04 marzo 2026

TERTIA PUGNA-11

TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez
 

Capítulos:   1   2   3   4   5   6   7   8   9   10  11


CAPÍTULO 11.- UN MAR DE DUDAS


    Digan lo que digan los proverbios, después de la tormenta no siempre viene la calma; a veces lo que viene es la policía científica. Azirafel y Crowley encontraron una escena surrealista a las puertas de su librería: Nina, Maggie y Muriel estaban cercadas por agentes de Scotland Yard. Una inspectora trataba de dar sentido a la declaración de una niña que mezclaba conceptos tan dispares como secuestros, ángeles y demonios. Al otro lado de la calle, una científica forense analizaba los restos de un vehículo accidentado.




    - ¡Le digo que eran espadas de fuego, inspectora Jones! -anunció un agente que esgrimía una tablet-. ¡Tenemos imágenes de las cámaras de Tráfico!

    "Pero... ¿cómo?" se angustió Azirafel. "¡Si sólo nos hemos ausentado unos minutos!"

    - Seis mil años siendo discretos -Crowley movió la cabeza con fastidio-. Y en cuanto me sustituye Shax, se monta un circo.

    - Aquí no podemos hablar -Azirafel se volvió hacia él y le susurró con urgencia-: Pero si volvemos a aquel vacío blanco...

    - Está todo dicho -negó Crowley. Señaló al ángel, o más bien le clavó un dedo acusador en el pecho-: Tu dichoso halo empezó una guerra, y tienes que detenerla YA.

    - No se cómo -confesó el ángel, encogiéndose de hombros con impotencia-. ¡Por eso te necesito!.

    - ¿Y crees que yo sí lo sé? Sólo veo una salida -Crowley le tomó la mano. De pronto su voz perdió todo el filo y se volvió casi cálida-: Vámonos. Juntos.

    Azirafel miró a su alrededor: no sólo a su ciudad y las personas que lo rodeaban, sino a toda la vida que llevaba milenios protegiendo. Negó con la cabeza, angustiado.

    - No pienso abandonarlos.

    - Y yo no pienso quedarme para acabar como Jim -Crowley le soltó la mano como si quemara, le dio la espalda y se alejó a grandes zancadas. Si el otro empezaba a soltar perdones, no quería oírlos-. Aunque me quede solo.

    - ¡Perdona, pero tienes que...!

    Crowley lo ignoró y se perdió hábilmente entre la multitud, mascullando:

    - No "tengo" que hacer nada, ángel. Ya no soy tu furcia.

    Azirafel se lanzó tras él, exasperado al ver que la oportunidad de hablar se le escapaba de las manos, pero chocó con una figura uniformada que le cortó el paso:

    - Alto ahí. ¿No es usted uno de los espadachines? -la inspectora exhibió sus credenciales con una firmeza que no admitía excusas-. ¿Puede explicarnos lo de las armas o el accidente de tráfico?

    - Yo... -Azirafel tomó sus gafas de lectura para disimular el temblor de sus manos, se las puso y suspiró con resignación-: Soy... perdón, fui el dueño de esta librería. Hasta hace poco.

    - Ahora la gestiono yo -intervino Muriel, inoportunamente servicial-.  Las espadas de luz son...
   
    - ¡Atrezzo! -improvisó Nina, interponiéndose entre la detective y el ángel-. Estamos preparando algo especial para el estreno del próximo libro de Star Wars. Con sables de luz y todo eso. ¿Verdad, Muriel?

   - Ejem... yo... -el ángel no sabía mentir, pero se enderezó para imitar la pose de los policías y balbuceó-: Esas espadas de luz no servirían para hacer nada malo. Al contrario.

    - Estábamos ensayando cuando se nos echó encima ese Jaguar -Maggie señaló el vehículo siniestrado, mostrando sin querer las magulladuras de sus brazos-. ¡Estoy viva de milagro!

    Al otro lado de la calle, Crowley esbozó una sonrisa amarga y se camufló entre los curiosos. "Suficientes problemas por hoy", decidió, apretando el paso hacia su Bentley. Ya tenía la mano en la portezuela cuando le sobresaltó una voz de mujer:

    - Así que ha sido usted. ¿Cómo lo ha hecho?

    Crowley frunció el ceño y se volvió hacia la intrusa. Ésta no portaba uniforme de policía, sino algo bastante inusual en plena calle: una bata blanca de laboratorio. 

    - ¿Hacer qué? -replicó, altanero-. ¿Y quién es usted?

    - Soy la científica forense Sato, y llevo cuatro años investigando muertes extrañas -señaló el vehículo siniestrado y añadió-: Las dos últimas veces, ese Jaguar y un Bentley como el suyo estaban cerca del lugar del crimen. ¿Reconoce esto? 

    Crowley miró sin mucho interés lo que ella sostenía en una bolsita sellada. Restos de chamuscados de... ¿insectos?

    - ¡Hastur! -gruñó con fastidio. Al parecer, Shax no era la única incompetente que se hacía notar más de la cuenta.

    - ¿Así se llama? Según los datos de Tráfico, el propietario de ese Bentley debería llamarse A. J. Crowley -la científica guardó la muestra, sacó una tablet y empezó a tomar notas-. ¿De dónde sacó unos insectos tan letales? ¿Y cómo los detenemos? 

    - Es complicado. ¿Agua bendita? Aunque pensándolo bien, para una vez que Hastur ataca a criminales...

    Esta vez fue la forense quien frunció el ceño. Levantó la vista de sus notas y replicó con extrañeza:

    - Se lo advierto, simular enajenación mental no lo librará de acompañarnos a la comisaría. Usted sabe demasiado y...

    - Y ustedes demasiado poco. ¡Que son policías, joder! -replicó él con furia. Señaló al otro lado de la calle, donde la niña volvía a hablar con la inspectora Jones, y susurró roncamente-: Esa menor alguna vez confió en la Policía, o en el Cielo. Pero ¿quiénes la ayudaron cuando la secuestró un pederasta? ¡Ustedes ni se enteraron!

    La forense, intimidada por la furia del testigo, hizo un gesto discreto a sus compañeros. Éstos comenzaron a rodearlos, pero se les adelantó el zumbido de una silla de ruedas:

    - Éste no es el sospechoso que están buscando -intervino una voz extraña, ni de hombre ni de mujer. 

    Crowley se volvió con asombro para contemplar la llegada de Saraqael. El ángel detuvo su silla junto al Bentley, alzó las manos y señaló con elaborados gestos a Sato y a su escolta: 

    - Márchense y olviden esta conversación -se lo pensó un momento y añadió-:  Excepto lo del agua bendita. Recuerden eso.

    Los agentes intercambiaron miradas de confusión y se alejaron hacia sus vehículos. Algunos intentaron consultar sus notas, sin recordar lo suficiente para completarlas. Saraqael esperó a quedarse a solas con Crowley antes de decir secamente:

    - Creí que ya no trabajabas con Hastur.

    - Sería absurdo. Me odia. Fue uno de los que hizo que me expulsaran del Infierno, ¿recuerdas?

    El ángel asintió sin mucha convicción.

    - Eso le diré a mis superiores. No necesitan saber más. 

    Crowley entornó los ojos con suspicacia:

    - Demasiado amable -se inclinó hacia su acompañante y olisqueó su aura con descaro-. Pero no detecto ninguna otra presencia, ni infernal ni divina -admitió al fin-. No reciente, al menos.

    - ¿Crees que me influye alguien? -fue la sarcástica respuesta-. Perdí el uso de mis piernas, no mi albedrío.

    - ¿Albedrío? -el exdemonio apoyó la espalda en la carrocería del Bentley y se burló-: ¡Los ángeles no tienen eso!

    - Si Dios nos dio inteligencia, lo lógico es usarla.

    - No digas eso muy cerca de tus superiores. Si no les das la razón ciegamente... 

    El Caído se quitó las gafas oscuras y dejó que sus ojos de serpiente ilustraran las consecuencias. Pero Saraqael, lejos de asustarse, señaló hacia la libería:

    - No todos. 

    Crowley se giró en la dirección indicada: Azirafel, al otro lado de la calle, se estaba despidiendo de una confusa y amnésica inspectora de Policía. 

    - ¿El Archicretino Supremo? No  esperes mucho de él -bufó el exdemonio. Le dio la espalda y forcejeó con puerta de su Bentley. Era extraño: se resistía a abrirse.

    - Dicen que salvaste un alma en Escocia -insistió el ángel-. Evitaste que alguien se suicidara por dolor. ¿Y ahora salvas de lo mismo a otra niña? Empiezo a pensar... 

    - ¿En qué? ¿En los problemas de trabajar borracho?

    - "In vino, veritas": mostraste una verdad. Sobre la Caridad, creo.

    - ¡No me vengas con virtudes teologales! -ladró Crowley, abriendo al fin la puerta rebelde con un tirón violento-. Sólo mostré que el sistema de sufripuntos no es muy celestial: no sólo reparte alitas, sino también barbacoas. ¡Igual que mis tentaciones!

    Saraqael no se ofendió. Al contrario, asintió con aire pensativo.

    - ¿Y si cambiáramos el sistema?

    La áspera carcajada del exdemonio sobresaltó al ángel sedente:

    - Claro, ¿tú y cuántos más?

    Saraqael notó una cruel tristeza en aquella risotada. Oyó los pasos de Azirafel, libre ya de la Policía, acercándose a toda prisa. Rogó al demonio que esperara, pero éste se sentó al volante y encendió el motor. Ya estaba quitando el freno de mano cuando la científica forense se plantó frente al vehículo:

    - ¡Señor Crowley! ¡Hastur! ¡Buenas noticias!

    El interpelado reprimió una mirada asesina y bajó la ventanilla:

    - ¿Me conoce?

    - Ejem... no, pero... -Sato movió la cabeza, luchando contra la confusión que Saraqael había sembrado en su mente, y consultó su tablet-. Mis notas mencionan esos nombres y un Bentley como éste, así que estoy cruzando datos y... ¿nos contactó usted hace cuatro años para buscar a un niño perdido?

   - No lo recuerdo, pero puede ser. ¡Moví Cielo y Tierra!

    - ¡Tenemos noticias! Gracias a una denuncia reciente de...

    - ¿Exceso de velocidad? -sonrió Crowley, orgulloso. Por el rabillo del ojo vio acercarse al Archimbécil Supremo, así que pisó el embrague y metió directamente la tercera marcha (nunca se había rebajado a usar las dos primeras, y no pensaba empezar ahora).

    La forense continuó, sin inmutarse:

    - ¡Una demanda de paternidad!

    El Bentley tosió, tan sorprendido que se le caló el motor. A Crowley se le desorbitaron los ojos hasta saltársele las gafas oscuras:

    - ¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién...?

    - La demandante es una tal "Hermana Mary Locuaz". ¿La conoce?

    - ¿La exmonja que te llamaba "Amo Crowley"? -exclamó Azirafel, que se las había arreglado para llegar justo a tiempo al espectáculo.

    - ¡Vaya con Crowley! -Saraqael contuvo una risita-. ¡Aún es un diablillo, después de todo!

    El asombro de Crowley aumentó hasta niveles casi lisérgicos:

    - ¿¡PERO QUÉ RAYOS...!?



(CONTINUARÁ...)


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Papilio Tempestae (Infancia de Warlock. One shot)

1 Natividad    2 Tentación    3 Pasión



12 febrero 2026

TERTIA PUGNA-10


 TERTIA PUGNA

FanFiction de Good Omens

Por Mª Nieves Gálvez


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CAPÍTULO 10.- EL BESO Y EL PERDÓN


En capítulos anterioresEl Infierno corteja a Crowley ofreciéndole una perversa "buena obra": asesinar a criminales humanos. Azirafel y Miguel son enviados para castigarlo, pero descubren que los verdaderos culpables son Hastur (que huye herido) y Shax, que se escuda poseyendo a dos rehenes humanos: Nina y una niña desconocida...

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    Cuatro personas se amontonaban en el suelo de una antigua librería del Soho. O dos, dependiendo de la definición de "personas": en realidad sólo dos de ellas eran humanas, y estaban bastante vapuleadas. Los demás les tuvieron que ayudar a levantarse, esquivando algún inevitable pisotón.

   - He visto orgías menos enredadas que esto -se burló Crowley, con una mueca entre traviesa y nostálgica.

    - ¿Hemos pecado? -se inquietó Muriel, pero ante la negativa del otro sonrió con alivio-: ¡Hemos derrotado a una posesión demoníaca! ¡Aleluya!

    Maggie ignoró el debate teológico y abrazó a Nina:

    - ¿Estás bien? -Su voz no vibraba con la ligereza de los otros dos, sino más preocupada. Más humana.

    Nina se miró las manos: le temblaban. La posesión había violado lo único en lo que creía: hacer las cosas con sus propias manos, sin esperar intervenciones sobrenaturales. Y Shax se había apropiado precisamente de eso: de sus brazos, su cuerpo e incluso su voz, dejándole en los pulmones un miasma corrupto.

    - ¡Asqueroso demonio! -escupió, boqueando para contener las náuseas.

    - ¡Gracias, muy amable! -protestó Crowley.

    - Tú no: ¡Shax! -Nina señaló hacia la calle, donde Azirafel y Miguel acorralaban a la diablesa-. ¿Por qué no la atacan ese par de inútiles?

    Crowley avanzó unos pasos hacia la salida, olfateó el aire y sus iris amarillos se expandieron hasta desbordar las órbitas.

    - ¡Por la niña del Exorcista! -gesticuló, frenético-. ¡Mocosa, quita de en medio!

    - ¿Una niña? ¿¡AHÍ FUERA!?

    Las dos humanas se lanzaron hacia el exterior, haciendo caso omiso a las protestas de Crowley: 

    - ¿Qué es esto? ¿¡Los premios Darwin!?

    La embestida de Nina fue torpe, pero útil: consiguió distraer a Shax lo justo para que Maggie pudiera abrazar a la niña y apartarla. La espada centelleante de Miguel describió un arco letal hacia la diablesa, mientras Azirafel y Muriel se interponían entre la peligrosa maniobra y las tres humanas. Crowley salió de la librería maldiciendo a todos y cada uno por orden alfabético, alzó los brazos...

    ...y el mundo se volvió blanco.

    No fue una explosión, sino una ausencia. La librería, las calles, todo había desaparecido. Alrededor de las tres humanas sólo había tres figuras aladas: una brillante como el Sol, otra blanca y tenue como la Luna, otra oscura como la noche....

    - Claro -gruñó Nina por lo bajo-. Crowley no podía ser el único con alas.

    Maggie cayó en la cuenta de que todavía abrazaba a una completa desconocida y la soltó, pero no se apartó: sólo era una niña, y debía estar asustada. Le tomó la mano y preguntó con dulzura: 

    - ¿Quién eres? ¿Estás bien?

    - Lucy -la niña era casi una adolescente: aparentaba unos quince años. Miró con aprensión a su alrededor y añadió-: ¿Qué es este lugar? ¿El Cielo? ¿Hemos muerto?

    - Claro, ¡Lucy en el Cielo y con diamantes! -se burló la figura oscura-. No, es broma: estás viva y a salvo. ¡De nada!

    Azirafel redujo su resplandor solar a un nivel soportable y reprendió a la sombra alada: 

    - No deberías bromear con eso, Crowley. Estamos a salvo, pero esto no es un "lugar". Es... -frunció el ceño-. Los seres humanos no tienen palabras para esto.

    - Sí las tienen -corrigió con pedantería Crowley-: Singularidad, Espacio-E, esfera de Hubble... 

    - ¡Leí sobre eso! -palmoteó el tercer ser alado-. Lugares lejanos del Universo donde las leyes de la Física se deforman por...

    - ¡No hace falta ir a ningún lugar! -Crowley separó las manos y volvió a acercarlas como si apretara una esfera imaginaria-: Sólo tienes que manipular la gravedad hasta deformar el tejido del espacio-tiempo. ¡Fácil!

    La niña soltó la mano de Maggie, se ajustó el aro nasal y avanzó hacia él:

    - ¿Como se sale de este... ningún lugar?

    Crowley dirigió un dedo acusador hacia ella y otro a Nina:

    - ¿Salir? Aquí deberían quedarse los imprudentes que se acercan a Shax una y otra vez. ¡Es un demonio, no un carrusel de feria!

    - Pero Shax me protegió de un hombre malo...

    - Sólo porque le convenía -Crowley se enderezó, lúgubre-. Volverá para cobrártelo. Y no sólo a ti.

    - ¿Cómo lo impediremos?

    Todos se volvieron hacia Nina. Su pregunta había puesto el dedo en la llaga.

    - La librería vuelve a tener una barrera contra el Mal -sugirió Muriel-. Y la tienda de Maggie, porque comparte el mismo edificio.

    - ¿Sólo eso? -Nina avanzó hasta interponerse entre los ángeles y las demás humanas, se señaló a sí misma e insistió-: ¿Y yo? ¿Y el resto del Soho? ¿¡O del mundo!?

    - Espera, espera... ¡no funciona así! -Azirafel movió las manos en lo que intentaban ser gestos apaciguadores, pero empezó a pasear nerviosamente-. El mundo terrenal es neutral. Libre albedrío y todo eso. No podemos intervenir.

    - La Directriz Principal del Inútil Supremo -se burló Crowley.

    - ¿No se puede? -intervino tímidamente Maggie-. Pero si una persona hace buenas obras y reza y...

    - Ejem... sí, claro, eso es útil -sonrió Muriel-. Para decidir a dónde vas después.

    - Después de la muerte, ¿no? -estalló Nina-. ¿Y si muero estando poseída? 

    Azirafel y Crowley cruzaron entre sí una mirada incómoda. Tenían información teórica sobre el destino de las almas (y milenios de práctica intentando influir discretamente sobre ellas), pero esa pregunta era un caso especial. Muriel extrajo de su bolsillo algo similar a una carta, la desplegó y comenzó a examinar extrañas páginas que no estaban hechas de papel, sino de luz. Pero no tardó mucho en negar, con una sonrisa de disculpa:

    - Lo siento. Mis manuales no son tan detallados.

    - Lo que me temía. Pero... -Nina miró a Crowley y su expresión se animó un poco-. Tú evitaste que me poseyera Shax. ¿Qué más puedes hacer?

    - Bueno, en realidad... -Crowley miró a los dos ángeles y dudó un poco: casi parecía cohibido-. Aquí, delante de todos...

    A Azirafel comenzó a dolerle la cicatriz del labio. Lo frotó disimuladamente y avisó con severidad:

    - No, Crowley. Eso no.

    - Piénsalo bien -se animó Crowley. Tomó a Nina de los hombros y empezó a hablar a toda velocidad, o más bien a pensar en voz alta-: Técnicamente, un demonio no puede poseer a alguien que ya pertenezca a otro. Ni siquiera el que llaman Legión: ése es múltiple, pero aun así no interfiere con los demás. Cortesía profesional. Bueno, la cortesía es que a cambio los demás no le arranquen la cabeza, o las cabezas. Lo cual no es que pueda matarnos, pero escuece que no veas y tardamos siglos en volver a...

    - ¡Céntrate, Crowley! ¿Estás pensando en poseerme?

    - No. Lo mío es la gravedad, el clima y las tentaciones. Pero además -sonrió ampliamente-. Puedo marcarte. 

    - ¡La Marca del Diablo! -se horrorizó Muriel-. ¡Lo leí en el libro "Malleus maleficarum"! Sirve para firmar tratos satánicos. ¡No sabes a qué te comprometes a cambio! Para eso, mejor te marco yo y...

    - No funciona así  -interrumpió Crowley con desdén-. Ese panfleto alemán era un montón de bulos paranoicos. Los reaprovecharon en "Mein Kampf".

    - Pero esa marca existe, aunque Muriel no puede hacerla -intervino Azirafel-. El perdón es la marca de los ángeles.

    Nina miró a los tres seres sobrenaturales y frunció el ceño, pensativa. Finalmente se volvió hacia Crowley:

    - Si me marcas, ¿a qué me comprometo a cambio?

    La luz de Azirafel aumentó cegadoramente y su voz retumbó como un trueno:

    - ¡BASTA!

    Cuando se apagó el resplandor, en el blanco vacío sólo quedaron dos figuras: Azirafel y Crowley. Este último agarró al ángel por las solapas del traje para empujarlo hacia la pared, sólo por costumbre. Finalmente recordó que no había pared, dudó y lo arrastró hacia arriba, aunque con un titubeo muy poco convincente.

    - ¡No puedes devolverlas al mismo momento y lugar! -protestó-. Es peligroso, ¡había un combate!

    Azirafel se señaló cortésmente la garganta y la boca, inmovilizadas por el agarre de Crowley. Éste tardó un poco en entender y dejarlo en el suelo, incómodo.

    - Han vuelto a un segundo más tarde -carraspeó el ángel, una vez libre-. Lo suficiente para que Miguel y Shax... bueno, ya no estén.

    - ¿Desde cuándo manejas burbujas de Hubble? En el anterior Armagedón...

    - No, hace cuatro años no podía -Azirafel se arregló el cuello de la camisa y el maltrecho orgullo, se frotó el labio y añadió-. Estoy notando cambios desde que soy el Arcángel Supremo. 

    - Y me impides hacer tratos. ¿Por qué? ¡Hace años que no soy un demonio! -Crowley paseaba como una pantera enjaulada, pero se detuvo de repente y miró al otro a los ojos. Se encogió por la sospecha y su voz bajó una octava entera-. Espera... ¿para ti lo sigo siendo? Y nunca aceptaste esa parte de mí, ¿verdad?

    Al fin. La pregunta que llevaba flotando en el aire desde que se separaron un mes antes, o una eternidad antes. Crowley se maldijo por no sonar furioso, sino dolido. Azirafel se acercó con cautela, como quien teme ahuyentar a un animal salvaje:

    - No es eso. Sólo es que... me marcaste -protestó el ángel, usando dos dedos para bajar su labio inferior y mostrarle el interior: allí había dos cicatrices. Parecían dos marcas de colmillos-. ¿Safes lo que fodría fasarme allí arrifa si lo descufren?

    - No mucho. No aceptaste mi marca, así que no funciona.

    Azirafel se soltó el labio y miró al otro con sorpresa:

    - ¿Debería funcionar?

    - Pues claro. ¿Qué crees que es? ¿Una marca de ganadería? ¡No! Sólo es... -Crowley apartó la vista, cohibido, y le dio la espalda antes de admitir-: entrelazamiento cuántico. Transmite información al instante, a nivel subatómico. A cualquier distancia.

    - ¿Un canal de comunicación? -Azirafel avanzó hacia él, le puso las manos en los hombros y lo obligó a mirarle-. Para eso ¿no era más sencillo venir conmigo?

    - ¿Para qué? -se le encaró el otro con altanería-: ¿Para poner a más de uno en tu contra, por subir con un demonio? ¿Para que me volvieran a expulsar en cuanto abriera mi enorme bocaza? ¿Para que cayeras conmigo, ya de paso? ¿Imaginas lo bestia que es CAER, idiota?

    - Pero... -Azirafel negó, apretando aún más fuerte-... tendrían que aceptarte, porque soy...

    - ¿El puto Arcángel Supremo? ¡Pero si ni siquiera tú me aceptas! -estalló el exdemonio, liberándose del agarre del otro-. ¡Incluso tú querías cambiarme!

    - ¡No es eso! -protestó Azirafel, cada vez más nervioso-. Escucha, aquel día no podía hablar mucho, porque rondaban cerca el Metatrón y Muriel. Pero ahora estamos solos y puedo contártelo todo. Nunca quise cambiarte, sólo reparar el error del C...

    - ¡Déjate de excusas! -cortó el exdemonio. Al ver los frenéticos gestos de negación del otro, añadió en voz baja-: Y no digas cosas peligrosas.

    Alzó los brazos y la blancura se retiró como un velo. A su alrededor aparecieron formas familiares: edificios, semáforos, transeúntes... su compañero reconoció el Soho y contuvo un gemido de rabia al ver cómo la oportunidad de hablar con Crowley se le escapaba de las manos. Éste huyó hábilmente, aprovechando el ajetreo que reinaba frente a la librería: Nina, Maggie y Muriel estaban rodeadas de agentes de Policía. No muy lejos, una científica forense analizaba los restos de un vehículo siniestrado.

    - ¡Dos sospechosos con espadas de fuego, Inspectora Jones! -insistía un agente, esgrimiendo una tablet-. ¡Tenemos imágenes de las cámaras de Tráfico!


  (CONTINUARÁ...)

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    A los seres humanos les gusta investigar la Creación. Creen que un conocimiento infinito puede caber en una cabeza limitada. 

    Lo interesante es que a veces incluso lo consiguen: Copérnico y las órbitas de los planetas, Cecilia Payne y la composición de las estrellas... pero cuando eso sucede, a veces me divierto mostrándoles algo travieso. Algo que les haga explotar (metafóricamente) las cabezas. 


    Por ejemplo, el entrelazamiento cuántico. Partículas tan íntimamente entrelazadas que cada una afecta a la otra al instante, estén donde esténLos científicos humanos no le encuentran explicación; se preguntan en qué estaba pensando Yo aquel día.

    Lo confieso: estaba pensando en dos seres. Pero no humanos.

    (Notas de su Todopoderosidad: fragmento sobre el amor)



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