06 octubre 2015

MdT: Un Acto de Venganza (II)



   (Oficinas del Ministerio, 2015)
  
   La Patrulla recordaba vagamente en qué pasillo estaba la puerta de Gil Pérez. La habían atravesado una vez, para reunirse con la Armada Invencible en Lisboa. En su segunda misión, que ya comenzaba a parecerles tan lejana. Pero se dejaron guiar por el hijo de Alonso, que cada vez se mostraba más inquieto. Pronto se les sumó Ernesto; se había retrasado apenas lo suficiente para echar mano a su listín. Su mirada era aún más grave y recelosa de lo habitual.

   Un extraño hallazgo confirmó que ambos tenían razones para preocuparse: en pleno pasillo subterráneo, cerca de la puerta, había una gran caja de madera cerrada con candado. No parecía muy usada; el estilo de ebanistería era sencillo y anticuado.
  
   -¿Qué hace aquí esto? -exclamó el más joven del grupo, examinándola con preocupación-. Creo que lo he visto antes: en el camarote de Gil Pérez... 
  
   El sexto sentido de Ernesto se puso alerta al instante. Normalmente habría sido una simple infracción del protocolo de guarda y custodia de materiales. Pero en aquellas circunstancias…

   -Hay que abrirla -decidió, temiéndose lo peor.
  
   -Dejadme a mí -intervino Amelia.

   La joven ya estaba seleccionando una de sus "llaves mágicas". Las ganzúas de Irene, intentó no recordar: las que la ex-agente le había confiado para irrumpir en casa de Julián, aquel día terrible. El día de la rebelión de Leiva. Sumida en aquellos sombríos pensamientos, Amelia apenas se dio cuenta del chasquido del cerrojo al ceder. Se obligó a volver a la realidad, abrió la tapa y echó una ojeada al contenido.

   -Julián… -la mirada de Amelia mostraba una mezcla de fastidio y confusión, como siempre que se enfrentaba a tecnología desconocida-. Será mejor que mires esto.
  
   -¡Yo he visto antes este ordenador portátil! -exclamó el enfermero al comprobar el contenido. Se lo fue entregando a Ernesto, mientras pasaba lista-. También hay un ratón, un cargador, un módem USB, un escáner de mano... Todo el material informático de Gil Pérez. Ha debido dejarlo aquí mientras hablábamos arriba.
  
   -Para que no caiga en manos del enemigo -asintió Ernesto con gravedad-. Hemos llegado tarde.
  
   El chirrido de unos goznes y un furioso golpe subrayaron sus palabras. La patrulla y su superior se volvieron hacia el sonido, presintiendo lo que iban a ver. El joven Alonso había abierto la puerta de par en par, pero no había podido pasar del dintel.

   -Está cegada -confirmó con frustración-. ¡Ahora no podremos cumplir la misión!

  Amelia y Ernesto examinaron la Puerta que debería llevarles al barco de Gil Pérez: parecía tapiada. Bloqueada por un muro que el hombre de confianza de Gil, sin rendirse, ya estaba examinando. Exploró meticulosamente el obstáculo mediante una serie de golpecitos del puño de su espada, cuidadosamente repartidos por toda la superficie. Pero el sonido no era hueco: no había ninguna salida al otro lado.
  
   -No puede ser... -musitó con tozudez-. Necesitan ayuda. Se lo prometí.

   El Alonso más veterano le miró fijamente, orgulloso por la dedicación del joven. Después clavó la vista en Ernesto:
  
   -¿Hay otra puerta a ese tiempo? No importa cuán lejos esté.
  
   -¡Otra puerta! -la mirada del joven se iluminó de repente-. ¿Es posible eso, Diego?
  
   -¿Diego? -se sorprendió Ernesto, levantando la vista del listín.
   
   -Sí, ya nos hemos presentado. Justo antes de que usted nos alcanzara -intervino Julián. Señaló discretamente a su compañero Alonso al añadir, con un susurro cómplice-: "Diego Alatriste".
  
   Ernesto tuvo que fingir un ataque de tos para disimular la carcajada. Amelia, mientras tanto, le relevó con el listín y se hizo cargo de la situación.
  
   -Veamos -la joven frunció el ceño, realizó algunas comprobaciones y aguardó a que su superior recuperase el aliento-. Hay varias puertas a ese año, pero sólo una antes de Marzo: Sluys.
  
   -¿San Luis? -se interesó Julián-. No me suena ninguna ciudad con ese nombre en Europa. ¿Pertenece a España?
  
   -A veces -rezongó el veterano Entrerríos, taciturno-. Y a veces al Maligno.
  
   Los demás centraron en él sus miradas, tan intrigados como sorprendidos. Excepto Amelia.
  
   -Perdón, pero, ¿qué quiere decir eso...?
  
   -Sluys pertenece a un país de fango y arenas movedizas, tan traicionero como los herejes que la habitan. Hasta el sol parece allí un fantasma, que ni da luz ni calor. Esa tierra es el infierno.
  
   "Y tanto" reflexionó Amelia en silencio. "Ese país será la tumba del hermano de Spínola".

   A Julián le sonaba aquello de algo, pero no conseguía recordarlo con exactitud.

   -No lo pillo... 
  
   -Vamos -sonrió "Diego Alatriste", con complicidad-. ¿Soy el único que lee a Pérez-Reverte?
  
* * * * * * * * * *
   
   (Sluys, "Esclusa". Sur de Flandes. Febrero de 1589)
  
   -Qué ropas tan extrañas -gruñó el hijo de Alonso. Parecía realmente incómodo.
  
   -Todo es extraño aquí -comentó con cierta ironía el capitán Velasco, después de una breve bienvenida. Era el encargado de guardar la puerta, oculta en el interior de su cuartel general, además de liderar las tropas que mantenían cierto orden en aquella ciudad-. Con el tiempo, uno llega a acostumbrarse.
  
   -A mí no me molesta -sonrió Julián-: todo el pasado me parece igual de raro. Sólo es cuestión de grado.
  
   -Al menos no pasaremos frío -se consoló Amelia: las ropas de estilo holandés eran llamativas y pesadas, pero cálidas-. ¿Tiene puerto esta ciudad? Necesitamos encontrar un barco que nos lleve hasta Inglaterra.
  
   -¿Qué asuntos puede tener el Ministerio allí? -se sorprendió el capitán-. España no tiene relación con esos herejes desde hace años, cuando Isabel I Tudor expulsó a nuestro embajador...
  
   -... por conspirar para intentar sustituir a Isabel por María Estuardo, sí -se impacientó Amelia-. Pero ya conocéis a los ingleses: tienen corsarios y han robado algo que nos interesa. Os lo ruego, ¿podéis decirnos cuál es el puerto más cercano?
  
   El capitán Velasco asintió y les guió hasta el exterior. Entre los característicos tejados picudos de aquella pequeña ciudad (no pasaría de dos mil habitantes) se distinguían los campanarios de dos iglesias y, al fondo, un gran canal; éste desembocaba, no demasiado lejos, en el mar.
  
   -Es curioso -comentó Amelia, aspirando el frío aire: estaba cargado de olor a humedad, a vegetación norteña, al agua semiestancada del canal. Comenzaba a lloviznar-. Noto algo familiar aquí, pero nunca he estado en Flandes.
  
   -Yo sí -reflexionó "Diego Alatriste" con tristeza-. Me pregunto de qué habrá servido el tiempo que estuve luchando aquí. Un nuevo rey, una subida de impuestos, un predicador... y en poco tiempo, vi alzarse esta tierra como la de los Comuneros. Parecía una simple revuelta más. Nadie creyó que fuese a durar tanto.
  
   -Y falta mucho más -replicó Amelia, pensativa-. Será la Guerra de los Ochenta Años.
  
   Los demás la miraron atónitos, excepto Julián: él siempre había asociado la guerra al nombre de Flandes. 
  
   -Yo también noto algo, pero... -a la mente del enfermero acudieron dos palabras ("Lovaina"  y "Mercator"), pero para él no tenían sentido-. No; nunca he estado aquí. Como no haya sido en otra vida...
  
   -No digáis eso muy alto, que bastantes conflictos religiosos tenemos ya aquí entre católicos y calvinistas -le espetó el capitán con seriedad-. Ahí lo tenéis: Sluys tiene puerto, y de gran calado. Fue la causa de su prosperidad al principio, y de varias guerras después. Pero las gentes de aquí ya no tienen tratos con los ingleses; de hecho, se sienten traicionados por ellos.
  
   -Porque Inglaterra no supo defenderles hace dos años -recordó el joven Alonso-. Cuando España volvió a conquistar esta ciudad. Me lo contó Lope.
  
   -Entonces, ¿no hay manera de llegar hasta Inglaterra desde aquí? -se exasperó Julián.
  
   -Tendremos que viajar hasta Francia -suspiró Amelia-. Allí sí mantienen el comercio con Inglaterra. En fin, al menos hablo francés. Y no está demasiado lejos.
  
   -¿Tenéis caballos disponibles, capitán? -se interesó "Alatriste", siempre práctico-. Rápidos, a poder ser. Tenemos prisa.
  
   -Se nota que no sois de aquí... -el capitán sonrió de una manera especial.
  
   -¿Qué queréis decir?
  
   La sonrisa del oficial se hizo más amplia:

   -Ostende.

   Los agentes se miraron, confusos.

   -¿Allí están las monturas? -aventuró el más joven.

   -Oh, no -el oficial les invitó a seguirle con un gesto, guiándoles hasta el edificio anexo: era un establo-. Haré ensillar cuatro caballos, pero será un viaje muy corto. Ostende está a pocas leguas de aquí. Es la única ciudad de esta provincia que todavía no pertenece a España. 
  
   -¿Resistiendo ahora y siempre al invasor? -ironizó Julián-. ¿Como la aldea de Astérix?
  
   -¿Qué...? Bueno, de momento, no es cuestión de resistir -el capitán les miró con complicidad-. Ostende es más bien... conveniente para los comerciantes de toda la comarca. Cuando alguien de la zona española necesita un puerto que todavía envíe mercancías a Inglaterra... ¿comprendéis?
  
   Julián y "Alatriste" cruzaron idénticas miradas de sarcasmo. 
  
   -No se puede negar que el sur de Flandes es España -sonrió el soldado-. Hecha la ley, hecha la trampa.
  
   * * * * * * * * * *
  
   (Torre de Londres, Febrero de 1589)
  
   -Es un honor conoceros, señor Dee -saludó Gil Pérez en un latín bastante correcto. Hacía gala de tanta calma y caballerosidad como si fuera el dueño de aquellos aposentos, y no lo que realmente era: un prisionero en una cárcel de máxima seguridad.
  
   -Ah, ¿habláis el idioma de la Ciencia? -el anciano matemático correspondió a su reverencia, complacido-. Me alegra saberlo: estos días es difícil encontrar un alma gemela. El honor es mío. 
  
   -No me aduléis, por favor -sonrió el español con sencillez-. No estoy a vuestra altura. Enseñabais álgebra en La Sorbona con sólo veinte años. Habéis llegado a ser tutor de la Reina Elizabeth, y el mayor matemático de Occidente. 
  
   -Pero vos tenéis un secreto de Oriente, ¿no es así? -John Dee le miró con complicidad-. Dicen que es un desafío para un aficionado a la Cábala y a los números. Como yo.
  
   -No, no: todo esto es un error. Lamento haceros perder el tiempo, pero no sé de qué habláis. Aunque agradezco vuestra visita -la mirada de Gil Pérez, afable y aparentemente despreocupada, se posó en el extraño manuscrito que Dee acababa de abrir sobre la mesa... 
  
   El anciano funcionario español se quedó sin habla. Aquel libro estaba escrito en un idioma único, y cuajado de diagramas de inventos, constelaciones, plantas extrañas... pocos ojos en el mundo habían visto aquel libro todavía. Sólo alguien procedente del futuro, como un funcionario del Ministerio del Tiempo, podía saber qué nombre llegaría a alcanzar, siglos después. Pero aún menos gente sabía qué libro del Ministerio se parecía asombrosamente a aquél... 
  
   -Extraño manuscrito, a fe mía -se interesó Gil Pérez, intentando que no le temblara la voz. El idioma era distinto, pero... los diagramas guardaban una escalofriante semejanza con el Libro de las Puertas.
  
   -Lo conseguí del sabio Roger Bacon, pero sólo yo he sabido descifrarlo -explicó Dee. Y nadie más lo sabrá: si no hallo un discípulo digno, me llevaré el secreto de este idioma a la tumba -el matemático y ocultista miró al funcionario español tentadoramente-. Lástima: quién sabe si podría compartirlo con vos... 
  
   -¿Tan interesante es ese libro? -Gil Pérez no era experto en álgebra; su formación sobre el tema se reducía a algunos rudimentos de contabilidad. Y apenas había visto fugazmente una página del Libro de las Puertas, en un raro acto de cortesía de Salvador. Pero decidió seguirle la corriente a su interlocutor-. ¿Qué dice?
  
   -Que mentís -la mirada del sabio inglés estaba llena de complicidad-. Con la ayuda de este libro he examinado la Puerta que hay en vuestro barco, y hay magia en ella. Sólo falta descifrarla.
  
   * * * * * * * * * *

   (Estuario del Támesis. Cubierta inferior del galeón de Gil Pérez)
  
   -¿La... la Torre de Londres?
  
   Los “mercaderes holandeses” (un hombre y una mujer) interrumpieron por un momento su tarea. Pero, recordando el vigía que aguardaba fuera de la sentina, pronto continuaron distribuyendo los parcos víveres entre los prisioneros españoles. A los comerciantes sólo se les permitía entrar en el galeón durante una hora al día, para aprovisionarlo. El tiempo casi había terminado: el guardia inglés entraría en cualquier momento para hacerlos abandonar la nave. Y si sorprendía a los “holandeses” hablando con los prisioneros en perfecto español, no dudaría en encerrarlos junto a ellos.
  
   -Estamos jodidos -rezongó el "mercader"-. ¡Mira que meter a Gil Pérez en la maldita Torre de Londres! Con las joyas de la Corona. Esto sí que es Misión Imposible, joder.
  
   -Contén esa lengua, Julián... pero tienes razón -admitió Amelia, todavía disfrazada con sus ropas holandesas-. Es imposible sacarle de allí. Ni con Spínola.
  
   -Hay algo más -musitó uno de los prisioneros. Era el contramaestre de Gil Pérez. El que antaño daba órdenes a los galeotes; irónicamente, ahora había ido a dar con sus huesos no muy lejos de ellos.
  
   -Callad -ordenó otro preso; había sido el capitán del barco-. No ganamos nada diciéndoselo.
  
   -No, por favor -se inquietó Amelia, sin interrumpir el reparto de víveres-: ¿qué debemos saber?
  
   El contramaestre sonrió nerviosamente. En aquella mueca había un miedo cerval.
  
   -¿No os preguntáis por qué nos han encerrado en nuestro barco, y no en una prisión?
  
   -Sí, la verdad -reflexionó Amelia. Toda la tripulación del galeón estaba prisionera en las bodegas de su propia nave; sólo Gil Pérez había sido trasladado a tierra firme-. Londres tiene las cárceles llenas, porque Isabel persigue a los católicos por “traición”. Tan duramente como su hermanastra María Tudor persiguió a los protestantes...
  
   -Oh, sí -resopló el contramaestre-. Pero, además, esto es un cadalso. Pase lo que pase, estamos condenados. Si Gil Pérez habla, caeremos en desgracia ante nuestro Rey Felipe II. Si no, este barco dejará de serle útil a Su Pirata Majestad, Isabel de Inglaterra: sus corsarios nos remolcarán hasta mar abierto y nos hundirán.
  
   A Julián se le hizo un nudo en el estómago.
  
   -Pero qué cabr...
  
   -Hay ejecuciones peores: la hoguera, por ejemplo -interrumpió el capitán Ordóñez. Después dirigió una mirada furibunda a sus oficiales, sin osar levantar la voz-. Ahora callad; estos dos están aquí para ayudarnos -señaló a Julián y Amelia-. Pero tenemos que guardar silencio y no meterlos en problemas. Porque si los descubren, los apresarán como a nosotros; y entonces sí que estaremos todos muertos. ¿Entendido?
  
   La disciplina con la que asintieron los tripulantes hizo palidecer a Julián. Su compañera contuvo las náuseas; no estaba segura de nada. Qué planes trazar, qué rumbo seguir, cómo rescatarlos... Mientras acompañaba al enfermero hacia la salida, Amelia comprendió que ya no sólo se trataba de salvar una puerta. Era demasiado lo que le estaban confiando. Y ella no sabía ni siquiera por dónde empezar.
  
   Julián, en cambio, parecía tranquilo al despedirse de aquellos condenados. Había que ser enfermero o médico para distinguir la estudiada calma de aquella mirada compasiva. La que se reserva para serenar a los pacientes antes de darles la peor de las noticias.
  
   -Volveremos -el enfermero intentó aparentar una seguridad que no tenía. Que no podía tener-. Lo prometo.
  
   * * * * * * * * * *
  
   -Esto es poco menos que traición -rezongó el hijo de Alonso en algo parecido al portugués. Era capaz de muchas cosas por su patria; pero jamás se habría imaginado embutido en un uniforme inglés, alistándose en la Armada de un país enemigo, mezclado con traidores lusos y holandeses. Peor aún: haciéndose pasar por uno de ellos.  
  
   -Paciencia y silencio, compañero -aconsejó “Alatriste”, en un remedo del mismo idioma; ambos habían aprendido a hablarlo gracias a antiguos compañeros de armas. Dadas las circunstancias, era más prudente no hablar en castellano. Echó una ojeada discreta a su alrededor: nadie les escuchaba, de momento. Pero no podía bajar la guardia.
  
   Hacía un par de días que se habían alistado, pero gracias a su (falsa) documentación holandesa, no habían tenido demasiados problemas para conseguir un puesto de centinela en el mismísimo galeón español apresado; lo cual les venía de perlas para franquear el paso a Julián y Amelia cuando fuera necesario.

   Obviamente, no había sido fácil; los ingleses les habían puesto a prueba, dejándoles a mano algún medio para delatarse. Pero los dos agentes infiltrados habían conseguido parecer dignos de confianza. Para un zorro viejo como Alonso padre, algunas estratagemas habían sido infantilmente evidentes; sobre todo, cuando el capitán inglés fingió olvidar las llaves de los prisioneros ante las narices de los dos nuevos reclutas. Las llaves que habrían podido liberar a la tripulación de Gil Pérez, encerrada en la (ahora enrejada) sentina de las cubiertas inferiores. Soltarles... ¿para qué? ¿Para partir hacia una emboscada? El veterano no había caído en la trampa; pero se las estaba viendo y deseando para contener los impulsos de rebeldía y patriotismo de su imprudente compañero. ¿Así era él mismo al principio, cuando fue reclutado por Ernesto? ¿Así le veían Amelia y Julián?
  
   -¿Cuánto tiempo más tendremos que mantener esta farsa? -insistió el joven. Aquello le parecía una burla del destino: odiaba el teatro. Y ahora se veía metido de lleno en un papel que no podía dejar de representar.
  
    -El que sea necesario -contestó el veterano secamente-. Tenemos órdenes. Y cuando llegue el momento, Alonso, atacaremos. No antes. Pero vive Dios que lo haremos.
  
    -Sí, pero mientras tanto somos sirvientes del enemigo. Mi padre no se rebajaría...
  
   -Os sorprenderíais -el mayor de los dos tuvo que admitir que la situación resultaba irónica. Si pudiera confesarle que estaba hablando con su padre... pero se mordió la lengua, volvió a vigilar los alrededores y se limitó a decir-: Vuestro padre nunca habría cuestionado las órdenes, por mucho que le disgustaran. Y valía para más cosas, además de ser soldado; no le habría hecho ascos al oficio de espía. No se trata sólo de este galeón: tenemos que averiguar qué más traman, por el bien de nuestro país. Mirad a vuestro alrededor: los ingleses están reclutando una flota inmensa, y lo peor es que mis compañeros, siendo del futuro, no la conocen. Saben que tuvimos más ataques de Inglaterra, pero no esto: es una especie de Armada Invencible inglesa.
  
   -Lo entiendo. Pero obedecer a una mujer... -aquello era casi lo más chocante para el joven-, y fingiendo traición...
  
   -Estratagemas impensables, sí -hubo de admitir el agente del Ministerio, con un suspiro de resignación-. Pero por eso funcionan; porque ni el enemigo ni nadie sería capaz de adivinarlas. Esto ya no es el Ejército. Bienvenido al mundo del espionaje, amigo mío.
  
   * * * * * * * * * *
  
     -No me siento capaz, Julián -murmuró Amelia.
  
    -Vamos; no mira nadie -la animó su compañero-. Bueno, sí, los vigías de este lado, pero son Alonso y su hijo. Y tú tienes muy buena mano con esas ganzúas de Irene.
  
   -No me refiero a eso -confesó ella, todavía muy pálida. Abrió la puerta del camarote con una maestría que habría llamado la atención de cualquier policía. Sólo después de entrar y cerrar la puerta, a salvo del exterior, se atrevió a continuar-: No puedo. Rescatar a esos hombres. No sé cómo hacerlo.
  
   Julián la miró comprensivamente. Sabía cómo se sentía. Él también había estado en una sala llena de marinos condenados, una vez. Él también había tenido que marcharse para no derrumbarse en público y confesarlo todo. En una taberna de Lisboa, con la tripulación del “San Esteban”.
  
   -Tenemos tus llaves para liberarlos -intentó animarse-. Y a dos buenos compañeros ahí fuera. Alonso es “soldado viejo”, y de los mejores. Una vez me habló de las “encamisadas”: eran asaltos de noche, en plan comando...
  
   -¡Eso lo sé de sobra! -interrumpió ella-. Pero no es suficiente. ¿Cómo vamos a sacar un barco entero sin que nadie lo note?
  
   -Ya pensarás algo...
  
   -¿Y Gil Pérez? ¿Y esto? -Amelia se dirigió a lo que debería ser la Puerta del Tiempo del galeón y realizó las comprobaciones de rigor: desactivada. Inutilizada. Apartó de una patada algo que se le había enredado en los pies: una bandera española con la Cruz de Borgoña, partida en dos. La recogió con fastidio y la dejó sobre el escritorio.
  
   Julián estaba perplejo: ella parecía estar pidiéndole consejo, y eso raramente lo hacía nadie. El enfermero era el último mono de la patrulla, por mucho que "Alatriste" se quejara de lo mismo. Sólo le habían dejado al cargo una vez: cuando Alonso y Amelia se marcharon descaradamente de tabernas, uno con su hijo y la otra con Lope. Y cuando montó el numerito milagrero para salvar al verdadero Lazarillo... aquel último recuerdo casi le hizo sonreír: había sido una trolleada del quince. Pocas veces se había divertido tanto en aquel trabajo...
  
   El sonido de la puerta exterior le heló la sonrisa.
  
   -Charming -observó John Dee desde el umbral, contemplando a la mujer. Dos guardias lo flanqueaban, bloqueando cualquier posibilidad de huida. El inglés se volvió hacia Julián con cara de pocos amigos-: Who art thou, and what art thou doing here?
  
   -Dutch merchants, sir. We bring the daily supplies... -comenzó a tartamudear el enfermero. Pero se quedó helado en cuanto su mirada se posó en el manuscrito que portaba el intruso. Estaba semiabierto, como si Dee lo hubiera estado consultando por el camino.
  
   Sólo un aficionado a los libros llamativos, o a "La Nave del Misterio", o a curiosidades virales de Internet, podría reconocer aquellas páginas. Y Julián se estaba empezando a interesar por todo aquello. En parte, para matar el tiempo en sus noches de soledad; quizá también por cierta maliciosa afición a detectar errores laborales del Ministerio, en programas como el de Jiménez del Oso.
   Pero nunca habría esperado encontrarle utilidad a aquellas excentricidades en plena misión.
  
   -¡Joder! -se le escapó, en un castellano nada propio de aquel tiempo-. ¡El Manuscrito Voynich!
  
(CONTINUARÁ...)

Opinión sobre "Under the Lake" [spoilers]


Empezaré confesando que el póster de Stuart Manning para "Under the lake" me ha gustado mucho, aunque prometía un capítulo aún más terrorífico que lo que luego ha sido. El tercer episodio de esta nueva temporada de Doctor Who es una historia de fantasmas en una base subacuática, y nos sumerge (literalmente) en la acción, solventando los prolegómenos en la escena pre-créditos. Lo que sigue, aplica muchos de los tópicos que conocemos de la serie clásica y la moderna: separados de la TARDIS, un grupo de supervivientes en una base bajo asedio, un enemigo aparentemente imposible que sigue un curioso juego de reglas, muchos pasillos e incluso UNIT y un cliffhanger de los que ves venir y aún así se clavan en las retinas. Enter the sting, come next week for more.

Pero aunque los elementos se combinan para darnos una sensación de familiaridad, "Under the lake" es uno de esos episodios que no son exactamente lo que parecen: vamos teniendo algunas pistas, como el hecho de que el Doctor y Clara consigan volver a la seguridad de la TARDIS en una de sus carreras, algo que en un episodio normal jamás ocurriría. El tópico dice que la cabina lleva al Doctor y su/s companion/s al lugar de los hechos y luego el deus ex machina viejo, nuevo, prestado y azul tiene que desaparecer hasta que el peligro haya pasado. Aquí se rompe esa norma no escrita, como también ocurriera en el legendario "Pyramids of Mars" (1975), cuando el Cuarto Doctor le muestra a Sarah Jane lo que le sucedería a la Tierra si abandonaran sin más los peligros con los que han topado. Capaldi no hace eso, sino que, al contrario, trata de mantener a Clara lejos del peligro... a duras penas, puesto que (ya lo hemos visto al arrancar el episodio), la profesora quiere su dosis de riesgo, y él está encantado de meterse de cabeza en el mismo.
1980... si el Doctor y Sarah Jane no arreglan lo que hay que arreglar

Porque "Under the lake" no es una historia de fantasmas victorianos (como pudiera ser "Hide", 2013 o incluso "Mummy in the Orient Express", 2014), sino un misterio. Casi toda historia de fantasmas tiene un componente de misterio, claro, pero del desequilibrio entre el terror y la intriga, entre la atmósfera y la investigación, depende lo que sea finalmente la historia. Este episodio, como el poster, empieza pareciendo que va a contarnos la historia de miedo, incluso el Doctor acepta que los fantasmas tienen que ser realmente fantasmas... pero la parte racional que hay en él le impulsa incluso entonces (especialmente entonces) a buscar el sentido a todo lo que está ocurriendo.


Y ahí viene lo realmente interesante: hasta ahora hemos tenido episodios dobles que han utilizado la extensión para contar historias más largas, más épicas, literalmente y en todos los sentidos, más grandes. Pero "Under the lake" (con su continuación "Before the flood") hace algo que no había visto aún en el Doctor Who moderno: utilizar un episodio doble para plantear un misterio que no es posible resolver en una sóla entrega. Lo hace con algunas distracciones pero lanzando una saludable nueva carga de datos y misterios que hace que nuestros héroes no parezcan ajenos a la historia sino totalmente metidos en ella, sacando conclusiones sólo un poco más lentos que los espectadores. El elenco de secundarios que les rodea no es particularmente memorable (aunque resulta interesante que hayan pensado en agentes de UNIT), a excepción de Zaqi Ismail, Lunn, y sobre todo Sophie Stone como Cass, un personaje sólido y fuerte, con carácter, de un calibre similar a Kath McDonnell en "42" (2007) o la Capitana Adelaide Brooke en "The waters of Mars" (2009); pero todos dan la impresión de estar viviendo un pequeño viaje que les va a cambiar, si sobreviven. La aventura es significafiva para ellos.

Además, esta vez sí estamos viendo la estrategia que anunció Steven Moffat de intentar explicar dos tipos de historias diferentes en las dos mitades del episodio doble: "The Magician's Apprentice" y "The Witch's Familiar" eran básicamente una extensión lógica el uno del otro, utilizaban unos elementos muy similares para completar la historia del enfrentamiento "definitivo" de Davros y el Doctor. Pero aquí tenemos un "Under the lake" que utiliza todo su metraje para presentar personajes y misterios dentro de misterios, y una continuación que va a romper otra de las reglas no escritas de la sserie: el Doctor va a viajar al pasado para ver cómo demonios se ha llegado a esta situación; algo que, que yo recuerde, sólo tiene precedentes en "The Runaway Bride", 2006, y "Hide", y en los dos casos de manera accesoria, pasajera. Aquí vamos a tener media aventura en el pasado, con el Doctor combinada con la aventura en el futuro de Clara.

El cliffhanger, además, como en "Magician/Witch", está basado en un flashforward: nos enseña algo que ha de pasar pero que, cuando volvamos a la semana siguiente con nuestro héroe, para él aún no habrá ocurrido (sin embargo, para Clara sí: nuevo sabor de timey wimey). La intriga que generan, por lo tanto, ya no es sólo el "¿cómo vas a salir de ésta?" (y nos lo estamos preguntando todos: recordemos que hemos terminado nada menos que con EL FANTASMA DEL DOCTOR), sino "¿cómo has llegado a esto?".


En resumen, "Under the Lake" me ha parecido un capítulo muy satisfactorio. No es rompedor, no es épico y no va a cambiar el paradigma de lo que significa Doctor Who: Es un hombre y su mejor amiga investigando misterios inexplicables y peligrosos por el espacio-tiempo. Es ciencia ficción, fantasía, humor e intriga, todo en uno. Es, sencillamente, Doctor Who destilado y en plena forma.

Mañana hablamos de las claves intertextuales del capítulo, algunas tramposas y otras bastante jugosas...

Las frases:
"- ¿Quién está al mando? Necesito saber a quién ignorar.
- La muerte era lo único que compartían todas criaturas vivientes del universo. Y ha desaparecido. ¿Cómo podeis quedaros sentados? ¿No queréis salir ahí, ahora mismo, placarlos y hacerles preguntas hasta que se os caiga la garganta? ¿Cómo es la muerte? ¿Duele? ¿Sigues teniendo hambre? ¿Echas de menos estar vivo? ¿Cómo es que sólo podéis coger objetos metálicos? Oh, no sabía que me había fijado en eso."

"- La oscuridad. La espada. Los abandonados. El templo".

El momento:
Las tarjetas de Clara para que el Doctor reaccione de manera humana ante las bajas.

29 septiembre 2015

Análisis de "The Witch's Familiar"

Te doy la bienvenida a un nuevo acercamiento a algunas claves y temas que se desarrollan durante el último episodio de Doctor Who. En esta ocasión, las referencias a la serie clásica siguen siendo uno de los platos fuertes del análisis.

Cuando nos referíamos hace una semana al arranque de "The Magician's Apprentice", señalábamos que desde sus primeros planos estaba remitiéndonos al serial clásico "Genesis of the Daleks" (1976), algo que iríamos descubriendo posteriormente con la identificación de Davros y luego con la pugna filosófica entre él y el Doctor. Esta semana ocurre algo parecido: dejando colgado el cliffhanger del episodio anterior, nos encontramos a Clara colgada de un árbol, viva, junto a una Missy que le explica una vieja historia del Doctor. "Un clásico", nos dice metareferencialmente a los espectadores, indicándonos que se remonta a la etapa clásica de la serie. En un elegante blanco y negro, vemos por un instante al Cuarto Doctor (!) y al Primero (!!) antes de convenir que el Doctor es el Doctor, y que Capaldi nos puede servir lo mismo que cualquier otro para lo que a la anécdota atañe: lo que Missy nos está diciendo, lo que nos viene diciendo desde el capítulo anterior, es que hay elementos que definen al Doctor lleve la cara que lleve. Algo que la serie estuvo pugnando por definir durante toda la pasada temporada (trabajosamente a veces, como en "Deep Breath"), aquí se resume en unas pocas secuencias.

Pero a lo que íbamos: en ese flashback, de por sí una mini-historia con acción, suspense, humor, genialidad, heroísmo, un monstruo nuevo e incluso su propio cliffhanger, el Doctor salva la vida gracias a una casi milagrosa sincronicidad, captando la energía de los múltiples rayos que le acaban de disparar y aprovechándolos para recargar su teleportador robado y escaparse. Parecería algo que se mueve dentro de unos parámetros propios, que tiene valor por sí mismo. Y lo tiene: su función dentro del episodio es volver a dejarnos claro uno de los aspectos clave del Doctor, además de su genialidad: su optimismo. Pero no es el único: cuando el episodio vaya avanzando y encontremos a nuestro héroe en graves apuros, se encenderá la chispa de la conexión con otro episodio en el que una milagrosa sincronicidad acabó felizmente y en el que alguien trató de absorber la energía de todas las regeneraciones que le quedaban: "Mawdryn Undead" (1983), el capítulo más timey wimey de toda la temporada de celebración del 20º aniversario de la serie. Allí, Mawdryn quiere las regeneraciones del Doctor para que él y su equipo, ladrones de tecnología gallifreyana, dejen de renovarse eterna, dolorosa e incompletamente y puedan morir, y aquí Davros simula estar muriéndose para robar el secreto gallifreyano de la regeneración y renovarse a sí mismo y a sus criaturas.


No obstante, entre unas cosas y otras nos hemos ido del principio al final, y queda mucho más que decir sobre "The Witch's Familiar" (¿o debería ser "The Bitch's Familiar", como Missy dice que el Dalek Supremo la conoció en un enfrentamiento pasado?). Vayamos al título: por una parte, tenemos el paralelismo con el capítulo anterior: si allí convenimos que el aprendiz de brujo eran tanto Davros como el Doctor (e incluso ahí teníamos una pista sobre el plan de uno y sus consecuencias con la intervención del otro: recordemos la multiplicación sin fin de escobas), ¿quién es aquí la bruja y quién el familiar? Ya explicábamos ayer que los familiares de las brujas eran espíritus en forma animal con los que estaban en comunión, sus gatos, ratas y sapos, que utilizaban para llevar sus maleficios y espiar a sus vecinos. Así era en los cuentos antiguos y lo recuperan hoy juegos de rol como Dungeons and Dragons o Pathfinder (véanse las clases de Wizard y Witch) e incluso de superhéroes como DC Heroes (con su poder "Eye of the Cat"). Y en ese sentido el familiar de la bruja es Clara, utilizada como mascota para permitir a Missy entrar al centro de mando de los Daleks. En un submundo de Skaro al que ya habíamos bajado en el pasado, sobre todo en Genesis of the Daleks"; pero recordemos que este es un nuevo Skaro, el Séptimo Doctor hizo que Davros volara el planeta original en "Remembrance of the Daleks" (1989), aunque la novela War of the Daleks dijo que aquello había sido un planeta señuelo. Es posible que Skaro no fuese destruído entonces y sí lo fuera más tarde, quizás durante la Guerra del Tiempo. Afortunadamente, en cualquier caso, esta vez no tenemos Ostras Gigantes de Porexpán ^_^U pero sí proto-daleks que parecen salidos de la película de Mario Bros (1993).

Pero también encontramos una referencia de pasada a que Missy (puede que cuando aún era el Amo, o tal vez incluso antes) tuvo una hija, un dato absolutamente novedoso que nos vuelve a retrotraer a ese momento anterior al primer episodio de la serie, esa terra incognita en la que casi nadie ha querido bucear en televisión y de la que incluso en el universo expandido de novelas, audiodramas y cómics han tratado de puntillas. Sabemos algunas cosas de la infancia del Doctor ("The Time Monster", 1975; "The Movie", 1996; "Listen", 2014, y novelas como The Eight Doctors, 1997 o Unnatural History, 1999), y algunas pocas más sobre su juventud ("The Deadly Assassin", 1976; "The Invasion of Time", 1978; novelas como Cold Fusion, 1996; Lungbarrow, 1997 o Divided Loyalties, 1999), pero casi nadie se había adentrado en ese tramo del Doctor y el Amo adultos antes de abandonar Gallifrey, y estas semanas estamos recibiendo algunos datos inéditos. Y dado el mote de Missy en su enfrentamiento con el Dalek Supremo, ella sería literalmente "the Bitch's familiar".


Lo que nos lleva a hablar de Davros. A mitad del episodio tenemos una divertida persecución que no lleva a ninguna parte (alguna vez tendremos que discutir los campos de fuerza que dejan pasar a la gente, este capítulo tiene varios y no es la primera vez), algo muy típico del segundo o tercer capítulo de los seriales clásicos, pero que en este caso nos deja el icónico momento del Doctor en la silla de Davros ("admitámoslo: todos habéis tenido justo esta pesadilla"). Después de eso empieza la trampa del creador de los Daleks, dándole al Doctor lo que cree que éste quiere, dejándole ser quién es, bajando sus defensas: Davros se nos ablanda, se nos vuelve cercano, digno de compasión, implora al Doctor que no deje de buscar a los suyos. E incluso cuando luego descubrimos que todo ha sido una trampa para conseguir su energía regenerativa, nos queda la duda de saber cuánto de todo aquello era cierto. Porque realmente Davros estaba conectado con todos los daleks del planeta, así que es probable que, de verdad, se estuviera muriendo. Por cierto, una conexión, esa de Davros y los Daleks, que recuerda a la primera aventura de estos, "The Daleks" (1963-4), cuando no podían dejar de tocar el suelo porque les transmitían la energía para moverse por contacto con él.

Y Davros da a entender que quizás el Doctor huyó de Gallifrey por haber tenido algo que ver en la creación de una raza híbrida entre las dos especies. No encaja con lo que sabemos: ese tipo de experimento parece más relacionado con lo que haría la Rani, y el Doctor pareció descubrir a los Daleks por primera vez en 1963. Aunque el Doctor miente, ya lo sabemos. Pero, por otro lado, algo de esto sí que hemos visto: un híbrido de dalek, humano y señor del tiempo apareció en "Evolution of the Daleks" (2007), y ahí sí tuvo que ver, y mucho, el Doctor.

¿Cuánto da de sí la energía regenerativa robada al Doctor repartida entre tantos seres? ¿Qué significará eso para los encuentros futuros de nuestro protagonista con sus archienemigos? ¿Y qué precio le ha costado: apenas una pierna o unos cuantos centímetros en el futuro, o se ha reducido su ciclo? ¿De cuántas regeneraciones era esta vez, de todas formas? Enigmas sin respuesta, pero que plantean un marco futuro emocionante y abierto. Los enigmas sin respuesta que amplían el número de historias a contar siempre son interesantes.


Y eso nos lleva a un final hacia el que tengo que expresar unas cuantas reticencias: Clara Oswald de nuevo metida en un dalek (como su versión alternativa Oswin en "Asylum of the Daleks", 2012 o ella misma en "Into the dalek", 2014) es una situación que podría haberle servido al personaje para establecer puentes con su pasado, pero no se hace, se deja si acaso en manos del espectados. Quejarnos de lo que no ocurre, de todas formas, no tiene demasiado sentido: sí quiero quejarme del uso tramposo que se hace del modulador de voz del dalek, porque incluso entendiendo que no pueda comunicar su propio nombre, al carecer ellos de uno, o expresar sentimientos, hay muchas de las cosas que dice Clara que no deberían ser un problema para que un dalek las comunique: cosas como "soy yo", "estoy aquí dentro", "me ha metido ella"... El objetivo es llegar a "piedad" (cf. "The Big Bang", 2010, sweeties), pero el camino está torpemente trazado.

La segunda reticencia es que ahora parece que la TARDIS tiene dos sistemas de defensa llamados  HADS: conocíamos uno que desplazaba la nave a una localización segura cuando se encuentra bajo ataque ("The Krotons", 1968; "Cold War", 2013), pero el de este episodio, activado el anterior, lo que hace es dispersar la TARDIS (o al menos su caparazón exterior, ya que su campo de fuerza se mantiene) alrededor de la zona del impacto. Un HADS es Hostile Action Displacement System y el otro Hostile Action Dispersal System, pero parece un poco confuso y especialmente "lohizounmaguesco".

Para acabar, tenemos las "gafas sónicas". Me alegré cuando el episodio anterior el Doctor decidió deshacerse de su destornillador, al menos por un tiempo, porque sin varita mágica los guionistas están obligados a centrarse más en la historia sin soluciones de última hora en las que no han tenido que pensar (el súmmum de esta clase de anticlímax es en "The Power of Three", 2012). Unas gafas sónicas parece que vuelva a llevarnos al mismo punto de partida: admito que a nivel estético puden dar juego al Doctor rockero con el que tan a gusto parece estar a veces Capaldi, pero no creo que tengan un aire lo suficientemente distinguible para evitar que, pronto o tarde, vuelva nuestro destornillador.


Eso es todo por hoy. La semana que viene, agua y fantasmas. Y algo me dice que tendremos que hablar de cierta historia victoriana del Séptimo Doctor... Hasta entonces, ¡sed buenos y no desintegréis Skaro!

28 septiembre 2015

MdT: Un Acto de Venganza (I)

UN ACTO DE VENGANZA



  Por Mari Nieves Gálvez y Falco X

(Océano Atlántico, 300 millas al Suroeste de las Islas Azores. 
Febrero de 1589)

   El veterano funcionario Gil Pérez lo sabía. Tarde o temprano, tenía que suceder. Después de tantos años cruzando el océano por las rutas de los galeones cargados de oro de las Indias, había llegado el día más temido de su vida.

    -¿Estáis seguro, capitán Ordóñez? -preguntó con resignación.

  -Eso me temo, excelencia -contestó el interpelado-. Un velero inglés de gran tonelaje y varios cañones por banda. ¡Corsarios, sin duda!

  -El inglés es al oro como la polilla.

  -Pero ¡nosotros no llevamos oro! -intervino el contramaestre, extrañado-. Sólo pasajeros y documentos…

  -…importantes, sí -le atajó Gil Pérez con serenidad. Había sido soldado; la vejez había menguado sus fuerzas, pero no su temple-. Podemos valer un buen rescate. Y conociendo la red de espionaje y traición de esa gente, tened por seguro que lo saben. En fin, tendremos que emplearnos a fondo.

  -Haced que los galeotes redoblen su esfuerzo a los remos -ordenó el capitán a su segundo-. Y vos, contramaestre, dad la orden de desplegar todo el velamen. 

  -¿Con este vendaval? ¡Podríamos desarbolar nuestra propia nave! Sólo a media vela aguantaríamos…

  -A media vela nos alcanzarán en una hora; y entonces sí que nos desarbolarán, pero a cañonazos -fue la seca respuesta del capitán: ¿cómo osaba aquel oficial contradecir sus órdenes?-. Nuestras galeras son superiores sólo cuando hay calma chicha, porque tenemos remos y ellos no. Pero hoy, con este viento, poco podemos hacer contra la velocidad de ese velero inglés. Hemos de jugarnos el todo por el todo. Lo contrario sería poco menos que entregar el barco. ¡Moveos!
   
  Maese Gil Pérez asintió ante la temeraria decisión y aguardó hasta que el capitán Ordóñez y sus oficiales se marcharon a ejecutarla. Después se dirigió a alguien que, a pesar de su juventud, ya era su hombre de confianza:

  -No podemos competir en velocidad. Sólo ganar algo de tiempo.

  -Lucharemos, señor -le animó el joven-. Por cada baja nuestra sufrirán ellos diez; os doy mi palabra.

  -Habláis con bravura -Gil Pérez miró con paternal condescendencia al joven oficial-. Pero os necesito para otra misión más urgente. Y vital para la Corona.

  -¿Qué debo hacer, señor? -el militar se cuadró y esperó órdenes: todo en él desprendía un aura de eficacia y honradez. 

  -Sé lo que buscan -maese Gil escribió rápidamente una misiva, la dobló y la selló con lacre, para sorpresa de su subordinado: ¿a quién podía pretender enviarla en mitad de la nada, en alta mar?

  -¿Quieren robarnos documentos confidenciales? ¿Secuestraros a vos? 

  -Algo más importante que todo eso -Gil Pérez abrió la puerta del camarote, comprobó que en el exterior no hubiese nadie lo bastante próximo para escucharle y volvió a cerrar, bajando la voz-: un secreto vital para la Corona española. Escuchadme bien, pues juré no revelar esto a nadie; pero no tengo elección.

  -Seré digno de vuestra confianza, señor.

  -No lo dudo. He de permanecer aquí montando guardia, pues soy el único que sabe cómo proteger el secreto -su hombre de confianza intentó protestar, pero el anciano le detuvo con un gesto-. Respetarán mi vida, ya que saben que sin mí no tienen nada; si están aquí, es porque lo saben. Y vos habréis de partir de inmediato, pues vuestra fuerza y valor os hacen mucho más apto para liderar la ayuda, que no mis pobres huesos viejos...

  -¿Partir? -la mirada del oficial pasó de su interlocutor al ojo de buey, a través del cual sólo se podía divisar la desolada inmensidad del océano-. ¿A dónde? Es imposible…

  -Ése es el mayor secreto de España, buen amigo -sonrió misteriosamente el funcionario, escribiendo en el exterior del legajo un nombre que mostró al militar-. Escuchadme bien: veréis maravillas que os parecerán obra del diablo, pero son de Dios y de nuestro Rey. A nadie habréis de hablar allí, sea quien sea; excepto a este hombre y a la mujer que le sirve. Y una vez estéis en su presencia, esto es lo que habréis de hacer…
   
* * * * * * * * * *

(Madrid, 1570)

  “Padre, sé cuándo llegará mi muerte. Lo he descubierto en los archivos del Ministerio”.

  El veterano miró al muchacho con gravedad. La preocupación brillaba en sus ojos.

    “¿Cómo decís?”

  “Como oís...“ El joven bajó un momento la vista, avergonzado. “No sé si hice lo que no debía al consultarlos. Pero ahora sé cuándo me llamará Dios a su lado”.

  "Ningún hombre debería tener tal conocimiento”, fue la respuesta del viejo soldado; había pesar en sus palabras. “Lamento que llevéis esa carga... mas debéis afrontarlo con valor y entereza, hijo mío”. 

  Ardía en deseos de preguntar algo más, pero dudó. Quizá sería mejor no saberlo…

  "Mi final será en el año 1603” le informó el joven, como si hubiera adivinado su muda pregunta. El padre intentó interrumpirle, pero ya era tarde. “Seré destinado a Flandes...” 

    "¡Basta, hijo!”
   
  Alonso de Entrerríos despertó sobresaltado. El corazón le latía como si estuviera en medio de un combate. Otra vez el mismo sueño. Desde hacía tres noches. Comenzaba a preocuparse.

  -Pero mi hijo no sabe nada del Ministerio -recordó con alivio-. Y difícilmente llegará a saberlo: quiere unirse al Tercio. Vamos, Alonso… ya estás viejo para hacer caso a estas tonterías. Sólo es un maldito sueño.
  
* * * * * * * * * *
   
(Oficinas del Ministerio, 2015)

  -Para haber sido padre un solo día en tu vida, quizá te preocupas demasiado -se burló Julián, subiendo la escalera helicoidal-. Ya es mayorcito y sabe defenderse.

  -Dejadme en paz, ¿queréis? -gruñó Alonso, aunque en el fondo agradecía la preocupación de su compañero. El uniforme de rayadillo le molestaba tanto como el recuerdo del pegajoso calor de Cuba; ardía en deseos de cambiarse.

  -Déjalo ya, Julián -susurró Amelia, mirando inquieta a su alrededor: por fortuna, aún estaban lejos de cualquier otro funcionario-. Alonso tiene razón: lo último que nos conviene es mover ese asunto. Especialmente, en este lugar.

  -La culpa es suya, por sacar el tema -se encogió de hombros el enfermero, acelerando el paso-. Volviendo a la misión: Carlos Climent Garcés se niega a trabajar para el Ministerio. Dice que está muy a gusto en la guerra de Cuba y ahí se va a quedar.

  -Pero ¿le explicaste lo que dijo Salvador? -Amelia se detuvo en el último rellano, alarmada-. Es capaz de borrarlo de la Historia. Su inscripción en el ejército, reconocimientos, honores, derecho a pensión… quién sabe, cualquier documento o propiedad a su nombre… ¡lo puede perder todo!

  -Sí, pero ni por ésas -Julián abrió los brazos en un gesto de impotencia-. Dice que sus compañeros son como una familia, sobre todo Eloy Gonzalo, y no los piensa dejar tirados. De ahí no se mueve. Y yo no lo voy a enrolar en el Ministerio a la fuerza: ya sé lo que es eso. Ni de coña.

  -Qué gran injusticia -rugió Alonso por lo bajo; comprendía mejor que nadie cómo una patrulla podía convertirse casi en una familia-. Después del heroísmo que ha mostrado, recogiendo heridos bajo el fuego enemigo, con riesgo de su vida…

  -Al menos no le han amenazado con encerrarlo en un manicomio -resopló Julián lúgubremente, reiniciando la marcha-. Pero sí: es una cabronada.
   
  El problema fue explicárselo a Salvador y Ernesto. Todavía estaban debatiendo el espinoso asunto cuando sonaron dos golpecitos en la puerta del despacho.
  Angustias entró con extraña brusquedad. Sin esperar a que el subsecretario la invitara a pasar, como siempre. Pero además parecía alarmada.

  -Angustias, por favor -protestó Salvador-. ¡Estoy reunido!

  -Siento interrumpir, pero hay un joven que desea hablar con usted. Dice que es muy urgente.

  -Por favor, un poco de paciencia, que parece usted nueva -su superior parecía realmente molesto-. No creo que vaya de cinco minutos…

  -Él dice que sí. Una de nuestras puertas ha caído en manos del enemigo.

  Salvador y Ernesto cruzaron una mirada de alarma. Por fin comenzaban a tomarla en serio.

  -Está bien -resopló el subsecretario-. Hágalo pasar. 

  -¿Cómo se llama ese joven? -inquirió Ernesto, con su habitual aire de sospecha.

  La mirada de Angustias pasó de Amelia a Julián, y de éste a Alonso. Parecía dudar. Salvador carraspeó, incómodo: comenzaba a impacientarse.

  -Dice llamarse… ahí está lo extraño -Angustias tragó saliva, miró a la patrulla con aire de disculpa y reunió valor para continuar-: Alonso de Entrerríos.
   
  Alonso, Amelia y Julián se miraron espantados, sin saber cómo reaccionar. Ese silencio fue lo que los salvó; al fin y al cabo, Ernesto y Salvador también habían enmudecido, abriendo unos ojos como platos. Antes de que ninguno de los presentes pudiera intervenir, el hijo de Entrerríos entró en el despacho. Miró con extrañeza a los dos hombres de la patrulla de Amelia, pero sólo hizo una pregunta: 

  -¿El subsecretario Salvador Martí?

  -Soy yo -el gesto adusto de Salvador hizo temblar a la patrulla-. ¿Qué significa todo esto?

  -Me envía maese Gil Pérez, señor. Su nave está en peligro.

  -¿Cómo sabemos que podemos confiar en usted? -le espetó tranquilamente el subsecretario-. Ni siquiera sabemos quién es realmente. ¿Conoce a estos hombres?

  El hijo de Alonso miró por un momento a su padre y a Julián. A éstos se les hizo un nudo en la garganta.

  -No, señor -contestó el joven sin dudar. Sólo su padre supo detectar algo oculto en su expresión: rigidez, disciplina. Mentía siguiendo órdenes de alguien más. 

  -Usted no está autorizado para entrar en este Ministerio -interrumpió Ernesto, mirando escrutadoramente a ambos Alonsos mientras intentaba atar cabos.

  -Según maese Gil, no hay otra opción -el joven entregó la misiva lacrada al subsecretario, cuya expresión se suavizó al abrirla y reconocer la firma de Gil Pérez-. Traigo noticias muy graves. 

  -¿Cómo de graves? -inquirió Ernesto, con tono duro y frío.

  El subsecretario Salvador leyó el mensaje y lo resumió en dos terribles palabras:

   -Francis Drake.
   
* * * * * * * * * *


(Galeón de Gil Pérez, 1589)



  -Si pensabais que os iba a resultar fácil tomar un navío español, Sir Drake, es que sois aún más necio e inculto de lo que ya me imaginaba que seríais -sonrió Gil Pérez, hablando en perfecto inglés. 

  El funcionario español se encontraba en su camarote, junto con Francis Drake. No había nadie más allí, pero fuera aguardaban dos marineros ingleses vigilando la puerta. Y ni los marinos ni Drake estaban precisamente de buen humor. 

  La batalla no les había resultado tan fácil, tan, como decía Drake “un simple paseo”. De los cien ingleses que les habían abordado, sólo quedaban treinta en pie; en cambio, de los setenta españoles que había a bordo del barco, veinte habían sobrevivido, y sólo habían sido desarmados por la intervención de un segundo navío del almirante Drake. 

  Aun así, los ingleses estaban nerviosos. No eran tantos, ni los españoles tan pocos, como para asegurarse el control del galeón. Drake temía que decidieran volver a luchar, así que había ordenado que las armas españolas fueran confiscadas o tiradas por la borda. 

  -Mantened la lengua bajo control, español, u os la cortaré –amenazó el pirata-. Y ahora me daréis lo que busco. 

  -Esta nave no pertenece a la flota de Indias, Sir Drake –respondió Gil Pérez. Se haría el tonto, y de su boca no saldría ni una sola palabra sobre puertas del Tiempo-. No transporta oro ni riquezas. 

  -No es eso lo que estoy buscando –dijo Drake, frunciendo el ceño-. Y sé que conocéis de sobra el secreto que oculta este barco. ¿Creéis que no lo sabemos? Quiero la puerta del Tiempo, y la quiero ahora. 

  -¿La qué? Me temo que no sé de lo que habláis  -Gil Pérez empezó a juguetear con sus dedos, sin perder su exquisita cortesía, fingiendo no tener ni idea. 

  Drake dio un pisotón en el suelo, avanzó con furia y agarró al viejo funcionario por la casaca:

  -Entonces, vamos a refrescarte la memoria, ¿eh? -estaba empezando a perder los estribos, a la par que los modales: comenzaba a aflorar su verdadero temperamento de rufián.

  Lo arrastró hacia el armario del rincón. Una sombra cruzó la cara de Gil Pérez: la puerta aún funcionaba, y sólo había una cosa que podía inutilizarla. Tenía que jugar con el orgullo de Drake.

  -Me temo que te apresuras demasiado. ¿Tan nervioso estás? ¿Temes algo? –dijo el anciano, pasando a tutearle con descaro y moviendo un dedo como quien reprende a un adolescente-. No me extraña: todavía no has logrado doblegarnos. Este barco no es tuyo aún.

  -Además de viejo, tonto –escupió el pirata-. ¿No te das cuenta de que os hemos vencido?

  -Sí, dices eso, pero yo no veo que haya ninguna bandera inglesa en el mástil de mi nave. La Cruz de Borgoña sigue allí, y eso significa que este galeón es español. ¿En la zona del pabellón todavía resistimos? Aún no has logrado tomar todo el barco, ¿verdad?

  Drake se paró en seco. El rostro de Gil Pérez era como una piedra, sin expresión, pero por dentro se estaba riendo de él. La cara de Drake enrojeció: el español tenía razón. Pero eso se podía arreglar de una forma muy sencilla. El corsario ordenó a los dos guardias que estaban fuera que quitasen la bandera española e izasen la Cruz de San Jorge en lo alto del mástil. Poco más tarde trajeron la enseña capturada a Drake, que la cogió y la cortó en dos con su espada. Los restos de la bandera española cayeron al suelo del camarote.

  -Ahí tienes tu pabellón, hecho pedazos; y ahora este barco pertenece a mi Reina –se ufanó Drake-. Ahora volvamos a lo que íbamos. Abre ese armario.

  -Supongo que no tengo otro remedio -aceptó Gil Pérez, dándole la espalda al almirante inglés y avanzando hacia el mueble. Tuvo que esforzarse para contener una carcajada de triunfo. 

  Las puertas sólo podían funcionar en suelo español. Si el territorio dejaba de pertenecer a la Corona española, la puerta se desactivaba inmediatamente, para impedir que sus enemigos la utilizasen. Y ahora aquel barco era inglés. 

  El anciano abrió la cerradura, y Drake lo apartó de un empujón para mirar en el interior. Se encontró con un armario normal, vacío, sin nada fuera de lo común.

  -¡¿Qué has hecho con la puerta?! –bramó el corsario, a pocos centímetros de la cara de Gil Pérez, quien se limitó a encogerse de hombros.

  -Ya te he dicho que no sé de lo que hablas, Drake. A lo mejor es que tu obsesión con España te ha trastocado el seso, ¿no?

  El pirata estaba rojo de ira, y cada vez sentía más ganas de retorcerle el cuello a aquel viejo zorro. Aquello no iba a quedar así.

* * * * * * * * * *

(Oficinas del Ministerio, 2015)

  Fuera del despacho, Angustias miró alternativamente a Amelia y al joven que decía llamarse igual que Alonso. Los demás hombres continuaban reunidos con el subsecretario.

  -¿Eso ha dicho Salvador?

  -Sí -Amelia parecía realmente angustiada; pero no por el motivo que suponía el joven que la acompañaba. A pesar de sus esfuerzos, no podía evitar alguna mirada furtiva hacia la puerta acristalada que acababa de cerrar.

  -¿Tan grave es? -insistió la secretaria. Fiel a su costumbre, se había retirado discretamente tras dar paso al desconocido, antes de llegar a escuchar el final del mensaje para Salvador.

   -Mucho -afirmó el joven Alonso.

  -Lo siento, pero lo único que puedo hacer es continuar intentándolo -suspiró Angustias, colgando el teléfono, contrariada-. Es difícil conseguir línea con Spínola estos días. Ya tiene bastante que hacer en Flandes -la funcionaria bajó la voz y miró a Amelia con complicidad-. Perdona, pero ¿quién es…?

  -Dudo que ella os pueda contestar -se sorprendió el joven-. Nunca la he visto.

  Amelia asintió, aliviada: había conocido al hijo de Alonso en Lisboa, pero en extrañas circunstancias. Raptado en un camarote, dormido, sin sentido. Él no había llegado a verla siquiera. El secreto, por ese lado, estaba a salvo. 

  Sin embargo, la joven estaba a punto de tomar una arriesgada decisión. Podía costarle muy, muy cara. Pero también podía salir bien…
   
* * * * * * * * * *

  El veterano Alonso de Entrerríos se preguntaba cómo había podido prepararle Gil Pérez una encerrona como aquélla. Preferiría que se lo hubiera tragado la tierra.

  -Piénsenlo bien -insistió el subsecretario-. Ahora que nos hemos librado de ese joven por un rato, tal vez quieran hablar más claro: ¿le conocen?

  -Lo siento, pero no -respondió Julián, agradeciendo que su compañero estuviera demasiado perplejo para tomar la palabra a tiempo. La mentira y las "medias verdades" no eran la especialidad de Entrerríos, siempre tan puntilloso con el honor y tonterías por el estilo.

  -Se llama igual que Alonso… -Ernesto comenzó a sopesar una posibilidad extraña- ¿podría ser usted de joven?

  -No, señor -contestó al fin el soldado-. Lo recordaría. Además, yo no era así.

  -¿Algún familiar suyo?

  -Demasiado joven para que él lo sepa, ¿no? -se adelantó nuevamente el enfermero, eligiendo cuidadosamente sus palabras-. Si viene de la época de Gil Pérez… ¿cuándo fue eso? La Invencible. Unos dieciocho años después de que desaparecieras de tu tiempo, ¿no, Alonso?

  -Se lo he preguntado a él, no a usted -cortó Ernesto secamente. No confiaba en Julián: durante la misión del Lazarillo en Salamanca ya había comprobado con qué aplomo era capaz de mentir. Su expresión se convirtió en la de un inquisidor-. ¿Ha vuelto a contactar con su familia desde que fue reclutado por nosotros?

  -Nunca supieron que continúo con vida -contestó Entrerríos, con tanta sinceridad como tristeza-. Estoy muerto para todos, sin excepción. Di mi palabra.

  Salvador cotejó la respuesta con los datos de la carta de maese Gil. Por más que lo intentaba, no estaba consiguiendo atraparles en ninguna contradicción.

  -Gil Pérez afirma que detectó al joven en la lista del galeón "San Juan", a causa de la coincidencia de nombres -leyó al fin-. Le puso a prueba y resultó ser digno de confianza. Pero lo que dice aquí tampoco puede confirmar ninguna relación entre ustedes. El muchacho afirma que su padre murió en combate, no ahorcado. 

  Julián se encogió de hombros, tan aliviado como su compañero de patrulla:

  -Entonces, todo aclarado, ¿no? 

  El subsecretario comprobó la edad que figuraba en la misiva. Por las fechas… 
  El corazón le dio un vuelco. Comenzaba a comprender la gravedad de lo que el Ministerio había hecho con Alonso. Con los dos Alonsos.

  -Eh… sí, Julián. Todo en orden -Salvador intentó ignorar las miradas acusadoras de Ernesto y Entrerríos-. Eso es. No parece haber ninguna relación.
   
  El sonido de unos nudillos en la puerta les interrumpió. El joven Alonso les abordó sin más ceremonias: 

  -Os recuerdo que hay problemas muy graves. Los ingleses están abordando un barco con una puerta del Tiempo y Spínola no contesta. ¿Han tomado ya vuesas mercedes alguna decisión? Con refuerzos o sin ellos, debo partir ya. No puedo esperar más.
   
  -Tenemos una patrulla disponible, si deciden aceptar la misión -replicó Salvador enigmáticamente-. Por cierto, la persona que debe tomar esa decisión ha estado todo el tiempo con usted.

  El hombre de confianza de Gil Pérez se volvió, siguiendo la mirada del subsecretario. Se quedó de piedra cuando vio, a su espalda, quién estaba al mando. ¿Una mujer...?

  -No me lo perdería por nada del mundo -sonrió temerariamente Amelia-. ¿En marcha, chicos?

  Julián y Alonso padre se levantaron como un solo hombre, encantados de volver a la normalidad. Les parecía un milagro no estar encaminándose al penal de Huesca.

   -¡A la orden!
(CONTINUARÁ...)