12 mayo 2026

TERTIA PUGNA-14

 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez



Capítulos:   1   2   3   4   5   6   7   8   9   10  11  12  13  14



" No one heard a single word you said
They should have seen it in your eyes
What was going around your head
Oh, she's a little runaway
Daddy's girl learned fast
All those things she couldn't say"
("Runaway", Bon Jovi). 



CAPÍTULO 14.- EL RECUERDO DE ASTORETH 


    Adam Young esperó a que sus amigos entraran en el despacho, pero él se quedó fuera, observando a Crowley con curiosidad. Le resultaba extraño ver a un demonio en tiempos de paz.

   - ¿No han venido los Cuatro Jinetes? -se interesó, dirigiendo miradas recelosas a ambos lados del pasillo del convento.

    Crowley negó con la cabeza, carraspeó por los nervios y se obligó a recuperar la voz:

    - No tengo prisa por volver a verlos. ¿Y tú?

   Adam negó también. Después señaló a Muriel: 

    -​ ¿Ángel nuevo? ¿Qué le pasó al otro?

    ​Crowley sintió un escalofrío. "Nunca le dijimos lo que éramos", recordó, "pero alguien así puede leer la realidad sin que se la deletreen". Se ajustó las gafas oscuras y forzó una sonrisa tensa:

​    - El otro ángel está... de baja por exceso de santidad -resumió evasivamente-. Así que me han asignado uno en prácticas.

    - Amo Crowley, entonces ¿el que vino con usted a reventar mi negocio de paintball no era un demonio albino? -preguntó Mary Hodgson, saliendo del pentáculo con pasos cautelosos-. ¿Es cierto que usted trata con ángeles? ¿Cambió de bando?

    Crowley se volvió hacia ella y asintió con una sonrisa amarga:

    - No tengo bando. Soy el libre albedrío, ¿recuerdas? Úsalo: es más valioso de lo que crees. Por ejemplo, ¡nunca llames a nadie "amo"!

    Muriel sintió que algo no encajaba. No sabía de qué se trataba exactamente, o por qué Adam tenía una mirada joven y antigua al mismo tiempo, pero se estremeció como si en su mente se hubiera dejado una ventana abierta y le estuviera entrando una brisa fría en el alma.

    - Ese joven... -el ángel sopesó las probabilidades-. ¿Puede ser...?

    - No lo digas -intervino Adam, señalando a Crowley-. Si es como la última vez que vi a éste, no quiero oírlo. 

    - ¿Debo asustarme, Anatema? -se inquietó Nina- ¿Quién es?

    - Es buen chico, de verdad -Anatema tomó a Nina por los hombros y la miró con urgencia-. Pero ni él ni nosotros queremos que lo encuentre... -señaló el despacho que el Adversario acababa de abandonar-... ya sabes quién. 

    Crowley comenzó a recordar su época como Nanny Astoreth: concretamente, la sensación de ser el principal adulto al cargo de todo. Se enderezó y alzó la voz con autoridad:

    - Sólo es un ecologista, ¿entendido? Y creo que me voy a apuntar a su club. Me gustan las plantas -se volvió hacia Lucy-. ¿Vienes? Te conviene estar con gente de tu edad.

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     En la trastienda de la librería, Azirafel extrajo un libro de un cajón y empezó a escribir con pulcra letra inglesa. Saraqael intentó esperar en paciente silencio, pero al cabo de unos minutos se interesó:

    - ¿Qué es eso?

    - Mi diario -respondió el nuevo Arcángel Supremo. Completó un párrafo y cerró el libro con satisfacción: ¡había conseguido que Crowley volviera a hablarle! Y no sólo de entrelazamiento cuántico, sino también de temas personales-. Hoy ha sucedido algo digno de ser recordado.

     - ¿Escribe en él todos los días? -se interesó Maggie.

    - Bueno, en realidad no. Sólo cuando sucede algo memorable -Azirafel limpió y guardó la pluma-. Supongo que sería más adecuado decir "mis memorias".

    - ¿Para qué sirve? -Saraqael se encogió de hombros-. ¿Eres olvidadizo?

    - No, pero seis mil años en la Tierra dan para muchos recuerdos. Cuando llegue el Juicio necesitaré un resumen, para abogar por la Humanidad -abrió un cajón de su escritorio y volvió a dejar el diario dentro-. Actos de caridad, de heroísmo, arte, inteligencia, incluso pequeños placeres que hacen que todo valga la pena... aunque no soy el único que escribe lo importante, claro -señaló a su alrededor-, por eso tengo esta librería.

    "Seis mil años", reflexionó Maggie con un escalofrío. "El Juicio". Aquellos conceptos le dieron un vértigo demasiado extraño para poder expresarlo con palabras. Sólo consiguió verbalizar:

    - P-parece un libro demasiado corto para contener un diario tan largo.

    - Es más grande por dentro -respondió el ángel, cerrando el cajón del escritorio. Parecía pequeño, pero cuando Azirafel lo empujó, el sonido que hizo al encajar reverberó con eco, como una gran cámara acorazada. 

    Después de una conversación tan extraña, el timbre del teléfono sonó paradójicamente mundano.

    - ¿Qué es ese ruido? -preguntó Saraqael.

    - Un dispositivo de comunicación humano. Debería llevarme uno arriba -Azirafel descolgó el auricular y saludó-: Librería A. Z Fell & Co. ¿Qué necesitas, Muriel?

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    Crowley miró a los chicos con astucia, posando su mirada sobre Caine "Culogordo" Johnson. En su mente, un sistema de engranajes se puso en marcha: Johnson era el Tercer Niño, el eslabón que Satán buscaba. Si lograba entregar al chico, Satán le dejaría en paz. Un sacrificio por la libertad eterna. Era tentador...

​    - Me gustaría saber más sobre este club ecologista -declaró con voz suave, buscando alguna excusa para llevarse a Caine a solas-. Adoro las plantas. Soy... estricto con ellas -lanzó una mirada fugaz a una cala que languidecía en una esquina, y la planta pareció enderezarse del susto.  

​    - Yo tuve una niñera que también era así -intervino la Lucy, con súbita solemnidad-. Cuando detectaba en un rosal alguna plaga de ácaros, los ejecutaba en la hoguera.

    - ¡Igual que mi madre! -se entusiasmó Caine Johnson-. ¿También fue a la escuela del Sabat? 

    "E igual que yo, cuando fui niñera" recordó Crowley, frunciendo el ceño. Pero no; debía ser casualidad...

    - ¿Tus padres son satánicos, Caine? ¿Y de Tadfield? 

​    - Sí, pero no muy devotos; se saltaban los aquelarres por su alergia al pelo de gato. Lo extraño es que yo no soy alérgico... a veces me pregunto si soy adoptado.

    - ¿Se sacrifican animales en esos aquelarres? -preguntó Pepper, estudiando las imágenes que tapizaban las paredes: en su mayor parte eran artículos de prensa sobre flora y fauna amenazada.

    - Espero que no, pero no pienso ir a verlo -Caine señaló un artículo sobre corales y peces tropicales peligro de extinción-. Me interesan otras cosas. 

    - ¿Aparte del rugby? -intervino Bryan, que todavía no creía que un chico tan bruto pudiera acercarse a una pecera sin romperla.

    Crowley sintió una punzada de algo que reprimió para no admitir qué era: culpabilidad. Dowling, el diplomático americano al que sirvió como niñera, también era fuerte y adoraba el rugby, o más bien el fútbol americano. A su mujer le gustaban los peces tropicales. Si el Infierno no hubiera intercambiado los bebés quince años antes, Caine habría crecido con sus padres biológicos, entre mansiones y guardaespaldas, con acuarios de lujo y una alfombra roja en las mejores universidades y empresas. No en un pueblo sin futuro con el apodo de "Culogordo". Y después de quitarle todo eso, ¿iba a entregarlo a Satán...?

    El demonio se topó con la mirada de Adam, que parecía decirle: "Sé lo que estás planeando, pero ¿serás capaz?". Crowley desvió la vista, con un incómodo pensamiento intrusivo: "Si Adam hubiera ido a parar a la familia Dowling, en vez de Warlock, no estaríamos así. A todo esto, ¿qué habrá sido de Warlock?" 

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    Mientras tanto, la mansión del delegado cultural americano tenía un aire de funeral. El señor Dowling cerró su maletín con un chasquido metálico que resonó en el gran vestíbulo de mármol. El coche oficial esperaba fuera, para llevarlo de vuelta a los Estados Unidos.

   - El Presidente me reclama. Es hora de irnos.

    - No puedo... -sollozó su esposa, sentándose en los peldaños inferiores de la escalinata-. ¡Mi hija lleva una semana desaparecida!

    - ¡Hija no! -rugió él-. Ese niño malcriado sólo ha decidido disfrazarse de mujer para humillarme. Mientras siga con esa farsa, Warlock está muerto para mí. 

    - ¡No quería ir a ese internado! -protestó ella-. En el instituto ya recibía burlas y abusos porque no le gustaban las chicas. Al menos aquí podía dormir sin que le acosaran. ¿Qué le harían allí, sin tener ni siquiera un dormitorio propio?

    - ¡Allí es donde estudian los hijos de la gente importante! ¡Los que controlarán el mundo!

    - Nunca te importó nada más, ¿verdad?- comprendió la mujer, con esa calma cansada que se adquiere a base de decepciones-. ¿Ni siquiera te importa qué le puede pasar ahí fuera?

    - Warlock es un malcriado. Huyó, pero volverá pronto. No sabe vivir solo -el hombre abrió la puerta, pero justo antes de marcharse, se ablandó un poco y añadió-: Dejaré fondos. Para una recompensa si lo traen, o un rescate, o un año sabático si quiere. Pero maneja el tema discretamente. En política, las apariencias... ya sabes.

​    "Las apariencias", recordó ella al cerrarse la pesada puerta de roble. Estaba sola. Había tenido años para ese teatro asfixiante, deberes sociales, reuniones, incluso lujos y comodidades. Pero ahora lo daría todo a cambio de que el dormitorio infantil, al que estaba subiendo con desánimo, no estuviera vacío. 

    Abrió la puerta del dormitorio y contempló lo último que usó su hijo, o hija, antes de marcharse: la caja (ahora vacía) de un aro nasal de plata, varillas de incienso cuyo olor aún no se había disipado del todo, un pentáculo dibujado en el suelo y un extraño libro, abierto por una página que mostraba un nombre familiar. El nombre de un demonio del Averno, pero también el de alguien a quien Warlock, en su infancia, consideraba su refugio. Su segunda madre. Su niñera. 

   Para Warlock, se llamaba Astoreth. No sabía que el verdadero nombre de su niñera era Crowley.

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    - Lucy, ¿por qué llevas un aro en la nariz? -inquirió Wensleydale con su habitual tono de auditor. Estaba encendiendo el modesto ordenador del club, con la esperanza de poder revisar la contabilidad.

    - Es una moda punk -replicó Pepper,  siempre presta a defender el derecho a la estética subversiva.

    - En realidad -Lucy tocó su aro de plata y miró a Crowley-, es una protección ritual. 

    - ¡Me suena! -recordó Caine-. En la escuela del Sabat decían que había que usarlo para protegerse al respirar el aura de algún demonio importante, como Astar... Astor... ¿quién era?

​    La mención del nombre hizo que Crowley se tensara como un gato al acecho. Demasiadas coincidencias.... estuvo a punto de hacerle a Adam una pregunta incómoda, pero Muriel abrió la puerta y entró en el despachito con una expresión de genuina preocupación:

​    - Señor Crowley... ¡Nina no quiere salir del pentáculo! -gimió el ángel-. Dice que después de ver al Señor Satán, ya no se fía de nadie. O de casi nadie. Quiere hablar con usted acerca de una decisión urgente.

    Crowley suspiró, echó una última mirada a Caine Johnson -que seguía intentando recordar la ortografía y la onomástica de los Señores del Caos- y salió al pasillo. Nina estaba allí, rígida en el centro del pentáculo de sal de Anatema. Lo que había en sus ojos no era solo miedo; era la mirada de alguien que ha visto el abismo y ha comprendido que las pesadillas son reales.

​    - Ya se ha ido, Nina -dijo Crowley, deteniéndose en el borde de la línea blanca. Señaló el despacho de la ONG ecologista-: Esos niños están haciendo niñerías sin problemas. 

​    - No me atrevo a salir -sentenció ella, con la voz rota- Llamé demasiado la atención de ese... sujeto. En este momento ¿hay algo que le impida detectarme si salgo?

    - Bueno, sí, pero... -Crowley ladeó la cabeza en un gesto que se parecía a asentir, sin serlo- en realidad, no. Lo siento.

    - La decisión de la que te hablé, Crowley... si hago un pacto contigo, ¿me protegería de él?

    - Ésa es la idea -asintió él-. Un demonio no puede reclamar a alguien que ya esté ligado a otro. Para evitar más peleas internas de las que ya hay. No es plan de exterminarnos entre nosotros.

    - Con una excepción, Nina -intervino Mary Locuaz. Había vuelto a su despacho, y estaba tomando un whisky en la misma copa que había usado el Maligno, con una emoción comparable a la de una fan que atesora una reliquia de su ídolo-. El Amo Crowley puede hacer pactos en nombre de Nuestro Señor Satán. 

    - ¡Arg, eso no! ¿Y tú, Muriel? -preguntó Nina con angustia-. ¿Puedes hacer tratos?

    El ángel abrió los ojos con pánico. Se volvió hacia Crowley con una mirada que era una petición de socorro:

    - ¿Hace falta una Marca en la piel para eso? ¿Tendré que morderle o algo así?

    Crowley no pudo evitar una carcajada:

    - ¡No hace falta que muerdas a nadie, Muriel! —la tranquilizó Crowley, doblándose sobre sí mismo para contener la risa-. ¡Lo de la Marca del Diablo es propaganda medieval! Yo aún la hago cuando tengo prisa, pero en realidad sirve cualquier contrato firmado y sellado. Apuesto a que la librería hay estanterías enteras de bibliografía legal. Incluso incunables medievales, si quieres algo de la época en la que esos contratos estaban de moda... ¡je, qué tiempos aquéllos...!

​    Anatema asomó desde su despacho, con un brillo de codicia académica en los ojos:

​    - Espera un segundo... -intervino la bruja, ajustándose las gafas como si eso le permitiera oír mejor-. ¿Has dicho una librería regentada por ángeles con incunables esotéricos? ¿Textos antiguos que explican cómo funciona realmente lo que está más allá de este mundo? ¿¡Puedo comprar o alquilar alguno de esos libros!?

    ​Crowley soltó un silbido, como si le hubieran propuesto una obra faraónica.

​    - ¿Vender eso? -negó con incredulidad-. Azirafel te haría firmar con sangre sólo para dejarte echar un vistazo. ¡Y se lo tendrías que devolver! 

​    Nina miró a Muriel y luego a Anatema. Una idea empezó a germinar bajo su aparente nerviosismo.

    - ¿Consultarlo y devolverlo? ¿Como un carnet de biblioteca?

    - ¡Podríamos compartir el conocimiento con todo el mundo! -celebró Muriel-. Y sin tener que vender nada. ¡Voy a llamar al señor Azirafel!

​    Crowley se quedó pensativo:

    - Es brillante. ¡Absolutamente brillante! Un carnet de biblioteca es un contrato tan válido como cualquier otro. Si lo redactas bien, protegería del Mal a todo aquel que lo firme. ¡Igual que mi Marca!

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​   - Así que una Biblioteca... -Azirafel contempló el auricular con nostalgia, sopesando la petición de Muriel-. ¡Es una idea generosa! Me trae recuerdos de Alejandría... con menos incendios, espero. Necesitaremos milagros de protección para los libros, pero puede hacerse. Es más, ¡tienes mi bendición!

    - Sólo una condición -apuntó Muriel-. Nina insiste en que sólo quiere tratos con usted, Crowley o yo. Ni el Cielo, ni el Infierno ni nadie más. 

    - No me extraña -gruñó Maggie, que por algún milagro podía oír la conversación-. Una vez Miguel nos quiso convertir en estatuas de sal.

    - Sólo a nombre de "A. Z. Fell & Co." entonces -asintió Azirafel. Extrajo un contrato de un archivador, lo modificó y se lo entregó a Maggie-. Querida, ¿puedes enviar una copia a Nina o Muriel? Saraqael y yo tenemos que ausentarnos. Tenemos una Segunda Venida pendiente, y vamos a tener bastante trabajo para intentar retrasarla. 

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​    Mientras Muriel seguía ultimando detalles por teléfono, Crowley desvió la vista hasta el despacho juvenil. No le sorprendió ver que Lucy le había seguido fuera del despacho y esperaba en el pasillo, apoyada en la puerta. 

​    - ¿Quién eres realmente? —preguntó el demonio, bajando la voz hasta convertirla en un siseo. En el fondo, presentía la respuesta.

​    - Este aro de plata funciona demasiado bien -respondió ella. Con un gesto lento, se retiró el pendiente de la nariz. 

    Al hacerlo, la realidad pareció parpadear. Sus rasgos no cambiaron de forma drástica, pero su mandíbula se afiló, la mirada perdió la inocencia rural y adquirió un brillo de arrogancia cosmopolita. Crowley asintió lentamente. Reconocería esa estructura ósea en cualquier lugar, incluso bajo el maquillaje y el peinado punk.

​    - ¿Warlock? -susurró Crowley-. ¿Por qué diablos has hecho un trato con el Archidemonio Astoreth?

​    - Ahora mi nombre es Lucy -le recordó ella-. Y cuando invoqué a Astoreth... yo no conocía tu verdadero nombre -su voz sonó profunda y herida-. En realidad te buscaba a ti, Nanny Astoreth.

​    - ¿Para qué? -Crowley sintió una punzada de algo parecido a la ternura que intentó sofocar de inmediato-. Podrías haber tenido una vida de lujos en Estados Unidos.

​    - A mis padres no les gustó... bueno, que ahora quiera ser Lucy. ¿Cómo iba yo a saber que en el mundo de la política les obsesiona tanto lo que alguien tenga entre las piernas? ¿Es que en esos despachos tan importantes no hay nada más que hacer? -volvió a ponerse el aro de plata y sus facciones se suavizaron-. Al menos, Astoreth me ayudó encantando esta joya. Y cuando huí de casa y me atacó un delincuente, te encontré de todos modos.

​    Adam y Caine salieron del despacho en ese momento, intrigados por la ausencia de Lucy. Crowley miró a los tres jóvenes: el Anticristo que no quiso serlo, el Tercer Niño que protegía a los peces, y el Niño Equivocado que ahora era una chica fugitiva.

​    - Juntos, precisamente hoy -observó Crowley-. ¿No es demasiada casualidad? 

    ​Adam se encogió de hombros con una calma sobrenatural.

    - Quizá he sido yo sin querer. Presentí un peligro, pero sin saber qué era exactamente. A veces las piezas se juntan solas, pero no siempre sé por qué.

​    Nina, que estaba estudiando el nuevo documento electrónico recién llegado de la librería, señaló su tablet a Crowley:

    - Ese peligro es que... Él los busca, ¿verdad? El mismo que te ha engañado hoy para hacer un trato... ¿podrías protegerte de ese trato si firmas aquí?

​    Crowley se rascó la nuca, pensativo:

    - No. Bebí de esa copa primero. No puedo firmar con Muriel si ya pertenezco a otro -dedicó a Nina una sonrisa triste-. Pero gracias.

​    - Al menos, todavía puedes poner tus condiciones, ¿verdad? - recordó Muriel, intentando ser útil.

    ​Crowley esbozó una sonrisa lobuna, recuperando un poco de su vieja chispa.

    - Exacto. Es un contrato temporal, por obra y servicio -recordó, paseando nerviosamente de un lado a otro-. Puedo exigir que se extinga en el momento en que cumpla el objetivo. ¡Después quedaré libre del Infierno! Y al ser temporal, no podré hacer tratos permanentes en nombre de nadie del Infierno, sólo en el mío...

​    Entonces, el suelo se estremeció bajo sus pies.

​    No fue un terremoto; fue un crujido, como si se estuviera resquebrajando el tejido de la realidad. El suelo fuera del pentáculo humeó con el hedor del azufre. Una voz de ultratumba, que sonaba como una lápida arrastrándose, retumbó en el mármol del pavimento:

​    - CONDICIONES ACEPTADAS.

    ​Crowley se tambaleó cuando el suelo bajo sus botas empezó a derretirse en un líquido oscuro. Mary Locuaz corrió hacia él, gritando:

    - ¡Amo Crowley! ¿¡Qué está pasando!?

​    - ¡Me llaman para formalizar el contrato! -comprendió Crowley mientras empezaba a hundirse. La miró a los ojos al añadir-: ¿Y qué te he enseñado? ¡No me llames Amo! ¡Sé tu propia Ama! 

​    Adam Young dio un paso adelante, extendiendo una mano. Sus ojos brillaron con una luz dorada y peligrosa, el último residuo de un poder que podría haber destruido galaxias. Intentó frenar el descenso de Crowley, pero éste no le dio la mano. "Sería tan sencillo", pensó el demonio, hundido hasta la cintura. "Podría entregar a este niño, o a los tres para estar más seguro, ¡y recuperar mi libertad ahora mismo!" 

    Miró a los tres niños, ¡sus niños! Lucy, a la que había criado como Warlock. Adam, a quien acompañó la primera vez que salvaron el mundo. Caine, a quien le quitó su infancia. Y tomó una decisión.

    - No hagas nada, Adam, ¡él te encontraría! -ordenó el demonio-: ¡Llévatelos lejos, y no me digas a dónde!

    - ¿¡Por qué!? - preguntó Adam.

​    - ¿Por qué va a ser? ¡Huid, insensatos! -rugió antes de desaparecer por completo en la grieta. Ésta se cerró con un chasquido seco, sin dejar en el pasillo ningún rastro, excepto un persistente olor a ozono y azufre.

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Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión






04 mayo 2026

TERTIA PUGNA - 13

 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez



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"In taberna quando sumus non curamus quit sit humus
sed ad ludum properamus cui semper insudamus
Quid agatur in taberna, ubi Nummus est pincerna? (...)
Ibi nullus timet mortem, sed pro Baccho mittunt sortem".

"Cuando estamos en la taberna, nos da igual acabar bajo tierra:
al juego nos acercamos y en eso nos esforzamos.
¿Qué sucede en el mesón, donde el Dinero es el escanciador? (...)
Aquí nadie teme a la muerte, ¡que Baco reparta suerte!"
Texto: siglo IX, anónimo. 
Música: siglo XX, Carl Orff.


CAPÍTULO 13.- El vecino de la Bestia.

    Muriel no daba crédito a sus ojos. En una sola mañana había visto más cosas que en toda su vida: un combate sobrenatural contra los demonios Hastur y Shax, un viaje entre los prados y árboles de esa Creación que siempre había estado fuera de su alcance, un convento satánico ¡y ahora tenía delante al mismísimo Adversario! Lo cual sería hasta interesante si el archidemonio se limitara a brindar con Crowley... pero aquella terrorífica mirada de fuego azul pronto se clavó en el ángel-contable

    - ¿Dónde están mis modales? Espero que un angelito como tú sepa perdonarme -Satán escanció una tercera bebida, mientras su voz pasaba de la burla a la seriedad-: Su Todopoderosidad nunca supo.

    Muriel olfateó el whisky temblando, sin saber qué hacer con aquel líquido de olor amargo, y miró alternativamente a su interlocutor y a Crowley:

    - Pero... esto es... un pecado, ¿no?

    - Sólo en exceso -Satán rió suavemente y apuró su bebida-. El alcohol llegó a protagonizar milagros. 

    - Y también fue el octavo pecado capital -puntualizó Crowley, alzando su copa para admirar con nostalgia la difracción de la luz en el dorado líquido-. Pero ya no, desde que soborné a una abadía entera, en Burana. ¡Fue un fiestón!

    - Tenías el mejor trabajo del Inframundo -reprochó Satán con ligereza. Dejó su copa sobre la mesa del despacho, se reclinó en el lujoso sillón de la gerente y cruzó una pierna con descuidada elegancia-. ¿No lo echas de menos, Crowley?

    - No todo era repartir vino y golosinas -fue la lúgubre respuesta.

    - Pues nunca serviste para otra cosa. El horror directo era más propio de Ligur y Hastur.

    - ¿Dónde está el Amo Hastur? -intervino Mary "Locuaz" Hodgson. Empezaba a cansarse de esperar en pie dentro del pentáculo que la protegía, pero no tenía alternativa.

    Crowley giró sólo el torso, como si fuera de goma, y la fulminó con la mirada. Pero su ex jefe se puso en pie, aplaudiendo lentamente: 

    - Ésa es la pregunta clave, querida sierva -su voz pasó de la fría burla a un rencor creciente-. ¿Quién fue el último que vio vivos y enteros a los duques menores Hastur y Ligur? ¿O al Gran Duque Belcebú y a su sustituta Shax? -el rugido de odio creció hasta hacer vibrar las paredes-. ¿Verdad, Crowley?

    Muriel contuvo un grito de horror, temblando tanto que rompió su copa sin querer. Crowley agradeció esa distracción, porque le ayudó a disimular que él también tenía miedo. Un pánico cerval. Él sí tomó un trago: necesitaba que el áspero licor le hiciera reaccionar la garganta lo suficiente para poder hablar.

    - Pagué por lo de Ligur -insistió roncamente.

    - ¡No le vi atacar a los demás! -intentó ayudar Muriel, aunque nadie le prestó atención. Su voz temblaba demasiado para sonar convincente.

    - Admito que Shax se lo buscó, por retar a dos arcángeles -Satán asintió con algo parecido a resignación-. Pero esa imbécil no ha vuelto con vida, Hastur está manco y Belcebú oficialmente ha muerto.

    - ¡Pero Belcebú está...!

    - MUERTO, ¿entiendes? -fue la tajante respuesta-. ¡No se permite decir NADA más! Ya destruiste la moral demasiado hace cuatro años, Crowley, cuando empezaste a jugar con ángeles y con agua bendita. 

    - ¡Empecé hace siglos! Un Acuerdo de paz que ni siquiera notaste, ¡porque da igual quién haga el trabajo! -Crowley escondió su miedo tras una carcajada-. Lo que cambió hace cuatro años no fue eso. ¡Fue que el Infierno se volvió contra mí!

    Por un instante, Satán casi pareció desorientado. No comprendía algunos de aquellos conceptos:

    - ¿Siglos de... paz? ¿Da igual...? -negó con un gesto y recuperó la entereza-. En fin: perdiste a mi Hijo. Pero si tú no aceptas tu responsabilidad para encontrarlo, tengo mis propios medios. Pesadillas, por ejemplo. ¿Crees que en el plano onírico sólo tengo íncubos y súcubos? Hay más demonios especializados en sueños, y son terroríficos.

    - ¡Eso rompería las normas de no intervenir directamente en la Tierra! -señaló Muriel, con el aplomo del contable que conoce las normas de su oficio.

    - No sería un daño físico real -puntualizó el Adversario fríamente-. Sólo visitaré a cada niño del mundo, noche tras noche, hasta dar con el que tenga el tipo de mente que busco. Costará más o menos tiempo, pero lo encontraremos.

    - ¡Podría causar daño real! -avisó Nina-. Trastornos mentales, estrés postraumático, demencia...

    - Ah, ¿existe una patología humana para camuflar esta operación? -se interesó Satán, para horror de su interlocutora-. Gracias, querida. Entonces, está decidido.

    - No me lo trago -Crowley se sentó sobre la mesa con su mejor cara de póker-. ¿Cómo sabrías qué mente es la correcta? 

    - Es fácil de adivinar -gruñó Satán-: probablemente es como la mía. Llena de ansias de poder y grandes planes. Quizá, aunque sea un joven becario, ya esté en los grandes despachos donde se decide el destino del mundo...

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    Mientras tanto, cuatro ciclistas y un perro cruzaban Tadfield como una exhalación. Habían pasado de ser niños a adolescentes de la misma manera que sus bicicletas infantiles se habían transformado milagrosamente en modelos de alta competición: gradualmente, unas micras cada día, sin que nadie notara grandes cambios, excepto algún comentario vecinal como: "Qué bien cuidan las bicis esos chicos. Seguro que les han comprado recambios especiales" o "¿La bici de esa Pepper no era antes rosa y de chica?". O incluso: "Ya tienen edad para discotecas y borracheras, ¿cuándo crecerán?"

    Ésa era la cuestión: que a Adam Young no le interesaba crecer. ¿Irse a estudiar a la ciudad? ¿Pisar a fondo por la autopista? Eso lo tenía todo el mundo, tarde o temprano. Pero ¿cuánto tiempo les quedaba de infancia a cuatro adolescentes de 15 años? ¿Cuántos veranos de poder hacer bicicross, parkour, skating acrobático, autoenseñarse a conducir a hurtadillas el coche de sus padres en caminos olvidados por las patrullas de tráfico, probar cerveza sin tener que ocultar la cara de asco, observar a nutrias y patos pelearse por el control del río sin tener que sintonizar National Geograhic...? 

    O para retrasar, sencillamente, la temida pregunta sobre qué tipo de "oficio de provecho" iba a estudiar. ¡Si ni siquiera quería hacer nada de provecho en todo el verano! ¿Para qué estaban las vacaciones de verano, si no eran para holgazanear?

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    - Mi Hijo fue un rebelde, sí. Recuerdo cómo se ocultó en el anterior Armagedón -meditó Satán, paseando alrededor de la imponente mesa del despacho como un simple y muy corrupto hombre de negocios-. Estoy seguro de que él también lo recuerda, y ha tenido tiempo de reconsiderar nuestra posición. Ahora sí será capaz de pensar más allá de sus tonterías de adolescente. 

    - Los niños hoy en día crecen más tarde -observó Anatema, que tenía amistad estrecha con unos cuantos críos raros de Tadfield.

    - Cierto. En el fondo, lo entiendo -el diabólico padre casi sonrió traviesamente-. Es tentador divertirse un poco primero: perseguir a jovencitas, competir por ellas contra machos beta, establecer su dominio... ya tiene edad de otras cosas más productivas, pero comprendo que son impulsos naturales.

    - ¡Pero señor! -protestó Muriel-. ¡Que hay una niña delante!   

    - A mí me está dando curiosidad -sonrió Lucy con malicia.

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     - ¿Qué tal un chapuzón en el río? -propuso Pepper, entusiasmada-. ¡Vamos a espantar a los patos!

    Brian y Wensleydale se miraron con incomodidad, pero mantuvieron la vista fija en el terreno y siguieron pedaleando en silencio. La belicosa muchacha que encabezaba la marcha había pegado un estirón que los dejaba pequeños a todos, y no había crecido sólo a lo alto, así que mirarla les provocaba reacciones muy poco infantiles en una zona incómodamente próxima al sillín. Una vez sugirieron que ella pedaleara la última "para no incomodarlos visualmente", pero fue un error (bueno, los puños de ella no erraron su objetivo). Con un ojo morado descubrieron una idea alternativa y revolucionaria: controlarse a sí mismos, en vez de a ella. Adam, el muy traidor, se limitó a encogerse de hombros y reír de buena gana.

    Pero al menos Adam se compadeció de los demás lo suficiente para que, cada vez que una curva femenina destacaba demasiado, un faldón de ropa o una hoja movida por el viento ocultase el problema. Eran hojas de parra o de higuera, claro; según las pinturas barrocas de sus libros de texto, esas plantas existían expresamente para eso.

    - Me encantaría -respondió Adam, meditando bien sus próximas palabras (ni siquiera él osaba contradecir a Pepper)-. Pero... me empiezan a dar pena esos animales. Después de lo de las ballenas, el Kraken y todo aquello...

    Se hizo un silencio incómodo, roto sólo por los zumbidos de las abejas entre las incontables flores. No solían recordar aquello. No por falta de memoria, sino porque evitaban activamente recordar aquello.

    - Han pasado cuatro años -señaló Pepper al fin.

    - El número cuatro trae mala suerte -apuntó Wensleydale-. Lo oí en un anime.

    - Mala suerte es lo mío -gruñó Brian: se le había caído encima media bebida nada más abrirla.

    - Pues cambiemos de tema. ¿No han inaugurado un velódromo en la pista de deportes? -volvió Adam a la carga- ¿Y si vamos hoy?

    - Imposible -contestó tristemente Brian-. Hay partido de rugby, y últimamente eso es sagrado. ¡Como ahora tienen a un superestrella...!

    - ¿Quién iba a decir que el matón Caine "Culogordo" Johnson acabaría sirviendo para algo de provecho? -observó Wensleydale-. Dicen que va para profesional. 

    - Mejor -sentenció Adam-. Ya estamos grandecitos para peleas de críos. Sólo sirven para molestar a los que intentan que el mundo funcione -no le gustó oírse hablar así, porque la idea le hacía sonar como un adulto, pero ya había visto la alternativa: el Armagedón, una infantil peleíta Cielo-Infierno, impidiendo que los humanos hicieran funcionar el mundo en paz...

    - ¡¡MALDICIÓN!! -exclamó Pepper al girar un recodo del camino. Frenó tan ferozmente como pudo, pero sólo consiguió caer de cabeza sobre alguien, con un estrépito de vidrios rotos (que a su vez desencadenó un ataque de ladridos de Perro).

    - ¿"Culogordo" Johnson? -se asombró Brian al reconocer al intruso-. ¿Te has saltado el partido?

    - ¡Para atacar a Pepper! -se indignó Wensleydale, aunque a su manera: aparcando pulcramente la bici a un lado del camino, activando el pedal de sujeción y dirigiéndose hacia el intruso con los puños en posición de púgil de peso pluma-. Estuvo a punto de venir sola hoy, lo sabe todo el mundo... ¡lo dijo en la cafetería!

    - No, ¡esta vez no! -gimió Caine Johnson, mientras Pepper se ponía en pie por sí sola y rechazaba su ayuda a patadas-. Esta vez tenía que salir bien. ¡Pero soy un torpe y siempre lo arruino todo!

    Adam y Pepper miraron con extrañeza los restos caídos: entre los fragmentos de vidrio había... ¿rosas?

    - ¿Es una burla? -se indignó ella, mostrando una cinta de tela con estampado infantil que aún unía los tallos de las flores-. ¿Un lazo de Buscando a Nemo?

    - ¿Qué tienen de malo los peces de colores? -estalló Johnson: la indignación le dio entereza suficiente para levantarse en toda su enorme envergadura (desde los once años vestía la misma talla que su padre adoptivo) y encarar la vergüenza de lo que iba a confesar-. ¡Me gustan mis peces de colores! ¡Son los únicos que no me llaman matón, torpe o bruto! ¿¡Vale!?

    Existe un tipo de silencio que sólo acompaña a las grandes revelaciones. Un silencio solemne, lleno de escalofríos y de ideas imposibles. Un silencio como el que guardaron los Cuatro en aquel momento (un poco deslucido por Perro, que siguió ladrando).

    - Lo que rompiste en mi onceavo cumpleaños -Wensleydale tenía excelente memoria para ciertas ofensas-, después de todo, ¿no fue a propósito?

    - Pero... -Adam no entendía nada- ¿Para qué nos hiciste creer durante años que eras el matón del cole?

    - ¡Porque es peor que me llamen bruto y torpe! -estalló Caine-. Como matón al menos tenía respeto. Y con el deporte fue aún mejor... ¡pero con esto se acabó! -lamentó, compungido-. ¡Ahora lo sabrá todo el mundo!

    Adam llamó a Perro y tiró un palo bien lejos. El animal dejó de ladrar y corrió a buscarlo, para alivio de todos. Necesitaban poder pensar sin que les taladraran el cerebro a base de ladridos.

    Pepper empuñó el ramo con su cinta colorida y se dirigió hacia Caine Johnson con el paso firme de quien va a romper con todo. Bryan y Wensleydale, acariciándose los respectivos ojos amoratados, se inquietaron. Pero Adam vio que no había cerrado el otro puño y sonrió.

    - A mí no me pareces torpe ni bruto, "Culogordo" -gruñó ella, devolviéndole las flores-. De hecho, no hemos visto nada -se volvió hacia sus amigos e insistió-: ¿VERDAD, CHICOS?

    - ¡Nada en absoluto! -obedecieron los tres al unísono-. ¡Es culpa nuestra, por ir distraídos!

    - ¿A nadie le ofende que yo haya intentado... bueno....? -Johnson señaló a Pepper y a los demás-. ¿No tienes novio? ¿Éstos no...?

    - No -dijo Pepper, volviéndose hacia Adam-. Aunque no creas que no he notado cómo me miras. 

    - Se me había ocurrido, la verdad -confesó éste, para ultraje de sus dos mejores amigos. El ultraje era que Adam no tuviera el ojo morado también, claro-. Me gustaría, algún día, pero...

    - ¡No quiero peleas posesivas como en las películas machistas! -escupió Pepper. Tenía un puño preparado en la dirección de cada pretendiente.

    - ¿Peleas? -se escandalizaron ambos a la vez. 

    - Pepper -dijo Johnson, preparándose para un placaje por si acaso-, me encantaría que me eligieras...

    - Lo mismo digo -afirmó Adam-. Pensándolo bien, en esas películas los guionistas deben ser guionistos, y no muy originales, porque ni siquiera se les ocurre preguntar la opinión de quien más importa.

    - ¡Eso! -asintió Caine Johnson-. Somos rivales, pero tiene razón. ¡Sólo conocemos dos opiniones, pero somos tres!

    - Él y yo queremos lo mismo: salvar peces, nutrias y el mundo, en plan ecologista -empezó Adam. Carraspeó y titubeó antes de reunir el valor para añadir-: y te queremos a ti, Pepper. Pero... ¿qué quieres tú?

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    - En resumen -el Adversario volvió a apoltronarse en la lujosa silla de cuero, unió las puntas de los dedos como un jefe mafioso y sonrió de manera perversa-: mi Hijo, además de conquistar corazones por la fuerza, ya estará aplastando a sus rivales bajo sus botas y usando el mundo como lo que es: algo que destruir y pisotear a su antojo y capricho.

    - Yo se lo inculcaba a base de cuentos, cada noche -asintió Crowley.

    - ¿A qué niño? -rezongó Satán, dedicándole una mirada asesina.

    - ¡BASTA! -intervino una voz de mujer. 

    Los dos demonios se volvieron, atónitos, para identificar a quien había tenido la osadía de interrumpirlos: nada menos que Nina, la menos esotérica del grupo humano que temblaba dentro del enorme pentáculo. Los demás se habían sentado en el suelo como una secta hippy cansada (pero cuidadosamente, para no pisar las líneas del símbolo protector). Pero Nina estaba en pie, con los puños apretados hasta clavarse las uñas. Aterrada, pero firme.

    - ¿Cómo osas desafiar al Señor de las Tinieblas? -bramó Satán, en un tono que reverberó en todo el edificio. Anatema vio cómo el aura infernal se extendía y se retorcía en torno al pentáculo pero, para su alivio, la Sombra sólo consiguió chocar inútilmente contra el área protegida.

    - Escucha, Nina... déjamelo a mí -rogó Crowley-. No me gusta hacer tratos con Él, pero si es necesario... te ofrecí mi protección y lo mantengo. Sólo... no lo provoques, ¿vale? -avanzó hacia ella con cautela-. Si le molestas, nunca podrás atreverte a salir de ese pentáculo.

    - Que así sea -decidió Nina, armándose de valor-. Si me quedo aquí dentro, no tendrás que hacer tratos con él.

    - Ya que lo dices... si no hay trato, no hay Niño -replicó Anatema, sentada en posición de meditación. Parecía haber decidido algo que la inundaba de paz-. Ni Apocalipsis, ¿verdad?

    - ¡Salvaríamos el mundo! -entendió Newton, poniéndose en pie de un salto. Se estremeció al deducir las consecuencias, pero se obligó a sí mismo a decir-: Yo también me quedo.

    - ¿Prisioneros para siempre? -tartamudeó Mary Hodgson, pero meditó sobre ello y frunció el ceño-: Tengo familia... si así se salvan... 

    Crowley y Muriel sonrieron entre lágrimas.

    - ¡Tanto heroísmo! Cuando crees que los humanos son capaces de más maldad que un demonio, de pronto hacen esto y...

    Una voz infantil rompió la solemnidad de la escena: 

    - ¡Necesito ir al baño!

    El silencio fue absoluto. Incluso Satán se quedó boquiabierto, mirando a la niña con una mezcla de desprecio y confusión. Intentó recobrar la compostura, pero no consiguió mantenerse serio y acabó estallando en carcajadas (demoníacas, pero carcajadas).

    - ¡Y en eso se resume la tenacidad humana! -señaló, luchando por serenarse-. Tengo un plan B de pesadilla, pero esto es aún mejor. ¡Derrotados por algo tan simple!

    Anatema se encogió de hombros:

    - Mi taller informático tiene zona de aseo, literas y otro pentáculo enorme en el suelo. 

    - Gracias, Agnes -rezó en voz baja Newton.

    - No importa. En ese pasillo veo más despachos con cartelitos, así que tarde o temprano vendrán más humanos -observó Satán-. Uno es de... ¿una asociación sin ánimo de lucro de jóvenes ecologistas? Sor Locuaz, ¿cobras alquiler a unos niños sin dinero? -la interpelada asintió, provocando en su jefe una sonrisa casi de ternura- ¡Eres exquisita! Pero como iba diciendo, no importa: Crowley ya ha aceptado mi trato.

    - ¡No! -protestó éste-. ¡Yo no he aceptado nada de ti! Nad...

    Crowley se miró la mano. Aún sostenía en ella una copa vacía. ¡La copa que le había servido Satán! Empezó a temblar al recordar que la había bebido para darse valor. ¡Había aceptado una copa de ÉL!

    - ¡Mierda! Joder, ¡por las bragas de Pazuzu!

    Se giró hacia su antiguo jefe, pero el Maligno ya no estaba. Le había burlado, esfumándose sin explosión ni espectáculo alguno, como si no hubiera sido más que una alucinación. El único rastro de su presencia era la otra copa, cierto olor a azufre y un eco similar a una carcajada burlona, que reverberó un instante más en las paredes.

    - No puede ser -rugió la Serpiente-. ¡Luché tanto por mi libertad...! -el temblor se le extendió hasta que le cedieron las piernas y se derrumbó en el suelo, con los iris amarillos, enormes, desorbitados por el shock. El aire se atropelló en su garganta hasta estallar en un gemido desgarrador-. ¡¡NO ES JUSTO!!

    - Al menos no has cerrado tus condiciones, ¿verdad? -preguntó Muriel, con interés profesional.

    - Todavía no he puesto ninguna -se consoló Crowley-, así que aún tengo derecho a poner las que yo quiera. Si las pienso bien, quizá... -calma, se dijo, necesitaba calma. Tenía que averiguar si existían tratos temporales. Y, sobre todo, no vocalizar ninguna condición antes de estar completamente seguro, porque una vez lo hiciera... 

   El eco de unos pasos interrumpió el hilo de sus pensamientos. Anatema escudriñó el extremo del pasillo, se puso en pie y saludó a alguien con la mano.

    - ¡Los conozco! -señaló la bruja de la informática, cuando un grupo de adolescentes dobló el recodo desde el recibidor y avanzó hacia ellos. Eran cinco, y se detuvieron a la altura del despacho de la ONG ecologista.

    --Yo también. ¡Qué pequeño es Tadfield! -sonrió Mary "Locuaz"-. El que me alquiló el local es Caine Johnson, el más alto: dice que nació en este convento. ¡Hola, Caine! ¿Son tus nuevos socios?

    - ¡Sí, directora Hodgson! -Caine "Culogordo" Johnson la saludó con la mano y señaló uno por uno a los jóvenes que le acompañaban-: Éstos son Adam, Pepper, Wensleydale y Bryan. ¿Sabía usted que Adam también nació en este edificio? ¡El mismo día que yo!

    Crowley se quedó tan estupefacto que olvidó su propia desgracia por un instante. ¿Caine era el Tercer Niño? ¡Y venía con Adam, el que según él "nunca había sido el Anticristo"! Rezó silenciosamente al Arcángel Supremo, y no sólo por la inefable casualidad que le había evitado al chico un encuentro con su terrible Padre. Sino también porque Adam le estaba mirando, y no sólo a la cara: Adam era capaz de mirarle hasta el fondo del alma, ver su pasado, su futuro, sus pensamientos, destruirlo, reconstruirlo y hacer que nunca llegara a haber existido. En aquel momento estaba haciendo todo, excepto las tres últimas cosas.

    - ¿Vuelves a ser ecologista, Adam? -sonrió Anatema.

    - Sí, pero no voy a hacerle el trabajo sucio a la gente -insistió Adam, retomando la conversación justo donde la dejaron, cuatro años atrás-. Se aprovecharían de mí y esperarían que yo lo hiciera todo. Quiero que lo solucionen las personas por sí mismas. Pero deseo investigar cómo lo hacen, por si un día me apetece darles un empujoncito sin que ellos lo sepan. ¡Así que por fin sé lo que quiero estudiar en la Universidad!

    - ¿Ciencias políticas? -se interesó la exmonja satánica-. ¿Economía? ¿Armamento? ¿Religión? ¿Filosofía?

    Adam sonrió y puso los brazos en jarras, con ese orgullo que se lee en la cara de quien va a anunciar "algo aún mejor":

    - ¡Técnico de gestión ambiental!

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Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión






23 abril 2026

TERTIA PUGNA-12


 

 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez



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"Sería bonito pensar que las Monjas Satánicas adoptaron disimuladamente al tercer bebé, el bebé sobrante. Que creció y se convirtió en un niño normal, feliz y risueño... que sus peces tropicales ganan concursos.
No quieres saber lo que podría haberle ocurrido al bebé sobrante".
("Buenos Presagios", capítulo "hace once años).



CAPÍTULO 12.- EL TERCER NIÑO

    Si a Crowley le molestaba una Virtud, ésa era la Paciencia. No sólo porque las Virtudes son ángeles, sino también porque en el Infierno suele ser más útil lo contrario: correr como alma que lleva el diablo, no sólo para huir de los problemas, sino también para causarlos. 

    - Voy ahora mismo a matar a esa satánica de pacotilla -rugió, encendiendo el motor del Bentley-. ¿Una demanda de paternidad? ¡La mato!

    - ¡No, te precipites, querido! -Azirafel abrió la puerta del copiloto por pura costumbre-. Piénsalo: matar nunca fue lo tuyo...

    - Pues quizá debería serlo. ¡Y aléjate de mi coche! -replicó el aludido con una mirada asesina-. ¡Cuando te detectan cerca de mí, todo son problemas!

    - Pero... ¡antes nunca nos detectaban cuando íbamos juntos!

    A Saraqael se le atragantó la idea de un ángel viajando en un vehículo infernal, pero se limitó a teorizar: 

    - Si un ángel y un demonio fueran igual de poderosos, ¿sus auras se ocultarían mutuamente?

    - Quizá, pero ya no: ¡ahora es el puto Arcángel Supremo! Sería como esconder un elefante tras un pato -la mirada de Crowley se llenó de reproche al añadir-: O como si yo no estuviera.

    Azirafel enmudeció, intuyendo al fin cómo lo encontró Shax en cierto viaje a Escocia: ¡porque iba solo! ¿Por eso se resistió su amigo a prestarle el Bentley? ¿Para protegerlo?

    - Ejem... ¿puedo ir yo? -intervino la voz tímida de Muriel. Al ver las caras de horror de los demás, insistió-: No me detectarían. No molestaré. Por favor... -su expresión se iluminó por la emoción al añadir-: He leído muchas cosas sobre el mundo, pero nunca las he visto de cerca. ¡Sería una aventura!

    Así fue como Crowley le aceptó a bordo, aunque gruñendo "estúpido camuflaje con patas" para disimular que era por lástima. Un viaje tan corto no tenía nada de extraordinario (excepto cuando el Bentley convirtió un CD de Paganini en "I'm in love with my car" de Queen), pero Muriel se maravillaba de todo: del denso tráfico de la M25, del automóvil abriéndose paso a base de intimidación y acrobacias ilegales, de las carreteras rurales flanqueadas por cultivos, del olor del heno recién segado... aquella alegría infantil le recordó a Crowley viejos tiempos. Ecos de cuando él también miraba con asombro un Universo nuevo. O de la primera vez que habló con... No. Era mejor no pensar en él. 

    - Al menos tú no me das la tabarra con las normas de Tráfico -gruñó para consolarse.

    - ¿Normas de qué? -rió Muriel.

    El exdemonio cayó en la cuenta de que no todos los ángeles van a la autoescuela y señaló el velocímetro con una sonrisa maliciosa:

    - Esto. ¡La aguja nunca debe bajar de noventa millas por hora!

    Muriel gritó de entusiasmo cuando el Bentley rugió y dejó a ambos pegados al asiento, con un acelerón supersónico que pulverizó varios radares policiales.

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    Un estruendo similar a un trueno sacudió un taller de informática, en cuya puerta un rótulo rezaba: Pulsifer-Device, Computer Wizards. Un jirón de papel con los bordes carbonizados entró revoloteando por la ventana entreabierta y se posó sobre el manual técnico que Newton Pulsifer intentaba consultar.

​    - "E quando fuora mirades, el negro carro alado... " -leyó, incrédulo- ¿Otra vez? ¡Pero si te vi destruir el libro!

    ​Anatema Device levantó la vista del circuito que intentaba soldar. Estaba aprendiendo a encargarse del trabajo práctico del taller y dejarle la parte teórica a Newt, porque él no podía ni tocar un microondas sin que hiciera cosas raras (desde estallar en llamas hasta retransmitir Radio Moscú). Pero era difícil dejar de ser "descendiente profesional" con el destino llevándole la contraria... por ejemplo, con mensajitos voladores como el que su esposo le estaba mostrando.

​    - El viento se llevó los restos, y las probabilidades de que reaparezcan volando no son... -la bruja miró por la ventana, desconectó el soldador y tomó el fragmento de papel-. En fin, supongo que Agnes sí lo había previsto. Y en el fondo, la echaba de menos.  

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     El Bentley se detuvo con un brusco chirriar de neumáticos al llegar a su destino: los jardines de un antiguo convento, reconvertido en centro de negocios. El frenazo dejó sin aire a Muriel y catapultó desde el asiento trasero varias plantas, que se lanzaron sobre el conductor y su copiloto con sonidos muy poco vegetales. 

    - ¡Pero si las sujeté bien! -protestó Crowley, insultando a una enredadera hasta que lo soltó, acobardada. Blasfemó aún más al ver dos caras semiocultas tras el follaje-. ¿Nina? ¿Quién te ha dado vela en este entierro? ¿¡Y encima te traes a la mocosa!?

     - Lo de venir fue idea mía -replicó Lucy-. Me protegiste, pero después ibas a irte sin mí, ¡igual que Shax!

    - Y yo no podía dejarla venir sola -sentenció Nina, con toda la dignidad que se podía tener enderezando tiestos-. Parecías demasiado furioso.

    - ¡Fuera de mi coche! -se ofendió Crowley- ¿Qué insinúas?

    - No lo sé: todavía no he visto tu lado malo -Nina salió por la puerta más prudentemente alejada, indicó a la niña que hiciera lo mismo y añadió-: Necesito verlo antes de decidir.

    - ¿Decidir qué?

    - ¿No lo recuerdas? -Nina cerró la portezuela y la señaló-: Por cierto, entramos porque alguien nos abrió esta puerta. ¿O me vas a decir que el coche la abrió por sí solo?

    Crowley miró al Bentley con reproche y abrió la boca para llamar al vehículo "traidor", pero le interrumpió una exclamación de Muriel:

    - ¡Oh! Noto... -avanzó unos pasos entre los parterres de flores y se puso la mano en el pecho- ¡es  maravilloso!

    - ¿Amor? -recordó Crowley-. ¿Alguien ama mucho este lugar y blablablá?

    - ¿Tu también lo notas? -se asombró Muriel, inclinándose para oler una rosa sin dañarla-. Creí que los demonios no podían sentir amor.

    Crowley acarició discretamente el logotipo alado del Bentley y emprendió la marcha, susurrando para sí mismo:

    - Ojalá no pudiera.




    Ajustó sus gafas de sol y entró en el edificio. Según los pomposos carteles de la entrada, se trataba de un centro de coworking o "vivero de empresas", pero Crowley explicó al grupo que antiguamente fue un convento satánico "donde se me respetaba, no como ahora". Nina señaló con extrañeza la estatua del recibidor:

    - ¿La Serpiente matando a Laocoonte? ¿Eso no es de otra religión?

    - Muchas religiones derivan de otras -informó Muriel.

    - Yo sólo lo dejé inconsciente, ¡el resto fue cosa de Agamenón! -comentó Crowley sin darle demasiada importancia. 

    Al entrar por un pasillo lateral, su andar sinuoso se tensó, como el gesto de una cobra a punto de atacar. Allí estaba su objetivo, Mary "Locuaz" Hodgson saliendo del despacho principal. Crowley se bajó las gafas de sol y clavó en ella sus ojos amarillos, que brillaron con una intensidad hipnótica.


    - Essscúchame bien, Mary -siseó, intentando doblegar la voluntad de su víctima-. Me vas a contar qué sssignifica esa demanda y la vasss a retirar. Sin hacer preguntas. ¡Ahora!

​    Mary palideció al reconocerlo, pero no le obedeció. Se enderezó e intentó que no le temblara la voz:

    - Hoy no me hipnotizará, amo Crowley. Ya nos perjudicó usted bastante en su última visita. Esta vez le estábamos esperando.

    El aludido, desconcertado por su resistencia, bajó la vista y dio un respingo. Hodgson se encontraba dentro (y él fuera) de un enorme pentáculo pintado en el suelo, que ocupaba todo el espacio entre las puertas de dos despachos enfrentados, uno a cada lado del pasillo: el de Hodgson y de Pulsifer-Device. 

    - ¡Crowley! -se escandalizó Nina-, ¿qué dijimos de hipnotizar y mangonear a la gente?

    - Irónico, porque es quien nos dio el libre albedrío -asintió Mary Hodgson-: la Serpiente del Edén.

    Nina se quedó sin aliento: intuía más o menos qué era aquel ser, pero no sabía que era tan... antiguo.

​    - ¡Por mil legiones de mil millones de mil demonios! -bramó la Serpiente, haciendo vibrar el resonante pasillo-. ¿Un pentáculo para bloquear mi poder? ¿En mi propio templo? ¡Después de reconvertirlo en un antro de explotación capitalista! -casi echó humo de la emoción al añadir-: ¡Tendría que estar orgulloso! Pero dime, ¿cómo supiste que vendría?

    - Nos avisó Agnes- intervino la voz de Anatema desde el otro despacho. La bruja titubeó en el umbral, intimidada por el aura de Crowley: en vez de emitir energía como las auras humanas, la absorbía como un agujero negro y antinatural (la de Muriel no era mucho mejor, aunque el agujero era blanco). La joven respiró hondo para superar su aversión, avanzó hasta el centro del pentáculo y leyó: 

«E quando fuora mirades, el negro carro alado de la Syerpe veredes, e Quatro descavalgarán: ninha, mulher, ángel e Syerpe. E vos, Anatema e Fabladora, xuntas un pentáculo dibuixaredes, ça lo Fin cerca será».

    - Fabladora... ¡claro, Locuaz! -palmoteó Muriel, feliz por poder descifrar un misterio-. Los Cuatro somos Nina, Lucy, él y yo... pero ¿el carro alado?

    - El logotipo del Bentley -supuso Crowley-. Por cierto, Agnes Junior, ¿no te conozco del anterior Armagedón?

    - Me llamo Anatema -corrigió ella, señalando el fragmento de profecía-. Y lo extraño es...

    - Ya no aprendo nombres de humanos. Lo hice durante las primeras cien generaciones y es un lío. En cuanto te acostumbras a uno, se hace viejo y te deja más solo que...

    - Centrémonos -atajó la bruja-: ¿Sólo quieres que Hodgson retire la denuncia? ¿No quieres matarla?

    - ¡Anatema! -protesto la aludida desde su rincón del pentáculo-. ¡Si me vas a ayudar así...!

    - ¿Matar? ¡No! -se ofendió Crowley-. ¿Es porque soy un demonio? ¡Qué prejuicios y estereotipos tan discriminatorios! 

    - Entonces, ¿qué peligro es el que "çerca será"? - preguntaron Lucy y Anatema al mismo tiempo.

    La bruja electricista se fijó por primera vez en el aura de la niña: por un instante le pareció que se ondulaba como... Lucy tocó el anillo de su nariz y la energía que la rodeaba se estabilizó, violeta y sana, súbitamente normal. Anatema frunció el ceño, pero no llegó a decir nada. Porque entonces sucedió algo que interrumpió el hilo de sus pensamientos. 

    Las sombras del pasillo comenzaron a vibrar, oscureciéndose hasta trascender el negro y convertirse, no ya en una ausencia de color, sino en... luz negativa. Se alargaron en una frecuencia que las demás humanas no podían percibir, pero que para la bruja era un vacío imposible de energía infrarroja; una amalgama de negrura y fuego. El aire se cargó con el olor acre del humo mientras la oscuridad reptaba por las paredes, el suelo y el techo, proyectada por algo que aún estaba oculto tras el recodo de la entrada. Algo que se aproximaba con una lentitud implacable.

    - ¡E-el aura de amor... d-desaparece!- tartamudeó Muriel. Era un ángel: sólo podía entender eso. No era capaz de identificar, además, una oleada de odio como la que alcanzó a Crowley, inundándole de furia y horror hasta la médula.

    - ​¡Todos los humanos, dentro del pentáculo! -exclamó; el miedo le erizó todas las escamas, haciendo que sus bordes resaltaran como un entramado de finas líneas ígneas. Se le escapó un grito primordial-: ¡AHORA!

​    Nina y Newt saltaron al centro del pentáculo. Muriel intentó seguirlos, pero rebotó contra la barrera invisible: el símbolo era una protección exclusiva para humanos. Lucy dudó un instante, aferrada a Crowley, hasta que los demás le gritaron que entrara en el símbolo protector.

    - ¿Y yo? -gimió Muriel con angustia- ¡Por favor!

    - ¡No! -se adelantó Mary, justo a tiempo para silenciar a los demás-. Si un solo ser sobrenatural atraviesa el pentáculo, ¿se desactivará?

    - ¡¡DIOS!! -se desesperó Crowley, lamentando no haber prestado nunca atención a los libros correspondientes-. ¡No lo sé!

​    Anatema, incluso en una situación así, no pudo evitar cierta curiosidad profesional:

​    - ¿Los demonios... rezan a Dios?

​    - No exactamente -respondió una voz de seda que pareció vibrar en los huesos de todos los presentes.

    Un caballero elegante, de traje impecable y presencia extrañamente afable, dobló el último recodo y se aproximó sin prisa. No era un monstruo con cuernos; era alguien tan atractivo y lleno de aplomo que resultaba imposible apartar la mirada. Se detuvo ante la barrera y sonrió a los dos seres sobrenaturales que aguardaban desprotegidos.

    - Más bien se trata de que, cuando aprieta el miedo -continuó el caballero, fijando una mirada fría en el grupo- los cobardes suelen caer en la tentación de llamar a su madre. Y ya estamos un poco mayorcitos para eso, ¿no crees, Crowley?



​    - ¿Qué haces aquí? —espetó la Serpiente, tratando de que el temblor de sus rodillas no se reflejara en su voz. En el Infierno no era sano mostrar miedo: se tomaba como un signo de debilidad. Y en caso de duda, al más débil es al que siempre atacan primero.

    ​El recién llegado se paseó frente al pentáculo, observando las paredes del convento con la nostalgia de un terrateniente que regresa a sus tierras.

​    - Es mi templo, Crowley. Y también fue tuyo, hasta que desertaste. Es paradójico que precisamente aquí no me hables con el debido respeto. 

​    - Tus subordinados te deben respeto. Yo ya no lo soy -masculló Crowley, usando su agresividad como escudo-. La decisión no fue mía.

    El visitante  dejó escapar una risita suave, un sonido que hizo que a Anatema se le erizara el vello de los brazos.

​    - Te expulsaron hasta del Infierno, y eso que allí admitimos a cualquiera. Pero no seamos descorteses; sólo vengo a responder a tu pregunta.

​   - ¿En persona? -Crowley se encogió inconscientemente-. ¿Qué pregunta?

​    - La demanda de paternidad -fue la respuesta, en un tono súbitamente duro y grave-. Hipnoticé a Locuaz, así que no creo que recuerde haberla hecho, pero existe. No reclamamos que seas el padre, claro. Sino que fuiste tú quien perdió a mi Hijo.

​     Crowley sintió un vacío en el estómago. El recuerdo de aquella noche confusa en el hospital de las Hermanas Parlanchinas volvió a él como un mazazo.

    - Pagué por ello. Agua bendita. ¿Recuerdas?

    - No seas tan simple, querido; no busco venganza. Ni siquiera me involucré en tu ejecución. Pero confieso que no puedo apagar mi curiosidad -Satán le miró a los ojos con una complicidad casi atractiva; a Crowley le hizo recordar por qué tantos ángeles llegaron a Caer por él-. La curiosidad es un concepto que comprendes, ¿verdad?

    - Ejem... sí, pero... Hastur vio a uno de los niños en el Monte Carmelo, y tú al otro en la base aérea -replicó el exdemonio  rápidamente, tratando de blindar el tema-. No era ninguno de los dos. Lo cual es imposible, a no ser que... Él... haya hecho un milagro para desaparecer. Y en tal caso, casi nadie tendría suficiente poder para encontrarlo. 

    ​Satán ladeó la cabeza, mostrando una sonrisa gélida.

​    - O tal vez, sólo tal vez -sugirió el Adversario- podría existir una explicación más sencilla. Por ejemplo, un tercer niño. Uno que estas monjas inútiles no recuerdan, porque les quemó los archivos el incompetente de Hastur. Un tercer niño que pasaste por alto como un idiota, mientras jugabas a las casitas con ese ángel inepto en Londres.

​    Crowley palideció. La mención de Azirafel en boca de Satán fue como una puñalada.

​    - Vas a encontrar al Tercer Niño para mí -continuó Satán.

    - ¿Y si me niego?

    El Señor de los Infiernos sonrió con aquella maldita complicidad que desarmaba y seducía al mismo tiempo, le dio la espalda y con un delicado gesto desintegró parte de la pared, para entrar en el despacho de la directora Hodgson sin tocar el pentáculo. Escanció dos copas del mejor whisky del mueble bar y tomó asiento.

    - Tengo recursos que no conoces. Y sobre todo, tengo tiempo. Tus amiguitos humanos no podrán quedarse a vivir en ese pentáculo eternamente. Pero créeme, querido -ofreció una copa a Crowley y lo miró a los ojos, con una amenaza escalofriante que de pronto eclipsó todo su atractivo-: NO QUIERES que lleguemos a ese punto. 

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Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión



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04 marzo 2026

TERTIA PUGNA-11


 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez 


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CAPÍTULO 11.- UN MAR DE DUDAS


    Digan lo que digan los proverbios, después de la tormenta no siempre viene la calma; a veces lo que viene es la policía científica. Azirafel y Crowley encontraron una escena surrealista a las puertas de la librería: Nina, Maggie y Muriel estaban cercadas por agentes de Scotland Yard. Una inspectora trataba de dar sentido a la declaración de una niña que mezclaba conceptos tan dispares como secuestros, ángeles y demonios. Al otro lado de la calle, una científica forense analizaba los restos de un vehículo siniestrado.


    - ¡Le digo que eran espadas de fuego, inspectora Jones! -anunció un agente, señalando algo en una tablet-. ¡Tenemos imágenes de las cámaras de Tráfico!

    "Pero... ¿cómo?" se angustió Azirafel. "¡Si sólo nos hemos ausentado unos minutos!"

    - Seis mil años siendo discretos -Crowley movió la cabeza con fastidio-. Y en cuanto nos sustituyen Shax y Muriel, se monta un circo.

    - Aquí no podemos hablar -Azirafel apretó el paso para no quedarse atrás y le susurró con urgencia-: Pero si volvemos a aquel vacío blanco...

    - Todo está dicho -negó Crowley. Señaló al ángel, o más bien le clavó un dedo acusador en el pecho-: Tu dichoso halo empezó una guerra, y tienes que detenerla YA.

    - No se cómo -confesó el ángel, encogiéndose de hombros con impotencia-. ¡Por eso te necesito!.

    - ¿Y crees que yo sí lo sé? Sólo veo una salida -Crowley le tomó la mano. De pronto su voz perdió todo el filo y se volvió casi cálida-: Vámonos. Huyamos juntos.

    Azirafel miró a su alrededor: a su ciudad, a las personas que lo rodeaban, a toda la vida que llevaba milenios protegiendo... y negó con la cabeza, angustiado.

    - No pienso abandonarlos.

    - Y yo no pienso quedarme para acabar como Jim -Crowley le soltó la mano como si quemara, le dio la espalda y se alejó a grandes zancadas. Si el otro empezaba a soltar perdones, no quería oírlos-. Aunque sea solo.

    - ¡Perdona, pero tienes que...!

    Crowley lo ignoró y se perdió hábilmente entre la multitud, mascullando:

    - No "tengo" que complacerte, ángel. Ya no soy tu furcia.

    Azirafel se lanzó tras él, pero chocó con una figura uniformada que le cortó el paso:

    - Alto ahí. ¿No es usted uno de los espadachines? -la inspectora exhibió sus credenciales con una firmeza que no admitía excusas-. ¿Puede explicarnos lo de las armas o el accidente de tráfico?

    - Yo... -Azirafel tomó sus gafas de lectura para disimular el temblor de sus manos, se las puso y suspiró con resignación-: Soy... perdón, fui el dueño de esta librería. Hasta hace poco.

    - Ahora la gestiono yo -intervino Muriel, inoportunamente servicial-.  Las espadas de luz son...
   
    - ¡Atrezzo! -Nina se interpuso entre la detective y el ángel e improvisó-: Estamos preparando algo especial para el estreno del próximo libro de Star Wars. Con sables de luz y todo eso. ¿Verdad, Muriel?

   - Ejem... yo... -el ángel no sabía mentir, pero se enderezó para imitar la pose de los policías y forzó una sonrisa tensa-: Esas espadas de luz no servirían para hacer nada malo. Al contrario.

    - Pero de repente se nos echó encima ese Jaguar -Maggie señaló el vehículo siniestrado, mostrando sin querer las magulladuras de sus brazos-. ¡Estoy viva de milagro!

    Al otro lado de la calle, Crowley esbozó una sonrisa amarga y se camufló entre los curiosos. "Suficientes problemas por hoy", decidió, apretando el paso hacia su Bentley. Ya tenía la mano en la portezuela cuando le sobresaltó una voz de mujer:

    - Así que ha sido usted. ¿Cómo lo ha hecho?

    Crowley frunció el ceño y se volvió hacia la intrusa. Ésta no portaba uniforme de policía, sino algo bastante inusual en plena calle: una bata blanca de laboratorio. 

    - ¿Hacer qué? -replicó, altanero-. ¿Y usted quién es?

    - Soy la científica forense Sato, y llevo cuatro años investigando muertes extrañas -su mano enguantada señaló el vehículo destrozado y añadió-: Las dos últimas veces, ese Jaguar y un Bentley como el suyo estaban cerca del lugar del crimen. ¿Reconoce esto? 

    Crowley miró sin mucho interés lo que ella sostenía en una bolsita transparente sellada. Restos de chamuscados de... ¿insectos?

    - ¡Hastur! -gruñó con fastidio. Al parecer, Shax no era la única incompetente que se hacía notar más de la cuenta.

    - ¿Así se llama? Según los datos de Tráfico, el propietario de ese Bentley debería llamarse A. J. Crowley -la científica guardó la muestra, sacó una tablet y empezó a tomar notas-. ¿De dónde han salido unos insectos tan letales? ¿Y cómo los detenemos? 

    - Es complicado. ¿Agua bendita? Aunque pensándolo bien, para una vez que Hastur ataca a criminales...

    Esta vez fue la forense quien frunció el ceño. Levantó la vista de sus notas y replicó con extrañeza:

    - Se lo advierto, simular enajenación mental no lo librará de acompañarnos a la comisaría. Usted sabe demasiado.

    - Y ustedes demasiado poco. ¡Que son policías, joder! -replicó él con furia. Señaló al otro lado de la calle, donde la niña volvía a hablar con la inspectora Jones, y susurró roncamente-: Esa menor alguna vez confió en la Policía, o en el Cielo. Pero ¿quiénes la ayudaron cuando la secuestró un pederasta? ¡Ustedes ni se enteraron!

    La forense, intimidada por la furia del testigo, hizo un gesto discreto a sus compañeros. Éstos comenzaron a rodearlos, pero se les adelantó el zumbido del motor de una silla de ruedas:

    - Éste no es el sospechoso que están buscando -intervino una voz extraña, ni de hombre ni de mujer. 

    Crowley se volvió con asombro para contemplar la llegada de Saraqael. El ángel detuvo su silla junto al Bentley, alzó las manos y señaló con elaborados gestos a Sato y a su escolta: 

    - Márchense y olviden esta conversación -se lo pensó un momento y añadió-:  Excepto lo del agua bendita. Recuerden eso.

    Los agentes intercambiaron miradas de confusión y se alejaron hacia sus vehículos. Algunos intentaron consultar sus notas, sin recordar lo suficiente para completarlas. Saraqael esperó a quedarse a solas con Crowley antes de decir secamente:

    - Creí que ya no trabajabas con Hastur.

    - Sería absurdo. Me odia. Fue uno de los que hizo que me expulsaran del Infierno, ¿recuerdas?

    El ángel asintió sin mucha convicción.

    - Eso le diré a mis superiores. No necesitan saber más. 

    Crowley entornó los ojos con suspicacia:

    - Demasiado amable -se inclinó hacia su acompañante y olisqueó su aura con descaro-. Pero no detecto ninguna otra presencia, ni infernal ni divina -admitió al fin-. No reciente, al menos.

    - ¿Crees que me influye alguien? -fue la sarcástica respuesta-. Perdí el uso de mis piernas, no mi albedrío.

    - ¿Albedrío? -el exdemonio apoyó la espalda en la carrocería del Bentley y se burló-: ¡Los ángeles no tienen eso!

    - Si Dios nos dio inteligencia, lo lógico es usarla.

    - No digas eso muy cerca de tus superiores. Si no les das la razón ciegamente... 

    El Caído se quitó las gafas oscuras y dejó que sus ojos de serpiente ilustraran las consecuencias. Pero Saraqael, lejos de asustarse, señaló hacia la librería:

    - No todos. 

    Crowley se giró en la dirección indicada: Azirafel, al otro lado de la calle, se estaba despidiendo de una confusa y amnésica inspectora de Policía. 

    - ¿El Archicretino Supremo? No esperes mucho de él -bufó el exdemonio. Le dio la espalda y forcejeó con puerta de su Bentley. Era extraño: se resistía a abrirse.

    - Dicen que salvaste un alma hace uno o dos siglos -insistió el ángel-. En Escocia.

    - Por error -gruñó el demonio-. Bebí demasiado láudano. 

    - Evitaste que alguien se suicidara por dolor. ¿Y ahora salvas de lo mismo a otra niña? Empiezo a pensar... 

    - ¿En qué? ¿En los problemas de trabajar borracho?

    - "In vino, veritas": mostraste una verdad. Sobre la Caridad, entre otras cosas.

    - ¡No me vengas con virtudes teologales! -ladró Crowley, abriendo al fin la puerta rebelde con un tirón violento-. Sólo mostré que el sistema celestial de sufripuntos es hipócrita: no sólo reparte alitas, sino también barbacoas. ¡Igual que mis tentaciones!

    Saraqael no se ofendió. Al contrario, asintió con aire pensativo.

    - ¿Y si cambiáramos el sistema?

    La áspera carcajada del exdemonio sobresaltó al ángel sedente:

    - Claro, ¿tú y cuántos más?

    Saraqael notó una cruel tristeza en aquella risotada. Oyó los pasos de Azirafel, libre ya de la Policía, acercándose a toda prisa. Rogó al demonio que esperara, pero éste se sentó al volante y encendió el motor. Ya estaba quitando el freno de mano cuando la científica forense se plantó frente al vehículo:

    - ¡Señor Crowley! ¡Hastur! ¡Buenas noticias!

    El interpelado reprimió una mirada asesina y bajó la ventanilla:

    - ¿Me conoce?

    - Ejem... no, pero... -Sato movió la cabeza, luchando contra la confusión que Saraqael había sembrado en su mente, y consultó su tablet-. Mis notas mencionan esos nombres y un Bentley como éste, así que estoy cruzando datos y... ¿nos contactó usted hace cuatro años para buscar a un niño perdido?

    - No lo recuerdo, pero puede ser. ¡Moví Cielo y Tierra!

    - ¡Tenemos noticias! Gracias a una denuncia reciente de...

    - ¿Exceso de velocidad? -sonrió Crowley, orgulloso. Por el rabillo del ojo vio acercarse al Archimbécil Supremo, así que pisó el embrague y metió directamente la tercera marcha (nunca se había rebajado a usar las dos primeras, y no pensaba empezar ahora).

    La forense continuó, sin inmutarse:

    - ¡Una demanda de paternidad!

    El Bentley tosió, tan sorprendido que se le caló el motor. A Crowley se le desorbitaron los ojos hasta saltársele las gafas oscuras:

    - ¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién...?

    - La demandante es una tal "Hermana Mary Locuaz". ¿La conoce?

    - ¿La exmonja que te llamaba "Amo Crowley"? -exclamó Azirafel, que se las había arreglado para llegar justo a tiempo al espectáculo.

    - ¡Vaya con Crowley! -Saraqael contuvo una risita-. ¡Aún es un diablillo, después de todo!

    El asombro de Crowley aumentó hasta niveles casi lisérgicos:

    - ¿¡PERO QUÉ RAYOS...!?



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