11 junio 2015

Catálogo de Capitanes Marvel

El otro día, Stan Lee (o su página oficial en FB) se alegraba de los rumores que sugerían a Charlize Theron en la carrera para protagonizar la película Captain Marvel, programada por Marvel Studios para 2018. Aparte del debate de si es la actriz adecuada (hay un nutrido número de fans de la opción Katee Sackhoff) o si tendrá la edad para el personaje (43 para entonces), lo que me llamó la atención fue la gran cantidad de gente en el hilo que se quejaba "¡Eh! ¿Pero el Capitán Marvel no era un tío?". Así que he pensado que un artículo como este hacía falta.

El gran queso rojo (1940-1953, 1973-2010)
   En 1940, la editorial Fawcett presentó su propia versión del Superman que tan bien le estaba funcionando a DC: Captain Marvel, creado por Bill Parker y C.C. Beck. Tenía, no obstante, algunas particularidades que lo separaban del hombre de acero: sus poderes, aunque parecidos, no incluían los sentidos aumentados del kryptoniano, tenían un origen mágico (se los otorgaba el brujo Shazam), no solo tenía una identidad secreta sino que pasaba físicamente de ser un niño (Billy Batson) a un fornido superhéroe, y sus aventuras tenían un marcado acento humorístico.
Entre 1940 y 1945, el Capitán Marvel llegó a vender incluso más que Superman; funcionó tan bien que fue expandiendo el cast de superhéroes con otros Marvel (Mary Marvel, Captain Marvel Jr.,...) y llegó a tener su propio serial cinematográfico. DC demandó a Fawcett, y en 1954 dejaron de publicar el personaje, hasta que en 1972 la propia editorial DC compró los derechos de los personajes de Fawcett y retomó sus aventuras al año siguiente, integrándolo por completo en su universo desde 1986 en la saga "Legends".
El Mar-Vell de Marvel (1967-1982)
   Pero en medio pasaron otras cosas. En Diciembre de 1967, el conglomerado de pequeñas editoriales (Atlas, Timely) que finalmente se había unido para formar Marvel Comics publicó un nuevo personaje con el nombre de la editorial: Captain Marvel, creado por Stan Lee y Gene Colan. Mar-Vell era un guerrero Kree inicialmente enviado a la Tierra en tareas de espionaje, hasta que se rebeló contra las intenciones de sus superiores y se convirtió en protector del planeta. Volaba, tenía superfuerza y era tirando a invulnerable. Y además, contaba con el conocimiento de la avanzada tecnología Kree.
El inicio de la etapa cósmica


   Mar-Vell acabó atrapado en la Zona Negativa, de la que sólo podía escapar intercambiando temporalmente su lugar con el humano Rick Jones (de manera algo reminiscente al Billy Batson de DC); luego se convirtió en un campeón cósmico, gracias a la intervención de la entidad Eon (combatiendo contra Thanos o Ronan el Acusador), para finalmente morir de cáncer en la primera novela gráfica de Marvel, The death of Captain Marvel (1982).

   Cuando en 1973 DC intentó publicar nuevas aventuras de su Capitán Marvel (es decir: del de Fawcett), se encontró con que Marvel Comics había conseguido el copyright del nombre del personaje, y tuvo que contentarse con llamar Shazam! a la colección (aunque no al personaje) y básicamente hacer desaparecer a buena parte de su elenco. Para conservar ese copyright, desde entonces, Marvel Comics ha tenido que publicar al menos un cómic con el título "Captain Marvel" cada dos años.

Monica (1982-1996)
   La primera sucesora de Mar-Vell tras su muerte fue Monica Rambeau, policía de Nueva Orleans y miembro de los Vengadores con el poder de transformarse en luz. Llego a ser la líder del equipo en una etapa importante, encabezando por ejemplo el ataque contra la Patrulla X.
   En 1996 cedió el nombre de Captain Marvel al hijo de Mar-Vell, y asumió el de Photon. Cuando en 2005 Genis volvió a pisarle también ese nombre, ella pasó a denominarse Pulsar, y finalmente, en 2013, Spectrum.
   Ha vuelto a liderar los Vengadores cuando ha sido necesario, incluso en momentos que había perdido sus poderes.


Genis (1996-2005) y Phylla (2004-2006)
   El tercer Capitán Marvel de Marvel, Genis-Vell, no era exactamente hijo de Mar-Vell. Su amante tomó material genético del difunto, se preñó con él y posteriormente el semi-clon fue envejecido aceleradamente. El proceso no le sentó demasiado bien a la psique de Genis-Vell: tras un tiempo como héroe, e incluso como alter ego de Rick Jones, como su padre, se volvió loco e intentó destruir el universo. Murió, resucitó y se cambio el nombre.
 
   El intento de Genis de destruir el cosmos, de hecho, no fue infructuoso: Vell se cargó, de verdad, el universo Marvel, para posteriormente recrearlo con algunas incongruencias... como que ahora tenía una hermana, Phylla-Vell. Phylla, miembro de los Guardianes de la Galaxia, reclamó para sí durante un tiempo el nombre de Captain Marvel, que su "hermano" sólo le cedió a regañadientes. Posteriormente se lo cambió para pasar a ser la nueva Quasar tras la saga "Annihilation".

Khn'nr
Khn'nr (2007-2008) y Noh-Varr (2008-2010)
   El quinto Captain Marvel de Marvel es tal vez el caso más curioso: Khn'nr, nada menos que un Skrull, la raza cambiaformas enemiga acérrima de los Kree. El condicionamiento mental falló, y acabó creyendo que era realmente Mar-Vell, plantando cara a su especie en la defensa de la Tierra.
   A su muerte, pasó el manto a Noh-Varr, un auténtico Kree con ADN de insecto procedente de un universo alternativo. El sacrificio del skrull fue uno de los detonantes que hizo que Noh-Varr se convirtiera en un héroe. Formó parte de los Vengadores de Norman Osborn hasta que descubrió que casi todos sus compañeros eran criminales. Poco después adoptó el nombre clave de Protector.
Noh-Varr: Captain Marvel

Carol Danvers
Carol Danvers (2012-hoy)
   Carol ha estado asociada al nombre Marvel durante mucho tiempo: creada por Gene Colan y Gerry Conway, apareció por primera vez en 1968 como oficial de aviación americana, aliada del Capitán Marvel original. Danvers sufre un accidente con un aparato Kree que la deja primero gravemente herida, pero que fusiona su fuerza vital con la de Mar-Vell, dotándola finalmente de poderes similares. En 1977, toma el nombre clave de Ms. Marvel y comienza su propia colección, hasta que en 1981 la mutante Pícara absorbe sus poderes y buena parte de sus recuerdos. Carol entra en el Pentágono durante un tiempo, pero pronto es alterada por un experimento alienígena que la convierte en la heroína cósmica Binaria (1982). Recorre el espacio y varios universos paralelos.
Ms. Marvel
   La personalidad de Danvers absorbida por Pícara también le da problemas, tomando a veces el control de la mutante. Esto finaliza en 1990 tras atravesar el Lugar Peligroso: Ms. Marvel es expulsada del interior de Pícara, como una entidad independiente, que morirá a manos de Magneto.
   1998: Carol Danvers recupera unos poderes similares a los de Ms. Marvel, con toques de Binaria, y se une a los Vengadores con el alias Warbird. A partir de la saga "Casa de M" (2005), vuelve a tener serie propia con el título Ms. Marvel. El personaje va adquiriendo cada vez más relevancia dentro de las sagas de la editorial, hasta que en 2012 la guionista Kelly Sue DeConnick le da finalmente el nombre de Captain Marvel.


Carol Danvers: Captain Marvel

En resumen
   El Capitán Marvel de Marvel ha sido un Kree, una Kree, un pseudoclon, un Skrull y un par de Humanas. Ha sido un personaje masculino 29 años, y femenino durante 21, pero la mujer que lleva actualmente el nombre ya fue una Marvel (aunque no Capitán) durante otros 12 años.
   Desde 2011, el personaje de DC ya se llama oficialmente Shazam.

   Y los que dudan de Charlize Theron como Captain Marvel... que hagan el favor de verse la película Hancock ;)

10 junio 2015

MdT: El jardín de los tiempos que se bifurcan (18)


   Al menos, después del jueguecito vudú de la sombra no habían vuelto a atarlo. Julián buscó a tientas el Clavo Negro y lo encontró sin demasiado problema; moverlo de donde estaba clavado ya fue harina de otro costal. Era como si formara parte del suelo, lo que se sumaba al cúmulo de imposibles que lo rodeaban, porque el golpe que le había dado Leiva no había parecido tan fuerte.
   Leiva... ¿Sería verdad lo que había dicho, o sólo había sido un truco para intimidarlo? ¿Había quedado la supervivencia de todos los Julianes alternativos supeditada a la suya propia? Era como si a Mario le quedara una sola vida en el Super Mario 1, y si la perdiera desapareciese también del Super Mario 2, del 3, del Mario Kart...
   Le venían a la mente varias de las palabras del subsecretario de aquel Ministerio que cada vez odiaba con más fuerzas: las sombras son y no son a la vez, las sombras existen como negación de la luz, cuando esta habitación estaba a oscuras, usted no tenía sombra... Sin embargo, ahora Julián tenía la certeza ciega de que, incluso a oscuras, su sombra seguía clavada al suelo de la celda.
   Buscó una de las paredes y se recostó contra ella: estaba fría. De vez en cuando, sentía el impulso de arrastrarse hasta el centro, tantear hasta tropezar con la forma delgada, dura y metálica del clavo, y notarla dentro de la mano. De algún modo, le calmaba.

   ¿Cuánto rato permaneció Julián a solas en la oscuridad? ¿Un par de horas, de días? Enseguida perdió la noción del tiempo. No quería dormirse, pero la oscuridad y el silencio lo invitaban, y acabó echando cabezadas sobre el incómodo suelo. Al despertar, se preguntaba qué estaría pasando con sus compañeros: a Amelia le harían muchas preguntas, sin duda; tal vez Diego saliera mejor parado. A fin de cuentas, era fácil imaginarlo como víctima de las circunstancias, engañado por los "traidores"...
   En algún momento, se oyó un ruido de algo que giraba. Palpando con cuidado en la dirección del ruido, Julián acabó encontrando una bandeja con un pequeño bocadillo -pan y queso- y un vaso de agua. Dio buena cuenta de ello.

   Lo despertó una punzada incómoda en la cara. Era la luz de la celda, que hacía que le dolieran los ojos  tras tanto rato acostumbrado a las tinieblas. Primero no veía nada porque estaba oscuro y ahora por exceso de luz, ¡ironías! Empezó a incorporarse, mientras los ruidos que venían de la puerta de la celda le decían que se estaba abriendo. Agachó la cabeza, tratando de recuperar algo de visión antes de enfrentarse a sus captores. Lo primero que alcanzó a ver, en el suelo, fue como su sombra clavada repetía sus mismos movimientos, pero desconectada de sus pies, independiente. Sacudió la cabeza y alzó la mirada.
   Habían vuelto a cerrar la puerta de la celda, pero ya no estaba solo. Para su sorpresa, no se trataba de Ernesto, ni de Leiva, ni siquiera de Amelia ejecutando un rescate inesperado. Ante él se encontraban Irene, Alonso de Entrerríos, y tras ellos un hombre alto de unos 50 años, vestido como de enterrador. Un perfecto desconocido, que miraba acobardado la sombra seccionada.
   - ¿Poli bueno, poli malo? -preguntó Julián.
   - Algo así -dijo ella. De alguna manera, en medio de la gravedad de la situación, a Julián le reconfortó ver que al menos para la jefa de personal las circunstancias habían sido distintas en este lugar. Con Leiva al mando, no se había vuelto majara y no le había destrozado la vida a Irene. Quizás había otras cosas buenas... Tal vez aquí, Maite estaba viva. Tal vez, pese a la desgracia, era un lugar mejor.
   No, eso era imposible. Si Maite estuviera viva, su versión alternativa jamás hubiera acabado con Lola. No había ninguna historia posible que llevara a aquel final. ¿Cómo pudo suceder aquello, por cierto? ¿Qué había dicho Leiva?
   - Lo lamento mucho -indicó Irene en un susurro-. Fuera hay dos guardias y esperan oir un interrogatorio. Tenemos poco tiempo.
   La expresión de Irene era cómplice, conspirativa. No era su Irene, pero quería, ¿ayudarle? Alonso se puso delante de Julián y levantó la mano, listo para darle un soberano guantazo.
   - Esperaesperaespera... -alcanzó a decir él atropelladamente mientras se protegía la cara con los brazos-. Que conozco la fuerza que tienes. Que me pegue él -dijo señalando al enterrador. Éste abrió los ojos y se señaló a si mismo con incredulidad. Alonso seguía con el brazo levantado, dispuesto a seguir con la bofetada si así lo indicaba Irene.
   - ¿Yo? -preguntó, espantado, el hombre de negro-. Pero si yo no... Yo nunca...
   - Mejor. Por favor -suplicó Julián-, que si me da él me desmonta.
   El hombre de negro le dió una bofetadita que parecía casi una caricia.
   - Eso fuera no lo van a oir -dijo Alonso.
   - Dale -incitó Irene.
   - Dame -incitó Julián.
   El segundo cachete sonó un poco más. Julián dejó escapar un "ay" muy poco creíble.
   - Dame -repitió.
   El otro apretaba los dientes como si le estuvieran pegando a él.
   - Perdona...
   A la tercera ya le hizo salir un "joder" más auténtico. Irene se apresuró a hablar, mientras Alonso lanzaba improperios al aire:
   - ¡Me contarás lo que quiero saber, perro sarnoso! ¡Hijo de mil madres, te voy a soltar la lengua...!
   - Leí que habías conocido a Salvador en los 80 y empecé a buscar más. Había notas sobre nuestro Julián, sobre lo que sospechamos que trama con Lola, pero había crónicas e informes donde aparecías con Amelia, y no eran las misiones que se os encargaron: no eran nuestro Julián y nuestra Amelia, erais vosotros. Envié a un agente a Hispania, y supe que no habías intentado matar al emperador Teodosio, sino salvarlo.
   Bofetada.
   - ¡Maldito traidor repugnante! ¡Los de tu calaña me dan arcadas...!
   - Salvasteis a Levi en 1111. Ayudasteis a Mercator en 1534. No estáis tratando de contradecir la Historia, la estáis corrigiendo.
   - ¿Qué pasó con mi Alonso?
   - Más o menos lo que os conté -dijo este Entrerríos, con una mueca de desánimo-, pero después de hablar conmigo, lo... ejecutaron por brujería.
   Julián apretó los dientes. Bofetada.
   - Perdón -volvió a excusarse el enterrador.
   - ¿Han matado ya al diputado?
   - ¿El mexicano? -respondió Irene-. Irá Alonso a hacerlo. Destruirá la puerta y se encargará de que sobreviva.
   - Gracias -aunque los golpes del hombre de negro no eran demasiado fuertes, Julián empezaba a notar la cara enrojecida.
   - No nos las des. Sé lo que estáis haciendo, pero nunca conseguiré convencer a Armando, y mucho menos a Ernesto. No a tiempo. Son de ideas fijas.
   - ¿Qué harán con nosotros?
   - Diego vuelve a su casa. Vosotros... La sentencia de muerte ya está firmada -el corazón le dio un vuelco a Julián.
   - Pero en España no existe...
   - Aquí sí. La situación es muy dura, no hay dinero para mantener a los criminales en las cárceles. Cuando Juan de Borbón subió al trono en el 67, no la abolió, ni luego Juan Carlos.
   - Entonces...
   Bofetada.
   - Esto es lo que puedo hacer -Irene le contó muy rápidamente su plan. Era una locura, era cambiar la muerte por algo demasiado parecido... pero les daba una oportunidad. Julián aceptó sin dudar.
   - Se ha desmayado -exclamó entonces Alonso, en voz más alta de lo normal, haciendo un gesto al hombre de negro para que parase-. Échale ese agua y a ver si se recupera, no vayamos a matarlo antes de tiempo.
   - ¿Y usted quién es?
   El enterrador se encogió de hombros, apocado:
   - Ramón, Ramón Florindo Medrano. Me conoces, Julián... O me conocía tu otro...
   - Disculpe, pero yo no le he visto jamás.
   - Soy el viudo de Angustias, que en paz descanse. Creí que mi mujer era secretaria en Gobernación, hasta que un día descubrí que viajaba por el tiempo. Y que... bueno, no tenía un comportamiento que en 1900 se hubiera considerado aceptable. Pero siempre volvía a casa, conmigo. En 2005, cuando ella murió... don Leiva se enteró de que yo existía, y como viudo de funcionaria, me invitó a participar en el ministerio. Justo como secretario, lo que yo creía que ella...
   - No sabía su historia -admitió Julián, un poco perdido-, excepto algunas partes. De donde yo vengo, usted fue el agente y Angustias la secretaria del Ministerio cuando... enviudó.
   - Oh -aquello sorprendió a Ramón Florindo, saber que en otra parte él estaba muerto. De golpe se le iluminó el rostro-. Por eso quise venir. Entonces, ¿mi Angustias sigue viviendo en su 2015? ¡No sabe lo feliz que me hace! La echo tanto de menos...
   - Le comprendo... -la mirada de Irene le indicaba que aquí también conocía el drama de Julián-. Voy a tratar de impedir el Accidente, como sea.
   Alonso chasqueó los dedos, había oído algo. Irene le dio un papel doblado a Julián:
   - Lee, memoriza y destruye. No puedes llevar nada.
   Entrerríos dio dos golpes en la puerta, que se abrió enseguida. Dos hombres que empuñaban metralletas  estaban al otro lado. Siguieron alerta hasta que los funcionarios hubieron salido y la puerta se cerró. Esta vez, la luz tardó un poco en apagarse: Julián abrió la hoja, garabateada a mano con una letra pulcra. Una fecha y una hora, unas coordenadas, el nombre de un piloto, un aeródromo, un mozo de almacén. Nada más. Devoró los pocos datos y, cuando cayeron las tinieblas, hizo lo mismo con el papel.
   Lo último que vio fue su sombra, clavada en el suelo.

   Una hora después, Alonso de Entrerríos había marchado hacia el "Preciosa Catalana", que seguía navegando hacia Cádiz. Amelia había arrugado el gesto al ver la cara hinchada de su compañero. Julián se preguntaba cuánto sabía, si Irene había podido decirle lo mismo que a él. Había que contar con que no se habrían arriesgado dos veces, y a ella no parecían haberla maltratado. A los dos los habían sacado de sus celdas y los habían llevado a lo alto de la escalera del tiempo:
   - Nos van a pegar un tiro -dijo Julián.
   - No valen ustedes ni el coste de una bala -respondió Ernesto con su habitual sorna-. Se procede a la lectura de la sentencia, proceso de urgencia 15/43V6. Julián Martínez y Amelia Folch, procedentes de una línea temporal bastarda, serán purgados del sistema. De acuerdo con el procedimiento estándar, los reos atravesarán la puerta 157 hacia el 6 de septiembre de 1947, dentro del polvorín de Alcalá de Henares. Según el timing, serán las 21:43 cuando lleguen: dos minutos después, el polvorín estallará. La puerta quedará inactiva y el número 157 pasará a reasignación. Esta sentencia es firme e inapelable.
   - Lástima, la iba a llevar a Estrasburgo -ironizó Julián
   Amelia estaba aterrada ante lo que oía, pero de alguna manera consiguió mantener una fachada de serenidad.
   Ernesto no respondió a la provocación,  y empujó a los prisioneros hacia abajo, hasta el noveno pasillo: la Galería de los Traidores.
   - ¿Donde está la 157? -preguntó al cabo de un rato-. Creía que era la cuarta...
   - Aquí -señaló Irene, que había seguido hasta un poco más adelante. En efecto, el cartel indicaba claramente la puerta que les había de conducir a su destrucción.
   - ¿Algunas últimas palabras? -preguntó Ernesto.
   - Sí -alcanzó a decir Amelia-. Que el Ernesto que yo conozco es mucho más digno que tú.
   - Eres un error -fue todo lo que dijo el ofendido-. No es nada personal.
   - Sois una panda de cobardes -dijo Julián-, por no atreveros a hacer las cosas directamente, a mancharos las manos. Y de paso, os cargaréis a mi otro yo, ¿verdad? Os damos igual, son él y Lola quienes os buscan las cosquillas, quienes están cambiando las cosas. Con razón querían haceros desaparecer.
   Ernesto abrió la puerta: aquello era el fin. Los empujó dentro, cerró y echó la llave. Se pasó la mano por el pelo que ya raleaba, admitiendo por fin con su gesto el nerviosismo que le producía aquello:
   - El subsecretario ya no asiste a las ejecuciones -alcanzó a mascullar-. Muy cómodo para él.

* * * * * * * * * *

   Julián y Amelia salieron de la oscuridad a un almacén no muy grande, de techo bajo, lleno de cajas de madera sin marcas. Ella dio un paso atrás:
   - Son dos minutos. Podemos intentar salir...
   - Amelia, escucha: nos han sacado. Irene cambió las placas de las puertas. No estamos en el polvorín pero hay que correr.
   - ¿Qué estás diciendo?
   En el exterior, desde alguna parte, llegaban ruidos convulsos: gritos de hombres, disparos; de pronto, una explosión.
   - Que de todas formas tenemos que salir de aquí. Todas las puertas de la Galería llevan a sitios letales, en bucle.
   Otra explosión, y otra, y otra, cada vez más cercana... De repente, una parte del techo se derrumbó con gran estruendo, dejando a la vista un cielo anaranjado. Amelia se abrazó a Julián, asustada. Él la guió hacia lo que parecía la salida, e incluso fuera no pararon de correr.
   Estaban en una casita cuadrada en lo alto de un monte. No muy lejos se distinguían algunas fortificaciones, con sacos dispuestos en forma de barrera y algunas piezas de artillería moderna. El cielo estaba plagado de aviones que dejaban caer obuses, reventando las posiciones del enemigo, y de otros más pequeños que se perseguían a golpe de ametralladora. Aquí y allá se distinguían soldados disparándose, humo negro y los cráteres de las bombas que ya habían estallado.
   Un segundo obús alcanzó de lleno la casita de la que habían salido providencialmente a tiempo. Entre la lluvia de cascotes, Julián y Amelia rodaron tratando de esquivar el desastre, aunque el desastre estaba por todas partes. El desastre era este lugar.
   - ¡Han destruído la puerta! -gritó ella.
   - ¿Es que querías volver?
   Miraron en derredor:
   - ¡Esto es una guerra!
   - ¡1938! Aquí es cuando ganan los nacionales -dijo él en voz alta, para hacerse oír sobre la contienda-. Es la batalla definitiva de la Guerra Civil, la gran caída de los republicanos -señaló el ancho río que discurría valle abajo-. Después del Guernica. Estamos es la Batalla del Ebro.
   - ¿Tienes un plan? -gritó Amelia.
   Julián asintió:
   - El plan es sobrevivir.
   - Un poco simple, pero me gusta. ¿Y luego?
   - Seguir haciéndolo. Cueste lo que cueste. Hasta 1966.
   - ¿Qué pasa en 1966?
   Otra bomba cayó demasiado cerca para su gusto, reventando lo que parecía una fortificación oculta bajo un saliente de la montaña.
   - Te lo explico luego. Hay que salir de este infierno.
   Y corrieron colina abajo, hacia donde los combates parecían menos enconados. Amelia, entonces, lo paró en seco:
   - ¡Julián! ¡No tienes sombra!
   - Ya lo sé.
   - ¿Cómo es posible que no tengas sombra? -la suya propia se alargaba por la colina en aquellas primeras horas de la mañana.
   La situación le dio risa al enfermero:
   - Amelia Folch: sólo tú puedes pararte a eso ahora. Me encanta. ¡Corre!
(CONTINUARÁ...)

09 junio 2015

MdT: Un acto de Locura (IX) - Epílogo


CAP.I | CAP.II | CAP.III | INTERLUDIO | CAP.IV | CAP.V | CAP.VI | CAP.VII | CAP.VIII | CAP.IX (Epílogo) 
| Archivos (making of)


“El sentimiento más terrible, es el de tener la esperanza muerta“
Federico García Lorca
  
   (Hospital General de Madrid, 4 de Mayo de 1808)
  
   - Gracias por cuidar de León -se despidió Goya, ayudando a su maltrecho discípulo a subir al carruaje-. Este jovencito tiene que aprender a meterse en menos líos... 
   - En realidad, fue él quien me protegió en la calle mientras yo curaba gente -admitió Julián-. Y usted dio refugio a mi hermana. Gracias a ustedes.
   El pintor, por toda respuesta, le entregó una especie de carpeta rígida, con una sonrisa misteriosa. Julián examinó el dibujo que había en el interior: era su favorito, “El sueño de la razón produce monstruos“. Después leyó el mensaje que había al dorso y se quedó sin habla.
   “Mis sombras no tendrán descanso; pero ella sí. Descansará en paz“.
   - ¿Saldremos de ésta? -preguntó Goya, con una mirada cómplice.
   Julián asintió, preguntándose cuánto sospechaba aquel hombre en realidad. Cuánta cordura habría en esa clarividencia que muchos tomaban por desvaríos. Pero no podía decírselo: se limitó a estrechar la mano del maestro y del discípulo, deseándoles lo mejor. La patrulla se despidió de ellos y contempló su marcha, preguntándose si volverían a verse alguna vez.
   - Los franceses no encontraron mi revólver -Amelia estaba encantada-. Registraron la casa, pero no a fondo, ni con violencia. No sé cómo lo consiguió Goya. Nunca vi una exhibición de diplomacia y mano izquierda como la suya...
   - Tú misma lo dijiste -replicó Julián, pensativo-. Se ha pasado la vida toreando las intrigas de la Corte y de la Inquisición. Sabe nadar y guardar la ropa.
   - Por lo que decís, debe ser el loco más cuerdo de la Historia -resumió Alonso-. Me habría gustado tratar más con él.
  
   El alta médica del prisionero estaba resuelta y el carro preparado. El funcionario Carrasco subió al pescante y se dispuso a partir: el Ministerio le había enviado al recibir la llamada de Julián. Resultaba extraño pensarlo: Carrasco aún no les conocía, pero ellos a él sí. Al fin y al cabo, aún estaban en Mayo de 1808, justo antes de la verdadera guerra (y de su primera misión). Curiosidades de los viajes en el tiempo.
   - ¿Por qué no me vinieron a buscar desde el principio? -preguntó al tomar las riendas.
   - Vive vuesa merced fuera de las murallas -replicó Alonso-. ¿Cómo ibamos a salir de la ciudad de noche, con un herido de bala, sin que nos consideraran sospechosos los veinte mil soldados enemigos que velaban a las puertas?
   - Además, teníamos que vigilar a Goya -añadió Amelia-. Por la fecha que era, y porque este espía y sus cómplices acababan de intentar matarle.
   El funcionario local asintió. Tenía su lógica.
   - Bien, me llevo el prisionero al Ministerio. ¿Están seguros de que no quieren acompañarme?
   Los tres agentes se miraron, dubitativos.
   - Debemos atender un último asunto -decidió Amelia-. Mañana por la mañana estaremos de regreso.
   Carrasco se encogió de hombros y se puso en marcha. Mientras el carro se alejaba, Julián sacó el listín y se lo pasó a su superior.
   - Tendremos que calcular bien las puertas -reflexionó-. No quisiera dejar así al enfermero Alonso ni al cirujano Angulo; les hirieron de gravedad por ayudar a la gente. Me gustaría intentar salvar a alguno de los dos.
   - Yo tampoco quiero dejar solo a Mariano -dijo Entrerríos-. Está muy mal. Y en este país no tiene a nadie.
   - A mí me preocupa José Muñiz -Amelia no había tenido ocasión de dar las gracias al amable mozo de la posada. Además, había algo en él que le gustaba, aunque se resistía a admitirlo abiertamente.
   - Tranquila -Julián le guiñó un ojo-. José saldrá de ésta. Le examiné yo mismo.
   - Tal vez no nos haga falta el listín -sonrió ella-: pensándolo bien, el Ministerio debería permitirnos venir de vez en cuando, para asegurarnos de que nadie vuelve a atentar contra Goya, ¿verdad? Durante unos días, al menos. Y ya de paso...
   - Mejor unas semanas -Julián le miró con complicidad-. Hay que asegurarse bien.
   - Totalmente de acuerdo -asintió Alonso, mucho más aliviado-. Por cierto, ¿sabéis por dónde cae la posada en la que trabaja Muñiz? Su jefe Villaamil me debe un orujo: ¡nos lo apostamos despachando westfalianos!
  
   * * * * * * * * * *


   (Oficinas del Ministerio, 2015)
  
   - Esta vez lo tenemos, señor -resumió Alonso, disimulando una ligera resaca; Villaamil había sido generoso con su orujo-. El prisionero herido es de la partida que hirió a Amelia en 1834. El mismo que ha intentado matar a Goya en 1793.
   - ¿Ha confesado lo que pretendía en 1834? -inquirió el subsecretario Salvador.
   - Infiltrarse entre los carlistas, para intentar atacar a alguien importante cercano a Zumalacárregui -contestó Julián, con un dolor de cabeza bastante similar al de Entrerríos-. Aunque no creo que recuerde habérmelo dicho: estaba drogado con pentotal.
   - Bien: es mejor que no sepa cuánta información tenemos -asintió Ernesto-. ¿Por qué atentó contra Goya?
   - Porque ese pintor fue un agitador -contestó Alonso-. Quería silenciarlo, para cambiar las guerras del siglo XIX.
   - Interesante -reflexionó el subsecretario-. Buen trabajo. En el penal del Ministerio le interrogaremos más a fondo.
   - Pero hay algo que no encaja -intervino Amelia-. Goya avivó la rebelión sólo al principio, con sus sátiras contra el poder, en los “Caprichos“. Y con dibujos patrióticos, como el de Agustina de Aragón. Pero después criticó la guerra, más que fomentarla...
    - Dio el chispazo inicial, que es el más importante -supuso Salvador.
   - No sólo eso. Hizo algo más: documentar la guerra -señaló Amelia-. De manera más completa que la propaganda oficial. Sin él, sería difícil descubrir ciertas alteraciones en la Historia.
   - ¿Intentaron matarle para que no detectemos qué cambios están tramando? -dedujo el subsecretario.
   - Hablando de cambios: Leiva intentaba atentar contra Isabel II en 1844, ¿y sus seguidores de 1834 contra el bando contrario? -se extrañó Ernesto-. Eso tampoco encaja.
   - A no ser... -Amelia reflexionó un momento y se quedó sin aliento-... que quieran eliminar a los dos pretendientes al trono. Dejar sin líder a ambos bandos. ¡Adelantar la República!
   Sus interlocutores dudaron unos instantes, sopesando las consecuencias.
   - Eso acortaría las guerras carlistas -reflexionó Salvador-. Y adelantaría la época liberal.
   - Menos guerras. Paz y progreso. Pero a base de atentados. Si no fuera un plan tan bestia... -Julián cruzó una mirada con su compañera.
   - Sí -asintió Amelia-. Se parecería a alguna de las ideas de Lola.
   - Pero Lola sigue en prisión, ¿verdad? Además, matar no es su estilo...
  
   * * * * * * * * * *
  
   (Huesca, 1053)
  
   En la oscuridad de las mazmorras resultaba difícil saber si era de día o de noche. La falta de referencias a veces distorsionaba incluso la percepción del ritmo del tiempo. Lo que en ocasiones parecían horas, a veces sólo eran minutos. Lola sólo sabía qué hora era por aquel sonido: las llaves, el chirrido de los goznes y el leve golpe del cuenco de barro sobre el suelo. Abrió los ojos para aprovechar el único minuto de luz de la jornada: la antorcha del carcelero.
   - Déjame adivinar -le espetó burlonamente-: ¿gachas? Felicita al chef de mi parte: no deja de innovar.
   El hombre la miró, perplejo: nunca acababa de entender el habla de sus extraños prisioneros. Pero no le pagaban por conversar. Se encogió de hombros y se dio la vuelta: había notado una presencia imprevista. Alguien más se acercaba por el pasillo.
   - ¿Traéis un preso? -protestó-. Aquí no cabe: están casi todas las celdas llenas.
   - En la otra galería no puede estar. Allí ya hay uno de los suyos; nos han prohibido que estén cerca. Es otro de los de Leiva.
   ¿Leiva? Los sentidos de Lola se pusieron alerta. Aquello podía ser interesante.
   - ¡Pardiez! Sea, pues -el carcelero señaló una dirección, contrariado-. Allí. Es la última.
   Lola vio cómo atravesaba el pasillo, ante su celda, un prisionero que renqueaba visiblemente. El hombre también la vio; al instante, su cojera se acentuó y se derrumbó en el suelo con estrépito. Un pequeño objeto cayó con él.
   - ¿Qué pasa ahora? -gruñeron los guardias-. ¡Arriba, gandul!
   La cojera del hombre no era simulada: realmente le fallaban las rodillas. Los carceleros tuvieron que ayudarle a llegar hasta su celda. Pero no vieron el objeto caído: había atravesado los barrotes de la celda de Lola, y ésta se había encargado del resto.
   Era un teléfono móvil, protegido por una carcasa de goma que había amortiguado la caída. Obviamente, el detenido tenía instrucciones para el caso de ser apresado. La pantalla mostraba un mensaje:
   “Ya no puedo abrir las puertas del Ministerio. Necesito las tuyas. Y tú necesitas salir. ¿Hacemos negocios?“
   Lola tecleó unas instrucciones y sonrió con sarcasmo. Presentía que estaba haciendo un pacto con el diablo, pero eso ya lo resolvería más adelante.
   No sabía que estaba cerrando un círculo: que su próximo viaje la llevaría a Enero de 1793. Al inicio de una historia que para ella todavía no había comenzado; pero que, para el hombre que renqueaba hacia la última celda (y para la patrulla de Amelia), acababa de finalizar. El pez que se muerde la cola. El fin, provocando el principio.
   Pero aunque lo hubiera sabido, a Lola Mendieta no le habría importado demasiado. Su partida de ajedrez ya estaba en marcha: en cuestión de horas, sería libre.
  
   * * * * * * * * * *
  
   (Quinta del Sordo, 1824)
  
   Velázquez y Alonso paseaban entre las inquietantes Pinturas Negras, que cubrían las paredes de la finca. No había rincón en el que poder refugiarse de ellas. Algunas eran amables, como el retrato de un perro y el de la mujer de la casa, Leocadia. Pero otras parecían fantasmas, acechando en cada esquina.
   - Por la noche debe ser todo un reto -comentó el soldado-. ¿Quién podría querer vivir en una casa así?
   Velázquez le miró con desdén:
   - Este hombre comenzó a pintar bajo las normas del Barroco. Fue precursor de la pintura del Romanticismo y la surrealista. El mundo tardó siglos en evolucionar así, pero él lo hizo en pocas décadas. Ni vos ni los de su tiempo le comprendéis: por eso todos le creen loco. ¡Pero es un genio! Mejorando lo presente, claro.
   Alonso movió la cabeza como quien está ante un caso perdido. Admiraba el talento, pero nunca había visto un hombre tan pagado de sí mismo como Velázquez.

   - Ustedes dos son el vivo retrato de sus padres -observó Goya, señalando a Amelia y Velázquez. Oficialmente, los dos agentes habían tenido que presentarse fingiendo ser “hijos“ de los que él conoció en 1793 en Sevilla: eran las normas. Pero Amelia dudaba que hubieran conseguido engañarle. Desde su conversación acerca de Lola y de la Historia, sabía que Goya les había reconocido como gente de otro tiempo.
   La joven se detuvo al ver una pintura especial: representaba a un anciano sereno, que ignoraba resignadamente a un ser grotesco susurrando en sus oídos.
   - ¿Esto es lo que le sucede a usted? -preguntó a Goya, vocalizando bien para hacerse entender-. ¿Sonidos fantasmales?
   Francisco de Goya dejó el pincel, dio otra bocanada a su cigarro y leyó los labios de la joven. El pintor estaba muy envejecido. No era para menos: ya tenía casi ochenta años.
   - Es lo peor de mi sordera -asintió-. No oigo nada real, pero sí voces como de ultratumba. Son exasperantes. No hay manera de acallarlas. Eso le destroza los nervios a cualquiera.
   Ella asintió. Tal vez por eso a él le gustaban las Pinturas Negras: le ayudaban a dar forma a los sonidos. A ponerles límites. A dominarlos.
   - ¿Puedo hacerle una pregunta? -intervino Velázquez-. ¿Cómo consiguió que la Inquisición no le juzgara por los “Caprichos“ y “Los Desastres de la Guerra“?
   - No llegué a publicarlos oficialmente. Bueno, los "Caprichos" sí, pero sólo quince días -sonrió Goya con amargura-. Pero distribuir de tapadillo obras censuradas es toda una tradición de este país, ¿no? Así circularon, clandestinamente. Lo importante es que no se olvide la verdad.
   - La verdad -reflexionó Amelia- ¿Qué es la verdad?    
   Él leyó sus labios, sonrió misteriosamente y buscó algo en un escritorio. Después volvio a trabajar en su óleo: representaba a un monstruo devorando a un niño.
   - Para no gustarle los desmanes, se recrea bastante en ellos -señaló Entrerríos.
   El pintor percibió el gesto de aprensión y soltó una carcajada inquietante. Llena de resentimiento.
   - Sólo aquí, a solas, puedo vomitar todos mis miedos. Y créanme: en esta vida he tenido mucho que tragar. Gobiernos absolutistas, nacionales, extranjeros, Inquisición y sus respectivos espías: todos cometieron injusticias. Y amenazaron a los que nos atrevimos a denunciarlas. Mis compañeros liberales acabaron muertos o exiliados. Y el tiempo me quitó el resto.
   El pintor, entre pinceladas y bocanadas de tabaco, se volvió a Alonso y le señaló el macabro óleo: 
   - Saturno, relacionado con Kronos, símbolo del Tiempo. Nos da la vida, la alegría, la salud... nos lo da todo. Como a hijos. Y luego nos lo quita. Pedazo a pedazo.
   Entrerríos le agradeció la explicación con un gesto y ocultó un escalofrío. En aquella mente había demasiados fantasmas, y ése era un tema que el soldado no gustaba de tomar a broma.
   - Usted sabe que una de estas pinturas tiene que ser destruida, ¿verdad? -dijo Amelia dulcemente, señalando en la pared una nueva versión goyesca de “El Grito“ de Munch-. Esta obra no es de usted. Y ya la ha pintado dos veces; una en 1793 para Lola, y otra vez ahora...
   - Sé que no debería haberla vuelto a pintar -respondió Goya, con un guiño de complicidad-. Pero esta vez la hice para usted: para hacerla venir de nuevo. Necesito ver a alguien que no se destruya con el tiempo, aunque sólo sea una última vez.
   Amelia le miró, asombrada. Aquel hombre intuía demasiado bien ciertas cosas. Habría sido un buen agente.
   - Sólo viajamos -confesó ella-. Pero... envejeceremos y moriremos, como todos. Yo también.... - “y tal vez pronto“, recordó la joven, intentando disimular su tristeza.
   - ¿Volveremos a vernos? -preguntó el anciano.
   Amelia negó con un gesto:
   - Lo siento. Hoy nos hemos saltado una prohibición para venir, y sólo porque necesitábamos asegurarnos de que “El Grito“ siga siendo de Munch, y no de Goya.
   - No se preocupe -replicó él con picardía-: ya ha cumplido su función. Pintaré otra cosa encima. Mientras tanto, aquí tiene su respuesta.
   Entregó a Amelia el sobre que había sacado de su escritorio un instante antes. Ella lo miró sin comprender.
   - ¿La respuesta a qué?
   - A lo que me ha preguntado antes -el pintor volvió a concentrarse en su trabajo-. La Verdad.


   * * * * * * * * * *

   Al regresar al Ministerio, encontraron a Julián esperándoles en la cafetería. Estaba escribiendo una carta.
   - ¿Creéis que Goya conseguirá dejar de pintar pesadillas? -les preguntó, con aire pensativo.
"La lechera de Burdeos".
Goya, 1827
   - Me pregunto si tú y yo conseguiremos olvidar las nuestras -confesó Amelia con tristeza-. Pero él sí: acabará visitando a sus amigos exiliados en Burdeos, sobre todo a Moratín, y ya no querrá volver. Cuando sepa lo que es vivir sin esconderse, por fin encontrará la paz. Después de pintar tantos horrores, ¿quieres ver su último cuadro?
   - Oye, pues sí.
   Amelia le mostró un libro que acababa de sacar de la biblioteca. Lo había encontrado al reorganizar los que había utilizado Julián al inicio de la misión.
   - Mira esto -le enseñó la imagen, serena y luminosa, de una joven de expresión amable-: “La lechera de Burdeos“.
   - Se parece a lo que pintaba de joven, antes de los problemas - reflexionó Julián, recordando los primeros tapices-. Así que al final, lo superó. Quién sabe; si él pudo, tal vez nosotros también. Algún día...
   - Amelia, ¿qué es ese papel que os ha dado hoy? -recordó Alonso; le podía la curiosidad.
   Ella abrió el sobre y examinó el documento que acababa de salir del escritorio de la Quinta del Sordo: por el estilo de dibujo, debería pertenecer a “Los Desastres de la Guerra“. Pero la escena, desde luego, no se la esperaba.
   - La Verdad -recordó-. "Esto es lo verdadero".
   La imagen no representaba una pesadilla, ni un monstruo, ni una lucha. Sólo gente sencilla del campo trabajando honradamente, en paz.
   
Nº82, "Esto es lo verdadero"
Goya, "Los Desastres de la Guerra"
   * * * * * * * * * *

   Julián todavía tenía la imagen en su retina cuando llegó a casa, acompañado por Alonso. A su antiguo hogar.
   - ¿Estáis seguro? -le preguntó Entrerríos.
   El enfermero asintió y abrió la puerta. Se dirigió al tablero de la entrada, repleto de antiguas fotografías de su mujer, dolorosamente felices. En una de las instantáneas Julián aparecía dos veces; una en primer plano, joven y alegre, con Maite. La otra al fondo, sombrío y furtivo, casi veinte años mayor. El día de la puerta 58.
   - Esto es para ti -susurró dulcemente.
   Colgó una imagen más junto a las fotografías: “El sueño de la razón produce monstruos“. El regalo de Goya. La escena cada vez le parecía menos inquietante y más bella: un hombre soñando con mil imágenes. Mil ideas. No necesariamente malas.
   Y al dorso del dibujo, un buen deseo de un buen amigo:
   “Ella sí. Descansará en paz“.
  
   * * * * * * * * * *

   “Querido Federico,

   Gracias por tu carta. Me dio palabras, en un momento en el que realmente las necesitaba.
   Tenías razón, como siempre. Adivinaste algo terrible, algo que me tocaba muy de cerca y que estuvo a punto de hacerme acabar mal.
   Sí, yo la amaba. Y es duro perder a alguien a quien amas. Se pierde la esperanza. Dan ganas de dejar la vida y no volver.
   Pero de alguna manera, estoy de vuelta. Ahora sé que tengo algo más: a los amigos, como tú. Eso es lo que importa.

   Un abrazo,

   Julián“


FIN