TERTIA PUGNA
Adam Young esperó a que sus amigos entraran en el despacho, pero él se quedó fuera, observando a Crowley con curiosidad. Le resultaba extraño ver a un demonio en tiempos de paz.
- ¿No han venido los Cuatro Jinetes? -se interesó, dirigiendo miradas recelosas a ambos lados del pasillo del convento.
Crowley negó con la cabeza, intimidado por la presencia de Adam. Carraspeó por los nervios y se obligó a recuperar la voz:
- No tengo prisa por volver a verlos. ¿Y tú?
Adam negó también. Después señaló a Muriel:
- ¿Ángel nuevo? ¿Qué le pasó al otro?
Crowley sintió un escalofrío. "Nunca le dijimos lo que éramos", recordó, "pero alguien así puede leer la realidad sin que se la deletreen". Se ajustó las gafas oscuras y forzó una sonrisa tensa:
- El otro ángel está... de baja por exceso de santidad -resumió evasivamente-. Así que me han asignado uno en prácticas.
- Amo Crowley, entonces ¿el que vino con usted a reventar mi negocio de paintball no era un demonio albino? -preguntó Mary Hodgson, saliendo del pentáculo con pasos cautelosos-. ¿Es cierto que usted trata con ángeles? ¿Cambió de bando?
Crowley se volvió hacia ella y asintió con una sonrisa amarga:
- No tengo bando. Soy la Serpiente del libre albedrío, ¿recuerdas? Úsalo: es más valioso de lo que crees. Por ejemplo, ¡nunca llames a nadie "amo"!
Muriel sintió que algo no encajaba. No entendía de qué se trataba, ni por qué Adam tenía una mirada joven y antigua al mismo tiempo, pero se estremeció como si en su mente se hubiera dejado una ventana abierta y le estuviera entrando una brisa fría en el alma.
- Ese joven... -el ángel sopesó las probabilidades-. ¿Puede ser...?
- No lo digas -intervino Adam, señalando a Crowley-. Si es como la última vez que vi a éste, no quiero oírlo.
- ¿Debo asustarme, Anatema? -se inquietó Nina- ¿Quién es?
- Es buen chico, de verdad -Anatema tomó a Nina por los hombros y la miró con urgencia-. Pero ni él ni nosotros queremos que lo encuentre... -señaló el despacho que el Adversario acababa de abandonar-... ya sabes quién.
Crowley comenzó a recordar su época como Nanny Astoreth: concretamente, la sensación de ser el principal adulto al cargo de todo. Se enderezó y alzó la voz con autoridad:
- Adam sólo es un ecologista, ¿entendido? Y creo que me voy a apuntar a su club. Me gustan las plantas -se volvió hacia Lucy-. ¿Vienes? Te conviene estar con gente de tu edad.
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En la trastienda de la librería, Azirafel extrajo un libro de un cajón y empezó a escribir con pulcra letra inglesa. Saraqael intentó esperar en paciente silencio, pero al cabo de unos minutos se interesó:
- ¿Qué es eso?
- Mi diario -respondió el nuevo Arcángel Supremo. Completó un párrafo y cerró el libro con satisfacción: ¡había conseguido que Crowley volviera a hablarle! Y no sólo de entrelazamiento cuántico, sino también de temas personales-. Hoy ha sucedido algo digno de ser recordado.
- ¿Escribe en él todos los días, señor Fell? -se interesó Maggie.
- Bueno, en realidad no. Sólo cuando sucede algo memorable -Azirafel limpió y guardó la pluma-. Supongo que sería más adecuado decir "mis memorias".
- ¿Para qué sirve? -Saraqael se encogió de hombros-. ¿Eres olvidadizo?
- No, pero seis mil años en la Tierra dan para muchos recuerdos. Cuando llegue el Juicio necesitaré un resumen, para que me resulte más sencillo abogar por la Humanidad -abrió un cajón de su escritorio y volvió a dejar el diario dentro-. Aquí hay obras de caridad, de heroísmo, arte, inteligencia, incluso pequeños placeres que hacen que todo valga la pena... aunque no soy el único que escribe lo importante, claro -señaló a su alrededor-, por eso tengo esta librería.
"Seis mil años", reflexionó Maggie con un escalofrío. "El Juicio". Aquellos conceptos le dieron un vértigo demasiado extraño para poder expresarlo con palabras. Sólo consiguió verbalizar una obviedad:
- P-parece un libro demasiado corto para contener un diario tan largo.
- Es más grande por dentro -respondió el ángel, cerrando el cajón del escritorio. Parecía pequeño, pero cuando Azirafel lo empujó, el sonido que hizo al encajar reverberó con eco, como una gran cámara acorazada.
Después de una conversación tan extraña, el timbre del teléfono sonó paradójicamente mundano.
- ¿Qué es ese ruido? -preguntó Saraqael.
- Un dispositivo de comunicación humano. Debería llevarme uno arriba -Azirafel descolgó el auricular y saludó-: Librería A. Z Fell & Co. ¿Qué necesitas, Muriel?
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Crowley miró a los chicos con astucia, posando su mirada sobre Caine "Culogordo" Johnson. En su mente, un sistema de engranajes se puso en marcha: Johnson era el Tercer Niño, el eslabón que Satán buscaba. Si lograba entregar al chico, el Infierno le dejaría volver en paz a su Bentley y a sus plantas. Un sacrificio por la libertad eterna. Era tentador...
- Chicos, me gustaría saber más sobre este club ecologista -declaró con voz suave, buscando alguna excusa para llevarse a Caine a solas-. Adoro las plantas. Soy... estricto con ellas -lanzó una mirada fugaz a una cala que languidecía en una esquina, y la planta pareció enderezarse del susto.
- Yo tuve una niñera que también era así -intervino la Lucy, con súbita solemnidad-. Cuando detectaba en un rosal alguna plaga de ácaros, los ejecutaba en la hoguera.
- ¡Igual que mi madre! -se entusiasmó Caine Johnson-. ¿También fue a la escuela del Sabat?
"E igual que yo, cuando fui niñera" recordó Crowley, frunciendo el ceño. Pero no; debía ser casualidad...
- ¿Tus padres son satánicos, Caine? ¿Y de Tadfield?
- Sí, pero no muy devotos; se saltaban los aquelarres por su alergia al pelo de gato. Lo extraño es que yo no soy alérgico... a veces me pregunto si soy adoptado.
- ¿Se sacrifican animales en esos aquelarres? -preguntó Pepper, estudiando las imágenes que tapizaban las paredes: en su mayor parte eran artículos de Prensa sobre flora y fauna amenazada.
- Espero que no, pero no pienso ir a verlo -Caine señaló un artículo sobre corales y peces tropicales peligro de extinción-. Me interesan otras cosas.
- ¿Aparte del rugby? -intervino Bryan, que todavía no creía que un chico tan bruto pudiera acercarse a una pecera sin romperla.
Crowley sintió una punzada de algo que reprimió para no admitir qué era: culpabilidad. Dowling, el diplomático americano al que sirvió como niñera, también era fuerte y adoraba el rugby, o más bien el fútbol americano. A su mujer le gustaban los peces tropicales. Si el Infierno no hubiera intercambiado los bebés quince años antes, Caine habría crecido con sus padres biológicos, entre mansiones y guardaespaldas, con acuarios de lujo y una alfombra roja en las mejores universidades y empresas. No en un pueblo sin futuro con el apodo de "Culogordo". Y después de quitarle todo eso, ¿iba a entregarlo a Satán...?
El demonio se topó con la mirada de Adam, que parecía decirle: "Sé lo que estás planeando, pero ¿serás capaz?". Crowley desvió la vista, con un incómodo pensamiento intrusivo: "Si Adam hubiera ido a parar a la familia Dowling, en vez de Warlock, no estaríamos así. A todo esto, ¿qué habrá sido de Warlock?"
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Mientras tanto, la mansión del delegado cultural americano tenía un aire de funeral. El señor Dowling cerró su maletín con un chasquido metálico que resonó en el gran vestíbulo de mármol. El coche oficial esperaba fuera, para llevarlo de vuelta a los Estados Unidos.
- El Presidente me reclama. Es hora de irnos.
- No puedo... -sollozó su esposa, sentándose en los peldaños inferiores de la escalinata-. ¡Mi hija lleva una semana desaparecida!
- ¡Hija no! -rugió él-. Ese niño malcriado sólo ha decidido disfrazarse de mujer para humillarme. Mientras siga con esa farsa, Warlock está muerto para mí.
- ¡No quería ir a ese internado! -protestó ella-. En el instituto ya recibe burlas y abusos porque no le gustan las chicas, pero al menos puede dormir aquí, en casa, sin que le acosen. ¿Qué le harían allí, sin tener ni siquiera un dormitorio propio?
- ¡Allí es donde estudian los hijos de la gente importante! ¡Los que controlarán el mundo!
- Nunca te importó nada más, ¿verdad?- comprendió la mujer, con esa calma cansada que se adquiere a base de decepciones-. ¿Te da igual lo que le pueda pasar ahí fuera?
- Huyó, pero volverá pronto. No sabe vivir solo -el hombre abrió la puerta, pero justo antes de marcharse, se ablandó un poco y añadió-: Dejaré fondos. Para una recompensa si lo traen, o un rescate, o un año sabático si quiere. Pero maneja el tema discretamente. En política, las apariencias... ya sabes.
"Las apariencias", recordó ella al cerrarse la pesada puerta de roble y quedarse sola. Había tenido años para ese teatro asfixiante: compromisos sociales, reuniones, incluso lujos y comodidades. Pero ahora lo daría todo a cambio de que el dormitorio infantil, al que estaba subiendo con desánimo, no estuviera vacío.
Abrió la puerta del dormitorio y contempló lo último que usó su hijo, o hija, antes de marcharse: la caja (ahora vacía) de un aro nasal de plata, varillas de incienso cuyo olor aún no se había disipado del todo, un pentáculo dibujado en el suelo y un extraño libro, abierto por una página que mostraba un nombre familiar. Era el nombre de un archidemonio del Averno, pero también el de alguien a quien Warlock, en su infancia, consideraba su refugio. Su segunda madre. Su niñera.
El archidemonio se llamaba Astoreth, también conocido por su plural Astaroth. Warlock no sabía que el verdadero nombre de su niñera era otro.
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- Lucy, ¿por qué llevas un aro en la nariz? -inquirió Wensleydale con su habitual tono de auditor. Estaba encendiendo el modesto ordenador del club, con la esperanza de poder revisar la contabilidad.
- Es una moda punk -replicó Pepper, siempre presta a defender el derecho a la estética subversiva.
- En realidad -Lucy tocó su aro nasal y miró a Crowley-, es una protección ritual. Por eso es de plata.
- ¡Me suena! -recordó Caine-. En la escuela del Sabat decían que había que usarlo para protegerse al respirar el aura de algún demonio importante, como Astar... Astor... ¿quién era?
La mención del nombre hizo que Crowley se tensara como un gato al acecho. Demasiadas coincidencias.... estuvo a punto de hacerle a Adam una pregunta incómoda, pero Muriel abrió la puerta y entró en el despachito con una expresión de genuina preocupación:
- Señor Crowley... ¡Nina no quiere salir del pentáculo! -gimió el ángel-. Dice que después de ver al Señor Satán ya no se fía de nadie. O de casi nadie. Quiere hablar con usted acerca de una decisión urgente.
Crowley suspiró, echó una última mirada a Caine Johnson -que seguía intentando recordar la ortografía y la onomástica de los Señores del Caos- y salió al pasillo. Nina estaba allí, rígida en el centro del pentáculo que había dibujado Anatema. Lo que había en sus ojos no era solo miedo; era la mirada de alguien que ha visto el abismo y ha comprendido que las pesadillas son reales.
- Satán se ha ido, Nina -dijo Crowley, deteniéndose en el borde de la línea blanca. Señaló el despacho de la ONG ecologista-: Esos niños están haciendo niñerías sin problemas.
- Pero yo llamé demasiado la atención de ese... sujeto -sentenció ella, con la voz rota- Si salgo ahora, ¿hay algo que le impida detectarme?
- Bueno, sí, pero... -Crowley ladeó la cabeza en un gesto ambiguo- en realidad, no. Lo siento.
- La decisión de la que te hablé, Crowley... si hago un pacto contigo, ¿me protegería de él?
- Ésa es la idea -asintió él-. Un ser sobrenatural no puede reclamar a alguien que ya esté ligado a otro. Esa norma evita que haya más peleas internas de las que ya hay. No es plan de exterminarnos entre nosotros antes de la Batalla Final.
- Con una excepción, Nina -intervino Mary Locuaz. La gerente había vuelto a su lujoso despacho y estaba tomando un whisky en la misma copa que había usado el Maligno, con una emoción comparable a la de una fan que atesora una reliquia de su ídolo-. El Amo Crowley puede hacer pactos en nombre de Nuestro Señor Satán.
- ¡Arg, eso no! ¿Y tú, Muriel? -preguntó Nina con angustia-. ¿Puedes hacer tratos?
El ángel abrió los ojos con pánico. Se volvió hacia Crowley con una mirada que era una petición de socorro:
- ¿Hace falta una Marca en la piel para eso? ¿Tendré que morderle o algo así?
Crowley no pudo evitar una carcajada:
- ¡No hace falta que muerdas a nadie, Muriel! -le tranquilizó, doblándose sobre sí mismo para contener la risa-. ¡Lo de la Marca del Diablo es propaganda medieval! Yo aún la hago cuando tengo prisa, pero en realidad serviría cualquier contrato firmado. Apuesto a que en tu famosa librería hay estanterías enteras de bibliografía legal. Incluso incunables medievales, si quieres algo de la época en la que esos contratos estaban de moda... ¡je, qué tiempos aquéllos...!
Anatema asomó desde su despacho, con un brillo de codicia académica en los ojos:
- Espera un segundo... -intervino la bruja, ajustándose las gafas como si eso le permitiera oír mejor-. ¿Has dicho una librería regentada por ángeles con incunables esotéricos? ¿Textos antiguos que explican cómo funciona realmente lo que está más allá de este mundo? ¿¡Puedo comprar o alquilar alguno de esos libros!?
Crowley soltó un silbido, como si le hubieran propuesto una obra faraónica.
- ¿Vender eso? -negó con incredulidad-. Azirafel te haría firmar con sangre sólo para dejarte echar un vistazo. ¡Y se lo tendrías que devolver!
Nina miró a Muriel y luego a Anatema. Una idea empezó a germinar bajo su aparente nerviosismo.
- ¿Consultarlo y devolverlo? ¿Como un carnet de biblioteca?
- ¡Podríamos compartir el conocimiento con todo el mundo! -celebró Muriel-. Y sin tener que vender nada. ¡Voy a llamar al señor Azirafel!
Crowley se quedó pensativo:
- Es brillante. ¡Absolutamente brillante! Un carnet de biblioteca es un contrato tan válido como cualquier otro. Si lo redactas bien, protegería del Mal a todo aquel que lo firme. ¡Igual que mi Marca!
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- ¿Así que una Biblioteca, Muriel?-La mirada de Azirafel se paseó desde el auricular del teléfono a las estanterías de su librería, contemplando los valiosos volúmenes de su colección-. ¿Con un milagro extra para proteger del Mal a nuestros socios? ¡Es una idea generosa! Me trae recuerdos de Alejandría... con menos incendios, espero. Aunque nada de sacar los incunables, ¡que los consulten aquí dentro, y con guantes! -su expresión se relajó y sonrió al fin-. Pero sí, puede hacerse. Es más, ¡tienes mi bendición!
- Sólo una condición -apuntó Muriel desde el otro lado de la línea-. Para la protección sobrenatural, Nina insiste en que sólo quiere tratos con usted, Crowley o yo. Ni el Cielo, ni el Infierno ni nadie más.
- No me extraña -gruñó Maggie, que por algún milagro podía oír la conversación-. Una vez Miguel nos quiso convertir en estatuas de sal.
- Sólo a nombre de "A. Z. Fell & Co." entonces -asintió Azirafel. Extrajo un contrato de un archivador, lo modificó y se lo entregó a Maggie-. Por favor, querida, ¿puedes enviar una copia a Nina o Muriel? Saraqael y yo debemos ausentarnos con urgencia. Tenemos una Segunda Venida pendiente, y vamos a tener bastante trabajo para intentar retrasarla.
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Mientras Muriel seguía ultimando detalles por teléfono, Crowley desvió la vista hasta el despacho juvenil. No le sorprendió ver que Lucy había salido tras él y esperaba en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared.
- ¿Quién eres realmente? -le preguntó a la niña, bajando la voz hasta convertirla en un siseo. En el fondo, presentía la respuesta.
- Este aro de plata funciona demasiado bien -respondió ella. Con un gesto lento, se retiró el pendiente de la nariz.
Al hacerlo, la realidad pareció ondularse a su alrededor. Sus rasgos no cambiaron de forma drástica, pero su mandíbula se afiló, la mirada perdió la inocencia rural y adquirió un brillo de arrogancia de clase alta. Crowley asintió lentamente. Reconocería esa estructura ósea en cualquier lugar, a pesar del maquillaje, la melena y el vestido.
- ¿Warlock? -susurró Crowley-. ¿Por qué diablos has hecho un trato con el Archidemonio Astoreth?
- Ahora mi nombre es Lucy -le recordó ella-. Y cuando invoqué a Astoreth... yo no conocía tu verdadero nombre -su voz sonó profunda y herida-. En realidad te buscaba a ti, Nanny Astoreth.
- ¿Para qué? -Crowley sintió una punzada de algo parecido a la ternura que intentó sofocar de inmediato-. Con tus padres vives a todo tren, ¿no?
La adolescente negó con tristeza:
- A ellos no les gusta... bueno, que ahora quiera ser Lucy. ¿Cómo iba yo a saber que en el mundo de la política les obsesiona tanto lo que alguien tenga entre las piernas? ¿Es que en esos despachos tan importantes no tienen nada más que hacer? -volvió a ponerse el aro de plata y sus facciones se suavizaron mágicamente-. Al menos, Astoreth me ayudó encantando esta joya. Y cuando huí de casa y me atacó un delincuente, te encontré de todos modos.
Adam y Caine salieron del despacho en ese momento, intrigados por la ausencia de Lucy. Crowley miró a los tres jóvenes: el Anticristo que no quiso serlo, el Tercer Niño que protegía a los peces, y el Niño Equivocado que ahora era una chica fugitiva.
- Juntos, precisamente hoy -observó Crowley-. ¿No es demasiada casualidad?
Adam se encogió de hombros con una calma sobrenatural.
- Quizá he sido yo sin querer. Presentí un peligro: no sabía qué era exactamente, pero a veces las piezas se juntan solas a mi alrededor.
Nina, que estaba estudiando el nuevo documento electrónico recién llegado de la librería, señaló su tablet a Crowley:
- Ese peligro es que... el Adversario los busca, ¿verdad? El mismo que te ha engañado hoy para hacer un trato... ¿podrías protegerte de ese trato si firmas aquí?
Crowley se rascó la nuca, pensativo:
- Demasiado tarde. Ya he aceptado una oferta de Satán. Sin querer aceptarla y bajo engaño, pero lo hice. No puedo firmar con Muriel si ya pertenezco a otro -dedicó a Nina una sonrisa triste-. Pero gracias.
- Al menos, todavía puedes imponer tus condiciones, ¿verdad? - recordó Muriel, intentando ser útil.
Crowley esbozó una sonrisa lobuna, recuperando un poco de su vieja chispa.
- Exacto. Satán sólo me pidió un objetivo, así que será un contrato temporal, por obra y servicio -recordó, paseando nerviosamente de un lado a otro-. Puedo exigir que se extinga en el momento en que cumpla mi parte. ¡Después quedaré libre! Y al ser temporal, no podré hacer tratos permanentes en nombre de nadie del Infierno, sólo en el mío.
Todavía estaba hablando cuando el suelo se estremeció bajo sus pies.
No fue un terremoto; fue un crujido, como si se estuviera resquebrajando el tejido de la realidad. El suelo fuera del pentáculo humeó con el hedor del azufre. Una voz de ultratumba, que sonaba como una lápida arrastrándose, retumbó en el mármol del pavimento:
- CONDICIONES ACEPTADAS.
Crowley se tambaleó cuando el suelo bajo sus botas empezó a derretirse en un lodo oscuro. Mary Locuaz corrió hacia él, gritando:
- ¡Amo Crowley! ¿¡Qué está pasando!?
- Me convocan para formalizar el contrato. ¡Todos al pentáculo! -comprendió Crowley mientras luchaba para no hundirse. La miró a los ojos al añadir-: Y recuerda, ¡no me llames Amo! ¡Ni a mí ni a nadie!
Adam Young dio un paso adelante, extendiendo una mano. Sus ojos brillaron con una luz dorada y peligrosa, el último residuo de un poder que podría haber destruido galaxias. Quizá podría frenar el descenso de Crowley, si éste le diera la mano. "Sería tan sencillo", pensó el demonio, hundido hasta la cintura. "Podría entregar a este niño, o a los tres niños para estar más seguro, ¡y recuperar mi libertad ahora mismo!"
Miró a los tres niños, ¡sus niños! Lucy, a la que había criado como Warlock. Adam, a quien acompañó la primera vez que salvaron el mundo. Caine, a quien le quitó su infancia. Y tomó una decisión.
- No me ayudes, ¡él te encontraría! -ordenó el demonio, retirando su mano-: ¡Llévatelos lejos, y no me digas a dónde!
- ¿¡Por qué!? - preguntó Adam.
- ¿Por qué va a ser? ¡Huid, insensatos! -rugió antes de desaparecer por completo en la grieta. Ésta se cerró con un chasquido seco, sin dejar en el pasillo ningún rastro, excepto un persistente olor a ozono y azufre.
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