalizar ninguna condición antes de estar completamente seguro, porque una vez lo hiciera... 

   El eco de unos pasos interrumpió el hilo de sus pensamientos. Anatema escudriñó el extremo del pasillo, se puso en pie y saludó a alguien con la mano.

    - ¡Los conozco! -señaló la bruja de la informática, cuando un grupo de adolescentes dobló el recodo desde el recibidor y avanzó hacia ellos. Eran cinco, y se detuvieron a la altura del despacho de la ONG ecologista.

    --Yo también. ¡Qué pequeño es Tadfield! -Mary "Locuaz" señaló al chico más corpulento-: Caine es el que me alquiló el local, y dice que nació en este convento. ¡Hola, Caine! ¿Son tus nuevos socios?

    - ¡Sí, directora Hodgson! -Caine "Culogordo" Johnson la saludó con la mano y señaló uno por uno a los jóvenes que le acompañaban-: Éstos son Adam, Pepper, Wensleydale y Bryan. ¿Sabía usted que Adam también nació en este edificio? ¡El mismo día que yo!

    Crowley se quedó tan estupefacto que olvidó su propia desgracia por un instante. ¿Caine era el Tercer Niño? ¡Y venía con Adam, el que según él "nunca había sido el Anticristo"! Rezó silenciosamente al Arcángel Supremo, y no sólo por la inefable casualidad que le había evitado al chico un encuentro con su terrible Padre, sino también por miedo: Adam le estaba mirando, y no sólo a la cara. Adam era capaz de mirarle hasta el fondo del alma, ver su pasado, su futuro, sus pensamientos, destruirlo, reconstruirlo y hacer que nunca llegara a haber existido. En aquel momento estaba haciendo todo, excepto las tres últimas cosas.

    - ¿Vuelves a ser ecologista, Adam? -sonrió Anatema.

    - Sí, pero no voy a hacerle el trabajo sucio a la gente -insistió Adam, retomando la conversación justo donde la dejaron, cuatro años atrás-. Se aprovecharían de mí y esperarían que yo lo hiciera todo. Quiero que lo solucionen las personas por sí mismas. Pero deseo investigar cómo lo hacen, por si un día me apetece darles un empujoncito sin que ellos lo sepan. ¡Así que por fin sé lo que quiero estudiar en la Universidad!

    - ¿Ciencias políticas? -se interesó la exmonja satánica-. ¿Economía? ¿Armamento? ¿Religión? ¿Filosofía?

    Adam sonrió y puso los brazos en jarras, con ese orgullo que se lee en la cara de quien va a anunciar "algo aún mejor":

    - ¡Técnico de gestión ambiental!

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