04 mayo 2026

TERTIA PUGNA - 13

 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez



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"In taberna quando sumus non curamus quit sit humus
sed ad ludum properamus cui semper insudamus
Quid agatur in taberna, ubi Nummus est pincerna? (...)
Ibi nullus timet mortem, sed pro Baccho mittunt sortem".

"Cuando estamos en la taberna, nos da igual acabar bajo tierra:
al juego nos acercamos y en eso nos esforzamos.
¿Qué sucede en el mesón, donde el Dinero es el escanciador? (...)
Aquí nadie teme a la muerte, ¡que Baco reparta suerte!"
Texto: siglo IX, anónimo. 
Música: siglo XX, Carl Orff.


CAPÍTULO 13.- Seis seis ocho, el vecino de la Bestia.

    Muriel no daba crédito a sus ojos. En una sola mañana había visto más cosas que en toda su vida: un combate sobrenatural contra los demonios Hastur y Shax, un viaje entre los prados y árboles de esa Creación que siempre había estado fuera de su alcance, ¡y ahora tenía delante al mismísimo Adversario! Lo cual sería hasta interesante si el archidemonio se limitara a brindar con Crowley... pero aquella terrorífica mirada de fuego azul pronto se clavó en el ángel-contable

    - ¿Dónde están mis modales? Espero que un angelito como tú sepa perdonarme -Satán escanció una tercera bebida, mientras su voz pasaba de la burla a la seriedad-: Su Todopoderosidad nunca supo.

    Muriel olfateó el whisky temblando, sin saber qué hacer con aquel líquido de olor amargo, y miró alternativamente a su interlocutor y a Crowley:

    - Pero... esto es... un pecado, ¿no?

    - Sólo en exceso -Satán rió suavemente y apuró su bebida-. El alcohol llegó a protagonizar milagros. 

    - Y también fue el octavo pecado capital -puntualizó Crowley, alzando su copa para admirar con nostalgia la difracción de la luz en el dorado líquido-. Pero ya no, desde que soborné a una abadía entera, en Burana. ¡Fue un fiestón!

    - Tenías el mejor trabajo del Inframundo -reprochó Satán con ligereza. Dejó su copa sobre la mesa del despacho, se reclinó en el lujoso sillón de la gerente y cruzó una pierna con descuidada elegancia-. ¿No lo echas de menos, Crowley?

    - No todo era repartir vino y golosinas -fue la lúgubre respuesta.

    - Pues nunca serviste para otra cosa. El horror directo era más propio de Ligur y Hastur.

    - ¿Dónde está el Amo Hastur? -intervino Mary "Locuaz" Hodgson.

    Crowley giró sólo el torso, como si fuera de goma, y la fulminó con la mirada. Pero su ex jefe se puso en pie, aplaudiendo lentamente: 

    - Ésa es la pregunta clave, querida sierva -su voz pasó de la fría burla a un rencor creciente-. ¿Quién fue el último que vio vivos y enteros a los duques menores Hastur y Ligur? ¿O al Gran Duque Belcebú y a su sustituta Shax? -el rugido de odio creció hasta hacer vibrar las paredes-. ¿Verdad, Crowley?

    Muriel contuvo un grito de horror, temblando tanto que rompió su copa sin querer. Crowley agradeció la interrupción, porque no quería mostrar miedo. Y lo tenía. Un pánico cerval. Tuvo que tomar un trago para que el áspero licor le hiciera reaccionar la garganta lo suficiente para poder hablar.

    - Pagué por lo de Ligur -insistió con tozudez: le iba la vida en ello.

    - ¡Pero a los demás no los tocó! -intentó ayudar Muriel, pero nadie le prestó atención. Su voz temblaba demasiado para sonar convincente.

    - Admito que Shax se lo buscó, por retar a dos arcángeles -Satán asintió con algo parecido a resignación-. Pero esa imbécil no ha vuelto con vida, Hastur está manco y Belcebú oficialmente ha muerto.

    - ¡Pero Belcebú está...!

    - MUERTO, ¿entiendes? -fue la tajante respuesta-. ¡No se permite decir NADA más! Ya destruiste la moral demasiado hace cuatro años, Crowley, cuando empezaste a jugar con ángeles y con agua bendita. 

    - ¡Empecé hace siglos! Un Acuerdo de paz que ni siquiera notaste, ¡porque DA IGUAL! -Crowley escondió su miedo tras una carcajada-. Lo que cambió hace cuatro años no fue eso. ¡Fue porque el Infierno se volvió contra mí!

    Por un instante, Satán casi pareció desorientado. No comprendía algunos de aquellos conceptos:

    - ¿Siglos? ¿Paz? ¿DA IGUAL...? -negó con un gesto y recuperó la entereza-. Compréndelo: perdiste a mi Hijo. Pero si tú no aceptas tu responsabilidad de encontrarlo, tengo mis propios medios. Pesadillas, por ejemplo. ¿Crees que en el Infierno sólo hay íncubos y súcubos? Tengo más demonios del sueño, y son terroríficos.

    - ¡Eso rompería las normas de no intervenir directamente en la Tierra! -señaló Muriel, con el aplomo del contable que conoce las normas de su oficio.

    - No sería un daño físico real -puntualizó el Adversario fríamente-. Sólo visitaré a cada niño del mundo, noche tras noche, hasta dar con el que tiene una mente diferente. Costará más o menos, pero lo encontraremos.

    - ¡Podría causar daño real! -avisó Nina-. Trastornos mentales, estrés postraumático, demencia...

    - Ah, ¿existe una patología humana para camuflar esta operación? -se interesó Satán, para horror de la humana-. Gracias, querida, Entonces, está decidido.

    - No me lo trago -Crowley se sentó sobre la mesa con su mejor cara de póker-. ¿Cómo sabrías qué mente es la correcta? 

    - Es fácil de adivinar -gruñó Satán-: probablemente es una mente como la mía. Con poder entre sus iguales y grandes planes. Quizá, aunque sea un joven becario, ya esté en los grandes despachos donde se decide el destino del mundo...

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    Mientras tanto, cuatro ciclistas y un perro cruzaban Tadfield como una exhalación. Habían pasado de ser niños a adolescentes de la misma manera que sus bicicletas infantiles se habían transformado milagrosamente en modelos de alta competición con tecnología de la NASA: gradualmente, unas micras cada día, sin que nadie notara grandes cambios, excepto algún comentario vecinal como: "Qué bien cuidan las bicis esos chicos. Seguro que les han comprado recambios especiales" o "¿La bici de esa Pepper no era antes rosa y de chica?". O incluso: "Ya tienen edad para discotecas y borracheras, ¿cuándo crecerán?"

    Ésa era la cuestión: que a Adam Young no le interesaba. ¿Irse a estudiar a la ciudad? ¿Pisar a fondo por la autopista? Eso lo tenía todo el mundo, tarde o temprano. Pero ¿cuánto tiempo les quedaba de infancia a cuatro adolescentes de 15 años? ¿Cuánto tiempo de poder hacer bicicross, parkour, skating acrobático, autoenseñarse a conducir a hurtadillas el coche de sus padres en caminos olvidados por las patrullas de tráfico, probar cerveza sin tener que ocultar la cara de asco, observar nutrias y patos pelearse por el control de un sector del río sin tener que sintonizar National Geograhic...? 

    O para retrasar, sencillamente, la temida pregunta sobre qué tipo de "oficio de provecho" iba a estudiar. ¡Si ni siquiera quería hacer nada de provecho en todo el verano! ¿Para qué estaban las vacaciones de verano, si no eran para holgazanear?

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    - Mi Hijo fue un rebelde, sí. Recuerdo cómo se ocultó en el anterior Armagedó -meditó Satán, tomando asiento tras la imponente mesa del despacho como un simple y muy corrupto hombre de negocios-. Estoy seguro de que él también lo recuerda, y ha tenido tiempo de reconsiderar nuestra posición. Ahora sí será capaz de pensar más allá de sus tonterías de adolescente. 

    - Los niños hoy en día crecen más tarde -observó Anatema, que tenía amistad estrecha con unos cuantos críos raros de Tadfield.

    - Cierto. No es que yo no lo entienda -el diabólico padre casi sonrió traviesamente-. Perseguir a jovencitas, competir por ellas contra los machos beta, establecer su dominio... ya tiene edad de otras cosas más productivas, pero comprendo que son impulsos naturales.

    - ¡Pero señor! -protestó Muriel-. ¡Que hay una niña delante!   

    - A mí me está dando curiosidad -sonrió Lucy con malicia.

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     - ¿Qué tal un chapuzón en el río? -propuso Pepper, entusiasmada-. ¡Vamos a espantar nutrias y patos!

    Brian y Wensleydale se miraron con incomodidad, pero mantuvieron la vista fija en el terreno y siguieron pedaleando en silencio. La belicosa muchacha que encabezaba la marcha había pegado un estirón que los dejaba pequeños a todos, y no había crecido sólo a lo alto, así que mirarla les provocaba reacciones muy poco infantiles en una zona incómodamente próxima al sillín. Una vez sugirieron que ella pedaleara la última "para no incomodarlos visualmente", pero fue un error (bueno, los puños de ella no erraron su objetivo). Con un ojo morado descubrieron una idea alternativa y revolucionaria: controlarse a sí mismos, en vez de a ella. Adam, el muy traidor, se limitó a encogerse de hombros y reír de buena gana.

    Pero al menos Adam se compadeció de los demás lo suficiente para que, cada vez que una curva femenina destacaba demasiado, un faldón de ropa o una hoja al viento ocultase el problema. Eran hojas de parra o de higuera, claro; según las pinturas barrocas de sus libros de texto, esas plantas sólo existían para eso.

    - Me encantaría -respondió Adam, meditando bien sus próximas palabras (ni siquiera él osaba contradecir a Pepper)-. Pero... me empiezan a dar pena esos animales. Después de lo de las ballenas y todo aquello...

    Se hizo un silencio incómodo, roto sólo por los zumbidos de las abejas entre las incontables flores. Nadie recordaba aquello. No por falta de memoria, sino porque evitaban activamente recordar aquello.

    - Han pasado cuatro años -señaló Pepper al fin.

    - El número cuatro trae mala suerte -apuntó Wensleydale-. Lo oí en un anime.

    - Mala suerte es lo mío -gruñó Brian: se le había caído encima media bebida nada más abrirla.

    - Pues cambiemos de tema. ¿No estaban inaugurando un velódromo en la pista de deportes? -volvió Adam a la carga- ¿Y si vamos hoy?

    - Imposible -contestó tristemente Brian-. Hay partido de rugby, y últimamente eso es sagrado. ¡Como ahora tienen a un super estrella...!

    - Quién iba a decir que el matón Caine "Culogordo" Johnson acabaría sirviendo para algo de provecho -observó Wensleydale-. Dicen que va para profesional. 

    - Mejor -sentenció Adam-. Ya estamos grandecitos para peleas de críos. Sólo son molestias mientras los demás intentan que el mundo funcione -no le gustaba sonar como un adulto, pero ya había visto la alternativa: el Armagedón, peleítas Cielo-Infierno impidiendo que los humanos hicieran funcionar el mundo en paz.

    - ¡¡MALDICIÓN!! -exclamó Pepper al girar un recodo del camino. Frenó tan ferozmente como pudo, pero sólo consiguió caer de cabeza sobre alguien, con un estrépito de vidrios rotos (que desencadenó un ataque de ladridos de Perro).

    - ¿"Culogordo" Johnson? -se asombró Brian-. ¿Te has saltado el partido?

    - ¡Para atacar a Pepper! -se indignó Wensleydale, aunque a su manera: aparcando pulcramente la bici a un lado del camino, activando el pedal de sujeción y dirigiéndose hacia el intruso con los puños en posición de púgil de peso pluma-. Estuvo a punto de venir sola hoy, lo sabe todo el mundo... ¡lo dijo en la cafetería!

    - No, ¡esta vez no! -gimió Caine Johnson, mientras Pepper se ponía en pie sola y rechazaba su ayuda a patadas-. Esta vez tenía que salir bien. ¡Pero soy un torpe y siempre lo arruino todo!

    Adam y Pepper miraron con extrañeza los restos caídos: entre los fragmentos de vidrio había... ¿rosas?

    - ¿Es una burla? -se indignó ella, mostrando una cinta de tela con estampado infantil que aún unía los tallos de las flores-. ¿Un lazo de Buscando a Nemo?

    - ¿Qué tienen de malo los peces de colores? -estalló Johnson: la indignación le dio entereza suficiente para levantarse en toda su enorme envergadura (desde los once años usaba la ropa de su padre adoptivo) y encarar la vergüenza de lo que iba a confesar-. ¡Me gustan mis peces de colores! ¡Son los únicos que no me llaman torpe y bruto! ¿¡vale!?

    Existe un tipo de silencio que sólo acompaña a las grandes revelaciones. Un silencio solemne, lleno de escalofríos y de ideas imposibles. Un silencio como el que guardaron los Cuatro en aquel momento (un poco deslucido por Perro, que siguió ladrando).

    - Lo que rompiste en mi onceavo cumpleaños -Wensleydale tenía excelente memoria para ciertas ofensas-, después de todo... ¿no fue a propósito?

    - Pero... -Adam no entendía nada- ¿Para qué nos hiciste creer durante años que eras el matón del cole?

    - ¡Porque es peor que me llamen bruto y torpe! -estalló Caine-. Como matón al menos tenía respeto. Y con el deporte fue aún mejor... ¡pero se acabó -lamentó, conpungido-. ¡Ahora lo sabrá todo el mundo!

    Adam llamó a Perro y tiró un palo bien lejos. El animal dejó de ladrar y corrió a buscarlo, para alivio de todos. Necesitaban poder pensar sin que les taladraran el cerebro a base de ladridos.

    Pepper empuñó el ramo con su cinta colorida y se dirigió hacia Caine Johnson con el paso firme de quien va a romper con todo. Bryan y Wensleydale, acariciándose los respectivos ojos amoratados, se inquietaron. Pero Adam vio que no había cerrado el otro puño y sonrió.

    - A mí no me pareces torpe ni bruto, "Culogordo" -gruñó ella, devolviéndole las flores-. De hecho, no hemos visto nada -se volvió hacia sus amigos e insistió-: ¿VERDAD, CHICOS?

    - ¡Nada en absoluto! -obedecieron los tres al unísono-. ¡Es culpa nuestra, por ir distraídos!

    - ¿A nadie le ofende que yo haya intentado... bueno....? -Johnson señaló a Pepper y a los demás-. ¿No es novia de ninguno de...?

    - No -dijo Pepper, volviéndose hacia Adam-. Aunque no creas que no he notado cómo me miras. 

    - Se me había ocurrido, la verdad -confesó éste, para ultraje de sus dos mejores amigos. El ultraje era que Adam no tuviera el ojo morado también, claro-. Me gustaría, de hecho, pero...

    - ¿No vais a pelearos como en las películas machistas? -escupió Pepper. Tenía un puño en la dirección de cada pretendiente.

    - ¿Peleas? -se escandalizaron ambos a la vez. 

    - Pepper -dijo Johnson, preparándose para un placaje por si acaso-, me encantaría que me eligieras...

    - Lo mismo digo -afirmó Adam-. Pensándolo bien, en esas películas los guionistas deben ser guionistos, y no muy originales, porque ni siquiera se les ocurre preguntar algo importante. Y que es lo único que no sabemos.

    - ¡Eso! -asintió Caine Johnson-. Somos rivales, pero tiene razón. ¡Sólo sabemos dos opiniones, no tres!

    - Él y yo queremos lo mismo: salvar peces, nutrias y el mundo, en plan ecologista -empezó Adam. Carraspeó y titubeó antes de reunir el valor para añadir-: y te queremos a ti, Pepper. Pero... ¿qué quieres tú?

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    - En resumen -el Adversario apoyó los antebrazos en la mesa del despacho, unió las puntas de los dedos como un jefe mafioso y sonrió de manera perversa-: además de conquistar mujeres por la fuerza, ya estará aplastando a sus rivales bajo sus botas, y usando el mundo como lo que es: algo que destruir y pisotear a su antojo y capricho.

    - Yo se lo recordaba con cuentos, cada noche -asintió Crowley.

    - ¿A qué niño? -rezongó Satán, dedicándole una mirada asesina.

    - ¡BASTA! -intervino una voz de mujer. 

    Los dos demonios se volvieron, atónitos, para identificar a la que había tenido la osadía de interrumpirlos: nada menos que Nina, la menos esotérica del grupo humano. Los demás se habían sentado en el suelo, como una secta hippy, pero Nina estaba en pie, con los puños cerrados. Temblando, pero firme.

    - ¿Cómo osas desafiar al Señor de las Tinieblas? -bramó Satán, en un tono que reverberó en todo el edificio. Anatema vio cómo el aura infernal se extendía y se retorcía en torno al pentáculo protector.

    - Escucha, Nina... déjame arreglarlo -rogó Crowley-. No me gusta hacer tratos, pero te ofrecí mi protección y lo mantengo. Sólo... no lo provoques, ¿vale? -avanzó hacia ella con cautela-. O nunca te dejará salir de ese pentáculo.

    - Que así sea -decidió Nina, armándose de valor-. Si me quedo, no tendrás que hacer tratos con él.

    - Si no hay trato, no hay Niño -dedujo Anatema, sentada en posición de yoga. Parecía meditar en paz-. Ni Apocalipsis, ¿verdad?

    - ¡Salvaríamos el mundo! -entendió Newton, poniéndose en pie de un salto. Tembló al deducir las consecuencias, pero se obligó a sí mismo a decir-: Yo también me quedo.

    - ¿Prisioneros para siempre? -tartamudeó Mary Hodgson, pero meditó sobre ello-. Tengo familia... si así se salvan... 

    Crowley y Muriel sonrieron entre lágrimas.

    - ¡Tanto heroísmo! Cuando crees que los humanos son capaces de más maldad que un demonio, de pronto hacen esto y...

    Una voz infantil rompió la solemnidad de la escena: 

    - Necesito ir al baño.

    El silencio fue absoluto. Incluso Satán se quedó boquiabierto, mirando a los humanos con una mezcla de desprecio y confusión. Intentó recobrar la compostura, pero no pudo mantenerse serio: estalló en carcajadas (demoníacas, pero carcajadas).

    - ¡Ahí está la tenacidad humana! -señaló, luchando por serenarse-. Tengo un plan B de pesadillas, pero esto es mejor. ¡Derrotados por algo tan simple!

    Anatema se encogió de hombros:

    - Mi taller informático tiene zona de aseo, literas y otro pentáculo en el suelo. 

    - Gracias, Agnes -rezó en voz baja Newton.

    - No importa. Veo más despachos con cartelitos, así que pueden aparecer más humanos -observó Satán-. Uno es de... ¿una asociación sin ánimo de lucro de jóvenes ecologistas? Mary, ¿les cobras alquiler a unos niños sin dinero? -la interpelada asintió, provocando en su jefe una sonrisa casi de ternura- ¡Eres exquisita! Pero como iba diciendo, no importa: Crowley ya ha aceptado mi trato.

    - ¡No! -protestó éste-. ¡Yo no he aceptado nada de ti! Nad...

    Crowley se miró la mano. Aún sostenía su copa. ¡Una copa vacía!

    - Mierda. Joder. ¡Por las bragas de Pazuzu!

    Se giró hacia su antiguo jefe, pero el Maligno ya no estaba. Se había marchado sin explosión ni espectáculo alguno, como si no hubiera sido más que una alucinación. El único rastro de su presencia era una copa vacía, olor a azufre y un eco similar a una carcajada burlona.

    - No puede ser -rugió la Serpiente-. Luché tanto por mi libertad... -se derrumbó en el suelo, con los iris amarillos, enormes, desorbitados por el shock. El aire se atropelló en su garganta hasta estallar en un gemido desgarrador-. ¡¡NO ES JUSTO!!

    - Al menos no has cerrado las condiciones, ¿verdad? -preguntó Muriel, con interés profesional.

    - Todavía no he puesto ninguna -se consoló Crowley-, así que aún tengo derecho a poner las que yo quiera. Si las pienso bien, quizá... -Calma. Necesitaba calma. Tenía que averiguar si existían tratos temporales. Y, sobre todo, no vocalizar ninguna condición antes de estar completamente seguro... el eco de unos pasos interrumpió el hilo de sus pensamientos-. Tendremos que hablarlo en otro momento, pero... ¿¡QUÉ!?

    Anatema y Newton esperaron a que los recién llegados aparecieran por el recodo del pasillo y saludaron con la mano. Eran cinco, y se estaban encaminando hacia el despacho de los jóvenes ecologistas.

    - Son vecinos míos -aclaró la bruja.

    - Qué pequeño es Tadfield -sonrió Mary "Locuaz"-. Uno de ellos me alquiló el local y dijo que había nacido en este convento. Veo que hoy ha conseguido captar a más socios.

    - ¡Hola! -saludó Caine "Culogordo" Johnson. Señaló a uno de los jóvenes que le acompañaban-: ¿Sabes que Adam también nació aquí? ¡Y en la misma fecha que yo!

    Crowley se quedó tan estupefacto que olvidó su propia desgracia por un instante. Tenía delante a Adam, el que según él "nunca había sido el Anticristo", y le estaba mirando. No le miraba a la cara. Adam era capaz de mirarle hasta el fondo del alma, ver su pasado, su futuro, sus pensamientos, destruirlo, reconstruirlo y hacer que nunca llegara a haber existido. En aquel momento estaba haciendo todo eso menos las tres últimas cosas.

    - ¿Vuelves a ser ecologista? -sonrió Anatema, encantada.

    - No voy a hacerle el trabajo sucio a la gente -insistió Adam, retomando la conversación donde la dejaron cuatro años atrás-. Se aprovecharían de mí. Quiero que lo solucionen las personas por sí mismas, pero deseo saber cómo. Me gustaría saber qué necesitarían para darles un empujoncito sin que ellos lo sepan. ¡Acabo de decidir qué quiero estudiar en la Universidad!

    - ¿Ciencias políticas? -se interesó la exmonja satánica-. ¿Religión? ¿Filosofía?

    Adam sonrió y puso los brazos en jarras, con ese orgullo que se lee en una cara que dice "algo aún mejor":

    - ¡Técnico de gestión ambiental!

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Otros relatos inspirados en el universo de Good Omens:   

Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión






23 abril 2026

TERTIA PUGNA-12


 

 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez



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"Sería bonito pensar que las Monjas Satánicas adoptaron disimuladamente al tercer bebé, el bebé sobrante. Que creció y se convirtió en un niño normal, feliz y risueño... que sus peces tropicales ganan concursos.
No quieres saber lo que podría haberle ocurrido al bebé sobrante".
("Buenos Presagios", capítulo "hace once años).



CAPÍTULO 12.- EL TERCER NIÑO

    Si a Crowley le molestaba una Virtud, ésa era la Paciencia. No sólo porque las Virtudes son ángeles, sino también porque en el Infierno suele ser más útil lo contrario: correr como alma que lleva el diablo, no sólo para huir de los problemas, sino también para causarlos. 

    - Voy ahora mismo a matar a esa satánica de pacotilla -rugió, encendiendo el motor del Bentley-. ¿Una demanda de paternidad? ¡La mato!

    - ¡No, te precipites, querido! -Azirafel abrió la puerta del copiloto por pura costumbre-. Piénsalo: matar nunca fue lo tuyo...

    - Pues quizá debería serlo. ¡Y aléjate de mi coche! -replicó el aludido con una mirada asesina-. ¡Cuando te detectan cerca de mí, todo son problemas!

    - Pero... ¡antes nunca nos detectaban cuando íbamos juntos!

    A Saraqael se le atragantó la idea de un ángel viajando en un vehículo infernal, pero se limitó a teorizar: 

    - Si un ángel y un demonio fueran igual de poderosos, ¿sus auras se ocultarían mutuamente?

    - Quizá, pero ya no: ¡ahora es el puto Arcángel Supremo! Sería como esconder un elefante tras un pato -la mirada de Crowley se llenó de reproche al añadir-: O como si yo no estuviera.

    Azirafel enmudeció, intuyendo al fin cómo lo encontró Shax en cierto viaje a Escocia: ¡porque iba solo! ¿Por eso se resistió su amigo a prestarle el Bentley? ¿Para protegerlo?

    - Ejem... ¿puedo ir yo? -intervino la voz tímida de Muriel. Al ver las caras de horror de los demás, insistió-: No me detectarían. No molestaré. Por favor... -su expresión se iluminó por la emoción al añadir-: He leído muchas cosas sobre el mundo, pero nunca las he visto de cerca. ¡Sería una aventura!

    Así fue como Crowley le aceptó a bordo, aunque gruñendo "estúpido camuflaje con patas" para disimular que era por lástima. Un viaje tan corto no tenía nada de extraordinario (excepto cuando el Bentley convirtió un CD de Paganini en "I'm in love with my car" de Queen), pero Muriel se maravillaba de todo: del denso tráfico de la M25, del automóvil abriéndose paso a base de intimidación y acrobacias ilegales, de las carreteras rurales flanqueadas por cultivos, del olor del heno recién segado... aquella alegría infantil le recordó a Crowley viejos tiempos. Ecos de cuando él también miraba con asombro un Universo nuevo. O de la primera vez que habló con... No. Era mejor no pensar en él. 

    - Al menos, no me das la tabarra con las normas de Tráfico -gruñó para consolarse.

    - ¿Normas de qué? -rió Muriel.

    El exdemonio cayó en la cuenta de que no todos los ángeles van a la autoescuela y señaló el velocímetro con una sonrisa maliciosa:

    - Esto. ¡La aguja nunca debe bajar de noventa millas por hora!

    Muriel gritó de entusiasmo cuando el Bentley rugió y dejó a ambos pegados al asiento, con un acelerón supersónico que pulverizó varios radares policiales.

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    Un estruendo similar a un trueno sacudió un pequeño despacho de informática, en cuya puerta un rótulo rezaba: Pulsifer-Device, Computer Wizards. Un jirón de papel con los bordes carbonizados entró revoloteando por la ventana entreabierta y se posó sobre el manual técnico que Newton Pulsifer intentaba consultar.

​    - "E quando fuora mirades, el negro carro alado... " -leyó, incrédulo- ¿Otra vez? ¡Pero si te vi destruir el libro!

    ​Anatema Device levantó la vista del circuito que intentaba soldar. Estaba aprendiendo a encargarse del trabajo práctico del taller y dejarle la parte teórica a Newt, porque él no podía ni tocar un microondas sin que hiciera cosas raras (desde estallar en llamas hasta retransmitir Radio Moscú). Pero era difícil dejar de ser "descendiente profesional" con el destino llevándole la contraria... por ejemplo, con mensajitos voladores como el que su esposo le estaba mostrando.

​    - El viento se llevó los restos, y las probabilidades de que reaparezcan volando no son... -la bruja miró por la ventana, desconectó el soldador y tomó el fragmento de papel-. En fin, supongo que Agnes sí lo había previsto. Y en el fondo, la echaba de menos.  

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     El Bentley se detuvo con un brusco chirriar de neumáticos al llegar a su destino: los jardines de un antiguo convento, reconvertido en centro de negocios. El frenazo dejó sin aire a Muriel y catapultó desde el asiento trasero varias plantas, que se lanzaron sobre el conductor y su copiloto con sonidos muy poco vegetales. 

    - ¡Pero si las sujeté bien! -protestó Crowley, insultando a una enredadera hasta que lo soltó, acobardada. Blasfemó aún más al ver dos caras semiocultas tras el follaje-. ¿Nina? ¿Quién te ha dado vela en este entierro? ¿¡Y encima te traes a la mocosa!?

     - Lo de venir fue idea mía -replicó Lucy-. Me protegiste, pero después ibas a irte ¡igual que Shax!

    - Y yo no podía dejarla venir sola -sentenció Nina, con toda la dignidad que se podía tener enderezando tiestos-. Parecías demasiado furioso.

    - ¡Fuera de mi coche! -se ofendió Crowley- ¿Qué insinúas?

    - No lo sé: todavía no he visto tu lado malo -Nina salió por la puerta más prudentemente alejada, indicó a la niña que hiciera lo mismo y añadió-: Necesito verlo antes de decidir.

    - ¿Decidir qué?

    - ¿No lo recuerdas? -Nina cerró la portezuela y la señaló-: Por cierto, entramos porque alguien nos abrió esta puerta. ¿O me vas a decir que el coche la abrió por sí solo?

    Crowley miró al Bentley con reproche y abrió la boca para llamar al vehículo "traidor", pero le interrumpió una exclamación de Muriel:

    - ¡Oh! Noto... -avanzó unos pasos entre los parterres de flores y se puso la mano en el pecho- ¡es  maravilloso!

    - ¿Amor? -recordó Crowley-. ¿Alguien ama mucho este lugar y blablablá?

    - ¿Tu también lo notas? -se asombró Muriel, inclinándose para oler una rosa sin dañarla-. Creí que los demonios no podían sentir amor.

    Crowley acarició discretamente el logotipo alado del Bentley y emprendió la marcha, susurrando para sí mismo:

    - Ojalá no pudiera.



    Ajustó sus gafas de sol y entró en el edificio. Según los pomposos carteles de la entrada, se trataba de un centro de coworking o "vivero de empresas", pero Crowley explicó al grupo que antiguamente fue un convento satánico "donde se me respetaba, no como ahora". Nina señaló con extrañeza la estatua del recibidor:

    - ¿La Serpiente matando a Laocoonte? ¿Eso no es de otra religión?

    - Muchas religiones derivan de otras -informó Muriel.

    - Yo sólo lo dejé inconsciente, ¡el resto fue cosa de Agamenón! -comentó Crowley sin darle demasiada importancia. 

    Al entrar por un pasillo lateral, su andar sinuoso se tensó, como el gesto de una cobra a punto de atacar. Allí estaba su objetivo, Mary "Locuaz" Hodgson saliendo del despacho principal. Crowley se bajó las gafas de sol y clavó en ella sus ojos amarillos, que brillaron con una intensidad hipnótica.

​    - Essscúchame bien, Mary -siseó, intentando doblegar la voluntad de su víctima-. Me vas a contar qué sssignifica esa demanda y la vasss a retirar. Sin hacer preguntas. ¡Ahora!

​    Mary palideció al reconocerlo, pero no le obedeció. Se enderezó e intentó que no le temblara la voz:

    - Hoy no me hipnotizará, amo Crowley. Ya nos perjudicó usted bastante en su última visita. Esta vez le estábamos esperando.

    El aludido, desconcertado por su resistencia, bajó la vista y dio un respingo. Hodgson se encontraba dentro (y él fuera) de un enorme pentáculo pintado en el suelo, que ocupaba todo el espacio entre las puertas de dos despachos enfrentados, uno a cada lado del pasillo: el de Hodgson y de Pulsifer-Device. 

    - ¡Crowley! -se escandalizó Nina-, ¿qué dijimos de hipnotizar y mangonear a la gente?

    - Irónico, siendo quien nos dio el libre albedrío -asintió Mary Hodgson-: la Serpiente del Edén.

    Nina se quedó sin aliento: intuía más o menos qué era aquel ser, pero no sabía que era tan... antiguo.

​    - ¡Por mil legiones de mil millones de mil demonios! -bramó la Serpiente, haciendo vibrar el resonante pasillo-. ¿Un pentáculo para bloquear mi poder? ¿En mi propio templo? ¡Después de reconvertirlo en un antro de explotación capitalista! -casi echó humo de la emoción al añadir-: ¡Tendría que estar orgulloso! Pero dime, ¿cómo supiste que vendría?

    - Nos avisó Agnes- intervino la voz de Anatema desde el otro despacho. La bruja titubeó en el umbral, intimidada por el aura de Crowley: en vez de emitir energía como las auras humanas, la absorbía como un agujero negro y antinatural (la de Muriel no era mucho mejor, aunque el agujero era blanco). La joven respiró hondo para superar su aversión, avanzó hasta el centro del pentáculo y leyó: 

«E quando fuora mirades, el negro carro alado de la Syerpe veredes, e Quatro descavalgarán: ninha, mulher, ángel e Syerpe. E vos, Anatema e Fabladora, xuntas un pentáculo dibuixaredes, ça lo Fin cerca será».

    - Fabladora... ¡claro, Locuaz! -palmoteó Muriel, feliz por poder descifrar un misterio-. Los Cuatro somos Nina, Lucy, él y yo... pero ¿el carro alado?

    - El logotipo del Bentley -supuso Crowley-. Por cierto, Agnes Junior, ¿no te conozco del anterior Armagedón?

    - Me llamo Anatema -corrigió ella, señalando el fragmento de profecía-. Y lo extraño es...

    - Ya no aprendo nombres de humanos. Lo hice durante las primeras mil generaciones y es un lío. En cuanto te acostumbras a uno, se hace viejo y te deja más solo que...

    - Centrémonos -atajó la bruja-: ¿Sólo quieres que Hodgson retire la denuncia? ¿No quieres matarla?

    - ¡Anatema! -protesto la aludida desde su rincón del pentáculo-. ¡Si me vas a ayudar así...!

    - ¿Matar? ¡No! -se ofendió Crowley-. ¿Es porque soy un demonio? ¡Qué prejuicios y estereotipos tan discriminatorios! 

    - Entonces, ¿qué peligro es el que "çerca será"? - preguntaron Lucy y Anatema al mismo tiempo.

    La bruja electricista se fijó por primera vez en el aura de la niña: por un instante le pareció que se ondulaba como... Lucy tocó el anillo de su nariz y la energía que la rodeaba se estabilizó, violeta y sana, súbitamente normal. Anatema frunció el ceño, pero no llegó a decir nada. Porque entonces sucedió algo que interrumpió el hilo de sus pensamientos. 

    Las sombras del pasillo comenzaron a vibrar, oscureciéndose hasta trascender el negro y convertirse, no ya en una ausencia de color, sino en... luz negativa. Se alargaron en una frecuencia que las demás humanas no podían percibir, pero que para la bruja era un vacío imposible de energía infrarroja; una amalgama de negrura y fuego. El aire se cargó con el olor acre del humo mientras la oscuridad reptaba por las paredes, el suelo y el techo, proyectada por algo que aún estaba oculto tras el recodo de la entrada. Algo que se aproximaba con una lentitud implacable.

    - ¡E-el aura de amor... d-desaparece!- tartamudeó Muriel. Era un ángel: sólo podía entender eso. No era capaz de identificar, además, una oleada de odio como la que alcanzó a Crowley, inundándole de furia y horror hasta la médula.

    - ​¡Todos los humanos, dentro del pentáculo! -exclamó; el miedo le erizó todas las escamas, haciendo que sus bordes resaltaran como finas líneas ígneas. Se le escapó un grito primordial-: ¡AHORA!

​    Nina y Newt saltaron al centro del pentáculo. Muriel intentó seguirlos, pero rebotó contra la barrera invisible: el símbolo era una protección exclusiva para humanos. Lucy dudó un instante, aferrada a Crowley, hasta que los demás le gritaron que entrara en el símbolo protector.

    - ¿Y yo? -gimió Muriel con angustia- ¡Por favor!

    - ¡No! -se adelantó Mary, justo a tiempo para silenciar a los demás-. Si un solo ser sobrenatural atraviesa el pentáculo, ¿se desactivará?

    - ¡¡DIOS!! -se desesperó Crowley, lamentando no haber prestado nunca atención a los libros correspondientes-. ¡No lo sé!

​    Anatema, incluso en una situación así, no pudo evitar cierta curiosidad profesional:

​    - ¿Los demonios... rezan a Dios?

​    - No exactamente -respondió una voz de seda que pareció vibrar en los huesos de todos los presentes.

    Un caballero elegante, de traje impecable y presencia extrañamente afable, dobló el último recodo y se aproximó sin prisa. No era un monstruo con cuernos; era alguien tan atractivo y lleno de aplomo que resultaba imposible apartar la mirada. Se detuvo ante la barrera y sonrió a los dos seres sobrenaturales que aguardaban desprotegidos.

    - Más bien se trata de que, cuando aprieta el miedo -continuó el caballero, fijando una mirada fría en el grupo- los cobardes suelen caer en la tentación de llamar a su madre. Y ya estamos un poco mayorcitos para eso, ¿no crees, Crowley?

​    - ¿Qué haces aquí? —espetó la Serpiente, tratando de que el temblor de sus rodillas no se reflejara en su voz. En el Infierno no era sano mostrar miedo: se tomaba como un signo de debilidad. Y en caso de duda, al más débil es al que siempre atacan primero.

    ​El recién llegado se paseó frente al pentáculo, observando las paredes del convento con la nostalgia de un terrateniente que regresa a sus tierras.

​    - Es mi templo, Crowley. Y también fue tuyo, hasta que desertaste. Es paradójico que precisamente aquí no me hables con el debido respeto. 

​    - Tus subordinados te deben respeto. Yo ya no lo soy -masculló Crowley, usando su agresividad como escudo-. La decisión no fue mía.

    El visitante  dejó escapar una risita suave, un sonido que hizo que a Anatema se le erizara el vello de los brazos.

​    - Te expulsaron hasta del Infierno, y eso que allí admitimos a cualquiera. Pero no seamos descorteses; sólo vengo a responder a tu pregunta.

​   - ¿En persona? -Crowley se encogió inconscientemente-. ¿Qué pregunta?

​    - La demanda de paternidad -fue la respuesta, en un tono súbitamente duro y grave-. Hipnoticé a Locuaz, así que no creo que recuerde haberla hecho, pero existe. No reclamamos que seas el padre, claro. Sino que fuiste tú quien perdió a mi Hijo.

​     Crowley sintió un vacío en el estómago. El recuerdo de aquella noche confusa en el hospital de las Hermanas Parlanchinas volvió a él como un mazazo.

    - Pagué por ello. Agua bendita. ¿Recuerdas?

    - No seas tan simple, querido; no busco venganza. Ni siquiera me involucré en tu ejecución. Pero confieso que no puedo apagar mi curiosidad -Satán le miró a los ojos con una complicidad casi atractiva; a Crowley le hizo recordar por qué tantos ángeles llegaron a Caer por él-. La curiosidad es un concepto que comprendes, ¿verdad?

    - Ejem... sí, pero... Hastur vio a uno de los niños en el Monte Carmelo, y tú al otro en la base aérea -replicó el exdemonio  rápidamente, tratando de blindar el tema-. No era ninguno de los dos. Lo cual es imposible, a no ser que... Él... haya hecho un milagro para desaparecer. Y en tal caso, casi nadie tendría suficiente poder para encontrarlo. 

    ​Satán ladeó la cabeza, mostrando una sonrisa gélida.

​    - O tal vez, sólo tal vez -sugirió el Adversario- podría existir una explicación más sencilla. Por ejemplo, un tercer niño. Uno que estas monjas inútiles no recuerdan, porque les quemó los archivos el incompetente de Hastur. Un tercer niño que pasaste por alto como un idiota, mientras jugabas a las casitas con ese ángel inepto en Londres.

​    Crowley palideció. La mención de Azirafel en boca de Satán fue como una puñalada.

​    - Vas a encontrar al Tercer Niño para mí -continuó Satán.

    - ¿Y si me niego?

    El Señor de los Infiernos sonrió con aquella maldita complicidad que desarmaba y seducía al mismo tiempo, le dio la espalda y con un delicado gesto desintegró parte de la pared, para entrar en el despacho de la directora Hodgson sin tocar el pentáculo. Escanció dos copas del mejor whisky del mueble bar y tomó asiento.

    - Tengo recursos que no conoces. Y sobre todo, tengo tiempo. Tus amiguitos humanos no podrán quedarse a vivir en ese pentáculo eternamente. Pero créeme, querido -ofreció una copa a Crowley y lo miró a los ojos, con una amenaza escalofriante que de pronto eclipsó todo su atractivo-: NO QUIERES que lleguemos a ese punto. 

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Otros relatos inspirados en el universo de Good Omens:   

Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión



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04 marzo 2026

TERTIA PUGNA-11


 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez 


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CAPÍTULO 11.- UN MAR DE DUDAS


    Digan lo que digan los proverbios, después de la tormenta no siempre viene la calma; a veces lo que viene es la policía científica. Azirafel y Crowley encontraron una escena surrealista a las puertas de la librería: Nina, Maggie y Muriel estaban cercadas por agentes de Scotland Yard. Una inspectora trataba de dar sentido a la declaración de una niña que mezclaba conceptos tan dispares como secuestros, ángeles y demonios. Al otro lado de la calle, una científica forense analizaba los restos de un vehículo siniestrado.


    - ¡Le digo que eran espadas de fuego, inspectora Jones! -anunció un agente, señalando algo en una tablet-. ¡Tenemos imágenes de las cámaras de Tráfico!

    "Pero... ¿cómo?" se angustió Azirafel. "¡Si sólo nos hemos ausentado unos minutos!"

    - Seis mil años siendo discretos -Crowley movió la cabeza con fastidio-. Y en cuanto nos sustituyen Shax y Muriel, se monta un circo.

    - Aquí no podemos hablar -Azirafel apretó el paso para no quedarse atrás y le susurró con urgencia-: Pero si volvemos a aquel vacío blanco...

    - Todo está dicho -negó Crowley. Señaló al ángel, o más bien le clavó un dedo acusador en el pecho-: Tu dichoso halo empezó una guerra, y tienes que detenerla YA.

    - No se cómo -confesó el ángel, encogiéndose de hombros con impotencia-. ¡Por eso te necesito!.

    - ¿Y crees que yo sí lo sé? Sólo veo una salida -Crowley le tomó la mano. De pronto su voz perdió todo el filo y se volvió casi cálida-: Vámonos. Huyamos juntos.

    Azirafel miró a su alrededor: a su ciudad, a las personas que lo rodeaban, a toda la vida que llevaba milenios protegiendo... y negó con la cabeza, angustiado.

    - No pienso abandonarlos.

    - Y yo no pienso quedarme para acabar como Jim -Crowley le soltó la mano como si quemara, le dio la espalda y se alejó a grandes zancadas. Si el otro empezaba a soltar perdones, no quería oírlos-. Aunque sea solo.

    - ¡Perdona, pero tienes que...!

    Crowley lo ignoró y se perdió hábilmente entre la multitud, mascullando:

    - No "tengo" que complacerte, ángel. Ya no soy tu furcia.

    Azirafel se lanzó tras él, pero chocó con una figura uniformada que le cortó el paso:

    - Alto ahí. ¿No es usted uno de los espadachines? -la inspectora exhibió sus credenciales con una firmeza que no admitía excusas-. ¿Puede explicarnos lo de las armas o el accidente de tráfico?

    - Yo... -Azirafel tomó sus gafas de lectura para disimular el temblor de sus manos, se las puso y suspiró con resignación-: Soy... perdón, fui el dueño de esta librería. Hasta hace poco.

    - Ahora la gestiono yo -intervino Muriel, inoportunamente servicial-.  Las espadas de luz son...
   
    - ¡Atrezzo! -Nina se interpuso entre la detective y el ángel e improvisó-: Estamos preparando algo especial para el estreno del próximo libro de Star Wars. Con sables de luz y todo eso. ¿Verdad, Muriel?

   - Ejem... yo... -el ángel no sabía mentir, pero se enderezó para imitar la pose de los policías y forzó una sonrisa tensa-: Esas espadas de luz no servirían para hacer nada malo. Al contrario.

    - Estábamos ensayando cuando se nos echó encima ese Jaguar -Maggie señaló el vehículo siniestrado, mostrando sin querer las magulladuras de sus brazos-. ¡Estoy viva de milagro!

    Al otro lado de la calle, Crowley esbozó una sonrisa amarga y se camufló entre los curiosos. "Suficientes problemas por hoy", decidió, apretando el paso hacia su Bentley. Ya tenía la mano en la portezuela cuando le sobresaltó una voz de mujer:

    - Así que ha sido usted. ¿Cómo lo ha hecho?

    Crowley frunció el ceño y se volvió hacia la intrusa. Ésta no portaba uniforme de policía, sino algo bastante inusual en plena calle: una bata blanca de laboratorio. 

    - ¿Hacer qué? -replicó, altanero-. ¿Y usted quién es?

    - Soy la científica forense Sato, y llevo cuatro años investigando muertes extrañas -señaló el vehículo destrozado y añadió-: Las dos últimas veces, ese Jaguar y un Bentley como el suyo estaban cerca del lugar del crimen. ¿Reconoce esto? 

    Crowley miró sin mucho interés lo que ella sostenía en una bolsita transparente sellada. Restos de chamuscados de... ¿insectos?

    - ¡Hastur! -gruñó con fastidio. Al parecer, Shax no era la única incompetente que se hacía notar más de la cuenta.

    - ¿Así se llama? Según los datos de Tráfico, el propietario de ese Bentley debería llamarse A. J. Crowley -la científica guardó la muestra, sacó una tablet y empezó a tomar notas-. ¿De dónde han salido unos insectos tan letales? ¿Y cómo los detenemos? 

    - Es complicado. ¿Agua bendita? Aunque pensándolo bien, para una vez que Hastur ataca a criminales...

    Esta vez fue la forense quien frunció el ceño. Levantó la vista de sus notas y replicó con extrañeza:

    - Se lo advierto, simular enajenación mental no lo librará de acompañarnos a la comisaría. Usted sabe demasiado.

    - Y ustedes demasiado poco. ¡Que son policías, joder! -replicó él con furia. Señaló al otro lado de la calle, donde la niña volvía a hablar con la inspectora Jones, y susurró roncamente-: Esa menor alguna vez confió en la Policía, o en el Cielo. Pero ¿quiénes la ayudaron cuando la secuestró un pederasta? ¡Ustedes ni se enteraron!

    La forense, intimidada por la furia del testigo, hizo un gesto discreto a sus compañeros. Éstos comenzaron a rodearlos, pero se les adelantó el zumbido del motor de una silla de ruedas:

    - Éste no es el sospechoso que están buscando -intervino una voz extraña, ni de hombre ni de mujer. 

    Crowley se volvió con asombro para contemplar la llegada de Saraqael. El ángel detuvo su silla junto al Bentley, alzó las manos y señaló con elaborados gestos a Sato y a su escolta: 

    - Márchense y olviden esta conversación -se lo pensó un momento y añadió-:  Excepto lo del agua bendita. Recuerden eso.

    Los agentes intercambiaron miradas de confusión y se alejaron hacia sus vehículos. Algunos intentaron consultar sus notas, sin recordar lo suficiente para completarlas. Saraqael esperó a quedarse a solas con Crowley antes de decir secamente:

    - Creí que ya no trabajabas con Hastur.

    - Sería absurdo. Me odia. Fue uno de los que hizo que me expulsaran del Infierno, ¿recuerdas?

    El ángel asintió sin mucha convicción.

    - Eso le diré a mis superiores. No necesitan saber más. 

    Crowley entornó los ojos con suspicacia:

    - Demasiado amable -se inclinó hacia su acompañante y olisqueó su aura con descaro-. Pero no detecto ninguna otra presencia, ni infernal ni divina -admitió al fin-. No reciente, al menos.

    - ¿Crees que me influye alguien? -fue la sarcástica respuesta-. Perdí el uso de mis piernas, no mi albedrío.

    - ¿Albedrío? -el exdemonio apoyó la espalda en la carrocería del Bentley y se burló-: ¡Los ángeles no tienen eso!

    - Si Dios nos dio inteligencia, lo lógico es usarla.

    - No digas eso muy cerca de tus superiores. Si no les das la razón ciegamente... 

    El Caído se quitó las gafas oscuras y dejó que sus ojos de serpiente ilustraran las consecuencias. Pero Saraqael, lejos de asustarse, señaló hacia la librería:

    - No todos. 

    Crowley se giró en la dirección indicada: Azirafel, al otro lado de la calle, se estaba despidiendo de una confusa y amnésica inspectora de Policía. 

    - ¿El Archicretino Supremo? No  esperes mucho de él -bufó el exdemonio. Le dio la espalda y forcejeó con puerta de su Bentley. Era extraño: se resistía a abrirse.

    - Dicen que salvaste un alma en Escocia -insistió el ángel-. Evitaste que alguien se suicidara por dolor. ¿Y ahora salvas de lo mismo a otra niña? Empiezo a pensar... 

    - ¿En qué? ¿En los problemas de trabajar borracho?

    - "In vino, veritas": mostraste una verdad. Sobre la Caridad, entre otras cosas.

    - ¡No me vengas con virtudes teologales! -ladró Crowley, abriendo al fin la puerta rebelde con un tirón violento-. Sólo mostré que el sistema celestial de sufripuntos no parece muy celestial: no sólo reparte alitas, sino también barbacoas. ¡Igual que mis tentaciones!

    Saraqael no se ofendió. Al contrario, asintió con aire pensativo.

    - ¿Y si cambiáramos el sistema?

    La áspera carcajada del exdemonio sobresaltó al ángel sedente:

    - Claro, ¿tú y cuántos más?

    Saraqael notó una cruel tristeza en aquella risotada. Oyó los pasos de Azirafel, libre ya de la Policía, acercándose a toda prisa. Rogó al demonio que esperara, pero éste se sentó al volante y encendió el motor. Ya estaba quitando el freno de mano cuando la científica forense se plantó frente al vehículo:

    - ¡Señor Crowley! ¡Hastur! ¡Buenas noticias!

    El interpelado reprimió una mirada asesina y bajó la ventanilla:

    - ¿Me conoce?

    - Ejem... no, pero... -Sato movió la cabeza, luchando contra la confusión que Saraqael había sembrado en su mente, y consultó su tablet-. Mis notas mencionan esos nombres y un Bentley como éste, así que estoy cruzando datos y... ¿nos contactó usted hace cuatro años para buscar a un niño perdido?

    - No lo recuerdo, pero puede ser. ¡Moví Cielo y Tierra!

    - ¡Tenemos noticias! Gracias a una denuncia reciente de...

    - ¿Exceso de velocidad? -sonrió Crowley, orgulloso. Por el rabillo del ojo vio acercarse al Archimbécil Supremo, así que pisó el embrague y metió directamente la tercera marcha (nunca se había rebajado a usar las dos primeras, y no pensaba empezar ahora).

    La forense continuó, sin inmutarse:

    - ¡Una demanda de paternidad!

    El Bentley tosió, tan sorprendido que se le caló el motor. A Crowley se le desorbitaron los ojos hasta saltársele las gafas oscuras:

    - ¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién...?

    - La demandante es una tal "Hermana Mary Locuaz". ¿La conoce?

    - ¿La exmonja que te llamaba "Amo Crowley"? -exclamó Azirafel, que se las había arreglado para llegar justo a tiempo al espectáculo.

    - ¡Vaya con Crowley! -Saraqael contuvo una risita-. ¡Aún es un diablillo, después de todo!

    El asombro de Crowley aumentó hasta niveles casi lisérgicos:

    - ¿¡PERO QUÉ RAYOS...!?



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Otros relatos inspirados en el universo de Good Omens:   

Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión



12 febrero 2026

TERTIA PUGNA-10


 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez 


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CAPÍTULO 10.- EL BESO Y EL PERDÓN


En capítulos anterioresEl Infierno corteja a Crowley ofreciéndole una perversa "buena obra": asesinar a criminales humanos. Azirafel y Miguel son enviados para castigarlo, pero descubren que los verdaderos culpables son Hastur (que huye herido) y Shax, que se escuda poseyendo a dos rehenes humanos: Nina y una niña desconocida...

    - - - - - - - - ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ - - - - - - - -    

    Cuatro personas se amontonaban en el suelo de una antigua librería del Soho. O dos, dependiendo de la definición de "personas": en realidad sólo dos de ellas eran humanas, y estaban bastante vapuleadas. Los demás les tuvieron que ayudar a levantarse, esquivando algún inevitable pisotón.

   - He visto orgías menos enredadas que esto -se burló Crowley, con una mueca entre traviesa y nostálgica.

    - ¿Hemos pecado? -se inquietó Muriel, pero ante la negativa del otro sonrió con alivio-: ¡Hemos derrotado a una posesión demoníaca! ¡Aleluya!

    Maggie ignoró el debate teológico y abrazó a Nina:

    - ¿Estás bien? -Su voz no vibraba con la ligereza de los otros dos, sino más preocupada. Más humana.

    Nina se miró las manos: le temblaban. La posesión había violado lo único en lo que creía: hacer las cosas con sus propias manos, sin esperar intervenciones sobrenaturales. Y Shax se había apropiado precisamente de eso: de sus brazos, su cuerpo e incluso su voz, dejándole en los pulmones un miasma corrupto.

    - ¡Asqueroso demonio! -escupió, boqueando para contener las náuseas.

    - ¡Gracias, muy amable! -protestó Crowley.

    - Tú no: ¡Shax! -Nina señaló hacia la calle, donde Azirafel y Miguel acorralaban a la diablesa-. ¿Por qué no la atacan ese par de inútiles?

    Crowley avanzó unos pasos hacia la salida, olfateó el aire y sus iris amarillos se expandieron hasta desbordar las órbitas.

    - ¡Por la niña del Exorcista! -gesticuló, frenético-. ¡Mocosa, quita de en medio!

    - ¿Una niña? ¿¡AHÍ FUERA!?

    Las dos humanas se lanzaron hacia el exterior, haciendo caso omiso a las protestas de Crowley: 

    - ¡¡No!! ¿¡Qué es esto, los premios Darwin!?

    La embestida de Nina fue torpe, pero útil: consiguió distraer a Shax lo justo para que Maggie pudiera abrazar a la niña y apartarla. La espada centelleante de Miguel describió un arco letal hacia la diablesa, mientras Azirafel y Muriel se interponían entre la peligrosa maniobra y las tres humanas. Crowley salió de la librería maldiciendo a todos y cada uno por orden alfabético, alzó los brazos...

    ...y el mundo se volvió blanco.

    No fue una explosión, sino una ausencia. La librería, las calles, todo había desaparecido. Alrededor de las tres humanas sólo había tres figuras aladas: una brillante como el Sol, otra blanca y tenue como la Luna, otra oscura como la noche....

    - Claro -gruñó Nina por lo bajo-. Crowley no podía ser el único con alas.

    Maggie cayó en la cuenta de que todavía abrazaba a una completa desconocida y la soltó, pero no se apartó: sólo era una niña, y debía estar asustada. Le tomó la mano y preguntó con dulzura: 

    - ¿Quién eres? ¿Estás bien?

    - Lucy -la niña era casi una adolescente: aparentaba unos quince años. Miró con aprensión a su alrededor y añadió-: ¿Qué es este lugar? ¿El Cielo? ¿Hemos muerto?

    - Claro, ¡Lucy en el Cielo y con diamantes! -se burló la figura oscura-. No, es broma: estás viva y a salvo. ¡De nada!

    Azirafel redujo su resplandor solar a un nivel soportable y reprendió a la sombra alada: 

    - No deberías bromear con eso, Crowley. Estamos a salvo, pero esto no es un "lugar". Es... -frunció el ceño-. Los seres humanos no tienen palabras para esto.

    - Sí las tienen -corrigió con pedantería Crowley-: Singularidad, Espacio-E, esfera de Hubble... 

    - ¡Leí sobre eso! -palmoteó el tercer ser alado-. Lugares lejanos del Universo donde las leyes de la Física se deforman por...

    - No, Muriel... ¡no hace falta ir a ningún lugar! -Crowley separó las manos y volvió a acercarlas como si apretara una esfera imaginaria-: Sólo tienes que manipular la gravedad hasta deformar el tejido del espacio-tiempo. ¡Fácil!

    La niña soltó la mano de Maggie, se ajustó el aro nasal y avanzó hacia él:

    - ¿Y como se sale de este... ningún lugar?

    Crowley dirigió un dedo acusador hacia ella y otro a Nina:

    - ¿Salir? Aquí deberían quedarse los imprudentes que se acercan a Shax una y otra vez. ¡Es un demonio, no un carrusel de feria!

    - Pero Shax me protegió de un hombre malo...

    - Sólo porque le convenía -Crowley se enderezó, lúgubre-. Volverá para cobrártelo. Y no sólo a ti.

    - ¿Cómo lo impediremos?

    Todos se volvieron hacia Nina. Su pregunta había puesto el dedo en la llaga.

    - La librería vuelve a tener una barrera contra el Mal -sugirió Muriel-. Y la tienda de Maggie también, porque comparte el mismo edificio.

    - ¿Sólo eso? -Nina avanzó hasta interponerse entre los ángeles y las demás humanas, se señaló a sí misma e insistió-: ¿Y yo? ¿Y el resto del Soho? ¿¡O del mundo!?

    - Espera, espera... ¡no funciona así! -Azirafel movió las manos en lo que intentaban ser gestos apaciguadores, pero empezó a pasear nerviosamente-. El mundo terrenal es neutral. Libre albedrío y todo eso. No podemos intervenir.

    - La Primera Directriz de los inútiles -se burló Crowley.

    - ¿No se puede? -intervino tímidamente Maggie-. Pero si una persona hace buenas obras y reza y...

    - Ejem... sí, claro, eso es útil -sonrió Muriel-. Para decidir a dónde vas después.

    - Después de la muerte, ¿no? -estalló Nina-. ¿Y si muero estando poseída? 

    Azirafel y Crowley cruzaron entre sí una mirada incómoda. Tenían información teórica sobre el destino de las almas (y milenios de práctica intentando influir discretamente sobre ellas), pero esa pregunta era un caso especial. Muriel extrajo de su bolsillo algo similar a una carta, la desplegó y comenzó a examinar extrañas páginas que no estaban hechas de papel, sino de luz. Pero no tardó mucho en negar, con una sonrisa de disculpa:

    - Lo siento. Mis manuales no son tan detallados.

    - Lo que me temía. Pero... -Nina miró a Crowley y su expresión se animó un poco-. Tú evitaste que me poseyera Shax. ¿Qué más puedes hacer?

    - Bueno, en realidad... -Crowley miró a los dos ángeles y dudó un poco: casi parecía cohibido-. Aquí, delante de todos...

    A Azirafel volvió a dolerle la cicatriz del labio. Lo frotó disimuladamente y avisó con severidad:

    - No, Crowley. Eso no.

    - Piénsalo bien -se animó Crowley. Tomó a Nina de los hombros y empezó a hablar a toda velocidad, o más bien a pensar en voz alta-: Técnicamente, un demonio no puede poseer a alguien que ya pertenezca a otro. Ni siquiera el que llaman Legión: ése es múltiple, pero aun así no interfiere con los demás. Cortesía profesional. Bueno, la cortesía es que a cambio los demás no le arranquen la cabeza, o las cabezas. Lo cual no es que pueda matarnos, pero escuece que no veas y tardamos siglos en volver a...

    - ¡Céntrate, Crowley! ¿Estás pensando en poseerme?

    - No. Lo mío es la gravedad, el clima y las tentaciones. Pero además -sonrió ampliamente-. Puedo marcarte. 

    - ¡La Marca del Diablo! -se horrorizó Muriel-. ¡Lo leí en el libro "Malleus maleficarum"! Sirve para firmar tratos satánicos. ¡No sabes a qué te comprometes a cambio! Para eso, mejor te marco yo y...

    - No funciona así  -interrumpió Crowley con desdén-. Ese panfleto alemán era un montón de bulos paranoicos. Los reaprovecharon en "Mein Kampf".

    - Pero esa marca existe, aunque Muriel no puede hacerla -intervino Azirafel-. El perdón es la marca de los ángeles.

    Nina miró a los tres seres sobrenaturales y frunció el ceño, pensativa. Finalmente se volvió hacia Crowley:

    - Si me marcas, ¿a qué me comprometo a cambio?

    La luz de Azirafel aumentó cegadoramente y su voz retumbó como un trueno:

    - ¡BASTA!

    Cuando se apagó el resplandor, en el blanco vacío sólo quedaron dos figuras: Azirafel y Crowley. Este último agarró al ángel por las solapas del traje para empujarlo hacia la pared, sólo por costumbre. Finalmente recordó que no había pared, dudó y lo arrastró hacia arriba, aunque con un titubeo muy poco convincente.

    - ¡No puedes devolverlas al mismo momento y lugar! -protestó-. Es peligroso, ¡había un combate!

    Azirafel se señaló cortésmente la garganta y la boca, inmovilizadas por el agarre de Crowley. Éste tardó un poco en entender y dejarlo en el suelo, incómodo.

    - Han vuelto a un minuto más tarde -carraspeó el ángel, una vez libre-. Lo suficiente para que Miguel y Shax... bueno, ya no estén.

    - ¿Desde cuándo puedes interferir con mis burbujas de Hubble? En el anterior Armagedón...

    - No, hace cuatro años no podía -Azirafel se arregló el cuello de la camisa y el maltrecho orgullo, se frotó el labio y añadió-. Estoy notando cambios desde que soy el Arcángel Supremo. 

    - Y me impides hacer tratos. ¿Por qué? ¡Hace años que no soy un demonio! -Crowley paseaba como una pantera enjaulada, pero se detuvo de repente y miró al otro a los ojos. Se encogió por la sospecha y su voz bajó una octava entera-. Espera... ¿para ti lo sigo siendo? Y nunca aceptaste esa parte de mí, ¿verdad?

    Al fin. La pregunta que llevaba flotando en el aire desde que se separaron un mes antes, o una eternidad antes. Crowley se maldijo por no sonar furioso, sino dolido. Azirafel se acercó con cautela, como quien teme ahuyentar a un animal salvaje:

    - No es eso. Sólo es que... me marcaste -protestó el ángel, usando dos dedos para bajar su labio inferior y mostrarle el interior: allí había dos cicatrices. Parecían dos marcas de colmillos-. ¿Safes lo que fodría fasarme allí arrifa si lo descufren?

    - No mucho. No aceptaste mi marca, así que no funciona.

    Azirafel se soltó el labio y miró al otro con sorpresa:

    - ¿Debería funcionar?

    - Pues claro. ¿Qué crees que es? ¿Un sello de propiedad? ¡No! Sólo es... -Crowley apartó la vista, cohibido, y le dio la espalda antes de confesar-: entrelazamiento cuántico. Transmite información al instante, a nivel subatómico. A cualquier distancia.

    - ¿Un canal de comunicación? -Azirafel avanzó hacia él, le puso las manos en los hombros y lo obligó a mirarle-. Para eso ¿no era más sencillo venir conmigo?

    - ¿Para qué? -se le encaró el otro con altanería-: ¿Para ganarte enemigos arriba, por subir con un demonio? ¿Para que me volvieran a expulsar en cuanto abriera mi enorme bocaza? ¿Para que cayeras conmigo, ya de paso? ¿Imaginas lo bestia que es CAER, idiota?

    - Pero... -Azirafel negó, apretando aún más fuerte-... tendrían que aceptarte, porque soy...

    - ¿El puto Arcángel Supremo? ¡Pero si ni siquiera tú me aceptas! -estalló el exdemonio, liberándose del agarre del otro-. ¡Incluso tú querías cambiarme!

    - ¡No es eso! -protestó Azirafel, cada vez más nervioso-. Escucha, aquel día no podía hablar mucho, porque rondaban cerca el Metatrón y Muriel. Pero ahora estamos solos y puedo contártelo todo. Nunca quise cambiarte, sólo reparar el error del C...

    - ¡Déjate de excusas! -cortó el exdemonio. Al ver los frenéticos gestos de negación del otro, añadió en voz baja-: Y no digas cosas peligrosas.

    Alzó los brazos y la blancura se retiró como un velo. A su alrededor aparecieron formas familiares: edificios, semáforos, transeúntes... su compañero reconoció el Soho y contuvo un gemido de rabia al ver cómo la oportunidad de hablar con Crowley se le escapaba de las manos. Éste se alejó hábilmente, aprovechando el ajetreo que reinaba frente a la librería: Nina, Maggie y Muriel estaban rodeadas de agentes de Policía. No muy lejos, una científica forense analizaba los restos de un vehículo siniestrado.

    - ¡Dos sospechosos con espadas de fuego, Inspectora Jones! -insistía un agente, señalando algo en una tablet-. ¡Tenemos imágenes de las cámaras de Tráfico!

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    A los seres humanos les gusta investigar la Creación. Creen que un conocimiento infinito puede caber en una cabeza limitada. 

    Lo interesante es que a veces incluso lo consiguen: Copérnico y las órbitas de los planetas, Cecilia Payne y la composición de las estrellas... pero cuando eso sucede, a veces me divierto mostrándoles algo travieso. Algo que les haga explotar (metafóricamente) las cabezas. 


    Por ejemplo, el entrelazamiento cuántico. Partículas tan íntimamente entrelazadas que cada una afecta a la otra al instante, estén donde esténLos científicos humanos no le encuentran explicación; se preguntan en qué estaba pensando Yo aquel día.

    Lo confieso: estaba pensando en dos seres. Pero no humanos.

    (Notas de su Todopoderosidad: fragmento sobre el amor)


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Otros relatos inspirados en el universo de Good Omens:   

Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión


28 julio 2025

TERTIA PUGNA-9

 


 


 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez 


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En capítulos anteriores: Crowley intenta olvidar a Azirafel a base de alcohol y velocidad, hasta que Hastur y Shax le ofrecen una tentación mejor: atacar a criminales que abusan de niños. 
Pero el Metatrón detecta los ataques sobrenaturales y envía a Azirafel para castigar al culpable...


 9.- EL PRECIO DE LA NEUTRALIDAD 

 

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    El libre albedrío tiene un precio: la soledad.

    Aun así, es tentador. Te permite hacer o decir cosas diferentes a las que dicta el grupo, incluso mejores. Y se lo puedes enseñar a otros, ya sea en el Edén con manzanas o en casa de Job salvando niños. Pero si tus amigos aprenden a ser libres, algún día pueden decidir algo que no te convenga. Por ejemplo, dejarte solo. Y entonces no habrá grupo que te defienda a ti.

    (Notas de su Todopoderosidad: fragmento sobre el Edén)




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    Crowley humeaba de furia bajo la lluvia: no le gustaba tener que reunirse con Azirafel, y menos aún rodeado de público. ¿Por qué estaban acudiendo espectadores tan peligrosos como Miguel y Shax? ¿Y por qué éstos, a pesar de servir a bandos contrarios, lo miraban con idénticas sonrisas de depredador? 

    Bueno, de eso último sí sabía la respuesta, como cualquiera que haya estado en el Infierno (o en una auditoría, que viene a ser lo mismo): "Si hay problemas y alguien sonríe, es que va a repartir culpas".

    - ¿Eres tú el responsable de esta muerte, Crowley? -reclamó Shax con inquietante amabilidad. La lluvia se evaporaba al tocar su roja indumentaria; su mano enguantada señalaba los restos de un automóvil siniestrado.

    - ¿O de los veinte Lázaros que hemos detectado en esa librería? -agregó Miguel.

    "Ambos bandos en mi contra: ¡soy un puto genio!" se lamentó Crowley. Pero forzó una sonrisa burlona:

    - ¡Lázaros, Lázaros! ¿No sabes decir nada más? ¿Bodas cananeas, caminatas acuáticas, panes y...?

    Shax celebró la ocurrencia con una risa seca, pero Miguel bramó con furia:

    - ¡No te atrevas a frivolizar con esos temas, demonio!

    - Frivolizas tú, que has reducido a Lázaro a una unidad de medida -insistió Crowley, encantado de cambiar de tema-. ¡Lázaro era una PERSONA!

    Distraídos por la discusión, o tal vez por la lluvia y los relámpagos, no repararon en lo que estaba sucediendo al otro lado de la calle, entre los restos del destrozado automóvil. De su interior, goteando entre las grietas del metal, salió... algo. Desde lejos casi podría parecer un líquido, pero en realidad era un reguero granuloso de insectos. Miles de ellos. El diabólico enjambre se acumuló sobre el asfalto hasta elevarse en forma humanoide pero, antes de que pudiera huir hacia el callejón vecino, le salió al paso alguien mucho más eficiente que los demás:

    - ¡Vade retro, demonio! ¿Qué haces aquí? -Azirafel apartó al repugnante ser de un empellón, desenvainó su espada sin encenderla y forzó con ella la maltrecha portezuela del vehículo. El metal crujió y se abrió, revelando lo poco que quedaba del difunto piloto-. ¡Eres tú el causante de esas muertes!

    Hastur, pues no se trataba de otro, se encogió de hombros:

    - ¿Muertes? Sólo una, ¿no sabes contar? -contestó con desprecio-. Además, era un criminal.

    - ¡Sesenta y seis muertes como ésta en pocos días! ¡No te hagas el inocente!

    La expresión de Hastur pasó de la indiferencia al asombro, hasta estallar en asmáticas carcajadas:

    - ¿"Inocente"? ¡Nunca me habían llamado eso!

    Un súbito resplandor lo hizo retroceder: la espada del Arcángel Supremo se envolvió en fuego sagrado, siseando bajo la lluvia. Hastur se encogió, acobardado por los recuerdos de una Guerra más antigua que el planeta que pisaba, y tartamudeó:


    - ¡E-espera! L-La idea no fue mía... ¡sólo sigo órdenes!

    - ¿Órdenes de quién? -ladró Miguel al desenvainar su propia espada. En la azulada hoja, siete símbolos parpadearon como estrellas nocturnas.

    - Ésa es la pregunta correcta, queridos -Shax, manteniendo las distancias, miró a Crowley con teatral lentitud-. ¿Quién es más culpable: el arma, o la mano que la empuña?

    Crowley la miró con tanto odio como admiración profesional: "Por eso ella y Hastur mataron a los criminales que les indiqué. ¡Para implicarme! ¡Y prácticamente se lo he confesado al Arcángel Supremo!"

    Azirafel estaba llegando a una conclusión similar, pero bajó la espada y pensó con rapidez. Tenía delante su mayor miedo: verse obligado a elegir entre su deber y la vida del que una vez fue su mejor amigo. Todavía era el único ángel que conocía la relación de Crowley con aquellas muertes, pero cuando la oyeran los demás...

    - ¡Habla claro, demonio! -exigió Miguel, avanzando hacia la recién llegada con rápidas zancadas. Los símbolos de su espada palpitaron de nuevo.

    Shax calló, intimidada por la proximidad del arma, pero Hastur señaló a Crowley y tomó aire para hablar.

    Crowley se preparó para escapar de allí cagando melodías.

    Y el Arcángel Supremo tomó una decisión.

    - ¿Para qué? ¿Para oír mentiras? - Azirafel lanzó un mandoble justo a tiempo para silenciar a Hastur. Éste, sorprendido por la rapidez del ataque, sólo acertó a protegerse instintivamente alzando un brazo. Un trueno más fuerte que los demás ahogó sus gritos.

    - Cierto, ¡los demonios mienten! -recordó Miguel, girándose para contemplar el espectáculo; no todos los días hacia algo tan violento el blanducho de Azirafel. 

    El aire se llenó de humo y olor a azufre. Hastur aulló de dolor, mirando atónito el brazo en el que ya no tenía mano. Sus alaridos aumentaron cuando la herida ígnea se expandió centímetro a centímetro, derritiendo el resto del antebrazo como una versión a cámara lenta del agua bendita. La similitud con la muerte de Ligur lo paralizó de miedo; tardó interminables segundos en reaccionar lo bastante para desmaterializarse. La parte aún sana del enjambre abandonó los chamuscados restos y desapareció por el sumidero de una alcantarilla, siseando horribles amenazas.


    Crowley contempló la escena boquiabierto: "¿Ha usado a Hastur como chivo expiatorio? ¿Para encubrirme?"

    Azirafel se sintió sucio, a pesar del agua que le estaba cayendo encima. Chasqueó los dedos para detener la lluvia y se asentó un incómodo silencio, roto apenas por el crepitar de las últimas gotas, hasta que lo rompió una voz humana:

    - ¿Quién ha gritado? ¿Crowley? -Nina salió de la librería como un rayo, seguida por Maggie. Pero apenas pisó la calle, la barista se paralizó de horror al ver a Miguel junto a Shax. Maggie chocó contra ella y retrocedió hacia el interior, aturdida:

    - ¡No...! ¡¡Otra vez, no!!

    - ¿Por qué lo llamas, humana? -Miguel la miró con desprecio-. ¿Qué tratos tienes con ese demonio?

    Nina se echó a temblar, pero protegió con su cuerpo a su amiga y reunió valor suficiente para decir:

    - Crowley sólo estaba ayudando a una persona herida. ¡No ha hecho nada malo!

    - No te atrevas a darme lecciones sobre el Bien y el Mal. ¡Ha hecho lo que te conviene, sólo eso!

    Nina intentó retroceder, pero su cuerpo no le obedeció. Para su horror, avanzó un paso y habló con una voz que no era la suya:  

    - Ése es un debate filosófico muy antiguo, queridos -se burló la voz de Shax a través de Nina. La humana era terroríficamente consciente de todo, pero incapaz de evitarlo-: ¿Qué diferencia hay para los humanos entre el Bien y lo Conveniente?

    Maggie tiró de la ropa de Nina y la llamó, intentando inútilmente hacerla reaccionar. Miguel se tensó con indignación y miró a su espalda, al lugar que sólo un momento antes ocupaba Shax. ¡Estaba vacío! ¿Cómo había cometido un error tan torpe?

    - Me diste la espalda, ingenuo angelito -se burló la voz de Shax desde de su huésped humano-. Me gusta, es un gesto de confianza. Pero prefiero estar aquí, más lejos de tu pinchito de lucecitas.

    Miguel caminó hacia a la posesión diabólica con su arma en alto y el rostro contraído de furia: 

    - ¿¡Pinchito!? ¡Esta espada fue la que derrotó a Satán en la Gran...! 

    - ¡Así no, Miguel! ¡Matarías a la humana también! -intervino Azirafel. Su voz se endureció al ordenar a Shax-: ¡Abandona ese cuerpo, demonio!

    - ¿Qué importa? ¡El alma humana es inmortal! -Miguel describió con su espada un ágil arco hacia Nina/Shax-. ¡Sé mejor que tú cómo combatir contra demonios!

    Un relámpago y un estruendo metálico detuvieron el golpe: era el arma del Arcángel Supremo, desviando la hoja azul con un ímpetu que nadie esperaría de un exlibrero. La espada azul se apartó y atacó de nuevo, sólo para ser desviada por repetidos ataques de la espada flamígera. Miguel no tuvo más remedio que defenderse y retroceder, gritando con indignación:

    - ¡Traidor!

    - No, ¡sólo te salvo de matar a un ser humano inocente! -insistió Azirafel-. ¡Lo tenemos prohibido!

    - ¡Según para qué!

    - ¿Me invitas a entrar, querida? -se burló Shax, volviéndose hacia Maggie con un giro de cuello imposible- ¿Por los viejos tiempos?

    - ¡No! ¡Vete! -se estremeció la humana, preguntándose qué hacer. Ver aquella sonrisa diabólica en el rostro de Nina le daba náuseas-. ¡Déjala en paz! 

    A Crowley se le iluminó la mirada: ¡Ningún demonio podía entrar sin invitación! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Esperó a que Azirafel y Miguel se apartaran un poco más, bajó la cabeza, tomó impulso y...

    La embestida fue prosaicamente similar a un placaje de rugby: Nina perdió el equilibrio y su cuerpo cayó hacia el interior de la librería. Sus manos todavía se aferraron al quicio de la puerta, retorciéndose grotescamente durante unos segundos, hasta que Maggie y Muriel sumaron sus fuerzas a las de Crowley para arrastrarla al interior. El exdemonio cayó sobre el grupo, o debajo, o todo a la vez: era difícil distinguirlo en aquel embrollo de brazos y piernas.

    Shax se materializó fuera de la puerta, expulsada por la barrera invisible, con los ojos cómicamente desorbitados al comprender su error.

    - ¡Qué idiota has sido al quedarte justo ahí! -rió Crowley desde el suelo.

    - Brillante -sonrió Azirafel- ¡Ahora, Miguel!

    El arcángel guerrero se abalanzó sobre Shax al grito de "¡Muere, demonio!". Pero antes de que pudiera rematar el golpe, una voz infantil interrumpió la escena:

    - ¡Ángel Shax! ¡Ángel Crowley! -una niña de no más de catorce años, portando un aro en la nariz, se abrazó a la diablesa-. ¿Dónde está el ángel Hastur?

    - ¿Qué? -se escandalizó Miguel-. ¡No son ángeles!

    La niña se le encaró y replicó, tan pequeña como desafiante:

    - ¡Lo son! Me salvaron de un hombre malo. ¡No les hagas daño, demonio!

    El asombro de Miguel no tuvo límites: 

    - ¿¿QUÉ??

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