03 marzo 2012

That's Entertainment (III): El Mikado


The Mikado (or The Town of Titipu) (1885)

Letra y libreto: W.S. Gilbert
Música: A. Sullivan

Japón, era feudal. La villa de Titipú va corta de ejecuciones, y el gran Emperador, el Mikado, puede degradarla a pueblecito de mala muerte si eso no cambia. Ko-Ko, el verdugo, lo tiene fácil para elegir víctima: Nanki-Poo, el trombonista que persigue a su protegida Yum-Yum (con la que Ko-Ko pretende desposarse). Pero todo se complica, pues Nanki-Poo es, en secreto, el hijo del Mikado.
Y esto solo es el primer acto…
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Hoy en día tendemos a pensar que El Mikado es un musical, lo que indica que nos encontramos ante una de las obras que abren ya decididamente el nuevo género: pero lo cierto es que es una opereta, probablemente la ópera más popular de todo el mundo, y se sigue representando con frecuencia. Se estrenó el 14 de Marzo de 1885 en el Teatro Savoy de Londres, donde se quedó durante unas (por entonces) increíbles 672 representaciones. La película Topsy-Turvy de Mike Leigh ilustra el nacimiento de esta obra y la difícil relación entre sus dos creadores, tan distintos en lo personal como complementarios en lo creativo. En España, la compañía Dagoll Dagom lo estrenó en 1986, y lo repuso en 2005.





Durante el siglo XX, a El Mikado le nacieron tres hermanas The Swing Mikado (1938) y The Hot Mikado (1939), modernizaciones para compañías de actores y ritmos negros (swing y jazz) a manos de Gentry Warden y Mike Todd; además de Hot Mikado (1986), con letra y libreto de David H. Bell, que transporta la historia a un americanizado Japón de 1940.
En la foto, Richard Temple, el Mikado de la producción original de 1885.
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Canciones destacadas: "Three little maids from school are we", "Were you not to Ko-Ko plighted", "The sun, whose rays are all ablaze", "Alone, and yet alive"














Y recordad que encontraréis El Mikado junto a muchos otros musicales en nuestra colección de cromos Ilustrum dedicada al primer siglo del teatro musical.

02 marzo 2012

Bolsón Cerrado

- ¿Se sabe algo de Tom? -preguntó Baya de Oro. Meriadoc levantó la vista del "Herbario" al que dedicaba, incluso entonces, tantas horas, y apesadumbrado negó con la cabeza. No fue capaz de decir nada, le partía el corazón ver a la hermosa Hija del Río forzando una sonrisa, aparentando seguridad, o refugiándose tal vez en los últimos vestigios de la auténtica-. Bueno, vendrá pronto. Daré un paseo hasta el Tornasauce, podría regresar desde allí.
- Sobre todo no lo cruces -dijo automáticamente el Brandigamo. Baya de Oro se puso seria.
- No. No hay que cruzar el Tornasauce. Es importante recordarlo -y se marchó.

Meriadoc suspiró profundamente. Había días como aquel en los que los insectos zumbaban y el sol se colaba entre las ramas del Bosque Viejo, y todo invitaba a salir a dar un paseo y tal vez llegarse hasta más al Oeste de la Comarca. Eran los peores. Se ajustó las gafas de montura de plata que utilizaba cada vez que se ponía a escribir, mojó la pluma en el frasco de tinta (uno de los pocos que le quedaban, se recordó), y siguió desgranando sobre el papel todo lo que había aprendido sobre la planta de hojas largas que los hombres de Gondor habían llamado "Hojas de Reyes" y los elfos de Valinor "assëa aranion". La Athelas purificadora.

La Athelas.

Así había comenzado todo, ¿verdad? El Rey Brujo, general de los Nazgul, había herido a Frodo Bolsón con aquella daga maldita, aquel arma de Minas Morgul que habían supuesto envenenada, por lo enfermo que se había puesto el hobbit, y la celeridad con la que Trancos había creído conveniente utilizar la Athelas para hacer que se recuperase. "Las manos del rey son manos que curan", se decía, y era cierto, la Athelas sólo obtenía todas sus propiedades arropada por el aliento y el tacto del que sería coronado como digno heredero del trono de Arnor y Gondor, Aragorn Rey Elessar Telcontar. O como le llamaban hoy, "El Heraldo del Desastre".

Un súbito ruido de ramas y hojas removidas le erizó el vello de las orejas. Mortalmente serio, Meriadoc (poco quedaba ya del joven Merry) tiró el "Herbario" sin preocuparse por la tinta corrida y desenvainó a Dardo aún sentado. Por supuesto, no brillaba: hubiera sido extraño que un orco se adentrara por estos lares del Bosque Viejo incluso en los buenos tiempos. Hoy era raro ver a un orco en ninguna parte. Pero Dardo tenía otras virtudes.

Se levantó de un salto. No había nadie tras él; tampoco encima. Aquellos malditos trepaban con una facilidad pasmosa. Pero no. Con Dardo fuertemente apretada, Meriadoc Brandigamo se acercó a los arbustos de donde creía proceder aquel ruido.

- Te voy a dar una sola oportunidad -dijo en voz baja, mientras una gota de sudor comenzaba a bajarle por la frente-. Sal de ahí o te trincharé como si fueras un pavo. Relleno. Con trufa y piñones.

El arbusto tembló un poco y, con mucho cuidado y las manos en alto, emergió una criatura temblorosa. Medía apenas un pie más de altura que el hobbit, aunque tenía una constitución similar. Vestía ropas sucias y rasgadas, y botas con gran necesidad de remiendos, y tenía toda la cara manchada de polvo y sangre.

- Estoy... estoy limpia -era una humana joven, tendría 15 o 16 años-. Te juro que estoy limpia.
- Tienes sangre -señaló Meriadoc con firmeza, apuntándola aún con Dardo.
- ¡Pero estoy limpia! -gritó ella, desesperada. Le temblaba la barbilla, y los labios no paraban de abrirse y cerrarse mientras boqueaba. Entonces, la muchacha comenzó a quitarse los harapos que llevaba encima y a arrojarlos al suelo en un montón-. ¿Ves? ¿Ves? Estoy limpia, limpia. Son cortes y golpes que me he hecho con las ramas y... y un zorro que me encontré ayer me arañó. Pero estoy limpia, por todos los cielos, tienes que creerme.
Meriadoc bajó a Dardo y apartó la mirada con tristeza de su cuerpo macilento:
- Vístete, por favor. Ahí... ahí hay frutos y... el río está al lado, puedes beber sin problema.
- Gracias, ¡oh, gracias! -dijo ella mientras volvía a ponerse sus harapos.
- No soy el dueño de este lugar, muchacha.
- Erin.
- Erin, yo no soy el dueño. No puedo decidir si te podrás quedar.
- A ti te ha dejado.
- A otros no -dijo Meriadoc apretando los dientes-. Cuando vuelva Tom, él decidirá.
Al cabo de un rato, sintió la confianza suficiente para preguntarle:
- ¿De donde has venido?
- Desde Bree.
- ¿Quedan muchos?
Ella lo miró con sorpresa:
- No queda nadie -el ánimo de Meriadoc se ensombreció. No hacía falta decir más.
Sólo habían sobrevivido tanto tiempo por pura suerte. Muchos reinos habían caído antes que aquella pequeña población. Bree también había perdido, y era como decir que todo estaba perdido. ¡Qué irónico! Brandigamo había sobrevivido a la batalla de los Campos de Pelennor y al Saqueo de la Comarca, pero aquello le parecía mucho más terrible.
- Yo maté al Rey Brujo, ¿sabes? -Erin no sabía de qué estaba hablando el hobbit, pero parecía importante-. No lo maté solo, pero estaba allí, le herí y... junto a mi amiga lo matamos. Pero debería haberlo hecho antes, porque en realidad los he matado a todos.
- ¿A todos? ¿Hay más Reyes Brujos?
- No. No Erin -Brandigamo hizo un gesto en general a su alrededor-. A todos. Yo siento que... los he matado a todos.
Descorazonado por la pérdida del pequeño pueblo de Bree, donde los Hombres habían resistido el último embate del mal descarnado, el recuerdo de Meriadoc voló de nuevo hasta la cuna del gran Desastre, de la Gran Carcajada de Sauron. Había nacido en Amon Sûl, con la herida de la hoja de Morgul. Se había sellado en el Monte del Destino, con una dentellada. Y, como los volcanes de los que hablaban en el Norte, había estallado tras cocinarse bajo tierra, sí, estallado, con una violencia como Arda no había conocido nunca a manos de sus criaturas. En un lugar cuyo mera mención era hoy denostada por cualquiera que la oyese, y por nadie más que por Merry:
- Bolsón Cerrado... Ahí nació el Desastre.

01 marzo 2012

That's Entertainment (II): Los Piratas de Penzance

The Pirates of Penzance (or The Slave of Duty) (1879-80)
Letra y libreto: W.S. Gilbert

Música: A. Sullivan


Frederic ha cumplido 21 años junto a una tripulación de piratas, pues su cuidadora se equivocó con el destino que debía darle. Sus compañeros (que sólo atacan a los que son más fuertes que ellos y nunca a los huérfanos) están de acuerdo en que les abandone para dedicarse a su exterminio... pero no puede por una coincidencia desgraciada: su contrato expira en su 21 cumpleaños, sí, pero nació un 29 de febrero... Justo entonces, los bandidos arriban a un lugar de la costa donde vive un curioso "General Mayor" y sus hermosas hijas….

Tras unas cuantas operetas de prueba, con su cuarta obra, H.M.S. Pinafore, Gilbert y Sullivan había obtenido un éxito tremendo, pero el mismo la había hecho objeto de la "piratería" al realizarse montones de producciones no autorizadas de la opereta, especialmente en Estados Unidos.

Para cubrirse las espaldas la siguiente obra de Gilbert & Sullivan,The Pirates of Penzance, fue representada una sola noche en la Opera Comique de Londres (con Sullivan a la batuta) el 30 de diciembre de 1879 antes de su estreno, en fin de año, en el Teatro de la 5ª Avenida de Nueva York. La producción americana ya llevaba 3 meses funcionando cuando, el 3 de Abril de 1880, se estrenó de manera oficial en Inglaterra, donde estuvo durante 363 funciones en cartel. 


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Canciones destacadas: "When Frederic Was a Little Lad", "Oh, Better Far to Live and Die" y "I am the very model of a modern Major-General"




"I am the very model of a modern Major-General" (Simon Butteriss): no lo intentéis sin una bombona de oxígeno a mano




"Oh, Better Far to Live and Die" (Anthony Warlow): ... ¿o es Johnny Depp?


"Pirata rei" (Carlos Gramaje)


28 febrero 2012

That's Entertainment! (I): La Bella Helena

Hoy inauguramos una sección sobre la historia del teatro musical en la que descubriremos un nuevo título cada martes, jueves y sábado. Si a alguien le gusta, que sepa que los encontrará todos (y más imágenes, letras de canciones y enlaces a videos) en la colección de cromos virtuales de teatro musical que he abierto en Ilustrum.


Y dicho lo cual, ¡vamos allá! Para ponernos en situación, comenzaremos con algunas operetas.


La Belle Hélène (1864)

Música: Jacques Offenbach
Letra y libreto: Henri Meilhac y Ludovic Halévy

El aburrimiento más absoluto ahoga a la reina Helena de Esparta tras su matrimonio con el gris rey Menelao. Al conocer al atractivo príncipe Paris, la perspectiva de una pasión sin fin despierte en su corazón, pero ¿hasta donde estarán dispuestos a llegar para consumar su adulterio?

Estrenada en el Théâtre des Variétés de París el 17 de Diciembre de 1864, con Hortense Schneider y José Dupuis en los papeles principales. Al poco dio el salto a otra capitales como Viena (1865), Berlín (1865), Londres (1866), Chicago (1867) o Nueva York (1871).

En Barcelona se ha representado en dos ocasiones, en un montaje del Teatre Lliure de 1979 (con Anna Lizaran, Juanjo Puigcorbé, Imma Colomer y Pep Anton Muñoz en los papeles principales) y en otro de Dagoll Dagom, bajo dirección de Josep Maria Mestres (que ya la había dirigido en la Universidad Pompeu Fabra), en 2001.

En Madrid el montaje más conocido es el que protagonizó Ana Belén en 1995

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Canciones destacadas: "Au mont Ida", "Amours Divins"

"Au mont Ida" (Florian Laconi)

"L'entrèe des rois"

"Ària de la poma" (Anna Argemí)

"Au Cabaret du Laberynthe" (Max Emanuel Cencic)

Helena y Calcas/"Ária de la Manzana" (Donata D'annunzio Lombardi) 

27 febrero 2012

And the Oscars go to...

Bueno, bueno, bueno: Oscar time! Este año espero mejorar mi marca de 8 aciertos (de 24 categorías) del año pasado. ¿Soy un hombre o soy un muppet?

Mejor Película: The Artist
Mejor Película animada: Chico & Rita | Rango
Mejor Película de habla no inglesa: Monsieur Lazhar (Canadá) | A Separation (Iran)
Director: Martin Scorsese por La invención de Hugo / Michael Hazanavicious por The Artist
Actor Principal: George Clooney por Los Descendientes | Jean Dujardin por The Artist
Actor Secundario: Kenneth Branagh por Mi semana con Marilyn | Christopher Plummer por Beginners (Principiantes)
Actriz Principal: Meryl Streep por La Dama de Hierro
Actriz Secundaria: Jessica Chastain por Criadas y señoras | Octavia Spencer por Criadas y Señoras
Guión Original: Midnight in Paris (Woody Allen) 
Guión Adaptado: Los Idus de Marzo | Los Descendientes
Vestuario: Jane Eyre | The Artist (Mark Bridges)
Dirección de Arte: La invención de Hugo (Dante Ferretti y Francesca Lo Schiavo)
Cinematografía: El Arbol de la VidaLa invención de Hugo (Robert Richardson)
Efectos visuales:  La invención de Hugo (Rob Legato, Joss Williams, Ben Grossmann y Alex Henning)
Mezcla de sonido: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres La invención de Hugo
Edición de sonido: War Horse | La invención de Hugo
BSO: El Topo (Alberto Iglesias) |  The Artist (Ludovic Bource)
Canción: "Man or Muppet" de Los Muppets (Bret McKenzie)
Montaje: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres (Kirk Baxter y Angus Wall)
Maquillaje: Albert Nobbs | La Dama de Hierro (Mark Coulier y J. Roy Helland)
Corto animado: The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore
Corto de imagen real: Time FreakThe Shore (de Terry y Oorlagh George)
Documentales: Incident in New Baghdad y Pina | Saving Face (corto) y Undefeated (largo)


Me alegra en cierto modo el Oscar a la BSO de The Artist: hay un artista catalán involucrado, Albert Guinovart, que se encargó de una parte de la orquestación.

8 aciertos, igual que el año pasado: película, actriz, guión original, dirección de arte, FX, montaje, canción y corto animado. Y como mejor actriz secundaria, acerté la película, aunque no la ganadora ^_^U
Así que soy un hombre... ¡y soy un muppet!

18 febrero 2012

Comparsas no, gracias

No para mí.
No me gusta participar en una comparsa, en Carnaval. De hecho, lo encuentro totalmente anti-Carnavalesco. Carnaval para mí es el momento de ser otra persona, quién tú quieras, un marciano, un superhéroe, una rata, una taza, un monstruo, una denuncia ambulante... Una comparsa, que alguien o una votación decida que este año serás un cavernícola o un egipcio, aunque lo que a tí te apetezca sea ser un vaquero, le quita la gracia a todo.

A menos que encuentres a 50 tíos con ganas de pasearse por el pueblo vestidos de vaca. Oye, en ese caso, enhorabuena.

16 febrero 2012

Songs I wish I'd written (at least in part)


La siguiente lista de canciones fue seleccionada por Stephen Sondheim para un concierto en su honor que celebró la Biblioteca del Congreso estadounidense. Curiosamente (y de ahí el título de la lista: "al menos en parte"), hay varias que proceden de grandes fiascos teatrales, como Kelly o Donnybrook! y también algunas sorpresas de autores como Xavier Montsalvatge.

Aaron Copland (según Golden Willow Tree)
De Old American Songs, Second Set (1954)

Adam Guettel
"The Riddle Song", de Floyd Collins (1994)

Arthur Schwartz
"By Myself", de Between the Devil (1937), letra de Howard Dietz
"There's No Holding Me", de Park Avenue (1946), letra de Ira Gershwin. 
"He Had Refinement", de A Tree Grows in Brooklyn (1951), letra de Dorothy Fields

Bob Merrill
"On the Farm", de New Girl in Town (1957)

Charles Strouse
"You've Got Possibilities", de It's a Bird, It's a Plane, It's Superman (1966), letra de Lee Adams. 

Cole Porter
"Let's Be Buddies", de Panama Hattie (1940)
"Let's Not Talk About Love", de Let's Face It (1941)
"Every Time We Say Goodbye", de Seven Lively Arts (1944)

Cy Coleman
"The Best Is Yet to Come" (1959), letra de Carolyn Leigh
"The Rules of the Road" (1961),  letra de Carolyn Leigh
"The Other Side of the Tracks" y "Real Live Girl", de Little Me (1962), letra de Carolyn Leigh
"When in Rome (I Do as the Romans Do)" (1964),  letra de Carolyn Leigh

David Shire
"Travel", escrita para Cyrano, famosa por Starting Here, Starting Now (1977), letra de Richard Maltby Jr. 

Edward Kleban
"Better" (1973)

Frank Loesser
"Make a Miracle", de Where's Charley? (1948). 

George Gershwin
"My Man's Gone Now", de Porgy and Bess (1935), letra de DuBose Heyward.

Harold Arlen
"Buds Won't Bud", de Hooray for What! (1937), letra de E.Y. Harburg
"Blues in the Night", de la película Blues in the Night (1941), letra de Johnny Mercer
"The Eagle and Me", de Bloomer Girl (1944), letra de E.Y. Harburg
"I Had Myself a True Love" y "I Wonder What Became of Me", de St. Louis Woman (1946), letra de Johnny Mercer

Harold Karr
"Silverware", de We Take the Town (1962), letra de Matt Dubey.

Hugh Martin
"Ev'ry Time", de Best Foot Forward (1941), junto a Ralph Blane
"The Trolley Song", de la película Meet Me in St. Louis (1944), junto a Ralph Blane.
"Gotta Dance", de Look, Ma, I'm Dancin'! (1948)
"I Wanna Be Good 'n' Bad", de Make a Wish! (1951)

Irving Berlin
"Let's Face the Music and Dance", de la película Follow the Fleet (1936)
"I Got Lost in His Arms" y "You Can't Get a Man With a Gun", de Annie Get Your Gun (1946)

Jerome Kern
"I Am So Eager" y "The Song is You", de Music in the Air (1932), letra de Oscar Hammerstein II

Jerry Bock
"Ice Cream", de She Loves Me (1963) y "Tell Me I Look Nice" (eliminada del montaje). Letra de Sheldon Harnick
"When Did I Fall in Love", de Fiorello! (1959), letra de Sheldon Harnick. 

John Kander
"Home", de 70, Girls, 70 (1971), letra de Fred Ebb.

Johnny Burke
"Sad Was the Day", de Donnybrook! (1961)

Jule Styne
"When the Weather's Better", de Hallelujah, Baby! (1967), letra de Betty Comden y Adolph Green. 

Leonard Bernstein
"Glitter and Be Gay", de Candide (1956), letra de Richard Wilbur

Lewis F. Muir
"Waiting for the Robert E. Lee" (1912), letra de L. Wolfe Gilbert. 

Luciano Gallet
Arreglos de Bambalal (Song of the Northern Interior) (Pernambuco)

Maury Yeston
"New Words", de History Loves Company (1989)

Michael Leonard
"I'm All Smiles", de The Yearling (1965), letra de Herbert Martin.

Milton Ager
"Hard Hearted Hannah, the Vamp of Savannah" (1924), letra de Jack Yellen, Bob Bigelow, Charles Bates. 

Moose Charlap
"I'll Never Go There Anymore", de Kelly (1965), letra de Eddie Lawrence

Peter Jones
"Bluellow", de Peyton Place (1994).

Ray Henderson
"Birth of the Blues", de George White's Scandals 1926, letra de B.G. DeSylva y Lew Brown

Richard Rodgers
"Why Can't I", de Spring Is Here (1929), letra de Lorenz Hart 
"What's the Use of Wond'rin'", de Carousel (1945), letra de Oscar Hammerstein II

Walter Jurmann & Bronislau Kaper
"San Francisco", de la película San Francisco (1936), letra de Gus Kahn. 

William Roy
"Charm" y "What Every Woman Knows", de Maggie (1953)

Xavier Montsalvatge
"Canción de Cuna Para Dormir a un Negrito", de Cinco Canciones Negras (1958), letra de Ildefonso Pereda Valdes. 

15 febrero 2012

Big Culo Day 2012: And now for something different

Éste es Gayman.

No, no es Robin. Fijaos que tiene una cierta retirada al Gran Wyoming. alegre y dicharachero defensor de los derechos de los homosexuales, en un mundo que le teme y le recrimina como puede combinar el fucsia con esos tirantes.

"¿Donde está el culo?", oigo reclamar. Y haréis bien, puesto que hoy es el Big Culo Day (alabado sea Jotace). Gayman no ha demostrado aún demasiados superpoderes (tal vez daltonismo...) pero sí que hemos podido comprobar que, al menos, tiene uno. Crecer.

"Bueno, eso nos dará un culazo para el día"... No. Y sí. O sea, verlo, lo que es verlo, no lo vais a ver. Pero vamos, que se puede intuir que eso...


...eso tiene que ser grande.
Después de todo, quizás sí que es Robin.

10 enero 2012

Despedida

Mi abuelo morirá esta semana. Hoy o mañana, dudo mucho que llegue hasta el jueves, aunque es un hombre que incluso ahora, a sus 94 años, mantiene una fuerza tan prodigiosa en las manos que cualquier cosa es posible. O casi.

Es extraño ser consciente de algo tan aparentemente aleatorio e indeterminado como el momento de la muerte de alguien. También es extraño escribir sobre ello, pero escribir siempre me ha ayudado a concebir la realidad.

En los últimos tiempos Juan había ido bajando por una pendiente ligera pero constante, la del Alzheimer: sus recuerdos se iban borrando junto con su capacidad para moverse bien, aunque mantenía su carácter y aún reconocía a todo el mundo, quizás tras unos instantes de duda. Esa rampa descendente se convirtió en un precipicio tras una caída en la residencia. Cruel paradoja: primero la caída, luego el abismo. Se rompió un hueso de la pierna, lo llevaron al hospital (enfrente mismo de la residencia) y aquella noche estaba ya en una habitación del mismo, aunque aún tardarían dos días más en operarlo. El cambio de entorno y la inmovilidad forzada ya comenzaron a alterarlo: aquella noche estuve yo con él, al día siguiente ya no me reconocía. Antes de la operación no reconocía ya a su hijo, mi padre. Tras la misma fue apagándose y "desconectando sistemas", primero relacionales, luego vitales.

Desde la caída, tres semanas. Han sido 94 años, Juan. Coge las maletas que te vas con tu María.

ACTUALIZACIÓN
Asusta. En el momento mismo que he enviado esta entrada me ha llamado mi madre. El abuelo ha muerto.

23 diciembre 2011

Una canción de muerte y vida (IV)

Los tres reyes han llegado hasta el lugar donde cayó la piedra celestial. Pero bajo su influencia, el lugar y sus habitantes han sido terriblemente alterados. ¿Serán capaces de recuperar el betilo?
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A su lado, bregando por su cuenta con más quimeras, a Melkart se le amontonaba el trabajo. Pero a diferencia de Baal, más acostumbrado a intimidar a otros seres que a luchar contra ellos, él disfrutaba pudiendo enfrentarse a unas cuantas docenas de adversarios. El fortachón derribó, girando sobre sí mismo, a uno de los grandes gorilas blancos, y lanzó una formidable palmada que aturdió al estallar al resto de monstruos que le rodeaban. Cogió a Baal de la capa y brincó prodigiosamente hasta la linde del bosque. Bordeándolo, la aún desorientada Astarté había llegado hasta el mismo sitio, y pugnaba ahora por mantener la concentración necesaria para atender a la persona que todos habían presentido: era un oficial del ejército romano. Lo habían mordido, pisoteado y corneado, pero seguía con vida.
- ¿Qué ha pasado aquí? –fue lo primero que le preguntó Baal, sin comprobar si estaba consciente.
- ¿Estás bien? –dijo Melkart.
El romano se aferraba a la vida con todas sus fuerzas. Al descubrir que habían acudido en su ayuda, a fuerza de voluntad y disciplina consiguió mantenerse despierto.
- Decurión Gnaeus… Nautius… Rutilus. Segunda manípula… de Jerusalén. Vine con mis… asteros…. El pretor… quería saber qué… había caído en el desierto.
Astarté reunió el aplomo necesario para darle una brizna de vida al soldado, para que no desfalleciera. Inexplicablemente, al desprenderse de la energía, ella también se sintió mejor:
- Esos son mis hombres y nuestros caballos. Cuando intentaron cargar la piedra… empezaron a transformarse en esas… ¡cosas! Ellos y nuestros caballos.
En el claro, alrededor de la piedra que levitaba, las criaturas habían seguido cambiando… tanto que ahora ya costaba distinguir en ellas rastros de animales concretos. Plumas, pieles, conchas, escamas, picos, garras, dientes y aletas coexistían con apéndices nunca vistos, bocas en lugares imposibles y desgarros que dejaban asomar partes metálicas, cristalinas y de otras materias por completo ajenas a la vida.
- ¿Qué hacemos, Melkart?
- ¿A mí me lo preguntas?
Astarté les interrumpió:
- Hay que darles con todo lo que tenemos, llegar hasta el centro y sacar el betilo de aquí: es lo que está provocando todo esto, y hay que ponerle fin.
- Ponerle fin… -susurró Baal-. ¡Pues claro! ¡Ponerle fin, me estoy haciendo viejo! Hermanita, tú y yo nos encargamos de las criaturas: no hay que dañarlas o se volverán más fuertes. Mel, tienes que llegar al centro: coge el betilo y vuelve a lanzarlo al cielo. Tan lejos como puedas.
Los hermanos se pusieron entonces manos a la obra. El oscuro Baal se desprendió de su máscara terrenal y fluyó hacia el cielo como una nube oscura. Trazó un arco y comenzó a girar como un anillo de tinieblas alrededor del cráter sobre el que flotaba el betilo. Con cada vuelta sentía como aquella piedra lo escrutaba, intentaba adivinar su composición, determinar sus flaquezas, sus miedos, su potencial. Al volverse oscuridad, Baal siempre disfrutaba de la verdadera libertad, pero esta vez se sentía más desnudo que nunca. Y muy, muy vulnerable.
Aquella explosión de vida comenzó a alejarse de la oscuridad del centro, advertidos por un resto de su animalidad que les decía que allí dentro era donde moraban los verdaderos monstruos. Astarté utilizó entonces su don sobre el deseo de las criaturas por reproducirse e hizo que olvidaran por un momento sus otros instintos: unirse, perpetuarse, esa era urgencia. Aquellos que no lo estaban haciendo ya, comenzaron entonces a aparearse con la criatura más semejante que tuvieran a su alcance.
Melkart aprovechó que los animales dejaban de corretear de aquí para allá y se lanzó a la carrera por entre la orgía bestial hacia el anillo de oscuridad. Se deslizó por debajo, se levantó y de un solo impulso cruzó el cráter hasta el borde contrario: en sus manos llevaba ahora la piedra celestial, el betilo, que había recogido en la cúspide de su salto.
Oleadas de energía cruzaron su cuerpo. Millones y millones de números asaltaron su mente. Datos. Cifras. Cantidades. Proporciones. Probabilidades. Melkart quedó momentáneamente inundado por una cascada de imágenes de criaturas muy concretas, muy parecidas a las que estaban resultando de la mutabilidad reinante. Nombres en idiomas jamás pronunciados. Islas perdidas de cuentos y leyendas que navegaban a la deriva en busca de un propósito, de un conjunto mayor perdido en un océano de tiempo y espacio. Aquello era más que una piedra caída de las alturas.
- ¿Qué diantre eres tú? –se preguntó.
- ¡Láhahahanzaaaalahahah! –chilló el torbellino de oscuridad que le rodeaba. El rey secreto de Gades comprendió que la tabla celestial le estaba empezando a alterar, que su poder se estaba empezando a mezclar con el suyo, a hermanarse con algo que, por fin, comprendía.
- Otro día –susurró Melkart-. Hoy no puedo dejar que me cambies. Me gusta mucho ser quien soy.
Dio una, dos, tres vueltas sobre sí mismo, y con toda su fuerza, más la sobredosis de poder que le estaba recorriendo, lanzó la piedra más lejos que nadie, hasta los confines del mundo y más allá: hasta baalit, la luna oscura que comenzaba a despuntar por el horizonte.

- Esa roca estaba incompleta –explicaba Baal unos minutos después, cuando todo se había calmado-. No era un verdadero betilo, en todo caso un fragmento.
Astarté había aflojado las riendas, y al poco los seres monstruosos se habían vuelto a convertir en lo que eran de nacimiento: insectos, caballos, un par de perros y un puñado de soldados romanos, desnudos, tremendamente confusos y avergonzados. Gnaeus Nautius estaba tratando de recomponer su fragmentada moral a un lado del claro. La frondosidad de extraños árboles seguía donde estaba, pero acabaría por desaparecer agredida por el desierto.
- Estaba llena de voces y de imágenes, Baal. Cuando la cogí, intentaron entrar en mi cabeza, pero también hacían preguntas, con ansia; nunca había conocido tal desesperación por saber.
El rey negro reflexionó sobre aquel misterio, pero no supo hallar una respuesta. Su hermanastro había soportado bien el asalto de la piedra, en todo caso: ahora lo miraba con mucho más respeto que antes.
- La vibración que escuchaba Astarté y que yo no podía oir: esa era la clave. Era una canción de vida.
- ¿Pero tú por qué no…?
- Una canción de vida, Astarté. Sólo de vida. Vida perpetua, todas las vidas, cambio continuo. No tenía fin. La piedra les ofrecía todos los cambios imaginables, toda la extensión de posibilidades, no una vida como caballo, o chacal, o hombre, sino todos los caballos, todos los perros, todos los hombres, y todos los otros seres que existir o imaginado se hubieran. Yo soy la oscuridad al final del camino. Tú eres la que inicia ese camino. Pero la vida no es sólo vida: la vida es una canción de vida y muerte.
- Vi una imagen en la piedra –dijo Melkart-. Las últimas criaturas que vimos… se parecían a cosas que había dentro.
- Quería llegar a algo –dedujo Astarté-. Pero no sabía cómo.
Los romanos estaban exhaustos. Poco a poco comenzaron a quedarse dormidos a la sombra de los árboles. La chispa de energía que la diosa había transmitido al decurión herido, no obstante, comenzaba a extinguirse.
- No es un creyente. Eshmún podría hacer algo, tal vez Reshef, pero yo no puedo sanarle verdaderamente.
- Traigo algunas cosas en mi equipo –dijo Melkart-. Siempre recojo potingues interesantes en mis viajes, nunca sabes cuando habrá algo útil.
- De acuerdo, curemos al humano –dijo Baal, algo descontento, pero queriendo mostrar su nuevo aprecio por Melkart-. En otra parte, en cualquier caso, estos árboles me ponen los pelos de punta…
- ¿Tú… asustado? –y la risa de Melkart pintó mientras se iban el aire de aquel oasis impío, llenando los sueños de los asteros romanos de aventuras y de la promesa de emociones apasionantes. 

22 diciembre 2011

Una canción de muerte y vida (III)

Tercera parte del cuento navideño con algunos de los personajes de mi novela 1387. Baal desconfía del rey Herodes y sale a escondidas de su palacio junto a los otros reyes-dioses. ¿Encontrará la estrella fugaz que ha estado siguiendo durante meses?
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Llevaban dos días recorriendo el desierto, aunque ni el hambre ni la sed hacían mella en ellos. Estaban lejos de la cúspide de su poder, y del puñado de fieles que aún conservaban, pero seguían siendo dioses.
- No me importa si existe o no, si matan a ese Mesías o si vive –había dicho Baal cuando se fueron-. Pero no pienso ser utilizado por un rey de los hombres.
“Y mucho menos dejarás que, en su impaciencia, encuentre el betilo antes que tú”, pensó Astarté.
A eso se había reducido la misión conjunta: “olvidaros del Mesías hebreo, busquemos esa estrella caída”. Porque una hora tras el amanecer, la estrella viajera había desaparecido de las alturas, y Baal sólo consideraba una posibilidad: que ya no estuviese en el cielo.
A la luz del sol, los poderes del dios negro se reducían drásticamente, y tuvo que confiar en la intuición y las percepciones de sus compañeros de viaje para poder localizar la piedra celeste. Astarté levantó con la arena del desierto una representación aproximada de las tierras que había recorrido Baal desde que saliera de Magadha, donde ahora vivía; Melkart, por su parte, era experto en la interpretación de mapas, y supo calcular a la perfección la velocidad de la estrella, y a partir de eso y del momento que había desaparecido, su situación más probable.

Algo había sucedido allí, porque desde luego no se parecía en nada al resto de Judea.
Las undulantes arenas doradas que les habían acompañado, eran aquí de un rojo intenso, como la sangre. Además, no se acumulaban en pequeñas dunas, sino que revelaban entre ellas rocas del mismo tono bermejo. Aquí y allá emergían gigantescos árboles, de más de 20 varas de altura, poblados de hojas escarlata, con unos siniestros líquenes azulados que se adherían en placas a sus troncos sin corteza. La vegetación parecía acumularse más en un punto, justo donde Melkart situaba la caída de la piedra.
- Tiene que ser aquel bosque –dijo, poco convencido. Astarté se sostuvo en sus hombros:
- Baal, notó una vibración extraña.
- ¿Una vibración? –el rey negro se concentró-. Yo no siento nada.
- Pues yo sí, como una nota sostenida. La siento en el aire. La siento en el suelo. Incluso la noto en el vientre; en realidad la noto especialmente en el vientre. No me gusta nada.
- Vayamos con cuidado –recomendó Baal-. Si realmente ha caído un betilo, nuestra potencia divina podría fallar. Incluso nuestra inmortalidad.
- Esperemos que nadie haya encontrado aún la piedra sagrada –dijo Melkart.
Los árboles surgían de la tierra roja desnuda, sin ninguna clase de sotobosque a su alrededor. Cada vez se expresaba a su alrededor con mayor exuberancia. Ni siquiera Astarté, que amadrinaba todo lo engendrado, se sentía cómoda entre aquellos grandes troncos. Había algo en ellos… ¿sobrenatural? No: antinatural.
Sin aviso previo, tras una hilera especialmente apretada, apareció un amplio claro que descendía en pendiente progresiva hacia un hoyo central. Sobre el agujero flotaba una piedra roja, de perfiles perfectamente regulares, de una vara de alto, dos codos de ancho y menos de un palmo de grosor. Pero no era aquello lo que dejó a los tres reyes con la boca abierta.
Por todo el claro corrían, revoloteaban, peleaban, se devoraban e incluso se apareaban sin freno unas bestias inmensas, como nunca antes habían visto los hombres. Unos parecían caballos de patas larguísimas y estrechas, como si los sostuvieran unos imposibles zancos; otros se asemejaban a gorilas mayores que osos, con cuatro extremidades superiores y un hermoso pelaje blanco. Había una mariposa ciclópea con cabeza de ciervo, y un elefante tan delgado como la hoja de una espada, adosado a los cuartos traseros de una cebra con pies humanos.
Los animales que servían de alimento a otros, no estaban muertos, y mutaban su aspecto ante los ojos de los observadores, a medida que el primero era devorado. Así, uno de los caballos zancudos se transformó en un cocodrilo con tentáculos, y un gran cerebro volador acabo, tras ser mordido, con cola de castor y tres ojos tenebrosos.
Astarté trastabilleó, mareada:
- La canción… la canción vibra demasiado…
- ¿Qué te sucede, Ash? –preguntó Melkart, preocupado.
- Vibra… vibra… y está mal, ¡terriblemente mal!
Una monstruosa araña se cernió con sus alas de murciélago sobre el desprevenido Baal, que la rechazó como si fuera una pluma. Al estrellarse contra una tortuga de dientes de sable, ambos parecieron fundirse en una sola criatura de dos cabezas que pugnaba por aparearse consigo misma.
- Astarté no nos puede ayudar, Mel. ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Por qué yo no oigo nada?
- Hay un hombre –dijo Melkart-. Hay un hombre herido al borde del claro.
- Creo que tienes razón.
Esquivando y apartando de su camino a las criaturas, los reyes avanzaron en la dirección que presentía. La araña-murciélago-tortuga volvió a abalanzarse sobre Baal, escupiéndole esta vez primero una masa viscosa que se endureció, aprisionándolo. Con un ligero esfuerzo, el rey negro rompió la presa, le arrancó las alas a la criatura y la lanzó lejos de sí.
- Pero, ¿de dónde ha salido todo esto? –gruñó Baal.
- ¿No habrá llegado con el betilo? –sugirió Melkart. Seguía sintiendo aquella presencia humana más adelante, pero bastante débilmente, ahora.
Baal no llegó a poder contestar: la araña-tortuga regresaba. Ahora no se propulsaba con patas ni alas, sino con un extraño tubo en el vientre del que manaba fuego. Volvió a escupir la sustancia viscosa, pero al intentar romperla, el negro se dio cuenta de que esta vez era mucho más dura que antes.
- No sólo cambian –exclamó mientras pugnaba por zafarse- ¡mejoran con cada alteración!
Baal dudaba seriamente de que su inmortalidad fuese a aguantar el asalto de aquellas criaturas. ¿Y si al morderle se convertía en uno de ellas? El extraño ser compuesto se lanzó sobre él por tercera vez.

21 diciembre 2011

Una canción de muerte y vida (II)


Segunda parte del cuento de Navidad en el que reaparecen personajes de 1387 - Libro 1. Melkart, Astarté y Baal son recibidos por el rey Herodes...
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- Es uno de los rojos –murmuró la reina al entrar.
- Pues parece más heleno que hebreo –declaró el fornido Melkart.
Herodes el Grande era, en efecto, “uno de los rojos”, descendiente del pueblo edomita fundado por Esaú. Sin embargo, y como notaba Melkart (siempre más dispuesto a comprender las diferencias culturales), se había cultivado en la tradición de la Hélade y se sentía cómodo entre los romanos.
El anciano rey les recibió con todo lujo en los detalles: música, baile, presentes, perfumes en el aire… Atento a sus invitados, en cuanto percibió que los reyes comenzaban a estar cansados del despliegue, ordenó a todo el mundo que se retirara. Incluso los guardias esperaron fuera de la estancia.
- Os rogamos que nos disculpéis si se han alargado demasiado las celebraciones. Sin duda estaréis cansados por el viaje: por favor, disfrutad de la casa de baños y alojaos en nuestro pequeño palacio tanto tiempo como deseéis: será un tiempo de honor para todos…
- No nos demoraremos demasiado -indicó Baal.
- ¡Ah! Tenéis prisa por llegar a vuestro destino. ¿Os esperan quizás para unos desposorios? -claramente allí era donde Herodes quería llevar la conversación-. Tres nobles reyes, incluyendo a una excelsa dama, cabalgando sin sus séquitos. Es realmente insólito.
- Nuestros pajes se adelantaron –intervino Melkart-. Las caravanas se mueven más lentas, así que partieron antes.
Herodes parecía convencido con la mentira, pero quería ir más allá:
- Lo comprendemos. Y sin embargo, estamos seguros que algo llamó vuestra atención para confluir aquí, ¿verdad?
Aquí sí que les cogió desprevenidos. Baal, Melkart y Astarté habían coincidido por casualidad en Jerusalén, ¿o quizás no? Y sin embargo el rey Herodes parecía convencido de que no era así, de que había una razón concreta. Recordando las palabras de Baal, y dejándose llevar por la intuición, Astarté aventuró:
- Miramos a las alturas, y vimos una señal.
- Un prodigio –apuntó Melkart.
- Un prodigio –siguió Astarté-. Algo importante iba a ocurrir.
- ¡Ah! –no había duda de que esto era precisamente lo que Herodes esperaba-. Nos entendemos, Nos entendemos. Nos también miramos… pero no vimos. Escuchamos… y entonces sí que oímos. Se dice que el Mesías del pueblo hebreo puede estar a punto de nacer.
- Yo he oído lo mismo –respondió Astarté impulsivamente… antes de ver la mirada desorbitada que le dirigía Baal-. Aunque se ha dicho muchas veces.
- Pero ésta, no hay duda, será la correcta. Porque nunca antes tres reyes habían llegado hasta nuestro palacio atraídos por el rumor. Porque lo habéis visto en las estrellas, así que sois magos. Yo –la emoción embargaba el rey, que abandonó las fórmulas mayestáticas-, yo quiero presentarme ante ese niño, ante el que ha de ser el nuevo señor de todas estas tierras. Nada me llenaría más, nada me haría más feliz, que poder postrarme ante el niño-rey. Pero nadie me ha sabido decir dónde ha de nacer. Si lo encontráis, os ruego, ¿podéis informarme para que pueda mostrarle mi aprecio, pedir la bendición de su madre y honrar a su padre por los siglos que han de venir?
A Melkart le conmovió la transformación del rey, aquella piadosa muestra de humildad. Iba a decir algo, pero Baal le interrumpió.
- Sin duda, majestad. Os juramos que os revelaremos a vos, y a nadie más, el lugar donde ese niño se encuentre, pues habéis adivinado correctamente que ese era el propósito de nuestro viaje. No de otra manera podríamos pagaros vuestra excelsa ayuda en esta etapa final del recorrido –Herodes parecía satisfecho, y asintió cuando Baal siguió-. Partiremos mañana, y una vez hayamos prestado nosotros homenaje al nuevo rey, volveremos y os haremos partícipes de la noticia.
Con un sencillo movimiento de la mano, el rey les despidió, y los extranjeros partieron a sus aposentos. Melkart le pasó el brazo por los hombros a Baal, y conversando en su idioma, que nadie por allí entendía, le felicitó, relajado:
- Tienes mano para tratar con estos reyes, truhán. Se notaba que Herodes estaba contento.
Astarté también sonreía, pero lo que dijo tenía un tono más grave:
- Les has mentido, ¿verdad?
- Por supuesto que le he mentido. Éste patán estaba a punto de jurarle algo parecido, pero a diferencia de él, a mí no me importa romper el juramento.
Melkart no se llegó a sentir dolido, estaba demasiado desconcertado.
- Pe… pero…
Al llegar a los aposentos, el rey Baal se dirigió a uno de los guardias de honor que les escoltaban, lo llevó aparte y le susurró:
- Habéis cumplido bien con vuestra labor, los aposentos son dignos de nuestra presencia –entonces, empleando una fracción de su poder, añadió-. No volveréis a visitarnos en toda la noche. Por la mañana, explicaréis que nos escoltasteis personalmente por una ruta discreta hasta el camino del Norte –una semilla negra salió del iris del rey y se fundió en el ojo del guardia-. Contarás lo que te he dicho a cuantos guardias requieras para confirmar tu historia, y ellos creerán lo mismo que tú. Ahora, vete.
Cuando los guardias se hubieron marchado, Baal cerró la puerta de los aposentos desde dentro.
- Una implantación –apreció Astarté-. Te lo tomas en serio.
- Esto os tiene que quedar muy claro a partir de ahora: ese rey, ese Herodes, es un hombre muy, muy peligroso. Creedme: tiene el corazón más negro que he visto en mi vida.
- Me parecía un hombre normal –dijo Melkart-. Pomposo, quizás, pero mejor que muchos reyes. Me ha parecido notar que ha tenido que cortar algunas cabezas para llegar a donde está pero… ¡Reyes! –se encogió de hombros, como si la propia palabra lo explicara todo.
- Melkart. ¡Melkart! No te estoy hablando de lo que haya hecho: eso es lo que ves tú. Te hablo de lo que es capaz de hacer, y en ese punto me tenéis que escuchar. Yo sé el mal que se esconde en el alma de los Hombres. Y si Herodes ha acabado con una estirpe entera para sentarse en ese trono, ahora que le falta tan poco para morir será capaz de cualquier cosa para asegurarse de que sus descendientes siguen ahí. Matará a hombres, a reyes, incluso a dioses si lo cree oportuno.
- ¿No te diste cuenta –apuntó Astarté- que sabía que habíamos llegado de puntos distintos?
- Es su deber estar al corriente de lo que pasa en su país. Si otros tres reyes atraviesan sus tierras, es normal que le informen.
- De acuerdo –concedió Baal-, pero ¿de verdad te tragaste su fascinación por “el Mesías”? Un rey que ha de superarlos a todos, Melkart. No quiere adorarlo, ¡quiere matarlo!