TERTIA PUGNA
Si a Crowley le molestaba una Virtud, ésa era la Paciencia. No sólo porque las Virtudes son ángeles, sino también porque en el Infierno suele ser más útil lo contrario: correr como alma que lleva el diablo, no sólo para huir de los problemas, sino también para causarlos.
- Voy ahora mismo a matar a esa satánica de pacotilla -rugió, encendiendo el motor del Bentley-. ¿Una demanda de paternidad? ¡La mato!
- ¡No, te precipites, querido! -Azirafel abrió la puerta del copiloto por pura costumbre-. Piénsalo: matar nunca fue lo tuyo...
- Pues quizá debería serlo. ¡Y aléjate de mi coche! -replicó el aludido con una mirada asesina-. ¡Cuando te detectan cerca de mí, todo son problemas!
- Pero... ¡antes nunca nos detectaban cuando íbamos juntos!
A Saraqael se le atragantó la idea de un ángel viajando en un vehículo infernal, pero se limitó a teorizar:
- Si un ángel y un demonio fueran igual de poderosos, ¿sus auras se ocultarían mutuamente?
- Quizá, pero ya no: ¡ahora es el puto Arcángel Supremo! Sería como esconder un elefante tras un pato -la mirada de Crowley se llenó de reproche al añadir-: O como si yo no estuviera.
Azirafel enmudeció, intuyendo al fin cómo lo encontró Shax en cierto viaje a Escocia: ¡porque iba solo! ¿Por eso se resistió su amigo a prestarle el Bentley? ¿Para protegerlo?
- Ejem... ¿puedo ir yo? -intervino la voz tímida de Muriel. Al ver las caras de horror de los demás, insistió-: No me detectarían. No molestaré. Por favor... -su expresión se iluminó por la emoción al añadir-: He leído muchas cosas sobre el mundo, pero nunca las he visto de cerca. ¡Sería una aventura!
Así fue como Crowley le aceptó a bordo, aunque gruñendo "estúpido camuflaje con patas" para disimular que era por lástima. Un viaje tan corto no tenía nada de extraordinario (excepto cuando el Bentley convirtió un CD de Paganini en "I'm in love with my car" de Queen), pero Muriel se maravillaba de todo: del denso tráfico de la M25, del automóvil abriéndose paso a base de intimidación y acrobacias ilegales, de las carreteras rurales flanqueadas por cultivos, del olor del heno recién segado... aquella alegría infantil le recordó a Crowley viejos tiempos. Ecos de cuando él también miraba con asombro un Universo nuevo. O de la primera vez que habló con... No. Era mejor no pensar en él.
- Al menos, no me das la tabarra con las normas de Tráfico -gruñó para consolarse.
- ¿Normas de qué? -rió Muriel.
El exdemonio cayó en la cuenta de que no todos los ángeles van a la autoescuela y señaló el velocímetro con una sonrisa maliciosa:
- Esto. ¡La aguja nunca debe bajar de noventa millas por hora!
Muriel gritó de entusiasmo cuando el Bentley rugió y dejó a ambos pegados al asiento, con un acelerón supersónico que pulverizó varios radares policiales.
Un estruendo similar a un trueno sacudió un pequeño despacho de informática, en cuya puerta un rótulo rezaba: Pulsifer-Device, Computer Wizards. Un jirón de papel con los bordes carbonizados entró revoloteando por la ventana entreabierta y se posó sobre el manual técnico que Newton Pulsifer intentaba consultar.
- "E quando fuora mirades, el negro carro alado... " -leyó, incrédulo- ¿Otra vez? ¡Pero si te vi destruir el libro!
Anatema Device levantó la vista del circuito que intentaba soldar. Estaba aprendiendo a encargarse del trabajo práctico del taller y dejarle la parte teórica a Newt, porque él no podía ni tocar un microondas sin que hiciera cosas raras (desde estallar en llamas hasta retransmitir Radio Moscú). Pero era difícil dejar de ser "descendiente profesional" con el destino llevándole la contraria... por ejemplo, con mensajitos voladores como el que su esposo le estaba mostrando.
- El viento se llevó los restos, y las probabilidades de que reaparezcan volando no son... -la bruja miró por la ventana, desconectó el soldador y tomó el fragmento de papel-. En fin, supongo que Agnes sí lo había previsto. Y en el fondo, la echaba de menos.
El Bentley se detuvo con un brusco chirriar de neumáticos al llegar a su destino: los jardines de un antiguo convento, reconvertido en centro de negocios. El frenazo dejó sin aire a Muriel y catapultó desde el asiento trasero varias plantas, que se lanzaron sobre el conductor y su copiloto con sonidos muy poco vegetales.
- ¡Pero si las sujeté bien! -protestó Crowley, insultando a una enredadera hasta que lo soltó, acobardada. Blasfemó aún más al ver dos caras semiocultas tras el follaje-. ¿Nina? ¿Quién te ha dado vela en este entierro? ¿¡Y encima te traes a la mocosa!?
- Lo de venir fue idea mía -replicó Lucy-. Me protegiste, pero después ibas a irte ¡igual que Shax!
- Y yo no podía dejarla venir sola -sentenció Nina, con toda la dignidad que se podía tener enderezando tiestos-. Parecías demasiado furioso.
- ¡Fuera de mi coche! -se ofendió Crowley- ¿Qué insinúas?
- No lo sé: todavía no he visto tu lado malo -Nina salió por la puerta más prudentemente alejada, indicó a la niña que hiciera lo mismo y añadió-: Necesito verlo antes de decidir.
- ¿Decidir qué?
- ¿No lo recuerdas? -Nina cerró la portezuela y la señaló-: Por cierto, entramos porque alguien nos abrió esta puerta. ¿O me vas a decir que el coche la abrió por sí solo?
Crowley miró al Bentley con reproche y abrió la boca para llamar al vehículo "traidor", pero le interrumpió una exclamación de Muriel:
- ¡Oh! Noto... -avanzó unos pasos entre los parterres de flores y se puso la mano en el pecho- ¡es maravilloso!
- ¿Amor? -recordó Crowley-. ¿Alguien ama mucho este lugar y blablablá?
- ¿Tu también lo notas? -se asombró Muriel, inclinándose para oler una rosa sin dañarla-. Creí que los demonios no podían sentir amor.
Crowley acarició discretamente el logotipo alado del Bentley y emprendió la marcha, susurrando para sí mismo:
- Ojalá no pudiera.
- ¿La Serpiente matando a Laocoonte? ¿Eso no es de otra religión?
- Muchas religiones derivan de otras -informó Muriel.
- Yo sólo lo dejé inconsciente, ¡el resto fue cosa de Agamenón! -comentó Crowley sin darle demasiada importancia.
Al entrar por un pasillo lateral, su andar sinuoso se tensó, como el gesto de una cobra a punto de atacar. Allí estaba su objetivo, Mary "Locuaz" Hodgson saliendo del despacho principal. Crowley se bajó las gafas de sol y clavó en ella sus ojos amarillos, que brillaron con una intensidad hipnótica.
- Essscúchame bien, Mary -siseó, intentando doblegar la voluntad de su víctima-. Me vas a contar qué sssignifica esa demanda y la vasss a retirar. Sin hacer preguntas. ¡Ahora!
Mary palideció al reconocerlo, pero no le obedeció. Se enderezó e intentó que no le temblara la voz:
- Hoy no me hipnotizará, amo Crowley. Ya nos perjudicó usted bastante en su última visita. Esta vez le estábamos esperando.
El aludido, desconcertado por su resistencia, bajó la vista y dio un respingo. Hodgson se encontraba dentro (y él fuera) de un enorme pentáculo pintado en el suelo, que ocupaba todo el espacio entre las puertas de dos despachos enfrentados, uno a cada lado del pasillo: el de Hodgson y de Pulsifer-Device.
- ¡Crowley! -se escandalizó Nina-, ¿qué dijimos de hipnotizar y mangonear a la gente?
- Irónico, siendo quien nos dio el libre albedrío -asintió Mary Hodgson-: la Serpiente del Edén.
Nina se quedó sin aliento: intuía más o menos qué era aquel ser, pero no sabía que era tan... antiguo.
- ¡Por mil legiones de mil millones de mil demonios! -bramó la Serpiente, haciendo vibrar el resonante pasillo-. ¿Un pentáculo para bloquear mi poder? ¿En mi propio templo? ¡Después de reconvertirlo en un antro de explotación capitalista! -casi echó humo de la emoción al añadir-: ¡Tendría que estar orgulloso! Pero dime, ¿cómo supiste que vendría?
- Nos avisó Agnes- intervino la voz de Anatema desde el otro despacho. La bruja titubeó en el umbral, intimidada por el aura de Crowley: en vez de emitir energía como las auras humanas, la absorbía como un agujero negro y antinatural (la de Muriel no era mucho mejor, aunque el agujero era blanco). La joven respiró hondo para superar su aversión, avanzó hasta el centro del pentáculo y leyó:
«E quando fuora mirades, el negro carro alado de la Syerpe veredes, e Quatro descavalgarán: ninha, mulher, ángel e Syerpe. E vos, Anatema e Fabladora, xuntas un pentáculo dibuixaredes, ça lo Fin cerca será».
- Fabladora... ¡claro, Locuaz! -palmoteó Muriel, feliz por poder descifrar un misterio-. Los Cuatro somos Nina, Lucy, él y yo... pero ¿el carro alado?
- El logotipo del Bentley -supuso Crowley-. Por cierto, Agnes Junior, ¿no te conozco del anterior Armagedón?
- Me llamo Anatema -corrigió ella, señalando el fragmento de profecía-. Y lo extraño es...
- Ya no aprendo nombres de humanos. Lo hice durante las primeras mil generaciones y es un lío. En cuanto te acostumbras a uno, se hace viejo y te deja más solo que...
- Centrémonos -atajó la bruja-: ¿Sólo quieres que Hodgson retire la denuncia? ¿No quieres matarla?
- ¡Anatema! -protesto la aludida desde su rincón del pentáculo-. ¡Si me vas a ayudar así...!
- ¿Matar? ¡No! -se ofendió Crowley-. ¿Es porque soy un demonio? ¡Qué prejuicios y estereotipos tan discriminatorios!
- Entonces, ¿qué peligro es el que "çerca será"? - preguntaron Lucy y Anatema al mismo tiempo.
La bruja electricista se fijó por primera vez en el aura de la niña: por un instante le pareció que se ondulaba como... Lucy tocó el anillo de su nariz y la energía que la rodeaba se estabilizó, violeta y sana, súbitamente normal. Anatema frunció el ceño, pero no llegó a decir nada. Porque entonces sucedió algo que interrumpió el hilo de sus pensamientos.
Las sombras del pasillo comenzaron a vibrar, oscureciéndose hasta trascender el negro y convertirse, no ya en una ausencia de color, sino en... luz negativa. Se alargaron en una frecuencia que las demás humanas no podían percibir, pero que para la bruja era un vacío imposible de energía infrarroja; una amalgama de negrura y fuego. El aire se cargó con el olor acre del humo mientras la oscuridad reptaba por las paredes, el suelo y el techo, proyectada por algo que aún estaba oculto tras el recodo de la entrada. Algo que se aproximaba con una lentitud implacable.
- ¡E-el aura de amor... d-desaparece!- tartamudeó Muriel. Era un ángel: sólo podía entender eso. No era capaz de identificar, además, una oleada de odio como la que alcanzó a Crowley, inundándole de furia y horror hasta la médula.
- ¡Todos los humanos, dentro del pentáculo! -exclamó; el miedo le erizó todas las escamas, haciendo que sus bordes resaltaran como finas líneas ígneas. Se le escapó un grito primordial-: ¡AHORA!
Nina y Newt saltaron al centro del pentáculo. Muriel intentó seguirlos, pero rebotó contra la barrera invisible: el símbolo era una protección exclusiva para humanos. Lucy dudó un instante, aferrada a Crowley, hasta que los demás le gritaron que entrara en el símbolo protector.
- ¿Y yo? -gimió Muriel con angustia- ¡Por favor!
- ¡No! -se adelantó Mary, justo a tiempo para silenciar a los demás-. Si un solo ser sobrenatural atraviesa el pentáculo, ¿se desactivará?
- ¡¡DIOS!! -se desesperó Crowley, lamentando no haber prestado nunca atención a los libros correspondientes-. ¡No lo sé!
Anatema, incluso en una situación así, no pudo evitar cierta curiosidad profesional:
- ¿Los demonios... rezan a Dios?
- No exactamente -respondió una voz de seda que pareció vibrar en los huesos de todos los presentes.
Un caballero elegante, de traje impecable y presencia extrañamente afable, dobló el último recodo y se aproximó sin prisa. No era un monstruo con cuernos; era alguien tan atractivo y lleno de aplomo que resultaba imposible apartar la mirada. Se detuvo ante la barrera y sonrió a los dos seres sobrenaturales que aguardaban desprotegidos.
- Más bien se trata de que, cuando aprieta el miedo -continuó el caballero, fijando una mirada fría en el grupo- los cobardes suelen caer en la tentación de llamar a su madre. Y ya estamos un poco mayorcitos para eso, ¿no crees, Crowley?
- ¿Qué haces aquí? —espetó la Serpiente, tratando de que el temblor de sus rodillas no se reflejara en su voz. En el Infierno no era sano mostrar miedo: se tomaba como un signo de debilidad. Y en caso de duda, al más débil es al que siempre atacan primero.
El recién llegado se paseó frente al pentáculo, observando las paredes del convento con la nostalgia de un terrateniente que regresa a sus tierras.
- Es mi templo, Crowley. Y también fue tuyo, hasta que desertaste. Es paradójico que precisamente aquí no me hables con el debido respeto.
- Tus subordinados te deben respeto. Yo ya no lo soy -masculló Crowley, usando su agresividad como escudo-. La decisión no fue mía.
El visitante dejó escapar una risita suave, un sonido que hizo que a Anatema se le erizara el vello de los brazos.
- Te expulsaron hasta del Infierno, y eso que allí admitimos a cualquiera. Pero no seamos descorteses; sólo vengo a responder a tu pregunta.
- ¿En persona? -Crowley se encogió inconscientemente-. ¿Qué pregunta?
- La demanda de paternidad -fue la respuesta, en un tono súbitamente duro y grave-. Hipnoticé a Locuaz, así que no creo que recuerde haberla hecho, pero existe. No reclamamos que seas el padre, claro. Sino que fuiste tú quien perdió a mi Hijo.
Crowley sintió un vacío en el estómago. El recuerdo de aquella noche confusa en el hospital de las Hermanas Parlanchinas volvió a él como un mazazo.
- Pagué por ello. Agua bendita. ¿Recuerdas?
- No seas tan simple, querido; no busco venganza. Ni siquiera me involucré en tu ejecución. Pero confieso que no puedo apagar mi curiosidad -Satán le miró a los ojos con una complicidad casi atractiva; a Crowley le hizo recordar por qué tantos ángeles llegaron a Caer por él-. La curiosidad es un concepto que comprendes, ¿verdad?
- Ejem... sí, pero... Hastur vio a uno de los niños en el Monte Carmelo, y tú al otro en la base aérea -replicó el exdemonio rápidamente, tratando de blindar el tema-. No era ninguno de los dos. Lo cual es imposible, a no ser que... Él... haya hecho un milagro para desaparecer. Y en tal caso, casi nadie tendría suficiente poder para encontrarlo.
Satán ladeó la cabeza, mostrando una sonrisa gélida.
- O tal vez, sólo tal vez -sugirió el Adversario- podría existir una explicación más sencilla. Por ejemplo, un tercer niño. Uno que estas monjas inútiles no recuerdan, porque les quemó los archivos el incompetente de Hastur. Un tercer niño que pasaste por alto como un idiota, mientras jugabas a las casitas con ese ángel inepto en Londres.
Crowley palideció. La mención de Azirafel en boca de Satán fue como una puñalada.
- Vas a encontrar al Tercer Niño para mí -continuó Satán.
- ¿Y si me niego?
El Señor de los Infiernos sonrió con aquella maldita complicidad que desarmaba y seducía al mismo tiempo, le dio la espalda y con un delicado gesto desintegró parte de la pared, para entrar en el despacho de la directora Hodgson sin tocar el pentáculo. Escanció dos copas del mejor whisky del mueble bar y tomó asiento.
- Tengo recursos que no conoces. Y sobre todo, tengo tiempo. Tus amiguitos humanos no podrán quedarse a vivir en ese pentáculo eternamente. Pero créeme, querido -ofreció una copa a Crowley y lo miró a los ojos, con una amenaza escalofriante que de pronto eclipsó todo su atractivo-: NO QUIERES que lleguemos a ese punto.
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