24 octubre 2016

MdT: Un Acto de Amor (VI)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (VI)
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Por Mª Nieves Gálvez



"Mientras andáis allá metido todo 
en conocer la dama, o linda o fea, 
buscando introducción por diestro modo (...)
Yo voy sobre un jinete acá saltando 
el andén, el barranco, el foso, el lodo, 
al cercano enemigo amenazando"
Francisco Aldana, "Pocos tercetos escritos a un amigo"

   (Lisboa, 3 de Mayo de 1589)

   El elegante personaje, ricamente vestido con sedas y armiño, enrojeció de furia al desenvainar la espada:

   -¿Decís que no tengo honor?

   El viejo soldado del Tercio le miró con sereno reproche:

   -Ni honor ni valor tenéis.

   -¡Deslenguado! ¡Moriréis! -exclamó el aristócrata, lanzándose al ataque.

   El militar le esquivó sin inmutarse, haciendo que el presumido cayera al suelo de manera ridícula. La gente que contemplaba el combate tuvo que contener la risa. Algunos aplaudieron burlonamente.

   -Cubrió, Enrique, tu valor, de una mujer el amor y de un error la porfía -reprochó el soldado, con voz de trueno-. ¿Cómo pudo en tu grandeza querer, engañado inglés, de una mujer a los pies, ser cabeza de la Iglesia? [1]

   El público estalló en ovaciones, en una mezcla de castellano y portugués:

   -¡Así se habla! ¡Dadle fuerte a ese hereje adúltero!

   -¡Inglés tenía que ser! ¡Nunca nos dé Dios un Rey así!

   Alonso de Entrerríos saludó a los espectadores con una reverencia; le estaba cogiendo el gustillo a los escenarios. Sobre todo para satirizar a un país enemigo como Inglaterra. Aunque lo lamentaba por el actor que interpretaba al rey Enrique VIII: trabajaba bien, pero la multitud sólo le dedicaba abucheos.

   -Gajes del oficio -consoló Lope a "Enrique VIII" más tarde, entre bambalinas-. Pero eso demuestra que sois excelente. Os creen realmente el rey inglés, ¡aun sabiendo que esto es un corral de comedias!

   -¡No saben apreciar mi arte! -protestó el actor, quitándose la capa de seda-. ¡Quiero ser el soldado!

   -Ahora me tocará a mí ser abucheada -rió Amelia. Estaba irreconocible en aquel lujoso vestido bordado, con enormes "pétalos" de encaje elevándose tras su cuello y hombros, como las auras de los retratos sagrados. El atavío de gala de la Reina de Inglaterra.

Reina Elizabeth I de Inglaterra con Arco Iris
Atribuido a Isaac Oliver y Marcus Gheeraerts el Joven

   -No sé como tenéis valor para salir así -asintió Alonso con admiración-. Os van a odiar. ¡Sois Elizabeth, la que ordena los ataques de Drake!

   -Y es bueno que Portugal odie esos ataques -sonrió ella-. Esa rebeldía ganará esta guerra.

   -Mucho esperáis de mi pluma -observó Lope cuando alcanzó a oírles, entre halagado y escéptico.

   El escritor no paraba de ir y venir, dando instrucciones y retocando textos a última hora. Amelia estaba encantada de verle trabajar: había visto obras de Lope de Vega en el futuro, en teatros de prestigio, representadas con organizada calma y textos inmutables. Pero ¡qué diferente era ver al autor en pleno proceso creativo! En una pequeña compañía, improvisando ideas, organizando a los actores o incluso sustituyendo a alguno si hacía falta. En un torbellino de dudas, soluciones, energía y vida.

   -Es que sois el mejor -coqueteó la joven, divertida-. Pero decidme: ¿de dónde habéis sacado el dinero para esto?

   -Del alcalde de Lisboa, ayer mismo. Su emisario dijo que había recibido un mensaje urgente para ayudarnos. Es extraño: ¿cómo sabía en qué posada encontrarme?

   Amelia frunció el ceño:

   -¿Quién firmaba el mensaje?

   -Dos personas. Un tal Julián y alguien de nombre francés: Sébastien Aldanne.

   La expresión de Amelia se volvió un poema, pero no tuvo tiempo de contestar: era su turno para subir al escenario. Fue Alonso quien cruzó una mirada de sospecha con Lope:

   -Ese nombre francés suena casi como Aldana. Conocí a alguien llamado así. ¿Pensáis lo mismo que yo?

   El autor asintió un instante, para después negar con incredulidad:

   -El capitán Aldana murió hace once años, junto al Rey Don Sebastián de Portugal. Es imposible...


[1] "Rimas de Lope de Vega y Carpio", núm. 226


   * * * * * * * * * *

   (Barco de Sébastien Aldanne, 8 horas después)

   Julián se había vuelto más trasnochador que madrugador, desde la muerte de Maite. Desde que la soledad le arrebató la calma nocturna y le dejó sin ánimos para revivir por las mañanas. Sin embargo, la llamada de Alonso le despejó de golpe aquel amanecer. ¡Podían cambiar tantas cosas...!

   "Salvad a María Pita, en La Coruña: es agente del Ministerio y os ayudará a volver a casa. Eso corregirá la Historia, en parte. Pero hay algo más". A través del auricular, la voz del veterano Alonso se convirtió en un susurro furtivo: "Me han prohibido deciros esto, pero... en el futuro incorrecto, en el que Pita muere y Portugal es inglés... vuestra esposa vive, Julián".

   Comenzaba a clarear el alba. El enfermero se vistió y subió a cubierta, pensativo. Agradecía la advertencia de su compañero, pero al mismo tiempo le sorprendía: lo habría esperado más bien de Amelia. Y en cierto modo, le dolía que no hubiera sido ella quien le avisara. "Cada vez se porta más como lo que es: la jefa. Y la primera en sacrificarse por el deber, eso sí", admitió. Pero tanto deber, ¿para qué? ¿Y si a Portugal le iba mejor con Inglaterra? ¿Y si tanto Maite como el mundo salían ganando con el cambio?

   Todavía añoraba a su mujer, aunque ya nunca hablaba de su dolor. Sólo lo plasmaba en cartas que nunca le enviaría, pero que a veces aprovechaba para algo: engañar a los padres de Amelia. "Haría cualquier cosa para estar contigo, amor mío. Daría la vida, por no vivirla sin ti".

   ¿Y si todo ese dolor estuviera a punto de cambiar?

   -Habéis madrugado -observó una voz, cuando llegó a popa: se trataba de Don Sebastián. El capitán de sangre azul estaba reunido con el timonel, y portaba en la mano un catalejo.

   -Vos también -respondió el enfermero, señalando el instrumento-. ¿Habéis visto algo? ¿Nos sigue la Armada "Invencible Inglesa"?

   -No puedo verla; pero sé que está ahí -Don Sebastián señaló al Este, al amanecer-. Lejos, pero lleva nuestra misma ruta. Estamos llegando a La Coruña.

   -¿Tan pronto? Si ayer estábamos en Santander...

   -Hemos forzado la marcha día y noche, y el viento es bueno. Pero hay una cosa que me extraña -el noble se retiró a una zona resguardada del vendaval y extrajo un papel de entre sus ropas-. He anotado los planes que le habéis robado al invasor. Drake debe asaltar Lisboa, y varias ciudades donde se están reparando los restos de la Armada Invencible. Y exprimir Portugal a impuestos. Pero no tiene orden de atacar la ciudad de La Coruña. Sólo los astilleros que hay cerca.

   -Sin embargo, lo hará -les sobresaltó la voz de Lola Mendieta, a sus espaldas-. No deberíais haber robado esos documentos. Si en Portugal descubrieran lo que Crato, su candidato al trono, ha firmado para malvender su país a Inglaterra...

   -¿Es que no duermes nunca, Lola? -protestó el enfermero, tomando el papel para examinarlo mejor.

   -No cuando los demás empiezan a reunirse a mis espaldas -sonrió la mujer con sorna-. Es mejor para mi salud.

   -He avisado de todo a Lisboa -se encogió de hombros Don Sebastián-. Y para reforzar la resistencia, también he ordenado financiar la obra de Lope.

   Lola entornó los ojos con astucia:

   -¿En Portugal saben que estáis vivo?

   -Sólo la gente correcta -fue la evasiva respuesta.

   -Aun así, nos conviene devolverle a Crato esos documentos -insistió ella-. Para que Portugal le pille con eso encima, ¿comprendéis?

   Julián les dejó hablar; había otro tema que acaparaba su antención. Y estaba escrito en el reverso de las notas de Don Sebastián. Parecía el borrador de una carta de aquel rey sin corona. Y las palabras le eran extrañamente familiares:

   "Haría cualquier cosa para estar contigo, amigo, hermano. Daría la vida, por no vivirla sin ti".

   -No... -musitó para sus adentros-. Otro personaje capaz de cambiar la Historia, adivinando lo que pienso. Otra vez, no...

   * * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   -¡Que no! ¡Eso sería un bucle! -estalló la voz del subsecretario a través de la puerta acristalada-. ¿No recuerda cómo perdimos la puerta 716?

   Angustias levantó la vista de su ordenador, sobresaltada. Y también Irene, que le estaba ayudando a revisar las nóminas.

   -Recuerdo la 716 -sonrió la jefa de Logística, en tono confidencial-. Mira que dejar que Albéniz oyera los "Rumores de la Caleta" antes de componerlos...

   -¿Los compuso porque ya los había oído? -Angustias parecía confundida-. Entonces... ¿la primera idea no fue suya?

   -Ni de nadie: fue un bucle, porque el pianista era del futuro y pensaba que estaba copiando a Albéniz. ¡El pez que se muerde la cola! La puerta no aguantó la paradoja y... -Irene imitó por lo bajo el ruidito de una explosión y susurró-: ¿Quién está en el despacho?

   -No te lo creerías...

   La puerta acristalada se abrió, dejando salir al visitante. Irene tuvo que contener una exclamación de incredulidad: ¡Era Ernesto!

   -Conozco las normas -gruñó el adusto funcionario en dirección a Salvador, antes de marcharse.

   Aquello no era normal; Irene dejó los documentos y se apresuró a seguirle. El hombre iba a buen paso; ella no le dio alcance hasta doblar un recodo del pasillo.

   -Un momento, Ernesto -le abordó-. ¿Estoy soñando? ¿Le has discutido las normas a Salvador?

   El jefe de Operaciones la miró con sarcasmo:

   -Ni que eso fuera un problema para ti.

   Ella le escuchó sin inmutarse; para Irene, la indisciplina era casi un cumplido.

   -Algo muy grave debe ser. ¿Algún amigo tuyo? -de pronto Irene bajó la vista y sonrió con tristeza-: No, claro; en qué estaría yo pensando.

   -Tengo amigos, a pesar de los rumores -la expresión de Ernesto casi se suavizó un poco-. Y en este caso no estoy seguro de las normas. Porque si es cierto que hay que corregir la Historia...

   -María Pita -asintió Irene-. Hoy es el día. ¿Quieres avisarle de su propia muerte? Eso podría crear un bucle.

   -O salvar el día, si Julián y Alonso tuvieran razón -asintió él-. El problema es que ellos sólo conocen una versión de la Historia, y nosotros la otra.

   -Bueno, claro. Nadie puede conocer las dos líneas temporales a la vez. Ni siquiera Amelia, con todo lo que sabe.

   -Ojalá -asintió Ernesto-. Ella sabría distinguir cuál es la correcta.

   La expresión de Irene cambió, como si una idea impensable iluminara su mente:

   -¿Y si pudiéramos?

   Ernesto la miró con interés.

   -No veo cómo.

   -Déjame pensarlo -Irene sonrió con malicia-. Tú avisa a María; seguro que tienes una buena razón. Yo voy a hablar con Salvador

   * * * * * * * * * *

    (La Coruña, 4 de Mayo de 1589)

   La playa de La Coruña era un hervidero de actividad. A pesar de lo temprano de la hora, alguna barca de pesca regresaba ya con las primeras capturas, para venderlas en la lonja. Numerosos obreros se afanaban en reparar un gran navío de guerra que yacía en la arena, echado sobre su costado. El espacio entre el mar y los muros de la ciudad estaba ocupado por un próspero distrito comercial, una iglesia e incluso un monasterio. Había cierta agitación: dos naos estaban levando anclas. Entre el ajetreo general, nadie pareció fijarse demasiado en la llegada de un pequeño barco mercante, aunque fuera extranjero: el de Aldanne. A bordo de éste, los marinos holandeses prepararon una chalupa; aprovecharían la escala para aprovisionarse, además de desembarcar a dos pasajeros.

   -¿Vendréis a tierra, Lola? -preguntó el hijo de Alonso.

   -Ni loca -sonrió burlonamente la mujer-. Me largo lo más lejos que pueda del Ministerio.

   -Yo debería impedírtelo -dudó Julián-. Por si se te ocurre cambiar la Historia.

   -Y te volverías a arrepentir de denunciarme, porque sabes que no hago mal a nadie -le recordó ella-. Nunca dejo que cambien sucesos importantes; sería malo para mis negocios.

   Julián iba a protestar, pero la llegada del capitán le interrumpió: era hora de desembarcar.

   -Aquí nos separamos. Pero sabéis lo que va a pasar hoy en esta ciudad -les recordó Don Sebastián, ayudándoles a subir a la chalupa-. ¿Estáis seguros?

   -Es mi pasaje a casa -asintió el enfermero -. Y no será la primera batalla que veo; espero poder salvar a alguien.

   -Tampoco es la primera para mí -intervino fieramente el hijo de Alonso -. Haré que unos cuantos ingleses paguen por lo que perdimos en Cádiz y en la Armada.

   El capitán asintió con admiración. Y con cierta pesadumbre.

   -Habláis bravamente, Alonso, a pesar de vuestra juventud. Vuestro padre debe estar orgulloso.

   -Nunca le conocí -fue la triste respuesta del joven-. Pero madre siempre dice que vela por nosotros, como un ángel guardián.

   -Yo tampoco conocí a mi padre -confesó Don Sebastián-. ¿Puedo daros un consejo?

   Alonso asintió, sorprendido. ¿Cómo era posible que alguien de sangre real le hablara con tanta camaradería?

   -Luchad con vuestro brazo, pero también con la cabeza. Ares fue el dios de la guerra, pero ¿sabéis quién consiguió vencerle en combate? La brava Atenea, por su sabiduría.

   -¿Leyendas griegas? -se sorprendió Julián-. Creí que erais católico.

   -Como el que más -respondió Don Sebastián-. Pero esas fábulas paganas son útiles, porque tienen moraleja. Las aprendí de Aldana, el capitán más sabio que ha visto el mundo. Ojalá me las hubieran enseñado mucho antes.

   ¿Por qué era eso tan importante? El confuso enfermero se vio asaltado por mil dudas, pero ya no había tiempo para aclararlas: los marinos estaban soltando las amarras y separando la chalupa de la nave principal.

   -¿Volveremos a vernos? -inquirió Alonso.

   Don Sebastián, desde la cubierta del barco mercante, negó con un gesto:

   -Vos defenderéis esta ciudad y yo la mía. Cada uno tiene su batalla. Que Dios os guarde.

   -¿Volvéis a Lisboa? ¿Y si os reconocen? Os creen muerto...

   -No sé cómo presentarme allí -confesó el capitán-. Pero aun así, he de protegerla.

   La chalupa se alejó hacia la playa a fuerza de remos, mientras los demás tripulantes regresaban a sus quehaceres. Sólo dos personas permanecieron en la cubierta del mercante, contemplando la marcha de la barca; el capitán y Lola Mendieta.

   -Es buena idea, Don Sebastián -sugirió ella, cuando al fin estuvieron a solas-. Lo de hacerse pasar por un ángel guardián.

   * * * * * * * * * *

   El amanecer parecía tranquilo; sólo las campanadas de una iglesia y el graznido de las aves marinas interrumpían el silencio.

   Y algo más. Una vibración rítmica, alarmante, a través de la almohada.

   María Pita metió la mano a tientas para intentar apagar el infernal zumbido de aquel aparato, que aumentaba de intensidad por momentos.

   -¿Qué se oye? -gruñó una voz soñolienta pero autoritaria, desde el dormitorio vecino.

   -Un abellós! ("un abejorro") -se excusó azorada, en gallego.

   -¡Hablad en cristiano, pardiez! -replicó el otro en castellano, en un tono aún más desagradable que antes.

   -O galego é cristiano! -se enfureció ella, mezclando idiomas sin querer-. ¡Galiza é terra do Santiago Apóstol!

   -Echa fuera el abejorro; yo me encargo del capitán -intervino su marido, también en gallego, levantándose resignadamente-. ¡Vaya tirano! Cualquier día lo despierto vaciándole en la cara una bacinilla.

   -No me des ideas, Gregorio -sonrió con malicia la mujer. Una vez a solas, la agente sacó el teléfono de debajo de la almohada y contestó al fin-: ¿Hola?

   -¿María? -llamó la voz de Ernesto, a través del auricular-. ¿Va todo bien?

   -Iría mejor si no tuviera que hacer de posadera -sonrió ella-. El cabildo nos ha metido un soldado en casa, como a muchos vecinos. ¡Han venido más de mil!

   -¿Tantos?

   -Sí. Y como no está terminado el castillo de San Antón, que es donde debería dormir la tropa... ¿por qué llamáis?

   Al otro lado se hizo un silencio incómodo.

   -¿Ernesto?

   -Nada, sólo... -el funcionario dudó; al hablar estaba desobedeciendo a sus superiores. Pero al fin continuó-: Lleva hoy el móvil encima y recuerda este nombre: Julián Martínez. Es funcionario.

   -¿Una misión?

   -María... has visto el futuro. Sabes que puedes hacer tantas cosas como un hombre. Como el mejor de ellos. Sé que las harás.

   Ella frunció el ceño: aquellas evasivas eran extrañas. Sobre todo en Ernesto, que solía ser brutalmente franco.

   -¿Con quién hablas, María? -sonó una voz desde las habitaciones contiguas.

   -Con... el rapaz de la vecina, que se ha escapado a la calle -se excusó la mujer, acercándose a la ventana para disimular-. Le estoy diciendo que vuelva a casa.

   Entonces lo vio, al asomarse a la ventana. Recortándose en la lejanía, fuera de la protección de las murallas.

   -¡Gregorio! ¡Capitán! -llamó a los hombres de la habitación contigua-. ¡Hay una señal de humo en la Torre de Hércules! ¡Zarpan naos de la playa de La Pescadería! -la mujer se despidió de su interlocutor en un susurro-: tengo que colgar.

   -¡Espera! -le urgió Ernesto-. ¡Intenta que...!

   Un pitido le impidió terminar la frase: la llamada había finalizado. Ernesto guardó el móvil, comprobó que el pasillo subterráneo siguiera libre de oídos indiscretos y se puso en marcha, contrariado.

   "Intenta que no te maten" habría querido añadir. Pero pensándolo bien, ¿no es lo que todo el mundo intenta? ¿Habría cambiado algo con decírselo?

   * * * * * * * * * *

    (La Coruña, barrio de La Pescadería)

   -Esto es una maldita pesadilla -gruñó Julián, arrastrando a un herido al edificio más cercano. Era la casa de un tendero, a juzgar por las telas, redes y víveres que exhibía a sus puertas. Tomó uno de los lienzos al pasar: necesitaba algo para vendar las heridas.

   -¿No decíais que ya habíais visto batallas? -le preguntó el hijo de Alonso, ayudando en el traslado-. Yo sí, con la Gran Armada.

   -Y yo, en Cuba y Filipinas. Pero eran soldados, ¡no esto!

   En el interior del edificio, dos niños de muy corta edad lloraban abrazados a las faldas de su madre. Ésta repartía el tiempo entre consolarlos y recargar armas para su marido: varios arcabuces, de un solo tiro cada uno.

   -¿Quién va? -se alarmó la mujer, apuntándoles. Al reconocer al herido, bajó el arma -. ¿Han matado a Antonio?

   -Sobrevivirá -la tranquilizó Julián, ocupado en improvisar un vendaje-. ¿Conocéis a una tal María Pita?

   -Lo siento. De este barrio no es -negó ella, recargando otro arcabuz más-. Tendréis que buscar en la ciudad, cuando acabe todo esto.

   -¿Aquí vendéis armas? -se sorprendió Alonso.

   -Claro. Del mar puede venir pescado, pero también piratas -contestó el tendero; disparó desde la ventana y se agachó de nuevo-. ¡Inés, tu turno!

   La mujer le dio un arcabuz cargado y tomó el vacío. Eran sólo comerciantes, pero el joven soldado admiró su valor.

   -¡Esa tela me la tendréis que pagar! -les recordó la mujer, señalando el vendaje que estaba haciendo Julián. Inés soltó una maldición al tocar el recalentado arcabuz, pero ignoró el dolor y comenzó a recargarlo.

   El enfermero tuvo que contener una carcajada: ¡comerciante tenía que ser! Terminó el vendaje, puso sobre la mesa unos maravedíes y abrió la puerta. Una atronadora detonación le saludó desde el exterior: el barco de guerra español, a medio reparar en la arena, estaba usando sus cañones para la defensa. Pero lo que había en el mar, respondiendo a su fuego, era una flota inglesa tan grande como la Armada Invencible. Numerosas chalupas enemigas se acercaban a la costa: todo el barrio recibió a brazo partido a los invasores ingleses.

   -¡No salgáis ahí! -le advirtió Inés-. ¿Estáis loco?

   Julián se tragó el miedo y le dio al hijo de Alonso su pistola Glock del siglo XXI:

   -No es la primera vez que me hacen esa pregunta.

   -¿Sabéis usar esto? -sonrió el joven, admirando el arma. Aún sostenía la espada en la otra mano.

   -Recargar, sí. Pero tengo mala puntería -contestó el otro al salir-. Dispara tú. Y por mí no te preocupes.

   Al enfermero no acababa de gustarle su misión: corregir la Historia. Para que María Pita siguiera estando viva, y Maite muerta. Quizá por eso salió sin importarle el peligro; en el fondo, era un consuelo no saber si viviría para cumplir la misión.

   Un triste consuelo que varios soldados de Drake se apresuraron a ofrecerle, echándosele encima como lobos. Pero un disparo de Alonso rechazó al primero; al no saber que le quedaban más balas, el joven soltó la pistola y atravesó a otros dos con la daga y la espada. Julián también noqueó instintivamente a un atacante, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, pero otro espadachín invasor le cortó el paso.

   -¡No! -rugió Alonso con rabia, al comprender que estaba demasiado lejos. El recién llegado, sable en mano, cargó contra el desarmado enfermero...

   Julián de pronto lo vio todo como a cámara lenta. El mundo girando noventa grados, mientras el enemigo le hacía retroceder y caer al suelo. Alonso, a demasiados metros de distancia, extrayendo las armas de los dos adversarios heridos y acudiendo en su auxilio, aunque no a tiempo. El pirata inglés, sorprendido por la caída del enfermero, frenando en seco y elevando el sable para asestar el golpe de gracia...
...y la sonrisa perversa del atacante borrada de golpe, en un estallido de color sucio, como cuando una pedrada destroza un fruto maduro.

   Julián se levantó y contempló unos segundos al último pirata caído, antes de que una voz le hiciera comprender lo que había sucedido:

   -¡Corred, insensatos! -fue toda la explicación de Inés, desde el interior del edificio. Ya estaba recargando el arcabuz, que acababa de disparar para salvarle.

   Julián le dedicó un gesto de agradecimiento, recogió la Glock y obedeció. Mientras huía hacia las murallas de la ciudad, escuchó más detonaciones: los ingleses parecían estar tomando represalias contra Inés.

   -¡Mamá! -oyó gritar a uno de los niños; no pasaría de cuatro años-. ¿Nos van a matar?

   -Hoy no, hijo mío -fue lo último que oyó decir a la mujer-. Venceremos. Tan seguro como que me llamo Inés de Ben.



(CONTINUARÁ...) 

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MdT: Un Acto de Amor (III)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


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Por Mª Nieves Gálvez

(Navío "Revenge", Contraarmada "invencible" Inglesa. 
Finales de Abril de 1589)
 
   Sir Francis Drake abandonó a buen paso la bodega que hacía las veces de prisión. Estaba molesto por la pérdida de tiempo: el interrogatorio por "espionaje" había resultado ser un simple lío de faldas. Sin embargo, en su fuero interno también se encontraba ligeramente divertido. Al fin y al cabo, en alta mar tenía pocas distracciones. Después de aquella escena bufa y casi teatral, quizá podría aprovecharse de la esposa de aquel imbécil: aunque madura, tenía cierto encanto...
 
   -Tim, wait here -indicó a uno de sus secuaces, señalando la bodega donde acababa de dejar al prisionero y a la mujer-. Don't let them out (1).
 
   Drake se encaminó hacia su camarote a grandes zancadas, con el paso firme y elástico de un tigre. Estaba seguro de sí mismo, y con razón; países enteros temblaban al oír su nombre. Era un depredador; era el Dragón.
   Pero no sabía que estaba siendo seguido por otro depredador. Alguien silencioso como un espectro, y lo bastante osado para cazarle incluso en su propio cubil.
   El fantasma tenía un objetivo. Y había un hombre interponiéndose en su camino: Tim.
   El desgraciado inglés, todavía deslumbrado por las luces de la bodega, notó una mano atenazando su garganta antes de que sus ojos se hubieran acostumbrado a la penumbra del pasillo. Un pañuelo le cubrió la cara.
 
   -Treason...! (2) -intentó avisar; pero a través de aquel pañuelo, el sonido fue poco más que un murmullo.
 
   A bastante distancia, escaleras arriba, el leve gemido interrumpió las reflexiones de Drake. Éste y su guardaespaldas Stan se volvieron, aguzando el oído.
 
   -Tim? -gruñó Drake, algo inquieto.
 
   -I heard nothing (3) -negó Stan, después de un tiempo prudencial.
 
   El almirante también escuchó unos instantes, pero no alcanzó a oír nada más. ¿Tal vez el gemido provenía del prisionero? Después de tal paliza, tenía motivos para ello...
   Se encogió de hombros, hizo una señal a Stan y se puso en marcha de nuevo.

   Sin embargo, ya no estaba tranquilo.
 
   Otro tramo escaleras arriba, otro lóbrego corredor más, y el claustrofóbico pasillo se ensanchó un poco: estaba llegando a los camarotes principales. Aunque el caso de espionaje había resultado (aparentemente) falso, necesitaba comprobar que su preciada carga estaba a salvo. Sólo por si acaso.
   Drake indicó a Stan que montase guardia en el pasillo y dobló el último recodo. Algo en su instinto le seguía inquietando, y eso le molestaba. Veía amenazas en cada sombra...
   "Vamos: tengo armas del futuro, ¿quién puede decir lo mismo?" intentó animarse, sacando la llave para abrir el camarote. "Pronto conquistaré Portugal, y su nuevo rey Crato seguirá mis órdenes. La reina de Inglaterra hace años que come de mi mano. ¡Cómo has prosperado desde que naciste en aquella granja, Francis!"
 
   Un par de golpes a su espalda, como si alguien hubiera tropezado, interrumpieron sus pensamientos. Se volvió con rapidez, pero no vio nada: sólo el lóbrego recodo que acababa de doblar. Quizá debería comenzar a preocuparse de verdad.
 
   -Stan, art thou drunken again? -intentó calmarse; pero aflojó su sable en la vaina por precaución-. I warned thee, not even a single more time... (4)
 
   Un golpe sordo, como el de un cuerpo cayendo al suelo, fue la escalofriante respuesta. Drake se arrepintió de haber hablado: había delatado su posición. El pasillo que dividía los camarotes era lóbrego incluso a la luz de las linternas de aceite, pero no necesitaba ver más: en cuanto asomara alguna sombra...
 
   En efecto: la figura de un hombre se le echó encima, y Francis Drake la atravesó limpiamente con el sable. Pero antes de que pudiera extraer el arma del cuerpo, una fantasmal forma blanca le atenazó el rostro. El pirata se llevó instintivamente las manos a la cara, luchando por respirar, pero su esfuerzo sólo sirvió para inundarle los pulmones con un desagradable vapor alquímico. Todavía forcejeó unos instantes más contra aquella mano de hierro, antes de caer al suelo sin sentido.
 
   -Así que éste es el famoso Francis Drake -se burló el desconocido, tapando un frasco de cloroformo-. Si no fuera porque tengo prohibido cambiar la Historia...
 
   El joven Alonso de Entrerríos guardó el frasco y apartó de una patada el cuerpo de Stan, al que había narcotizado y usado como escudo humano. Probablemente estaba muerto, pero no se molestó en comprobarlo: tenía una tarea más urgente.
 
   Gracias a Lola Mendieta, por fin sabía por qué no había encontrado el gran cargamento de armas del futuro: porque no lo había. No en un mismo sitio, al menos. Estaba demasiado repartido: sólo un cofre en cada uno de los barcos principales. Y todo parecía indicar que Drake había sido lo bastante necio para guiarle directamente hasta el primero de ellos: el de su propio camarote.
 
   El joven tomó la llave caída, abrió la puerta y comenzó el registro. No tardó mucho en contener una exclamación de triunfo.
 
 
   (1) Tim, espera aquí. No les dejes salir.
   (2) ¡Traición...!
   (3) No he oído nada.
   (4) Stan, ¿estáis borracho otra vez? Os lo advertí: ni una sola vez más...
 
   * * * * * * * * * *
 
   Lola Mendieta era una espía curtida en varias guerras. Capaz de moverse como una sombra por cualquier época, nadie sabía bien para qué ocultos fines. Solía ser paciente: tenía, literalmente, todo el tiempo del mundo. Y sin embargo...
 
   -No sabes con cuánta impaciencia he esperado este momento -observó, con una sonrisa retorcida, en cuanto los guardias se marcharon.
 
   Julián, todavía encadenado al techo de la claustrofóbica bodega, tenía mil preguntas: ¿Estaba viendo un fantasma? ¿Lola no había enfermado de cáncer, por culpa de Darrow?
 
   -¿De... de cuándo vienes?
 
   -De un mes después de que me hicieras encerrar en Huesca -fue la rencorosa respuesta.
 
   Así que era eso. Para él había pasado casi un año, pero para ella no. Lola todavía no sabía que pronto volvería a ser apresada por el Ministerio, y que sólo saldría del penal de Huesca para unirse a Darrow... en la salud y en la enfermedad. Para morir como Paul Walcott.
 
   El enfermero no tuvo coraje para decírselo. Sólo asintió débilmente:
 
   -Parece que casi siempre que nos vemos, uno de los dos acaba preso -observó él.
 
   -No por mi gusto -la espía se encogió de hombros-. Hiciste mal en traicionarme en la Residencia de Estudiantes.
 
   -Lo sé; eras inocente -admitió él, bajando el magullado rostro con arrepentimiento-. Pero ya pagué por ello. Suéltame, por favor...
 
   La mujer enarcó una ceja:
 
   -¿Qué has pagado tú? No has hecho nada -se burló-. Si estoy libre, es porque YO me atreví a hacer un pacto con el Diablo.
 
   El enfermero casi sonrió, lo cual le provocó un incómodo escozor en el labio que le acababan de partir. Conocía aquella frase.
 
   -Eso le dijiste a Goya. Apuesto a que escapaste gracias a un preso herido en ambas rodillas.
 
   La sonrisa desdeñosa de Lola se heló en una mueca de asombro. Sus ojos se estrecharon con sospecha al clavarse en su interlocutor:
 
   -¿Cómo sabes eso? ¡No me estarás investigando otra vez!
 
   Julián negó con la cabeza:
 
   -Era lo justo, Lola. Estabas presa por mi culpa. Esperé a que Alonso le registrara los bolsillos, y después le di un regalito para ti. Con eso habéis escapado de Huesca los dos, ¿no?
 
   La mujer le estudió entre la suspicacia y la complicidad. Siempre le había parecido que el enfermero no terminaba de encajar en el Ministerio: era listo, pero demasiado indisciplinado. Sin embargo, una traición así...
 
   -¿Se lo diste para ayudarme a huir? -susurró, todavía incrédula-. ¿Y si te hubieran descubierto? ¿Y si eso hubiera cambiado la Historia?
 
   El enfermero alzó la vista con picardía:
 
   -Eso espero -sonrió al fin. Tanto, que la herida del labio volvió a abrirse; pero no le importó-. Que cambies tu futuro.
 
   -No voy a creerte así como así -le reprendió ella fríamente-. Sólo lo dices para que te suelte. Y aunque te creyera, no estoy en posición de devolverte el favor -exasperada ante la creciente hilaridad de su interlocutor, Lola acabó por estallar-: ¿Se puede saber de qué te ríes?
 
   -¿Mi ex-mujer? -se burló Julián, incapaz de contener una carcajada-. ¡Sólo te ha faltado la música de Pimpinela!
 
   Lola acabó por esbozar una triste sonrisa:
 
   -Fue para evitar un mal mayor -confesó al fin-. Pero no puedo soltarte: eso me delataría y además te volverían a atrapar. Porque estamos en alta mar: no veo cómo huir de este barco...
 
   Un golpe en el exterior de la bodega pareció responderle. La puerta se abrió, dando paso al hijo de Alonso de Entrerríos. El joven apartó a la indignada mujer de un empellón y hurgó en los grilletes de Julián con las ganzúas del Ministerio:
 
   -Yo sí. Acabo de eliminar a los centinelas de ahí fuera y ya he encontrado las armas. Drake estará fuera de combate por un rato. Ahora o nunca.
 
   * * * * * * * * * *
 
   En el fondo del océano, bancos de peces parecían revolotear entre los mástiles de un galeón hundido, como en tiempos más felices hicieran las aves marinas. Un cangrejo salió de su escondite: la vacía cuenca ocular de una calavera, que aún elevaba su mirada hacia la lejana superficie.
 
   Aquel descarnado cráneo había pertenecido a un joven marino, llamado Tomás: el barco fue parte de la "Grande y Felicísima Armada" española, apodada burlonamente "invencible" por sus enemigos. Si en verdad existiera el Más Allá, la calavera tal vez estuviera mirando al Cielo para suplicar la reparación de su fatal destino. Para pedir justicia.
   Y tal vez, sólo tal vez, se habría alegrado al recibir de las alturas la respuesta.
   Innumerables sombras de una flota enemiga cubrieron los restos sumergidos. Y de ella cayeron dos objetos hasta posarse junto al infortunado Tomás, ahuyentando momentáneamente al cangrejo que le había elegido como compañía.
 
   Se trataba de un arcón, que lastraba el cadáver de un hombre: Stan. Y el contenido del cofre significaba una gran pérdida para el enemigo inglés.
 
   Los arqueólogos marinos del futuro tendrían problemas para comprender el hallazgo: armas del siglo XXI, acompañando a dos hombres del siglo XVI (un español y un inglés) en su última morada. Si es que alguien llegara a registrar los restos sumergidos de la "Armada Invencible" algún día, claro está...
 
   De momento, sólo fue el cangrejo el que, agradecido por aquel maná, se dirigió hambriento hacia Stan. Por razones prácticas, le había elegido como nueva compañía. Los revoloteantes peces le imitaron.

    * * * * * * * * * *

   -¡Estás loco! -reprendió Lola al joven Alonso, por enésima vez.

   -Estamos vivos y en otro barco, ¿no? -replicó el muchacho, tan empapado como ella.

   -En eso tiene razón -rezongó Julián, aceptando una manta de los tripulantes del velero holandés. No hablaba flamenco, así que intentó darles las gracias con un gesto. Temblaba de frío, pero lo primero que hizo no fue abrigarse, sino secarse la cara: el agua salada le hacía arder las heridas.

   Tras saltar por la borda, habían sido rescatados por el mismo barco holandés de suministros que habían visto por la mañana: el que había utilizado Alonso para descargar los documentos robados a Crato. Tal vez por curiosidad, los flamencos les seguían de cerca desde entonces.

   -Están llamando al capitán -tradujo Lola, cubriéndose las piernas con otra manta de sus salvadores: había tenido que desprenderse de la pesada falda de su vestido, para no acabar hundiéndose en el mar-. Sí, entiendo holandés. Dejadme hablar a mí. ¡Ya me habéis metido en demasiados problemas!

   -Parece que últimamente no paran de caer cosas del "Revenge" -le interrumpió una voz sarcástica, en perfecto español. El hombre, de porte aristocrático, ordenó a sus hombres en holandés-: Registradles.

   -Vaciaos los bolsillos -ordenó Lola a sus compañeros-. Gracias por rescatarnos, capitán...

   -Sébastien Aldanne -se presentó él, examinando los objetos de los náufragos: se detuvo en el teléfono móvil del Ministerio-. Soy un humilde comerciante holandés. Y ustedes son espías. Sólo me falta saber de qué lado están -el aristocrático personaje mostró el móvil-. ¿Qué es esto?

   "Ustedes", se asombró Julián. No "vos" ni "vuesas mercedes". ¿Por qué carajo hablaba aquel tipo como alguien del futuro?

   -Es un espejo de obsidiana azteca, de las Américas... -tartamudeó tímidamente el enfermero.

   El capitán le miró con sorna. Estaba claro que aquel "espejo" tenía tanto de azteca como lo que el noble personaje tenía de "humilde comerciante holandés".

   -Nokia es finlandesa -sentenció Sébastien con picardía. Ante la mirada de asombro de Julián y Lola, continuó-: Sí, he viajado mucho. Tanto o más que ustedes.

   -Los de Leiva no me hablaron de usted -le tanteó Lola, con exquisita prudencia. No podía ser más directa: nunca lo era, en su trabajo. Su vida solía depender de ello.

   -¿Quién es Leiva? -se sorprendió sinceramente Sébastien.

   Julián empezaba a hartarse: no estaba de humor para líos de espionaje. Lola pensaba que Sébastien podía ser alguien de Leiva o del Ministerio, es decir, de bandos contrarios. Sébastien pensaba que ellos eran espías a favor o en contra de Drake. Podrían estar haciéndose mutuamente preguntas con doble sentido toda la santa noche, y acabar en un interrogatorio inquisitorial de todos modos. Y la verdad, no tenía ganas de dar tantas vueltas; estaba demasiado cansado.

   -A la mierda: soy Iron Man -interrumpió-. Mire, soy español y todo este lío es cosa mía: los demás han caído conmigo por casualidad. Leiva es un enemigo de España, igual que Drake, y ya ve cómo me ha dejado la cara ese pirata venido a más. Y usted ha abierto la caja de documentos que le hemos robado a Drake esta mañana, ¿me equivoco?

   Sébastien Aldanne le miró con admiración:

   -Con un par -asintió, divertido-. Gilipollas, pero con un par, como dirían ustedes en España. ¿Sabe lo que quiero hacer con el que ha firmado esos documentos? Ese tal Crato.

   -Sorpréndame -bufó Julián.

   -Algo peor que la muerte -fue la feroz respuesta del noble.

   -Julián, ¿le has quitado los documentos al Prior de Crato? -se alarmó Lola-. Insensato, ¡eso puede cambiar la Historia!

   -¿A favor o en contra de España? -se interesó Alonso al fin-. Capitán, si realmente queréis ayudar a España, os daré una lista de barcos de esta flota. Llevan algo mil veces peor que documentos. Hay que hundirlos.

   -Cuando sepa que puedo confiar en ustedes -fue la fría respuesta-. Además, mi barco no es de guerra. Es mercante.

   -¿Y nosotros cómo sabemos que podemos confiar en usted? -le espetó Lola con dureza-. ¿Por qué se ha metido en esta flota si quiere ayudar a España?

   -Por amor; pero no a España -contestó Sébastien Aldanne, girando un anillo en su mano hasta mostrar el sello que había estado ocultando en la palma-. Por amor a mi país: Portugal.

   -Es imposible... -palideció Lola, con los ojos clavados en el anillo; parecía que fueran a salírsele de las órbitas-. Sebastián... Aldana...

   -¿Estamos jodidos? -dedujo Julián.

   * * * * * * * * * *

   (Puerto de Lisboa, 1589)

   Gil Pérez levantó la vista del ordenador portátil al escuchar dos golpecitos. Alguien estaba llamando; pero no a la puerta exterior del camarote, sino a un mueble con una historia mucho más interesante.

   -No es posible -reflexionó, llave en mano-. Me habrían avisado...

   -Ejem... ¿Podría abrirnos, por favor? -suplicó una voz familiar: sonaba amortiguada a través de la madera.

   -¿Amelia? -Gil Pérez se apresuró a abrir la puerta del "armario" del Ministerio, pero no pudo ocultar un gesto de extrañeza -. Bienvenida... y vos, Alonso. Nadie me ha informado de esto: es tremendamente irregular.

   -Lo lamentamos, pero no hemos podido avisar antes -se excusó la mujer, entrando con muy poca elegancia: se había enredado en la capa de su compañero-. Ha sucedido un imprevisto, y en el Ministerio ya no son horas para avisar a los jefes.

   -¿No será por Julián? -se inquietó el funcionario-. Lo dejé en un lugar discreto de la costa inglesa, para que no tuviera problemas en llegar por tierra a Plymouth. ¿Algo va mal?

   -No lo sabemos: aún no tiene cobertura -explicó Entrerríos, intentando contener las malditas náuseas que le asaltaban cada vez que ponía el pie en un barco-. ¿Iba solo?

   -Ah, no -sonrió Gil Pérez -: va con uno de mis mejores hombres. Que por algo se llama igual que vos.

   El veterano excapitán del Tercio sonrió con orgullo; incluso el mareo pareció remitirle un poco, mientras abría la puerta del camarote en busca de aire fresco. Anochecía: en un mástil, la remendada bandera con la Cruz de Borgoña se recortaba contra el Sol poniente.

   -¿Aún no habéis cambiado ese pabellón? -observó el soldado.

   -Pronto habrá que hacerlo; pero será una lástima, con la historia que tiene -reflexionó Gil Pérez.

   -Espero que sea la misma Historia que recuerdo yo -confesó Amelia. Su expresión se revistió súbitamente de gravedad-. Tenemos que hablar. Y lo siento, pero esto no le va a gustar.

   * * * * * * * * * *
"Tiempo de Gloria",
Fanart de "El Ministerio del Tiempo".
Autor: Conrado Martín "Entiman", 2015

   Lope de Vega despertó, buscando instintivamente el abrazo de su esposa. Pero para su sorpresa, estaba solo.

   -¿Isabel? -recorrió el dormitorio con la vista, pero su inquietud no hizo sino aumentar. ¡No se encontraba en su casa de destierro en Valencia! Era un cuarto austero, pero vagamente conocido... - ¿La posada de Lisboa? ¿Hace un año?

   -Tenéis buena memoria -observó una voz tan burlona como firme, desde la puerta: se trataba de Alonso de Entrerríos.

   -¿Quién sois? ¿Qué brujería es ésta?

   -Sólo es un sueño -replicó Alonso, sin ganas de más explicaciones: bastante les había costado a él y a Amelia traer a Lope, narcotizado, desde la Puerta del Tiempo de Valencia hasta la de Gil Pérez. Y convencer a este último de que no llamase a Spínola, al revelarle a qué escritor estaban secuestrando.

   -Un sueño no muy exacto: recuerdo una compañía mucho más grata -replicó Lope, con tan burlesca insolencia que Alonso tuvo que contener las ganas de noquearle otra vez-. Y me embarcaba para defender a España...

   -Vuestro destino no es defenderla con la espada; pero sí con la pluma -intervino una voz femenina. Amelia apartó delicadamente a Alonso y contempló a Lope desde el umbral-. Portugal está a punto de aceptar el yugo inglés y cambiar la Historia: sólo vos seríais capaz, con vuestras obras, de evitarlo. ¡De cambiar la opinión de un país entero! -su sonrisa se volvió tan altanera como cómplice-. ¿Aceptaréis tal reto si mejora la compañía?

   Lope se levantó de un brinco y terminó de abrir la puerta con su espada, muy cautelosamente, antes de osar asomarse; pero para su alivio, no había rastro de Julián por ningún lado. Cuando Amelia señaló a Alonso la salida (ganándose una furibunda mirada de este último), la expresión del escritor se convirtió en puro júbilo:

   -¡Salvar España con versos, a solas con una mujer hermosa! -resumió con picardía-. Inalcanzable, docta, esquiva Amelia, dura y perfecta como el mármol de los dioses... tenéis razón: esto es un sueño, o he muerto y estoy en el Cielo. En ambos casos no es pecado, pues no es real, ¿verdad? ¡A fe mía, cómo voy a disfrutar este momento!

   -No tan rápido, lengua de plata -se burló ella, presentándole papel y pluma-. Antes vais a tener que sudar tinta para convencerme. Ya sabéis que yo, ante todo, quiero buenos versos.

   -Serán tan puros como los del divino Aldana, que en la Gloria esté junto a Don Sebastián.

   -No es pureza lo que busco -la mirada de la joven volvió a llenarse de malicia y de promesas-: Por favor, sed cruel. Muy cruel contra Inglaterra, la pérfida Albión. Sé que me sabréis complacer...

(CONTINUARÁ...) 

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MdT: Un Acto de Amor (II)

(Viene de "Un Acto de Venganza")


Un Acto de Amor (II)
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Por Mª Nieves Gálvez

   "No hay amor más grande que darlo todo por los amigos"
   (San Juan, 15:13)

   (Barcelona, 1880)

   Alonso de Entrerríos se había enfrentado a muchas situaciones terroríficas. Pero ninguna le había dado tantas ganas de poner pies en polvorosa como la que, muy a su pesar, estaba atravesando en aquel momento.

   -¿Se quedará a cenar, capitán? -inquirió la madre de Amelia, con la mejor de sus sonrisas.

   -Lo lamento, señora; debo embarcarme esta misma noche -mintió el militar lo mejor que pudo-. Una orden urgente.

   -Es una lástima; ya lo teníamos todo preparado... acepte una copita, al menos -la mujer hizo una señal a la nueva criada y volvió a centrar su atención en Entrerríos-. ¿A dónde va esta vez?

   -A Cuba.

   -Ah, ¿viaje de negocios? -se animó el padre de Amelia-. Menos mal; por una vez, mi hija no tendrá que preocuparse. La pobre se inquieta cuando viaja usted a algún lugar en guerra.

   La cara de Alonso se convirtió en un poema: ¿ya no había guerra en Cuba?

   Amelia aprovechó la llegada de la criada, bandeja en mano, para desviar la atención:

   -¿Usted también quiere un anís, madre? -la joven repartió los vasitos de licor e improvisó-: será sólo una escala. Su destino final es Baler, en Filipinas.

   -Ya me extrañaba a mí -suspiró la madre, con velado sarcasmo-. España hace siglos que no pinta nada en Cuba.

   Entrerríos aprovechó el trago de licor para disimular su expresión de asombro: ¿siglos? A aquellas alturas ya no sabía qué pensar. Se despidió tal como le había aleccionado Amelia: un beso en la mano de ambas mujeres, unos cumplidos y una breve reverencia militar. Pero en su mirada se notaba que algo iba mal. Realmente mal.

   -Debo irme. Amelia, por favor...

   -Sí, te acompaño a la salida -la joven detuvo a la criada con un gesto-. Me bastaré yo sola.

   La madre de Amelia iba a decir algo más, pero el padre la retuvo con picardía:

   -Déjalos despedirse a solas, mujer -entrechocó el vaso con el de su esposa y contuvo una risita-: Ah, estos enamorados...

   Nada más salir al exterior, Alonso tomó a su superior por los hombros, visiblemente nervioso:

   -Lo que dicen vuestros padres es aún peor de lo que yo pensaba -susurró con urgencia-. Vuestro pretendiente tendría que ser Julián, y debería estar en Cuba.

   -¿Cómo va a ser Julián, si está casado? Ya tiene a Maite.

   -Ah, ¿y yo qué? -se escandalizó él -¿Os parece que tengo menos embrollo, con Elena y Blanca?

   -Baja la voz, que mi madre es muy cotilla y puede estar asomada -le reprendió ella suavemente-. ¿Por qué dijiste Cuba?

   -Porque en mi mundo, Cuba todavía es española en este tiempo, y está en guerra. Julián estuvo allí. Y Maite está muerta.

   -No digas barbaridades, por Dios -Amelia le miró con incredulidad-. ¿Todavía sigues convencido de que ha cambiado la Historia y yo no lo he notado? No eres experto en esta época. ¿Cómo sé que no es todo una confusión tuya?

   -Julián prometió escribiros desde allí, Amelia -explicó Alonso, sacando del bolsillo un documento que mostró a su superior-. Cartas para enseñar a vuestros padres. Nunca las termina, pero vi ésta a medio hacer y la guardé por... no importa: leed.



   "Matanzas, Cuba. 1898.
   Querida (nombre tachado) Amelia,
   Espero que al recibir la presente estés bien; aquí en el frente todavía resistimos, g. a D.
   Dicen que el tiempo lo cura todo (nombre tachado); pero es mentira. He pasado meses sin ti, y todavía duele como el primer día. Daría cualquier cosa por volver a pasar un minuto contigo; daría mi vida entera, por no tener que vivirla sin ti..."

   Amelia estudió cuidadosamente el borrador, lo miró al trasluz y se lo devolvió a Alonso, con el rostro desencajado. La letra y la firma eran de Julián, sin lugar a dudas.

   -Alonso, tenemos que ir esta misma noche al Ministerio, en cuanto todos crean que duermo. Esto es muy grave. Y no digas nada a nadie; ni siquiera al subsecretario. A nadie.

   * * * * * * * * * *

   (1589, Navío Revenge, Contraarmada Inglesa. A 500 millas de tierra)

   El hijo de Alonso de Entrerríos lo estaba notando otra vez. Alguien le seguía.

   "Tal vez me afecta lo que le ha pasado a Julián; tal vez es miedo" se reprendió a sí mismo. "Ahora veo enemigos en todas las esquinas".
   O tal vez era su instinto, le dijo algo en su interior. Algo que sus bien entrenados sentidos no podían desoír.

   -Hello, sweetie -le abordó una voz de mujer, grave y sarcástica, con acento español.

   El joven se giró lentamente. En el fondo, sabía de antemano lo que iba a ver.

   -Todavía ocultáis el rostro con ese velo negro. ¿Tan fea sois?

   -Eres muy gracioso. Pero no muy listo -la misteriosa mujer, como ya hiciera en la Corte de Inglaterra, le estaba apuntando con un diminuto "arcabuz" del siglo XXI-. Habéis desaprovechado la ocasión que os di en Palacio.

   -Interesante arma. ¿Dónde están las demás? Sé que Drake tiene un cargamento, y que quiere utilizarlo para cambiar la Historia.

   La mujer suspiró con hastío:

   -¿Es que tengo que hacer yo todo el trabajo? Está bien; seguidme. Pero no es eso lo único que cambiará la Historia, por desgracia.

   -¿Y qué más puede ser?

   -Ese médico y vos habéis curado a demasiada gente para pagaros el pasaje. Eso salvará de varias plagas a barcos enteros; Drake tendrá más naves y más hombres de los que debería haber tenido. Por cierto, ¿dónde está?

   -¿Julián? Lo han hecho prisionero.

   A pesar del velo, el hijo de Alonso casi juraría que la espía torció el gesto:

   -Eso complica las cosas. Pero al menos así no curará a más gente equivocada. Y espero que no hayáis tocado nada más de este barco.

   Alonso tragó saliva y guardó silencio; él había sacado algo del barco, sí. Pero sólo eran papeles...

   -No tenemos mucho tiempo -repuso la mujer, escudriñando los estrechos y lóbregos pasillos de los camarotes-. Seguidme y os diré lo que sé de las armas.

   El joven la siguió, pensativo:

   -Decidme, ¿serían importantes unos documentos con, digamos, las condiciones que han acordado Crato y los ingleses para esta invasión? No es por nada, es sólo un ejemplo...

   * * * * * * * * * *

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   -¿A santo de qué viene tanto misterio? -se extrañó el veterano Alonso -. ¿Por qué me habéis citado a medianoche, y directamente en los vestuarios?

   -No hay tiempo de convencer a los jefes -contestó Amelia, mientras se cambiaba de ropa detrás de un biombo -. Bastante me ha costado creerlo yo.

   -Pero la carta de Julián...

   -Sí. Es una carta que no quiero enseñar por ahí: me obligaría a explicar mi vida privada. Pero demuestra que es verdad. Él y tú estáis en lugares y tiempos diferentes, pero coincidís en todo: así que vuestra versión es coherente -la idea era tan aterradora como interesante-. Entonces, ¿no perdimos las colonias de América en el siglo XVI?

   -Las tuvimos por lo menos cien años más. El Siglo de Oro, decíais siempre.

   -¿Qué es el Siglo de Oro? -se sorprendió ella, saliendo de detrás del biombo ataviada con un vestido de, precisamente, aquella época-. Supongo que te refieres a la Generación Dorada: Francisco Aldana, Lope de Vega, Cervantes...

   -Ay, Dios mío... -Alonso comenzó a sentir otra vez un molesto dolor de cabeza-. ¿Un siglo perdido? ¿Tanta diferencia supondría ganar o perder Portugal?

   -Sí; imagina a los ingleses aprovechando toda la costa y la flota portuguesa, las islas Azores como base para sus corsarios... además de financiarse cobrando enormes tributos a las colonias lusas.

   -Suena a servidumbre. ¿Para eso quería Portugal independizarse de España?

   -Tal vez no lo habrían hecho, de haberlo sabido de antemano. Si hubieran visto los documentos que Crato firmó con los ingleses... ¿fue eso lo que pasó en tu mundo? ¿Vieron los documentos y prefirieron España? -cuanto más lo pensaba, más sobrecogedora le parecía la conclusión-: Dios mío... después de tantos años estudiando, ¿la Historia que yo conozco no es correcta?

   -Lo del Siglo de Oro lo recordáis mal, por descontado. Pero al menos ya me creéis -sonrió él, esperanzado-. ¿Por lo del frente en Cuba?

   -Por el nombre tachado. Si lo de ese nombre es cierto, el resto de lo que cuentas también.

   Alonso asintió: él también había leído la carta al trasluz. El nombre de Maite.

   -Julián no es un poeta: no se inventaría fácilmente algo así -sentenció Amelia con tristeza, poniéndose en marcha-. En mi mundo ella vive. Pero en su mundo y en el tuyo, Maite ha muerto.

   * * * * * * * * * *

   (1589. Navío Revenge, Contraarmada Inglesa).

   "Daría mi vida entera, por no tener que vivirla sin ti... ¿cómo seguís escribiendo estas cosas? Julián, creí que ese tema lo teníais muerto y enterrado".
   "Sólo enterrado, Alonso. Vivo con ello, y ya está. ¿Qué más te da?"
   "Seguiréis la misión con mi hijo. Claro que me importa. ¿Y si le falláis también a él?"
   "Ya le fallé a Maite y la perdí. No os fallaré a vosotros. Antes me muero".
   "¿Seguro? ¡Es mi hijo!"
   "Puedes confiar en mí, Alonso. Te lo juro".

Sir Francis Drake
(1590, 
Marcus Gheeraerts el Joven)
   Aquella fue la última conversación telefónica de Julián, antes de perder cobertura. Justo antes de abandonar el galeón de Gil Pérez, cerca de Plymouth, para infiltrarse en la Contraarmada "Invencible" Inglesa.
   Y ahora, prisionero en esa Contraarmada, no paraba de repetírselo a sí mismo, a cada golpe. A cada pregunta del interrogatorio. A cada amenaza.
   "No os fallaré".

   -Who's with thee, Catholic dog? (1)  -volvió a preguntar Sir Francis Drake, mientras un sicario subrayaba la pregunta con un sonoro puñetazo.

   Julián encajó el golpe como pudo; los grilletes que le encadenaban las muñecas al techo de la bodega comenzaban a molestarle de verdad. Llevaba horas así. Pero si aquellos ingleses eran cabezotas, más lo era él.

   -¡Que estoy solo, cojones! -repitió por enésima vez.

   -El almirante Sir Drake está perdiendo la paciencia -indicó con dulzura el monje portugués que hacía de traductor-. Necesita saber quién os envió a registrar los camarotes.

   Las suaves palabras realzaron, por contraste, el siguiente puñetazo del sicario.

   -¡Soy médico y estaba buscando a mi paciente, joder! Me equivoqué de camarote, ¿vale?

   -Thou'll better confess (2) -le espetó fríamente el corsario, quitándose un guante para evitar mancharlo. El puñetazo del expirata acertó dolorosamente en una zona ya muy castigada; el cabrón ahora iba de tipo fino, pero todavía sabía pegar bien.

   -Cómo mola; un puñetazo de Drake en persona -observó el prisionero con sarcasmo-. Cuando se lo cuente a los del curro, van a flipar.

   -Maybe thou'll have no chance to tell anyone -fue la fría respuesta; tras tantos años de piratería por el mundo, el puñetero al parecer entendía español-. Have a wife? Children? Confess or thou'll never see'em again. (3)

   -Dice que... -comenzó el fraile.

   -Sé lo que dice -gruñó Julián sombríamente: ¿mujer? ¿Hijos? Si pensaba que nombrando eso le daría más ganas de vivir, iba apañado el pirata-. Epic fail: my wife is gone, and I have no one. Except my patients. I'm a physician and I just save lives. That's all. (4)

   -I recall an assistant on thine side. Where's he? -Drake alargó desdeñosamente la manchada mano a un sirviente, que se apresuró a limpiarla, y volvió a ponerse el guante-. Put him on red irons just in case. Better to be safe than sorry. (5)

   Hierro al rojo. Lo había dicho a toda mecha, pero se entendía, incluso con el chapucero nivel de inglés del enfermero. Joder; eso sí que acojonaba.

   "Nunca os fallaré" se repitió. No podía hablarles del hijo de Alonso. No podía...

* * * * * * * * * *

   En el exterior de la bodega, un hombre observaba clandestinamente la escena, a través de la puerta apenas entreabierta.

   -Maldición... -musitó para sí mismo-. No debí haber dejado ocasión a ese necio. Ahora tendré que arriesgarlo todo para sacarlo de ahí. Son tres enemigos; si empiezo por Drake...

   El espía aflojó la espada en la vaina y extrajo de sus ropas una daga arrojadiza. Sopesó con ojo crítico esta última: parecía bien equilibrada.

   -¿Qué hacéis, insensato? -susurró una voz femenina a sus espaldas.

   El hombre se volvió con la rapidez del rayo, dejando caer la daga para atrapar a la mujer por ambas muñecas. Después de un silencioso pulso, el arma de ella cayó al suelo. El sombrero de él también se deslizó a causa de la lucha, mostrando su rostro en la penumbra: era el hijo de Alonso de Entrerríos.

   -Por fin os tengo sin pistola -susurró el muchacho, triunfante-. Quitaos de una vez ese estúpido velo. ¿Fuisteis vos quien hizo apresar a mi compañero?

   -Claro que no; pero debí haberlo hecho -musitó ella con desprecio-. Ya habéis cambiado suficientemente la Historia. ¿Sabéis lo que pasaría si además matáis a Drake?

   -Id a otro perro con ese hueso –susurró el muchacho, sin dejar de prestar atención al interrogatorio, que se estaba endureciendo al otro lado de aquella puerta-. Sé que Drake no conquistará ningún país en este viaje, ni hará gran cosa después. Y aunque así fuera, yo no abandono a un compañero.

   -¿Y a dónde le llevaréis? –susurró ella con una seriedad aplastante-. Estamos en alta mar. Registrarán el barco y os encontrarán. Sólo conseguiréis que además registren los camarotes a fondo, incluyendo el mío. Mi situación aquí es más delicada y más importante de lo que creéis...

   El muchacho comenzó a comprender:

   -Así que vos también le ocultáis cosas a Drake, ¿eh? Bien: ayudadme a sacar de ahí a Julián, o quitad de en medio.

   -No es sensato...

   El joven la apartó de un empellón y se aprestó a lanzar la daga.

   - ¡No! –exclamó la mujer, adelantándose hacia la puerta entreabierta de la bodega, que hacía las veces de improvisada sala de interrogatorios.

   Alonso desenvainó la espada, dispuesto a entrar en tromba y matar a tantos enemigos como pudiera. Pero las siguientes palabras de la mujer le dejaron clavado en el sitio. Tanto a él como a Drake, que se volvió con indignación al escuchar una voz femenina a sus espaldas:

   -¡Yo confesaré! –gritó la mujer velada, en varios idiomas-. Registró los camarotes porque me buscaba a mí: ¡es mi exmarido!

   La indignación del corsario dio paso a la sorpresa. El prisionero también abrió unos ojos como platos al reconocer a la persona que acababa de irrumpir en la bodega. ¿La misma espía del velo negro que había visto en Londres? Aquella voz...

   -¿Por qué no quieres aceptar que te he dejado, Julián? –exclamó la intrusa desdeñosamente, retirándose el velo del rostro-. En Inglaterra existe el divorcio. ¡Asúmelo y deja de perseguirme por medio mundo!

   Drake, pasada su furia inicial, parecía incluso divertido: ¿un simple asunto de faldas? ¿Para eso tanto misterio?

   -Forget the irons, but don't release him  -indicó el pirata a sus sicarios, antes de salir gruñendo-: what a waste of time... (6)

   Alonso, en el exterior, consiguió ocultarse justo a tiempo. En la bodega, el prisionero, demasiado sorprendido para hablar con coherencia, sólo fue capaz de articular un nombre:

   -¿Lola...?

(CONTINUARÁ...) 

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18 octubre 2016

Mdt: Un Acto de Amor (I)

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Un Acto de Amor 
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Por Mª Nieves Gálvez

   (Oficinas del Ministerio, 2016)

   La música electrónica, tan bella como inquietante, inundaba la sala de proyección. Amelia tuvo que esforzarse para fingir seriedad cuando reconoció al personaje que aparecía en la pantalla:

   -¿Por qué casi nadie recuerda a la enorme Contraarmada "Invencible Inglesa"? -el rostro en primer plano de Lombardi hizo una pausa teatral, como dando tiempo para imaginar mil peligros sin nombre-. No sólo fue borrada de los libros de Historia. Sucedió algo más: muchos de sus barcos, literalmente, desaparecieron...

   -Más bien desertaron -susurró Amelia-; hubo bastantes reclutas que ni siquiera eran soldados de verdad.

   -Les estuvo bien empleado a los ingleses, por contratar a cualquiera -sentenció Entrerríos.

   -Silencio, por favor -protestó Salvador, con un gesto de reproche.

   -¿Simples deserciones? -prosiguió la grabación, mientras la música se hacía aún más misteriosa-. ¿O quizá abducciones de los aliens grises?

   Aquello fue demasiado: tanto Irene como la mismísima Amelia estallaron, al fin, en carcajadas

   -Me alegra que les parezca tan divertido -gruñó sarcásticamente el subsecretario, deteniendo el video.

   -Lombardi ya ha empezado a preparar este programa como cortina de humo, por si acaso -explicó Ernesto al encender la luz-. Pero aún no sabemos cuántos cambios históricos tendrá que disimular con esto. No hasta que podamos contactar de alguna manera con Julián.

   -Amelia, ¿por qué le ha metido ahí sin consultarnos? -prosiguió Salvador-. Esto es muy irregular. ¿Se puede saber en qué estaba usted pensando?

   -Aún no hemos interferido con la Contraarmada Inglesa, señor -se excusó la interpelada, enderezándose en el asiento con su mejor cara de inocencia-. Sólo hemos cumplido las órdenes: rescatar el barco y la puerta de Gil Pérez.

   Salvador la miró largamente y se preguntó si la mujer estaba intentando desviar la conversación a propósito.

   -Sí, enhorabuena otra vez por el rescate -asintió el subsecretario, uniendo y separando las manos nerviosamente antes de estallar-: ¡pero eso no es lo mismo que dejarse allí a Julián después de la misión!

   -No estaba terminada, señor -intentó interceder Entrerríos. Bajó la vista y añadió más tímidamente-: O eso dice ella.

   -Esa Contraarmada podría cambiar nuestro Siglo de Oro -asintió enérgicamente la jefa de la Patrulla.

   -¡Al contrario, Amelia! -Salvador se puso en pie, casi tan exasperado como con ciertas ocurrencias de Velázquez-. ¡Usted sabe tan bien como yo que ese verano hubo una batalla naval en Lisboa!

   - Y otra en La Coruña -apuntó Ernesto-. Con María Pita.

   -Sí. Pero no con esto. Mire las armas.

   Salvador echó un vistazo a la caja de fotografías que mostraba Amelia. Y el asombro le hizo caer de nuevo en el asiento.

* * * * * * * * * *

   (Puerto de Plymouth, Inglaterra. 1589)

   Armas del futuro: pistolas automáticas Glock y fusiles HK-G16. En pleno siglo dieciséis.
   "Esperaba que fuera difícil buscarlas, ¡pero no tanto!" reflexionó Julián, contemplando la ciudad desde el muelle.
   Plymouth era luminosa. Y grande, para su época, lo que hacía bastante complicada la búsqueda. Su puerto y sus comercios rivalizaban con los de Londres; las estrechas y malolientes calles estaban llenas de soldados alistándose (y gastándose la paga en las tabernas). Allí tenía su cuartel general el almirante Sir Francis Drake. De allí venía, a buen paso, el hijo de Alonso de Entrerríos.

   -Dicen que la flota inglesa zarpará hoy -anunció el muchacho-. Drake no quiere retrasarse más.

   -Me lo temía -suspiró Julián, contrariado-. Ayer recibió los barcos que faltaban: los de Sébastien Aldanne.

   -¿Los holandeses de las provisiones? -rió Alonso, bajando aún más la voz-. Por esperar ésas, han consumido incluso más. ¡Les creí menos necios!

   El enfermero se encogió de hombros:

   -Allá ellos; así hemos tenido más tiempo para buscar -miró a su compañero, esperanzado- ¿Has encontrado algo?

   El joven torció el gesto y negó con la cabeza:

   -En tierra, nada. Creí que esos bravucones se ufanarían de sus nuevas armas, pero están siendo muy discretos.

   -En las bodegas de los barcos tampoco están, de momento -gruñó Julián-. Y eso que he conseguido subirme a muchos: entre tanta gente, siempre hay alguien que necesite un médico.

   -Pues se acaba el tiempo, y ya sabemos de qué es capaz Drake -Alonso le dirigió una mirada significativa-. Si además consigue armas del futuro...

   Julián asintió, nervioso; no quería imaginar hasta qué siglo podrían llegar las consecuencias.

   -Vamos a tener que jugárnosla, Alonso.

   -Espero que no estéis hablando de dados -se burló el joven soldado.

   Julián, por toda respuesta, le entregó una de las fotografías. Mostraba un hombre con una oreja cortada, junto a un arma del futuro y un barco llamado...

    -"Revenge". ¿Reconoces el nombre?

   -"Venganza" -asintió el muchacho, esbozando una sonrisa temeraria. Era una locura, sí. Pero su difunto padre habría aprobado un reto como aquél.

   Julián, con el corazón en un puño, reunió coraje y asintió también:

   -No nos queda otra. La nave capitana de Francis Drake.



   La ciudad de Plymouth recordaría durante semanas la siguiente pleamar: casi 200 naves se dieron cita a la vista de la maravillada ciudad. La Contraarmada de Isabel I de Inglaterra se puso en marcha al fin, lista para hacer Historia.

   -¡Esta flota sí que es invencible! -se ufanaban muchos, tanto a bordo como en tierra-. ¡Supera holgadamente en número a la de España!

   -Y en inteligencia -reían otros-; en vez de atacarnos, esos necios católicos sólo supieron dejarse vencer por las tormentas.

   -Ahora sabrán qué debería haber hecho una Armada de verdad -sentenciaron los más fieros-. Han desafiado demasiadas veces a Inglaterra. Ha llegado la hora de nuestra venganza.

   En la cubierta de la nave capitana "Revenge", los "médicos" Julián y Alonso se mordían la lengua al escuchar los comentarios. No compartían la alegría general; estaban demasiado ocupados trazando arriesgados planes. Y preguntándose cómo demonios habían acabado allí: en una segunda "Armada Invencible" que, hasta donde ambos sabían, ni siquiera debería existir.

* * * * * * * * * *

   (Madrid, 2016)

   La cafetería del Ministerio nunca solía estar llena: demasiadas misiones a repartir entre escasos efectivos. Excepto durante la media hora de descanso matinal: la extraña ocasión en la que se podía compartir mesa con Velázquez (casi siempre enfrascado en explorar nuevos estilos artísticos, o en discutir amistosamente con Angustias), Blas de Lezo, legionarios del Siglo III o pintores rupestres de Altamira. Ese atestado panorama fue el que encontraron Amelia y Alonso, al terminar la reunión con Salvador.

   -Con lo cansada que estoy de tanto viaje... -Amelia cerró la puerta del bar, que sólo había abierto una rendija, y regresó al pasillo -. No tengo ganas de contestar preguntas de tanta gente. No todavía.

   -Yo tampoco; bastante reunión hemos tenido ya hoy -gruñó Alonso, descontento por la regañina que acababa de dedicarles el subsecretario-. Pero me ha parecido ver ahí dentro a alguien que conozco. Aquella gallega...

   -¿María Pita? -Amelia dedicó un par de nerviosas miradas a su interlocutor y a la puerta que acababa de cerrar-. ¿Está aquí? Casi nunca viene. ¿Y cómo es que la recuerdas? Estabas enfermo.

   -Recuerdo más de lo que me gustaría -rezongó Alonso lúgubremente-. Oí que era una heroína, o estaba destinada a serlo. Y por un error de mando, estuvo a punto de no cumplir su destino. Ni ella, ni Velázquez...

   El soldado prefirió no describir el resto: cómo la muerte se llevó a un compañero y se cernió sobre los demás, absurda y sin gloria. Porque un alto mando subestimó la gripe española. ¡Cuántos buenos camaradas podían perderse por un error de un superior! El mismo tipo de injusticia que truncó en Flandes su carrera militar...

   -Pero se solucionó -le recordó Amelia, apartándole hacia un extremo del pasillo-. Y María pronto cumplirá su destino, Alonso. Gracias a ella se salvó La Coruña, y Drake se debilitó lo suficiente para no invadir Portugal.

   El soldado enarcó una ceja: le parecía una tarea inmensa para una mujer tan joven.

   -¿Ella sola salvó España y Portugal? ¿De esa enorme Contraarmada de Drake que hemos visto? ¿Y no murió en el intento?

   -Vivirá -sonrió Amelia -. Además, no está sola; los coruñeses y los portugueses también tuvieron su parte del mérito. Y tenemos un compañero infiltrado en la Contraarmada, ¿recuerdas? Di instrucciones a Julián.

   Alonso disimuló instintivamente al escuchar la puerta de la cafetería y fingió trastear con el objeto más cercano: la máquina de café, que aún seguía en el pasillo desde la visita de Lombardi.

   -Creo que la he oído salir. ¿No deberíamos decirle algo?

   -No debemos influir -decidió Amelia, buscando su monedero-, ¿Quieres un café?

   Alonso pensó en el amargo brebaje y echó un vistazo a algo más tentador, pasillo abajo:

   -No, gracias. Creo que dedicaré mi tiempo de asueto a... dar un paseo.

* * * * * * * * * *

   ("Revenge", nave capitana de la Contraarmada Inglesa. 1589)

   La tapa del arcón tardó en ceder. Pero una vez abierta, reveló lo mismo que las demás cajas de la inmensa bodega: una rotunda decepción.

   -Ni rastro de esas armas del futuro -el hijo de Entrerríos miró de reojo a su compañero, desalentado-. Aquí abajo hemos terminado ya.

   -Joder, Alonso -masculló Julián, cerrando el inútil cofre con un puñetazo-; sabes lo que esto significa, ¿no?

   El joven sonrió con temeraria admiración.

   -¿Seguro que no os echaréis atrás?

   -¡Qué remedio! Debo arreglar este lío, o no tendré a dónde volver -el enfermero echó un vistazo por el ojo de buey: había pequeñas embarcaciones holandesas de suministros fuera, intercambiando mercancías con la gran nave capitana a base de cabos y poleas. Julián las señaló con un gesto y añadió-: Pero tiene que ser antes de que se larguen ésos. Son nuestra única escapatoria, si la cosa se pone fea.

   -Adelante, pues -decidió el joven, aprestando sus armas-. Yo iré primero. No deis ni un paso antes de que yo os dé la señal.

   Afortunadamente, el ajetreo de las embarcaciones de suministros tenía ocupados a todos los oficiales. Incluyendo al ilustre dueño de los aposentos que decidieron registrar. No fue difícil entrar, gracias a las "llaves mágicas de Irene", que ahora estaban en manos de Julián. Ni registrar los ornamentados arcones del camarote, estrecho como todo en aquellos navíos.

   El problema sería, por supuesto, salir de allí con vida.

   -Nada en estos dos baúles -informó el enfermero-. ¿Y en el armario?

   -Sólo ropas -Alonso apartó varias capas ribeteadas, camisas, jubones y sombreros, algunos sobrios y otros adornados con ostentosas plumas-. No veo nada digno de interés.

   -Bajo la cama sí hay algo -Julián dio un par de tirones de prueba, sin mucho éxito. Parecía estar arrastrando algo muy pesado-. Por cierto, mira que meter en un barco una cama con tantos cojines y dosel... ¿cómo es que Francis Drake se molesta en estas tonterías?

   -Podéis pedirme ayuda, ¿sabéis? -se burló el joven, echándole una mano. Entre los dos acabaron por sacar una especie de baúl muy bajo y chato, cerrado con llave.

   -Espero que esta vez sea la buena -murmuró Julián, hurgando en la cerradura con las ganzúas de Irene.

   Su compañero asintió con desgana; tenía un mal presentimiento. El joven se aproximó a la puerta, la atrancó y aplicó el oído a la madera, con todos los sentidos alerta:

   -Esa caja ha hecho demasiado ruido al arrastrarla...

   -¡¡JO-DER!!

   -Julián, por favor, callad... -rogó el sobresaltado muchacho, bajando la voz todo lo que pudo.

   -Este camarote no es el de Drake. ¡Es de un tal Prior de Crato!

   El joven Alonso le miró con interés:

   -Entonces es importante. Es un líder rebelde portugués; el que ha hecho tratos con Inglaterra para organizar esta Armada...

   -Un trato, ¿eh? ¿Quieres ver el trato?

   El muchacho echó un vistazo a los documentos que le mostraba el otro, cuajados de impecable caligrafía inglesa y ostentosos sellos reales. Le costó contener una sarta de maldiciones, mientras el "click" de la cámara (en realidad, el móvil) de Julián iba registrando las páginas.

   -Pero esto es... -las manos del joven temblaron de indignación, incapaz de encontrar palabras-... es...

   -¿Imaginas la que se armaría en Portugal si vieran esto? Si estos documentos son tan importantes como parecen, ¿podríamos usarlos para conseguir las armas? Amelia no me dijo nada de ellos, pero...

   Unos golpes en la puerta le impidieron acabar la frase.

   -Escóndete, Alonso -susurró el enfermero, entregándole el teléfono móvil.

   -¿Como un cobarde? -musitó el otro, en el mismo tono-. Ni loco.

   -Ese ojo de buey es demasiado estrecho -señaló Julián, bajando aún más la voz-. No tenemos salida. Mejor que atrapen sólo a uno de nosotros, ¿comprendes? Así el otro le rescatará.

   -Que me atrapen a mí, entonces -fue la fiera respuesta del soldado, que hacía cada vez mayores esfuerzos para no alzar la voz.

   -Ni en broma. Se lo prometí a...

   Los golpes en la puerta arreciaron; la madera comenzó a astillarse. Estaba claro que habían oído a alguien arrastrar la caja, y el ruido de la imprudente exclamación de Julián unos minutos antes.

   -Me da igual a quién, Julián. Ni aunque se lo hubierais prometido al Rey.

   El enfermero le miró a los ojos y confesó, aún más quedamente:

   -Se lo prometí a vuestro padre.

   El momentáneo asombro del muchacho le impidió reaccionar por un instante: lo suficiente para que Julián le noqueara de un cabezazo en pleno tabique nasal. El enfermero lo dejó caer en la cabecera del lecho y lo ocultó, echándole encima el cobertor y los enormes cojines. Después, con una resignada maldición, desatrancó la puerta. Los soldados enemigos, sorprendidos por la maniobra, tropezaron al caer sobre él; pero eso no le sirvió para quitárselos de encima.

   -¡Me he perdido! -mintió - ¡Estoy solo! ¿Por dónde se va a ...?

   Varios certeros golpes le nublaron el sentido; apenas fue consciente de que se lo llevaban de allí, casi a rastras. Pero a pesar del dolor, sonrió con tozudez: lo había conseguido.

   Los soldados de Drake y de Crato ya estaban registrando someramente la habitación: el armario, los arcones, bajo la cama. Pero no habían advertido que los cojines de la cabecera eran más altos de lo habitual. El mejor escondite, a simple vista.

   Cuando el joven Alonso despertó, comprendió con rabia que ya era demasiado tarde para evitar el arresto de Julián. No podía hacer más que urdir alguna manera de rescatarle.

   Pero antes hizo algo que cambiaría el curso de la Historia.

   Tal como había sugerido su compañero, movió los importantes documentos a un par de cajas más pequeñas, las ató a sendos cabos y las descargó por el ojo de buey, hacia la cubierta de las vecinas naves holandesas. Estaba de acuerdo con Julián: parecían documentos valiosos. Lo bastante para usarlos como chantaje a cambio de las famosas armas del futuro. Y también, si se daba el caso, como moneda de cambio para rescatar a su compañero.
   Además, ardía en deseos de entregarlos a las autoridades españolas. Era su deber. Pero eso último, de momento, tendría que esperar.

* * * * * * * * * *

   (Madrid, 2016)

   La luz del amanecer despertó al veterano "soldado viejo" Alonso de Entrerríos. Pero el alba no llegó acompañada del piar de las aves, ni del "¡agua va!" de algún vecino al vaciar su orinal por la ventana. Lo que sonaba era el tráfico inconfundible y apestoso del Madrid moderno. Motores rugientes de camiones y automóviles, bocinazos, insultos inadmisibles en su época (jamás comprendería con qué ligereza se gritaba en el siglo XXI "¡hijo de puta!", acusación antaño tan grave que solía acabar ante el juez). Y otro olor mucho más agradable y familiar: la piel de una mujer.

   Alonso mantuvo los ojos cerrados un momento más, intentando imaginar que aún era su esposa quien dormía a su lado. Pero era una pretensión inútil, comprendió con frustración, abriéndolos al fin. No se encontraba en el piso que había heredado de "Pacino", sino en el de Elena. Tan igual a Blanca, y tan distinta: incluso el aroma (y el tacto) de su piel era idéntico. Alonso aún viajaba para comprobar que su antigua esposa no tuviera más problemas (lo había hecho el día anterior, sin ir más lejos). Pero cada vez se estaba habituando más a Elena. Ya no sabía quién era quién: temía equivocarse de nombre alguna vez...

   "Basta de quebraderos de cabeza, o acabaré como Julián" decidió, intentando levantarse sin despertarla. Estaba llevando el par de días libres especialmente mal. Ni siquiera había dado un buen paseo en moto esta vez. Estaba demasiado nervioso.

   "Es irónico; ese enfermero en plena misión entre enemigos, y yo aquí sin hacer nada".

   Un tufillo sorprendente interrumpió sus pensamientos. Se acercó a la ventana con curiosidad: ¿una freiduría en marcha, tan temprano? Ni eran horas, ni recordaba que hubiera habido jamás en aquella calle un puesto de pescado como el que estaba viendo allá fuera...

   -No me digas que quieres desayunar Fish & Chips -le sobresaltó la voz de Elena, a pocos centímetros de su nuca.

   -Sois sigilosa, a fe mía -sonrió él, intentando volverse. Pero la mujer le retuvo con una risita socarrona:

   -Quieto, que yo sí voy a desayunar una cosita.

   Los labios de Elena juguetearon con la oreja de su compañero y descendieron traviesamente por su cuello. Al recorrer el hombro, el mordisqueo se hizo más intenso, haciendo que el soldado se encogiera entre el placer y las cosquillas.

   -¡Sois muy osada! -bromeó él-. Pero os lo advierto, si queréis guerra...

   -Ya quisiera yo -se escabulló la abogada, burlándole con rapidez. Aunque no por ello dejó de dedicarle alguna mirada provocativa, al ponerse la lencería-. Pero tengo trabajo. Otro desahucio.

   -¿No habrá problemas como aquella vez? -se inquietó Alonso.

   -Tranquilo, no suele pasar. Y si necesito un caballero andante, serás el primero en saberlo -la mujer le miró de pronto con maternal autoridad-. Pero primero vamos a desayunar de verdad, no esa fritura portuguesa.

   Alonso echó una última mirada al exterior, desorientado. ¿Se refería al puesto de Fish & Chips? ¿Desde cuándo tenían negocios en inglés los portugueses?

   Todavía iba dándole vueltas al tema cuando entró en el Ministerio. Abordó a Amelia en la cafetería; quizá ella sabría darle alguna explicación...

   -¿Qué tal los dos días libres, Alonso?

   -Un aburrimiento. Pero hoy he encontrado algo raro -le mostró un cucurucho de papel etiquetado "Yáñez Fish & Chips"-. Mirad: ¡pescado hervido! Sólo lo han frito un poco al final, para engañar. ¡Ningún español haría algo así!

   -No, claro: esa manía de hervir es típica de los ingleses -Amelia se encogió de hombros y volvió su atención al café con pastas-. ¿Ahora desayunas eso? Creí que preferías el zumo de naranja.

   -Eh... sí, es verdad -Entrerríos hizo una seña al camarero, que ya había comenzado a prepararle su bebida habitual antes de que la pidiera-. Pero mirad el apellido: Yáñez. ¡Es portugués, no inglés!

   -Es lo mismo, Alonso -explicó la mujer, con paciente dulzura-. Desde que Drake conquistó Lisboa, en 1589. Creí que habíamos hablado del tema esta semana.

   Él enmudeció; el corazón le dio un vuelco. Ni siquiera reaccionó cuando el camarero le puso delante el vaso.

   -Pero... -acertó a balbucear al fin- María Pita...

   -Sí; fue una lástima -Amelia le tomó la mano con tristeza-. Lo siento; sé que la conociste. Pero siempre supimos que llegaría este día. Gracias a su muerte sólo cayó Portugal, y no La Coruña ni el resto de España.

   El pulso del soldado se aceleró todavía más; mil ideas comenzaron a atropellarse en su mente, causándole náuseas. No podía ser...

   -Amelia... hace dos días estuvimos hablando de esto, sí. Pero Lisboa no cayó, y María tampoco.

   -¿Ahora vas a darme a mí lecciones de Historia, Alonso? -se indignó la jefa de la patrulla.

   -¡Me las disteis vos misma! -estalló él-. Esto es como cuando cambió lo de... Lombardi descubriendo las Américas, Maite y Elena rezándole el Credo a Felipe II, Ernesto enviándonos a matar al de la Constitución de Cádiz...

   -Pero aquellas veces, los tres vimos el cambio. Esta vez no es así, Alonso.

   El soldado notaba cómo el pulso le latía cada vez más dolorosamente en las sienes. A otros les encantaban aquellos quebraderos de cabeza, pero él no podía soportarlos. Era el más antiguo de la Patrulla; demasiados siglos para intentar ponerse al día. Y encima esto...

   -Ojalá estuviera aquí ese enfermero loco -gruñó Alonso-. A él se le daban bien estos líos. Cuando volvíamos de viaje y pasaban estas cosas, creo que incluso disfrutaba.

   -¿Viaje? -la mirada de Amelia perdió su desdén y se clavó en el soldado-. ¿Has dicho viaje, Alonso?

   -Sí. Pero esta vez no ha pasado estando de viaje por las Puertas. Julián sí está fuera. Pero vos estabais en casa, y yo...

   Entrerríos se interrumpió, mientras una idea comenzaba a abrirse paso incómodamente en su cerebro. La misma que estaba haciendo que los ojos de Amelia se abrieran con creciente horror.

   -Yo no vivo ya en mi tiempo; ¡siempre estoy de viaje! -exclamó el soldado-. Sólo viniendo de misión podíamos notar los cambios, ¿verdad?

   -Ernesto e Irene tampoco viven en su tiempo, pero no notaron nada las otras veces -le contradijo Amelia, como quien se agarra a un clavo ardiendo. Ambos jefes habían sufrido cambios sin saberlo: ella tan sumisa y con el pelo negro... él ni siquiera sabía quién era Salvador...

   -Hay algo más - Entrerríos bajó la vista tímidamente y confesó-: he vuelto a visitar a Blanca. Sin que me vea.

   -¿Otra vez? ¿No te basta con Elena? Pero eso no tiene nada que ver con... -la inteligente mujer relacionó los datos y bajó la vista, cada vez más humillada-. Has ido a verla estos dos días, ¿verdad?

   Alonso puso una mano en el hombro de Amelia y asintió:

   -Recuerdo dos realidades, y vos sólo una. Soy el único que estuvo de viaje estos días. Lo siento, pero... -la mirada del soldado, profunda y sincera, se revistió de súplica-. Si alguna vez habéis tenido fe en nuestra amistad, Amelia, tendrá que ser ahora.

(CONTINUARÁ...)



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