09 abril 2020

MdT2: TIC-TAC 10 - Antúnez (y II)

TIC-TAC 10 (El tiempo en sus manos)
ANTÚNEZ (y II)

   Antúnez se despertó de golpe y se puso en pie. Recordaba en qué tiempo estaba (el 68 aC) pero no dónde: forzarse a pensar en latín tampoco facilitaba los recuerdos. La luz de la media luna que entraba por la ventana y, cuando logró enfocar la vista, todo quedó claro: estaba en el Templo de Hércules, en el islote de Sancti Petri frente a la costa de Cádiz... Gades. Protegiendo a Julio César, por entonces questor romano, que estaba durmiendo en la cámara adyacente.
   La cámara adyacente estaba vacía.
   - Mierda, mierda, mierda -masculló en español el agente, poniéndose atropelladamente el peto y cogiendo la espada.
   Altamente alarmado, Antúnez, más o menos vestido del centurión Caius Bonus, salió al pasillo de la hospedería del templo, una balconada en el primer piso desde la que se veía todo el patio central, alumbrado con lámparas de aceite y antorchas. Miró a la izquierda buscando señales de Julio o de sus captores: si lo había despertado algún ruido que habían hecho, no podían andar muy lejos. Miró a la derecha.
   Y entonces vio al insigne Julio César, y comprendió qué era lo que realmente le había despertado: a diez metros de la habitación, César se había derrumbado de rodillas frente a un busto de mármol sobre un pedestal de madera tallada, y lloraba desconsolado. A Antúnez le sobrecogió ver llorar a alguien tan sólido como Julio César. Incómodo y sin saber exactamente cómo actuar, pero contento de que su protegido no corriera peligro (menudo cabreo iba a pillar Salvador si no), decidió al fin acercarse sin prisa.
   - ¿Necesitáis ayuda, magistrado? -optó por decir cuando el otro se hubo percatado de su presencia.
   César aceptó la mano de su guardaespaldas, se puso en pie y trató de recomponerse. No se enfadó por haber sido visto en una circunstancia tan vulnerable, pero parecía molesto consigo mismo por haber bajado la guardia.
   - Es... Alejandro de Macedonia. El más grande.
   - Es un hermoso busto.
   - De los mejores, era lo que más ganas tenía de ver de este lugar. Tengo la misma edad que tenía él cuando había conquistado el mundo entero. Y yo ¿qué he conseguido? ¿Cobrar impuestos en la Hispania Ulterior? ¿Enfadar a los seguidores de Silas?
   - Os queda una larga vida por delante, señor -dijo Antúnez eligiendo muy bien las palabras para apoyar a su protegido evitando desvelar demasiada información de su futuro-: Alejandro nació hijo de Filipo, comenzó con ventaja. Todo lo que habéis hecho hasta ahora os ha presentado ante Roma y ante vuestros conciudadanos para que sepan quién y cómo sois, lo que defendéis y cómo lo expresais. Os ha situado. ¿Que se os acaba la juventud, que ya no podéis luchar frente a frente contra el enemigo? Bien, adios a vuestra carrera de gladiador -eso consiguió arrancar una sonrisa a César-. Los generales no lo necesitan, y cuantos más años cumplen, más perfecta es su estrategia: aún podéis lograr mucho.
   Julio le puso la mano en el hombro:
   - Mientras me quede algo por hacer -contestó mucho más calmado, recuperando su orgullo habitual-, no habré hecho nada.
   Dos hombres doblaron entonces la esquina sur, detrás de Julio César. Primero les miraron sorprendidos, no esperaban encontrar a nadie allí a aquellas horas de la madrugada, y luego fueron amaneciendo en su rostro señales de reconocimiento.
   - Corred -dijo Antúnez en voz baja.
   - ¿Por qué? -respondió Julio César.
   - Porque van armados y esos hombres no tienen bíceps como para rezarle a Hércules - mientras Julio emprendía la huida ("la retirada") hacia sus aposentos, Antúnez se encaró a aquellos dos mangantes que alguien había contratado para atentar contra César. Sabía que, más allá de sus virtudes físicas, el semidios era adorado por navegantes y admiradores de su papel como fundador de ciudades, pero ninguno de ellos debería estar en el templo en aquel momento, y mucho menos rondando por los pasillos.
   Los dos hombres ya corrían hacia él: uno levantando en alto un puñal corto y sucio, y el otro una clava de madera, un garrote más ancho en el extremo que en la empuñadura, que era el arma favorita de Hércules y que seguramente había robado en el templo. Antúnez plantó los pies, afirmando su posición, y apretó la empuñadura del gladius encarándose a los dos.
   El del cuchillo iba más adelantado: perfecto. Cargó contra Antúnez tratando de apuñalarle en la cabeza, cosa que el otro ya había previsto (la coraza no era un blanco apetecible) e incluso había facilitado con la postura de su arma. Antúnez se agachó en el último momento, extendiendo la pierna izquierda tras de sí y doblando la rodilla derecha, de manera que el rufián solo apuñaló el aire. Antúnez lo empujó entonces aprovechando su impulso, lanzándolo por encima suyo: el tipo cayó sobre su espalda al otro lado.
   El otro asesino venía casi detrás: a Antúnez no le daba tiempo de levantarse, ni siquiera de elevar la espada, pero para poder usar la clava, el rufián la había tenido que levantar sobre su cabeza. El guardaespaldas de Julio hizo girar la pierna que había extendido tras de sí y derribó al segundo gañán, que se estrelló contra el pasamanos que daba al patio de abajo. No se rompió, como Antúnez había esperado que hiciera, pero le dio unos segundos mientras el primero se levantaba, y el de la clava volvía a arremeter contra él. Solo tenía una oportunidad: con o sin armadura, como le rodearan lo iba a pasar muy mal. Antúnez se levantó al momento con el puño en alto y le partió la mandíbula al rufián del garrote, que soltó el arma y rugió de dolor mientras escupía sangre y dientes rotos.
   "¡Toma Shoryuken!", pensó.
   Antúnez se giró: el del cuchillo ya se había puesto en pie, y cambiaba el arma de mano, para intentar pillar desprevenido al centurión. Amagó una cuchillada, retrocedió un paso y lanzó finalmente un tajo lateral. Antúnez interpuso el gladius entre la daga y su brazo izquierdo, y para sorpresa del rufián, la hoja del cuchillo se rompió.
   "Cómo me gustan las espadas ibéricas", se dijo Antúnez mientras remataba al rufián con una bofetada a mano abierta, al más puro estilo Bud Spencer. "Sobre todo cuando las han forjado con acero toledano en el siglo XVI".
   Con los bandidos reducidos, no tardaron en llegar sacerdotes de varias partes del templo: en presencia de los forzudos clérigos, liderados por el barbudo Máxor, el par de asesinos se vino abajo definitivamente. Julio César no había llegado a entrar en su dormitorio, y había contemplado la pelea desde la puerta:
   - Llegaron, los visteis y vencisteis -le dijo a su guardaespaldas. Antúnez estuvo riendo casi diez minutos, aunque nadie comprendía por qué aquella frase le había hecho tanta gracia.

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