31 marzo 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (IV)

Un acto de honor (IV)

   Ambas naves habían unido sus destinos. Julián y Amelia, desde su atalaya, por fin pudieron ver qué significaba aquel primer choque que habían sentido al alcanzar el barco enemigo: la “Capitana” había embestido con el espolón, dejándolo firmemente incrustado en el junco. No parecía posible soltar las naves; sencillamente, nadie esperaba tener que batirse en retirada. Los Tercios jamás habían encontrado un enemigo en Asia tan duro como aquél.   
  
    - No deberíamos estar aquí -admitió el enfermero-. Nos lo advirtieron: no es nuestro trabajo...
   La joven contemplaba el combate con triste serenidad, como si fuera sólo un mal sueño.
   - No sirvió de nada, Julián- dijo al fin-. Te juro que quería matarlos. Yo misma ayudé con los cañones. Pero eso no le ha servido a los niños para nada, ¿verdad? Para nada.
   El enfermero apartó la vista de los lanceros y se volvió a su compañera. Sólo le importaba que por fin la había encontrado, en el castillo de popa, tan ocupada como él en trasladar heridos a la enfermería. Le sonrió con una mezcla de alivio y compasión.
   - Matar no sirve para sentirse en paz. Pero salvar a la gente que puedas, sí. Ven: te enseñaré a ayudar.  
  
   El barbero Juan y el oficial médico Pablo ya empezaban a tener trabajo en la enfermería. Varios heridos del fallido abordaje presentaban feos cortes, e incluso alguna amputación... y el combate apenas acababa de empezar. Julián estaba aprendiendo sobre la marcha a coordinarse con ellos: eran expertos en torniquetes, suturas o extraer balas, pero les sorprendió agradablemente el cloroformo (“opio de China”, improvisó Amelia), los antisépticos y los vendajes estériles del siglo XXI.
   - Por favor, quédate aquí: alguien tiene que ayudarles -rogó Julián a la joven, enseñándole a usar el material-. Yo hago falta ahí fuera.
   - Voy contigo.
   - ¡No! Tú no sabes moverte en emergencias. Yo sí.   
  
    Julián nunca había dudado en meterse en rescates peligrosos: lo mismo le daba un incendio que un edificio a punto de derrumbarse. La adrenalina le hacía olvidarse de sus problemas, casi le gustaba; y desde la muerte de su mujer, su instinto de autoconservación estaba bajo mínimos. A pesar de ello, y para alivio de Amelia, los “camilleros” (los religiosos Andrés y Remigio) consiguieron obligarle a ponerse un casco y un peto de un soldado caído. Ellos mismos también lucían uno, y con razón: si hacía falta una extremaunción, sería en primera línea...
   El enfermero volvió a la zona de combate. Lo que vio no le gustó nada.
   - Y pensar que me metí en la Cruz Roja para no hacer la mili...
   Ante él se desplegaba exactamente lo que más odiaba: gente hiriéndose deliberadamente entre sí. En su opinión, el ser humano probablemente era el animal más fuerte y más idiota del mundo: siglos, milenios esforzándose en extinguirse a sí mismo, y todavía no lo había conseguido.
   Había que reconocer que esta vez lo estaban intentando a conciencia.

   Llovían las balas de los teppo japoneses, causando algunas bajas. Pero el cuadro del Tercio no se deshacía: los rodeleros y los lanceros españoles de primera fila (“coseletes”) portaban petos de buen acero toledano, y además sabían reorganizarse para sustituir a los caídos. Poco a poco, sin embargo, el cansancio hizo mella en los defensores: para su sorpresa, y por primera vez desde que pisaran Asia, los soldados del Tercio comenzaron a retroceder. Julián apenas se dio cuenta, ocupado en recorrer visualmente las filas en busca de heridos. Al fin alcanzó a distinguir a Alonso, con una creciente mancha de sangre en la manga de su camisa.
   - ¡Tu hombro! Tengo que curarte eso...
   - Ahora no. ¡Deja sitio!
   Mientras las picas aguantaban la defensa, los arcabuceros y mosqueteros tenían orden de atacar, y ni Entrerríos ni sus compañeros de armas pensaban perder el tiempo. Al sonar la señal disparó la primera fila de arcabuces, la de Alonso y Lucas; después se detuvieron a recargar, mientras la siguiente fila les relevaba con su fuego.
   - Por qué no me habré traído una escopeta del 2015... -masculló Alonso entre dientes.
   - ¿Cómo dices? -susurró Pero Lucas, recargando su arcabuz con movimientos rápidos y bien ensayados.
   Alonso le imitó y volvió a abrir fuego, soñando con fusiles capaces de disparar varias veces sin tener que recargarse.
   - Nada... sigamos.   
   Las filas se turnaban, así que el fuego era incesante. Pero el enemigo también sabía hacer lo mismo, y no sólo desde la galera: la cubierta de junco también se había vuelto a llenar de tiradores que disparaban sin tregua. El general hatamoto de Tay Fusa sabía organizar sus tropas endiabladamente bien.  
  
   A una orden del enemigo (“¡Ganko!”), la vanguardia de lanceros ashigaru se separó en varios grupos en forma de V, como pequeñas bandadas de aves, cada una de ellas encabezada por un valiente o un suicida. Calando las lanzas naginata, se lanzaron al ataque. Los lanceros del Tercio les imitaron.
   El choque fue brutal. Las picas, diseñadas para perforar como arietes, ensartaron de parte a parte a los primeros ashigaru, soldados rasos cuyas armaduras eran demasiado ligeras para las lanzas españolas.
   Pero el ataque fue recíproco. Las naginata eran alabardas, como espadas con mango de lanza: podían golpear, apuñalar o acuchillar al enemigo, especialmente en las uniones de las piezas de las armaduras, y lo hacían con infernal eficacia. Las formaciones en V comenzaron a abrir brechas en la defensa. Y los lanceros españoles de segunda fila (“pica secas”) no portaban armadura; tampoco los ágiles arcabuceros.
   - ¡A degüello! -ordenó el sargento mayor.
   La orden final de todo combate que se precie: Alonso y Pero Lucas desenvainaron sus aceros, como todos los demás. Los jefes enemigos, ya fueran samurai o rônin, al fin se adelantaron en busca de un oponente digno. Y lo encontraron.   
  
    El primer rônin, en una veloz maniobra de iaido, desenvainó y decapitó a un lancero con un único movimiento de rotación ascendente. El siguiente mandoble descendió hacia Pero Lucas, pero éste lo detuvo con la daga vizcaína y la espada toledana, tal como había practicado con Alonso. Después, sin dejar de bloquear la katana con su espada, le atravesó el costado con la daga que esgrimía en la zurda; el enemigo no se lo esperaba, a juzgar por la cara de dolorido asombro con que cayó agonizante. Otro rônin ocupó su lugar, pero Lucas comprendió que ya no le resultaría tan fácil sorprenderle con el truco español de las dos espadas: la muerte de su compañero le había puesto sobre aviso. 
  
    Un tercer rônin se encaró directamente con el rodelero principal de la guardia de Carrión. Otro más, con Alonso de Entrerríos, que como veterano ocupaba una de las primeras filas. Había llegado el momento de la verdad.     
   La indignación de Alonso no tuvo límites cuando vio que la espada de su enemigo era una bokken, ¡de madera!
   - ¡No me tocarás con eso, bellaco! No hay mayor indignidad para un español que un golpe de vara. ¡El honor está en el acero!
   El rônin se situó en ángulo recto respecto a su enemigo, elevando verticalmente su bokken a la altura del rostro, con los labios contraídos en una mueca cruel. Alonso le devolvió la feroz sonrisa: no portaba armadura alguna, ni falta que le hacía. Esquivó con insultante agilidad el primer golpe de kendo, que a buen seguro le hubiera roto el cráneo de haber llegado a darle: aquella espada-garrote hizo saltar esquirlas de las tablas de la cubierta con una fuerza demoledora. El enemigo tardó medio segundo en volver a elevar el arma, topándose con la daga de Entrerríos... ¡que no consiguió detener el tremendo impulso de la pesada espada de madera! Escarmentado, Alonso tuvo que defenderse a fondo con ambas hojas sin poder atacar, algo que no le había sucedido nunca. El peso de aquel arma extraña no tenía nada que ver con lo que estaba acostumbrado a bloquear.
   - ¡Voto a bríos! ¿Eso es una espada, o un ariete de asedio?
   Los perdigones alojados dentro de la herida del hombro ardían fieramente a cada movimiento: Alonso comprendió que no iba a poder usar la daga con su eficiencia acostumbrada. Pero el arma enemiga tampoco era habitual: su principal ventaja era que estaba hecha de madera... y su desventaja también, comprendió. Dejó de desviarla como si fuera de acero, y directamente clavó la daga en ella.
   El rônin dio un par de tirones para intentar soltarla, fijando la vista en Entrerríos con auténtico reproche, como se mira a un tramposo. Alonso casi se sintió culpable cuando su espada ropera terminó con él. 

   El combate había desviado a Entrerríos demasiado cerca de la borda: la lucha estaba en el centro, y los españoles todavía estaban perdiendo. Por el rabillo del ojo vio cómo Carrión, obligado a elegir entre su gente y su barco, cortaba personalmente la driza de la verga mayor, que cayó en la cubierta bloqueando al enemigo y parapetando a los tiradores españoles; sonó la orden de volver a disparar. Alonso envainó el acero para volver a usar el arcabuz, pero entonces otra bokken  le golpeó por la espalda y ya no supo nada más.   
   
* * * * * * * * * *
  
   En la enfermería parecía todo bajo control, de momento; Amelia decidió salir, inquieta por la suerte de los que estaban en el exterior. Se le encogió el corazón cuando descubrio cuánto se habían acercado los rônin, pero se calmó un poco al ver el enorme madero tras el que se parapetaban, en bastante mejor situación que antes, los arcabuceros y mosqueteros de Carrión.
   Julián, sin más protección que aquella barrera y su peto de acero, aplicaba los primeros auxilios a un herido caído casi en la primera línea. 
   En plena vanguardia, hacia proa, Lucas se negaba a retroceder; pero el nuevo rônin al que se enfrentaba ahora, de armadura especialmente ornamentada, no actuaba solo. Debía ser alguien importante, porque iba escoltado por dos ashigaru.
   - Tres contra uno... ¿eso es honor?
   - Son rônin... ¿qué esperabas? -gruñó Gonzalo, un veterano rodelero, protegiéndole con su escudo de un traidor lanzazo-. Dejaron de ser samurai. Ahora sólo son vulgares piratas wo-kou.
   El enemigo de la armadura ornamentada entendió alguna de las despectivas palabras, y su rostro se llenó de odio: rugió una orden a sus escoltas y entre los tres atacaron con redoblada furia. Gonzalo desvió una de las naginatas con su escudo y partió en dos de un tajo el asta del arma enemiga: el lancero desenvainó una katana, dispuesto a no darle tregua.   
  
   Lucas se defendió de los dos enemigos restantes con ambas manos, pero así era imposible atacar. Y el balazo que había recibido antes en el antebrazo le estaba pasando factura.
   - ¡Llévate ya a los heridos! –le gritó a Julián-: ¡No voy a resistir mucho más!
   Era curioso, pensó Lucas: los demás rônin estaban luchando individualmente de forma honorable, pero éste no. Perra suerte, así era la guerra: Lucas desvió las armas enemigas con sendos molinetes, como si usara en cada mano un florete de lo que tiempo después se llamaría esgrima francesa, y lanzó una estocada a cada uno, insertándoles respectivamente varias pulgadas de acero en pleno tórax.
   Era una maniobra suicida: su fiel daga vizcaína era demasiado corta para acercarse sin peligro. Pero los enemigos se habían fijado demasiado en él: sabía que iba a morir de todos modos.
   Los adversarios recibieron con sorpresa el punzante hierro: en aquella época las armaduras samurai aún no tenían el pectoral completamente acorazado, sino cubierto de láminas de cuero y metal. Entre aquellas finas láminas entraron las afiladas puntas de la toledana y la vizcaína. El lancero y su señor, con un último esfuerzo, contraatacaron sincronizadamente. La naginata del sicario le rebanó la mano izquierda a Lucas, y el dolor le distrajo lo suficiente para no poder esquivar un demoledor mandoble del jefe: ono-ha itto ("una espada“), un corte hacia abajo y directo a través de la línea central del cuerpo. El tórax del valiente veterano español quedó dividido verticalmente en dos mitades y cayó exánime. Pero sabía que había muerto matando: en aquella época, nada podía curar una perforación pulmonar como la que habían sufrido ambos wo-kou.   
 
   Entonces se oyó un espantoso estruendo de cañones y culebrinas, y los tiradores del junco enemigo fueron barridos como por un vendaval.
   - ¡Llega el "San Yusepe"!
   La "Capitana" ya no estaba sola: por fin le había dado alcance el resto de su flotilla. 
   Entre vítores, la tripulación de la galera volvió a la carga con renovado entusiasmo, libre de las balas de los teppo piratas. Las culebrinas prendieron fuego al fin en el castigado junco, que en realidad había quedado más afectado de lo que parecía por el primer ataque de la Capitana: al arder las costuras superiores, una gran grieta se extendió desde el boquete que había abierto el espolón. Los piratas que todavía quedaban a bordo se vieron obligados a ganar la costa a nado. 

* * * * * * * * * *   
 
    Amelia contempló la muerte de Pero Lucas y se agarró a la borda horrorizada, sin poder contener las náuseas por más tiempo. 
   Entonces lo vio.
   En el agua no sólo había piratas: un par de soldados españoles también habían caído por la borda en el fragor del combate. Daba igual que supieran nadar o no: se habrían hundido, lastrados por el peso de sus armaduras, si algunos marineros no les hubiesen echado un cabo para ayudarles a subir. Cerca de ellos flotaba un sombrero ancho de arcabucero.
   La joven se dispuso a ayudar a izarlos, pero volvió a mirar y se quedó helada.  
   El sombrero ancho, arrastrado por la corriente, era el de Alonso de Entrerríos.
   Sin pensárserlo dos veces, Amelia se lanzó al agua en su busca.

(CONTINUARÁ...)

El Ministerio del Tiempo - 6: "Tiempo de pícaros"

El sexto capítulo de la primera temporada de El Ministerio del Tiempo comienza con una breve secuencia introductoria: un hallazgo imposible en una excavación arqueológica del siglo XVI, que lanza un guiño al film/libro Timeline de Richard Donner/Michael Crichton, cambiando la lente bifocal por un teléfono móvil. No tardamos en conocer a Alberto Díaz Bueno, un esfador fugado de nuestros días, trasunto de los Bárcenas y Díaz Ferrán a los que tan bien conocemos... y al que pertenece el teléfono. ¿Cómo llegó al siglo XVI? La Patrulla es enviada a descubrirlo por la puerta 598, y emerge cerca de Salamanca a través de un confesionario en una iglesia abandonada.

Las complicaciones empezarán a llegar por varios frentes: por un lado, Alberto Díaz Bueno vive en 1520 como Don Alfonso de Bueno, temido corregidor real. Por otro, Lola Mendieta regresa, pero esta vez para ayudar a la Patrulla, ya que fue traicionada por Bueno, con quien había mantenido negocios y una relación. Y además, Alonso, Amelia y Julián conocerán a un simpático titiritero que tiene todos los visos de ser el mismísimo Lazarillo de Tormes. Pero la verdadera dificultad se presentará cuando Lola y Lázaro caigan en manos del corregidor, y Ernesto y la puerta 598 corran peligro de arder a manos de una pareja de estudiantes en plena novatada.

Todo esto tiene como contrapunto dos historias protagonizadas por Irene Larra: recuperando al espía estadounidense del capítulo anterior, lo visita tras 10 días encerrado en la prisión medieval de Huesca para tratar de sonsacarle el secreto del viaje en el tiempo norteamericano. Pero aprovecha para ver a Armando Leyva, agente encerrado también en la mazmorra desde hace 8 años, y ahora enfermo: un Leyva que, descubrimos, no sólo fue un gran agente del Ministerio (llegado de época carlista, según el making of), sino el maestro de Irene y quien la reclutó para el organismo de 1962 (aunque probablemente nos falten datos en esa historia que descubramos en el siguiente episodio: si Irene llevara de verdad desde 1962 en el Ministerio, tendría ahora 67 ó 68 años, si no 75-80... algo que evidentemente no es así).

Si esta vez dedico tanta atención al argumento, es para que quede claro que, aunque el episodio pase a la memoria como "el del Lazarillo" (y sobre él y su peculiar historia e influencia diga mucho y de forma muy interesante), pone muchos más elementos en juego. Elementos políticos, sociales, culturales. Pero sobre todo, a unos personajes cada vez más complejos -y no solo el trío protagonista- y un universo cada vez mejor construído: que Salvador "siempre ha sido un cabrón, pero elegante". Que los americanos probablemente tengan un "túnel del tiempo graduado y nuclear". Que la Sra. Torres es el enlace directo entre el Ministerio y Presidencia (y, ya que se comunica con Salvador, que probablemente no hay Ministro del Ministerio del Tiempo, sino que el Subsecretario es el cargo supremo a su cargo) y un grano en el culo de Salvador. Que Lola es considerada una "vendedora de antigüedades y revolucionaria de pacotilla" por su traidor amante. Que Salvador siente que tiene mucho de lo que arrepentirse. Que Leyva quiso conseguir beneficios del siglo XXI para toda la gente de su época (lo que lo pone en la órbita de Lola, además de su tiempo, la España carlista). Que Lola sabe cosas del futuro, al menos del de Alonso y Amelia. Que la lealtad y el cumplimiento de lo pactado es algo sagrado tanto para el Ministerio como para la propia Lola.

Esto último contrasta con la picaresca que abunda por la trama: la de unos contra otros, usando venenos, argucias, aprovechamiento del poder y falsos milagros. Hay una gran capa de picaresca por todo el episodio, pero también unos ciertos iconos de certeza y seguridad, incluso a riesgo de perder ventaja; de honor. Quizás no hay buenos y malos claros en la historia del Ministerio, pero sí se puede discernir entre gente de honor y gente que no lo tiene.

El propio Salvador se ve empujado a revisar la dureza de algunas de las acciones que en el pasado ha tomado por el bien del Ministerio. Dramáticamente tarde, tal vez. Irene está claramente en una encrucijada, tras la (aparente) muerte de Leyva. El espía americano vuelve a estar libre para viajar en el tiempo, igual que Lola. Y sólo quedan dos capítulos para terminar la temporada: incluso si muchas de estas semillas argumentales quedan abiertas, todo promete a que cada uno de los episodios que restan serán una descarga de adrenalina (hint? hint?), sorpresas y revelaciones.

¿Resumiendo? El Ministerio del Tiempo sigue siendo, cada semana más, la serie que hay que ver. Sin falta. Sin excusas. Con entusiasmo creciente. ¿Hype? No, lo siguiente.

HOMENAJES WHOVIAN
Un par de ellos. El principal nos recuerda el reciente capítulo Robot of Sherwood (2014) y su tesis de que el personaje ficticio de Robin Hood tuvo una base real absolutamente fiel a como lo imaginamos. Evidentemente algo de eso (casual o buscado) hay en la elección del Lazarillo como protagonista, y la reacción ante él de Amelia, Julián, Alonso e incluso Salvador. Pero también hay otro homenaje a Robin, y no al de Doctor Who, ya que el plan que trama el villano para atraer a los héroes a la trampa mortal, con ejecución de su aliado, está también sacado de las historias de Sherwood.

El otro  es el confesionario por el que viajan en el tiempo los protagonistas, evocador de una TARDIS aunque claramente no sea más grande por dentro, y que es sacado de su lugar y transportado como en Marco Polo, The Faceless Ones, Logopolis o Castrovalva, entre otras.

28 marzo 2015

Firma invitada - MdT: Un acto de honor (III)

   (Dedicado a las víctimas de Cagayán, del 11-M y de la tragedia aérea de los Alpes)

Un acto de honor (III)

   - Esto tiene que ser una pesadilla... -murmuró Amelia. 
   -Sí, vaya mezcla: Es más rara que Cowboys contra alienígenas -asintió Julián.
Ante ellos se desplegaba una típica formación de los Tercios de Flandes: un cuadro ordenado de lanceros, rodeleros y arcabuceros, desafiando al fuego enemigo en medio de un escalofriante silencio. El sargento mayor pronunció una sola palabra:
   - ¡Santiago!
   - ¡Cierra!-contestaron cuarenta voces al unísono. Era la señal: todos se cuadraron con el brazo al frente, ajustando la distancia exacta entre cada fila y la siguiente.
   - ¡Santiago! -repitió el oficial.
   - ¡Cierra! -una sola voz, un solo movimiento: esta vez, hacia la derecha. Un brazo de distancia entre cada lancero y el de al lado.
   - ¡España!
   Los tambores dieron la señal de marcha; las picas de la vanguardia bajaron hasta calarse en posición de ataque. Marcando el paso, el cuadro comenzó a avanzar.
En el calculado espacio entre lanceros avanzaban los arcabuceros, espada y daga al cinto, listos para disparar: Julián soltó una maldición cuando distinguió a Alonso y Pero Lucas entre ellos. En primera fila, además: la de los más veteranos. 
   Pero aquello no era Flandes: era la cubierta de un barco. Y los enemigos al fondo no se parecían a nada que Amelia hubiese visto nunca: armaduras samurai de flexibles láminas de cuero y metal, acampanadas como los extraños cascos, rematados en formas fantásticas, como de otro mundo... 
   - Parecen salidos del infierno de Dante.
   - O de La Guerra de las Galaxias.
   Amelia parecía realmente asustada; Julián, sólo algo tenso, como cuando recibía una alerta de incendio a punto de terminar el turno.
   Iba a ser un día muy duro...

* * * * * * * * * *

(Cuatro horas antes):
    La jornada empezó como cabía esperar en un campamento militar: con un toque de diana al alba.
   - ¡En pie, haraganes! -resonó la voz de Entrerríos.
   - Pero si casi no es de día... -gimió Julián.
   - ¿De verdad se ha quedado Alonso toda la noche? Dios mío, qué vergüenza: ¡yo, durmiendo con dos hombres...!
   - Mejor no voy a opinar sobre eso -rezongó el soldado, comenzando a vestirse.
   - ¿Otra vez con lo mismo? Ya cansáis -bostezó Julián-. A varios metros de dos hombres, Amelia, y con una cortina en medio. Por cierto, Alonso, ¿cómo es que te has atrevido a dormir a bordo? Creí que te ibas a marchar en cualquier momento.
   - Porque teníais razón: el mar me puede -reconoció Entrerríos-; y yo no tolero que algo me pueda. Esto se ha de terminar.
   - Bien, pues ya has dado el primer paso: no todo el mundo es capaz -se admiró Julián-. Y esta vez no hemos tenido que emborracharte, ni partirte una silla en la cabeza, ni darte cloroformo...
 - ¿Cloroformo? Tuve que sacar vuestras botas fuera del camarote: ¡si no, estaríamos inconscientes! -rió Amelia, oculta todavía tras la cortina que había improvisado colgando una sábana.
   - Una mujer refunfuñando desde que amanece -gruñó Alonso, intentando no sonreír-. ¡Cómo lo echaba de menos!
   - ¡Ah, la vida de casado! -le siguió la corriente su compañero-. ¡Los solteros no saben lo que se pierden!
   - Si lo supieran, ¿se casarían?
   Amelia fingió ofenderse, pero en el fondo se sentía aliviada: por fin los dos hombres empezaban a ser capaces de bromear sobre sus problemas. La joven se quitó la camisa de dormir y comenzó resignadamente a ponerse el maldito vendaje para disimular el pecho... sin darse cuenta de que la luz del alba comenzaba a recortar su silueta a través del precario cortinaje. Julián dirigió una mirada socarrona a la sábana antes de volverse hacia Alonso. Éste miró a su compañero con aire de reproche y sacó algo de su equipaje: 
   - Te hemos conseguido un coleto como el mío, Amelia -Entrerríos pasó un chaleco de cuero a Julián, y éste se lo lanzó a Amelia por encima de la cortina-. Se pone sobre la camisa. Quizá te ayude más que lo que fuere que llevaras ayer. Es más pequeño, claro: del tamaño que habría usado Blanca...
   Julián notó una fugaz punzada de tristeza en la mirada de su compañero, pero no hizo ningún comentario: lo comprendía demasiado bien. Terminó de vestirse y decidió acompañar a Entrerríos a desayunar. 
   - Te esperamos fuera, Amelia -el enfermero no pudo evitar una risita maliciosa al añadir-: Ah, y si nos han robado las botas, que conste que la culpa es tuya.

* * * * * * * * * *

(Tres horas antes):
   Julián hizo una rápida llamada al Ministerio y usó la Puerta. No tardó mucho en volver, cargado con un enorme fardo de material médico.
   - ¿Lo saben? -inquirió Alonso.
   - No todo: no lo aprobarían. Sólo les he dicho que quiero ayudar a los heridos, pero en tierra -la expresión de Julián se hizo mucho más grave-. Alonso... cuando lo hagamos, no habrá vuelta atrás.
   - Por mí no tengas cuidado. Pero no apruebo que Amelia se embarque en esto. Tú y yo sabemos movernos en medio del fragor del combate: ella, no.
   - Eso es verdad. Pero la idea ha sido suya, y ya sabes lo cabezota que es. En fin, los tres somos cabezotas, cada uno a nuestra manera...
   En los libros habían encontrado muy pocos datos sobre la inspiración del estilo "dos cielos“ (dos espadas) de Musashi: una teoría sin confirmar apuntaba a que Musashi podría haber sido zurdo o ambidextro. Otra teoría, más extendida, afirmaba que asistió en su juventud a alguna exhibición de esgrima europea. Tales exhibiciones, ¿habrían despertado interés si no hubiera sido por combates como el que se estaba empezando a fraguar? Exasperada por la falta de datos, Amelia acababa de tomar una decisión radical: habría que presenciar la batalla desde primera línea. Por eso había enviado a Julián a por suministros de emergencia.
   No sobró tiempo. Mientras esperaba a su compañero, Alonso averiguó qué órdenes tenían los hombres de Carrión: zarpar de inmediato. Con toda la flotilla disponible: la galera "Capitana", el navío ligero "San Yusepe" y cinco embarcaciones pequeñas de apoyo.
   - Otra vez al maldito barco... ¡me gustaría pisar suelo firme un rato!
   - Ahora sí que pareces tú mismo. ¿Por qué tanta urgencia? ¿Tendrá algo que ver con esa humareda en el horizonte? 
   - La gente está inquieta: dicen que hay una aldea en aquella dirección -les interrumpió Amelia, acudiendo a su encuentro. Parecía angustiada. 
   A juzgar por los comentarios que circulaban, había razones para estarlo. 

* * * * * * * * * *


(Dos horas antes):
   En efecto, había una aldea a varias millas marinas de allí, al doblar el cabo Boegador: cerca de la desembocadura del "Tajo", el Río Grande de Cagayán. O la había habido, al menos.
   Lo que encontraron fue desolador.
   - Tarde o temprano habrá una expedición de venganza -había avisado Carrión repetidas veces, organizando diariamente patrullas costeras-. El junco que hicimos huir: volverá con refuerzos.
   "Una aldea de nativos tagalos tratada con especial dureza", fue lo que quedaría escrito en los libros de Historia.
   Pero la frase no hacía justicia a lo que vieron. "Arrasada a sangre y fuego", habría sido una expresión más acertada. Los piratas no se habían contentado con robar todo lo imaginable: se habían ensañado. Cabañas reducidas a cenizas, algunas de ellas con familias enteras (o más bien, lo que quedaba de ellas) todavía dentro. Mujeres y niños violados y asesinados; aldeanos mutilados por espadas o destrozados por prácticas de un sadismo aberrante. Heridos desangrándose sin remedio, en los casos en que los cortes de katana afectaban profundamente al tronco. Amputados y marcados de por vida, en otros casos más "afortunados".
   "Wo-kou", repetían los relatos de los supervivientes: una fuerza combinada de piratas chinos y japoneses, según tradujo el capellán del Tercio.

   Julián había trabajado en muchas emergencias, pero sólo el 11-M superaba lo que estaba presenciando. Se ciñó obsesivamente al protocolo del Samur para amordazar su horror y su furia: clasificar la gravedad de los heridos, hacer curas de urgencia a los que podía salvar, administrar anestésicos a los que necesitaban cauterización o suturas, comunicar al oficial médico los casos graves, indicar los moribundos al capellán. Un solo error de cálculo, y el herido que dejase esperando podría estar muerto cuando regresara para atenderle.
   El cirujano barbero y el oficial médico de Carrión estaban también atareados, haciendo gala de la misma profesionalidad que Julián, a pesar de los siglos de instrucción que les separaban. Los soldados y los mozos de carga de las embarcaciones auxiliares, los dos religiosos de la flotilla y los nativos supervivientes distribuían provisiones, sábanas, enseres básicos y hacían de camilleros.
   - ¿Puedo ayudar? -gimió Amelia. Ella y Alonso traían en brazos dos niños malheridos.
   Julián examinó a los niños y negó con la cabeza. El capellán del Tercio dio la extremaunción a los pequeños y susurró, con infinita compasión, algo que sólo Julián y Amelia oyeron:
   - Sí puedes: dale la mano y ayúdale a morir.
   Amelia clavó la vista en su compañero, aterrada. El enfermero asintió con impotencia y volvió a concentrarse en otro herido al que sí podía salvar.
   La joven dio la mano a uno de los pequeños; el capellán hizo lo mismo con el otro. Al menos, no les dejaron morir solos. 

* * * * * * * * * *

(Una hora antes):
   El capitán e hidalgo Juan Pablo de Carrión sólo se demoró lo suficiente para averiguar qué rumbo habían seguido los piratas: río arriba, en busca de más poblaciones. Ordenó dar la señal de embarque a su tripulación y dejó atrás las naves menores de apoyo, aún enfrascadas en las últimas tareas de socorro. La "Capitana" desplegó todas las velas y empleó a fondo la fuerza de sus remos. Se rumoreaba que la flota pirata podía ser más numerosa que la española; pero si el capitán Carrión lo creyó, no pareció importarle. Solamente pensaba en una cosa: terminar lo que debería haber acabado unos días atras, cuando ahuyentó al junco enemigo a cañonazos en alta mar. Ahuyentarlo, no hundirlo: eso había sido un gran error que estaba pagando amargamente ahora.
   Esta vez tenía que alcanzarlo, y lo alcanzó. Impulsada no sólo por vela, sino también por varias filas de remos, la velocidad de la Capitana era muy superior a la del resto de su flotilla, así que estaba sola cuando divisó el barco enemigo. El junco era mucho mayor que la galera, y su tripulación muy superior en número. Pero Carrión confiaba en su artillería y en sus hombres: ahora, acorralados en el limitado espacio de la ría, los wo-kou no podrían huir tan fácilmente. 
   - ¡Preparad los cañones! 
   Se aprestaron los pañoles: los marineros y ayudantes cargaron la pólvora, las balas de cañón y la metralla.
   - ¡Fuego!
   La detonación fue estruendosa; le siguieron varias más. La cubierta enemiga, atestada de piratas listos para el abordaje, era un blanco fácil: descarga tras descarga de artillería, los bandidos fueron barridos a docenas. 
   El junco también respondió a cañonazos, pero con mucho menos éxito: no disponían de tantas bocas de fuego, ni tan maniobrables como las armas de base giratoria europeas. Carrión se había cuidado muy bien de reforzar la artillería: la "Capitana" y el "San Yusepe" estaban, literalmente, armados hasta los dientes, y también sus expertos tripulantes.
  
   Julián, por primera vez en su vida, no lamentó ni lo más mínimo las heridas que sufrieron los truhanes del junco: estaban probando de su propia medicina. Pero el corazón le dio un vuelco cuando descubrió que Amelia ya no estaba con él.
   - ¿Dónde está mi ayudante Folch? -preguntó al oficial médico, entrando en la enfermería; esperaba que ella se hubiese refugiado allí, ya que era la zona más segura del castillo de popa.
   - No la... no lo he visto -estaba claro que el disfraz de Amelia no había engañado al médico, pero éste no parecía tener interés en delatarla. Su ayudante ya estaba preparando el material de desinfección (aguardiente fermentado), cauterización y sutura, y tanto él como el barbero se estaban ciñendo una coraza, para cuando llegara el turno de adentrarse en el inminente combate.
   -Yo sí -intervino el cirujano barbero-: salió hace poco rato en esa dirección. 
   El cirujano señalaba la zona de servicio de la artillería. ¿Se había puesto Amelia a ayudar a los mozos que cargaban los cañones? Era una tarea relativamente fácil: podía ser capaz... Julián iba a lanzarse en su busca, pero Entrerríos apareció como por arte de magia y le cortó el paso:   
   - Déjala. Esa zona está a cubierto: allí estará bien.
   - Aquí también, en la enfermería. ¡Debería aprender a salvar vidas, no a quitarlas!
   - Eso no te corresponde a ti decidirlo.
   - ¿Cómo que no? Sé cómo es ella, y sé que no debería...
  
   Entrerríos le puso una mano en el hombro y le obligó a mirarle. Julián advirtió que ahora llevaba algo que no había visto antes: una bandolera con cargas de pólvora y un arcabuz, además de las espadas. Seguramente, recién sacados del camarote que habían compartido. Alonso estaba a punto de entrar en combate... pero se había vuelto para impedirle buscar a Amelia. ¿Por qué? ¿Se lo había pedido ella? 
   - Escucha, Julián: yo también sé lo que ella, y otros, deberían hacer... en mi tiempo y en mi lugar. Pero cuando viajo a otros, las normas cambian y he de obedecerlas, me guste o no. Tú tampoco estás en tu tiempo ni en tu lugar: tendrás que aceptar algunas cosas. 
   - ¿Como Amelia cambiando de esa manera? No es propio de...
   - Escúchame: si algo es propio de una mujer, es odiar a los asesinos de niños. 
   Los tambores y flautines dieron una estruendosa señal: no hubo ocasión de discutir más. La tripulación, al oírla, sacó las hachas y ganchos de abordaje.

   Alonso miró el espacio de agua entre ambas naves con aversión... pero para su sorpresa, no le dio tanta importancia ya: demasiadas cosas le estaban dando aversión en lo que llevaba de día. Tanto como para cambiar, al menos de momento, su miedo al mar. O los principios de Amelia Folch.

   La proa de la "Capitana" embistió a la otra nave con estrépito. La cubierta del junco estaba arrasada; pero quedaban numerosos tripulantes escondidos en el interior, y los densos haces de fibras vegetales resultaron absorber bastante bien las descargas de artillería. No se podía hacer mucho más a cañonazos. Había que pasar al abordaje. 

* * * * * * * * * *

   Y el abordaje fue un error. Un maldito error.
   Los ganchos y cabos acercaron las naves hasta asegurarlas entre sí. Encabezados por Carrión y Pero Lucas, diez arcabuceros y otros tantos rodeleros de los Tercios saltaron a la arrasada cubierta del junco. Los hombres de la Capitana eran pocos, pero escogidos por su veteranía: lo que se definiría como soldados de élite, en tiempos de Julián. Este último y el capellán les siguieron: más valía estar cerca por si había heridos, aunque unos simples piratas no deberían ser rivales para los Tercios...
   Pero lo que encontraron en cubierta no fueron simples piratas. Hastiados por la falta de resultados, los verdaderos líderes habían decidido salido a la luz.
  
   Una algarabía de silbidos abrió el combate. Fue la primera señal de que algo iba a cambiar.
   - Flechas zumbadoras: un ritual pagano -informó el capellán. Se había puesto lívido-. Salvas para llamar a los espíritus kami a que contemplen la batalla. Esto no es normal. 
   Tras los arqueros, una línea de soldados ashigaru, con livianas armaduras de tela muy gruesa y cuero, enarbolaban alabardas naginata: lanzas cuya larga punta consistía en una auténtica espada completa. Tras ellos se distribuían sus comandantes, ataviados con llamativas armaduras acampanadas de láminas metálicas y cuero lacado. No se habían molestado en desenvainar sus katanas, ni las largas espadas nodachi: aún no lo necesitaban.
   
   - Rônin, antiguos samurais sin señor -masculló Carrión-. O más bien, que ahora sirven a un nuevo señor de la guerra: Tay Fusa. Al fin vamos a vernos cara a cara.
   En medio de los wo-kou, sobre una silla de tijera de cuero ricamente trabajada, un jefe samurai de ornamentada armadura dirigía las operaciones bajo una especie de palio: en realidad, una tienda semiabierta, transportada por varios hombres. A una señal suya, los soldados rasos ashigaru abrieron fuego. Alonso recibió un tiro en el hombro; Lucas, en el antebrazo izquierdo. Eran heridas leves: a su alrededor cayeron otros con peor suerte. Los españoles dispararon, pero tuvieron que agacharse a recargar. Los rodeleros les cubrieron con sus escudos, mientras los mosquetes de la "Capitana" les relevaban abriendo fuego. 
   - ¿Los piratas también tienen arcabuces? -se alarmó Julián, comenzando a arrepentirse de haber ayudado a Entrerríos a saltar al barco enemigo.
   - Sí, fusiles teppo... ¡agacha la cabeza! -el capellán se adelantó para auxiliar a los caídos-. En mala hora se los vendieron los portugueses...
  
   La empresa era imposible: allí delante eran un blanco perfecto. No podían atacar eficazmente: los arcabuces y mosquetes debían detenerse para recargar después de cada tiro, y las largas lanzas naginata hacían imposible acercarse lo suficiente para poder luchar cuerpo a cuerpo. Carrión y su guardia personal, ataviados con su media armadura y con la visera bajada, intentaban abrirse paso a golpes de espada y de escudo de rodela. El resto de los rodeleros les imitó con tenacidad; pero la estudiada formación de largas lanzas japoneses los tenía casi bloqueados.
   Carrión comprendió que necesitaba parapetarse y usar sus propias picas: pero ya no había espacio ni ocasión para hacerlo eficazmente en el barco enemigo. Con rabia, hubo de pronunciar la aborrecida palabra: 
   - ¡Retirada!
   Cada herido fue puesto a salvo por su camarada, protegidos por la línea de escudos que formaron los rodeleros: no se dejaba a nadie atrás. Alonso tuvo que dar otra vez la mano a Julián para superar su aversión y volver a saltar al otro barco. En la "Capitana", un soldado demasiado joven, tocado con un casco sencillo, terminó de ayudarle a cruzar: ¡era Amelia!
   - ¿Pero qué haces...? -se alarmó Entrerríos-. ¡Agacha la cabeza y vuelve al castillo de popa! Es la enfermería: pronto vas a hacer falta allí...
   Julián no se dio cuenta: estaba ocupado ayudando al capellán a retirar los últimos heridos, esquivando algún balazo por muy poco. Los rodeleros fueron los últimos en retirarse, cuando por fin los arcabuceros pudieron abrir fuego para protegerles.
  
   - Una formación de lanzas para bloquear al enemigo, ¿eh? -masculló Carrión, con una sonrisa especial-. En nuestro barco no lo tendréis tan fácil. ¡Lanceros! ¡Enseñadles cómo forma el Tercio en Flandes! 

(CONTINUARÁ...)
  

27 marzo 2015

Firma Invitada - MdT: Un acto de honor (II)


Un acto de honor (II)

   - ¡Yo ahí no subo!
   - Vamos, Alonso -Lucas se armó de paciencia-. El capitán Juan Pablo de Carrión está muy ocupado, pero va a recibiros en la galera "Capitana“. Está avisado de todo, él también es del Ministerio. Será breve.
   - ¡Bien podríamos reunirnos en tierra!
   - ¿Y tú eres el que estuvo a punto de embarcarse en el "San Esteban"?-suspiró Amelia-. La verdad, cuesta creerlo.
   - Tenía un buen motivo.
   - Sí, salvar a tu hijo -recordó en voz baja Julián-; y aun así, tuviste que beberte media fonda para animarte. Alonso, no sé por qué le tienes tanta manía al mar, pero lo respeto: así son las fobias. Déjalo, subiremos Amelia y yo.
   - ¿Qué es una fobia?
   - ¿Del griego "phobos"? -aventuró Amelia-. Eso significa "miedo", ¿no?.
   - Eso nunca. ¡No tenéis ni idea! -bramó Alonso. Su inmenso orgullo le obligó a subir a la pasarela de la embarcación, aunque lo hiciese con la palidez de los que se dirigen al cadalso-. Vamos. ¡Acabemos con esto cuanto antes!

   El capitán Carrión les saludó con cordialidad, a pesar de su evidente prisa.
   - ¿Cómo es que hay dos agentes del Ministerio en este rincón tan apartado del Imperio?
   - Al principio estaba sólo yo. Pero cuando empezaron los ataques tuve poca ocasión de vigilar la puerta, y me vi en la obligación de pedir al subsecretario que me dejara reclutar a otro de mis hombres. Lucas era el de mayor confianza.
   Sin más rodeos, desplegó sobre el escritorio un mapa de la zona.
   - A fe mía, os habréis de apresurar. No sé lo que buscáis, pero el Ministerio no debería haberos enviado en tales fechas. Es posible que mañana esto sea un campo de batalla.
   - Tal vez no tenían otra puerta para elegir -supuso Amelia, ocultando su aprensión-. ¿Quién es el enemigo?
   - Piratas chinos y japoneses. Han asolado aldeas nativas por toda esta costa -Carrión señaló la zona norte del mapa-. El gobernador nos ha hecho venir para protegerlas. Hace poco ahuyentamos a cañonazos un junco pirata, pero volverán. Siempre vuelven.
   - ¿Junco? ¿Barcos hechos de juncos? -para sorpresa de Amelia, el capitán asintió-. Bueno, no creo que puedan compararse con nuestros navíos, ¿verdad?
   - Sí que pueden, y holgadamente, vive Dios...
   - Un momento: ¿río Tajo? -Julián soltó una risita-. No puede ser... en este mapa hay un error.
   - No, no: aquí llamamos así al Río Grande de Cagayán.
   - ¿Cagayán? Pues sí que suena mal. Con razón le habéis cambiado el nombre.
   - Me gustaría compartir vuestras chanzas, maese Julián; pero tengo otros menesteres -gruñó Carrión-. Un solo junco puede traer centenares de piratas a bordo, y sólo dispongo de cuarenta soldados del Tercio. Excelentes, pero pocos.
   - Cuarenta y uno, si aceptáis mi espada -intervino Entrerríos. La mención de la batalla le animaba de manera especial: casi parecía ayudarle a pasar por alto el hecho de encontrarse en un maldito barco.
   Carrión le miró con simpatía:
   - Os lo agradezco, pero no puedo aceptar: cumplís una misión para el Ministerio. A pesar de cuánto necesito un buen soldado... o un enfermero de campaña, acostumbrado a rescatar heridos en medio del peligro. Nuestro oficial médico a veces no da abasto...

   Julián y Alonso se miraron, sorprendidos. Tenían experiencia en ambos campos, y Carrión parecía saberlo bien.
   - Tal vez el Ministerio nos haya enviado aquí para eso...
   - No: el Ministerio no nos permitió entrar en combate en tiempos de Torquemada –les recordó Amelia-. Si matamos a alguien equivocado, podemos cambiar la Historia.
   - Esta vez no podríais cambiar gran cosa. Si conozco a esos piratas, va a haber una carnicería de todos modos -replicó Carrión, hablando con la mayor naturalidad del mundo-. Pero vuestra misión es bien diferente, ¿verdad? Cumplidla. Cuando localicéis el objetivo, hacedme llamar y os asistiré en lo que pueda. Mientras tanto, si me disculpáis, continuaré con los preparativos del combate. Podéis usar mi camarote, estará vacío: hoy pernoctaré con mis hombres.
   - No, por favor, no pretendemos...
   - No tengáis cuidado, pensaba hacerlo igualmente: me vendrá bien para organizarlos, y a ellos les subirá la moral -Carrión se despidió con una reverencia breve, pero amable-. Con Dios.

   - Sólo los buenos oficiales compartirían techo con la tropa -comentó Alonso admirativamente, cuando por fin (para su alivio) volvió a pisar tierra-. "Camarada" no es sólo quien comparte la misma cámara, sino... todo: las fatigas, las chanzas, las penas, el pan... como una familia -al decir esto último, miró amistosamente a Amelia y a Julián.
   - Sí, es un gran oficial -asintió Pero Lucas-. Y sabe bien que la camaradería es el alma de los Tercios. ¿Existe todavía esa palabra en vuestro tiempo?
   - ¿Camaradería? -sonrió Julián-. Durará siglos.
   Amelia no contestó: se había quedado muda de asombro. Alonso había vuelto a referirse a ella y a Julián como a su familia. No era la primera vez: pero ahora empezaba a intuir que, en el fondo, quería decir mucho más.
    El machista, antiguo, gruñón Alonso de Entrerríos... a ella, a una mujer, ¿empezaba a considerarla "camarada"?

   A petición de Alonso, pasaron el resto del día en tierra, examinando los libros. Poca gente se fijaba en el grupo: tal vez Carrión disponía sólo de cuarenta soldados de élite, pero el número de mozos de carga, escuderos y marineros era realmente muy superior. Entre tanto ajetreo, pasaban desapercibidos.
   - ¿Es una broma? –se indignó Julián de repente-. ¡Miyamoto Musashi no nace hasta dentro de dos años!
   - ¡Shhh! Habla más bajo de esas cosas, Julián... –susurró Amelia, alarmada.
Alonso frunció el ceño, examinando el texto en cuestión. Era el prólogo de la edición impresa de 2015, y contenía una breve biografía del autor.
   - Pardiez, es verdad. ¿Para qué nos han enviado aquí y ahora, entonces?
   - Eso quisiera saber yo –gruñó Julián, releyendo el prólogo-. Aquí dice que Musashi puso por escrito varias tradiciones samurai que ya existían antes que él...
   - El camino del agua –señaló Amelia en su copia, el manuscrito recién traducido que había hecho saltar las alarmas del Ministerio-. El del fuego. El carpintero. El honor. La espada es el alma del samurai. Muy poético...
   - En la copia oficial del 2015 también aparece eso -comparó Julián-. Pero además, dice que Musashi introdujo una innovación: el combate con dos espadas. La katana y una daga llamada wakizashi.
   - Eso en la copia del 2015... -la joven buscó el capítulo equivalente en el otro documento-. Ahí está la diferencia: en el manuscrito, sólo usan una espada. A esto debía referirse Ernesto.
   - Enseñadme eso. Los dos -Alonso examinó la ilustración del 2015-. Mirad: casi parecería que Musashi hubiera aprendido algo sobre esgrima española. Aunque la postura es diferente, pero aquí está lo principal: espada larga en la diestra, y corta en la siniestra.
    - ¿Tan importante es eso?
   - Mucho -explicó Alonso, con el aplomo del experto que era. Se irguió y desenvainó la espada ropera, pero no la daga-. ¡En guardia, Pero Lucas!
   El veterano, que había decidido compartir con ellos el rato del almuerzo, desenvainó encantado.
   - Muy bien: ¡hagamos un poco de ejercicio! 

   Alonso se lanzó al ataque, empuñando la espada toledana con ambas manos. La espada y la daga de Pero Lucas se cruzaron velozmente, deteniendo con firmeza el mandoble de Entrerríos. Ambos veteranos mantuvieron un reñido pulso unos instantes, con una fiera sonrisa de rivalidad: pero las dos hojas de Lucas repartían mejor la fuerza, al permitirle apalancar la posición de ambas manos independientemente. Alonso tardó pocos segundos en ser rechazado de un empellón.
   - ¡Ahora me toca a mí! -celebró Pero. Estaba realmente muy bien entrenado: se movía con la rapidez del rayo.
   Entrerríos detuvo uno, dos, tres mandobles con gran celeridad, y después contraatacó. A punto estuvo de hacer retroceder a su rival, imprimiendo toda su fuerza con ambas manos. Pero la espada de Alonso acabó desviada por una hábil maniobra de la daga de Lucas, que al mismo tiempo le apuntó al pecho con la toledana.
   - ¡Rendíos, bellaco samurai! –rió maliciosamente.
   - Me rindo ante la supremacía española -saludó ceremoniosamente Alonso, volviéndose después hacia sus sobresaltados compañeros-. Bien, ya lo habéis visto: con una sola espada, un guerrero puede atacar o defenderse, pero no ambas cosas a la vez... no del todo, al menos. En cambio, con dos armas, sí que puede.
    - Y te falta mencionar lo más importante: ¡que has perdido destreza, Alonso! -rió Pero Lucas-. ¡Necesitas entrenarte más!
   - ¿Desenvaino las dos y me repites eso?
   - Bueno, pues ya tenemos el resumen del libro -asintió Julián con sorna-. Poesía pura.
   - No tiene que ser hermoso: tiene que servir -replicó fríamente Entrerríos, señalando la edición del 2015-. ¿Éste es el libro correcto? ¿En el que el enemigo aprende nuestra técnica? Me niego a permitir eso. ¡Sería una traición!
   - Baja la voz, Alonso... -Amelia miró inquieta en todas direcciones -. Sólo nos han enviado para saber por qué. ¿Qué es lo que está a punto de cambiar?
   - Mira alrededor: se está preparando una guerra... -suspiró Julián, asqueado por el solo hecho de pronunciar la palabra-.Cualquier cosa puede cambiar.
 (CONTINUARÁ...)

26 marzo 2015

Firma Invitada - MdT: Un acto de honor (I)

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Un acto de honor (I)

(Basado en un hecho histórico: los combates de Cagayán)

   Alonso levantó la pluma del texto que estaba copiando y miró torvamente a Julián:
   - ¡Por los clavos de Cristo, qué disparate!
   Su interlocutor se encogió de hombros:
   - Pues sí: Eso mismo pensé yo cuando me enviaste de cenita con “los padres de ella” -dibujó unas comillas en el aire, con un gesto burlón-. Ahora a trabajar, que la idea fue tuya.
   - Eh -le atajó Entrerríos-: no sólo mía. También de Amelia.
   - Bueno, pero ella no puede escribir esta carta: sus padres reconocerían su letra. Y no puedo enviarla así, ¿verdad?
   La caligrafía era buena, pero de trazo demasiado fino: resultaba evidente que había sido escrita con bolígrafo... que, en la época de Amelia, aún no había sido inventado.
   La voz de Julián cambió a un tono mucho más conciliador:
   - Venga... échame una mano. De verdad, hay que pasarla a limpio. Pero yo, en limpio, lo que se dice limpio, pues...
   En la papelera descansaban los intentos de Julián de escribir con pluma: un sinfín de manchas. Y ni siquiera había usado una pluma de ave, sino estilográfica. Alonso casi se preguntaba si su amigo lo habría hecho tan mal a propósito: ni aún en el siglo veintiuno se podía ser tan torpe...
   - A fe mía, que la pluma no es tu fuerte. Pero no me refería a eso.
   - Entonces, ¿dónde está el disparate?
   - Aquí, en el segundo párrafo. ¡Así no es la vida militar!
   - Pues no lo puedo quitar: se supone que le escribo desde la guerra de Cuba. He consultado los libros que hay aquí, y hago lo que puedo... Oye, si no te gusta, lo haces tú.
   - ¿Qué crees, que no soy capaz?
   - ¿Te apuestas algo?
   La llegada de Amelia interrumpió el reto:
   - ¿Listos para los Tercios?
   La mirada de Alonso se iluminó. Esperó a que Amelia iniciara la marcha antes de susurrarle a Julián:
   - Ahora sabrás lo que es la vida militar.

   Les habían avisado de que la reunión tendría relación con los Tercios. Pero Alonso torció el gesto cuando el subsecretario les informó del resto:
   - Tercios de mar. ¡De mar! Bien sabe Dios que un soldado siempre obedece las órdenes, pero...
   - Vamos a ver... -interrumpió Julián, mientras Amelia silenciaba a Alonso con una mirada asesina-: ¿me están tomando el pelo? ¿Qué tiene que ver España con un libro antiguo japonés?
   - Filipinas era una colonia española en aquella época -apuntó Irene-. Los japoneses pasaron por allí. Y los Tercios.
   - Además, no se trata de un japonés cualquiera -añadió Ernesto-: estamos hablando de Miyamoto Musashi.
   Alonso, Amelia  y Julián se miraron, confusos: ninguno de los tres reconocía el nombre.
   - A mí, es que... Si me sacan de Yoko Ono y de los kamikazes...
   - Un samurai famoso, Julián; sobre todo, por su obra literaria.
   - ¿Un escritor? -se interesó Amelia.
   - No, no: ¡ésta me la sé! -sonrió Julián, cada vez más divertido-: los samurais son guerreros japoneses.
   Ernesto abrió la boca para continuar; pero para su sorpresa, Alonso se le adelantó:
   - Usaban un sable que se empuñaba con ambas manos, llamado katana. Pensado para atacar con el filo de la hoja, no con la punta. Nada que ver con la esgrima española, de espada en una mano y daga en la otra -Julián se sonrió: sí, lo habían podido comprobar de primera mano...
   - Cierto, nada que ver; pero sólo hasta comienzos del siglo XVII -asintió Ernesto, algo molesto por la interrupción-. Entonces el libro de Musashi introdujo técnicas a dos armas, similares a las nuestras. El problema es que nuestro contacto en Filipinas dice lo contrario.
    El subsecretario hizo pasar a Angustias. Ésta les presentó dos libros de distintas épocas:
   - El Libro de los Cinco Anillos, de Miyamoto Musashi. Una copia moderna y otra del manuscrito del siglo XVII que ha conseguido nuestro contacto en Filipinas. Traducidas al castellano.
   - Han tenido que traducir el manuscrito a toda prisa -observó el subsecretario-: Amelia, por favor, compárelos. Usted también, Alonso: habla como si ya supiera algo del tema, ¿es que conoce a alguien de los Tercios de Mar?
   - Algo así. Pero, ¿cuál es el cambio? -el veterano se encogió de hombros-. ¿Que los samurais no aprendieron nuestro estilo de lucha? Mejor para nuestras tropas...
   - ¿Mejor? Tal vez no, Alonso. Si no llegaron a entrar en contacto con nuestra técnica, podría significar que perdimos Filipinas trescientos años antes de lo previsto.

* * * * * * * * * *
Luzón, Filipinas, 1582
   En un santiamén: en el tiempo que tardaba Entrerríos en santiguarse. Así era como se cruzaba de una época a otra, mediante aquellas puertas. El olor del mar y de la vegetación exótica se mezcló con el sofocante calor tropical en cuanto cruzaron el umbral de aquella rudimentaria cabaña: estaban cerca de un puerto. La brusquedad de este tipo de cambios ya era parte de la rutina habitual, pero nunca dejaba de maravillarles.
   - ¿Nuestro contacto está en el siglo XVII?
   - No -contestó Amelia-. En esa fecha ya estaba escrito el libro, y desde allí nos lo han enviado. Pero lo que lo inspiró tuvo lugar décadas antes, así que hemos tomado otra puerta, a finales del siglo XVI. Cerca de tu tiempo, Alonso: sólo trece años después.
   - Por eso me han permitido traer mis ropas de casa. Y mis armas de los Tercios. ¡Cómo las echaba de menos!
   - Pues yo lo voy a pasar mal con esta ropa -resopló Amelia, conteniendo las ganas de aflojar la molesta entrepierna del pantalón y el vendaje del pecho-. ¿Por qué me han vestido de hombre? Más soldados había en Lisboa...
   - Ya habéis oído a Ernesto: Lisboa era una ciudad. Esto, sólo campamentos, y las mujeres no pueden pernoctar en ellos... Sería imposible mantener cierta disciplina.
   - ¿Inspirarse en qué? ¿Qué tenemos que buscar? -Julián empezaba a hartarse de tanto improvisar-. En el Samur por lo menos se molestaban en avisarme del tipo de trabajo: un incendio, un accidente...
    - Espero poder ayudar con eso -les sorprendió una voz.
   Un hombre enjuto vigilaba la puerta a poca distancia. Les dedicó una reverencia breve, brusca, militar:
   - Mi nombre es Pero Lucas, al servicio de vuesas mercedes.
   - ¿Pero Lucas? ¡Valiente mentecato!
   El atronador insulto sobresaltó a Amelia y a Julián. Pero, sobre todo, al interpelado.
   - ¿Quién osa decir eso? -fue la furiosa respuesta.
   - Alonso de Entrerríos.
   La expresión del veterano Pero Lucas cambió de la furia a la extrañeza... y finalmente al júbilo.
   - ¡Alonso! -el amistoso empellón habría derribado a cualquier otra persona-. ¡El truhán más pendenciero de los Tercios Viejos! ¡Me dijeron que llegaste a capitán! No te había reconocido sin la barba. ¡No aparentas tu edad, bellaco!
   - Las puertas, Lucas... vengo de hace trece años. Tú te embarcaste hace cuatro... no, para ti habrán sido diecisiete. Amelia, Julián, ¡aquí tenéis al mejor camarada de todos los Tercios!
   - Lo mismo digo de ti: lástima que no te guste el mar. A mí no me gustaba el frío de Flandes -rió Pero Lucas, poniéndose en marcha. Indicó al grupo que le siguiera y bajó la voz-: Alonso... oí que te ejecutaron. Por traición: eso nunca lo creí...
   - Fue mi superior. Ordenó atacar antes de tiempo, y me hizo cargar con sus culpas. Pero eso no fue lo que me dolió, sino perder trescientos hombres. Trescientos valientes, ¡trescientos amigos...!
   Alonso interrumpió la marcha, sin darse cuenta de ello, ni de que estaba elevando la voz, ni de que temblaba de rabia. Todavía le hervía la sangre al recordarlo. Julián y Amelia se miraron nerviosamente.
   - Pero el Ministerio remedió las cosas... -quiso suavizar la conversación Pero Lucas.
   - Las remedió, a fe mía -sonrió maliciosamente Alonso-. No imaginas cuánto.
   Recuperada la calma, el grupo volvió a ponerse en marcha, en dirección al puerto.
(CONTINUARÁ...)

25 marzo 2015

MdT: Tempus Fugit (y VII)


   El ayuntamiento de Valencia estaba prácticamente a oscuras, en las horas previas al amanecer: Don Enrique había cumplido su palabra. El agente Soler les esperaba:
   - Él no puede...
   - Asumo la responsabilidad, Vicenç. Tiene que hablar con el jefe.
   Vicenç Soler conocía las órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie ajeno al Ministerio por las puertas, de todo el reglamento, probablemente era el precepto principal. Pero también sabía que el retorno de la señorita Folch tenía "Prioridad Roja", y eso significaba hacerla volver en cuanto fuera posible. No hizo preguntas: que se ocuparan en Madrid. Con una "Prioridad Roja" en marcha, en cualquier caso, iba a tener comité de bienvenida al otro lado.
   En efecto, en los pasillos del Ministerio les esperaban Irene y Ernesto:
   - Él tiene que volver. No puede estar en esta parte del... Ayuntamiento.
   - Un poco polvoriento, el futuro -valoró don Enrique, antes de fijarse en el ajustado vestido de noche de Irene-. Aunque veo que las modas femeninas se han dejado de plumas y volantes inútiles. Me gusta.
   Enrique miró a Amelia duramente:
   - ¿Qué ha hecho usted? -alcanzó a mascullar.
   - Lo que debía: conseguirles un nuevo agente.
   Irene se tapó la boca para que no se le escapara la risa. Por dentro se repetía: "ésa es mi chica".

* * * * * * * * * *

Babilonia, 1400 aC
   Los "babélicos", como Julián había empezado a llamar a aquellos guerreros de otro tiempo, habían vuelto, le habían descubierto el teléfono y se lo habían quitado -sin saber muy bien qué era o qué hacer con él- cuando llevaba medio mensaje escrito. Esperaba que se hubiera enviado correctamente. Ahora estaban a un lado, sin dejar de echarles un ojo de vez en cuando, enseñando los rudimentos de un lenguaje al samurai, un batiburrillo de palabras procedentes de varias lenguas.
   - Es como una especie de esperanto -se dijo el enfermero.
   - No hay forma -se desesperó Alonso-. Han hecho un buen trabajo con los nudos, esos malnacidos. Puedo intentar frotar la cuerda contra el suelo, pero tardaré en soltarme.
   - No saben qué hacer con nosotros. No entraba dentro de sus planes todo esto. Algo no va como esperaba. Oye, en serio, ¿cómo es que sabes japonés? -le preguntó por cuarta vez.
   - ¿Si os lo cuento me dejáis que siga soltándome?
   - Prometido.
   Alonso bufó:
   - Hace casi 20 años, allá por 1550, volvió a España don Manuel de Entrerríos, mi tío, un jesuita que viajó a Cipango con los padres Fernández, Cosme de Torres y el Señor de Javier. Vino para explicar el éxito en establecer una misión allí, en un lugar llamado Kagoshima, y que por entonces ya debía llevar un año en pie. Los viajes de ida y vueolta eran muy largos, y peligrosos. Cipango es como la llamaban los chinos, que los portugueses convirtieron en Japang;  y nosotros acabamos llamándolo Japon. En fin, volví a ver a mi tío otras dos veces, en viajes que hacía entre Kagoshima y Sevilla, y cada vez me enseñaba más de aquel idioma extraño que él iba aprendiendo. Luego me destinaron a Sicilia y a Flandes, con los Tercios, y ya no he sabido más de él. 
   - ¡Pero es fantástico! Amelia estaría encantada. Debes ser de los pocos europeos de tu tiempo que sabe hablar japonés.
   - ¡Saber inútil! -exclamó Alonso-. Que no he podido borrar de mi cabeza y que sólo me ha servido una vez, hará cuatro años, para instruir a un camarada de los Tercios de Mar, cuando marchaba hacia Cebú con el Almirante López de Legazpi.
   - Y ahora para salvarle la vida a ese hombre -señaló con la cabeza al samurai.
   - Que nos ha traicionado -intervino entonces Oliveros, que había permanecido callada todo aquel tiempo.
   - Si te sirve de consuelo, nos salvaste la vida a todos. Si el terremoto hubiera seguido, esto se hubiera venido abajo.
   Alonso torció la mirada, mientras volvía a intentar segar las cuerdas:
   - Y Dios sabe si hubiera sido lo mejor...

* * * * * * * * * *

Madrid, 2015
   Si existía un punto en el que el subsecretario Salvador Martí pudiera estar satisfecho del trabajo de sus subordinados, hoy se encontraba casi en el diametralmente opuesto. La bronca que le cayó encima a Amelia por haberse traído un "pasajero" de 1885 fue de órdago y se oía por la mitad del Ministerio:
   - ¿Le ha quedado claro, señorita Folch? ¡Aquí el que decide a quién se contrata y a quien se despide soy yo! Usted es la líder de la misión, ¡de la misión!, ¿me oye? ¡No del Ministerio!
   - Si me permite, señor...
   - ¡No le permito, señorita Folch! -alzó aún más la voz Salvador-. ¡Claro que no le permito!
   - Pues sin permiso, señor -Amelia se levantó, puso las dos manos sobre la mesa y le sostuvo firmemente la mirada a su superior-. Como líder de la misión, hice lo que creí adecuado y necesario para cumplir con su llamada urgente: sin la ayuda de este caballero hubiera tardado al menos un día más en poder volver. Y sé que usted no hubiera usado el buscador ese que me dieron estando yo en una misión, de no ser extremadamente urgente.
   - De todas formas...
   - Es más -le interrumpió Amelia-, estoy segura de que se trata de Julián y Alonso, ¿verdad? Si no, no me hubiera hecho venir. ¿Qué les ha ocurrido? Ocupémonos de eso, y después si le apetece me sigue gritando, me encierra en 1880, me despide o lo que le parezca. Pero si hay algún problema con mi equipo, si mis compañeros están en peligro y yo puedo ayudarles, le ruego... no, ¡le exijo! Que no nos haga perder más tiempo.
   - ¿Que me exige? -Salvador estaba en shock-. ¿Que usted me exige?
   Probablemente por fortuna, en aquel momento entró Ernesto:
   - Señor, siento interrumpirle. He estado comprobando los archivos sobre el señor Enrique Gaspar y Rimbau -se acercó al mandamás del Ministerio y le susurró un par de cosas al oído. Amelia no alcanzó a captar casi nada, y lo que sí escuchó no tenía ningún sentido para ella.
   - ...dentro de dos años.
   - ¿Eso está confirmado? -dijo Salvador.
   - Totalmente señor. Hemos cuadrado los datos con la copia de seguridad de los archivos en el ordenador de Gil Pérez, y no parece haber ninguna alteración temporal.
   El subsecretario se llevó un dedo a la boca y dio un par de pasos detrás de la mesa, pensativo. Finalmente se decidió, mucho más calmado:
   - Está bien. Consideraremos luego sus actos, señorita Folch. Hagan venir a Rimbau y a Irene.
   - ¿Lo admitirán? -Amelia estaba ilusionada.
   - Sin otro remedio. Espero que no nos arrepintamos de esto. Empezará a trabajar ahora mismo.
   Ernesto salió a buscar a los (ahora ya) dos agentes, que estaban departiendo amistosamente en una sala cercana. Cuando se quedaron solos, Amelia se atrevió a preguntar por lo que había entreoído:
   - Disculpe, señor, pero ¿qué es un "anacronópete"?

   Durante los siguientes minutos, repasaron toda la información que tenían sobre la situación de Alonso y Julián, que era escasa y extraña:
   - Pero, no hay puertas fuera de España.
   - Que sepamos, no -Salvador encendió la pantalla tras su escritorio-. Pero eso de "llave Ishtar" me sonaba -en la pantalla apareció una imagen escaneada de un viejo libro abierto-. En el Libro de las Puertas del rabino Abraham Levi hay una referencia de pasada a algo llamado "llaves de Ishtar": por lo que el rabino escribió, parece que era algún sistema, ya antiguo para él, con el que se podían crear puertas del tiempo, pero había sido abandonado porque no era seguro ni fácil de controlar. Por lo que parece, había tres...
   Entonces intervino Don Enrique:
   - Una perdida en la caída de la Torre de Babel. Otra desaparecida en León durante los altercados con la población judía a finales del siglo XV. Y la última -dejó los fragmentos de la tablilla sobre la mesa-, encontrada por el profesor Don Jose Ramón Mélida en 1879 en su excavación en Karnak. Temía que no estuviera segura en Madrid y me la entregó para que se la llevara al profesor Federico Renyé en Lérida.
   - Pues menuda casualidad -dijo Irene-. Tal vez demasiada casualidad. Julián y Alonso desaparecen por algo relacionado con esas llaves, y justo aparece usted con una de ellas.
   - Hace mucho que dejé de creer en casualidades, querida Larra -dijo Salvador-. El tiempo no es autónomo, pero tiene sus formas de ayudar a salvaguardarse. Parece que al final tendré que felicitarla por traernos al señor Rimbau, Amelia.
   Folch no se entretuvo en agradecer el cumplido:
   - ¿Entiende usted lo que dicen los fragmentos? -los unió sobre la mesa.
   - No sé hablar hebreo, el experto era el profesor Renyé.
   - Yo sí lo entiendo -intervino Ernesto. Estuvo estudiando los fragmentos de la antigua tablilla un rato-. Es una especie de fórmula salmódica, parece que contiene referencias cabalísticas. Hay números y formas geométricas y proporciones que hay que recitar y dibujar en el aire, pero según dice aquí, si se hace se puede convertir una puerta en una puerta del tiempo.
   - ¿A qué tiempo?
   - Sólo dice que llevará a Ishtar.
   - No creerán en semejantes tonterías mágicas -preguntó Don Enrique-. ¿O ahora me dirán que ustedes viajan en el tiempo gracias a la brujería?
   Ernesto y Salvador intercambiaron una mirada:
   - No es cosa de magia.
   - El origen de las puertas es extraño, incluso las que controlamos nosotros.
   - Si lo que dice la tablilla es cierto, y no olvidemos que Julián y Alonso están en la Babilonia del siglo XV antes de Cristo, me inclino a pensar que la tablilla es una especie de comunicador primitivo que transmite las coordenadas y algún código de acceso en el texto leído a lo que sea que genera las puertas.
   - Pero son tablillas muy antiguas -dijo Irene-. ¿Cómo iban a tener la tecnología para crear una especie de walkie talkie de piedra?
   - Olvida usted que este sistema permitiría el viaje en el tiempo. El que lo creó podría tener acceso a la tecnología actual, y haberse perdido luego en el pasado.Y no se fie del material: que eso parezca barro o piedra no quiere decir que lo sea...
   - Probémoslo -dijo Amelia, sacudiendo la cabeza-. No tenemos nada que perder, y podríamos encontrar a Julián y Alonso.
   - Y a los que les tienen prisioneros -recordó Irene.
   Necesitaban una puerta, una que no llevara aún a otra época. Escogieron la de un cuarto de escobas de aquella misma planta:
   - Si sale bien, sólo habrá que reponer cuatro mochos y un par de cubos -se dijo.
   - ¿Mocho? -preguntó Don Enrique.
   - Típico invento español: un palo clavado en algo. En este caso unos trapos para limpiar el suelo sin agacharse
   Ernesto empezó a recitar y a hacer los signos que marcaba la tablilla. No ocurrió nada.
   - Es muy difícil leer las partes por donde se rompió. Hay signos que no se entienden.
   - Vuelva a probar.
   Tampoco sucedió nada a la segunda vez, ni a la tercera. Al cuarto intento, el acceso al cuarto de escobas se había convertido en un pasillo cavernoso del que llegaba el rumor de pasos y gente hablando. La visión parpadeó y desapareció, volviendo a mostrar el cuarto de las escobas. El aire volvió a parpadear y de nuevo mostró la caverna.
   - Iré a mirar -dijo Amelia cuando pareció estabilizarse.
   - Vayan con ella, Irene y don Enrique. Usted no, Ernesto, le necesitamos para leer la llave si la puerta se cierra.
   - Llevaré el gps para ver si localizo la posición del teléfono de Alonso -declaró Irene.
   - Tengan cuidado -aconsejó Salvador-, esto no parece nada estable. La intentaremos dejar abierta.
   Amelia avanzó con precaución por la superficie rocosa: habían aprovechado un túnel natural apenas trabajado por la mano del hombre para que fuera algo más fácil caminar por él. Más adelante, tras un recodo, se encontraron con un panorama inesperado: una grandísima caverna se abría ante ellos, con un enorme pedestal en medio, casi como una especie de mastaba. Del centro del pedestal nacía una alta escalera de caracol que moría a los cuatro metros de altura.. Docenas y docenas de hombres (y algunas mujeres), ataviados con los uniformes más diversos, con pieles de todos los tonos y barbas y peinados distintivos, estaban repartidos por toda la extensión del lugar. Hablaban algo raro, extraño, de lo que Amelia entendía una de cada seis palabras pronunciadas. Todos llevaban armas, la mayoría espadas, lanzas, arcos y hachas. Otros parecían más modernizados y cargaban con rifles, arcabuces, mosquetes y escopetas. La pared de la caverna estaba llena de puertas quemadas.
    - No lo encuentro -dijo Irene, al constatar que la señal del teléfono no aparecía en su pantalla.
   Alguien cayó en la presencia de Amelia y los suyos, asomados al pasillo y dio la voz de alarma: dos docenas de hombres se giraron hacia ellos y se dirigieron a su encuentro con cara de pocos amigos. El equipo de Amelia se dio la vuelta a toda prisa y salieron corriendo al Ministerio.
   - ¡Ciérrenla! -gritó mientras se aproximaba-, ¡cierren!
   Les pisaban los talones. Salvador mismo cerró la puerta cuando el último de los tres hubo salido. Tuvieron que ayudarle todos a mantenerla cerrada, porque desde el otro lado empujaban para entrar. Una punta de lanza atravesó la madera de la puerta, pero un momento después la presión se relajó. Abrieron con sumo cuidado, y de nuevo se encontraron con el cuarto de escobas.
   - No me extraña que el rabino desechara este sistema para viajar por el tiempo -declaró el subsecretario-. ¡Menuda birria!
   Cuando Amelia hubo recuperado el aliento, les contó lo que habían visto:
   - Parecía alguna especie de ejército llegado de mil sitios y épocas distintas. Como el que usa el ministerio para protegerse -explicó, recordando la defensa frente a la invasión de Himmler-, pero de muchas naciones.
   - Había chinos, cosacos, romanos, helenos, americanos -detalló don Enrique, que había quedado anodado ante la variedad de uniformes y armamentos, como si la cueva fuera un museo bélico universal.
   - Un ejército a través de la Historia, reunido en el pasado -Salvador empezaba a estar realmente preocupado.
   - No había ni rastro de Julián -dijo Irene para sacar la conversacion de ese punto-. No creo que estuviera ahí... o le han destruído el teléfono.
   - Antes de darles por perdidos -dijo Ernesto-, pensémoslo bien. Si la "llave" abre una puerta del tiempo como las nuestras, un lado siempre está separado del otro por una cantidad fija de años.
   - Excepto las puertas en bucle -recordó Irene.
   - Sí, pero las demás siempre tienen una cantidad fija de tiempo entre los dos lados de la puerta.
   - Ya le entiendo -dijo Amelia-. Si Julián y Alonso fueron arrastrados a esa caverna en Babilonia por una llave, lo hicieron desde 1476. Las puertas que abre la tablilla retroceden... 2876 años.
   - Debemos abrir una puerta desde esa misma época, para encontrarles -terminó Ernesto.
   - Esta bien, vaya usted y que se quede Don Enrique -aceptó Salvador-. Pero tenga mucho cuidado, si le perdemos, perderemos también la llave. Y hágame el favor de no "invocar" esa puerta en medio de la catedral de Astorga o les enviarán a la hoguera.
   - Lo tengo presente -dijo Ernesto.
   Amelia trató de infundirse ánimos:
   - Esperemos que 539 años antes fueran menos beligerantes.

* * * * * * * * * *
Babilonia, 1400 aC
   Oliveros estaba sumida en un mutismo reflexivo: todo aquello no podía estar pasando en realidad. Guerreros del pasado, viajeros del futuro, la Torre de Babel dentro de una caverna... Sentía el dolor de la grave herida que le habían inflingido el día anterior y se decía que el conjunto de acontecimientos era fruto del delirio, un sueño que debía estar envolviéndola mientras, en realidad, yacía en un lecho, aquejada por fiebres o tratando de recuperarse. Después de la guerra, de conocer al rey, de haber servido a su padre y a su monarca, de conseguir honores para su Arintero querido... ¿acaso tenía sentido todo aquello?
   - Me muero -dijo-. Me muero y esto es alguna suerte de purgatorio por el que debo pasar.
   - Conseguiremos escapar, Oliveros -dijo Alonso. Se estaba pelando las muñecas, dejándolas en carne viva por el roce con el suelo y las cuerdas que lo maniataban.
   - Probablemente es un castigo, por haber querido ser demasiado, por haber creído que podía tomar la espada y la lanza, y participar en la batalla. Por haber pecado de orgullo.
   - No digáis eso -repuso Julián-. Tengo una amiga, una buena amiga, que no creo que haya tomado una espada en toda su vida, pero para la que seríais un ejemplo, sin duda. Quizás sepa más de vos que yo. Es una amiga que lleva años luchando por poder decidir su destino, porque cree que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, porque no cree que el sexo con el que nace alguien tenga que marcar su vida, ni le dé permiso o le prohiba hacer nada que quiera. Sois un ejemplo, Oliveros. Para muchas. Una mujer muy avanzada y una mujer con mucho coraje.
   Julián se calló. Había notado algo extraño, algo en lo que no conseguía caer.
   - ¿Qué ha cambiado? -preguntó alarmado.
   - ¿Qué dices?
   - Ha cambiado algo, ¿qué ha cambiado?
   La dama de Arintero también se había dado cuenta:
   - Los tambores. Han cesado.
   Los "babélicos" volvieron con ellos y les obligaron a levantarse. Eysteinn y Anaxandros -que así habían entendido por fin que se llamaba el espartano- se hicieron entender al samurai (Tsunetomo), que lo tradujo al japonés.
   - ¿Qué ha dicho, Alonso?
   - Dice que ya viene... que ya viene el ¿vigilante? No, el guardián.
   El guardián de la llave: a él se refería aquel texto que se repetía una y otra vez en los idiomas más variados, muchos de los cuales aún no existían. Julián había estado atando cabos y tenía una teoría de lo que hacía la tablilla: desde fuera, permitía llegar hasta la cueva, y desde la cueva, abría una puerta del tiempo a un lugar en crisis, donde hubiera un gran desastre natural. Por eso los judíos decían que los de "Babel" no tenían lugar, que sus lugares ya no existían. Eran fugitivos del tiempo.
   - Deberíamos estar tranquilos, ¿verdad? -dijo Julián.
   - Sí. ¿Por qué?
   - Porque no nos han matado hasta ahora, lo cual es una buena señal. Y parece que viene el tipo que sabe como funciona todo esto.
   - Probablemente.
   - ¿Soy el único al que la idea de encontrarse con ese Guardián le da muy mala espina?
   - A mí me pasa lo mismo -respondió Alonso. Oliveros también asintió.
   Entrerríos le dió un puñetazo tan fuerte al vikingo, que giró sobre sí mismo. Con la otra de sus dos manos liberadas lo asió por el cuello para evitar que se apartase de él, y aprovechando la sorpresa le cogió la espada. Julián había visto como se soltaba, y estaba listo para acercársele: tras acuchillar al vikingo y dejarlo caer, Alonso cortó las ataduras de su compañero y luego las del caballero Oliveros. Para entonces, Anaxandros y Tsunetomo ya habían desenvainado sus armas. Sólo tenían una espada, aquello iba a ser una escabechina.
   Entonces resonaron dos fuertes estampidos que hicieron girarse al samurai y el espartano. Era todo lo que necesitaban: Alonso y Julián salieron huyendo hacia lo que acababan de ver aparecer por detrás de la Torre, mientras Oliveros hacía lo propio tras derribar a Anaxandros de una patada en la entrepierna. Ernesto, Irene y su querida Amelia les esperaban, los dos primeros dándoles cierta cobertura con un par de pistolas de bajo calibre de las que los "babélicos" primitivos pronto aprendieron que había que mantenerse apartado. Amelia disparaba con bastante soltura un arco que nunca le habían visto empuñar. Juntos apretaron a correr hacia el otro lado de la caverna, hacia el pasillo por el que llegaran originalmente. Cruzaron la puerta, llegaron a la Astorga del siglo XV y, tras asegurarse de que la puerta quedaba cerrada, entraron a la catedral por uno de los andamios de las obras para volver a 2015.

* * * * * * * * * *

EPÍLOGO: Madrid, 2015
   - ¿Hablan de mí en el futuro, don Enrique?
   - Se conoce vuestra gesta, señora, y los libros y la gente de León recuerdan al Caballero Oliveros. Incluso se cuenta aquello de "mujer hay en la hueste" -ella sonrió-. Pero pocos saben vuestro nombre real.
   - Me llamo Juana García.
   - Y habéis viajado por el tiempo. Y no os gusta.
   - No estoy cómoda, no quiero ni saber cómo es el mundo, como ha cambiado. Creo que me sentiría aún peor que en aquella caverna. Enfrentarme a la guerra y a la soldadesca no fue fácil, pero en esta época todo el que conocí alguna vez ha muerto.¿Para eso luché y sobreviví?
   - ¿No os uniréis al Ministerio, entonces?
   - No me quedaré aquí. He sido durante demasiado tiempo lo que otros necesitaban que fuera: ahora soy yo la que necesita volver a ser Juana García si no quiero enloquecer. Que digan que Oliveros ha muerto en La Candana, y que me dejen ser simplemente dama en Arintero. Si alguna vez es requerida Juana, León o esta Hispania moderna pueden confiar en que esta García responderá. ¿Vos os quedaréis?
   Don Enrique se rascó la nuca:
   - He viajado mucho por el mundo, aunque nunca lo busqué, de hecho. Me temo que me puede la curiosidad, señora, como para ser tan prudente como vos y hacer lo más sabio, que sería quedarme en mi casa.
   Juana se despidió y, tras santiguarse, volvió a Astorga, a 1476. Sí: a casa.


EPÍLOGO: Babilonia, 1400 aC
   Tras ocuparse de recibir a los nuevos supervivientes, el Guardián de la Llave de Ishtar escuchó su historia, y la de los otros que habían llegado y se habían escapado. Nadie escapaba de Ishtar, claro: a menos... a menos que tuvieran otra llave. Ahí estaba, tirada en el suelo, rota en tres fragmentos por el disparo de una flecha. El Guardián estudió lo que le habían quitado a los otros: dos espadas, de buen acero toledano, y una pistola que no reconocía. Posiblemente de finales del siglo XX. Una pequeña caja de metal, plana, con un lado brillante y algunos botones; al apretar uno, se encendía una pantalla que pedía un código. Apenas pasaron unos minutos tuvo que soltarla, cuando la caja se deshizo ante sus ojos ante el avance de una cápsula de ácido escondida en su interior. Todo apuntaba al Ministerio del Tiempo.
   Ya habían descubierto Babel: al fin llegaba la hora de prepararse para la gran batalla...
FIN

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