23 marzo 2015

MdT: Tempus Fugit (VI)

 
   Julián había visto algo parecido en una película. ¿Era de Tarantino o de Robert Rodríguez? El espartano desenvainó la espada y se la puso en el cuello a Alonso. El samurai se levantó más ágilmente de lo que su compleja armadura permetía augurar y desenvainó su propia katana, amenazando con ella al espartano. El vikingo sacó también un arma y se la colocó en un hueco de la armadura al japonés.
   - Bueno, esto es absurdo -dijo Julián, apuntando al vikingo con la pistola que le había dado Alonso. Era consciente de que no le entendían, pero esperaba que sus acciones hablaran por sí mismas. Sin embargo, el espartano, el samurai y el vikingo le echaron una mirada de sincera ignorancia ante lo que estaba haciendo, y lo pasaron por alto.
   - No reconocen la pistola, no saben que es un arma -dijo Alonso entre dientes-. ¡Dispárale!
   - No pienso cargarme a nadie, ¡y menos a alguien del pasado!
   Oliveros apuntó al vikingo con su propia espada, lanzando una mirada de desdén hacia Julián:
   - Vuestro arcabuz es tan pequeño como vuestra hombría, eso está claro.
   Aquello se había convertido en una comitiva de gente apuntando a gente con espadas, largas y cortas, anchas y finas, rectas y ligeramente curvas, pero en todos los casos afiladas, puntiagudas y letales. Tenían las de ganar... pero "ganara" quien ganara iba a correr mucha sangre.
   Entonces el samurai cambió de idea, dio un paso y apuntó con la katana a Julián.
   - ¡Dispara! -repitió Alonso.
   Iban a morir todos.
   - ¡Dispara! -dijo también Oliveros.
   Iban a morir todos, y si disparaba sólo serviría para que muriera uno más.
   Julián soltó el arma y levantó las manos.

   Los tres españoles fueron desarmados, atados y dejados en un rincón de la caverna, mientras el vikingo, el espartano y el samurai...
   - Esto parece un chiste muy malo...
   ...se acercaban a la base de la torre. Parecía que los dos primeros querían enseñarle al otro las letras. No sería extraño que también hubiera algunas en su idioma.
   - Oye, Alonso, ¿y tú desde cuando hablas japonés?
   Alonso estaba ocupado, batallando con sus cuerdas. Pero a diferencia de lo que habían hecho ellos con el tal Ensteinn, el nórdico, estos nudos estaban atados a conciencia.
   - Lo que me preocupa ahora es cómo vamos a salir de aquí.
   - No lo sé, pero vamos a empezar por pedir refuerzos -sus captores los habían cacheado bien, pero habían pasado por alto el bolsillo secreto de la capa en el que Julián llevaba el móvil.
   - ¡Bien!
   - ¿Cómo vamos a pedir refuerzos? -preguntó Oliveros.
   - Esperemos que tengan alguna puerta que lleve a esta época.
   "Esperemos que sepan en qué época estamos", se dijo Julián mientras tecleaba a ciegas con las manos a la espalda.
   - ¿Ya has marcado?
   - Demasiado complicado, ya... me está costando... enviar esto.
   - ¿Qué envías?
   - Un tuit...

* * * * * * * * * *

Madrid, 2015
   Salvador Martí, subsecretario del Ministerio del Tiempo, quería zanjar la cuestión cuánto antes.
   - ¿Lo tiene, Angustias?
   - Sí, señor -leyó la nota de la escueta circular que le había dictado su jefe-: "Queda prohibido el contacto directo entre cualquier funcionario del Ministerio y los pintores futuristas".
   - Añada también a los escritores, que el otro día repasando unas poesías inéditas de Papasseit me encontré un caligrama sobre lo que parecía un reloj de pulsera.
   - ¿Tan grave es?
   - Con calculadora.
   Angustias asintió, cerró la libreta y se marchó a su oficina. No obstante, enseguida volvió a asomar la cabeza por el despacho de Salvador:
   - ¿Le falta algo?
   - No, jefe, hay un funcionario que quiere verle.
   - ¿Un funcionario?
   - Don Aurelio, nuestro responsable de redes sociales.
   - Hágale pasar.
   Desde la aparición de los smartphones y su generalización como herramienta del Ministerio, había sido complicado mantener bajo control el acceso de los agentes de épocas anteriores a la conexión social con personajes de otras épocas, colegas de profesión; Irene opinaba que algunos estaban enganchados. Salvador Martí había decidido no censurar esta relación, sino promoverla a la vez que la restringía: los técnicos del Ministerio habían creado dos aplicaciones similares a Facebook y Twitter que sólo estaban al alcance de los agentes y funcionarios. Eso permitía controlar mucho mejor el acceso a las redes sociales de todos ellos, evitando posibles fugas de información pero alentando el esprit de corps
   El muy digno Aurelio Pimentel, que tenía un aire al joven Pio Baroja, entró en el despacho y saludó con un movimiento de la cabeza.
   - Don Aurelio, dichosos los ojos que le ven. ¿Todo bien por "Gatebook"?
   - Sí, sí, todo va de maravilla con "Gatebook", los últimos certificados están llegando a los agentes sin problemas de codificación. Es "Minutter" el que me preocupa.
   - A mí también. Desde luego podíamos haber pensado un nombre mejor.
   - No es por eso: mire el mensaje que nos acaba de llegar.
   Salvador cogió el teléfono que le ofrecía Don Aurelio. La brillante pantalla mostraba estas palabras:
"Sos estamos premios llave Ishtar "
   - ¿Y esto qué demonios significa?
   - Creo que hay un error con el texto predictivo: "estamos presos" es lo que probablemente quería decir.
   - ¿Quién ha enviado esto?
   - Don Julián Martínez.
   - ¿Desde León? Tenemos que enviar ayuda al siglo XV.
   - No, no. Ese es el tema: no entiendo cómo puede haber ocurrido, pero los datos de geoposicionamiento indican que este mensaje se ha emitido desde alguna zona de oriente medio.
   - ¿Cómo?
   - Concretamente en Irak.
   - Eso tiene que ser un error, les envié ayer a él y a Alonso a una misión a Astorga. No tenemos ninguna puerta que lleve a Mesopotamia... En fin, veré si puedo organizar...
    - Me temo que ese no es el único problema, señor.
   - ¿Qué más ocurre, Aurelio? 
   - Es el cronoposicionamiento: como sabe, el reloj interno del teléfono registra la fecha de llegada por la última puerta que haya cruzado.
   - Sí -Salvador se temía lo peor. ¿Ishtar? Había una puerta legendaria con ese nombre que había sido considerada una de las maravillas de la Humanidad, pero quedó destruída hacía mucho...
   - El cronoposicionamiento del teléfono de don Julián Martínez señala que se encuentra en 1400.
   - Oh -respiró aliviado el subsecretario-. Bueno, eso no queda demasiado lejos de nuestros agentes.
   - El 1400 antes de Cristo, señor.
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Alcira, 1885
   Don Enrique levantó una mano, tratando de apaciguar a su agresor:
   - No es necesario que os pongáis violento, señor. Tengo lo que buscáis en mi chaqueta. Si me permitís lo sacaré.
   Y realizando movimientos lentos y deliberados, se abrió la solapa, metió la mano en el bolsillo interior y sacó un pañuelo anudado que contenía algo dentro. Lo dejó sobre la cama.
   - No está tan bien envuelto como la pieza se merece, pero había prisa y...
   - Abridlo -ordenó el cochero.
   Don Enrique levantó las dos manos y obedeció. Deshizo el nudo, extendió el pañuelo sobre la colcha y dio un paso atrás.
   - Ahí tenéis, la Llave de Ishtar. ¿Trabajáis para algún museo o para un coleccionista privado?
   El cochero dio un paso adelante y palideció:
   - Amens! -alcanzó a exclamar, débilmente-. Stipes! 
   La tablilla de barro, de un aspecto muy antiguo, estaba partida en tres trozos. El cochero se volvió contra Don Enrique blandiendo de nuevo el cuchillo, con los ojos inyectados en furia.
   - ¡Ya estaba así cuando me la dieron! -trató de defenderse el otro, retrocediendo por la habitación-. Hasta donde sé, siempre ha estado así...
   El cochero se le acercaba, profiriendo improperios en latín y con la intención decidida de coserlo a puñaladas. De repente, se oyó un ruido sordo y el cochero pareció preferir tumbarse para examinar los tablones del suelo. Tras él, Amelia Folch sostenía un orinal de cerámica con el que le acababa da arrear en la cabeza. Por si acaso, le asestó un segundo golpe al cochero que partió el orinal.
   - ¿Se encuentra usted bien?
   - Sabía que no era usted monja.
   - Las hermanas también tenemos que defendernos.
   - Las hermanas no se presentan dando su apellido -Don Enrique se ajustó de nuevo la chaqueta-. En cualquier caso, muchas gracias.
   En ese momento empezó a vibrar el busca de Amelia.
   - ¿Qué ha sido eso?
   - ¿Qué ha sido el qué? Debería usted descansar. Yo tengo que volver a Valencia.
   - ¿A estas horas? ¿En plena noche? ¿Está usted trastornada?
   - Señor Gaspar, tengo que llegar a Valencia, y tengo que ir cómo sea. No tengo tiempo...
   - Tampoco tiene el salvoconducto para salir de Alcira, y no creo que el Doctor se lo vaya a dar sin explicaciones. Yo tengo el mío. Señorita "Folch", puedo ayudarla, pero tiene que contarme lo que ocurre.
   - Es demasiado complicado.
   - Esas son las mejores historias.
   - Es... secreto de estado.
   - Créame, ya conozco unos cuantos y los guardo bien.
   - Es... Es... Está bien -claudicó Amelia-. Pero sólo si puede usted llevarme al ayuntamiento de Valencia inmediatamente.
   - Señorita, aunque tenga que robar una pareja de caballos, le aseguro que estaremos allí antes del amanecer.

   No hizo falta robar nada: con pagar una buena cantidad de dinero por un carromato tirado por una pareja de yeguas, provisto de un buen par de faroles junto al pescante, fue suficiente. Mientras corrían hacia Valencia por la impredecible carretera, Amelia le reveló a Don Enrique la existencia del Ministerio del Tiempo.
   - ¿Pretende usted -le preguntó al cabo el diplomático- que con esas puertas puede el hombre retrogradar en el tiempo, saliendo hoy de Valencia, después de comer en Alcira para llegar ayer al monasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador Carlos V?
   - No suele haber ocasión de perder el tiempo: cruzamos las puertas para mantener la Historia.
   - ¿No para mejorarla?
   - Nunca para mejorarla. Las consecuencias podrían ser terribles. Una buena acción en el pasado podría deshacer por completo el futuro.
   Don Enrique pensó en aquello:
   - No me parece justo. Pero es cierto que el hombre se eleva frente a la adversidad. Sin los errores del pasado nunca podría llegar a dar lo mejor de sí mismo, no podría aspirar a ser todo lo que puede ser.
   - Tiene que prometerme que guardará el secreto, Don Enrique -le dijo Amelia cuando ya llegaban a los alrededores de Valencia.
   - Se lo prometo, señorita, seré una tumba... Pero quiero ir con usted.
   Amelia iba a protestar: el subsecretario se enfadaría muchísimo si se traía a un pasajero desde 1885. Pero, por otra parte, llevárselo al Ministerio de 2015 era la mejor forma de asegurarse su silencio. No podía contar a nadie del pasado la existencia de las puertas si no volvía al pasado.
    - Está bien -aceptó.
  (CONTINUARÁ... Y FINALIZARÁ)

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