19 noviembre 2016

MdT: Un Acto de Amor (V)

(Viene de "Un Acto de Venganza")



Un Acto de Amor (V)
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   Por  Nieves Gálvez

   "Nuestras vidas son los ríos
y van a dar en la mar,
que es el morir"
   (Jorge Manrique, 1477)

   "...va mi navecilla
   corriendo este gran mar con suelta vela,
   hacia la infinidad buscando orilla"
   (Francisco Aldana, 1577)

   (Alcazarquivir, Marruecos. 4 de Agosto de 1578)
   Todo había salido mal; y Don Sebastián no podía culpar a nadie más que a sí mismo.
   Tantos planes, leyendas épicas y sueños; tanta gente que dependía de él. La última "Cruzada" se había perdido, por no escuchar al estratega Francisco Aldana: a la persona que más amaba en este mundo...
   -¡Tomad mi caballo y huid! -ordenó Don Sebastián, espada en mano-. Yo os he metido en esto, Francisco. ¡Marchaos y vivid para vengarme!
   -Son demasiados -objetó el capitán Aldana, luchando tan bravamente como él-. ¡Ya no hay tiempo sino de morir, mi señor!
   No había reproche en aquellas últimas palabras, aunque debería haberlo. Noble y valiente hasta el final: así era Aldana...


   Unos golpes en la puerta le despertaron. Habían pasado once años, recordó. Estaba en 1589. ¿Es que nunca podría olvidar aquello?

   -Está hecho, capitán -anunció una voz en holandés, desde el exterior-. Hemos capturado el segundo barco.

   -¿Ya es de día? -contestó Sébastien, en el mismo idioma.

   -Faltan dos horas.

   -No perdamos tiempo -urgió el capitán, intentando olvidar su tristeza para centrarse en peligros más urgentes-. Despertad a los prisioneros.

   Sébastien se vistió con rapidez, mientras su ayudante se alejaba en busca de Julián, Alonso y Lola. Tenía prisa: había vidas que sí podía salvar. Quizá eso le daría algún consuelo.

   "Aunque pasen siglos, repararé lo que hice, Francisco" se juró, como cada día. "Para poder mirarte a la cara cuando volvamos a reunirnos en el Cielo. Igual que todas las gotas vuelven a reunirse en el mar".

* * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   Salvador Martí estaba muy ocupado. No tenía tiempo (ni humor) para una reunión por sorpresa. Cuando además supo para qué, le pareció la gota que colmaba el vaso:

   -¿Financiar una obra de Lope de Vega? -repitió, atónito-. ¡Si no tenemos ni para arreglar el montacargas!

   -Es para proteger la Historia -respondió Amelia.

   -¿Protegerla de qué? -se exasperó el subsecretario-. Por cierto, ¿se sabe algo de Julián?

   -Su teléfono ya tiene cobertura, pero no contesta -informó la jefa de la patrulla-. Y hemos detectado un problema.

   -No debió usted dejarlo fuera de territorio ministerial -se inquietó Salvador-. ¿Cómo piensa solucionarlo?

   -El problema es otro: Alonso dice que hay un cambio en la Historia.

   Salvador miró a Entrerríos con escepticismo:

   -¿Se trata de una época anterior a usted?

   -No. Pero he vivido varios meses en el futuro -replicó el soldado -. Y he notado algo extraño: esta semana, la tienda portuguesa de mi calle ha cambiado de idioma. Ahora todo lo que vende tiene nombre inglés. Por ejemplo, Fish & Chips; una bazofia, por cierto.

   -Eso no es nuevo -replicó Salvador-. Hace siglos que en Portugal hablan inglés y cocinan así de mal. Usted no conoce bien nuestro tiempo, eso es todo.

   -¡También ha cambiado la gente de eso que llamáis televisión! Como ese tal Cristiano Ronaldo: la semana pasada hablaba español con acento portugués. ¡Hoy lo habla con acento inglés! Y además, está lo de María Pita.

   -Recuerdo que María Pita murió defendiendo La Coruña -asintió Amelia-. Pero según Alonso, la semana pasada le dije lo contrario. Y yo nunca bromeo con esas cosas.

   Salvador se quitó las gafas y frunció el ceño. Ese último detalle podía tener importancia.

   -Sumando todo, sí podría haber un cambio en la Historia. Pero normalmente lo detecta una patrulla que haya estado de viaje. No media patrulla, como ahora.

   -Amelia no estuvo de viaje estos días. Sólo Julián y... -Entrerríos bajó la vista, avergonzado-. Y yo, por un motivo personal.

   El subsecretario suspiró: ¿Alonso, otra vez de turismo por las Puertas? Si no fuera tan leal y eficiente en su trabajo...

   -Aun así, necesitamos que lo confirme alguien más. Una persona de esta época -decidió Salvador, comenzando a marcar un número de teléfono-. Si Julián está de viaje, también recordará lo mismo que Alonso. Tendremos que insistir hasta que conteste.

   -Sólo una cosa más, señor -apuntó Amelia-. Será mejor que no le digamos a Julián que su mujer está viva.

   Su superior se detuvo, con el número a medio marcar.

   -¿¿Disculpe??

   -Si realmente ha habido un cambio en la Historia, cualquier cosa puede ser diferente -fue la fría respuesta de la mujer-. Incluso ésa.

   "Ésa y otras mil más", pensó Salvador. "¿Por qué precisamente Maite?"

   Estaba claro que Amelia sabía algo más de lo que decía. Pero el subsecretario no tenía ganas de jugar a las adivinanzas.

   -Centrémonos en Portugal, si es que nos contesta -decidió, terminando de marcar-. Aunque sea lo de los futbolistas; porque otra cosa, con los conocimientos de Historia de Julián...

* * * * * * * * * *

   (Contraarmada Inglesa, 2 de Mayo de 1589)

   Francis Drake estaba furioso: había perdido dos hombres y un cofre de armas especiales, valiosísimas. Coincidiendo con la fuga de aquel extraño "matrimonio" español: ¡espías, en su mismísima nave capitana!

   -¡Registrad los demás barcos! -ordenó a su tripulación-. ¡Uno por uno, si hace falta! Tenemos que saber si esos malhechores siguen vivos.

   Varias chalupas descendieron del "Revenge" antes del amanecer, repletas de oficiales de Drake; su visita despertó con una desagradable sorpresa a docenas de naves de la flota. El corsario y almirante estaba decidido a dar caza a los fugitivos. Y a ejecutar de manera ejemplar a quien les diera cobijo, si no colaboraba de inmediato.

   No resultó fácil: las tripulaciones de varios navíos no concordaban con las listas oficiales. Habían tenido lugar dos naufragios aquella misma noche, le informaron: los escasos supervivientes habían sido rescatados por otras embarcaciones. Aquello dificultaría la búsqueda de los españoles fugados, comprendió Drake con furia.

   Y su cólera habría sido aún mayor si hubiera sabido qué rumores comenzaban a circular en voz baja: monstruos marinos. Una gran sombra que devoraba barcos en la noche: el Leviatán, sin duda. Algunos comenzaban a hablar, en secreto, de desertar.

* * * * * * * * * *

   Mientras tanto, el capitán del pequeño velero holandés no perdía el tiempo. Despertó a los fugitivos españoles antes de que clareara el alba:

   -Mi aliada O'Malley ya ha asaltado el segundo barco de vuestra lista -anunció Sébastien Aldanne, señalando el ojo de buey: a través la redonda abertura divisaron una luz que se movía en la niebla-. Esa señal indica que todo es correcto. Decíais la verdad.

   -¿Qué ha sido de las armas? -se interesó el hijo de Alonso, levantándose de un salto.

   -Las tiene ella. Ahora mismo os enviaré a su nave, porque no podéis seguir aquí. Drake ya os debe estar buscando por lo que habéis hecho.

   -Esas armas no son normales: podrían cambiar la Historia -se inquietó Julián, levantándose con un gesto dolorido-. No deberíamos dejarlas en malas manos.

   -Yo decidiré lo que son malas manos -le atajó Aldanne-. Mi trato con la pirata O'Malley incluía sólo un barco. Pero queréis capturar muchos más, ¡algo le tengo que ofrecer a cambio!

   -Los dos tenéis parte de razón -razonó Lola, con su típica serenidad-. Deberíamos ceder algunas armas a nuestros aliados. A condición de que no sean muchas...

   -¿Me vais a poner condiciones? -la mirada del capitán se endureció-. ¿Así, a ciegas? ¿Sin decirme qué son exactamente esas armas ni quién os envía? Tendréis que hablar más claro -se retiró hacia la salida e hizo una señal a sus guardaespaldas-. Esta mujer viene conmigo para interrogarla. Los demás preparaos para partir: la chalupa estará lista en media hora. Y recordad que os estoy escondiendo de Drake: me juego el cuello, y el de mis hombres.

   La puerta se cerró y las llaves volvieron a girar, dejando encerrados a Julián y al hijo de Alonso. El enfermero comenzó a vestirse, gruñendo: le dolía el cuerpo a cada movimiento. Los golpes que había recibido en el interrogatorio de Drake se habían convertido en espectaculares cardenales.

   -Ese Sébastien Aldanne dirá lo que quiera, pero es menos holandés que yo -rezongó, preguntándose si ese detalle era tranquilizador o no.

   -Al menos ha cumplido su palabra; ya ha eliminado los dos barcos que le hemos pedido -razonó el joven-. Pero sí, oculta cosas.

   -Entonces se llevará bien con Lola -resopló Julián con sarcasmo-. No he conseguido sonsacarle quién es Aldanne. Creo que ella lo sabe, pero no suelta prenda.

   -No es la única que calla demasiado.

   El enfermero se volvió, extrañado por el tono acusador.

   -¿Qué...?

   -Mi padre -le recordó Alonso-. ¿Qué sabéis de él?

   -¿A qué viene eso ahora? -Julián se señaló el ojo amoratado y el labio partido-. ¡He dado la cara por ti, literalmente!

   -Sí, me protegisteis por una promesa a alguien. Pero no me queríais decir a quién. ¿Por qué habéis tardado tanto en contarme que conocisteis a mi padre?

   Julián se encontraba ante un dilema. ¿Qué derecho tenía a mentirle sobre su familia, al fin y al cabo?

   Un zumbido rítmico interrumpió sus cavilaciones: el teléfono del Ministerio. Salvado por la campana.

   -¿Qué es ese ruido? -se sorprendió el muchacho.

   Julián consultó la pantalla del móvil y recordó que el joven nunca había llegado a verlo funcionar.

   -Significa que por fin estamos en aguas españolas -contestó, más animado-. Oye, te prometo que hablaremos luego. Pero ahora tengo un mensaje del Ministerio. De mis superiores.

   -¿Esa cosa envía mensajes?

   El enfermero ya no le hacía caso: estaba intentando escuchar, mientras toqueteaba la pantalla.

   -Se oye mal. Será por el chapuzón de ayer -pulsó el icono de manos libres, para probar suerte con el otro altavoz -. ¿Hola?

   -¡Julián! ¿Estás bien? -sonó la voz de Amelia, sobresaltando al joven soldado-. ¿Dónde estás?

   -En la Contraarmada Inglesa. Cerca ya de España.

   -Por favor, Julián -se inquietó Amelia-: dime que no estás llegando a Santander.

   -Pues hacia allí vamos derechitos. A este paso, llegaremos mañana.

   -No deberíais...

   La voz de Amelia titubeó por un instante, pero pronto recuperó su habitual firmeza:

   -Te colaste ahí como médico, ¿verdad? -prosiguió la joven-. ¿Encontraste las armas del futuro?

   -Sí, y hemos eliminado algunas. Pero no todas, porque están repartidas en varios barcos -Julián recordó el alarmante aviso de Lola-: ¡Hay demasiados, y puede ser por mi culpa! ¿He curado a demasiada gente de Drake? ¿Y si he cambiado la Historia?

   -¿Cuáles podrían ser esos cambios en la Historia? -inquirió la voz de Salvador; su tono transmitía preocupación.

   -Portugal podría caer en manos inglesas. Es lo que estamos intentando corregir.

   Se hizo el silencio. El subsecretario tardó un tiempo en contestar:

   -¿Cómo sabemos que salvar Portugal es la Historia correcta?

   -¿Pero qué coj....? -Julián tuvo que contenerse para no terminar la imprecación-. ¡No me diga que para usted, Portugal es inglés!

   "Por eso ha titubeado Amelia hace un momento", comprendió el enfermero. "Porque ya no confía en la Historia que conoce". En otras circunstancias, se habría reído: aquello debía ser una auténtica putada para una sabihonda como ella. "¡Y para mí!" se inquietó, paseando nerviosamente. "¡Ya no podré pedirle información!"

   -Sí, Portugal es inglés para ellos -intervino la voz de Entrerríos padre, a través del altavoz-. Pero no para vos ni para mí, Julián. Escuchad: siento preguntar esto, pero es necesario. ¿Cuándo fue la última vez que visteis a vuestra mujer?

   Esta vez fue el enfermero quien enmudeció. El hijo de Alonso se alarmó al ver su expresión, repentinamente lúgubre.

   -¿Qué sucede? -le conminó, zarandeándole suavemente.

   Julián apartó al joven de malas maneras y respondió al teléfono con acritud:

   -El día que murió atropellada, y lo viví dos veces. En el año 2012. Ya no puedo usar Puertas del Tiempo para verla. ¿A qué viene esa pregunta?

   -Porque aquí... sucedió en otra fecha -mintió rápidamente Amelia-. Eso confirma que ha cambiado la Historia.

   El enfermero frunció el ceño. Le había parecido notar un tono extraño en aquella respuesta.

   -Si decís que el futuro ha cambiado -reaccionó el hijo de Alonso-, tendremos que sabotear más naves de Drake, para corregirlo. Ya llevamos dos.

   -Os ayudaremos desde el Ministerio -ofreció Amelia-. Financiando propaganda anti inglesa en Portugal. Lope ya está en ello, en aquella posada de Lisboa que conoces. La del Galleg...

   -Amelia, ¡no tenemos presupuesto! -la interrumpió Salvador-. Gracias, Julián. Llámenos si hay novedades.

   El enfermero soltó una maldición cuando, a pesar de sus protestas, sus superiores pusieron fin a la llamada. Tenía un mal presentimiento. Y no hizo sino empeorar, cuando oyó a su espalda el ruido de la cerradura.

   Se volvió para contemplar lo que temía: la puerta estaba abierta, y el capitán Sébastien Aldanne le contemplaba desde el umbral. No estaba solo.

   -Así que armas del futuro, y un Ministerio que corrige cambios en la Historia - el capitán cruzó una sonrisa cómplice con su acompañante: Lola. Era evidente que ambos habían escuchado toda la conversación-. Julián, tenemos que hablar.

   El enfermero miró a la espía, atónito:

   -Lola, ¿qué has hecho?

   La mujer le dirigió una mirada extrañamente comprensiva:

   -Eso mismo le podrías preguntar a Amelia, ¿no has notado nada raro en su voz? -sonrió sin alegría-. Nunca te fíes de nadie, Julián. En general. De nadie.

* * * * * * * * * *

   ("Leviatán", barco pirata de Grace O'Malley. Dos horas después)

   Julián, Lola y el hijo de Alonso no podían dar crédito a sus ojos: ¡una mujer, capitana pirata! No era joven, pero sí enérgica: desprendía tanta autoridad como Ernesto o Salvador. O como la mismísima Elizabeth I de Inglaterra.

   -¡Y yo creyendo que esto sólo pasaba en las películas! -se asombró el enfermero.

   -Extraño saludo -se burló la líder irlandesa, en un castellano defectuoso-. No conozco esa palabra, pero tenéis razón: los hombres nunca hablan de estas cosas. No soportan que una mujer se enfrente a ellos.

   -Perdón... disculpad mis modales -el enfermero intentó una reverencia con floritura como la de Alonso; Lola saludó con mucha más elegancia-. Un honor.

   -Drake no conoce la existencia de este navío -explicó Aldanne a los tres españoles-. Aquí no os buscará.

   -Este barco está asaltando naves inglesas, ¿verdad? -Alonso sonrió con malicia-. ¿Puedo tomar parte?

   O'Malley asintió, complacida. Le interesaba poner a prueba al joven. Así sabría qué tipo de gente estaba subiendo a bordo.

   -Os presentaré a mi segundo -accedió, indicando al joven que la siguiera-. Lord Sébastien, podéis regresar a vuestra nave: gracias por los nombres.

   -¿Qué nombres? -inquirió Julián, una vez la capitana les hubo dejado a solas.

   -Le he dado a Sébastien la lista completa de naves -sonrió Lola-. Todas las que llevan armas de Leiva.

   -Y yo se la he dado a Grace O'Malley. Debo volver a mi barco, pero antes... -Sébastien sacó un papel de entre sus ropas-. Enseñad este retrato a vuestro compañero y a la gente de O'Malley. Si veis a este hombre, necesitaré que me hagáis un favor. Escuchad...

   Julián memorizó las instrucciones y contempló con desconfianza cómo el "humilde comerciante" regresaba en su chalupa hacia el velero holandés. Y hacia algo lejano que no podían ver, pero que estaba allí, tras la niebla: la Contraarmada Inglesa.

   -Siempre me dices que no confíe en nadie -reprochó el enfermero-. ¿Por qué le has dicho tanto, Lola?

   -Si supieras más de Historia, lo entenderías -fue la misteriosa respuesta-. Ha prometido narcotizar a algunos timoneles más y lo hará. La Contraarmada Inglesa no podrá rechazar sus provisiones; están en las últimas. Agotaron demasiadas antes de zarpar.

   -Sí, claro. Pero nos ayuda porque quiere las armas, ¿no?

   Lola le miró con complicidad:

   -Él no está en el barco que va a capturar las armas. Y nosotros sí. ¿Comprendes?

   El enfermero asintió con aprensión.

   -Eso es lo malo -se limitó a contestar-. Que comprendo lo que tenemos que hacer. Y como nos pille él o la capitana, la llevamos clara.

* * * * * * * * * *

   Anochecía; el hijo de Alonso se encontraba en su elemento. No hablaba el idioma de los piratas irlandeses, pero estaban de su parte: contra Inglaterra. Y se entendían a la perfección en el lenguaje de las armas.

   Sébastien Aldanne había cumplido su promesa. Los timoneles de tres naves inglesas cayeron en la trampa de las raciones narcotizadas: uno al atardecer y dos más a lo largo de la noche. Era lo que Grace O'Malley estaba esperando: en cuanto los notó rezagarse a la deriva dio la orden de atacar.

   El "Leviatán" irlandés se acercó entre la bruma nocturna, como un gigantesco fantasma: los garfios de abordaje se afianzaron en silencio. Los primeros ingleses fueron apresados durante el sueño; pero un prisionero, con riesgo de su vida, al fin dio la voz de alarma. Entonces comenzó el combate.

   Los sables lanzaron chispas al entrechocarse en la oscuridad. El joven Alonso se sumó a la refriega con entusiasmo. Su técnica de armas dobles le ganó la admiración de los irlandeses: detener con la daga, atacar con la espada y sorprender de nuevo con la daga cuando el enemigo menos lo esperaba. Sin dar tregua.

   La primera embarcación inglesa, aislada del resto de la Contraarmada, tardó poco en rendirse. Las otras dos se resistieron más, pero acabaron por seguir una suerte similar. Mientras los piratas terminaban de apresar a los vencidos, Alonso se dirigió directamente al camarote principal: tenía bien claro su deber. Lo había acordado con Julián, a espaldas de Lola. Encontrar las armas del futuro antes que nadie y lanzarlas por la borda.

   Sonrió con malicia cuando comprobó quién estaba al mando del último barco derrotado:

   -Hoy es mi día de suerte -anunció Alonso en inglés, llevando su mano al pomo de la espada-. Tengo un retrato vuestro. Alguien os busca.

   -No sois digno de mi sable -replicó altivamente su adversario.

   -Entonces apreciaré más aún el honor, Lord Essex -contestó el joven con insolencia-. ¡Defendeos!

   Los dos hombres cruzaron sus aceros: un plebeyo español contra el noble más importante de Inglaterra. Y a pesar de la diferencia de alcurnia, el aristócrata no podía imaginar hasta qué punto estaban igualados.

* * * * * * * * * *

   En el puente del "Leviatán", la capitana O'Malley contempló el resultado del abordaje y dio unas últimas órdenes a su segundo. Estaba satisfecha por la victoria, pero aún no había encontrado lo que buscaba: los nuevos cofres de armas de los tres navíos capturados. Comenzaba a preocuparse.

   -Impresionante -la aduló una voz: era Lola Mendieta-. Ya tenéis cinco barcos de Drake.

   -Y desertarán más, si siguen sin saber qué "monstruo" está "devorando" sus naves -se jactó Grace en castellano. Pronunciaba bastante bien la "r": al fin y al cabo, hablaba mejor gaélico que inglés.

   -Agradecemos que nos ayudéis, pero ¿por qué? -intervino Julián, atreviéndose por fin a abordar el tema.

   -Ya hablaremos luego -gruñó la irlandesa-. Ahora no tengo tiempo. ¡Volved al camarote!

   -¿Es por las armas?

   Cuando la pirata se volvió hacia él, tan indignada como ávida de información, Julián supo que había dado en el clavo.

   -¿Qué sabéis de las armas?

   -Son especiales -confesó él con cautela-. Sé que ya tenéis un cofre, pero debo devolverlas a España.

   -Si no, Inglaterra podría recuperarlas y hacerse más fuerte de lo que ya es -interrumpió Lola, temiendo que Julián metiera la pata-. Eso no os conviene, ni a vos ni a nosotros.

   La líder chieftain sonrió con ferocidad:

   -Yo les daré buen uso. Si consigo suficientes armas como ésas, Irlanda conquistará Inglaterra. ¡No pongáis esa cara! Así Drake dejará a España en paz.

   El enfermero intentó ocultar su pánico: ¡Lo que faltaba! ¿Más cambios en la Historia?

   -No podéis atacar Inglaterra, de momento -contestó Lola, sin dejarse impresionar-. ¿No hay un familiar vuestro como rehén en Londres?

   Grace torció el gesto. Habría preferido guardarse algún as en la manga.

   -Estáis bien informada- admitió al fin.

   -He sido espía en la Corte de Elizabeth. Pero eso os conviene -la mirada de Lola se llenó de complicidad-. Puedo ofreceros un trato mucho mejor que unos baúles de arcabuces.

   -¿Por ejemplo? -se desanimó Grace-. Mañana llegaremos a Santander: habrá una gran batalla y puede morir un hombre importante. Alguien que necesito vivo, para que Elizabeth libere a mi sobrino. Sólo sé que navega en una nave de esta lista, pero no cuál.

   Lola sonrió taimadamente:

   -¿Un rehén? ¿Y si yo supiera en qué embarcación está exactamente?

   La chieftain le miró con suspicacia:

   -¿Y cómo asaltaré esa nave en el tiempo que queda, si os devuelvo las famosas armas?

   -Bueno, supongo que si sólo os quedáis un cofre... -cedió Julián-. Lo suficiente para equipar este barco.

   Grace sonrió ampliamente:

   -Ahora nos empezamos a entender.

* * * * * * * * * *

   El almirante Drake había pasado el día y parte de la noche dando caza a los espías españoles; sus hombres estaban registrando media flota. Sin éxito.

   "No puedo retrasarme más" admitió al fin. "Ya estamos llegando a Santander".

   Amanecía. Sin descansar apenas, convocó a los capitanes de los navíos principales. Era hora de planificar el asalto a la ciudad.

   Sólo entonces comprendió que faltaba alguien importante. Obsesionado con la búsqueda de los espías, había descuidado la vigilancia de una nave.

   -¿Dónde está Lord Essex?

   Nadie supo darle razón. Tuvo que enviar nuevos emisarios hasta comprobar, con creciente inquietud, que había vuelto a suceder: ¡Más embarcaciones desaparecidas durante la noche! Y una de ellas era, precisamente, la que más temía perder: el "Swiftsure".

   "¡El barco de Lord Essex!"

   El "Revenge" volvió sobre su estela, pero apenas consiguió encontrar algunos restos flotantes. Debían haber caído de las naves perdidas, pero ¿habían naufragado éstas realmente? ¿O habían desaparecido como por arte de magia?

   -Aquí no están, señor -concluyó el segundo de a bordo-. Si no se han hundido, pueden haberse adelantado por algún motivo. El viento ha arreciado hacia el Oeste.

   El almirante calculó rápidamente las posibilidades. Essex era muy ambicioso: quizá intentaba asaltar la Coruña antes que Drake. O tal vez estaba en peligro. En ambos casos, había que encontrarlo cuanto antes. Tendría que olvidarse de atacar Santander, aunque le costara un rapapolvo de su Reina. Perder al amante de ésta, Lord Essex, podría salirle mucho más caro: ¡la horca!

   -¡A toda vela! -ordenó-. ¡Hacia Poniente!

   -¿No debíamos atacar hoy Santander? -replicó el contramaestre-. ¿Por qué ordenáis poner proa hacia Galicia?

   -¡Ha cambiado demasiado el viento! -improvisó Drake, añadiendo excusas cada vez menos creíbles-: Y lo que buscamos ya no está aquí. ¡Hay un tesoro en La Coruña! ¡Vamos, moveos, moveos!

   Los extraños y contradictorios pretextos eran lo de menos: los atónitos oficiales no tuvieron más remedio que obedecer. Nunca conocieron la verdadera razón. Ni ellos, ni la Historia.

   En 1588 la Armada "Invencible" española había cometido un gran error: pasar ante la ciudad de Plymouth sin atacarla.

   Un año después, la Contraarmada "Invencible Inglesa" hizo lo mismo: desviarse sin atacar Santander, a pesar de que era su primer objetivo. Y también fue un error.

   Repetir la Historia suele serlo.

* * * * * * * * * *

   El sol brillaba en lo alto. La tripulación del velero holandés había tenido que hacer turnos para navegar sin pausa. Día y noche. Era la única manera de salvar el cuello: ganarle varias horas de ventaja a Drake.

   -El "Leviatán" de O'Malley ya debe estar a medio camino de Irlanda -anunció Sébastien a los tres españoles. Grace se los había enviado de vuelta, antes de que ambos barcos separaran sus destinos.

   Ya no eran prisioneros; tenían libertad para moverse por todo el buque holandés. Después de descansar un poco, habían decidido subir a cubierta: Julián necesitaba luz para trabajar.

   -Extraña mujer, esa irlandesa -comentó el joven Alonso-. Y admirable.

   -No te muevas -le reprendió el enfermero, intentando ajustarle los vendajes-. ¡Hay que ver cómo te ha dejado ese Lord Essex!

   -Peor le he dejado yo a él -rió el muchacho-. Aunque para ser un "lindo", no luchaba mal. ¡O'Malley parecía complacida cuando se lo entregué!

   -Menos mal que lo has capturado vivo -gruñó Lola- Si no, Grace nos habría matado por eliminar el cofre de armas.

   -No debisteis tirarlas al mar -asintió Sébastien-. ¡Qué desperdicio!

   Julián interrumpió un momento su trabajo:

   -Agradezco que nos hayáis salvado de Drake. Pero no podemos confiar esas armas a nadie. Pueden cambiar la Historia.

   -¿Todavía no te fías de él? -reprendió Lola-. ¡Se ha jugado el cuello por nosotros! Si supieras...

   -Ésa es la cuestión: que lo sé.

   Sébastien y Lola clavaron la vista en él:

   -¿Qué es lo que sabes?

   El enfermero terminó concienzudamente el vendaje antes de encararse con los dos espías:

   -Hablemos claro, Sebastián: usted no es comerciante, ni tampoco francobelga. Soy inculto, pero no tonto.

   -Tenéis el mismo anillo que ese Crato -asintió Alonso-. Que es de sangre real, aunque sea un traidor.

   -Y mírese -prosiguió el enfermero-: rubio, pálido, dolicocéfalo, frente muy alta, mentón demasiado grande y prominente con prognatismo de clase II, que causa mala oclusión bucal. Ya he visto antes una cara parecida, y no era de fiar. La de Felipe II: un metomentodo que no tendría reparos en cambiar la Historia para reinar hasta el infinito y más allá.

   -¿Estamos ante un pariente de Su Majestad? -se inquietó Alonso.

   -¡Julián! -rugió Lola-. Precisamente por eso, ¿cómo te atreves a hablarle así?

   Sébastien se había quedado boquiabierto, y no sólo a causa del prognatismo de su mandíbula.

   -Sois descarado, pero astuto -rió al fin-. Sí, yo también ayudaría a mi país hasta el fin de los tiempos, si estuviera en mi mano. Pero no quiero un trono: sólo hacer el trabajo.

   -¿En serio?

   -Ya estuve en lo más alto una vez, y no bastó -respondió con tristeza, perdiendo la mirada en horizonte-. A veces, para enterarse de las cosas, hay que estar abajo. Con la gente humilde. Como hago ahora.

   Julián se acodó en la borda junto a él, pensativo. Tal vez se había pasado de la raya.

   -¿Cómo vais a ayudar en un barco pequeño, perdido en mitad del mar?

   -Con toda la información que hemos reunido -Sebastián guiñó el ojo al añadir-: Y con correo aéreo.

   -¿¿Perdón??

   El capitán dio una orden en holandés a su segundo. Poco después, éste volvió con la respuesta: una jaula, que contenía una paloma en su interior.

   -Llevará un mensaje importante a Lisboa -anunció el capitán-. Gracias a los tres por la información.

   -¿Qué estáis enviando, Sébastien?

   -La paz -fue la respuesta-. Por cierto, podéis llamarme Don Sebastián.

   -¿Don Sebastián de Portug...? -se santiguó Alonso-. ¡Pero si lleváis once años muerto!

   El espía de sangre azul sonrió misteriosamente, pero no contestó: ató el mensaje y liberó el ave. La paloma levantó el vuelo, dio un par de vueltas para orientarse y se dirigió al suroeste. Hacia un destino invisible en la lejanía, pero que para ella estaba tan claro como si tuviera una brújula en la cabeza: su nido. Su hogar.

   -Ve a casa por mí -susurró Don Sebastián con nostalgia-. A Portugal.

(CONTINUARÁ...)
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Don Sebastián I de Portugal
(1557 Lisboa - 1578 Alcazarquivir)

Atribuido al pintor Alonso Sánchez Coello

24 octubre 2016

MdT: Un Acto de Amor (IV)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (IV)
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Por Mª Nieves Gálvez

Seguir y seguir... ¿alguien sabe para qué vivimos?
(Queen, "The show must go on")


   (Contraarmada Inglesa, 1 de Mayo de 1589)

   "Me llaman Sébastien Aldanne. Y en realidad, no existo. 
   En otra vida fui Don Sebastián. Pero ya no existe aquella vida; tampoco existe mi honor. Ni la gente que amé, odié o goberné. No queda nadie.
   Todo fue por mi culpa. Creí que podía tocar el Cielo con mis manos, amor mío. Pensé que nada era imposible si tenía fe en mis ideas. Pero en mi soberbia, no comprendí que existían más ideas: las de mis súbditos. Y por no escucharlos, ése fue mi castigo: perderlos. Sobre todo a ti, Aldana. 
   Te tengo presente desde entonces: uní tu nombre al mío. Como unió Atenea su nombre al de su amada Palas, cuando la llevó a la muerte en la batalla.
   ¿Para qué quiero ya la vida? La dedico a reparar mi error, aunque sé que tardaré siglos. A hacer el bien de otra manera muy distinta a la que fue mi sueño. Pero qué largo es el camino... cuánto ansío descansar en paz y reunirme contigo en el Elíseo, hermano. Daría cualquier cosa por un minuto más contigo. Daría la vida entera, por no vivirla sin ti..."

   Unos golpes en la puerta del despacho interrumpieron a Sébastien. Éste dejó de escribir y dio la orden de entrar.

   -¿Qué deseáis de mí, capitán? -inquirió el visitante: era el más joven de los prisioneros. El más fácil de tantear, a juicio del capitán. Por eso le había hecho llamar.

   -Deseo poneros a prueba -fue la respuesta de Aldanne, aparcando su tristeza para centrarse en los misteriosos náufragos que acababa de socorrer-. Me hablasteis de una lista de barcos, ¿verdad? Quiero verla.

   -¿Me juráis por vuestro honor que estáis en contra de Drake? -requirió el joven Alonso.

   Sébastien sonrió con amargura:

   -Tardaré siglos en volver a tener honor. Pero sí; estoy contra Drake. Eso os lo juro.

   -¿Por qué? -insistió el muchacho, poco satisfecho con la respuesta.

   Aldanne no era dado a confidencias. Pero había una sinceridad y una pureza en la mirada del joven que no había visto desde hacía mucho tiempo. Se sorprendió cuando se escuchó a sí mismo confesar:

   -Por amor a Portugal. Ya no me queda nada más.

   Alonso reflexionó, algo sorprendido por la última frase.

   -Yo también os pondré a prueba: os daré los nombres de dos barcos. Si no traicionáis vuestra palabra, os daré más.

   -No estáis en posición de ponerme condiciones, si estimáis en algo vuestra vida.

   -Eso no importa: yo la daría por mi país. ¿Y vos?

   El capitán Aldanne sonrió con tristeza. Comprendía al muchacho. Idealista y leal, como fue él; pero sin el error de la soberbia.

   -Os contaré algo que sucedió hace un mes. La razón por la que llegué con tanto retraso a Plymouth. Para que sepáis en qué poco valoro mi vida, y qué piensan de Inglaterra mis aliados.

* * * * * * * * * *

   (Canal de la Mancha. Aproximadamente un mes antes)

Audiencia entre Elizabeth I de Inglaterra
y la noble rebelde/pirata irlandesa Grace O'Malley
   El abordaje había sido breve: la víctima no era un navío de guerra, sino un simple mercante. La mano de hierro que gobernaba el carrack pirata subió al velero capturado, haciendo temblar a quienes habían oído sus hazañas, y provocando exclamaciones de asombro en los muchos que aún no le conocían.

   -¡Pero si es...!

   -¿Cómo es posible?

   -¡Nunca lo habría imaginado!

   Los invasores tuvieron que apartar a culatazos a los boquiabiertos prisioneros, hasta que uno osó encararse con ellos:

   -Soy el capitán del velero. Perdonad a mi gente, os lo ruego -suplicó en latín-. Si necesitáis matar o tomar rehenes, elegidme sólo a mí.

   -No usáis la lengua de los perros ingleses. Y sobre todo, no me miráis como si fuera un bicho raro por ser mujer -respondió la capitana pirata en el mismo idioma, satisfecha-. Bien, eso debe significar que conocéis mi nombre: Grace O'Malley. Noble de Irlanda que resiste al yugo inglés.

   -Así es, mi señora, y es un honor. Soy Sébastien Aldanne, comerciante de Flandes. Y tengo algo que ofreceros, a cambio la vida de mis hombres.

   -Ya tengo vuestro barco y vuestras mercancías -se encogió de hombros la ilustre pirata de sangre azul-. Es valioso: aliviará los impuestos que Inglaterra exige a mis pobres súbditos. No hay más que me podáis ofrecer, así que lo siento por vuestras vidas. Normalmente las perdonaría, pero esta vez no me puedo permitir manteneros hasta ver tierra: malos vientos me han arrastrado demasiado lejos de mi territorio.

   -¿Y si os dijera que sé que Elizabeth I tiene a vuestro sobrino en la Torre de Londres? -la presionó Aldanne-. Sé que por eso no podéis atacar los intereses de Inglaterra como antes. Y precisamente mi barco es necesario para aprovisionar a la Contraarmada Inglesa.

   -¡Osado! Cortadle la lengua a ese idiota -ordenó Grace en gaélico a su segundo. Después añadio en latín-: Con mi paciencia no se juega, Sébastien. Da igual que tengáis amigos ingleses: nunca sabrán que os he matado yo -la líder rebelde irlandesa soltó una carcajada triunfal ante la expresión de Aldanne-: Es lo bueno del mar. ¡Nunca hay testigos!

   -¡Tengo algo más! -cedió al fin el prisionero-. Mirad mi anillo.

   La capitana sonrió con sorna y detuvo a su segundo, que ya tenía en la mano un puñal para segar la lengua de su víctima.

   -Espera; desátale las manos. Deja que nos las enseñe y que nos explique esa oferta. Capitán Aldanne, elegid bien vuestras palabras, porque de lo siguiente que digáis dependerá vuestra vida.

   -Puedo poner en vuestras manos cualquier nave de la Contraarmada Inglesa. No muchas, sólo una o dos, pero a vuestra elección.

   -Aunque eso fuera cierto, ¿para qué iba yo a arriesgarme a asaltar algo tan grande? Vuestro barco ya vale el dinero que necesito ahora, y no tenéis manera de cumplir mi otro deseo: la libertad de mi sobrino. Elizabeth me teme demasiado para soltarlo.

   -Ahí está lo mejor. ¿Sabéis quién se ha embarcado en esa flota?

   La pirata ahogó una exclamación cuando Aldanne le dio uno de los nombres. ¡Lord Essex! ¡La persona más estimada por su enemiga!

   -¿Cómo ha permitido Elizabeth que ese cortesano se embarque en una guerra? -reflexionó-. Si yo pudiera echarle la mano encima...

   -Podríais intercambiarlo por vuestro sobrino -sonrió Aldanne-. Ésa es mi oferta: yo pondré en vuestras manos el barco en el que viaja. Sólo tenéis que perdonar mi nave y a mis hombres; yo les daré instrucciones para serviros. Con mi vida haced lo que queráis.

   Grace le escrutó con la fría desconfianza de quien ha vivido ya demasiadas traiciones:

   -¿Y cómo sé que cumpliréis vuestra palabra?

   Sébastien Aldanne alzó las manos, libres ya de ataduras, y mostró el anillo que lucía en una de ellas:

   -Porque en realidad soy un espía, enemigo de Inglaterra. Y la Contraarmada Inglesa está en contra de todo lo que represento.

   La pirata de sangre azul lo miró, por primera vez, con respeto. Como a un igual.

   -Don Sebastián... ahora lo comprendo -asintió lentamente-. No existís. Sois uno de los mayores secretos...

   -Confío en que lo sabréis guardar -respondió él.

   -Si insistís, así será. No entiendo por qué no reclamáis lo que es vuestro, por cierto. Pero hablemos de negocios.

* * * * * * * * * *

   (Contraarmada Inglesa, 1 de Mayo de 1589)

   Julián estaba cansado y dolorido. Había aguantado el interrogatorio de Drake y la fuga a base de adrenalina, pero se le estaba pasando el efecto. Ya sólo tenía ganas de dos cosas: quitarse la ropa mojada y dormir. Los holandeses les habían dejado prendas secas en una de las bodegas. Se apresuró a cambiarse, antes de que el cansancio le terminara de vencer.

   -Nos han encerrado -observó, al escuchar cómo alguien hacía girar la llave desde fuera-. Sólo hemos cambiado la prisión de un barco por la de otro.

   -Por eso dije que era una estupidez huir del "Revenge" -le recordó Lola, dándole la espalda con desdeñosa calma-. En una flota, cuando escapa un delincuente, lo primero que intenta es refugiarse en otro barco. Así que cualquier náufrago es tratado como sospechoso hasta que se demuestre lo contrario.

   -No sé para qué se han llevado a Alonso; me preocupa -reflexionó Julián, acabando de cambiarse-. Ese Aldanne ha dicho que está contra Drake como nosotros, pero...

   -No te fíes mucho de él -señaló ella, cambiándose también de ropa sin demasiado pudor-. Ese falso holandés puede mentir para sacarnos información. Es lo que haría yo.

   -Sí, me imagino lo que harías -respondió él con sarcasmo, mientras se acomodaba entre varias mantas-. ¿Por qué has puesto esa cara al ver su anillo, Lola?

   Ella se detuvo un segundo. Después, sin dejar de darle la espalda, continuó vistiéndose:

   -Por nada.

   -¿Me tomas por tonto? -el enfermero se incorporó entre las mantas, lo bastante ofendido para espabilarse-. Parecía que hubieras visto un fantasma.

   -No estoy segura -fue la evasiva respuesta.

   -¿Qué duda tienes? Hasta yo sé que es un anillo de los que se usan para sellar. ¡No va a ser una pulsera de cazar pokémons!

   La mujer ignoró tranquilamente la puya:

   -Hay muchos nobles con anillos en Europa.

   -Pero el dibujo de éste me suena. Lo he visto hace poco en algún sitio: yo diría que en los documentos que ha firmado Crato con los ingleses.

   Lola terminó de vestirse, se volvió hacia él y lo miró como a un niño pillado en falta:

   -Ahí quería yo llegar. ¿En qué estabas pensando para robarle al Prior de Crato los documentos que ha firmado con Inglaterra?

   -Son importantes; nos pueden resultar útiles -se defendió él-. Crato dice que va a liberar Portugal del yugo español; pero si los portugueses vieran a cambio de qué, lo lincharían.

   -Cierto, pero sólo si le pillan con esos papeles encima. ¡Lo cual, por vuestra culpa, ya no va a suceder! -estalló Lola.

   -Se puede demostrar igualmente: ¡llevan su sello!

   -El sello de su familia -le corrigió ella-. Cada casa noble tiene varios idénticos. Ahora que ya no lleva esos papeles encima, puede lavarse las manos y decir que lo ha hecho otro pariente.

   -Perdona, ¿le conviene haberlos perdido?

   -Si es listo, sí -bufó la mujer-. Ahora tiene más posibilidades de que Portugal le aclame como nuevo Rey. Entre eso y la gente que vas curando por ahí, ¡estás cambiando la Historia! A estas alturas ya deberían haber desertado bastantes naves de Drake por culpa de enfermedades, ¿sabes? Como has cambiado eso, quizá no se salve La Coruña ni Portugal. Adiós al Siglo de Oro español.

   -No creo que sea para tanto -intentó consolarse él-. Además, ¿desde cuándo te interesa proteger la Historia?

   -Desde que comercio con obras de arte, y precisamente las mejores son de esta época -contestó ella fríamente-. Por eso os hice llegar las fotos de las armas, ¡pero sólo habéis conseguido empeorar las cosas! Esto va a ser malo para mis negocios.

* * * * * * * * * *

   (Lisboa, Mayo de 1589)

   Amelia estaba disfrutando como nunca. No sólo estaba gozando de la compañía y amorosos requiebros de Lope de Vega, sino haciendo algo aún más importante y placentero para ella: inventar versos juntos. No sólo inspirarlos, sino participar en todo el proceso creativo. Un honor tan impensable como divertido: ¡en secreto, algunos versos de ella pasarían con los de Lope a la Historia!

   -¿Queréis que sea cruel con Inglaterra? -Lope guiñó un ojo a Amelia y tomó la pluma-. Fácil: les recordaremos cuán bajas fueron las pasiones que motivaron la herejía de su anterior rey, Enrique VIII. ¡Abandonó la Iglesia de Roma por una mujer! Llevo un tiempo pensando en algo así:

"...cubrió, Enrique, tu valor,
de una mujer el amor
y de un error la porfía.
¿Cómo cupo en tu grandeza,
querer, engañado inglés,
de una mujer a los pies...?" [1]

   -Os pierde vuestra debilidad por los enredos amorosos, truhán -rió Amelia, disfrutando al esquivar una caricia demasiado atrevida y comprobar la expresión de deseo de su acompañante-. ¿No tenéis algo más directo? La idea es avisar a Portugal de que los ingleses son traicioneros en el mar, no en la alcoba. Piratas, robos, incendios...

   -¡Sois difícil de contentar! -sonrió Lope, animado por el reto. Era curioso: cuanto más le desafiaba ella, más la deseaba-. Si pongo eso en verso... "Isabel, la nueva Atalía, del oro antártico arpía, del mar incendio cruel" [2]

   -Mucho mejor; sólo os falta una alusión a Drake -le felicitó Amelia, en pie tras la silla de él, mientras se inclinaba para abrazarle por la espalda-. Así me gusta...

   El escritor notó en sus hombros el cálido y firme regazo de la joven y se preguntó si aquella musa estaría seduciéndole a propósito. ¿Se estaba riendo de él?

   -Ejem... puedo nombrarlo, sí -Lope intentó que su mano no temblara al retomar la pluma: ¿estaba consiguiendo aquella mujer ponerle nervioso? ¡A él! Entre su belleza y su sabiduría, no había duda: era una de las Musas-. Imaginad una obra épica sobre ese "Draque": significa "Dragón", así que la epopeya podría titularse "Dragontea" -volvió la mirada hacia Amelia, esperanzado-. ¿Os complace también?

   -No imagináis cuanto -sonrió ella, con sincero interés. La obra más misteriosa de Lope, prohibida por una orden de las alturas... ¿qué sucedió con ella? ¿Cuál fue su historia?

   Lope comenzó a componer lo que en un lejano futuro llegarían a ser versos de su legendaria "Dragontea", mientras una idea se abría paso en su mente. A pesar de su fogoso temperamento, tenía una inteligencia aguda que no dejaba detalles al azar:

   -¿Puedo haceros una pregunta? -repuso, con más seriedad-. ¿Por qué viene una musa en sueños a pedirme esto, si Portugal no necesita mis avisos? Conocen ya los desmanes de Drake. No son necios.

   -Sólo por precaución -repuso ella, sin atreverse a confesar la verdad: que venía de un mundo en el que tales avisos faltaron, porque Portugal nunca llegó a ver los documentos de Crato. Los que demostraban que, a cambio de una corona, aquel traidor haría al país esclavo de Inglaterra-. Luchasteis contra un tal Crato en las Azores hace años, y perdió. Pero ese ambicioso puede intentarlo ahora otra vez, en Lisboa. No queremos manipular a Portugal, sino evitar que lo haga Crato con mentiras. Debemos recordarle la verdad a los que duden.

   -¿Y quién pagará los escenarios y los actores? -le espetó él, con aplastante lógica-. Las comedias no se representan solas.

   -Eso dejádmelo a mí: os contaré más cuando vuelva -mintió Amelia, azorada: en realidad, no tenía ni idea de cómo conseguirlo.

   -¿Me dejáis? -se quejó él, poniendo ojitos tristes de gatito abandonado.

   -Sólo será un instante, no temáis -rió la joven-. El tiempo justo para daros algo de hospitalidad: os traeré un bocado al menos.

   Lope la observó marchar, tan frustrado en el placer físico como estimulado en el intelectual. Aquella musa había conseguido llenarle de ideas la cabeza: se encontraba en plena fiebre creativa. En cierto modo, él también estaba disfrutando tanto como ella.

   -"Un bocado"... qué descarada maestría tiene con los dobles sentidos y agudezas del lenguaje -rió al fin, escribiendo con entusiasmo-. Es como si conociera todas mis obras, pasadas y presentes, ¡e incluso las que todavía no he escrito!


[1] "Rimas Humanas" (núm. 226), de Lope de Vega

[2] "Rimas Humanas" (núm. 264), de Lope de Vega


* * * * * * * * * *

   -Alonso, creo que tú y yo vamos a tener que volver a los escenarios -abordó Amelia a su compañero, sin más preámbulos, en cuanto lo encontró en la taberna del piso inferior-. Y buscar un empresario teatral.

   -Eso no será un gran problema -contestó el veterano-. Pero hay algo que sí. Os oí nombrar a Aldana...

   -¿Nos espiaste arriba?

   -No pude evitar oírlo: le mencionasteis al marcharme -Alonso le miró con seriedad casi acusadora-. Conocí a un capitán llamado así. De los más justos y sabios del Tercio: su tropa lo adoraba. ¿Habéis dicho "que en gloria esté"? Decidme que he oído mal, os lo ruego.

   -Se me olvidaba: dejaste el Tercio en 1570... -Amelia se sentó a la mesa de Alonso-. Francisco Aldana no era sólo un buen militar. También fue el mejor poeta del Renacimiento español; por eso lo hemos nombrado. Incluso Lope y Cervantes lo llamaban "El Divino".

   -¿Vais a contestarme o no? -se impacientó Alonso-. ¿Vive?

   Amelia le tomó la mano y bajó la vista, sin saber cómo empezar. La moza de la taberna les interrumpió:

   -¿Vino para los enamorados?

   Alonso asintió mecánicamente para quitársela de encima, sin dejar de clavar la vista en Amelia.

   -Murió, ¿verdad? -acabó por intuir-. ¿Cuándo?

   -En 1578, en Marruecos -confesó ella al fin-. En este tiempo hace once años. En la batalla de Alcazarquivir, junto al rey Don Sebastián.

   -¿Don Sebastián de Portugal? ¿Ese niño afeminado que iba para monaguillo?

   -¡No hables así de él, especialmente aquí! -susurró Amelia, mirando azorada alrededor; pero por fortuna, aún no había casi clientes-. Portugal siempre echará de menos a Don Sebastián, por siglos que pasen. Habrá leyendas sobre su futuro retorno, similares a las artúricas. Tenía tanta fuerza de voluntad y tantas ilusiones... Ojalá le hubieran educado parientes menos religiosos y más sabios.

   -¿Qué hay de malo en el fervor religioso? -se escandalizó Entrerríos. La promesa del Cielo siempre había dado valor a los soldados cristianos. Por eso nunca rehuían su deber.

   -La fe, mal entendida, da más importancia a la "inspiración" repentina que a la planificación estratégica. Don Sebastián reunió una gran flota de nobles portugueses, animados por la victoria de Lepanto. Pero eran inexpertos que hacían más caso a los cuentos milagrosos de las Cruzadas que a los consejos militares de Aldana -Amelia bajó la vista y resumió-: Desoyeron a tu capitán y Portugal perdió. Alcazarquivir fue una masacre.

   Alonso de Entrerríos bajó la vista, ahogando su frustración en el vino. Mil ideas y recuerdos se agolparon en su mente.

   -Francisco Aldana hablaba doce idiomas, ¿sabéis? -recordó, sin saber por qué-. Trataba bien a todos, desde nobles italianos o españoles hasta el más humilde criado africano... -dejó el vaso y se rehízo-. Pero qué importan mis recuerdos: debéis volver arriba, con ese comediante.

   -He bajado para encargar comida y vino, que no se nos desmaye Lope. Pero puedo hacer que se los suba otra persona y quedarme un rato más aquí -decidió Amelia, tan comprensiva como llena de curiosidad-. Cuéntame algo más de Aldana. Era uno de los mejores escritores de este siglo.

   Alonso asintió, reconfortado por tener alguien con quien compartir sus pensamientos. Llamó a la moza con un gesto y aguardó a que Amelia le hiciera el encargo.

   -Subid todo a mi habitación y decid que es de mi parte -indicó Amelia a la mujer. De pronto recordó algo y sonrió con malicia: ¿por qué no dar un susto a Lope?-. Mejor aún: dejadlo junto a la puerta y no entréis. Decid que lo trae el "servicio de habitaciones".

* * * * * * * * * *

   En la enorme Contraarmada había casi doscientos barcos, según algunas cuentas. Unos ciento cincuenta, según quienes no contaban a las pequeñas embarcaciones auxiliares de suministros, como la de Aldanne. Pero este último tenía una ventaja sobre los demás: podía moverse libremente entre todas. Se encargaba de distribuir las provisiones: no levantaba sospechas.

   -¿Está hecho? -inquirió ansiosamente el hijo de Alonso, cuando el capitán Sébastien Aldanne entró en la bodega de los tres prisioneros.

   -Tal como dijisteis -respondió el dueño del barco-. Pronto sabré si me puedo fiar de vos.

   -Yo nunca miento.

   El capitán nunca había visto una mirada tan honesta y limpia:

   -Os creo. Ahora venid, maese Julián: tengo algo para vos

   -¿Qué es?

   -El Nokia -Aldanne pasó el móvil al agente del Ministerio con una sonrisa levísimamente maliciosa -. En todo el día no ha parado de sonar.

   Lola tuvo que ocultar la risa ante el asombro del enfermero. Estaba claro que Aldanne sabía más de lo que decía. Había algo en la sonrisa amarga del capitán que le recordaba a ella misma: él también había perdido a alguien. Él también dedicaba su vida a reparar aquella pérdida. Y desde luego, él también era un espía. En muchas cosas, Lola y el capitán eran iguales.

   Él también la miró con pensamientos parecidos. Pero una idea más rondaba su mente: "¿Por qué está con esos dos, si realmente no lo está? Ella sabe quién soy: ¿por qué a ellos no se lo ha dicho?". El capitán aplazó esas dudas y volvió su atención hacia el enfermero: no era tan fácil leer su historia al mirarle...

   -Está bien, Iron Man -decidió Sébastien, al cabo de un rato de espera infructuosa-. Veo que no usaréis ese "espejo azteca" en mi presencia. Pero esto no quedará así: cuando termine mi trabajo, volveré.

* * * * * * * * * *

   Las naves de la Contraarmada eran demasiadas para navegar juntas: habría riesgo de colisiones. Y la niebla nocturna empeoraba el problema; a veces ni siquiera se distinguían bien los faroles de posición (uno blanco a proa y otro rojo a popa), obligando a los barcos a tañir constantemente campanas para alertar de su proximidad a otros vecinos. Era habitual distanciarse de los demás. Tenían el mismo rumbo: no necesitaban verse.

   Por eso nadie se alarmó cuando uno de ellos comenzó a quedarse especialmente atrás. La diferencia era que su campana había dejado de sonar. Navegaba a la deriva: la palanca del timón giraba perezosamente, en aquella calma casi total, con un chirrido rítmico que ninguna mano trataba de impedir. El timonel estaba inconsciente: había sido narcotizado mientras los demás dormían. Por una ración especialmente preparada para él. Así lo había dicho el joven holandés que lo descargó: "Raciones para el timonel, para mantenerle despierto por la noche. Y para el encargado de la campana de aviso". Los paquetes llevaban el sello de Sébastien Aldanne.

   Una sombra enorme se acercó desde la niebla. Bajo la superficie, los peces vieron como si un enorme monstruo marino diera alcance al otro: una gigantesca ballena. Un leviatán. Después cayeron dos hombres al agua: los encargados del timón y la campana.

   Arriba estalló un combate; los tripulantes del barco dormido despertaron. Hubo estruendo en el agua: cuerpos cayendo al mar entre llamativa espuma, rodeados por una neblina de sangre algunos de ellos. Los depredadores marinos se acercaron, atraídos por el ruido y el sangriento olor, aunque aquellas presas no se rindieron sin luchar.

   Una de las sombras que cayó al agua, sin embargo, era de madera. Unos pocos supervivientes, en una chalupa de salvamento, vivieron para contar aquella noche. Cuando les rescató otro navío de la Contraarmada Inglesa, la imaginación suplió lo que la oscuridad no les permitió ver, y lo exageraron para disimular su cobardía. Hablaron de sombras monstruosas: el Leviatán, sin duda.

   No fueron creídos; pero aquélla fue la primera nave perdida por la Contraarmada Inglesa. Y si había que salvar la Historia, según Alonso y Lola, aún faltaban muchas más.

* * * * * * * * * *

   En el "Leviatán", Grace O'Malley contempló con decepción su captura: un buen buque de guerra con doce cañones, bien pertrechado. Una tripulación herida y en paños menores, pues había sido sorprendida durante el sueño (aunque se defendió con bravura). Pero...

   -¡No es el barco de Lord Essex! -rugió la pirata-. Ese Sébastien me ha engañado. Se arrepentirá...

   -¡Hay algo aquí para vos! -interrumpió su segundo de a bordo.

   Grace se volvió malhumorada hacia el cofre que traían trabajosamente sus guardaespaldas... y al abrirlo, su furia se trocó en gratitud.

   -¡Aldanne, es un placer hacer negocios con vos! -exclamó a la noche: sabía que su aliado no podía andar muy lejos-. Estas armas son... extrañas, pero de finísima factura. Venid, muchachos: vamos a aprender a utilizarlas.

   Un tripulante del "Leviatán" de Grace hizo una señal secreta, previamente convenida, moviendo un farol. A  pocos cables de distancia, en efecto, una luz similar hizo lo mismo: era la nave del "humilde mercader holandés", que contemplaba el resultado de su plan.

   -Un barco menos, Alonso -anunció Aldanne, satisfecho-. Como veis, cumplo lo que prometo. Vos indicadme el objetivo y yo haré el resto. ¿Cuántos decís que quedan?

(CONTINUARÁ...)

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MdT: Un Acto de Amor (VI)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


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Por Mª Nieves Gálvez



"Mientras andáis allá metido todo 
en conocer la dama, o linda o fea, 
buscando introducción por diestro modo (...)
Yo voy sobre un jinete acá saltando 
el andén, el barranco, el foso, el lodo, 
al cercano enemigo amenazando"
Francisco Aldana, "Pocos tercetos escritos a un amigo"

   (Lisboa, 3 de Mayo de 1589)

   El elegante personaje, ricamente vestido con sedas y armiño, enrojeció de furia al desenvainar la espada:

   -¿Decís que no tengo honor?

   El viejo soldado del Tercio le miró con sereno reproche:

   -Ni honor ni valor tenéis.

   -¡Deslenguado! ¡Moriréis! -exclamó el aristócrata, lanzándose al ataque.

   El militar le esquivó sin inmutarse, haciendo que el presumido cayera al suelo de manera ridícula. La gente que contemplaba el combate tuvo que contener la risa. Algunos aplaudieron burlonamente.

   -Cubrió, Enrique, tu valor, de una mujer el amor y de un error la porfía -reprochó el soldado, con voz de trueno-. ¿Cómo pudo en tu grandeza querer, engañado inglés, de una mujer a los pies, ser cabeza de la Iglesia? [1]

   El público estalló en ovaciones, en una mezcla de castellano y portugués:

   -¡Así se habla! ¡Dadle fuerte a ese hereje adúltero!

   -¡Inglés tenía que ser! ¡Nunca nos dé Dios un Rey así!

   Alonso de Entrerríos saludó a los espectadores con una reverencia; le estaba cogiendo el gustillo a los escenarios. Sobre todo para satirizar a un país enemigo como Inglaterra. Aunque lo lamentaba por el actor que interpretaba al rey Enrique VIII: trabajaba bien, pero la multitud sólo le dedicaba abucheos.

   -Gajes del oficio -consoló Lope a "Enrique VIII" más tarde, entre bambalinas-. Pero eso demuestra que sois excelente. Os creen realmente el rey inglés, ¡aun sabiendo que esto es un corral de comedias!

   -¡No saben apreciar mi arte! -protestó el actor, quitándose la capa de seda-. ¡Quiero ser el soldado!

   -Ahora me tocará a mí ser abucheada -rió Amelia. Estaba irreconocible en aquel lujoso vestido bordado, con enormes "pétalos" de encaje elevándose tras su cuello y hombros, como las auras de los retratos sagrados. El atavío de gala de la Reina de Inglaterra.

Reina Elizabeth I de Inglaterra con Arco Iris
Atribuido a Isaac Oliver y Marcus Gheeraerts el Joven

   -No sé como tenéis valor para salir así -asintió Alonso con admiración-. Os van a odiar. ¡Sois Elizabeth, la que ordena los ataques de Drake!

   -Y es bueno que Portugal odie esos ataques -sonrió ella-. Esa rebeldía ganará esta guerra.

   -Mucho esperáis de mi pluma -observó Lope cuando alcanzó a oírles, entre halagado y escéptico.

   El escritor no paraba de ir y venir, dando instrucciones y retocando textos a última hora. Amelia estaba encantada de verle trabajar: había visto obras de Lope de Vega en el futuro, en teatros de prestigio, representadas con organizada calma y textos inmutables. Pero ¡qué diferente era ver al autor en pleno proceso creativo! En una pequeña compañía, improvisando ideas, organizando a los actores o incluso sustituyendo a alguno si hacía falta. En un torbellino de dudas, soluciones, energía y vida.

   -Es que sois el mejor -coqueteó la joven, divertida-. Pero decidme: ¿de dónde habéis sacado el dinero para esto?

   -Del alcalde de Lisboa, ayer mismo. Su emisario dijo que había recibido un mensaje urgente para ayudarnos. Es extraño: ¿cómo sabía en qué posada encontrarme?

   Amelia frunció el ceño:

   -¿Quién firmaba el mensaje?

   -Dos personas. Un tal Julián y alguien de nombre francés: Sébastien Aldanne.

   La expresión de Amelia se volvió un poema, pero no tuvo tiempo de contestar: era su turno para subir al escenario. Fue Alonso quien cruzó una mirada de sospecha con Lope:

   -Ese nombre francés suena casi como Aldana. Conocí a alguien llamado así. ¿Pensáis lo mismo que yo?

   El autor asintió un instante, para después negar con incredulidad:

   -El capitán Aldana murió hace once años, junto al Rey Don Sebastián de Portugal. Es imposible...


[1] "Rimas de Lope de Vega y Carpio", núm. 226


   * * * * * * * * * *

   (Barco de Sébastien Aldanne, 8 horas después)

   Julián se había vuelto más trasnochador que madrugador, desde la muerte de Maite. Desde que la soledad le arrebató la calma nocturna y le dejó sin ánimos para revivir por las mañanas. Sin embargo, la llamada de Alonso le despejó de golpe aquel amanecer. ¡Podían cambiar tantas cosas...!

   "Salvad a María Pita, en La Coruña: es agente del Ministerio y os ayudará a volver a casa. Eso corregirá la Historia, en parte. Pero hay algo más". A través del auricular, la voz del veterano Alonso se convirtió en un susurro furtivo: "Me han prohibido deciros esto, pero... en el futuro incorrecto, en el que Pita muere y Portugal es inglés... vuestra esposa vive, Julián".

   Comenzaba a clarear el alba. El enfermero se vistió y subió a cubierta, pensativo. Agradecía la advertencia de su compañero, pero al mismo tiempo le sorprendía: lo habría esperado más bien de Amelia. Y en cierto modo, le dolía que no hubiera sido ella quien le avisara. "Cada vez se porta más como lo que es: la jefa. Y la primera en sacrificarse por el deber, eso sí", admitió. Pero tanto deber, ¿para qué? ¿Y si a Portugal le iba mejor con Inglaterra? ¿Y si tanto Maite como el mundo salían ganando con el cambio?

   Todavía añoraba a su mujer, aunque ya nunca hablaba de su dolor. Sólo lo plasmaba en cartas que nunca le enviaría, pero que a veces aprovechaba para algo: engañar a los padres de Amelia. "Haría cualquier cosa para estar contigo, amor mío. Daría la vida, por no vivirla sin ti".

   ¿Y si todo ese dolor estuviera a punto de cambiar?

   -Habéis madrugado -observó una voz, cuando llegó a popa: se trataba de Don Sebastián. El capitán de sangre azul estaba reunido con el timonel, y portaba en la mano un catalejo.

   -Vos también -respondió el enfermero, señalando el instrumento-. ¿Habéis visto algo? ¿Nos sigue la Armada "Invencible Inglesa"?

   -No puedo verla; pero sé que está ahí -Don Sebastián señaló al Este, al amanecer-. Lejos, pero lleva nuestra misma ruta. Estamos llegando a La Coruña.

   -¿Tan pronto? Si ayer estábamos en Santander...

   -Hemos forzado la marcha día y noche, y el viento es bueno. Pero hay una cosa que me extraña -el noble se retiró a una zona resguardada del vendaval y extrajo un papel de entre sus ropas-. He anotado los planes que le habéis robado al invasor. Drake debe asaltar Lisboa, y varias ciudades donde se están reparando los restos de la Armada Invencible. Y exprimir Portugal a impuestos. Pero no tiene orden de atacar la ciudad de La Coruña. Sólo los astilleros que hay cerca.

   -Sin embargo, lo hará -les sobresaltó la voz de Lola Mendieta, a sus espaldas-. No deberíais haber robado esos documentos. Si en Portugal descubrieran lo que Crato, su candidato al trono, ha firmado para malvender su país a Inglaterra...

   -¿Es que no duermes nunca, Lola? -protestó el enfermero, tomando el papel para examinarlo mejor.

   -No cuando los demás empiezan a reunirse a mis espaldas -sonrió la mujer con sorna-. Es mejor para mi salud.

   -He avisado de todo a Lisboa -se encogió de hombros Don Sebastián-. Y para reforzar la resistencia, también he ordenado financiar la obra de Lope.

   Lola entornó los ojos con astucia:

   -¿En Portugal saben que estáis vivo?

   -Sólo la gente correcta -fue la evasiva respuesta.

   -Aun así, nos conviene devolverle a Crato esos documentos -insistió ella-. Para que Portugal le pille con eso encima, ¿comprendéis?

   Julián les dejó hablar; había otro tema que acaparaba su antención. Y estaba escrito en el reverso de las notas de Don Sebastián. Parecía el borrador de una carta de aquel rey sin corona. Y las palabras le eran extrañamente familiares:

   "Haría cualquier cosa para estar contigo, amigo, hermano. Daría la vida, por no vivirla sin ti".

   -No... -musitó para sus adentros-. Otro personaje capaz de cambiar la Historia, adivinando lo que pienso. Otra vez, no...

   * * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   -¡Que no! ¡Eso sería un bucle! -estalló la voz del subsecretario a través de la puerta acristalada-. ¿No recuerda cómo perdimos la puerta 716?

   Angustias levantó la vista de su ordenador, sobresaltada. Y también Irene, que le estaba ayudando a revisar las nóminas.

   -Recuerdo la 716 -sonrió la jefa de Logística, en tono confidencial-. Mira que dejar que Albéniz oyera los "Rumores de la Caleta" antes de componerlos...

   -¿Los compuso porque ya los había oído? -Angustias parecía confundida-. Entonces... ¿la primera idea no fue suya?

   -Ni de nadie: fue un bucle, porque el pianista era del futuro y pensaba que estaba copiando a Albéniz. ¡El pez que se muerde la cola! La puerta no aguantó la paradoja y... -Irene imitó por lo bajo el ruidito de una explosión y susurró-: ¿Quién está en el despacho?

   -No te lo creerías...

   La puerta acristalada se abrió, dejando salir al visitante. Irene tuvo que contener una exclamación de incredulidad: ¡Era Ernesto!

   -Conozco las normas -gruñó el adusto funcionario en dirección a Salvador, antes de marcharse.

   Aquello no era normal; Irene dejó los documentos y se apresuró a seguirle. El hombre iba a buen paso; ella no le dio alcance hasta doblar un recodo del pasillo.

   -Un momento, Ernesto -le abordó-. ¿Estoy soñando? ¿Le has discutido las normas a Salvador?

   El jefe de Operaciones la miró con sarcasmo:

   -Ni que eso fuera un problema para ti.

   Ella le escuchó sin inmutarse; para Irene, la indisciplina era casi un cumplido.

   -Algo muy grave debe ser. ¿Algún amigo tuyo? -de pronto Irene bajó la vista y sonrió con tristeza-: No, claro; en qué estaría yo pensando.

   -Tengo amigos, a pesar de los rumores -la expresión de Ernesto casi se suavizó un poco-. Y en este caso no estoy seguro de las normas. Porque si es cierto que hay que corregir la Historia...

   -María Pita -asintió Irene-. Hoy es el día. ¿Quieres avisarle de su propia muerte? Eso podría crear un bucle.

   -O salvar el día, si Julián y Alonso tuvieran razón -asintió él-. El problema es que ellos sólo conocen una versión de la Historia, y nosotros la otra.

   -Bueno, claro. Nadie puede conocer las dos líneas temporales a la vez. Ni siquiera Amelia, con todo lo que sabe.

   -Ojalá -asintió Ernesto-. Ella sabría distinguir cuál es la correcta.

   La expresión de Irene cambió, como si una idea impensable iluminara su mente:

   -¿Y si pudiéramos?

   Ernesto la miró con interés.

   -No veo cómo.

   -Déjame pensarlo -Irene sonrió con malicia-. Tú avisa a María; seguro que tienes una buena razón. Yo voy a hablar con Salvador

   * * * * * * * * * *

    (La Coruña, 4 de Mayo de 1589)

   La playa de La Coruña era un hervidero de actividad. A pesar de lo temprano de la hora, alguna barca de pesca regresaba ya con las primeras capturas, para venderlas en la lonja. Numerosos obreros se afanaban en reparar un gran navío de guerra que yacía en la arena, echado sobre su costado. El espacio entre el mar y los muros de la ciudad estaba ocupado por un próspero distrito comercial, una iglesia e incluso un monasterio. Había cierta agitación: dos naos estaban levando anclas. Entre el ajetreo general, nadie pareció fijarse demasiado en la llegada de un pequeño barco mercante, aunque fuera extranjero: el de Aldanne. A bordo de éste, los marinos holandeses prepararon una chalupa; aprovecharían la escala para aprovisionarse, además de desembarcar a dos pasajeros.

   -¿Vendréis a tierra, Lola? -preguntó el hijo de Alonso.

   -Ni loca -sonrió burlonamente la mujer-. Me largo lo más lejos que pueda del Ministerio.

   -Yo debería impedírtelo -dudó Julián-. Por si se te ocurre cambiar la Historia.

   -Y te volverías a arrepentir de denunciarme, porque sabes que no hago mal a nadie -le recordó ella-. Nunca dejo que cambien sucesos importantes; sería malo para mis negocios.

   Julián iba a protestar, pero la llegada del capitán le interrumpió: era hora de desembarcar.

   -Aquí nos separamos. Pero sabéis lo que va a pasar hoy en esta ciudad -les recordó Don Sebastián, ayudándoles a subir a la chalupa-. ¿Estáis seguros?

   -Es mi pasaje a casa -asintió el enfermero -. Y no será la primera batalla que veo; espero poder salvar a alguien.

   -Tampoco es la primera para mí -intervino fieramente el hijo de Alonso -. Haré que unos cuantos ingleses paguen por lo que perdimos en Cádiz y en la Armada.

   El capitán asintió con admiración. Y con cierta pesadumbre.

   -Habláis bravamente, Alonso, a pesar de vuestra juventud. Vuestro padre debe estar orgulloso.

   -Nunca le conocí -fue la triste respuesta del joven-. Pero madre siempre dice que vela por nosotros, como un ángel guardián.

   -Yo tampoco conocí a mi padre -confesó Don Sebastián-. ¿Puedo daros un consejo?

   Alonso asintió, sorprendido. ¿Cómo era posible que alguien de sangre real le hablara con tanta camaradería?

   -Luchad con vuestro brazo, pero también con la cabeza. Ares fue el dios de la guerra, pero ¿sabéis quién consiguió vencerle en combate? La brava Atenea, por su sabiduría.

   -¿Leyendas griegas? -se sorprendió Julián-. Creí que erais católico.

   -Como el que más -respondió Don Sebastián-. Pero esas fábulas paganas son útiles, porque tienen moraleja. Las aprendí de Aldana, el capitán más sabio que ha visto el mundo. Ojalá me las hubieran enseñado mucho antes.

   ¿Por qué era eso tan importante? El confuso enfermero se vio asaltado por mil dudas, pero ya no había tiempo para aclararlas: los marinos estaban soltando las amarras y separando la chalupa de la nave principal.

   -¿Volveremos a vernos? -inquirió Alonso.

   Don Sebastián, desde la cubierta del barco mercante, negó con un gesto:

   -Vos defenderéis esta ciudad y yo la mía. Cada uno tiene su batalla. Que Dios os guarde.

   -¿Volvéis a Lisboa? ¿Y si os reconocen? Os creen muerto...

   -No sé cómo presentarme allí -confesó el capitán-. Pero aun así, he de protegerla.

   La chalupa se alejó hacia la playa a fuerza de remos, mientras los demás tripulantes regresaban a sus quehaceres. Sólo dos personas permanecieron en la cubierta del mercante, contemplando la marcha de la barca; el capitán y Lola Mendieta.

   -Es buena idea, Don Sebastián -sugirió ella, cuando al fin estuvieron a solas-. Lo de hacerse pasar por un ángel guardián.

   * * * * * * * * * *

   El amanecer parecía tranquilo; sólo las campanadas de una iglesia y el graznido de las aves marinas interrumpían el silencio.

   Y algo más. Una vibración rítmica, alarmante, a través de la almohada.

   María Pita metió la mano a tientas para intentar apagar el infernal zumbido de aquel aparato, que aumentaba de intensidad por momentos.

   -¿Qué se oye? -gruñó una voz soñolienta pero autoritaria, desde el dormitorio vecino.

   -Un abellós! ("un abejorro") -se excusó azorada, en gallego.

   -¡Hablad en cristiano, pardiez! -replicó el otro en castellano, en un tono aún más desagradable que antes.

   -O galego é cristiano! -se enfureció ella, mezclando idiomas sin querer-. ¡Galiza é terra do Santiago Apóstol!

   -Echa fuera el abejorro; yo me encargo del capitán -intervino su marido, también en gallego, levantándose resignadamente-. ¡Vaya tirano! Cualquier día lo despierto vaciándole en la cara una bacinilla.

   -No me des ideas, Gregorio -sonrió con malicia la mujer. Una vez a solas, la agente sacó el teléfono de debajo de la almohada y contestó al fin-: ¿Hola?

   -¿María? -llamó la voz de Ernesto, a través del auricular-. ¿Va todo bien?

   -Iría mejor si no tuviera que hacer de posadera -sonrió ella-. El cabildo nos ha metido un soldado en casa, como a muchos vecinos. ¡Han venido más de mil!

   -¿Tantos?

   -Sí. Y como no está terminado el castillo de San Antón, que es donde debería dormir la tropa... ¿por qué llamáis?

   Al otro lado se hizo un silencio incómodo.

   -¿Ernesto?

   -Nada, sólo... -el funcionario dudó; al hablar estaba desobedeciendo a sus superiores. Pero al fin continuó-: Lleva hoy el móvil encima y recuerda este nombre: Julián Martínez. Es funcionario.

   -¿Una misión?

   -María... has visto el futuro. Sabes que puedes hacer tantas cosas como un hombre. Como el mejor de ellos. Sé que las harás.

   Ella frunció el ceño: aquellas evasivas eran extrañas. Sobre todo en Ernesto, que solía ser brutalmente franco.

   -¿Con quién hablas, María? -sonó una voz desde las habitaciones contiguas.

   -Con... el rapaz de la vecina, que se ha escapado a la calle -se excusó la mujer, acercándose a la ventana para disimular-. Le estoy diciendo que vuelva a casa.

   Entonces lo vio, al asomarse a la ventana. Recortándose en la lejanía, fuera de la protección de las murallas.

   -¡Gregorio! ¡Capitán! -llamó a los hombres de la habitación contigua-. ¡Hay una señal de humo en la Torre de Hércules! ¡Zarpan naos de la playa de La Pescadería! -la mujer se despidió de su interlocutor en un susurro-: tengo que colgar.

   -¡Espera! -le urgió Ernesto-. ¡Intenta que...!

   Un pitido le impidió terminar la frase: la llamada había finalizado. Ernesto guardó el móvil, comprobó que el pasillo subterráneo siguiera libre de oídos indiscretos y se puso en marcha, contrariado.

   "Intenta que no te maten" habría querido añadir. Pero pensándolo bien, ¿no es lo que todo el mundo intenta? ¿Habría cambiado algo con decírselo?

   * * * * * * * * * *

    (La Coruña, barrio de La Pescadería)

   -Esto es una maldita pesadilla -gruñó Julián, arrastrando a un herido al edificio más cercano. Era la casa de un tendero, a juzgar por las telas, redes y víveres que exhibía a sus puertas. Tomó uno de los lienzos al pasar: necesitaba algo para vendar las heridas.

   -¿No decíais que ya habíais visto batallas? -le preguntó el hijo de Alonso, ayudando en el traslado-. Yo sí, con la Gran Armada.

   -Y yo, en Cuba y Filipinas. Pero eran soldados, ¡no esto!

   En el interior del edificio, dos niños de muy corta edad lloraban abrazados a las faldas de su madre. Ésta repartía el tiempo entre consolarlos y recargar armas para su marido: varios arcabuces, de un solo tiro cada uno.

   -¿Quién va? -se alarmó la mujer, apuntándoles. Al reconocer al herido, bajó el arma -. ¿Han matado a Antonio?

   -Sobrevivirá -la tranquilizó Julián, ocupado en improvisar un vendaje-. ¿Conocéis a una tal María Pita?

   -Lo siento. De este barrio no es -negó ella, recargando otro arcabuz más-. Tendréis que buscar en la ciudad, cuando acabe todo esto.

   -¿Aquí vendéis armas? -se sorprendió Alonso.

   -Claro. Del mar puede venir pescado, pero también piratas -contestó el tendero; disparó desde la ventana y se agachó de nuevo-. ¡Inés, tu turno!

   La mujer le dio un arcabuz cargado y tomó el vacío. Eran sólo comerciantes, pero el joven soldado admiró su valor.

   -¡Esa tela me la tendréis que pagar! -les recordó la mujer, señalando el vendaje que estaba haciendo Julián. Inés soltó una maldición al tocar el recalentado arcabuz, pero ignoró el dolor y comenzó a recargarlo.

   El enfermero tuvo que contener una carcajada: ¡comerciante tenía que ser! Terminó el vendaje, puso sobre la mesa unos maravedíes y abrió la puerta. Una atronadora detonación le saludó desde el exterior: el barco de guerra español, a medio reparar en la arena, estaba usando sus cañones para la defensa. Pero lo que había en el mar, respondiendo a su fuego, era una flota inglesa tan grande como la Armada Invencible. Numerosas chalupas enemigas se acercaban a la costa: todo el barrio recibió a brazo partido a los invasores ingleses.

   -¡No salgáis ahí! -le advirtió Inés-. ¿Estáis loco?

   Julián se tragó el miedo y le dio al hijo de Alonso su pistola Glock del siglo XXI:

   -No es la primera vez que me hacen esa pregunta.

   -¿Sabéis usar esto? -sonrió el joven, admirando el arma. Aún sostenía la espada en la otra mano.

   -Recargar, sí. Pero tengo mala puntería -contestó el otro al salir-. Dispara tú. Y por mí no te preocupes.

   Al enfermero no acababa de gustarle su misión: corregir la Historia. Para que María Pita siguiera estando viva, y Maite muerta. Quizá por eso salió sin importarle el peligro; en el fondo, era un consuelo no saber si viviría para cumplir la misión.

   Un triste consuelo que varios soldados de Drake se apresuraron a ofrecerle, echándosele encima como lobos. Pero un disparo de Alonso rechazó al primero; al no saber que le quedaban más balas, el joven soltó la pistola y atravesó a otros dos con la daga y la espada. Julián también noqueó instintivamente a un atacante, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, pero otro espadachín invasor le cortó el paso.

   -¡No! -rugió Alonso con rabia, al comprender que estaba demasiado lejos. El recién llegado, sable en mano, cargó contra el desarmado enfermero...

   Julián de pronto lo vio todo como a cámara lenta. El mundo girando noventa grados, mientras el enemigo le hacía retroceder y caer al suelo. Alonso, a demasiados metros de distancia, extrayendo las armas de los dos adversarios heridos y acudiendo en su auxilio, aunque no a tiempo. El pirata inglés, sorprendido por la caída del enfermero, frenando en seco y elevando el sable para asestar el golpe de gracia...
...y la sonrisa perversa del atacante borrada de golpe, en un estallido de color sucio, como cuando una pedrada destroza un fruto maduro.

   Julián se levantó y contempló unos segundos al último pirata caído, antes de que una voz le hiciera comprender lo que había sucedido:

   -¡Corred, insensatos! -fue toda la explicación de Inés, desde el interior del edificio. Ya estaba recargando el arcabuz, que acababa de disparar para salvarle.

   Julián le dedicó un gesto de agradecimiento, recogió la Glock y obedeció. Mientras huía hacia las murallas de la ciudad, escuchó más detonaciones: los ingleses parecían estar tomando represalias contra Inés.

   -¡Mamá! -oyó gritar a uno de los niños; no pasaría de cuatro años-. ¿Nos van a matar?

   -Hoy no, hijo mío -fue lo último que oyó decir a la mujer-. Venceremos. Tan seguro como que me llamo Inés de Ben.



(CONTINUARÁ...) 

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